Ustedes son la luz del mundo

Extracto de un discurso del Padre Hurtado a los jóvenes en 1940.

Mis queridos jóvenes:

La impresionante ceremonia que se realiza esta noche está llena del más hondo significado. En lo alto de un cerro, bajo las miradas de nuestro Padre Dios y protegidos por el manto maternal de María que eleva sus manos abiertas a lo alto intercediendo por nosotros se reúne caldeada de entusiasmo una juventud ardiente, portadora de antorchas brillantes, llena el alma de fuego y de amor, mientras a los pies la gran ciudad yace en el silencio pavoroso de la noche.

Esta escena me recuerda otra ocurrida hace casi dos mil años también sobre un monte al caer la tinieblas de la noche… En lo alto Jesús y sus apóstoles, a los pies una gran muchedumbre y más allá las regiones sepultadas en las tinieblas y en la oscuridad de la noche del espíritu. Y Jesús conmovido profundamente ante el pavoroso espectáculo de las almas sin luz les dice a sus apóstoles ustedes son la luz del mundo… Ustedes son los encargados de iluminar esa noche de las almas, de caldearlas, de transformar ese calor en vida, vida nueva, vida pura, vida eterna

También a ustedes, jóvenes queridísimos, Jesús les muestra ahora esa ciudad que yace a sus pies, y como entonces se compadece de ella… Mientras ustedes -muchos, pero demasiado pocos a la vez- se han dado cita de amor en lo alto… ¡cuántos, cuántos… a estas mismas horas ensucian sus almas, crucifican de nuevo a Cristo en sus corazones en los sitios de placer desbordantes de una juventud decrépita, sin ideales, sin entusiasmo, ansiosa únicamente de gozar, aunque sea a costa de la muerte de sus almas… Cuántos estas noche han desembocado de los ochenta o más espectáculos de biógrafo dejando allí sin pesar un dinero que no tienen para aliviar las miserias del pobre! Cuántos están derrochando en el juego cifras enormes, en casinos, tabernas, prostíbulos cuánto cieno, cuánta miseria a estas mismas horas en la ciudad que yace a sus pies, a la misma hora en que ustedes profesan aquí su fe en Cristo… Si Jesús apareciese en estos momentos en medio de nosotros extendiendo compasivo sus miradas y sus manos sobre Santiago y sobre Chile les diría: “Tengo compasión de esa muchedumbre…”.

Allí a nuestros pies yace una muchedumbre inmensa que no conoce a Cristo, que ha sido educada durante años y años sin oír apenas nunca pronunciar el nombre de Dios, ni el santo nombre de Jesús….

Yo no dudo pues, que si Cristo descendiese al San Cristóbal esta noche caldeada de emoción les repetiría mirando la ciudad obscura: Me compadezco de ella y volviéndose a ustedes les diría con ternura infinita: Ustedes son la luz del mundo… Ustedes son los que han de alumbrar a las tinieblas. ¿Quieren colaborar conmigo? ¿Quieren ser mis apóstoles?

Este es el llamado ardiente que dirige el Maestro a los jóvenes de hoy. ¡Oh si se decidiesen! Aunque fuesen pocos… Un reducido número de operarios inteligentes y decididos, podrían influir en la salvación de nuestra Patria… Pero ¡qué difícil resulta en algunas partes encontrar aún ese reducido número! Los más se quedan en sus placeres, en sus negocios… Cambiar de vida, consagrarla al trabajo para la salvación de las almas, no se puede, no se quiere…

Pero ustedes, mis queridos jóvenes han respondido a Cristo que quieren ser de esos escogidos, quieren ser apóstoles… Pero, ser apóstoles no significa llevar una insignia en el ojal de la chaqueta, no significa hablar de la verdad, sino que vivirla, encarnarse en ella, transubstanciarse -si se puede hablar así- en Cristo. Ser apóstol no es llevar una antorcha en la mano, poseer la luz, sino ser la luz… Ser delegado de la luz en estos abismos -como dice en una de sus cartas Claudel-, iluminar como Cristo que es la luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.

El Evangelio no es tanto la doctrina de Cristo como la manifestación de la doctrina de Cristo: más que una lección es un ejemplo. El mensaje convertido en vida viviente. “Lo que fue desde el principio, lo que oímos, lo que vimos con nuestros ojos y contemplamos y palpamos con nuestras manos es lo que les anunciamos. El Verbo, el mensaje divino se ha encarnado: la vida se ha manifestado.

