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Sociedad y Justicia Social

1. Hay dos mundos demasiado distantes: el de los que sufren y el de los que gozan, y deber nuestro es recordar que somos hermanos y que en toda verdadera familia la paz y los sufrimientos son comunes.

2. Los grandes ídolos de nuestro tiempo son el dinero, la salud, el placer, la comodidad: lo que sirve al hombre. Y si pensamos en Dios, siempre hacemos de Él un medio al servicio del hombre: le pedimos cuentas, juzgamos sus actos, nos quejamos cuando no satisface nuestros caprichos.

3. Hay quienes llegan a erigir en sistema su indiferencia; se cruzan de brazos; nada les interesa la justicia social, el bien común. ¿Quién les ha ordenado preocuparse de sus hermanos? Y si después de ellos viene el diluvio, ¡qué importa! Esta actitud es criminal, es un eco de la respuesta que Caín dio al creador cuando le preguntó por su hermano.

4. Se había prometido un mundo nuevo y ¿qué tenemos? Nuestra sociedad sufre hoy un dolor sin precedentes…

5. El pecado del mundo actual es, como en tiempos antiguos, la idolatría, ¡la idolatría del hombre! La civilización ha convertido a la vida moderna en un aparente paraíso cuya llave de entrada se llama dinero. Nuestra época sufre la horrenda tentación del placer sin tasa ni medida. Se busca gozar a cualquier hora, a cualquier precio. La vida del hombre oscila entre dos polos. La adoración de Dios o la adoración de su “yo”.

6. Estos desmedidos gastos que origina una vida social artificial, son causa también de que, con frecuencia, no se mejore la situación del pobre, porque el tren de vida de quienes poseen el capital cuesta demasiado caro.

7. Enorme es el escándalo de quienes ven gozar un sector de la sociedad de todas las delicias de la vida, mientras ellos carecen de todo. Es horrible el contraste entre quienes nadan en la abundancia y quienes se ahogan en la desesperación de la indigencia.

8. ¿Qué tengo que ver con la sangre de mi hermano?, afirmaba cínicamente Caín, y algo semejante parecen pensar algunos hombres que se desentienden del inmenso dolor moderno. Esos dolores son nuestros, no podemos desentendernos de ellos. Nada humano me es ajeno.

9. Odio e inaudita matanza es lo que uno lee en las páginas de la prensa cotidiana; odio es lo que envenena el ambiente que se respira. Somos solidarios con la infinidad de hombres, mujeres y niños que sufren como quizás nunca se ha sufrido sobre la tierra.

10. El mundo hace pecadores a los hombres, pero luego que los hace pecadores, los condena, los escarnece, y añade al fango de sus pecados el fango del desprecio. Fango sobre fango es el mundo: el mundo no recibe a los pecadores. A los pecadores no los recibe más que Jesucristo.

11. El choque más vehemente entre el espíritu de Cristo y el espíritu del “mundo” se realiza en el terreno de las riquezas. Sus puntos de vista son irreconciliables. El uno pone su confianza y su amor en las riquezas de la tierra, a las que aspira como al supremo bien; el otro aspira a los bienes eternos y se sirve de los bienes de esta tierra como de medios para alcanzar los eternos, como de un instrumento de colaboración con Cristo.

12. Toda educación social comienza por valorar la justicia. La justicia parece una virtud desteñida, sin brillo, porque sus exigencias son a primera vista muy modestas, por eso no despierta entusiasmos. Su cumplimiento no acarrea gloria. Es la más humilde de las virtudes.

13. La resignación sólo es legítima cuando se ha quemado el último cartucho en defensa de la verdad, se ha dado hasta el último paso que nos es posible para obtener el triunfo de la justicia.

14. Hay muchos que están dispuestos a hacer la caridad, pero no se resignan a cumplir con la justicia; están dispuestos a dar limosna, pero no a pagar el salario justo…

15. Aunque parezca extraño, es más fácil ser caritativo que justo.

16. Es más fácil ser benévolo que justo. …Benevolencia sin justicia no salvará el abismo entre el patrón y el obrero, entre el profesor y el alumno, entre marido y mujer.

