Vida Eterna

1. Salvar el alma es, por consiguiente, la felicidad. El deseo de ser felices es en nosotros tan connatural como la respiración. Aquí no encontramos sino granitos de felicidad; allá, en el cielo, la felicidad sin sombras ni atenuaciones.

2. ¡La bienaventuranza eterna! ¡La vida eterna! ¡El cielo! Tres bellísimas expresiones del pueblo cristiano con las cuales hace profesión de su destino eterno: “Creo en la vida eterna”.

3. ¿Y yo? Ante mí la eternidad. Yo, un disparo en la eternidad. Mi existir un disparo entre dos eternidades.

4. ¡Mi vida, pues, un disparo de eternidad! No pegarme aquí, sino a través de todo mirar a la vida venidera.

5. Cuando uno piensa que tan pronto terminará lo presente, saca uno la conclusión: ser ciudadanos del cielo, no del suelo.

6. La vida nos ha sido dada para buscar a Dios. La muerte para encontrarlo. La eternidad para poseerlo.

7. ¡Vivir, pues en visión de eternidad! Cuánto importa refrescar este concepto de eternidad que nos ha de consolar tanto. La guerra, los dolores, todo pasa ¿Y luego?… Después de la breve vida de hoy, la eterna ¡Hijitos míos!

8. Si esta vida se muestra tan poco acabada, seguramente no puede ser ella la verdadera vida… Si vemos el fin de los justos tan parecido al de los malos, a veces en dolores, inconsciencia, ¿no podemos pensar: la manifestación de los hijos de Dios será después? Algún día brillará como el sol en el reino de su Padre.

9. Esta vida es el estadio en que se lucha por la otra; el campo de trabajo, en colaboración con Cristo, para preparar el día sin sombras, para gloria de Dios y de los que acepten su voluntad.

10. Pero mirada en sí, sin relación a la otra, esta vida es vanidad de vanidades.

11. No hay a nuestro alcance más que un sólo bien, el infinito.

12. …Más allá del placer gastado, de la verdad percibida, comprendemos que hay más que podríamos gozar, saborear, contemplar y que lo gozado apenas si es en consideración de lo que falta… menos de una gota de agua ante lo infinito.

 

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Sentido de la vida

1. Mi vida es pues, ¡un disparo a la eternidad! El fin del hombre: ¡la divinización de su vida! La muerte no es sino el momento de entrar en la posesión descubierta de ese Dios que velado estaba vivificando mi vida.

2. No dependo sino de Dios, del único, y nada me esclaviza. ¿Cuál es pues mi fin? No puede ser otro que Dios. Tender a Él con todo mi ser: inteligencia, amor, voluntad. Conformar mi ser a la perfección divina a la que representa. La gloria de Dios consiste en el perfeccionamiento de este yo, obra divina, entregándome del todo a Dios.

3. Nos puso en este mundo para que fuésemos santos, resplandor de su divinidad: “Para que seamos santos e inmaculados”. Sed vosotros santos… “Sed perfectos como el Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48). Y la venida de Jesús al mundo que no tuvo por objeto sino reafirmar el sentido de la creación, fortalecernos en la voluntad de realizarlo y darnos medios para ello, se resume en estas palabras: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”… “Para que nos llamemos hijos de Dios, y lo seamos de verdad”.

4. La gloria divina, palabra que hemos oído tantas veces ¿qué quiere decir?, nada más que esta realización del plan de Dios, aquí en la tierra por la participación que el hombre recibe de la divinidad por la gracia, y en el cielo, por la participación en la gloria. Este ideal de la santidad sobrenatural es la única flor que Dios quiere recoger del universo para regalarse… Es la razón de ser del mundo y de los inmensos mundos que nos rodean. La gloria de Dios es la santificación del hombre participando de la divinidad.

5. La gloria divina ha de quedar como el único ideal de todo hombre que contemple estas verdades. Éste no sólo es el valor central de nuestra vida, sino el único que merece llamarse valor absoluto. Esta gloria divina da valor a todo, aún a la más pequeña realidad ¡y sin ella los más grandes imperios y las amplias fortunas carecen de todo sentido!

6. El sentido de mi vida: La mayor gloria de Dios, sacrificando a este ideal todos los otros: honra, aplauso, corona humana, formación de un círculo en torno mío… Mi tiempo, mis iniciativas, todas empleadas hacia allá: mayor gloria de Dios. ¿En qué consiste la gloria de Dios? En la realización de su voluntad. La voluntad de Dios se manifestó por Cristo Nuestro Señor. Él predicó una doctrina en la que expuso sus quereres. Los quereres divinos respecto al hombre, lo que Cristo desea que el hombre realice. En la realización de este querer de Cristo está, pues, la gloria de Dios; en su realización la más íntegra y cabal, está la mayor gloria de Dios. Mi trabajo consistirá por tanto en ahondar este querer divino: en investigar el plan de Jesucristo respecto al mundo, a las almas, para ir con toda lealtad a realizar lo que Cristo quiere; a instaurar el ideal de Cristo.