Y la Iglesia no es más que la continuadora moral de la persona de Cristo, la misión del apóstol de la Acción Católica participante del apostolado jerárquico de la Iglesia, debe por tanto una encarnación de la verdad. Ser apóstol significa para ustedes, queridos jóvenes, vivir su bautismo, vivir la vida divina, transformarse en Cristo, ser continuadores de su obra, irradiar en su vida la vida de Cristo. Esta idea la expresaba un joven con esta hermosa plegaria: “Que al verme, oh Jesús, te reconozcan”.

A un aprendiz cristiano preguntaba un capellán: ¿Conocen tus compañeros de trabajo el Evangelio? No, no conocen el Evangelio. ¿Conocen a Jesucristo?. No, no conocen a Jesucristo. ¿Y al Papa? Tampoco… Y al Obispo, y al Cura… Tampoco, tampoco. Pues bien he aquí que es a ti a quien corresponde que tus compañeros de trabajo entiendan estas cosas; que al verte se formen una idea de este cristianismo que no conocen. A ti te toca irradiar el Evangelio; que viéndote descubran a Jesús.

Hemos de ser semejantes a cristales puros, para que la luz se irradie a través de nosotros… “Ustedes los que ven ¿qué han hecho de la luz?” (Claudel)

Una vida íntegramente cristiana -mis queridos jóvenes- he ahí la única manera de irradiar a Cristo, de ser como el Precursor “Luz que ilumina en las tinieblas”…. El cristianismo más que una doctrina es una vida, una actitud total del hombre… El cristianismo o es una vida entera de donación, una transubstanciación en Cristo, o es una ridícula parodia que mueve a risa y a desprecio.

El cristianismo es la prolongación de la obra de Cristo crucificado por nuestro amor. No puede por tanto ser apóstol el que por lo menos algunos momentos no está crucificado con Cristo. Nada harán por lo tanto los que hagan consistir únicamente el apostolado, la acción católica, en un deporte de oratoria, de meetings, de manifestaciones grandiosas… Muy bien están los actos como el que ahora celebramos, pero ellos no son la coronación de la obra, sino el comienzo, un cobrar entusiasmo, un animarnos mutuamente a acompañar a Cristo aún en las horas duras de su Pasión, a subir con El a la cruz.

Antes de enviar Cristo a sus apóstoles a la conquista del mundo les pregunta: ¿Pueden tomar parte en mis sufrimientos? Podemos. Y sólo después de su respuesta les confía la misión de salvar a las almas…

Antes de bajar del monte -jóvenes queridos- les pregunto también en nombre de Cristo: ¿Pueden beber el cáliz de las amarguras del apostolado? ¿Pueden acompañar a Jesús en sus dolores, en el tedio de una obra continuada con perseverancia, en la labor monótona y cansada, sin brillo de la conquista de un individuo y luego de otro… en la tarea siempre igual de predicar el Evangelio, de visitar a los pobres, de enseñar el catecismo a niños toscos, rudos, ingratos, de mover a compañeros inertes, irónicos, mundanos sin ver el resultado de tantos esfuerzos. ¿Pueden? Si titubean si no se sienten con bríos, para no ser de la masa, de esa masa amorfa, mediocre, si como el joven del Evangelio sienten tristeza de los sacrificios que Cristo les pide… renuncien al hermoso título de colaborador, de amigo de Cristo. Pero si valientes se deciden a levantar el templo de la cristiandad, a vigorizar el Cuerpo Místico de Cristo es necesario que aporten lo más abundantemente que puedan el tributo de sacrificios generosos y que se decidan a tener siempre un “si” en sus labios para lo que Cristo les pida.

¡Oh Señor! si de esta multitud que se agrupa a tus pies brotara en algunos la llama de un deseo generoso y dijera alguno con verdad: Señor toma y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer lo consagro todo entero Señor a trabajar por Ti, a irradiar tu vida, contento con no tener otra paga que servirte y como esas antorchas que se consumen en sus manos, consumirse por Cristo… … renovarían las maravillas que ahora mismo obra Cristo por medio de estos jóvenes ardientes… si se deciden a revestirse de Cristo, a sacrificarse por Cristo para irradiar después a Cristo, el Hombre eterno, el ideal más puro y más bello de la vida.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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La misión social del universitario

Meditación del Padre Hurtado en la fiesta del Sagrado Corazón, pronunciada en la Universidad Católica, el 5 de junio de 1945.