17. La caridad comienza donde termina la justicia.

18. La injusticia causa enormemente más males que los que puede reparar la caridad.

19. Nuestro país tiene una inmensa urgencia de que un mínimo, al menos, de bienestar sea extendido a gran número de ciudadanos que hoy carecen de una vida que se pueda llamar humana.

20. Hay quienes llegan a erigir en sistema su indiferencia: innumerables son los que, al menos, en la práctica, se cruzan de brazos, indolentes ante el porvenir, desinteresados del bien común, del progreso de la justicia social, del bienestar de sus hermanos. Poseen bienes y los gozan… Muchos así proceden no por malicia, sino por desconocimiento de los hechos y por falta de reflexión de la doctrina. Hay en ellos más ignorancia que malicia.

21. Ser testigo de Cristo significa cumplir con todas mis obligaciones de justicia frente al prójimo. De justicia en primer lugar y luego superarlas con una espléndida caridad que vaya a llenar lo que la justicia no ha podido colmar…. Justicia que el cristiano debería amar casi diría con rabia. Jesús dijo con hambre y sed que son las pasiones más devoradoras.

22. Hay un hambre ardiente, atormentadora de justicia, de honradez, de respeto a la persona; una voluntad resuelta a hacer saltar el mundo con tal que terminen explotaciones vergonzosas; hay gentes, entre los que se llaman mis enemigos, que practican por odio lo que enseño por amor…

23. Con claridad meridiana aparece que si queremos una acción benéfica, hay que atacar en primer lugar la reforma misma de la estructura social, para hacerla moral. No podemos aceptar una sociedad en que todo esfuerzo de generosidad, de abnegación tenga que dirigirse a socorrer a seres miserables. Dándole a la sociedad una estructura adaptada al hombre, a sus dimensiones reales, las miserias serán menos frecuentes.

24. En la construcción de un orden social cristiano la primacía corresponde a lo sobrenatural… El primer elemento de restauración social no es la política, sino la reforma del espíritu de cada hombre según el modelo que es Cristo.

25. Buscar el dinero para hacer el bien, sí, pero con tal que se comience cumpliendo con la justicia. Hacer la caridad faltando a la justicia es reírse de Dios.

 

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Felicidad

1. Feliz él si descubre sus posibilidades de dar. Aprenderá por propia experiencia, que hay más alegría en dar que en recibir.

2. Si bien esta vida es un valle de lágrimas, el cristiano no se resigna a la injusticia y a la miseria de sus hermanos, y trata de introducir aquí abajo todas las mejoras que hagan posible una felicidad terrestre de la multitud congregada; exige que ser reconozca a cada uno su derecho a vivir, al trabajo, y a su perfección de personas en cuanto personas.

3. Es necesario comenzar por salir del ambiente enfermizo de preocupaciones egoístas. Hay gente que vive triste y atormentada por recuerdos del pasado, por lo que los demás piensan de él en el presente, y por lo que podría ocurrirle en el futuro. Que se olviden pues, de sí y se preocupen de los demás, de hacerles algún bien, de servirlos y los fantasmas grises irán desapareciendo. La felicidad no depende de fuera, sino de dentro.

4. No es lo que tenemos, ni lo que tememos, lo que nos hace felices o infelices. Es lo que pensamos de la vida. Dos personas pueden estar en el mismo sitio, haciendo lo mismo, poseyendo igual, y, con todo, sus sentimientos pueden ser profundamente diferentes.

5. No basta sonreír para vivir contentos nosotros. Es necesario que creemos un clima de alegría en torno nuestro. Nuestra sonrisa franca, acogedora, será también de un inmenso valor para los demás.

6. El cristianismo se resume entero en la palabra amor: es un deseo ardiente de felicidad para nuestros hermanos, no sólo de la felicidad eterna del cielo, sino también que se preocupa de todo cuanto puede hacerle mejor, procurar al hombre esta vida, que ha de ser digna de un hijo de Dios. Todo cuanto encierran de justo los programas más avanzados, el cristianismo lo reclama como suyo, por más audaz que parezca, y si rechaza ciertos programas de reivindicaciones no es porque ofrezcan demasiado, sino porque en realidad han de dar demasiado poco a nuestros hermanos, porque ignoran la verdadera naturaleza humana, y porque sacrifican lo que el hombre necesita más aún que los bienes materiales, los del espíritu, sin los cuales no hay dicha humana par quien ha sido creado para el infinito.

