Vive contento

Extracto del capítulo diez del libro “Humanismo Social” escrito por el Padre Hurtado.

Hay algo que todos queremos unánimemente en todo el mundo: santos y pecadores, paganos y cristianos, grandes y chicos. Todos convenimos en una aspiración: La alegría; todos queremos ser felices.

Por eso, quien ha conseguido la felicidad ejerce una influencia inmensa, un poder de atracción enorme. Todos lo admiran, lo envidian, buscan su compañía, se sienten bien junto a él. En cambio, un hombre por más virtuoso que sea, si vive melancólico merecerá que se diga: Un santo triste, es un triste santo. Si vive lamentándose de todo, del tiempo, de las costumbres, de los hombres…, los hombres terminarán por alejarse de él, pues el corazón humano busca la alegría, lo positivo, el amor.

Y ¿cómo conseguir esa actitud de alegría que hay que tener en sí antes de poder comunicarla a los demás? Es necesario comenzar por salir del ambiente enfermizo de preocupaciones egoístas. Hay gente que vive triste y atormentada por recuerdos del pasado, por lo que los demás piensan de él en el presente, por lo que podrá ocurrirle en el porvenir. Viven encerrados en sí mismos y, claro está, no pueden salir. Cada idea que les viene a la mente parece hundirlos más en su pesimismo. Se parecen al que se hunde en el barro que mientras forcejea solo por salir, se hundirá más y más. Necesita tomarse de una fuerza extraña, distinta, para poder salir. Que se olviden, pues, de sí y se preocupen de los demás, de hacerles algún bien, de servirlos y los fantasmas grises irán desapareciendo. La felicidad no depende de fuera, sino de dentro.

No es lo que tenemos, ni lo que tememos, lo que nos hace felices o infelices. Es lo que pensamos de la vida. Dos personas pueden estar en el mismo sitio, haciendo lo mismo, poseyendo igual, y, con todo, sus sentimientos pueden ser profundamente diferentes.

Más aún: en los lazaretos, en los hospitales del cáncer se encuentran almas inmensamente más felices que en medio de las riquezas y en plenitud de fuerzas corporales. Una leprosa a punto de morir ciega, deshechos sus miembros por la enfermedad, escribía: “La luz me robó a mis ojos. A mi niñez su techo, mas no robó a mi pecho, la dicha ni el amor”.

La alegría no depende de fuera, sino de dentro. El católico que medita su fe, nunca puede estar triste. ¿El pasado? Pertenece a la misericordia de Dios. ¿El presente? A su buena voluntad ayudada por la gracia abundante de Cristo. ¿El porvenir? Al inmenso amor de su Padre celestial.

Para quien sabe que no se cae un cabello de nuestra cabeza sin que el Padre de los cielos, que es al propio tiempo su Padre, lo sepa ¿qué podrá entristecerlo? Como decía Santa Teresa: “Dios lo sabe todo, lo puede todo; me ama”. La gran receta para tener alegría, es vivir de fe.

Quienquiera ayudarse también de medios naturales comience por no dejarse tomar por una actitud de tristeza. Sonría aunque no quiera; y si ni eso puede, tómese los cachetes y haga el paréntesis de la sonrisa.

No basta sonreír para vivir contentos nosotros. Es necesario que creemos un clima de alegría en torno nuestro. Nuestra sonrisa franca, acogedora será también de un inmenso valor para los demás.

¿Sabes el valor de una sonrisa? No cuesta nada pero vale mucho. Enriquece al que la recibe, sin empobrecer al que la da. Se realiza en un instante y su memoria perdura para siempre. Nadie es tan rico que pueda prescindir de ella, ni tan pobre que no pueda darla. Crea alegría en casa; fomenta buena voluntad y es la marca de la amistad. Es descanso para el aburrido, aliento para el descorazonado, sol para el triste y recuerdo para el turbado. Y, con todo, no puede ser comprada, mendigada, robada, porque no existe hasta que se da. Y en el último momento de compras el vendedor está tan cansado que no puede sonreír ¿quieres tú darle una sonrisa? Porque nadie necesita tanto una sonrisa, como los que no tienen una para dar a los demás.