Mis queridos universitarios

Al tratar estas materias se experimenta cierta aprehensión y desconfianza instintiva y así tiembla uno, no ante el temor de las críticas de uno y otro lado, pues sabe que diga lo que diga no escapará de ellas, sino porque teniendo la misión de enseñar teme le falte el valor para decir la verdad toda entera, cosa a veces ¡tan difícil!, o bien, no sepa mantenerse en el justo equilibrio y punto medio donde se encuentra la virtud. Pero, a pesar de estos peligros, me he decidido a aceptar este tema por tres motivos:

1° Porque me parece sumamente adecuado para este retiro de preparación a la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, la fiesta del amor; y el deber social del universitario no es sino la traducción concreta a su vida de estudiante, hoy, y de futuro profesional, mañana, de las enseñanzas de Cristo sobre la dignidad de nuestras personas y sobre el mandamiento nuevo, su mandamiento característico, el del amor.

2° En segundo lugar, por la urgencia ardiente de los Papas a nosotros los sacerdotes a que expongamos claramente y sin vacilaciones este tema.

3° Y, finalmente, una tercera razón se desprende de vuestro carácter de universitarios: Callar sobre este tema ante otros auditorios sería grave, pero ante vosotros sería gravísimo y criminal, como que vosotros sois los constructores de esa sociedad nueva, vosotros seréis los guías intelectuales del País. Las profesiones, que forman la estructura de la vida nacional, serán lo que seáis vosotros, y vosotros obraréis en gran parte según la luz que tengáis de los problemas, y vuestra conducta social estará en gran parte condicionada por vuestra formación social.

Y sin más preámbulos entro en materia. El primer problema es ciertamente el de la vida interior, de allí y sólo de allí ha de venir la solución, la fuerza, el dinamismo necesario para afrontar los grandes sacrificios: el mundo no será devuelto a Cristo por cruzados que sólo llevan la cruz impresa en su coraza. La exigencia de nuestra vida interior lejos de excluir, urge una actitud social fundada precisamente en esos mismos principios que basan nuestra vida interior. No podríamos llegar a ser cristianos integrales si dándonos por contentos con una cierta fidelidad de prácticas, una cierta serenidad de alma, y un cierto orden puramente interior nos desinteresásemos del bien común; si profesando de la boca hacia fuera una religión que coloca en la cumbre de su moral las virtudes de justicia y caridad, no nos preguntáramos constantemente cuáles son las exigencias que ellas nos imponen en nuestra vida social donde esas virtudes encuentran naturalmente su empleo.

El católico ha de ser como nadie amigo del orden, pero el orden no es la inmovilidad impuesta de fuera, sino el equilibrio interior que se realiza por el cumplimiento de la justicia y de la caridad. No basta que haya una aparente tranquilidad obtenida por la presión de fuerzas insuperables; es necesario que cada uno ocupe el sitio que le corresponde conforme a su naturaleza humana, que participe de los trabajos, pero también de las satisfacciones, como conviene a hermanos, hijos de un mismo Padre. El católico rechaza igualmente la inmovilidad en el desorden y el desorden en el movimiento, porque ambos rompen el equilibrio interior de la justicia y la caridad.

El fiel, si quiere serlo en el pleno sentido de la palabra, es un perpetuo inconformista, que alimenta su hambre y sed de justicia en la palabra de Cristo, y que busca el camino de saciar esas pasiones devoradoras en las enseñanzas de la Iglesia que no es más que Cristo prolongado y viviendo entre nosotros.

La documentación Pontificia sobre la Acción Social es inmensa. A la luz de estas enseñanzas podemos, pues, marchar tranquilos. Su Santidad Pío XI decía con pena que los católicos del mundo entero bastante instruidos, en general, respecto de sus deberes individuales ignoran, en su gran mayoría, sus deberes sociales. Nosotros, al menos, no desoigamos la voz de nuestros Pontífices tan claramente expuesta en materia social.

