Responsabilidad frente a la Iglesia

Charla del Padre Hurtado, posiblemente a jóvenes de la Acción Católica, el año 1944.

                  ¿Qué es la Iglesia?

Lo más grande que tiene el mundo es la Santa Iglesia, Católica, Apostólica, Romana, nuestra Madre, como nos gloriamos en llamarla. ¿Qué sería del mundo sin ella? Porque es nuestra Madre, tenemos también frente a ella una responsabilidad filial: ella está a cargo de sus hijos, confiada a su responsabilidad, dependiendo de sus cuidados… Ella será lo que queramos que sea. Planteémonos, pues, el problema de nuestra responsabilidad frente a la Iglesia.

                  Una falsa idea sobre la Iglesia

Para muchos la Iglesia es una institución oficial, algo así como un partido político, con su directiva, al cual colaboramos con nuestra cuota y nuestro voto… algo así como una institución, el Club de la Unión, de cuya dirección hay un comité encargado… Pagar la cuota y tener derecho de entrada: un sacrificio para un beneficio. ¡Y nada más!

Algunos se fijan en la complicada organización de la Iglesia, Curia Romana, Arzobispado… Parroquia, oficinas de la curia… y piensan “ir a la Iglesia”: ellos, extraños a la Iglesia, “van” a la Iglesia. ¿Cuál es, en cambio, el verdadero concepto de Iglesia?

  1. La Iglesia es Cristo

[Si preguntamos a la propia Iglesia Católica qué pretende ser, nos responderá: La Iglesia es la realización del Reino de Dios sobre la tierra. “La Iglesia actual, la Iglesia de hoy, es el Reino de Cristo y el Reino de los cielos”, nos dice con emoción San Agustín. El grano de mostaza que crece y se desarrolla; la levadura que penetra y levanta el mundo; la mies que lleva trigo y cizaña (cf. Mt 13,31-43).

Tiene conciencia la Iglesia de ser la manifestación de lo sobrenatural, de lo divino, la manifestación de la santidad. Es ella, bajo la apariencia de las cosas que pasan, la realidad nueva, traída a la tierra por Cristo, lo divino que se muestra bajo una envoltura terrenal.

Y como es en la persona de Cristo donde la plenitud de esta divinidad se ha comunicado de manera creadora, San Pablo expresa en forma profunda la realidad de la Iglesia cuando la llama el Cuerpo de Cristo. Cristo el Señor es, hablando con propiedad, el “Yo” de la Iglesia. La Iglesia es el Cuerpo penetrado y vivificado por las energías de Jesús. Esta unión de Cristo con la Iglesia visible es tan íntima, tan indisoluble, tan esencial, que Pablo llama a Cristo la “Cabeza del Cuerpo de la Iglesia” (Col 1,18). Cristo y la Iglesia no se pueden concebir separados, como no se pueden separar la cabeza del cuerpo. Esta doctrina del vínculo orgánico de Cristo con la Iglesia es punto fundamental del mensaje cristiano. “El Cristo total”, llama San Agustín a la Iglesia.

Para dar a entender esta unión de Cristo con la Iglesia San Pablo nos habla del desposorio. La Iglesia es la Esposa de Cristo por la cual Él se entregó a la muerte (cf. 2Cor 11,2). El Apocalipsis, por el mismo motivo, celebra las bodas del Cordero con la Esposa ataviada (cf. Ap 21,2). De aquí la [teología] mística sacará esta atrevida imagen: Cristo Esposo y la Iglesia su esposa, por unión íntima, dan a luz a los hijos de la vida nueva].

      2. La Iglesia, somos también nosotros

La Iglesia es Jesús, pero Jesús no es Jesús completo considerado independientemente de nosotros. Él vino para unirnos a Él, y formar Él y nosotros un solo gran cuerpo, el Cuerpo Místico de que nos habla San Pablo (místico significa misterioso).

El Verbo, al encarnarse, quiso unir a Dios la naturaleza humana, y lo obtuvo en esa unidad maravillosa de la unión hipostática del Verbo con la naturaleza humana: unidad estrecha, inseparable, indisoluble. Dios pudo decir con absoluta verdad: tengo cuerpo, tengo alma, sufro, padezco… y un hombre que caminaba por las calles y tenía hambre, sed, dolor, podía decir: ¡Soy Dios!

