Una espiritualidad sana

Documento redactado por el Padre Hurtado en París, en noviembre de 1947.

Los que se preocupan de la vida espiritual no son muchos; y, desgraciadamente, entre ésos no todos van por buen camino.

¡Cuántos, durante decenas de años, hacen meditación y lectura sin sacar gran provecho! ¡Cuántos más preocupados de seguir un método que el Espíritu Santo! ¡Cuántos quieren imitar literalmente tal o tal santo, rehacer sus prácticas, renovar sus oraciones! ¡Cuántos aspiran a estados extraordinarios, a lo maravilloso, a las gracias sensibles! ¡Cuántos olvidan que forman parte de una humanidad adolorida y se fabrican una espiritualidad egoísta que no se acuerda de sus hermanos! ¡Cuántos leen y releen los manuales, o buscan recetas, sin conocer el Evangelio, sin acordarse de San Pablo!

Para otros, la vida espiritual se confunde con los ejercicios de piedad: lectura espiritual, oración, exámenes. La vida activa viene a ser un pegote que se le agrega, pero no una prolongación, ni una preparación de su vida interior. Las preocupaciones de su vida ordinaria, las dificultades que tienen que vencer, su deber de estado, son echados fuera de la oración: les parece indigno mezclar Dios a esas banalidades.

Así llegan a forjarse una vida espiritual complicada y artificial. En lugar de buscar a Dios en las circunstancias en que nos ha puesto, en las necesidades profundas de mi persona, en las circunstancias de mi ambiente temporal y local, preferimos actuar como hombres universales o abstractos. Dios y la vida real no aparecen jamás en el mismo campo de pensamiento y de amor. Pelean para mantener en sí una sentimentalidad afectiva de orientación divina, para mantener, con esfuerzo, la mirada fija en Dios, para sublimarse intensamente; o bien se contentan con las fórmulas azucaradas de libros llamados de piedad. Esto hace pensar en el pensamiento de Pascal: el hombre no es ni ángel ni bestia, pero el que quiere hacer el ángel, obra como bestia.

Cosa más grave: Sacerdotes, hombres de estudio, que trabajan materias sobrenaturales, predicadores que preparan su predicación de mañana… no tendrán ni siquiera la idea de introducir estas materias en su vida de oración.

Seglares que dirigen obras de acción se prohibirán pensar en estas materias durante su oración. Hombres que pasan su vida sobre las miserias del prójimo, para socorrerla, apartarán el recuerdo de sus pobres mientras asisten a la misa. Apóstoles abrumados de responsabilidades con miras al Reino de Dios, considerarán casi una falta el verse acompañados por sus preocupaciones y sus inquietudes.

Como si toda nuestra vida no debiera ir orientada hacia Dios, como si pensar en todas las cosas por Dios, no fuera ya pensar en Dios; o como si pudiéramos liberarnos a nuestro arbitrio de las solicitudes que Dios mismo nos ha puesto. Es tan fácil, en cambio, tan indispensable, elevarse a Dios, perderse en Él, partiendo de nuestra miseria, de nuestros fracasos, de nuestros grandes deseos. ¿Por qué, pues, echarlos de nosotros, en lugar de servirnos de ellos como de un trampolín? Con sencillez, pues, arrojar el puente de la fe, de la esperanza, del amor, entre nuestra alma y Dios.

Una espiritualidad sana da a los métodos espirituales su importancia relativa, pero no la exagerada que algunos le atribuyen. Una espiritualidad sana es la que se acomoda a las individualidades, y respeta las personalidades. Se adapta a los temperamentos, a las educaciones, culturas, experiencias, medios, estados, circunstancias, generosidades… Toma a cada uno como él es, en plena vida humana, en plena tentación, en pleno trabajo, en pleno deber. El Espíritu que sopla siempre, sin que se sepa de dónde viene ni a donde va (cf Jn 3, 8), se sirve de cada uno para sus fines divinos, pero respetando el desarrollo personal en la construcción de la gran obra colectiva que es la Iglesia. Todos sirven en esta marcha de la humanidad hacia Dios; todos encuentran trabajo en la construcción de la Iglesia; el trabajo de cada uno, el querido por Dios, será el que a cada uno se revelará por las circunstancias en que Dios lo colocará y la luz que a él dará en cada momento.

La única espiritualidad que nos conviene es la que nos introduce en el plan divino, según mis dimensiones, para realizar ese plan en obediencia total.