Motivos que urgen la acción social. Antes que nada, nos apremia a movilizar todas nuestras fuerzas en favor de la solución social el conjunto de intereses gravísimos que está en juego. Se trata nada menos que de la vida de tantos de nuestros hermanos. Recordemos que la mortalidad infantil; los vagos que no tienen un techo que puedan llamar hogar, y andan errantes por los parques, se acurrucan en las puertas de las casas en el invierno y… ¡son hermanos nuestros!; la desnutrición que va afectando a nuestra raza; el alcoholismo que arruina tantos hogares, material y moralmente; las enfermedades sociales; la falta de instrucción; los hogares disueltos; el problema del alojamiento: ¡el frío! Rapidísimo vistazo a un mundo de problemas, cuya magnitud desconcierta y cuya importancia es trascendental para innumerables hermanos nuestros.

El orden social actual no responde al plan de la Providencia. La vida religiosa en cada uno de los medios sociales está dificultada actualmente por el problema del exceso o de la falta de medios de vida. Dios ha querido, al crearnos, que nos santificáramos. Éste ha sido el motivo que explica la creación: Tener santos en el mundo; tener hijos de Él en los cuales se manifestaran los esplendores de su gracia. Ahora bien, ¿cómo santificarse en el ambiente actual si no se realiza una profunda reforma social?

Aquí convendría insinuar la primera conclusión práctica para el universitario católico. Cada uno debe conocer el problema social general, las Doctrinas Sociales que se disputan el mundo, sobre todo su Doctrina, la doctrina de la Iglesia; debe conocer la realidad chilena y debe tener una preocupación especial por estudiar su carrera en función de los problemas sociales propios de su ambiente profesional. Círculos de estudios sociales especializados por carrera, para realizar el ideal de Pío XII, elemento substancial del orden nuevo: la elevación del proletariado. Este estudio de nuestra doctrina social ha de despertar en nosotros antes que nada un sentido social hondo, y antes que nada inconformismo ante el mal, lo que Jules Simon ha denominado admirablemente el sentido del escándalo.

 

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El rumbo de la vida

Meditación de Semana Santa para jóvenes, escrita por el Padre Hurtado a bordo de un barco de carga, regresando de Estados Unidos, en 1946.

Un regalo de mi Padre Dios ha sido un viaje de 30 días en barco de Nueva York a Valparaíso. Por generosidad del bondadoso Capitán tenía una mesa en el puente de mando, al lado del timonel, donde me iba a trabajar tranquilo con luz, aire, vista hermosa… La única distracción eran las voces de orden con relación al rumbo del viaje. Y allí aprendí que el timonel, como me decía el Capitán, lleva nuestras vidas en sus manos porque lleva el rumbo del buque. El rumbo en la navegación es lo más importante. Un piloto lo constata permanentemente, lo sigue paso a paso por sobre la carta, lo controla tomando el ángulo de sol y horizonte, se inquieta en los días nublados porque no ha podido verificarlo, se escribe en una pizarra frente al timonel, se le dan órdenes que, para cerciorarse que las ha entendido, debe repetirlas cada una. «A babor, a estribor, un poquito a babor, así como va…». Son voces de orden que aprendí y no olvidaré.

Cada vez que subía al puente y veía el trabajo del timonel no podía menos de hacer una meditación fundamental, la más fundamental de todas, la que marca el rumbo de la vida.

En Nueva York multitud de buques, de toda especie. ¿Qué es lo que los diferencia más fundamentalmente? El rumbo que van a tomar. El mismo barco ‘Illapel’ en Valparaíso tenía rumbo Nueva York o Río de Janeiro; en Nueva York tenía rumbo Liverpool o Valparaíso.

Apreciar la necesidad de tomar en serio el rumbo. En un barco al Piloto que se descuida se le despide sin remisión, porque juega con algo demasiado sagrado. Y en la vida ¿cuidamos de nuestro rumbo?

¿Cuál es tu rumbo? Si fuera necesario detenerse aún más en esta idea, yo ruego a cada uno de ustedes que le dé la máxima importancia, porque acertar en esto es sencillamente acertar; fallar en esto es simplemente fallar.

Barco magnífico: el «Queen Elizabeth», 70.000 toneladas (el «Illapel» cargado son 8.000 toneladas). Si me tiento por su hermosura y me subo en él sin cuidarme de su rumbo, corro el pequeño riesgo que en lugar de llegar a Valparaíso, ¡¡llegue a Manila!! Y en lugar de estar con ustedes vea caras filipinas.