7. El hombre quiere la felicidad y la felicidad es la posesión de Dios.

8. Cristo me pide vivir con alegría al saber que estoy en sus manos.

9. La vida está aquí: en Cristo. La alegría está aquí: en Él y con Él. Cristo es la fuente de nuestra alegría, en la medida que vivamos en Él viviremos felices.

10. No hay más que un camino de felicidad; servir a Dios, unirse a Él. Aquél más feliz es el que está más íntimamente unido a Dios.

11. Mi felicidad no consiste en otra cosa que hacer la voluntad de Dios, con alegría o sin ella, sea cual fuere el juicio de los hombres. Si noto faltas esté cierto que junto con pedir perdón de ellas estoy perdonado. Que nada pues, me quite la habitual alegría.

12. La felicidad y la alegría son una realidad en el cristianismo, pero esta realidad echa sus raíces hondas en el sufrimiento, en la abnegación, en el dolor. Se nutre de renunciamiento y de sacrificio: el grano de trigo, si no muere permanece solo, para que dé fruto es necesario que muera y entonces dará fruto abundante.

13. Salvar el alma es por consiguiente la felicidad. El deseo de ser felices es en nosotros tan connatural como la respiración. Aquí no encontramos sino granitos de felicidad; allá, en el cielo, la felicidad sin sombras ni atenuaciones. ¡La bienaventuranza eterna! ¡La vida eterna! ¡El cielo! Tres bellísimas expresiones del pueblo cristiano con las cuales hace profesión de su destino eterno: “Creo en la vida eterna”.

14. El dolor no es el fin de nuestra vida. Dios no nos ha creado para padecer. Nos ha creado para satisfacer las ansias infinitas de felicidad que Él mismo ha puesto dentro de nuestro corazón, para ser como Él, tanto cuanto es posible a una criatura.

15. Con frecuencia, piensan algunos, que la felicidad humana consiste en ser libres de seguir nuestro capricho. Nosotros, en realidad, somos libres de seguir a Cristo, o bien de abandonarlo, para volver a nuestra antigua esclavitud, la del mal, de la cual nos rescató. No es condición humana la de estar libre de todo servicio, la de ser autónomo.

16. Si buscamos la felicidad propia y ajena ¿dónde la encontraremos? si no es uniéndonos al que es la felicidad, al que va a constituir durante una eternidad la alegría de los escogidos, uniéndonos a Aquél cuya contemplación es tan infinitamente variada que durante una infinita duración será siempre nueva, siempre atrayente: será el cielo.

17. Un cristiano recuerda que el primer mandamiento es el mandamiento del amor… signo distintivo de sus discípulos, y por eso más allá de sus preocupaciones de salvación personal, que las toma muy en serio, piensa en la salvación de sus hermanos, en darles la alegría y la felicidad que constituyen las señales del verdadero amor.

18. Vivir en la alegría, en la paz, en la serenidad, sabiendo que Cristo y su Madre velan por nosotros, que tenemos el Padre que nos ama, y el Espíritu que mora en nuestros corazones. Y poseídos de esta felicidad hacer participantes de ella a los demás.

19. La edad madura ha aprendido a sonreír: cosa que los jóvenes aún no saben hacer. Saben reír y ríen demasiado… pero la sonrisa es un rasgo peculiar de la edad madura. Es la alegría silenciosa y algo desencantada: en el gesto de la experiencia que ya ha conocido el desengaño… La sonrisa de la edad madura es peligrosa: puede ir llena de desdén. El cinismo de la juventud está cargado de arrogancia, el de la edad madura puede ir lleno de desdén.

20. El hombre necesita pan, pero necesita también fe; necesita bienes materiales, pero más aún necesita el rayo de luz que viene de arriba y alienta y orienta nuestra peregrinación terrena: y esa fe, esa luz, sólo Cristo y su Iglesia pueden darla.

21. Es nuestro rostro siempre una sonrisa ancha y brillante como el sol. Llenar de sol la vida de los demás.

22.  Crear siempre alegría a nuestro alrededor. La vida no es triste sino alegre. El mundo no es un destierro sino un jardín. El hombre no nace para sufrir sino para gozar. El fin de nuestra vida no es la muerte, sino la vida.