Todo método demasiado rígido, toda dirección demasiado definitiva, toda sustitución de la letra al espíritu, todo olvido de nuestras realidades individuales, no consiguen sino disminuir el ímpetu de nuestra marcha hacia Dios… En todo camino espiritual recto, está siempre al principio el don de sí mismo (Principio y Fundamento y Contemplación para alcanzar amor)… Antes que toda práctica, que todo método, que todo ejercicio, se impone un ofrecimiento generoso y universal de todo nuestro ser, de nuestro haber y poseer… En este ofrecimiento pleno, acto del espíritu y de la voluntad, que nos lleva en la fe y en el amor al contacto con Dios, reside el secreto de todo progreso.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Un cristianismo que tome todo el hombre

Extracto de un texto más largo llamado “Elementos de vida espiritual”, redactado por el Padre Hurtado en París, en noviembre de 1947.

Al comparar el Evangelio con la vida de la mayor parte de nosotros, los cristianos, se siente un malestar… La mayor parte de nosotros ha olvidado que somos la sal de la tierra, la luz del mundo, la levadura de la masa… (Mt 5,13-15). El soplo del Espíritu no anima a muchos cristianos; un espíritu de mediocridad nos consume. Hay entre nosotros activos, y más que activos, más aún, agitados, pero las causas que nos consumen no son la causa del cristianismo.

Después de mirar y volver a mirarse a sí mismo y lo que uno encuentra en torno a sí, tomo el Evangelio, voy a San Pablo, y allí encuentro un cristianismo todo fuego, todo vida, conquistador; un cristianismo verdadero que toma a todo el hombre, rectifica toda la vida, agota toda actividad. Es como un río de lava ardiendo, incandescente, que sale del fondo mismo de la religión.

En nuestro tiempo, se hace de la Religión una formalidad mundana, un sentimentalismo piadoso, una policía pacífica: “No romper nada, ¡¡no permitir que nadie rompa nada!!”. Así se podría expresar este cristianismo de buen tono, negativo, vacío de pasión, vacío de sustancia, vacío de Cristo, vacío de Dios. Un cristiano sin fuego y sin amor, de gente tranquila, de personas satisfechas, de hombres temerosos, o de los que gozan con mandar y desean ser obedecidos. Un cristianismo así no hace falta.

Pero, felizmente, se encuentran en todas partes grupitos de cristianos que han comprendido el sentido del Evangelio. Jóvenes deseosos de servir a sus hermanos; sacerdotes que llevan abierta la herida que no cesa de sangrar al ver tanto dolor, tanta injusticia, tanta miseria; hombres y mujeres que nos prolongan la presencia de Cristo entre nosotros, bajo una sotana, un uniforme de trabajo, o un traje de fiesta. Son luminosos como Cristo, y bienhechores como Él. Cristo está en ellos, y esto nos basta. No podemos menos de amarlos, nos tomamos de su mano y por ellos entramos en ese Cuerpo inmenso que anima el Espíritu.

Estos son los cristianos verdaderos, aquellos en los cuales Cristo ha entrado a fondo, ha tomado todo en ellos, ha transformado toda su vida; un cristianismo que los ha transfigurado, que se comunica, que ilumina. Son el consuelo del mundo. Son la Buena Nueva permanentemente anunciada. Todo predica en ellos: la palabra, sin duda, pero también la sonrisa y la bondad, y la mano tendida, la resignación, la ausencia total de ambición, la alegría constante.

Van siempre adelante, rotos quizás en su interior, abrazándose serenamente a las dificultades, olvidados de sí mismos, entregados… Nada los detiene: ni el menosprecio de los grandes, ni la oposición sistemática de los poderosos, ni la pobreza, ni la enfermedad, ni las burlas. ¡¡¡Aman y eso les basta!!! Tienen fe, esperan. En medio de sus dolores, son los felices del mundo. Su corazón, dilatado hasta el infinito, se alimenta de Dios.

Son la Iglesia naciente entre nosotros. Son Cristo viviente entre nosotros y de Él les viene su nobleza, de Él, al cual se han entregado al entregarse a sus hermanos desgraciados. El haber comprendido que los otros eran también hijos de Dios, hermanos de Cristo, eso los ha hecho crecer. Entre ellos, Dios, Cristo y los otros, hay ahora un vínculo definitivo. Ellos comprenden que su misión es ser el puente hacia el Padre, puente para todos. Todos juntamente, todos los hijos del Padre, llevados por el Hijo Jesucristo, todos por Él llegando al Padre, y esto mediante nuestra acción, la de cada uno de nosotros. Toda la humanidad trabajando en esta obra, ayudados por los militantes de ayer, que en la tarde de su trabajo recibieron ya su recompensa.