Pero esa unidad realizada en Cristo no era más que el principio de una unidad inmensamente mayor: quería el Padre que nosotros, al unirnos a Cristo, pasáramos a ser, por nuestra incorporación a Él, verdaderos hijos suyos. Quería llamarnos hijos, y que lo fuéramos en absoluta verdad (cf. 1Jn 3,1), y para eso nos quería unidos a Cristo, quería vernos en Cristo. Por el bautismo nos injertamos en Cristo… pasamos a ser miembros de su Cuerpo… pasamos a ser uno en Cristo, en cierto sentido pasamos a ser Cristo. Y, como la Iglesia es Cristo, nosotros somos la Iglesia. La Iglesia no es algo respetable, al servicio nuestro, pero extraño a nosotros mismos, como la cruz Roja o la Asistencia Pública; no, la Iglesia es nosotros. Cristo y yo y ustedes: el Gran Nosotros.

La Iglesia no nació el día que Pedro, Santiago y Juan se unieron para formar el primer núcleo cristiano, sino que existía antes, en germen, en la persona de Jesús. El fin último de la Iglesia es reunir a todos los hombres que han de ser rescatados, incorporándolos a la humanidad santa de Jesús.

Consecuencias formidables: Nuestra unión íntima con Cristo. ¡Él vive en mí, yo en Él! (cf. Gal 2,20). Solidaridad humana, más que camaradería, más que fraternidad: ¡unidad en Cristo! Sobre nosotros recae la responsabilidad de la Iglesia, esto es, del crecimiento de Cristo, crecimiento en número de sus miembros, crecimiento en intensidad de vida cristiana.

a. Crecimiento en extensión

Cristo vino al mundo para salvar a todos los hombres, no sólo a un grupito privilegiado: ¡Que todos sean uno! Que no haya más que un solo rebaño y un solo pastor… La voluntad de Dios, dice San Pablo, es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad… Id por todo el mundo, enseñando a todos los hombres: el que creyere y se bautizare se salvará; el que no creyere se condenará (cf. Jn 17,21; Jn 10,16; 1Tim 2,4; Mc 16,15-16).

Por tanto, al católico la suerte de ningún hombre le puede ser extraña. El mundo entero es interesante para él, porque a cada uno de los hombres se extiende el amor de Cristo, a cada uno de ellos dio su sangre, a cada uno de ellos quiere ver incorporado a su Iglesia.

De aquí, mis amados hermanos, cuando uno mira el mapa del mundo… y piensa en los 400.000.000 de chinos que aún no conocen a Cristo, los 300.000.000 de hindúes… Bengala, Ceylán, El Congo, Alaska… todo eso es mi campo de trabajo: ¡eso me interesa profundamente! Lo que piden ahora para el Japón, para la India, para la Rusia (con apenas 100 sacerdotes católicos), la suerte de la América Latina, Perú, Bolivia, Guatemala… esos son mis problemas…

Cuando pienso en el pavoroso problema obrero: la apostasía de las masas, la ignorancia religiosa, las iglesias vacías… todo eso me preocupa. Y la suerte de la Juventud Obrera Católica, de la Liga de Obreros Católicos, de La Misión de París… Oro por ellos, si puedo, oro por ellos.

Cuando pienso en la falta de clero de nuestra América: en la escasez de clero chileno… Seminario de vocaciones tardías. La niñez sin educación religiosa: esos miles y miles de niños… todos esos son mis problemas. En estos instantes al pensar así en la Iglesia, caigo de rodillas a los pies del Cristo, le cuento mi angustia y oigo que me habla… (leer Elección de carrera).

Tú, ¿qué has hecho? La responsabilidad del crecimiento de la Iglesia es mía. Él cumplió su misión, pero quiere que yo cumpla la mía. Quiere servirse de mis pies para caminar, de mis manos para trabajar, de mis labios para bendecir, de mi ejemplo para entrar en las almas. ¿Le negaré mi esfuerzo? Aquí está mi sublime y consoladora realidad.

b. Crecimiento en intensidad de vida sobrenatural, en santidad

La razón de ser de la Iglesia es santificar al mundo. Quiere extenderse para extender en ellos la santidad. No es otra la misión de la Iglesia: no es el dominio político, la construcción de soberbios edificios, la celebración de grandes congresos… Todo eso en tanto cuanto ayuda a la santificación de las almas, que es el único fin propio de la Iglesia.