23. Un hombre por más virtuoso que sea, si vive melancólico merecerá que se diga: “Un santo triste es un triste santo”.

24. Jaculatorias del fondo del alma; contento, Señor, contento. Y para estarlo decirle a Dios siempre, Sí, Padre.

25. La alegría o el dolor, es siempre la visita de Dios.

26. Hijo de Dios, heredero del cielo, que es la alegría sin la tasa ni medida… El canto está siempre en sus labios… Canta en el templo, canta en el hogar, canta cuando la pena ronda su alma. El canto que alegra y purifica como el agua, como la luz, como el sol y se traduce en risa franca y confiada.

27. Hay algo que todos queremos unánimemente en todo el mundo… Todos convenimos en una aspiración: la alegría. Todos queremos ser felices. …El corazón humano busca la alegría, lo positivo, el amor.

28. La felicidad no depende de fuera, sino de dentro.

29. ¿El pasado? Pertenece a la misericordia de Dios. ¿El presente? A su buena voluntad ayudada por la gracia abundante de Cristo. ¿El provenir? Al inmenso amor de su Padre Celestial.

30. Donde quiera que encontramos una sonrisa llena de sol, sincera, franca, calurosa, la agradecemos en este mundo en que dominan los días grises. ¡Cuántas veces tiene el poder de disipar los nublados!

31. Quien quiera ayudarse también de medios naturales comience por no dejarse tomar por una actitud de tristeza. Sonría aunque no quiera; y si ni eso puede, tómese los cachetes y hágase el paréntesis de la sonrisa.

32. …Nosotros los cristianos que renunciamos a tantos goces, no podemos renunciar a un goce, el mayor de todos, el ser felices.

 

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Cristo, siempre misericordioso

1. Jesús es la misma bondad y misericordia. El amor de Dios hecho carne. Toda la vida de Cristo fue amor y misericordia y bondad y para con todos…

2. El hombre necesita tanto del perdón y es duro para perdonar. Excusa la falta cuando la ve en él, pero cuando está en los demás arroja barro sobre barro. A los pecadores no los perdona sino Cristo. Porque nadie como Él sabe lo que hay en el hombre.

3. Jesús perdonó a la adúltera. Hay algunos que quisieran sacar este pasaje del Nuevo Testamento porque Cristo ni siquiera retó a la mujer. Pero para quitarlo habría que quitar a Jesús del Evangelio porque es el mismo de la Samaritana, de Magdalena, del buen ladrón. ¿Que no tomó en serio el pecado Él, a quien araron sobre sus espaldas? ‘Cuenta si puedes mis llagas’… ¡Vaya si tomó en serio el pecado! Pero sufrió Él por nosotros y cuando vio en el tono y expresión de ella su contrición, le abrió el río misericordioso de su corazón, del buen amor.

4. En su vida nada tan constante como su continuo perdonar de este “amigo de los pecadores”. Al paralítico de Cafarnaún, a la mujer pecadora, a la adúltera de Jericó; a la Samaritana, a Zaqueo, a sus enemigos tantas veces. Estas escenas parecían escandalizar a los que lo rodeaban: les parecía a ellos que sacrificaba la justicia por la misericordia; la dignidad por la mansedumbre, la fuerza por la paz, casi la verdad misma para que el pecado pueda ser perdonado y el pecador pueda ir libre.

5. Misericordia es el amor del miserable. Hay un amor que estima lo que tiene valor y de este amor no somos acreedores. Pero hay un amor que ama lo que no vale y hasta el que no tiene sino el valor negativo de su miseria, y este amor sólo Dios puede tenerlo. Es amor creador. Se siente inclinado donde hay menos, porque puede poner más. Por eso busca la miseria y es misericordioso. La Virgen Santísima nos ha enseñado el himno de la misericordia. Ha llenado de bienes a los hambrientos; ha mirado la humildad de su esclava; ha hecho en mí cosas grandes el que es poderoso y su misericordia de generación en generación. Por eso ninguno es tan apto a sentir el amor de Dios como el miserable y por eso Dios se complace en que los miserables canten su amor.

