La fiesta del Sagrado Corazón

Extracto de una charla a universitarios en la Fiesta del Sagrado Corazón.

A veces la fiesta del Sagrado Corazón está desfigurada por estatuas poco felices, lenguaje demasiado dulzarrón, revelaciones particulares que ocupan demasiado sitio…

Pero lo que ella es en sí, es un llamado al amor que languidece entre los cristianos. Para ello Jesús nos pone de manifiesto su infinito amor hacia nosotros. El amor que nos tiene desde toda eternidad, antes que el mundo fuera. Como Dios que es nos amó y nos ama y no ha podido apartar ni un instante nuestro ser de su ser. Este amor es la causa de nuestro ser. Por Él con Él y en Él valemos.

Toda su vida fue un acto de amor: nace pobre para consolar a los pobres; huye al Egipto para que los 50 millones de expatriados que ahora han tenido que abandonar su Patria por prejuicios raciales y políticos pudieran hallar consuelo sabiendo que Dios también fue desterrado; trabaja como obrero, para que los proletarios del mundo entero supieran que Dios tomó también la forma de proletario y conoció sus dolores, sus fatigas, sus humillaciones; conoció las persecuciones de los poderosos, de los fanáticos, de los vividores para aliento de los que después de Él han querido dar testimonio de la verdad; quiso aparecer vencido, humillado, fracasado, para que ni aún en estos supremos momentos de dolor nos falte la mirada amorosa del Dios que también conoció esas tristezas; ni aun la muerte quiso eludirla para darnos ánimo en esa hora suprema y para testimoniarnos que partía para prepararnos un lugar en la Casa del Padre y para poder enviarnos el Espíritu Consolador.

Su vida toda estuvo como impregnada de amor: amor a los niños inocentes a quienes defiende, acaricia, bendice; amor a los pobres, sus privilegiados, a quienes consagra su primera bienaventuranza y a quienes evangeliza antes que a nadie; amor a los pecadores: y allí están, Magdalena, la adúltera, el ladrón, Pedro…

El amor de Cristo está lleno de ternura, de solicitud no sólo por nuestra alma sino también por nuestro cuerpo, por las dolencias físicas que sana aun sin que se le rueguen; por la tristeza de sus amigos, por el hambre de los pobres que se apresura a satisfacer, y con qué delicadeza defiende a sus hambrientos discípulos cuando se alimentan de las espigas, con qué ternura les prepara el desayuno después de la noche de pesca.

Y este amor de Cristo, este amor del Hijo de Dios, este amor de Jesús es el que honramos en la devoción al Sagrado Corazón. Y esta devoción si siempre ha sido amable es hoy la devoción salvadora. ¿Qué es lo que más necesita el mundo en el momento actual? Lo que necesita el mundo hoy es una generación que ame, que ame de verdad, que realice la idea del amor: querer el bien, el bien de otro antes que el propio, el bien de otro a costa del propio bien de la vida; el bien de todos, el bien del pobre y del modesto empleado, el bien de la pobre viuda que no está sindicalizada, de los niños del arroyo; el bien de la prostituta…

Amor es lo que el pobre mundo moderno necesita. Sus dolores son tan inmensos como nunca lo había sido. Y aquí está nuestro deber: darle ese amor. A nosotros nos toca reivindicar lo que es nuestro, lo que constituye la grandeza aun de los errores: lo que es más nuestro, la caridad, el amor de Cristo.

Pero que nuestro amor no sean discursos, libros, preciosas páginas. Ni siquiera que nos contentemos con esgrimir las encíclicas y pastorales: la verdad que hay en ellas es demasiado hermosa y nadie nos la achacará; lo que nos achacan es no haberles dado cumplimiento.

Lo que el mundo requiere son obras, obras como las de Francisco de Asís; de Pedro Claver, de Damián de Veuster… Y cuáles serían, en concreto, esas obras de caridad, de amor.

Despertar en nosotros un hambre y sed de justicia. Hambre y sed de la verdad total. Hambre y sed de Cristo: conocerlo, conocer su doctrina, estudiarla en sus consecuencias sociales. Desarrollar la inquietud social, afectarnos por el sufrimiento sobre todo del pobre. Aumentar el sentido social. No descansar cuando vemos el mal; ser inconformistas… que no nos contentemos con ofrecer el cielo a los demás, mientras nosotros poseemos cómodamente la tierra que es la más brutal y amarga de las ironías.

Dar algo que es muy necesario, amor, caridad, comprensión. Estamos tan divididos y necesitamos tanto de amarnos, de comprendernos. Terminar con esas sospechas, desconfianzas, recelos mutuos. Abrazarnos en Cristo. Y si los problemas son contingentes ¿por qué no podríamos opinar? El respeto a la persona humana es algo básico en el cristianismo. Con tal que obedezcamos la jerarquía y mantengamos la unidad en lo esencial.

