Trabajar al ritmo de Dios

Reflexión personal del Padre Hurtado escrita en noviembre de 1947. En archivo de documentos del Padre Hurtado. Documento s53 y 20.

Cuando un hombre se aparta de los caminos trillados, ataca los males establecidos, habla de revolución, se lo cree loco. Como si el testimonio del Evangelio no fuera locura, como si el cristiano no fuera capaz de un gran esfuerzo constructor, como si no fuéramos fuertes en nuestra debilidad (cf. 2Cor 12,9). Nos hace falta muchos locos de éstos, fuertes, constantes, animados por una fe invencible.

Un apostolado organizado requiere en primer lugar un hombre entregado a Dios, un alma apostólica, completamente ganada por el deseo de comunicar a Dios, de hacer conocer a Cristo; almas capaces de abnegación, de olvido de sí mismas, con espíritu de conquista. La organización racional del apostolado, exige precisamente, que lo supra racional, esté en primer lugar. ¡Que sea un santo! En definitiva, no va a apoyarse sobre los medios de su acción humana, sino sobre Dios. Lo demás vendrá después: que trabaje no como guerrillero, sino como miembro del Cuerpo Místico, en unión con todos los demás, aprovechándose de todos los medios para que Cristo pueda crecer en los demás, pero que primero la llama esté muy viva en él.

Es imposible un santo si no es un hombre; no digo un genio, pero un hombre completo dentro de sus propias dimensiones. Hay tan pocos hombres completos. Los profesores nos preocupamos tan poco de formarlos; y pocos toman en serio el llegar a serlo.

El hombre tiene dentro de sí su luz y su fuerza. No es el eco de un libro, el doble de otro, el esclavo de un grupo. Juzga las cosas mismas; quiere espontáneamente, no por fuerza, se someta sin esfuerzo a lo real, al objeto, y nadie es más libre que él. Si se marcha más despacio que los acontecimientos; si se ve las cosas más chicas de lo que son; si se prescinde de los medios indispensables, se fracasa. Y no puede sernos indiferente fracasar, porque mi fracaso lo es para la Iglesia y para la humanidad. Dios no me ha hecho para que busque el fracaso. Cuando he agotado todos los medios, entonces tengo derecho a consolarme y a apelar a la resignación. Muchos trabajan por ocuparse; pocos por construir; se satisfacen porque han hecho un esfuerzo. Eso no basta. Hay que amar eficazmente.

El equilibrio es un elemento preciso para un trabajo racional. Vale más un hombre equilibrado que un genio sin él, al menos para el trabajo de cada día. Equilibrio no quiere decir, en ninguna manera, un buen conjunto de cualidades mediocres, se trata de un crecimiento armónico que puede ser propio del hombre genial, o una salud enfermiza, o una especialización muy avanzada. No se trata de destruir la convergencia de los poderes que se tiene, sino de sobrepasarlas por una adhesión más firme a la verdad, de completarse en Dios por el amor.

La moral cristiana permite armonizarlo todo, jerarquizarlo todo, por más inteligente, ardiente, vigoroso que uno sea. La humildad viene a temperar el éxito; la prudencia frena la precipitación; la misericordia dulcifica la autoridad; la equidad tempera la justicia; la fe suple las deficiencias de la razón; la esperanza mantiene las razones para vivir; la caridad sincera impide el repliegue sobre sí mismo; la insatisfacción del amor humano deja siempre sitio para el amor fraternal de Cristo; la evasión estéril está reemplazada por la aspiración de Dios, cargada de oración, y de insaciable deseo. El hombre no puede equilibrarse sino por un dinamismo, por una aspiración de los más altos valores de que él es capaz.

El ritmo cotidiano debe armonizarse entre reposo, trabajo difícil, trabajo fácil, comidas, descansos. Es bueno recordar que en muchos casos se descansa de un trabajo pasando a otro trabajo, no al ocio.