¿Cómo puede ser que no vivamos más en esta perspectiva? Al sabernos consagrados a Dios, no podemos seguir viviendo inclinados sobre nosotros mismos, ni sobre nuestros méritos, ni siquiera sobre nuestros pecados… sino en imitar al Salvador, enérgico y dulce, que “amó a los hombres hasta el extremo” (Jn 13,1).

Una condición

Una condición para que el cristianismo tome todas nuestras vidas es conocer íntimamente a Cristo, su mensaje, y conocer a los hombres de nuestro tiempo a los cuales va este mensaje.

Pocos apóstoles, sacerdotes o seglares, están preparados para el apostolado moderno. La acción no penetra, se queda en la superficie. ¿Quién no ha sentido en su interior deseos ardientes que, al comunicarlos a otros, no producen en ellos sino resultados superficiales? Nuestros pensamientos más claros no encuentran fácilmente el camino de la inteligencia, ni el del corazón, para llegar a los demás.

Predicamos una doctrina segura. Repetimos el Evangelio, los Padres, Santo Tomás, las Encíclicas… sin embargo, el contacto es superficial, nuestro dinamismo no ha movido a los que queríamos mover.

Más aún, si vamos a los que parecen los grandes conductores de hombres, a los que han tenido éxito en su acción social o cívica, a los que han logrado poner un poco más de justicia y de felicidad en el mundo, si a éstos les preguntamos si están contentos de su acción, nos responderán que se dan perfectamente cuenta que no tocan el problema sino en su superficie, que la sociedad siempre escapa de toda acción moralizadora y más aún santificadora. Se necesitaría genios y santos para remediar a los males tan hondos… ¡¡y estos deberían ser perseverantes!!

Cuando un apóstol parte demasiado pronto para la acción o cesa en su trabajo de formación, sufre las consecuencias. Uno queda en la acción apostólica al nivel de su verdadero valer. Sólo el santo santifica; sólo la luz alumbra; sólo el amor calienta. Ordinariamente, frente al apóstol, grupitos fáciles se dejan penetrar por su acción: niños, religiosas, almas piadosas… Ante los hombres sobre todo, están como desarmados, no teniendo para ellos sino fórmulas hechas, abstractas o gastadas, sacadas de manuales… Aun de las encíclicas, no saben servirse, porque no conocen el ambiente en que ellas se aplican.

Muchos apóstoles de hoy fallan por haber partido demasiado pronto, o haberse contentado demasiado luego con lo que tenían de ciencia, de experiencia, de virtud. Demasiado pronto se sintieron completos. Laicos… quedaron militantes mediocres, sin verdadera formación. Sacerdotes, indefinidamente fuera de la vida, fuera de lo real, inadaptados o mal comprendidos, repitiendo siempre los mismos clichés, ante una clientela demasiado fácil, mientras la inmensa masa sigue ignorando aun que hay Dios, y que Cristo ha venido… sin que haya quién les recuerde a los poderosos, a los superiores, como a los humildes, sus deberes, ni quién señale el camino en los momentos críticos.

Conocer, con el conocimiento de Sabiduría, que es más rico, más profundo que el de la simple ciencia; conocer a los hombres y amarlos apasionadamente como hermanos de Cristo e hijos de Dios; conocer nuestra sociedad enferma, como lo hace el médico para auscultarla. ¿Cuántos son los que se dan tiempo para estudiar la trama compleja de nuestra vida social, de sus corrientes intelectuales, de sus engranajes económicos, de sus imperios legales, de sus tendencias políticas? Para obrar con prudencia hay que conocer. El precio de nuestra conquista tiene que ser poner en acción todas nuestras energías para colaborar con la gracia.

Conocimiento hondo de Cristo. La teología en píldoras de tesis no puede bastar. La sabiduría se impone. La mirada del humilde que se acerca a fuerza de pureza a la mirada de Dios; la mirada del contemplativo sobre Cristo, en quien todo se resume, esperanza de nuestra salvación. El apóstol debe integrar su acción en el plan de Cristo sobre nuestro tiempo; conocer bien a Cristo y conocer bien nuestro tiempo para acercarlos con amor. Ahí está todo (esto supone esa inmensa humildad que es la que dispone para recibir las gracias de lo alto).