Dios ha venido a la tierra para unirse a los hombres. Nuestra misión primordial es unirnos a Él, o mejor, dejarnos absorber por su vida, que fuerza por penetrarnos en la medida en que no pongamos obstáculos a su toma de posesión.
La santidad es lo más grande que hay en el mundo, porque es poseer a Dios, tener en la realidad, de verdad, su misma vida, obrar como Él. La santidad se reduce en imitar a Cristo, en lo que tiene de Dios, por la vida de la gracia; en lo que tiene de hombre, por la práctica de las virtudes.

Lo que el mundo moderno espera para reconocer a Cristo, es ver la vida de Cristo reproducida en nuestras vidas. La Acción Católica hará muy bien en sacar revistas, organizar planes de trabajo, hacer giras… pero todo será inútil o casi inútil mientras Cristo no se haya adueñado de las vidas de sus miembros. “Queremos sacerdotes santos”, piden los obreros…

Hay, en el mundo moderno, hambre de posiciones definidas: y ese es uno de los secretos del comunismo. Tiene una mística formidable, que ha tomado al hombre y le pide sacrificios y obtiene sacrificios heroicos (Ejemplos: el ideal del joven comunista, la granada en la mano, al nido de ametralladoras; lo que han sufrido en Rusia). El mundo no se convertirá a Cristo sino cuando vea en nosotros por lo menos tanto heroísmo como el que tienen los otros que disputan las almas de los hombres. Con personas chicas que sólo piensan en asegurar su salvación, pero no en Cristo y su obra, el cristianismo retrocederá, podrá hasta morir en una región. Santos, santos, hombres chiflados por su ideal, para los cuales Cristo sea una realidad viviente, su Evangelio un código siempre actual, sus normas algo perfectamente aplicable a mi vida, y que trato de vivirlo… hombres que se esfuercen en amar y servir a sus hermanos, como Cristo los serviría: esos son los conquistadores del mundo. Menos proselitismo y más santidad; menos palabras y más testimonio de vida.
Esto supone una intensa vida interior. Como decía Godin: “Velad para que todos los misioneros que consagren su vida a la cristianización del mundo obrero, sean ante todo contemplativos”. Sin esto, el mundo occidental, obrero o campesino, intelectual o científico, como el mundo hindú o el musulmán, irán a otros a pedirles la Buena Nueva.

Oración continua, meditación diaria, vida sacramental intensa, fervor tierno a la Madre del Amor Hermoso: sin esta vida de íntima unión con Cristo para resucitar cada día en nosotros su espíritu, para reavivar en nosotros la responsabilidad de su misión, nada se hará.

c. La Iglesia y nosotros

Lo anteriormente expuesto nos habrá hecho comprender mejor que el continuar, por el sufrimiento, la oración y el apostolado, la misión del Salvador no es tarea exclusiva de los sacerdotes y religiosas: es la misión de todos los cristianos. Por el bautismo fuimos incorporados al Cuerpo Místico de Cristo, por la confirmación fuimos consagrados soldados de Cristo.

La Iglesia de Cristo no es más que lo que somos nosotros, lo que nosotros la hagamos. Cristo vive en ella, es su Cabeza, pero su grado de santidad, su desarrollo y crecimiento dependerá de nosotros, de nuestra fidelidad al llamamiento que Él nos hace cada día.

Como lo dice admirablemente Karl Adam: El ser esencial de la Iglesia debe realizarse y expresarse no sin los fieles. En sus miembros, y por ellos, el Cuerpo de Cristo debe afirmarse y perfeccionarse. Para los fieles, la Iglesia no es sólo un don, es también un deber. La vida de la Iglesia, el desarrollo de su fe y de su caridad, la elaboración de su dogma, de su moral, de su culto, de su desarrollo, todo está en estrecha dependencia de la fe y de la caridad personal de los miembros del Cuerpo de Cristo. Por la elevación o el abatimiento de su Iglesia de la tierra, Dios recompensa el mérito o castiga el demérito de sus fieles. Es absolutamente verdadero que la Iglesia, fundada por Cristo, es edificada por la obra común de los fieles… Dios ha querido una Iglesia cuyo pleno desenvolvimiento y perfección fuesen el fruto de la vida sobrenatural personal de los fieles, de su oración y de su caridad, de su fidelidad, de su penitencia, de su abnegación… Por eso no la ha establecido como institución acabada desde el principio, sino como algo incompleto que invita al trabajo de la perfección.