¿A qué paso caminar? Una vez que se han tomado las precauciones necesarias para salvaguardar el equilibrio, hay que darse sin medirse, para obtener el máximo de eficacia, para suprimir en la medida de lo posible las causas del dolor humano.

Se trabaja casi al límite de sus fuerzas, pero se encuentra, en la totalidad de su donación y en la intensidad de su esfuerzo, una energía como inagotable. Los que se dan a medias están pronto gastados, cualquier esfuerzo los cansa. Los que se han dado del todo, se mantienen en la línea bajo el impulso de su vitalidad profunda.

Con todo no hay que exagerar y disipar sus fuerzas en un exceso de tensión conquistadora. El hombre generoso tiende a marchar demasiado a prisa: querría instaurar el bien y pulverizar la injusticia, pero hay una inercia de los hombres y de las cosas con la cual hay que contar. Místicamente se trata de caminar al paso de Dios, de tomar su sitio justo en el plan de Dios. Todo esfuerzo que vaya más lejos es inútil, más aún, nocivo. A la actividad reemplazará el activismo que se sube como el champaña, que pretende objetos inalcanzables, quita todo tiempo para contemplación; deja el hombre de ser el dueño de su vida.

Al partir en la vida del espíritu, se adquiere una actitud de tensión extrema, que niega todo descanso. Pero como ni el cuerpo ni el alma están hechos para esto, viene luego el desequilibro, la ruptura. Hay, pues, que detenerse humildemente en el camino, descansar bajo los árboles y recrearse con el panorama, podríamos decir, poner una zona de fantasía en la vida.

El peligro del exceso de acción es la compensación. Un hombre agotado busca fácilmente la compensación. Este momento es tanto más peligroso, cuanto que se ha perdido una parte del control de sí mismo, el cuerpo está cansado, los nervios agitados, la voluntad vacilante. Las mayores tonterías son posibles en estos momentos. Entonces hay sencillamente que disminuir: Volver a encontrar la calma entre amigos bondadosos, recitar maquinalmente su rosario y dormitar dulcemente en Dios.

 

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Darse, una manera cristiana de trabajar

Extracto de un documento redactado en París en Noviembre de 1947 y titulado de la misma manera.

Comienza por darte. El que se da, crece. Pero no hay que darse a cualquiera, ni por cualquier motivo, sino a lo que vale verdaderamente la pena: al pobre en la desgracia, a esa población en la miseria, a la clase explotada; a la verdad; a la justicia; a la ascensión de la humanidad, a toda causa grande, al bien común de su nación, de su grupo, de toda la humanidad; a Cristo que recapitula estas causas en sí mismo, que las contiene, que las purifica, que las eleva; a la Iglesia, mensajera de la luz, dadora de vida, libertadora; a Dios, a Dios en plenitud, sin reserva, porque es el bien supremo de la persona, y el supremo Bien Común.

Cada vez que me doy así, recortando de mi haber, sacrificando de lo mío, olvidándome de mí, yo adquiero más valor, me hago un ser más pleno, me enriquezco con lo mejor que embellece el mundo; yo lo completo, y lo oriento hacia su destino más bello, su máximo valor, su plenitud de ser.

Mirar en grande, querer en grande, pensar en grande, realizar en grande. En los combates de hoy, todo se trata a la escala del hombre y a la escala del mundo. No cuidarse de hacer carrera, sino de llenar su vida en plenitud. Ejercitar mi esfuerzo en los sectores disponibles. Tomar lo que no ha sido realizado. Se trata de servir. No se trata de recorrer solo una pista. Se trata de construir para uso de muchos un largo camino.

Al comenzar un trabajo hay que prepararlo pacientemente. La improvisación es normalmente desastrosa. El reflejo de la acción objetiva no se adquiere sino poco a poco, después de muchos tanteos, de muchas experiencias, de muchos fracasos. Amar la obra bien hecha, y para ella poner todo el tiempo que se necesite.