Espiritualidad sana que no consiste sólo en prácticas piadosas, ni en sentimentalismos, sino de los que se dejan tomar enteros por Cristo que llena sus vidas. Espiritualidad que se alimenta de honda contemplación, en la cual aprende a conocer y amar a Dios y a sus hermanos, los hombres del propio tiempo. Esta espiritualidad es la que hará de la Iglesia la levadura del mundo.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Medios divinos y medios humanos

Escrito del Padre Hurtado.

¡Cuán antigua es la controversia que nos ocupa! Pelagio y Agustín trabaron un duelo a muerte sobre el lugar que ocupan en nuestra vida la gracia y el libre arbitrio, en otros términos la acción divina y la voluntad humana en la obra de nuestra santificación. La independencia humana respecto a la influencia divina afirmaba prácticamente Pelagio, mientras Agustín el “Doctor de la Gracia” vindicaba la necesidad y la preeminencia de ésta en las obras meritorias.

Racionalismo: la predominancia del factor humano, de la inteligencia y querer humano se enfrenta a un fideísmo extremado que debilita de tal modo la razón humana que nada puede sin la fe y la revelación. Quietismo: que lo espera todo de la acción divina, que se contenta con recibir, que acepta agradecido cuando en el hombre ocurre como una merced divina que lo debe invadir y que es santa y redentora, y frente a él el dinamismo americanista que pone toda su confianza en la acción del hombre.

Y en forma más moderada dentro del campo propiamente católico este problema toma las formas de contemplación o acción; la primacía del Logos o del Ethos; la preeminencia de la vida de oración y de fe y de confianza en Dios, o la búsqueda de los medios humanos, de las influencias naturales, de la formación humanística en el pleno sentido de la palabra. La acción o la formación. El catolicismo activista, político, social, educacional, el catolicismo de las obras humanas; o la fe sobrenatural en Cristo de quien se espera recibirlo todo y a quien se une el fiel por la lectura del Evangelio, la meditación de la palabra de Dios que es transparente para el alma pura, que reniega de esas influencias humanas que denotan la confianza en el hombre. Valorización de la libertad de espíritu, de esa libertad de los hijos de Dios o la negación del hombre viejo, la crucifixión de nuestros vicios y concupiscencias. La vieja ascética del Padre Rodríguez con sus tratados sobre cada una de las virtudes o la moderna espiritualidad de la fe y la confianza de los que viven incorporados en Cristo. El espíritu que preconiza antes que todo la sumisión a la Iglesia, las virtudes de obediencia y abnegación, la humildad de espíritu, o bien la confianza en sí mismo asistido por el Espíritu de Verdad que hará patente la doctrina a quien busca a Cristo con sencillo corazón. Las formas arcaicas o la simplicidad moderna. La piedad rutinaria o la participación activa en la vida de la Iglesia por la liturgia plenamente conocida y vivida. El puro Evangelio o el catecismo. Ejercicios de San Ignacio o la contemplación de la Sagrada Escritura.

Estas y mil otras formas reviste el problema en nuestros días, el viejo problema que debatieron Pelagio y Agustín, que en forma moderada dentro de las definiciones católicas removieron Fénelon y Bossuet.

Esta materia a pesar de su aspecto teórico es de una trascendencia práctica enorme, como son todas las cuestiones de principios que tienen una aplicación inmensamente mayor que las meras cavilaciones casuísticas.

Vamos, pues a pretender buscar una solución dentro de estas opiniones extremas, una solución segura, garantizada por autoridades indiscutibles, solución que creemos armoniza los puntos de vista extremos y les quita el unilateralismo, lo más opuesto a una solución católica. Nada unilateral es cristiano. Estas soluciones extremas atraen, y de ahí su peligro. El centro de una balanza es lo que menos se mueve, y sin embargo lo que da estabilidad. Estos movimientos armónicos no atraen la juventud ardiente, más fácilmente movida por las soluciones extremas, que por lo mismo que son extremas son deficientes de verdad.

El principio de la solución

Remontémonos a la región de los principios para encontrar la solución de este dualismo de tendencias que nos solicitan.

Y el primer principio que encontramos es el de nuestra dependencia total respecto a Dios, dependencia de El no sólo como a fin último al cual debemos tender en nuestras actividades, sino que dependencia también como a causa primera que obra en todo cuanto existe en el globo dándole el ser, el movimiento y la vida: En él vivimos, nos movemos y existimos. Nada sucede, chico ni grande, que no deba su salida de la nada, su sitio determinado, su poder calculado, su movimiento, su dirección propia, su función especial a la acción del Creador. El pasado, el presente, el porvenir; todo es su obra. Los cielos cantan constantemente la gloria de Dios, y las criaturas todas de la tierra bendicen al Señor y manifiestan su majestad suprema.