San Alberto Hurtado S.J.

 

Leer más Sin comentarios

Virtudes del hombre de acción

Documento redactado por el Padre Hurtado en París, en noviembre de 1947.

Transparencia

Hay que llegar a la lealtad total, a una absoluta transparencia, a vivir de tal manera que nada en mi conducta rechace el examen de los hombres, que todo pueda ser examinado. Una conciencia que aspira a esta rectitud siente en sí misma las menores desviaciones y las deplora: se concentra en sí misma, se humilla, halla la paz.

Humildad y magnanimidad

Considerarme siempre servidor de una gran obra porque mi papel es el de sirviente: no rechazar las tareas humildes: las modestas ocupaciones de administración, aun las de aseo… Muchos aspiran al tiempo tranquilo para pensar, para leer, para preparar cosas grandes, pero hay tareas que todos rechazan: que esas sean de preferencia las mías. Todo ha de ser realizado si la obra se ha de hacer. Lo que importa es hacerlo con inmenso amor. Nuestras acciones valen en función del peso de amor que ponemos en ellas.

La humildad consiste en ponerse en su verdadero sitio. Ante los hombres, no el pensar que soy el último de ellos porque no lo creo; ante Dios, en reconocer continuamente mi dependencia absoluta respecto a Él, y que todas mis superioridades frente a los demás, de Él vienen.

Ponerse en plena disponibilidad frente a su plan, frente a la obra que hay que realizar. Mi actitud ante Dios no es la de desaparecer, sino la de ofrecerse con plenitud para una colaboración total.

Humildad es por tanto, ponerse en su sitio, tomar todo su sitio, reconocerse tan inteligente, tan virtuoso, tan hábil como uno cree serlo, darse cuenta de las superioridades que uno cree tener, pero sabiéndose en absoluta dependencia ante Dios y que todo lo ha recibido para el bien común. Ese es el gran principio. Toda superioridad es para el bien común (Sto. Tomás).

No soy yo el que cuento: es la obra

No achatarme. Caminar al paso de Dios. No correr más que Dios. Fundir mi voluntad de hombre con la voluntad de Dios. Perderse en El. Todo lo que yo agrego de puramente mío, está de más; mejor: es nada. No esperar reconocimiento, pero alegrarse y agradecer los que vienen. No achicarme ante los fracasos; mirar lo que queda por hacer y saber que mañana habrá un nuevo golpe y todo esto con alegría.

Munificencia, magnificencia, magnanimidad: tres palabras casi desconocidas en nuestro tiempo. La munificencia y la magnificencia no temen el gasto para realizar grande y bello. Piensan en otra cosa que en invertir o en llenar los bolsillos de sus partidarios. El magnánimo piensa y realiza en forma digna de la humildad; ¡no se achica! Hoy se necesita tanto, porque en el mundo moderno todo está ligado. El que no piensa en grande, en función de todos los hombres, está perdido de antemano. Algunos te dirán: ¡cuidado con el orgullo…! ¿Por qué pensar tan grande? Pero no hay peligro: mientras mayor es la tarea, más chico se siente uno. Vale más tener la humildad de emprender grandes tareas con peligro de fracasar, que el orgullo de querer tener éxito achicándose.

Grandeza y recompensa del militante en el gran combate que libra: sobrepasarse siempre más en el amor… ¿El éxito? ¡¡Abandonarlo a Dios!!

Los pecados de un hombre de acción

(Para un examen de conciencia).

Creerse indispensable a Dios. No orar bastante. Perder el contacto con Dios.

Andar demasiado a prisa. Querer ir más ligero que Dios. Pactar aunque sea ligeramente con el mal para tener éxito.