Las detenciones en el trabajo, por ejemplo las enfermedades son útiles, para poner cada cosa en su sitio, para volver a hallar las perspectivas. En ellas se realiza lo más fecundo del trabajo. Separado del ruido, lejos de los detalles, se puede mirar los problemas de más arriba y con más calma, se domina el problema; puede uno sacar las conclusiones de lo realizado, repensar los principios, darles una frescura nueva.

Pensar y volver a pensar. En cada cosa, adquirir el sentido de lo que es esencial. No hay tiempo sino para eso. La vida es demasiado corta, para perder el tiempo en intrigas. No tomar posiciones antes de conocer el problema. Evitar los juicios apresurados o apasionados sobre los hombres y sobre los acontecimientos. La suprema habilidad es la sinceridad. Muchos buscan no la verdad, ni el bien, sino el éxito.

Con frecuencia se enseña a los hombres a no hacer, a no comprometerse, a no aventurarse. Es precisamente al revés de la vida. Cada uno dispone, según su salud, su temperamento, sus ocupaciones, sólo de un cierto potencial de combate. No despreciarlo en escaramuzas.

Hay que embarcarse. No se sabe qué barcos encontraré en el camino, qué tempestades ocurrirán… Una vez tomadas las precauciones, ¡embarcarse! Amar el combate, considerarlo como normal. No extrañarse, aceptarlo, mostrarse valiente, no perder el dominio de sí; jamás faltar a la verdad y a la justicia. Las armas del cristianismo no son las armas del mundo. Amar el combate, no por sí mismo, sino por amor del bien, por amor de los hermanos que hay que librar.

Hay que perseverar. Muchos quedan gastados después de las primeras batallas. Nunca está uno solo ni en las horas de mayor soledad. Cuando se afirma la verdad, se quiere el bien, cuando se combate por la justicia, se hace uno de numerosos enemigos, pero adquiere también numerosos amigos. Otros a nuestro lado aman la verdad, el bien, la justicia.

No preocuparme de lo que digan. No perder el tiempo en discutir con los estetas, los críticos, los espectadores. Seguir mi camino. Construir. Escuchar pacientemente al que ha visto, al que ha construido. Alegrarse cuando alguien lo sobrepasa, cuando ve o va más lejos.

Saber que las ideas caminan lentamente. Muchos se imaginan que, porque han encontrado alguna verdad, eso va a arrebatar los espíritus. Se irritan con los retardos, con las resistencias. Estas resistencias son normales: provienen de la apatía, o de la diferente cultura, o del ambiente. Cada uno parte de lo que es, de lo que ha recibido. Para que acepte otro pensamiento es necesario que lo asimile, lo armonice con lo anteriormente adquirido.

No espantarse ni irritarse de la oposición. Ella es normal, con frecuencia ella es justa. Alegrémonos más bien que se nos resista y que se nos discuta. Así nuestra misión penetra más profundamente, se rectifica, anima y quien quiera que se vaya olvidándonos, después de haber reinventado o mejorado nuestro propio sistema, milita, quiéralo o no, a nuestro lado. Eso basta.

“Su obra está en crisis”, me dirán. Pero, amigo, una obra que marcha, tiene siempre cosas que no marchan. Una obra que vive está siempre en crisis.

Permanecer puro, ser duro, buscar únicamente la verdad, el bien, la justicia.Imponerse esfuerzos constantes para alcanzar estos objetivos. Ser simple, y empeñarse en permanecer simple. Creer todavía en el ideal, en la justicia, en la verdad, en el bien, en que hay bondad en los corazones humanos. Creer en los medios pobres. Librar con buena fe la batalla contra los poderosos. No buscar engañar, ni aceptar medios que corrompan.

Cuando el obstáculo es la oposición de los hombres, la mejor táctica, con frecuencia, es continuar su camino, sin cuidarse de esta oposición. Se pierde un tiempo precioso en polémicas, cuando sólo la construcción cuenta.

Los injustos ignoran la fuerza de la justicia. Se creen poderosos cuando basta que encuentren un solo hombre justo, para que todos sus planes sean descubiertos. Apenas encuentran un grupo de justos, deben batirse en retirada, pactar, o al menos tomar la máscara de la justicia.