Unidos en Cristo, unidos con Cristo. Más unidos entre nosotros. La medida de nuestra unión será la de nuestra unión en Cristo y con Cristo. Unirnos en lo único que podemos estar unidos, en Cristo. Mañana todos en el Corazón de Cristo. En la Misa poner en el Corazón de Cristo a todos los hombres.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Seamos cristianos

Extracto de “La orientación fundamental del catolicismo”, documento redactado poco después del final de la Segunda Guerra Mundial y sirvió de base a algunas páginas de Humanismo Social.

Mucho cambiará en nosotros si llegamos a comprender a fondo el sitio que ocupa el amor en el cristianismo. La actitud de amor hacia nuestros hermanos, el respeto hacia ellos, el sacrificio de lo nuestro por compartir con ellos nuestras felicidades y nuestros bienes, fluirán como consecuencias necesarias y harán fácil una reforma social.

El Mensaje de Cristo es “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Este Mensaje fue comprendido en toda su fuerza por sus colaboradores más inmediatos, los apóstoles. “El que no ama a su hermano no ha nacido de Dios.”(1Jn 2, 1). “Si pretendes amar a Dios y no amas a tu hermano mientes” (1Jn 4, 20). “Si alguien que tiene bienes de este mundo ve a su hermano en necesidad y no se apiada de él, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1Jn 3, 17). Después de recorrer tan rápidamente unos cuantos textos, no podemos menos que concluir que no puede pretender llamarse cristiano quien cierra su corazón al prójimo.

Se engaña si pretende ser cristiano quien acude con frecuencia al templo pero no al conventillo para aliviar las miserias de los pobres. Se engaña quien piensa con frecuencia en el cielo, pero se olvida de las miserias de la tierra en que vive. No menos se engañan los jóvenes y adultos que se creen buenos porque no aceptan pensamientos groseros, pero que son incapaces de sacrificarse por sus prójimos. Un corazón cristiano ha de cerrarse a los malos pensamientos pero también ha de abrirse a los que son de caridad.

Al buscar a Cristo es necesario buscarlo completo. Él ha venido a ser la cabeza de un cuerpo cuyos miembros somos, o estamos llamados a serlo, nosotros los hombres, sin limitación alguna de razas, cualidades naturales, fortuna, simpatías… Basta ser hombre para poder ser miembro del Cuerpo Místico de Cristo, esto es para poder ser Cristo.

El que acepta la Encarnación la ha de aceptar con todas sus consecuencias. Este es uno de los puntos más importantes de la vida espiritual: desamparar al menor de nuestros hermanos es desamparar a Cristo mismo, aliviar a cualquiera de ellos es aliviar a Cristo en persona.

Cristo se ha hecho nuestro prójimo, o mejor nuestro prójimo es Cristo que se presenta a nosotros bajo una y otra forma: preso en los encarcelados, herido en un hospital, mendigo en las calles, durmiendo bajo la forma de un pobre bajo los puentes de un río. Por la fe debemos ver en los pobres a Cristo y si no lo vemos es porque nuestra fe es tibia y nuestro amor imperfecto. Por esto San Juan nos dice: si no amamos al prójimo a quien vemos, ¿cómo podremos amar a Dios a quien no vemos? ¿Si no amamos a Dios en su forma visible cómo podremos amarlo en sí mismo?

Este amor al prójimo es el que ofrece los mayores obstáculos. Amar a Dios en sí es más perfecto, pero, más fácil; en cambio amar al prójimo, duro de carácter, desagradable, terco, egoísta, pide al alma una gran generosidad para no desmayar.

Este amor ha de ser universal, sin excluir positivamente a nadie, pues, Cristo murió por todos y todos están llamados a formar parte de su Reino. Por tanto aun los pecadores deben ser objeto de nuestro amor: que hacia ellos se extienda por tanto, también, nuestro cariño, nuestra delicadeza, nuestro deseo de hacerles el bien, y que al odiar el pecado no odiemos al pecador.

La ley del amor no es para nosotros una ley muerta, tiene un modelo vivo que nos dio ejemplos de ella desde el primer acto de su existencia hasta su muerte y continúa dándonos pruebas de su amor en su vida gloriosa: ese es Jesucristo, “que pasó por el mundo haciendo el bien” (Hch 10,38). Jesús nos muestra su amor con los leprosos que sanó, con los muertos que resucitó, con los adoloridos a los cuales alivió. Consuela a Marta y María en la pena de la muerte de su hermano…; en fin no hubo dolor que encontrara en su camino que no aliviara.