Las obras del hombre son “ser” y como tales Dios las realiza y modela su acción. Las obras que Dios quiere permanezcan en la nada, permanecerán en la nada, sin que el poder del hombre pueda pretender darles el ser. Mi acción es modelada por Dios y hay mil posibilidades que me escapan porque están entre las manos de Dios. Todo está en el poder de Dios. Lo que Él quiere toma ser, lo que no quiere, no. La razón de mis poderes y de mis limitaciones es siempre la misma: yo no trabajo solo, trabajo con Dios; y Él me pone en circunstancias tales que me indican aquello en que Él quiere que yo colabore. La acción del hombre nos revela en todo la presencia fecunda de Dios (no la naturaleza ciega).

Incluso nuestra libertad, no menos que las demás obras humanas, está entre las manos de Dios. ¡Certeza consoladora a más no poder! Con un poder infinito y con infalible sabiduría Dios pone constantemente todas las condiciones exteriores e interiores, espirituales y físicas de mis decisiones. Es El quien hace que mi voluntad se proponga tal bien, lo desee, lo busque, lo alcance y colabore así a la ejecución del plan divino. Santo Tomás se expresa así: nuestro libre arbitrio es causa de su acto, pero no es necesario que sea la causa primera. Dios es la causa primera que ve las causas naturales y las causas voluntarias. Moviendo las causas naturales no destruye la espontaneidad o naturalidad de sus actos. Asimismo moviendo las causas voluntarias no destruye la libertad de su acción, sino que más bien la realiza en ellas. Él opera en cada criatura según la naturaleza que le ha dado. Consecuencia: nosotros somos movidos por Dios según nuestra naturaleza, por tanto en perfecta libertad. “Como la arcilla en manos del alfarero es moldeada según su voluntad, así los hombres están en las manos de quien los ha hecho y los moldea a su agrado” (Ecle 23, 13).

Es por tanto, imposible imaginar una situación, una condición, un estado, un momento en que el hombre no pueda, si lo desea, hacer coincidir su acción con la acción de Dios. En toda circunstancia Dios está dispuesto a colaborar. Y en principio no hay ninguna actividad que sea indigna de Dios, como es producida por El y encaminada a su gloria.

Segundo principio

Pero de hecho no todos hacen coincidir su querer con el querer divino. Su obrar no les trae utilidad alguna a ellos, aunque sí sirve a la realización de los planes de Dios, quien se sirve para su gloria y el bien escogido, de todo, incluso del mal. A los que aman a Dios, todo les coopera para bien.

Para ser santo no se requiere pues sólo el ser instrumento de Dios, sino el ser instrumento dócil: el querer hacer la voluntad de Dios. Los que así obran proceden empapados de sobrenatural, deificados. La actividad humana se hace santa mientras está unida al querer divino. Lo único que impediría nuestra santificación en el obrar es la independencia del querer divino. Este sería el camino de la esterilidad, como el de la dependencia será el de santificación.

Vida sobrenatural y santidad son fruto de la acción de Dios. Leamos San Pablo: “¿qué tienes tú que no lo hayas recibido? Por la gracia de Dios soy lo que soy”. El Concilio de Orange nos afirma: “el que pretende poder con la sola fuerza de la naturaleza concebir como conviene un pensamiento para la vida eterna o aun asentir a la saludable predicación del evangelio sin la iluminación y la inspiración del Espíritu Santo… ése está engañado de herejía”.

La elevación de nuestra naturaleza no es pues el efecto de un puro esfuerzo humano; es la acción de Dios en el hombre que colabora con su Creador.

Hay pues que afirmar que los objetos creados a los cuales tienden nuestras acciones no tienen por sí mismos ninguna virtud para hacernos semejantes a Dios. Ningún objeto puede divinizarnos ni siquiera los objetos del culto; los actos religiosos no nos hacen progresar en la santidad más que los profanos si no hay disposiciones sobrenaturales en nuestra alma (ten sin embargo en cuenta la eficacia ex opere operato de los sacramentos, en particular del bautismo: tratados de la santidad de nuestras acciones). Una vida arraigada en las formas exteriores de la devoción y no en Dios por la caridad no sería una vida divina. Un maestro tan consumado en la vida espiritual como San Juan de la Cruz nos advierte que la santidad no consiste en una unión con las cosas santas sino en una unión con Dios mismo. Por eso San Ignacio en la meditación fundamental de los ejercicios nos pone en un estado de espíritu de perfecta indiferencia ante todas las cosas creadas independientemente del querer divino; y entre estas cosas creadas se cuentan también las acciones religiosas. Para obrar sobrenaturalmente, para alcanzar el infinito no hay más que un medio proporcionado: que Dios obre en nosotros, que el infinito se encarne en nuestra operación.