Si la oposición viene de los hombres de buena voluntad, de los “santos”, de los superiores, verificar mi orientación, y si estoy marchando con la Iglesia, sacar el mejor partido de las circunstancias, sin armar ruido.

En todo apostolado habrá dificultades. Pertenecemos a la Iglesia militante, y nuestra vida está en “tensión”. El testimonio del apóstol tiene algo de violento. Sólo los violentos arrebatan al reino de los cielos.

Acuérdate que “se va lejos, después que se está fatigado”. La gran ascética es no ponerse a recoger flores en el camino. Hay más valor en soportar los acontecimientos, que en cambiarlos. El sufrimiento, la cruz es sobre todo permanecer en el combate que se ha comenzado a librar. Esto es lo que más configura con Cristo.

Hay quienes quieren desarrollarse pero sin dolor. No han comprendido aún lo que es crecer… Quieren desarrollarse por el canto, por el estudio, por el placer, y no por el hambre, la angustia, el fracaso y el duro esfuerzo de cada día, ni por la impotencia aceptada, que nos enseña a unirnos al poder de Dios; ni por el abandono de sus planes, que nos hace encontrar los planes de Dios. El dolor es bienhechor porque me enseña mis limitaciones, me purifica, me hace extenderme en la cruz de Cristo, me obliga a volverme a Dios.

El fracaso construye. Alegría, paz, viva la pena… y ¡viva siempre viva! Así es la vida… ¡y la vida es bella! No armar alharaca. No gritar. No irritarse. No dejar de reírse, y dar ánimo a los demás. Continuar siempre. No se hace nada en un mes. Al cabo de diez años es enorme lo hecho. Cada gota cuenta.

Darme sin contar, sin trampear, en plenitud, a Dios y a mis hermanos y Dios me tomará bajo su protección. Él me tomará y pasaré indemne en medio de innumerables dificultades. Él me conducirá a su trabajo, al que cuenta. Él se encargará de pulirme, de perfeccionarme y me pondrá en contacto con los que lo buscan y a los cuales Él mismo anima. Cuando Él lo tiene a uno, no lo suelta fácilmente.

Para este optimismo, nada como la visión de fe. La fe es una luz que invade. Mientras más se vive, mayor es su luz. Ella todo lo penetra y hace que todo lo veamos en función de lo esencial, de lo intemporal. El que la sigue, jamás marcha en tinieblas. Tiene solución a todos los problemas, y gracias a ella, en medio del combate, cuando ya no se puede más por la presión, como el corcho de la botella de champaña salta, se escapa hacia lo alto, se une a Cristo y en Él halla la paz.

La fe nos hace ver que cada gota cuenta, que el bien es contagioso, que la verdad triunfa.

Cuando un hombre se aparta de los caminos trillados, ataca los males establecidos, habla de revolución, se lo cree loco. Como si el testimonio del Evangelio no fuera locura, como si el cristiano no fuera capaz de un gran esfuerzo constructor, como si no fuéramos fuertes en nuestra debilidad. Nos hacen falta muchos locos de éstos, fuertes, constantes, animados por una fe invencible.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Prólogo “Sindicalismo”

El Por qué de este libro

Un nuevo orden social está gestándose penosamente entre sacudimientos y conflictos.

“Elemento substancial del orden nuevo es la redención del proletariado”, ha dicho y repetido Su Santidad Pío XII.

Cuál haya de ser este orden es la materia de largas meditaciones de filósofos, sociólogos y economistas. De importancia capital serán sus conclusiones para conocer el fin concreto al cual hay que tender, las razones que justifican un cambio de estructuras sociales, las medidas que calzan a nuestra sociología nacional en un momento de la historia, las posibilidades reales de nuestra economía… pero todas estas conclusiones por más fundadas que sean no llegarán jamás a traducirse “en redención del proletariado”, si no hay un movimiento sindical fuerte, consciente, bien formado, disciplinado, dispuesto a jugarse entero por obtener la aplicación de dichas conclusiones y por su continua adaptación. Es un hecho demasiado probado por la historia que la ascensión obrera ha sido siempre obra de la propia clase obrera que ha alcanzado la madurez.