6. Con qué afición y ternura de entrañas, con qué extremos de amor, la misericordia infinita de Dios provee a nuestra miseria, conoce Él nuestra pequeñez e insuficiencia, la pobreza de nuestras ofrendas, la escasez de nuestros méritos y su corazón de Padre se conmueve. ¡Quiere perdonar nuestras culpas, quiere auxiliarnos, quiere hacernos participantes de sus largos favores!

7. Apenas apareció Jesús sobre la tierra, San Juan al verlo dijo de Él: He aquí el cordero de Dios, el que borra los pecados del mundo. Sus contemporáneos lo acusaron de ser amigo de los pecadores y de comer con ellos. Éste recibe a los pecadores. Esta era la acusación, la única fundada que se dirigió contra Jesús y esta acusación nos debe llenar de profundo consuelo. Para los pecadores fueron sus más hermosas parábolas: Él es el Buen Pastor que sale en busca de la oveja perdida y cuando la ha encontrado vuelve gozoso al redil.

8. Hermanos, si tenemos pecados y ¿quién de nosotros no los tiene? Acordémonos que Jesús es siempre el mismo: ayer, hoy y siempre. Vamos a su corazón herido por la lanza y dejemos caer en Él el fardo de nuestras culpas. Tengamos confianza, inquebrantable confianza en que su amor infinito es más fuerte que todas nuestras miserias, que todos nuestros crímenes. Pidámosle perdón y hoy como ayer su voz bendita nos dirá la dulce palabra: Hijo, vete en paz y no quieras pecar más.

9. “He venido”: he hecho un viaje… un viaje real, larguísimo. De lo finito a lo infinito, viaje tan largo que escandaliza a los sabios, que desconcierta a los filósofos, que horroriza a Kant. ¡Lo infinito a lo finito!, ¡lo eterno a lo temporal! ¿Dios a la criatura? Sí, ¡así es!…”Yo he venido” por el hombre. La única razón de ese viaje: el hombre.

10. ¿Es minúsculo y mayúsculo? Porque si bien es pequeño, es muy grande; ¿es lo más grande del universo? ¿Mayor que los astros? Por ellos nunca he viajado, ¡ni menos sufrido! Por el hombre, sí… Por el hombre… por ti negrito, por ti pobre japonés, por ti chilenito de mis amores, por ti liceano de Curicó. Yo no amo la masa. Amo la persona: un hombre, una mujer… ¡He venido por ti!

11. El Cristo histórico fue judío viviendo en Palestina en tiempo del Imperio Romano. El Cristo místico es chileno del siglo XX, alemán, francés y africano… Es profesor y comerciante, es ingeniero, abogado y obrero, preso y monarca… Es todo cristiano que vive en gracia de Dios y que aspira a integrar su vida en las normas de Cristo, en sus secretas aspiraciones y que aspira siempre a esto: a hacer lo que hace, como Cristo lo haría en su lugar.

12. Jesucristo Nuestro Señor hizo consistir gran parte de su enseñanza en hacernos comprender esta verdad: que somos sus hermanos, hijos del mismo Padre Dios, a quien nos enseña a orar diciéndole “Padre nuestro”.

13. En su vida pronunció aquellas parábolas de amor como jamás hombre alguno se había atrevido a pronunciarlas: el dueño de la viña que envía… y termina por enviar a su propio hijo.

14. Mil parábolas como la del Hijo Pródigo y Oveja Perdida, nos descubren sus sentimientos que son los sentimientos que sólo un Padre puede albergar. ¿Agotamos esta idea? ¿Descansamos en el pecho de nuestro Padre Dios, como un hijo que sabe que su Padre lo ama, lo quiere apoyar, consolar, hacer feliz?

15. Ese padre del Pródigo que lo representa a Él, para quien no hay crímenes que puedan entibiar su amor, ni las injurias a su nombre, ni las desobediencias.

16. Ese buen Pastor que abandona las 99 ovejas por buscar la ovejita descarriada, es Él… y así obró. Y ese amor cuando llega a poseer un alma, cuando logra que un alma le abra sus puertas, ¡cómo pacifica, serena, alegra!

17. Cristo, no es sólo un personaje histórico que nació, vivió y murió hace 1900 años, sino que es un ser vivo, tan vivo ahora como antes y con el cual estoy en relaciones tan reales, tan cercanas ahora como antes.

