Abogado de la persona humana

Artículo escrito por Jorge Costadoat S.J. que destaca aspectos de la vida del Padre Hurtado y su lucha por los derechos humanos.

Como hombre de su tiempo, el Padre Hurtado supo valorar la dignidad y los derechos que cada persona humana tiene, según él, por ser hombre e hijo de Dios. Abogó porque las relaciones humanas fueran regidas de acuerdo al derecho y la justicia. Proclamó el derecho de todos “a vivir, a educarse, a llevar una existencia digna”. Pero, así como exigió que el Estado respetara los derechos de las personas, recordó también “los derechos de la sociedad sobre cada uno de los ciudadanos y las obligaciones recíprocas de éstos a colaborar al bien común, por el sufragio, contribuciones, aporte de su persona, de su talento, en ciertos casos de la vida misma…”.

El Padre Hurtado tuvo especial sensibilidad por los derechos de los trabajadores. Reclamó para ellos un sueldo digno y justo. Quiso que ellos pudieran “ir guardando algo para la vejez o para descansar algún día después de su vida de trabajo”. Levantó su voz en favor de la justicia. Decía: “pero el hombre, el obrero particularmente, no quiere benevolencia, sino justicia, reconocimiento de sus derechos, de su igualdad de persona. Ningún otro substitutivo lo puede satisfacer”. Recordó a los patrones que su derecho a los beneficios es correlativo al de sus inquilinos: “tienen ellos derecho, no menos que él, a llevar una vida en verdad humana: habitación higiénica y alegre, salario familiar suficiente, cultura, descanso y distracciones. El agricultor con mentalidad social debe preparar a sus trabajadores para que puedan llegar a ser propietarios de un sitio conveniente. Los frutos de su campo han de proporcionar bienestar al patrón y también a sus colaboradores”. Aun antes de hacerse jesuita, terminó sus estudios de derechos con sendas tesis que se ocupaban de la reglamentación del trabajo de los niños y del trabajo a domicilio de las asesoras del hogar.

En tiempos de auge del comunismo, Alberto Hurtado proclamó el derecho natural a la propiedad privada, pero repudió el “abuso de la propiedad privada”. Decía: “un sistema de propiedad que no sirve al bien común no está respaldado por el derecho natural y ha perdido su razón de ser como sistema jurídico, lo cual no quiere decir que el propietario pierda su derecho por el mero mal uso de su propiedad, pero sí que el régimen debe ser corregido por los poderes públicos para hacer imposible la repetición de tales abusos, y para orientar la propiedad hacia el bien común, suprema norma de vida social”. La razón de ser del sentido social de la propiedad privada lo hallaba en la misma voluntad de Dios: “el plan de Dios sobre la distribución de los bienes no es que éstos estén en manos de pocos, sino a ser posible, en las manos de todos. La propiedad es de derecho natural, lo que quiere decir que todos están llamados a ser propietarios y que el régimen jurídico ha de ser tal que sea fácil a los hombres llegar a la propiedad”.

Poco antes de la muerte del Padre Hurtado, la ONU aprobó en 1948 la Declaración Universal de Derechos Humanos. Después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, terminada el año 1945, las naciones de la tierra decidieron trabajar juntas por promover y defender los que en adelante serían considerados derechos que toda persona tiene por el hecho de ser tal, no importando su origen, raza o condición de ningún tipo. Por entonces el P. Hurtado ya enseñaba: “todas las tentativas que se hagan por… la creación de un derecho e instituciones internacionales deben encontrar en los católicos sus más ardientes partidarios”.

A Alberto Hurtado no le tocó ver las atroces violaciones de los derechos humanos cometidas en Chile en los años posteriores a su muerte, pero podemos imaginar que, al igual que la Iglesia de esos años, las habría denunciado enérgicamente, con riesgo incluso de su propia vida.

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