Siguiendo este punto de vista se vé claramente que, supuesta la voluntad de Dios, todas las creaturas son igualmente aptas para llevarnos al mismo Dios: riqueza o pobreza, salud o enfermedad, acción o contemplación, evangelio, liturgia, prácticas ascéticas: lo que Dios quiera de nosotros. Entre las manos de Dios cualquiera acción puede ser instrumento de bien como el barro en manos de Cristo sirvió para curar al ciego.

Este principio fue el que llevó a San Francisco de Sales en su Vida devota, a tachar de herejes a los que pretendían excluir del camino de santidad a los cortesanos, soldados, casados. Ellos no menos que los monjes pueden y deben aspirar a la vida perfecta aunque en forma muy diferente. Cualquiera de nuestras acciones por más material que parezca, con tal que sea una colaboración con Dios, hace crecer la vida divina en nuestras almas. La fidelidad a nuestro deber nos hace continuamente pasar a una luz más y más esplendorosa, nos transforma en la imagen cada vez más espléndida de Dios.

¿Cómo colaborar con Dios?

¿Hay un criterio para poder distinguir las acciones nuestras que son una colaboración con Dios de las que no lo son?

Sí. La unión de nuestra voluntad con la de Dios. La voluntad de Dios es la llave de la santidad: aceptar esta voluntad, adherir a ella es santificarnos.

Desde este punto de vista qué vanas parecen las discusiones sobre contemplación y acción, medios divinos y medios humanos. Aquel medio que sea querido por Dios nos santificará por más humana que sea su apariencia, aquél nos alejará que no esté conforme a la voluntad divina. San Juan de la Cruz nos dice que la unión del alma con Dios estará realizada cuando “la voluntad del alma y la voluntad de Dios sean tan semejantes y tan uniformes que el alma quiera lo que Dios quiere y que no quiera todo lo que no está conforme al querer divino”. San Ignacio de Loyola, considerado por muchos como en el extremo opuesto de San Juan de la Cruz, nos propone sin embargo el mismo ideal que éste: “por este nombre Ejercicios Espirituales se entiende todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de contemplar, de orar vocal y mental… todo modo de preparar y disponer el alma para quitar de sí todas las afecciones desordenadas, y después de quitadas para buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida para la salud del ánima”.

Santa Teresa de Jesús en sus Moradas dice (cap. tercero) “esto que os digo es de la mayor importancia: tener cuidado de ello hasta en las cosas más pequeñas; no hagamos ningún caso de estos grandes pensamientos que nos vienen en tropel a la oración… si luego las obras no responden a ellos, debemos considerar estos pensamientos como bellas imaginaciones… si veis vosotras una persona enferma o que sufre a la cual vosotras podéis aliviar en algo, dejad atrevidamente esta devoción de la oración para asistirla … ésa es la verdadera unión porque es no tener con Dios sino una misma voluntad”.

De aquí se desprende que la contemplación sin la unión de voluntades es tan estéril como la acción puramente humana; pero ésta no es menos ni más fecunda que aquella cuando la voluntad humana adhiere a la de Dios.

Consecuencias del principio de la colaboración con Dios. Dos peligros igualmente graves se advierten ahora y se han advertido siempre en la concepción de la vida espiritual, derivados de un desconocimiento del principio antes expuesto: el peligro de las almas pseudo-contemplativas, el dinamismo de una acción puramente natural. Las primeras están persuadidas que la unión con Dios se hace sólo por el pensamiento, la consideración, la oración. Se glorían de tener una actividad teocéntrica y desprecian como antropocéntricos a los que tienen una mirada de acción sobre el mundo. Confunden lo teológico con lo teologal; las consideraciones intelectuales sobre temas divinos con la práctica de las virtudes de la fe, esperanza y caridad. Confunden el objeto material de su actividad religiosa con la acción santificante: pensar en Dios, meditar su palabra son ocupaciones excelentes pero no pueden considerarse como exclusivas, pues no menos excelente fue María Santísima cumpliendo sus deberes de madre, de esposa, haciendo los deberes domésticos de su casa. Esta tendencia establece un divorcio entre la religión y la vida y puede llegar hasta hacer despreciar el cumplimiento de los deberes de estado aun los más elementales. El miedo de la acción, la convicción que la actividad humana aleja de Dios arrojan estas almas en la mediocridad y en la rareza; no pocos se vuelven orgullosos y testarudos.