Para nosotros el precepto del amor es recordar la palabra de Jesús: “Ámense unos a otros como yo los he amado”. ¡Como Jesús nos ha amado! Entonces, seamos cristianos, amemos a nuestros hermanos.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Hambre y sed de justicia

Conferencia de 1946 del Padre Hurtado, sobre el orden social cristiano.

Dos tipos de problemas atañen continuamente al católico. Un grupo de ellos mira a su vida interior: como miembro de la Iglesia tiene una fe que conservar, un dogma que conocer, mandamientos que observar, una llamada espiritual que alimentar. El otro, como miembro de una sociedad terrestre debe cumplir sus deberes con el Estado y sus conciudadanos, y como ciudadano cristiano debe poner de acuerdo las exigencias de su conciencia social con las de su conciencia religiosa.

El primer problema es ciertamente el de su vida interior: de allí y sólo de allí ha de venir la solución, la fuerza de dinamismo para enfrentar los grandes sacrificios: El mundo no será salvado por cruzados que sólo llevan la cruz en su coraza… El mundo no necesita demostradores sino testigos.

Las exigencias de nuestra vida interior no llegan sólo a los mandamientos que miran únicamente a nuestra moral personal o familiar… Todo eso está en pie, pero que quede bien claro que no podemos llegar a ser cristianos integrales si, dándonos por contentos con cierta fidelidad de prácticas, nos desinteresamos del bien común, si profesando de la boca para fuera una religión que coloca en la cumbre de las virtudes la justicia y la caridad no nos preguntáramos constantemente cuáles son las exigencias que ellas nos imponen en la vida social. Cuando una sociedad se paganiza profundamente como sucede a la nuestra, no hay que contentarse sólo con rechazar el mal en abstracto, sino que hay que reconocerlo en casos concretos que es más difícil. El ambiente fomenta la tentación de desertar al espíritu para adherir a lo material.

El católico ha de ser como nadie amigo del orden, pero éste no es la inmovilidad impuesta desde fuera, sino el equilibrio interior que se realiza por el cumplimiento de la justicia y la caridad. No basta que haya una aparente tranquilidad obtenida por la presión y la fuerza, es necesario que cada uno ocupe el sitio que le corresponde, conforme a su naturaleza humana, que participe de los trabajos, pero también de las satisfacciones comunes.

Para conocer cuál sea este equilibrio interior tenemos una luz que es la de nuestra razón natural, luz poderosa que nos pone en contacto con la verdad; pero tenemos además, una luz más clara, la de la revelación cristiana, que sirve de supremo principio orientador. Estos principios de la revelación, la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo, los aplica a los casos concretos, a las circunstancias en que vivimos.

Los sacerdotes podemos, como Judas, traicionar la causa de Jesús, y lo haríamos cada vez que no lo defendiéramos en el terreno en que es atacado. No debe haber ninguna razón que nos autorice a callar: ni el temor de amedrentar a quienes quizás debemos muchos servicios, ni la timidez frente al poder, ni el peligro de ser mal interpretado.

Predicar sólo la resignación y la caridad frente a los grandes dolores humanos sería cubrir la injusticia. Resignación y caridad hemos de predicarlas siempre, pero simultáneamente el deber de luchar, con todos los medios justos, para obtener la justicia.

Éste es el aspecto religioso del problema social, que es casi imposible predicar el evangelio a estómagos vacíos. Un obispo con cristiana prudencia decía: “No prediquéis demasiado la virtud a menos que por las circunstancias en que viven vuestros oyentes les sea fácil practicarla”. En esto no había hecho sino seguir a santo Tomás que exigía una cierta cantidad de bienes materiales para practicar la virtud.

El alejamiento obrero de la vida religiosa obedece en gran parte a su preocupación absorbente por la lucha por la vida. Lo primero que les interesa a ellos es cómo dar de comer a sus hijos y a su mujer, cómo luchar contra el alza incesante de la vida, cómo asegurarse una relativa tranquilidad en la vejez que se les viene encima.

Las preocupaciones religiosas les parecen entonces desligadas de la vida cotidiana, la única que ellos llaman vida real. Si entonces le apareciera la Iglesia hablándoles del cielo, realidad por ellos desconocida, pero hablándoles también de la tierra, que es la única que ellos conocen y aprecian, el apostolado cristiano tendría un éxito muy diferente. Los prejuicios de que la Iglesia se desentiende de sus problemas desaparecería.

La acción social merece bien la ayuda entusiasta de todos los católicos: ya que su fin último es restablecer, sin revoluciones ni trastornos, sino por la aplicación valiente y sostenida de todos los medios legítimos, la armonía del plan providencial en la sociedad que nos rodea. Una acción social así concebida tiene a Dios por aliado. El éxito final le pertenece.

 

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