Autor del archivo

La muerte

Meditación de unos Ejercicios Espirituales predicados por el Padre Hurtado en radio ‘Mercurio’, entre el lunes 7 y sábado 12 de mayo de 1951.

La vida del hombre oscila entre dos polos. La adoración de Dios o la adoración de su “yo”; el servicio de Dios o la lucha contra Dios. Para apreciar los verdaderos valores en juego en esta contienda, nada más útil que meditar en la muerte, lo que no quiere decir contemplación terrorífica, sino por el contrario, visión de aliento y esperanza.

Hay dos maneras de mirar la muerte: una puramente humana y otra cristiana.

1.- El concepto humano considera la muerte como el gran derrumbe, el fin de todo. Es un concepto impregnado de tristeza. Desde los primeros tiempos el hombre ha sentido pavor ante la muerte. Nadie la conoce por experiencia propia y de los que han pasado por ella ni uno ha vuelto a decirnos lo que es: Ha entrado en un eterno silencio.

La muerte va ordinariamente precedida de una dolorosa enfermedad, acompañada de una impotencia creciente, que llega a ser total. Los que rodean al moribundo contemplan, en completa pasividad, cómo ese ser querido es arrastrado al inevitable abismo. Cuando queremos seguirlo con la mirada nos parece que la nada lo hubiera devorado.

Cuando vivimos no parecemos tan solos frente a Dios. Hay otros seres que, aunque débiles, nos ofrecen refugio para escondernos pero en el momento de la muerte no queda ya donde ocultarse: el alma es arrancada y arrojada a la llanura infinita donde no quedan más que ella y su Dios.

2.- El concepto cristiano de la muerte es inmensamente más rico y consolador: la muerte para el cristiano es el momento de hallar a Dios, a Dios a quien ha buscado durante toda su vida. La muerte para el cristiano es el encuentro del Hijo con el Padre; es la inteligencia que halla la suprema verdad, es la inteligencia que se apodera del sumo Bien. La muerte no es muerte.

Lo veremos a Él cara a cara, a Él nuestro Dios que hoy está escondido. Veremos a su Madre, nuestra dulce Madre, la Virgen María. Veremos a sus santos, sus amigos que serán también nuestros amigos; hallaremos nuestros padres y parientes, y aquellos seres cuya partida nos precedió. En la vida terrestre no pudimos penetrar en lo íntimo de sus corazones, pero en la Gloria nos veremos sin oscuridades ni incomprensiones. Muchos se preguntan si en la otra vida conoceremos a los seres queridos.

Conociendo la manera de obrar de Dios ¿no sería una burla extraña en su proceder la de poner en nuestros corazones un amor inmenso, ardiente hacia seres que para nosotros son más que nosotros mismos, si ese amor estuviese llamado a desaparecer con la muerte? Todo lo nuestro nos acompañará en el más allá. Dios no rompe los vínculos que ha creado. Pero, por encima de todo, el gran don del cielo es estar presentes ante Dios. ¡Qué más puedo necesitar!

¿Cuál será la sorpresa y la alegría del cristiano al terminar su vida terrena y ver que su prueba ha terminado? Los dolores pasaron, y ha llegado aquello por lo cual luchó y se sacrificó. Algunos años difíciles ¡Pero qué cortos fueron! En esta vida tendremos dolores, pero los dolores no son sólo castigo, como tampoco morir es sólo castigo. Es bello poder sufrir por Cristo. Él sufrió primero por nosotros. Bajó del Cielo a la tierra a buscar lo único que en el Cielo no encontraba: el dolor y lo tomó sin medida por amor al hombre. Lo tomó en su alma, lo tomó en su imaginación, en su corazón, en su cuerpo y en su espíritu, porque “me amó a mí, también a mí, y se entregó a la muerte por mí” (Gal 2,20). Después de Él, María, su Madre y mi Madre, es Reina del Cielo porque amó y sufrió.

La vida ha sido dada al hombre para cooperar con Dios, para realizar su plan, la muerte es el complemento de esa colaboración pues es la entrega de todos nuestros poderes en manos del Creador. Que cada día sea como la preparación de mi muerte entregándome minuto a minuto a la obra de cooperación que Dios me pide, cumpliendo mi misión, la que Dios espera de mí, la que no puedo hacer sino yo.

La muerte es la gran consejera del hombre. Ella nos muestra lo esencial de la vida, como el árbol en el invierno, una vez despojado de sus hojas, muestra el tronco. Cada día vamos muriendo, como las aguas van acercándose, minuto a minuto, al mar que las ha de recibir.Que nuestra muerte cotidiana sea la que ilumine nuestras grandes determinaciones: a su luz, qué claras aparecerán las resoluciones que hemos de tomar, los sacrificios que hemos de aceptar, la perfección que hemos de abrazar.