San Ignacio de Loyola que vivió en una época de iluminismo escribía: “una larga experiencia me ha mostrado que de cien personas que ponen la cumbre de la perfección en hacer muchas horas de oración, hay apenas diez que no sean personas adheridas a sus sentimientos, que no se preocupan sino de sus ideas propias, difíciles de manejar, que se liberan con demasiado soltura de las prácticas de observancia y se reconocen con la capacidad y el derecho de conducir a los otros… por poco que sean inclinados a la testarudez se hacen intratables y nadie logra hacerse escuchar de ellos. Por lo cual el santísimo y saludable ejercicio de la oración es desacreditado ante los ignorantes que atribuyen a la cosa misma lo que no se debe sino al error de las personas”.

Persuadidos que sus ideas son de Dios, éstos ponen tanto ahínco en defender sus propias ideas como si fuesen tesis de teología y éstas como verdades de fe.

No es raro que estas personas ilusionadas no tengan sino desprecio por la cosas de este mundo. No consideran a Dios como causa de su obrar y como alma de sus operaciones sino como un fin al cual hay que tender y este fin situado más allá de lo creado se alcanza por una elevación intelectual que ellos creen mística. Se desinteresan éstos de los progresos terrestres y de las calamidades que pesan sobre la sociedad humana. Allí no está Dios. Dios está en el cielo. De aquí una concepción de la vida espiritual sentada alrededor de algunas virtudes pasivas y secretas que ellos entienden a su manera.

Con esto no se consigue sino desacreditar las virtudes pasivas no menos que la oración. Millones de incrédulos reprochan al cristianismo esta doctrina del desinterés de las cosas del mundo para no mirar sino un paraíso de ultratumba; dicen que su resignación, útil tal vez al individuo, es nociva a la sociedad por cuanto paraliza su esfuerzo. Un crítico del cristianismo dice que la resignación es una virtud individual y un vicio social. Los resignados con frecuencia felices son inútiles. Los revoltosos sufren y hacen sufrir pero son los obreros del progreso. (Henri Robert, Religions et rationalisme).

Toda esta concepción de la vida nace de un desconocimiento de la doctrina de la colaboración del hombre con Dios. Si Dios no actúa en este mundo sino que únicamente nos aguarda en el otro es evidente que es una locura detenerse a considerar esta vida mortal y preocuparse en algo de las cosas finitas que nos alejan del infinito. Pero al que considera esta vida como la obra amorosa de un padre que nos la ha dado para su gloria; que nos la ha dado hasta el punto de enviar a su hijo único a esta tierra a revestirse de nuestra carne mortal y tomar nuestra sangre e incorporar en sí como en un resumen todas las realidades humanas: para el que esto piensa este mundo tiene un valor casi infinito. Este mundo sin embargo lo mira no como el estado definitivo de su acción, sino como la preparación para la consumación de su amor con el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Mientras tanto con su sacrificio de oraciones se une al Verbo Encarnado y agrega en lo que falta a la pasión de Cristo para salvar otras almas y dar gloria a Dios.

El que ha comprendido la espiritualidad de la colaboración toma en serio la lección de Jesucristo de ser misericordioso como el Padre Celestial es misericordioso, procura como el Padre Celestial dar a su vida la máxima fecundidad posible. El Padre Celestial comunica a sus criaturas sus riquezas con máxima generosidad. El verdadero cristiano, incluso el legítimo contemplativo, para semejar a su padre se esfuerza también por ser una fuente de bienes lo más abundante posible. Quiere colaborar con la mayor plenitud a la acción de Dios en Él. Nunca cree que hace bastante. Nunca disminuye su esfuerzo. Nunca piensa que su misión está terminada. Duc in altum, o bien plus ultra es su divisa. Tiene un celo más ardiente que la ambición de los grandes conquistadores. El trabajo no es para Él un dolor, un gasto vago de energías humanas, ni siquiera un puro medio de progreso cultural. Es más que algo humano. Es algo divino. Es el trabajo de Dios en el hombre y por el hombre. Por esto se gasta sin límites. Quisiera que los colaboradores no faltasen a Dios. Sabe que Dios está dispuesto a obrar mucho más de lo que lo hace, pero está encadenado por la inercia de los hombres que deberían colaborar con Él. Como San Ignacio, piensa “que hay muy pocas personas, si es que hay algunas, que comprendan perfectamente cuánto estorbamos a Dios cuando Él quiere obrar en nosotros y todo lo que haría en nuestro favor si no lo estorbáramos”.