No darse entero. Preferirse a la Iglesia. Estimarse en más que la obra que hay que realizar, o buscarse en la acción. Trabajar para sí mismo. Buscar su gloria. Enorgullecerse. Dejarse abatir por el fracaso. Aunque más no sea, nublarse ante las dificultades.

Emprender demasiado. Ceder a sus impulsos naturales, a sus prisas inconsideradas u orgullosas. Cesar de controlarse. Apartarse de sus principios.

Trabajar por hacer apologética y no por amor. Hacer del apostolado un negocio, aunque sea espiritual.

No esforzarse por tener una visión lo más amplia posible. No retroceder para ver el conjunto. No tener cuenta del contexto del problema.

Trabajar sin método. Improvisar por principio. No prevenir. No acabar. Racionalizar con exceso. Ser titubeante, o ahogarse en los detalles. Querer siempre tener razón. Mandarlo todo. No ser disciplinado.

Evadirse de las tareas pequeñas. Sacrificar otro a mis planes. No respetar a los demás; no dejarles iniciativa; no darles responsabilidades. Ser duro para sus asociados y para sus jefes. Despreciar a los pequeños, a los humildes y a los menos dotados. No tener gratitud.

Ser sectario. No ser acogedor. No amar a sus enemigos.

Tomar a todo el que se me opone como si fuese un enemigo. No aceptar con gusto la contradicción. Ser demoledor por una crítica injusta o vana.

Estar habitualmente triste o de mal humor. Dejarse ahogar por las preocupaciones del dinero.

No dormir bastante, no comer lo suficiente. No guardar por imprudencia y sin razón valedera la plenitud de sus fuerzas y gracias físicas.

Dejarse tomar por compensaciones… sentimentales, pereza, ensueños. No cortar su vida con períodos de calma, sus días, sus semanas, sus años…
Ilusiones y Peligros de la Acción

La acción tiene sus peligros: obrar por obrar; obrar por afirmarse; obrar para brillar; obrar para dominar.

Ver demasiado grande. Querer el éxito a toda costa. Querer ir demasiado a prisa. Perder el contacto con Dios. Sacrificar los otros a mi juego. Convertirme en político, o en hombre de negocios, o en patrón.

Saborear con el éxito, o carcomerse por los fracasos; endurecerse, creerse en el término y no querer seguir avanzando.

Abandonar el estudio, abandonar la oración, perder la humildad, convertirme en un sectario, dejar de ser apóstol, perder mi capacidad de acogida bondadosa. Dejar de mirar las cosas de lejos, o la jerarquía de valores.

Lanzarse a ciegas a una aventura, cesar de contemplar, no contar sino con los medios humanos.

Desear el poder y el apoyo de los grandes. Desear los honores. Comprometer a la Iglesia. Dejarse maniobrar; pactar con la injusticia. Parecer interesado o ambicioso… Peligros bien reales, que pueden llegar a inutilizar un apóstol. Dios se encargará de purificarlo.

Etapas de purificación

Salir de pecado. La alegría de servir, comienzos de abnegación, primeras luces de la contemplación. En la turbación dejarse conducir por un director.

Renuncia a la riqueza. Lucha contra la voluptuosidad, contra el deseo de dinero y de honores.

Renuncia a la voluntad propia. La obligación de cambiar de vida. La impotencia de obrar… No poder vivir feliz sin sufrimiento.

En su trabajo, sumisión continua al objeto; ir siempre a lo más esencial. Trabajar sin esperar reconocimiento. Aceptar el no ser comprendido. Abandono a Dios, total, del esfuerzo realizado. Rechazo de toda traición. Abandono generoso a sus hermanos. Adhesión total a la verdad. Aceptación de los fracasos. Aceptación de la soledad y del aislamiento… La marcha en la noche. Dejarse crucificar por la vida con Cristo. La fe pura.

Optar por la gloria de otro, sacrificando sus propios planes. La renuncia a toda gloria humana. La aceptación de no ser amado por lo que uno ama. El puro amor de sus hermanos. Las tinieblas purificadoras.