Cuántos van sin rumbo y pierden sus vidas… las gastan miserablemente, las dilapidan sin sentido alguno, sin bien para nadie, sin alegría para ellos y al cabo de algún tiempo sienten la tragedia de vivir sin sentido. Algunos toman rumbo a tiempo, otros naufragan en alta mar, o mueren por falta de víveres, extraviados, ¡o van a estrellarse en una costa solitaria!

El trágico problema de la falta de rumbo, tal vez el más trágico problema de la vida. El que pierde más vidas, el responsable de mayores fracasos. Yo pienso que si los escollos morales fueran físicos, y la conducta de nosotros fuera un buque de fierro, por más sólido que haya sido construido, no quedaría sino restos de naufragios.

Si la fe nos da el rumbo y la experiencia nos muestra los escollos, tomémoslos en serio. Mantener el timón. Clavar el timón, y como a cada momento, las olas y las corrientes desvían, rectificar, rectificar a cada instante, de día y de noche… ¡No las costas atractivas, sino el rumbo señalado! Pedir a Dios la gracia grande: ser hombres de rumbo.

1º punto: El puerto de partida. Es el primer elemento básico para fijarlo. Y aquí clavar mi alma en el hecho básico: Dios y yo. El primer hecho macizo de toda filosofía, de todo sistema de vida: Vengo de Dios, sí, de Él. Todo de Él. Nada más cierto, y sobre este hecho voy a edificar mi vida, sobre este primer dato voy a fijar mi rumbo.

Y aquí como siempre: ¿Este hecho es así? ¿Es un hecho? Porque la religión se funda sobre hechos, no sobre teorías.

Tomar en serio estas verdades: Que sirvan para fundar mi vida, para darme rumbo. Uno es cristiano tanto cuanto saca las consecuencias de las verdades que acepta. De aquí también esa actitud, no de orgullo, pero sí de valentía, de serenidad y de confianza, que nos da nuestra fe: No nos fundamos en una cavilación sino en una maciza verdad.

2º punto. El puerto de término. Es el otro punto que fija el rumbo. ¿Valparaíso o Liverpool? De Nueva York salía junto a nosotros Liberty, portaaviones… ¿A dónde se dirigen? Desde la Universidad de Chile o desde la fábrica ¿a dónde? ¡El término de mi vida es Él!

3º punto. El camino: Tengo los dos puntos, los dos puertos. ¿Por dónde he de enderezar mi barco? Al puerto de término, por un camino que es la voluntad de Dios. La realización en concreto de lo que Dios quiere. He aquí la gran sabiduría. Todo el trabajo de la vida sabia consiste en esto: En conocer la voluntad de mi Señor y Padre. Trabajar en conocerla, trabajo serio, obra de toda la vida, de cada día, de cada mañana: ¿qué quieres Señor de mí? Trabajar en realizarla, en servirle en cada momento. Esta es mi gran misión, mayor que hacer milagros. Dios nos quiere santos. Ésta es la voluntad de Dios: no mediocres, sino santos.

¿Cuál es el Camino de mi vida? La voluntad de Dios: santificarme, colaborar con Dios, realizar su obra. ¿Habrá algo más grande, más digno, más hermoso, más capaz de entusiasmar? ¡¡Llegar al Puerto!!

Y para llegar al puerto no hay más que este camino que conduzca… ¡¡Los otros a otros puertos, que no son el mío!! Y aquí está todo el problema de la vida. Llegar al puerto que es el fin de mi existencia. El que acierta, acierta; y el que aquí no llega es un gran errado, sea un millonario, un Hitler, un Napoleón, un afortunado en el amor, si aquí no acierta, su vida nada vale; si aquí acierta: feliz por siempre jamás. ¡¡Amén!!

¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy? ¡Qué grande! ¿Por qué camino? Enfrentar el rumbo. El timón firme en mi mano y cuando arrecien los vientos: Rumbo a Dios; y cuando me llamen de la costa; rumbo a Dios; y cuando me canse, ¡¡rumbo a Dios!!

¿Solo? No. ¡Con todos los tripulantes que Cristo ha querido encargarme de conducir, alimentar y alegrar! ¡Qué grande es mi vida! Qué plena de sentido. Con muchos rumbos al cielo. Darles a los hombres lo más precioso que hay: Dios; y dar a Dios lo que más ama, aquello por lo cual dio su Hijo: los hombres.

Señor, ayúdame a sostener el timón siempre al cielo, y si me voy a soltar, clávame en mi rumbo, por tu Madre Santísima, Estrella de los mares, Dulce Virgen María.

 

 

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