18. Él y yo formamos realmente uno, no con una unidad que destruye nuestra individualidad, ni que llegue a constituir una unión hipostática como la que existe entre las dos naturalezas de Cristo, pero sí con una unidad que los teólogos llaman mística, esto es, misteriosa, pero no menos real que las anteriores.

19. Nuestra raza está unida en principio a la divinidad y nosotros podemos, mediante nuestra unión con Cristo, recuperar nuestra unión con Dios.

20. Vivimos sobrenaturalmente por la vida de Cristo. Nuestros hermanos reciben un aumento de esa misma vida por nuestra mayor vida en Cristo.

21. El núcleo fundamental de la revelación de Jesús, “la buena nueva”, es nuestra unión, la de los hombres todos con Jesucristo.

22.  Los hombres nos damos poco, pero Cristo se dio por entero, hasta la sed de sacrificio.

23.  Todo el tiempo de su vida deseando… aquel momento en que podrá elevar los dolores a la altura de su amor.

24.  Y Cristo triunfó desde la cruz…

25. …Y el cristiano como Cristo; en éxito o derrota siembra la verdad.

26. La misión de Cristo, que es lo que más nos importa, se realizó a pesar de nuestras debilidades: esa misión que consistió en pagar la deuda del pecado, redimir al hombre, darnos la gracia santificante.

27. Vida nueva es hallar a Jesús, hacerse un nido en su corazón.

28. En el corazón de Cristo vivir, descansar, hallar sentido a mi existencia.

29. Qué dulce es vivir con una razón que me oriente, cuando sé que alguien me ama y puedo amarlo y necesita mi amor: ese es Cristo.

30. …¿Quién es esta criatura amada por Cristo? ¿Serán sólo las almas escogidas, algunos de esos héroes de la santidad?… Pase que ellos tengan derecho a pensar que Cristo los amase, pero ¿y los demás? ¿y nosotros? ¿y los pobres pecadores encenegados en el pecado? ¿les habrá amado Cristo también a ellos?… Sí, también a ellos.

31. Para Jesús no hay masas, multitud anónima, sino una y uno. Me conoce a mí y como decía San Pablo: “Me amó y se entregó a la muerte por mí”.

32. Jesús nos conoce, me conoce, no sólo de cara y nombre, sino de alma, de estado de ánimo, mis preocupaciones, deseos, proyectos. Jesús me conoce a mí perfectamente, traspasa mi alma, sabe todos mis problemas.

33. En esos momentos difíciles, ¡qué dulce saber que contamos con alguien que se llamó a sí mismo “el Buen Pastor”, que conoce a cada una de sus ovejas!

34.  A Cristo no hay que decirle muchas cosas: Él lo sabe todo.

35. Es interesante conocerse, sí, pero mucho más es sabernos conocidos de Cristo. Él me penetra, estoy patente ante Él, realmente me conoce…Conocerlo a Él, mucho más que conocerme a mí mismo…

36. Pasar las horas ante Él, como los seres que se aman, que aunque no crucen palabras, van aumentando la intimidad y dulzura.

37. El Evangelio leído con devoción, nos llevará al conocimiento de Cristo. Es un mirar las cosas de este mundo y del otro, con los ojos de Cristo.

38. Ser otro Cristo para tener la dicha de irradiar a Cristo.

39. El alma cristiana es como el corazón de Cristo, más grande que el mundo.

40. Nuestra imitación de Cristo consiste en vivir la vida de Cristo, en tener esa actitud interior y exterior, que en todo se conforma a la de Cristo, en hacer lo que haría Cristo si estuviese en mi lugar.

41. Este es Cristo: camino que andar, verdad que creer, vida que vivir.

42. El ideal cristiano por excelencia: vivir en Cristo, transformarse en Cristo.

43. ¡Qué delicadezas las de Jesús para las almas que aceptan su amistad: mora en sus almas, los visita cada día, los perdona, los alienta, los enriquece, oye sus plegarias, se hace cargo de sus intereses! ¡Qué dulce es esa hora en que Jesús está presente! ¡Todo parece suave, fácil, llevadero!

44. ¡Jesucristo! El corazón más noble, el amigo por excelencia, el que posee todos los secretos de la grandeza humana. En el cielo, junto a mí, será mi amigo, mi maestro.