Se trata ciertamente de alienación, de pérdida de sí en el otro al que se substituye por amor; en el otro, en el cual se funde por amor. Pero se aliena, para ser, para ser en verdad. Es olvidándose como uno se encuentra. Es dándose como uno crece. Es ligándose que llega uno a la libertad. Este es el camino para adquirir la plenitud del ser, porque así ha perdido uno las ramas inútiles; porque así se entrega a la savia su máximun de eficacia, porque se ha vuelto uno al que es, porque uno ha abrazado su deseo, que es el deseo de lo mejor…

San Alberto Hurtado S.J.

 

Leer más Sin comentarios

Una competencia en darse

Prédica del matrimonio de José Arellano Rivas y Teresa Marín Cerda, el 24 de mayo de 1951.

Mis queridos esposos:

Quisiera tomar como tema, de las cortas palabras que quería dirigiros ahora, el augurio de la felicidad cristiana. Todo el cristianismo no es más que un mensaje de felicidad. Y si recordáis el sermón de la montaña, que juntos, sin duda, habéis leído tantas veces, encontraréis en él estas palabras hermosísimas de Cristo Nuestro Señor, con que lo inicia. Bienaventurados es la palabra que repite. [No se cansa] el Señor de repetirnos en ese sermón lo que Él viene a traer a la tierra: Bienaventuranza, paz, felicidad, alegría. ¡Ése es todo el mensaje cristiano!

Y si miramos la vida de la Iglesia, que es la realización del mensaje de Cristo, no es más que la introducción del hombre a la felicidad divina. El bautismo nos hace hijos de Dios y nos introduce en la vida divina, porque nos hace participar de esa vida de Dios; la Eucaristía, cuya fiesta celebramos hoy, no es más que la participación del alma en el Cuerpo y Sangre de Cristo para unirnos más íntimamente con Él; y todos los sacramentos tienen ese sentido: preparar el alma a la unión con Dios, fuente de toda felicidad.

¿Y en qué consiste la felicidad, mis queridos esposos? El Señor Jesús nos da la norma de la felicidad cristiana y la razón de ser de ella: la felicidad cristiana consiste en darse. Y por eso Jesús nos dice “feliz es el que da, más feliz que el que recibe” (cf. Hech 20,35). Y si miramos a Dios, fuente de toda felicidad, Dios es el que da. Miremos la vida íntima de la Santísima Trinidad: el Padre, que es fuente de todo ser y de toda alegría, da su propio ser a su Hijo, engendrándolo desde toda la eternidad, y el Padre y el Hijo, que se conocen, se dan mutuamente en un amor eterno, que es el Espíritu Santo. He ahí la fuente de toda felicidad. Y ese Dios riquísimo en su soledad, acompañado en su soledad, que es la Trinidad, todavía no se satisface con esa donación mutua de las Personas [divinas], y se resuelve a crear, y crea el mundo por amor. Y todo cuanto vemos no es más que la donación de Dios, nosotros mismos somos una donación de Dios, y el mundo entero es una donación que Dios nos da.

Y esta ley de la felicidad, mis queridos esposos, es la ley de la alegría cristiana en el matrimonio. Vais a fundar hoy día un hogar, y el Santo Padre os augura felicidad cristiana, y por eso os doy la norma consiguiente: daros, mutuamente, el uno al otro. El matrimonio cristiano es una competencia en darse.

La felicidad tiene una sola norma: darse, entrega de sí mismo. Y por eso, si en vuestra vida ocurre, lo que en toda vida humana ocurre, por más bella que sea, por más noble y más generosa, si alguna vez viene alguna nubecita a enturbiar el sol del amor, que os apresuréis a ser el primero en dar al otro el perdón, en sufrir por el otro, en orar juntos, en la noche, al caer las luces del día, recogidos en una plegaria; y los sufrimientos del día, ponerlos a los pies de Cristo, especialmente deseando la felicidad para el ser amado.