7. Mi felicidad no consiste en otra cosa que en hacer la voluntad de Dios, con alegría o sin ella, sea cual fuere el juicio de los hombres.

8. Nuestro fin es la mayor gloria de Dios por la acción, hacer aquellas obras que sean de mayor gloria de Dios. Fin plenamente sobrenatural: nuestras obras deben proceder del amor de Dios y deben tender a unir más estrechamente las almas con Dios. Las obras que no realicen directa o indirectamente este fin no son jesuitas.

9. Salvar el alma es conocer el tesoro que oculto llevábamos en nosotros: la vida de la Trinidad, “vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23). Salvar el alma es por consiguiente la felicidad. El deseo de ser felices es en nosotros tan connatural como la respiración. Aquí no encontramos sino granitos de felicidad; allá, en el cielo, la felicidad sin sombras ni atenuaciones ¡La bienaventuranza eterna! ¡La vida eterna! ¡El cielo! Tres bellísimas expresiones del pueblo cristiano con las cuales hace profesión de su destino eterno: “Creo en la vida eterna”.

 

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Sacrificio de la Cruz

1. La vida de Cristo tiende esencialmente al sacrificio; y la vida del Cristo moderno no puede ser otra que la del Cristo histórico, y ha de tender por eso también hacia el sacrificio.

2. Las dificultades debieran ser motivo para intensificar más la vida sobrenatural a fin de tener fuerzas para cargar con una cruz que a veces se luce más pesada que la de nuestros padres.

3. Nosotros no lograremos imponer nuestra concepción cristiana de la vida sin sangre, pero a diferencia de otras ideologías nosotros no queremos sangre ajena, sino que debemos estar dispuestos a derramar la propia, si ello fuese necesario, para Cristo reine en el mundo. No es el nuestro un programa de odio, sino de amor. El odio y el amor están frente a frente: son las pasiones más fuertes, pero vencerá el amor, el amor es más fuerte que el odio, y no olvidemos que Dios es amor, y Dios está con nosotros.

4. En los momentos de mayor angustia muestra al que sufre a Cristo en cruz, que venció al mundo, al dolor y a la muerte muriendo aparentemente vencido en lo alto del madero. Al que ha perdido a un ser querido le hace vislumbrar la vida de eternidad y alegría en unión de la fuente de toda alegría que es Dios: allí veremos, descansaremos, contemplaremos, amaremos sin sombra de dudas ni temor de términos”.

5. Los fracasos conducen al apóstol hacia Cristo. Todos ellos son un eco del fracaso grande de la Cruz, cuando fariseos, saduceos y los poderes establecidos triunfaron visiblemente de Jesús. ¿No fue acaso Él vestido de blanco y de púrpura, coronado de espinas y desnudo crucificado con el título de Rey de los Judíos? Los suyos lo habían traicionado o huido. Era el hundimiento de su obra y en ese mismo momento Jesús comenzaba su triunfo. Aceptando la muerte, Jesús la dominaba. Al dejarse elevar sobre la cruz, elevaba la humanidad hasta el Padre, realizaba su vocación y cumplía su oficio de Salvador. En esa línea van también nuestros fracasos…”.

6. Los fracasos de que no somos responsables son el eco de la crucifixión de Cristo en nosotros. Nos hacen semejantes en nuestra alma espiritual y en nuestra sensibilidad a Cristo. Los otros fracasos, los que hemos merecido por imprevisión, por precipitación, por mediocridad o por orgullo, lejos de abatirnos deben estimularnos. Y como Cristo fue objetivo, fuerte, perseverante, magnánimo, así también nosotros. Esta reflexión, prudencia, fuerza que nos faltaba nos la enseñarán nuestros fracasos que nos harán así semejantes a Cristo.

7. Un alma permanece superficial mientras que no ha sufrido. En el misterio de Cristo existen profundidades divinas donde no penetran por afinidad sino las almas crucificadas. La auténtica santidad se consuma siempre en la cruz.

8. La última palabra de la doctrina de Cristo se la recibe cuando uno se decide a poner sus pasos tras los pasos de Jesús condenado a muerte y marchando inocente al suplicio (…) Cristo reinó desde la cruz. Desde la cruz venció el pecado, la muerte, el infierno. El reino de Cristo se fundó en el Calvario y se mantiene sobre todo en la prolongación del Calvario que es la Eucaristía (…).

9. Considera los dolores y Pasión del Señor para tener fuerzas para una donación total que (es) la que exige de cada uno de nosotros: Cristo por mí dejó su bienestar material y humano: nació pobre. Señor, qué vergüenza me da, cómo sufres Tú por mí, y yo sigo con mis comodidades…

10. La muerte para el cristiano es el momento de hallar a Dios, a Dios a quien ha buscado durante toda su vida. Es el encuentro del hijo con el Padre; es la inteligencia que halla la suprema verdad, la inteligencia que se apodera del sumo bien. En la Gloria lo veremos a Él cara a cara, a nuestra Madre la Virgen María, a los Santos; hallaremos a nuestros padres, parientes y a aquellos seres cuya partida nos precedió.

 

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