El gran estímulo para la vida y para luchar en ella, es la muerte: motivo poderoso para darme a Dios por Dios. Y mientras algunos nada emprenden por temor a la muerte, el cristiano se apresura a trabajar porque su tiempo es breve, porque falta tan poco para presentarse a Aquel que se lo dio todo, a Aquel a quién él ama más que a sí mismo. ¡Apúrate alma, haz algo grande y bello que pronto has de morir! ¡Hazlo hoy, y no mañana, que hoy puede venir Él a tomar tu alma! Si comprendemos así la muerte, entenderemos perfectamente que, para el cristiano, su meditación no le inspira temor, antes al contrario, alegría, la única auténtica alegría.

Para los que tienen fe cada cosa que ven les habla del otro mundo, las bellezas de la naturaleza, el sol, la luna, todo es como figura que nos da testimonio de la invisible belleza de Dios. Todo lo que vemos está destinado a florecer un día y está destinado a ser Gloria inmortal.

San Alberto Hurtado S.J.

 

Leer más Sin comentarios

Búsqueda de Dios (póstumo)

Artículo en la revista Mensaje, septiembre 1952, pp. 444-447. El mismo P. Hurtado pidió que se publicara después de su muerte.

Muchos continúan pronunciando el nombre de Dios: no pueden olvidar esas enseñanzas que desde pequeños les enseñaron sus padres, pero se han acostumbrado al sonido de la palabra DIOS, como algo cotidiano y se contentan con ella sola, tras la cual no hay ningún concepto; o se contentan con el concepto vacío de toda realidad, o al menos de toda realidad que pueda compararse en lo grande y terrible, en lo tremendo y arrobador a la realidad: Dios.

Estos hombres no niegan a Dios, lo nombran, lo invocan, pero nunca han penetrado su grandeza y la bienaventuranza que puede hallarse en Él. Dios es para ellos algo inofensivo con lo que no hay que atormentarse mucho. La existencia misma de Dios nunca se ha interpuesto en su camino, gigantesca e inaccesible como una montaña. Dios queda en el horizonte como un volcán que está bastante lejos como para no temerle, pero aun bastante cerca para darse cuenta de su existencia.

A menudo Dios no es más que un cómodo refugio mental. Todo lo que es incomprensible en el mundo o en la propia vida se le achaca a Dios: ¡Dios lo ha hecho! ¡Dios así lo ha querido!… A veces Dios es un cómodo vecino a quien se puede pedir ayuda en un apuro o en una necesidad. Cuando no se puede salir del paso, se reza, esto es, se pide al bondadoso Vecino que lo saque del peligro, pero se volverá a olvidar de Él cuando todo salga bien. Estos no han llegado hasta la presencia, hasta la abrumadora proximidad de Dios.

Al hombre siempre le falta tiempo para pensar en El. Tiene tantos otros cuidados: comer, beber, trabajar y divertirse. Todo esto tiene que despacharse antes que él pueda pensar con reposo en Dios. Y el reposo no viene; nunca viene.

Hasta los cristianos a fuerza de respirar esta atmósfera estamos impregnados de materialismo, de materialismo práctico. Confesamos a Dios con los labios, pero nuestra vida de cada día está lejos de Él. Nos absorben las mil ocupaciones, gentes de la casa, del negocio, de la vida social… Todo lo que es más propio del cristiano, conciencia, fe religiosa, espíritu de sacrificio, apostolado, es ignorado y aún denigrado: nos parece superfluo.

Felizmente el alma humana no puede vivir sin Dios. Espontáneamente lo busca… Y cuando lo ha hallado, su vida descansa como en una roca inconmovible; su espíritu reposa en la Paternidad Divina, como el niño en los brazos de su madre.

La hondura de la vida, su belleza, son el fruto del conocimiento de la Divina Amabilidad, de las mercedes que de El emanan y de las fuerzas que Él brinda.

Cuando Dios ha sido hallado, el espíritu comprende que lo único grande que existe es Él. Frente a Dios todo se desvanece; cuanto a Dios no interesa, se hace indiferente. Las decisiones realmente importantes y definitivas son las que yacen en Él.

Hay también un dolor de Dios, dolor indescriptible e inconmensurable que tortura el alma con espanto y asombro. Hay un temor de Dios: el de arrojar una sombra sobre la imagen del Amado. Temor de ofrecer tan poco al que todo se le debe.