45. Él ha venido a ser la cabeza de un cuerpo, el Cuerpo Místico, cuyos miembros somos o estamos llamados a serlo nosotros los hombres, sin limitación alguna de razas, cualidades naturales, fortunas, simpatías…

46. Y la razón magnífica que eleva nuestro amor al prójimo a una altura nunca sospechada por sistema humano alguno, es que nuestro prójimo es Cristo.

47. El cristianismo no es una doctrina abstracta: un conjunto de dogmas que creer, preceptos y mandamientos… ¡¡El cristianismo es Él!! Persuadámonos bien; Cristo en el cristianismo no es una devoción. No es la primera devoción, ni la más grande. Verdad básica: el cristianismo es Cristo.

48. Todos estamos llamados a estar incorporados en Él, es el grado básico de la vida cristiana… ¡¡A hacer de su vida la empresa de Cristo!! Para el marino su vida es el mar, para el soldado el ejército, para la enfermera el hospital, para el agricultor el campo, para el alma generosa, ¡¡su vida es la empresa de Cristo!!

49. Todo está en unirse a Cristo para vivir la vida de Cristo, y eso es lo que nos da la Comunión: Cristo y su vida. El que comulga se va despojando de sí mismo y llega a no tener otra vida que la de Jesús, la vida divina, y nada hay más grande que eso.

50. “¡Éste recibe a los pecadores!” es la acusación que lanzaban contra Jesucristo hipócritamente escandalizados los fariseos. “¡Éste recibe a los pecadores!” Y, ¡es verdad! Esas palabras son como la divisa exclusiva de Jesucristo. El mundo no recibe a los pecadores. A los pecadores no los recibe más que Jesucristo.

51. Jesús no viaja solo, no participa en las actividades solo. Salvo cuando ora, siempre está acompañado de sus apóstoles; con ellos va a todas partes, incluso a los banquetes.

52. No promete que no haya carga, ni cruz: al contrario, la pronostica, pero Él la hará suave y ligera.

53. La vida de Cristo se resumió en esta palabra: “Pasó por el mundo haciendo el bien”, un bien que no es una altiva caridad tirada al pobre, sino una efusión de un amor que no humilla, sino que comprende, compadece fraternalmente, eleva.

54. El gesto de Cristo es gesto de respeto, de comprensión, de compenetración afectiva con la masa doliente, de sentirse uno de ellos y de cargarse con todo su ser del lado de los que sufren, y de poner toda su palabra, su poder, su influencia del lado de ellos.

55. Jesús parece que no quiere obrar en el mundo sino mediante la colaboración de los hombres. Todos somos providenciales en la inmensa obra de Dios sobre la tierra.

56. El hijo de Dios asumió no sólo un cuerpo sino un alma. Y así como tomó un cuerpo capaz de ser herido, atormentado, de morir; así también tomó un alma que podía sufrir todos los dolores del alma humana: soledad, angustia, asco… No era el cuerpo sino el alma el asiento más hondo del dolor del Dios Eterno.

57. Con el sacrificio de Cristo nace una nueva raza, raza que será Cristo en la tierra hasta el fin del mundo. Los hombres que reciben a Cristo se transforman en Él.

58. Jesús único principio y raíz de toda la vida, de la gracia, de la luz, de la fuerza, de la fecundidad, de la felicidad, del amor. Fuera de Jesús todo es muerte, esterilidad, desolación.

59. ¡Qué bendición!, qué fuente de energías para el alma que guarda intacta su fe en Cristo, en ese Cristo de corazón infinitamente comprensivo, que lo ve todo, que lo oye todo, aún en la soledad de las noches en que las lágrimas corren silenciosas, sin testigos… ¡Sin otro testigo que Cristo! Él es el único que continúa siendo luz para los ojos, apoyo para los pies sin fuerza, y encanto para el sediento corazón humano.

60. Ama a Jesucristo. Hasta tu último suspiro ve apasionándote cada día más por su adorable persona. Estudia, escruta, indaga, expón sin descanso a ti mismo y a los demás, hasta saberlo de memoria, mejor dicho, hasta asimilarte a Él, perderte en Él. Que Él sea enteramente y cada día más el centro de tus pensamientos, el vínculo de tus conocimientos, el fin práctico de cualquiera de tus estudios. Hazlo el objeto moralmente único, el argumento soberano, el arma triunfadora de tu apostolado… como el hombre lleno y poseído de Jesucristo, como el hombre que a propósito o fuera de él, si fuera posible, hable sin cansarse de Jesucristo y hable de la abundancia de corazón.