Oración de Léonce De Grandmaison,
Corazón herido:
Santa María, Madre de Dios,
consérvame un corazón de niño,
puro y cristalino como una fuente.
Dame un corazón sencillo
que no saboree las tristezas;
un corazón grande para entregarse,
tierno en la compasión;
un corazón fiel y generoso
que no se olvide de ningún bien,
ni guarde rencor por ningún mal.
Fórmame un corazón manso y humilde,
amante sin pedir recompensa,
alegre de desaparecer en otro corazón
ante tu divino Hijo;
un corazón grande e indomable,
que no se cierre con ninguna ingratitud,
ni se canse con ninguna indiferencia;
un corazón atormentado por la gloria de Jesucristo,
herido por su amor
con herida que no se sane sino en el cielo..

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Reglas para sentir con la Iglesia

Comentario del Padre Hurtado a las reglas que San Ignacio de Loyola propone para sentir con la Iglesia.

Reglas para estar siempre con la Iglesia, en el espíritu de la Iglesia militante. No podemos colaborar si no tenemos el espíritu de la Iglesia militante. Nuestra primera idea es buscar enemigos para pelear con ellos… es bastante ordinaria…

San Ignacio dice: Alabar las largas oraciones, los ayunos, las órdenes religiosas, la teología escolástica… Alabar, alabar. ¡¡No se trata de vendarse los ojos y decir amén a todos!! Pero el presupuesto profundo está un poco escondido. Hay un pensamiento espléndido, a veces olvidado: tengo que alabar del fondo de mi corazón lo que legítimamente no hago. ¡¡No medir el Espíritu divino por mis prejuicios!!

La mente de la Iglesia es la anchura de espíritu. Si legítimamente ellos lo hacen, yo legítimamente no lo hago. La idea central es que, en la Iglesia, para manifestar su riqueza divina, hay muchos modos: “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones” (Jn 14,2). La vida de la Iglesia es una sinfonía. Cada instrumento tiene el deber de alabar a los demás, pero no de imitarlos. El tambor no imita la flauta, pero no la censura… Es un poco ridículo, pero tiene su papel. Y los demás instrumentos, ¿pueden mofarse del bombo? No, porque no son bombo. Es como el arco iris… El rojo ¿puede censurar al amarillo? Cada uno tiene su papel. Qué bien cuadra esto dentro del Espíritu del Cuerpo Místico.

Luego, no encerrar la Iglesia dentro de mi espíritu, de mi prejuicio de raza, de mi clase, de mi nación. La Iglesia es ancha. Los herejes bajo el pretexto de libertad estrecharon la mente humana. Nosotros con nuestros prejuicios burgueses, hubiéramos acabado con las glorias de la Iglesia.

En el siglo IV, dijeron algunos: “Queremos servir a Dios a nuestro modo. Vamos a construir una columna y encima de la columna una plataforma pequeña… bastante alta para quedar fuera del alcance de las manos, y no tanto que no podamos hablarles… La caridad de los fieles nos dará alimento, ¡oraremos!”. Nosotros ¿qué habríamos hecho? Hubiéramos dicho: “Esos son los locos… ¿Por qué no hacen como todos?”. Pero el hombre no es ningún loco. La Iglesia no echó ninguna maldición, ¡les dio una gran bendición! Ustedes pueden hacerlo, pero no obliguen a los demás. Ustedes en su columna, pero el obispo puede ir a sentarse en su trono y los fieles a dormir en su cama. De todo el mundo Romano venían a verlos, arreglaban los vicios, predicaban. San Simón Estilita, y con él otros. Voy a alabar a los monjes estilitas, pero no voy a vivir en una columna.

Otro grupo raro declara: “Nos vamos al desierto, a los rincones más alejados para toda la vida. Vamos a pelear contra el diablo, a ayunar y a orar… a vivir en una roca”. ¿Y nosotros? Con nuestro buen sentido burgués barato, diríamos: “Quédense en la ciudad. Hagan como toda la gente. Abran un almacén; peleen con el diablo en la ciudad”. Pero la Iglesia tiene para ellos una inmensa bendición. ¡No peleen demasiado entre sí! Y no obliguen a los demás a ir al desierto; lo que ustedes legítimamente hacen, ¡¡otros no lo hacen!! Nosotros hoy, despedazados al loco ritmo de la vida moderna, recordamos a los Anacoretas con un poco de nostalgia.