Al que ha encontrado a Dios… todas sus dudas están en la superficie, en lo hondo de su ser reina la paz. Lo duro, las contrariedades, se deslizan; en el centro de la vida perdura el conocimiento del ser y del amor de Dios. La entrega del que reposa en Dios es un olvido de sí. No le importa ni mucho ni poco cuál sea su situación, si escucha o no sus preces. Lo único importante es: Dios está presente. Dios es Dios. Ante este hecho calla su corazón y reposa.

Esta confianza es fruto de un magnánimo y humilde amor. Si Dios quita algo, aún con dolor, es Él y eso basta. Esto lo hace feliz y enciende todas las luces de su alma. No es un amor sentimental, es amor sencillo, simple, y que se da por sobre entendido. Es así porque no puede ser de otro modo.

En el alma de este repatriado hay dolor y felicidad al mismo tiempo. Dios es a la vez su paz y su inquietud. En El descansa, pero no puede permanecer un momento inmóvil. Tiene que descansar andando; tiene que guarecerse en la inquietud. Cada día se alza Dios ante él como un llamado, como un deber, como dicha próxima no alcanzada…

El que halla a Dios se siente buscado por Dios, como perseguido por El, y en El descansa como en un vasto y tibio mar. Ve ante sí un destino junto al cual las codilleras son como granos de arena. Esta búsqueda de Dios sólo es posible en esta vida, y esta vida sólo toma sentido por esa misma búsqueda. Dios aparece siempre y en todas partes, y en ningún lado se le halla. Lo oímos en las mugientes olas y sin embargo calla. En todas partes nos sale al encuentro y nunca podremos captarlo, pero un día cesará la búsqueda y será el definitivo encuentro. Cuando hemos hallado a Dios, todos los bienes de este mundo están hallados y poseídos.

San Alberto Hurtado S.J.

 

 

Leer más Sin comentarios

Vivir para siempre

Meditación de Semana Santa para jóvenes, escrita por el Padre Hurtado en 1946.

  1. El hombre quiere vivir

Anhelo profundo de nuestro espíritu, el más profundo: vivir. Si uno ha conocido alguna belleza anhela seguir poseyéndola. Por eso la naturaleza se resiste a morir. Cuesta morir, el hombre se defiende -“No pierde la esperanza”-. Y quienes creen que el hombre muere, lloran la muerte, y llevan luto por la muerte. Porque el hombre no quiere morir, sino vivir.

Y sin embargo ante nuestros ojos, ¡todo es muerte, separación y dolor! Hay que ser muy joven o muy santo para no conocer el dolor. “Parirás con dolor. Comerás el pan con el sudor de tu frente. Cultivarás la tierra que te dará abrojos. Tendrás enfermedades y miserias. Morirás…”. El niño nace llorando… el hombre se muere con un gesto de supremo dolor: la última mueca; está desencajado. Enfermedades ¿quién se escapa de alguna? La muerte ¿quién se escapa?

Visitaba la fábrica Ford bajo el mando de Henri Ford II, católico: Su padre acaba de morir, ¡en plena juventud! 300.000 obreros trabajan para él y Henri II morirá… Su esposa, para que no se ajara su vestido de novia, fue en un autobús al matrimonio, el vestido ya se ajó, ella morirá… ¡¡Sólo su hermosa alma sobrevivirá!!

¿Ruinas económicas? La guerra las ha hecho tan comunes que a nadie impresionan… Esas ciudades magníficas, gloria del mundo: Ahora son un montón de ruinas. Esos hombres ricos ayer, hoy vestidos de papel… Goering, Hess y el Emperador de Japón en el lado de los vencidos. Mussolini y Hitler, ¡¡eran ayer los amos de Europa!! Hablaban, mandaban, imperaban. Hoy ¿qué son?

Las facultades cerebrales se gastan, disminuyen: la vista se acorta, los oídos se endurecen: no perciben las armonías, los ojos ya no se deleitan en los colores, los pies ya no pueden llevarlo a las montañas… las ideas se oscurecen, ¡y las últimas etapas de la escala de la vida el hombre las sube solo, triste, melancólico! Después de mirar una vida en que ha habido mucho dolor, muchas crisis, muchas desuniones, se piensa a veces en el fracaso. Se cree en el amor y se ve a la policía en la casa para separar a los hijos; se ha predicado la unión y se ve la disputa del trozo de oro… ¿Es esto vivir? ¿Puede acaso satisfacernos una existencia así?

  1. La grandeza de nuestro espíritu

Nuestra alma es espiritual, creada por Dios a su imagen y semejanza. Semejante en su naturaleza y semejante en sus tendencias: Con hambre irresistible de bien, de bondad, de belleza, de verdad: Siempre pide más y más.