61. Jesucristo meditado, Jesucristo conocido, Jesucristo amado con una pasión siempre creciente y consecuente consigo misma; esto será, la dignidad de tu vida religiosa, la fuerza, el consuelo, la alegría, la capacidad fructífera, esto será Jesucristo.

62. El que ha mirado profundamente una vez siquiera a los ojos de Jesús no lo olvidará jamás. El alma del joven al irse fortaleciendo ha de ir precisando también más y más la verdadera figura de Jesús. Del Jesús Niño ha de ir pasando al Jesús Adolescente, al Jesús Jefe, al Jesús Paciente. Ha de conocer un Cristo enérgico y varonil; el del sermón de la montaña, el que arroja a los mercaderes del Templo, el que calma las tempestades, el que invita a los hombres a seguirlo dejándolo todo por poseerlo a Él. Y al mismo tiempo ese Cristo es el Dios bueno que acaricia al pródigo, busca la ovejita perdida, perdona a la Magdalena, defiende a la adúltera y sale en busca de Zaqueo. ¡Qué fuerzas sentirá el joven que puede dialogar diariamente con este Cristo en la eucaristía! El director espiritual ha de procurar que los adolescentes y jóvenes conozcan la figura de Cristo no solamente de segunda mano, sino directamente por medio de la Sagrada Escritura. El fin de toda dirección espiritual ha de ser sembrar el amor a Jesucristo en el corazón de los jóvenes, hacer que traben verdadera amistad con Cristo: un contacto vivo, sincero, entre Él y ellos.

63. Aquí está la clave: creer en Cristo… Viviendo la vida de Cristo, imitando a Cristo, siendo como Cristo. Pero esta imitación de Cristo ¿qué significa? Supuesta la gracia santificante, que mi actuación externa sea la de Cristo, no la que tuvo, sino la que tendría si estuviera en mi lugar. Ante cada problema, ante los grandes de la tierra, ante los problemas políticos de nuestro tiempo, ante los pobres… ¿qué haría Cristo si estuviera en mi lugar? Aquí está toda la perfección cristiana: imitar a Cristo en su divinidad por la gracia santificante, y en su obrar humano haciendo en cada caso lo que Él haría en mi lugar.

64. Un gran amor a Cristo, autor y modelo de nuestra santificación. Contemplar con amor su vida para copiar en la mía sus rasgos, para seguir sus consejos, que son dados para el siglo XX, para mí.

65.  Mi idea central es ser otro Cristo, obrar como Él, dar a cada problema su resolución.

66. Al buscar a Cristo es menester buscarlo completo. Él ha venido a ser la Cabeza de un Cuerpo, el Cuerpo Místico, cuyos miembros somos o estamos llamados a serlo los hombres, sin limitación alguna de razas, cualidades naturales, fortuna, simpatías… Basta ser hombres para poder ser miembros del Cuerpo Místico de Cristo, esto es: para poder ser Cristo. El que acepta la encarnación la ha de aceptar con todas sus consecuencias y extender su don no sólo a Jesucristo sino también a su Cuerpo Místico.

67. Y éste es uno de los puntos más importantes de la vida espiritual: desamparar al menor de nuestros hermanos es desamparar a Cristo mismo; aliviar a cualquiera de ellos es aliviar a Cristo en persona. Por esto nos dijo Cristo que todo el bien o el mal que hiciéramos al más pequeño de sus hermanos, a Él lo hacíamos. Luego no amar a los que pertenecen o pueden pertenecer a Cristo por la gracia, es no aceptar y no amar al propio Cristo… Por eso Juan nos dice: ¿Si no amamos al prójimo a quien vemos, cómo podremos amar a Dios a quien no vemos? ¿Si no amamos a Dios en su forma visible cómo podremos amarlo en sí mismo?

68. ¿Desechó algún pecador arrepentido? Y como me decía hace poco un anciano arrepentido, el cuadro de Zaqueo significa que Cristo no siempre espera que vengan a Él, mas sino, que Él va primero.

 

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