Búsqueda de Dios (póstumo)

Artículo en la revista Mensaje, septiembre 1952, pp. 444-447. El mismo P. Hurtado pidió que se publicara después de su muerte.

Muchos continúan pronunciando el nombre de Dios: no pueden olvidar esas enseñanzas que desde pequeños les enseñaron sus padres, pero se han acostumbrado al sonido de la palabra DIOS, como algo cotidiano y se contentan con ella sola, tras la cual no hay ningún concepto; o se contentan con el concepto vacío de toda realidad, o al menos de toda realidad que pueda compararse en lo grande y terrible, en lo tremendo y arrobador a la realidad: Dios.

Estos hombres no niegan a Dios, lo nombran, lo invocan, pero nunca han penetrado su grandeza y la bienaventuranza que puede hallarse en Él. Dios es para ellos algo inofensivo con lo que no hay que atormentarse mucho. La existencia misma de Dios nunca se ha interpuesto en su camino, gigantesca e inaccesible como una montaña. Dios queda en el horizonte como un volcán que está bastante lejos como para no temerle, pero aun bastante cerca para darse cuenta de su existencia.

A menudo Dios no es más que un cómodo refugio mental. Todo lo que es incomprensible en el mundo o en la propia vida se le achaca a Dios: ¡Dios lo ha hecho! ¡Dios así lo ha querido!… A veces Dios es un cómodo vecino a quien se puede pedir ayuda en un apuro o en una necesidad. Cuando no se puede salir del paso, se reza, esto es, se pide al bondadoso Vecino que lo saque del peligro, pero se volverá a olvidar de Él cuando todo salga bien. Estos no han llegado hasta la presencia, hasta la abrumadora proximidad de Dios.

Al hombre siempre le falta tiempo para pensar en El. Tiene tantos otros cuidados: comer, beber, trabajar y divertirse. Todo esto tiene que despacharse antes que él pueda pensar con reposo en Dios. Y el reposo no viene; nunca viene.

Hasta los cristianos a fuerza de respirar esta atmósfera estamos impregnados de materialismo, de materialismo práctico. Confesamos a Dios con los labios, pero nuestra vida de cada día está lejos de Él. Nos absorben las mil ocupaciones, gentes de la casa, del negocio, de la vida social… Todo lo que es más propio del cristiano, conciencia, fe religiosa, espíritu de sacrificio, apostolado, es ignorado y aún denigrado: nos parece superfluo.

Felizmente el alma humana no puede vivir sin Dios. Espontáneamente lo busca… Y cuando lo ha hallado, su vida descansa como en una roca inconmovible; su espíritu reposa en la Paternidad Divina, como el niño en los brazos de su madre.

La hondura de la vida, su belleza, son el fruto del conocimiento de la Divina Amabilidad, de las mercedes que de El emanan y de las fuerzas que Él brinda.

Cuando Dios ha sido hallado, el espíritu comprende que lo único grande que existe es Él. Frente a Dios todo se desvanece; cuanto a Dios no interesa, se hace indiferente. Las decisiones realmente importantes y definitivas son las que yacen en Él.

Hay también un dolor de Dios, dolor indescriptible e inconmensurable que tortura el alma con espanto y asombro. Hay un temor de Dios: el de arrojar una sombra sobre la imagen del Amado. Temor de ofrecer tan poco al que todo se le debe.

Al que ha encontrado a Dios… todas sus dudas están en la superficie, en lo hondo de su ser reina la paz. Lo duro, las contrariedades, se deslizan; en el centro de la vida perdura el conocimiento del ser y del amor de Dios. La entrega del que reposa en Dios es un olvido de sí. No le importa ni mucho ni poco cuál sea su situación, si escucha o no sus preces. Lo único importante es: Dios está presente. Dios es Dios. Ante este hecho calla su corazón y reposa.

Esta confianza es fruto de un magnánimo y humilde amor. Si Dios quita algo, aún con dolor, es Él y eso basta. Esto lo hace feliz y enciende todas las luces de su alma. No es un amor sentimental, es amor sencillo, simple, y que se da por sobre entendido. Es así porque no puede ser de otro modo.

En el alma de este repatriado hay dolor y felicidad al mismo tiempo. Dios es a la vez su paz y su inquietud. En El descansa, pero no puede permanecer un momento inmóvil. Tiene que descansar andando; tiene que guarecerse en la inquietud. Cada día se alza Dios ante él como un llamado, como un deber, como dicha próxima no alcanzada…

El que halla a Dios se siente buscado por Dios, como perseguido por El, y en El descansa como en un vasto y tibio mar. Ve ante sí un destino junto al cual las codilleras son como granos de arena. Esta búsqueda de Dios sólo es posible en esta vida, y esta vida sólo toma sentido por esa misma búsqueda. Dios aparece siempre y en todas partes, y en ningún lado se le halla. Lo oímos en las mugientes olas y sin embargo calla. En todas partes nos sale al encuentro y nunca podremos captarlo, pero un día cesará la búsqueda y será el definitivo encuentro. Cuando hemos hallado a Dios, todos los bienes de este mundo están hallados y poseídos.

San Alberto Hurtado S.J.

 

 

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