Todo lo de aquí abajo lo cansa, no lo llena. Por más grande que sea el amor, siempre le queda una apetencia para algo mayor. Por eso que el hombre es el rey de la creación. Porque es el único capaz de comprender y de tender a lo infinito. Vivir… recordar nuestro destino. Lo infinito. Lo que no tiene límites en todo lo que es perfección.

Dios: que es bello, más que el sol naciente; tierno, más que el amor de una madre; que es cariñoso e íntimo, más que el momento más de cielo en el amor; fuerte, robusto, magnífico en su grandeza. Santo, santo, santo, sin mancha. ¿Qué puedo yo soñar en el rapto más enloquecedor? Eso será realidad en todo lo que tiene de belleza, y mucho más… ¿Comprensión, ternura, intimidad, compañía?… ¡Sí, las tendré y sin manchas!

Y la eternidad… no en sombra de segundos, o años de segundos, para siempre. ¡¡Sin ocaso!!Vivir la eternidad. Mirar a la eternidad en los momentos de depresión. Esto pasa… ¡¡Eso no!! Esto es una hora, ¡¡aquello eterno!!

Mirar mi vida a la luz de la eternidad. Mis amores a la luz de la eternidad… Mi profesión… el uso de mi tiempo… a la luz de la eternidad. Los sacrificios que Dios me pida… Mi vida de estudios, el tiempo que dé a las realidades tangibles, que son sombra de la realidad, frente a la gran realidad, la eterna… ¿Qué tiene esto que ver con la eternidad?

La santidad a la que Dios me llama, que me parece austera; la vida de oración, las mortificaciones, mi apostolado, en el que me roe el desaliento… a la luz de la eternidad… El apostolado que es “almas para la eternidad”, almas que sean felices por una eternidad, librarlas de un incendio. La Acción Católica… el sacerdocio… las misiones… La China, el Congo… Los Padres Jesuitas en el Congo, ¡el Padre Jogues y Brébeuf en Canadá! El Padre Damián en la leprosería. Toda la santidad, a la luz de la eternidad: ¡¡Eso es vivir!!

Alegría, ¡y qué feliz se vive cuando se piensa en lo eterno! Allí está mi morada… ¿Dolores? Pasan, pero la eternidad permanece. ¿Muerte? No, un hasta luego, sí ¡hasta el cielo! ¡Hasta muy pronto!

¡Señor, qué pocos piensan así! ¡Qué poco pienso yo así! Y sólo así se piensa en cristiano, ¡y toda otra visión de la vida es pagana! Pero esta visión es imposible sin una vida de intensa oración, sin recogimiento, sin meditación, pero cualquier sacrificio vale la pena por este tesoro. El Reino de los cielos es semejante a un hombre que descubrió un tesoro, y habiéndolo descubierto, ¡vendió todo para comprar aquel campo! (cf. Mt 13,44). Venderlo todo. Es lo que han hecho los santos, los mártires, es lo que hacen los cristianos de verdad.

  1. La vida eterna es poseer a Dios

La vida eterna es poseer a Dios… y llenar eternamente con nuevos y nuevos aspectos mi inteligencia sedienta de verdad. No es mirar y saciarme, sino penetrar y ahondar un libro inagotable, porque es infinito y mi inteligencia permanece finita. Es un viaje infinitamente nuevo y eternamente largo.

“¡Hoy estarás conmigo!”, le dijo Jesucristo al ladrón (cf. Lc 23,43). No había para qué decirle: en el paraíso, porque estar con Jesucristo es el Paraíso. ¡Jesucristo! El corazón más noble, el amigo por excelencia, en el cielo, junto a mí, será mi amigo. ¡Vivir, es vivir con Él!

Los seres amados en Cristo, serán poseídos en Él también en el cielo. En el momento de la muerte, la ausencia estará terminada: Vivir, conversar, mirarse, unirse… sin que nada los separe porque ambos amarán lo mismo, verán las cosas en la misma forma, no habrá el temor de una incomprensión, y nada, ni la muerte, que no existirá, ni el cansancio, ¡¡ni el sueño vendrá a turbar este amor que será eterno!!

¡Vivir! ¡Esto es vivir! ¡Señor que yo realice la verdad, para que llegue a tu luz!, luz indefectible, luz alegre, luz verdadera, ¡¡luz que es vida!!

Señor yo quiero creer, para llegar a amar.
Señor yo quiero creer, para poder alcanzar.
Señor yo quiero creer, porque quiero vivir tu vida, contigo.
Con Jesucristo mi amigo, con mi Madre María,
Con mis seres queridos, con tus Ángeles y Santos.
Por siempre jamás. Amén. Amén. Amén.

 

Leer más Sin comentarios