Llega el tiempo de las Cruzadas. La gran amenaza contra el Islam. Llegan unos religiosos bien curiosos. ¿Para nosotros qué es un religioso? ¿Manso, con las manos en las mangas, modesto, oye confesiones de beatas, con birrete? Éstos no tienen birrete sino casco, y tienen espada en lugar de Rosario… Religiosos guerreros. Hacían los tres votos de religiosos para pelear mejor. Hacían un cuarto voto: el de los templarios, voto solemne: “no retroceder lo largo de su lanza, cuando solos tenían que enfrentar a tres enemigos”. Era el cuarto voto. La Iglesia lo aprobó. Luego, ¿todos tienen que pelear y ser matamoros? Lo que ellos legítimamente hacen; nosotros, no.

Vienen otros, tímidos, humildes, pordioseros:
–Un poco de oro y de plata, pero oro es mejor…
–¿Qué van a hacer con el oro de los cristianos?
–¡Llevarlo a los Moros!
–¿Van a enriquecer a los Moros? ¡¿El tesoro de la cristiandad que se va?!
–En la cristiandad no hay mejor tesoro que la libertad de los cristianos.

Los religiosos de la Merced, un voto: ¡quedarse como rehenes para lograr la libertad de los fieles! Bendijo la Iglesia a los militares y a la Merced.

¿Qué habríamos hecho nosotros con San Francisco de Asís? ¡Lo habríamos encerrado como loco! ¿No es de loco desnudarse totalmente en el almacén de su padre para probar que nada hay necesario? ¿No era de loco cortar los cabellos de Santa Clara sin permiso de nadie? ¿Qué habríamos hecho nosotros? En el almacén, el obispo le arrojó su manto, símbolo de la Iglesia que lo acepta.

Vienen los Cartujos, que no hablan hasta la muerte. Si el superior le manda a predicar, puede decir: ¡No, es contra la Regla! “¡Absurdo ­-diríamos-, después de 7 años… a predicar!” La Iglesia mantuvo la libertad de los Cartujos: quieren mantenerse en silencio, ¡pueden hacerlo! Y vienen los Frailes Predicadores, los Dominicos: y la Iglesia le da su bendición a los Predicadores.

San Francisco de Asís: una idea: construir un templo con cuatro paredes sin ventanas, un pilar, un techo, un altar, dos velas y un crucifijo. ¡Ah no! -diríamos-, eso es un galpón… Vamos a colgar cuadritos… vamos a poner bancos y cojines… ¡Nada!, dice San Francisco. Gran bendición a su Iglesia y fabulosas indulgencias. Es el recuerdo del Pesebre de Belén.

En los primeros tiempos de los Jesuitas, construyen dos iglesias: el Gesù y San Ignacio. El Gesù, con columnas torneadas, oro y lapislázuli… tardaron 20 años pintando la bóveda: Nubes, santos y bienaventurados. Y San Ignacio, con ángeles mofletudos y barrigones… El altar hasta el techo, con Moisés y Abraham bien barbudos. Nosotros diríamos: “eso es demasiado, falta de gusto, de moderación”. Y la Iglesia bendijo al Gesù y San Ignacio. No es el pesebre, es la gloria tumultuosa de la Resurrección.

En la Iglesia se puede rezar de todos modos: oración vocal, meditación, contemplación, hasta con los pies (es decir, en peregrinación). Los herejes, en cambio: fuera lámpara, fuera imágenes, fuera medallas… ¡Todos los desastres de la Iglesia vienen de esa estrechez de espíritu! ¡El clero secular contra el regular, y orden contra orden! Para pensar conforme a la Iglesia hay que tener el criterio del Espíritu Santo que es ancho.

En el Congo ¿podemos pintar Ángeles negros? ¡Claro! ¿Y Nuestra Señora negra y Jesús negro? ¡Sí! Ese Jesús chino… ¡qué admirable! Nuestro Señor, en los límites de su cuerpo mortal, no podía manifestar toda su riqueza divina. Para el Congo un Padre compró cuadros impresos en Francia. Muestra el infierno, y los negros estaban entusiasmados: No había ningún negro, ¡sólo blancos! ¡Ningún negro en el infierno!

Este es un pensamiento genial de San Ignacio, expuesto sencillamente: alabar, alabar, alabar. Alabemos todo lo que se hace en la Iglesia bajo la bendición del Espíritu Santo. ¡Cuando la Iglesia mantiene una libertad, alabémosla!

 

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