La ilusión activista

Frente al error quietista que acabamos de señalar hoy otro no menos grave que deriva también de una incomprensión de la espiritualidad de la colaboración. Hay personas, como se ve a diario que están de tal manera obsesionadas con el bien de las almas, la gloria de Dios, que olvidan casi completamente la causa invisible de este bien. Su celo es admirable. No tienen más que una idea: hacer avanzar el reino de Dios y combatir por el triunfo de la Iglesia; son leales y rectos en sus intenciones. Sin embargo no se santifican o se santifican muy poco; ganan partidarios a la Iglesia como los comunistas a su causa, pero en realidad ni ellos se asemejan más a Cristo, ni hacen a nadie más semejante al Maestro. No colaboran con Dios, por tanto su acción es estéril.

Tienen un inmenso celo de la perfección de los otros pero poco celo de su propia perfección. Semejan al artista que preocupado de la función teatral que prepara no guarda tiempo para prepararse él mismo para ella. La realización de sus proyectos los absorbe en tal forma que no tienen tiempo ni fuerza ni gusto para pensar en su alma. Están devorados por la acción. A solas con Dios se aburren; están pensando en la acción que los aguarda y dan como excusa las necesidades del apostolado. Algunos para remediar a su mediocridad introducen en su vida algunos ejercicios de piedad pero su remedio es insuficiente y demasiado exterior a la misma actividad.

Algunos llegan a extrañarse que se les pida otra cosa que una abnegación total en la acción. Desprecian secretamente la contemplación, la paz y el silencio. No titubean un momento en poner el libre apostolado de las personas del mundo por encima del apostolado ordenado de la vida religiosa. Todo lo que paraliza el movimiento les parece contrario a la perfección. Los votos, la clausura, las reglas ¿no son acaso trabas? La obra de Dios que realizan es exterior a su alma. No se les ocurre que debiera ser una colaboración con él.

El celo de estos cristianos es semejante a la pasión de los hombres de negocio. La pureza de su intención los preserva de indignas intrigas. Hacen el bien y no caen en faltas graves; pero su obrar es todo de orden natural, humano, aun cuando hacen la obra de Dios. ¡Cuánto mejor es hacer sobrenaturalmente una obra profana que naturalmente una acción religiosa!

El motivo de la voluntad de Dios es el lema para estar seguro de cumplir nuestra misión sobrenatural, mejor aún que el de la “gloria de Dios”, pues a veces el lema de la gloria de Dios encubre nuestra voluntad bajo pretextos especiosos. En resumen la gran ilusión de los activistas está en gastar demasiados esfuerzos en producir frutos y de hacer demasiado pocos esfuerzos por vivir en Cristo. De esta falta de vida en Cristo se sigue la esterilidad real de su apostolado ya que, como dijo Jesús, “sin mí no podéis nada”; y en cambio, el que cree en El hará las obras de Cristo y aún mayores; pero creer en Cristo es estar incorporado en El por una fe viva que supone la caridad. El sarmiento que no está incorporado a la vid no puede dar frutos, nosotros tampoco si no permanecemos en Cristo.

Ensayo de síntesis

San Ignacio de Loyola nos propuso un principio que, bien considerado, ofrece una síntesis admirable de la contemplación y de la acción, del empleo de los medios divinos y de los medios humanos. Quería él que los empleáramos todos, naturales y sobrenaturales, como lo hacen los hombres de este mundo, como si el éxito dependiese sólo de nuestros esfuerzos. Pues aunque esta obra no puede ser hecha sino por la sola actividad divina y que nosotros seamos enteramente incapaces de realizarla, es con todo cierto que no puede ser normalmente hecha sin la colaboración humana.

San Ignacio se expresaba en esta forma: antes de determinarnos, es necesario ponernos del todo en Dios como si sólo Él debiese llevar las cosas al resultado deseado, y por otra parte no hay que descuidar nada de lo que puede contribuir al feliz éxito, y en el uso de los medios debemos poner todo por obra como si el éxito dependiese exclusivamente de nuestro trabajo y de nuestra industria.

No debemos temerariamente lanzarnos a empresas descabelladas y esperar en milagros que nos saquen del paso. Pero debemos ordenar nuestra confianza en Dios sobre el principio infalible que la voluntad y el poder del Señor no están sujetos a las leyes ordinarias y que estaría equivocado el que trabaja por él si limitase su confianza a los solos límites a los cuales puede llegar la debilidad humana reducida a sus propios recursos.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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