Los asalariados de los países más ocultos del mundo han creído llegada la hora de terminar su situación de proletarios. Para conseguirlo se han organizado en asociaciones sindicales que reúnen hoy día más de cien millones de obreros.

En América Latina el movimiento sindical es todavía incipiente y está llamado a crecer. Lejos de mirar su engrandecimiento como un peligro para la estabilidad social lo consideramos como fuerza creadora de orden social, orden que sólo se alcanza cuando hay equilibrio interior, cuando cada elemento de la sociedad ocupa un sitio de acuerdo a los planes del Creador.

Al mirar el camino recorrido por el sindicalismo en el mundo muchos no tienen ojos sino para ver sus defectos, sus extremismos, sus violencias, la politización de sus actividades, incluso las faltas personales de algunos de sus dirigentes. ¿No son acaso éstas las faltas de todo movimiento que comienza? Más aún, ¿no son los errores inherentes a todo grupo social? ¿Cuál es el que inocente que puede tirar la primera piedra? ¿Acaso estos errores no se han debido también en gran parte, a la prolongada ausencia de muchos elementos que por su preparación, por sus doctrinas inspiradas en la justicia y en el amor habrían podido encauzar dichos movimientos?

A remediar este error tienden estas páginas. Ellas son un llamamiento dirigido a todos los que se interesan por la redención del proletariado: a los asalariados, tanto obreros como empleados para que reconozcan cuartel en las filas sindicales, a los técnicos y profesionales para que aporten el concurso de su ciencia y experiencia ayudando a los dirigentes gremiales a ver más claro el camino de sus reivindicaciones. A todos ellos les recordamos los grandes principios de la filosofía social que basan y orientan el movimiento sindical; las lecciones de la historia del sindicalismo en el mundo, que le señalarán los pasos que han recorrido las instituciones sindicales más poderosas: sus luchas, sus errores y su aciertos para que puedan mejor orientar su propia acción. Especial atención se consagra al movimiento obrero en Chile y a su legislación sindical, ya que serán chilenos la mayoría de sus lectores.

En la historia del sindicalismo, sobre todo en América Latina, hay sin duda muchas lagunas: movimientos sindicales de importancia que son silenciados, actuaciones que habría sido necesario destacar mayormente o al contrario hacer serias reservas: ello se debe a la escasez de antecedentes.

Además de las fuentes señaladas en la bibliografía hemos procurado escribir a quienes sabíamos se interesaban por el movimiento sindical en países de los cuales teníamos menos información. A los que se han servido enviarnos antecedentes, vayan nuestros agradecimientos más sinceros: a Su Excelencia Monseñor Sanabria y Padre Herrera, de Costa Rica; al Reverendo Padre Florentino del Valle, de España; al Reverendo Padre Andrade, de Colombia; a Fernando Stieglich, el buen amigo del Perú; a los informantes de Uruguay y Ecuador. Nuestros agradecimientos muy sinceros a don Moisés Poblete Troncoso; al Presbítero Don Humberto Muñoz y al Reverendo Padre Walter Hanish, que nos han permitido hacer uso de antecedentes valiosos recogidos por ellos para mejor conocer nuestra historia sindical. También debo expresar mis agradecimientos muy sinceros al distinguido abogado y amigo Patricio Cabrera por su valiosa colaboración al redactar el capítulo “El sindicato en la legislación chilena”, y al querido amigo Andrés Santa Cruz sin cuyo abnegado concurso no habrían visto la luz pública estas notas laboriosamente reunidas.

Ojalá que este libro contribuya a realizar el voto que Benedicto XV dirigía a un apóstol del sindicalismo: facilitar la formación de sindicatos verdaderamente profesionales y animados del espíritu cristiano, que sirvan al mismo tiempo los intereses más sagrados de la clase obrera, los de la paz social y los de la Patria.

 

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