Y por eso, mis queridos esposos, en un hogar cristiano, en un hogar bendecido por la felicidad cristiana, los hijos son deseados, los hijos son pedidos, los hijos son esperados, y por los hijos desde ahora se sufre, desde ahora se acumula para ellos un tesoro, más que de bienes materiales, un tesoro de virtudes, un tesoro de gracias, un tesoro de plegarias, para que cuando ellos lleguen a este mundo se encuentren ricos, con la riqueza espiritual de sus padres. Y los hijos, por muchos que sean los que Dios quiera daros, estoy cierto, mis queridos esposos, que no van a agotar ese deseo de daros que vosotros tenéis.

Y más allá de vuestro hogar, están los que en vuestra vida de solteros tanto habéis amado, los pobres, los que sufren, los que padecen, el bien común, la patria. Empresas todas que en vuestra vida de casados no han de cesar, mis queridos esposos, sino que, al contrario, habéis de ser más fuertes y más generosos en prolongar hacia esas obras vuestros esfuerzos. No vais a estar solos ahora para trabajar sino que vais a estar acompañados; y si la tarea es difícil, y si la tarea es ingrata, y a momentos descorazonadora, tenéis ahora una nueva fuerza en vuestro mutuo amor. Una nueva fuerza la tendréis en esos hijos que han de venir también a sosteneros en esas empresas, para bien de los demás, porque les vais a legar a ellos esa tradición preciosa de una vida que no se consume egoístamente en las paredes del hogar, sino que pretende únicamente darse como Dios; os decía al principio, Dios se da, Dios es donación permanente.

Mis queridos esposos, en vuestra vida de solteros hay algo que os ha siempre animado, que sea lo mismo que os anime en vuestra vida de casados: Jesús, el ejemplo del darse. Leed juntos las páginas del Evangelio, no dejéis jamás de leerlas. Ojalá que desde vuestra primera noche de matrimonio, las leáis juntos. Esas páginas hermosas, en las cuales encontraréis el ejemplo de la vida de Dios que así amó al mundo que nos dio a su Hijo Unigénito (cf. Jn 3,16) y después, ese Hijo unigénito de Dios en la tierra, ¿qué hizo si no dar a los hombres sus palabras, darles sus ejemplos, darles su vida? Cuando no tenía más que darles, ¡les dio su propia Madre! Y antes de despedirse de nosotros, nos dejó como recuerdo supremo aquél que hoy celebra la Iglesia: la donación de su propio Cuerpo y de su propia Sangre, para que sea su propio Cuerpo y su propia Sangre el alimento espiritual de nuestras almas.

Y junto a Jesús tenéis a la Virgen, a la dulce Madre María, a aquella que preside este altar. El altar ante el cual tantas veces habéis venido juntos a recibir el Cuerpo eucarístico de Jesús. Ésta, vuestra Madre, os mira desde este altar bendito, os mira desde el cielo y os augura toda clase de bendiciones para vuestro nuevo hogar. Y por eso, Teresita, el rosario que tienes en tus manos lo desgranes cada noche junto con tu marido, y mañana juntos con vuestros hijos y con vuestra servidumbre, y ojalá con los pobres que rodeen vuestra casa. Y a la Madre del Amor hermoso, a la dulce Virgen María, cada noche cincuenta veces le digáis: “Ruega, Madre, por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte”.

Y estoy seguro, mis queridos esposos, que esos votos que por vosotros ha hecho el Santo Padre, el Padre común de nuestras almas, ya comienzan a realizarse. Porque esa felicidad cristiana que os desea, estoy cierto, que inunda vuestros corazones. Ésa revienta en vuestras almas.

Vivimos en una hora del mundo en que los hombres parece que han perdido la confianza en sí mismos, la confianza en poder ser felices; que ellos vean en vuestro hogar que la felicidad es una realidad, que la dicha es don de Dios en la tierra, que la gozan las almas de buena voluntad, como sois vosotros y como pueden serlo todos aquellos que ponen en Dios su felicidad.

 

Leer más Sin comentarios