Centrar la vida para una santidad

Columna editorial de Renato Poblete SJ, ex secretario Ejecutivo de la Fundación Padre Hurtado, enviada a los medios con motivo del celebrar el tercer aniversario de la canonización de San Alberto Hurtado en octubre de 2008.

Estamos cercanos a celebrar el Tercer aniversario de la canonización de nuestro Padre Hurtado y quisiera a través de esta editorial invitarlos a reflexionar sobre centrar nuestras vidas hoy en día para obrar en santidad; pero lo quiero hacer a través de sus propias palabras.

“En nuestra época hay muchos que tienen una concepción bien definida de la vida y que viven en conformidad a esa concepción, por más errónea que ella sea, pero ante sus conciencias es la única que vale; y estos hombres, por más grave que sea su error merecen todo el respeto de la humanidad. Son caballeros de la verdad subjetiva, son consecuentes consigo mismo, tienen una hermosa virtud: la sinceridad, la lealtad.

Hay también otro grupo de hombres plenamente convencidos de su causa, que han centrado su vida. Los santos; los santos con mayúscula que están en los altares y los innumerables santos anónimos, que podríamos llamar santos con minúscula, que se debaten en la vida cotidiana contra el mal que los cerca y realizan su vida en la pureza y en la caridad. Santos, o si queremos para no espantar con la palabra, cristianos simplemente, católicos integrales los hay en todas las condiciones, edades, situaciones, regiones.

Otros hay que no tienen centrada su vida, que no han definido propiamente su posición. Son hombres que hablan del cielo y piensan en el suelo; hombres que profesan una fe con la palabra y una vida diferente con los actos o que reducen su fe a las raras actuaciones religiosas del año, o del día si se quiere, pero que el resto de su vida actúan en disconformidad con esa fe. Son los burgueses del espíritu… los que quieren gozar aquí y allá; no renuncian al cielo, pero con tal que les dejen poseer la tierra. Son los hombres que no tienen el valor de mirar la verdad y sacar sus consecuencias…

¿Qué les falta a estos hombres para tener centrada su vida? Fe y carácter. Más luz en la inteligencia; más fuerza en la voluntad… No les falta gracia, porque ésta se derrama con abundancia excesiva sobre todos nosotros pero es necesario que le abramos las puertas del alma ya que “con gran respeto nos trata el Señor” y solicita nuestro concurso hasta para que admitamos sus dones.

El primer elemento para centrar una vida es: ver, y casi anterior a éste, querer ver, ya que se trata de una certeza libre. Muchas veces no vemos porque no queremos ver y no hay peor ciego que el que no quiere ver. La luz de la verdad requiere que le abramos bien amplias las puertas del alma, que quitemos los obstáculos conscientes e inconscientes, las complicidades de nuestro amor propio, que hagamos a un lado los temores de lo que tendríamos que dejar, de lo que deberíamos abrazar… y ¡hay tan pocos hombres que tengan el valor de mirar de frente estas verdades y sacar todas sus consecuencias!

Sin un ideal claramente visto es imposible construir una vida humana de verdadero valer, ya que toda acción no es más que la proyección de un ideal. De la naturaleza de mi ideal dependerá el carácter de mi obrar. Y en nuestro siglo de agitación y de ruido los grandes ideales no brillan: se confunden con las miles lucecitas que se encienden artificialmente todos los días. No se niega el gran ideal, pero no se lo toma más en serio que otra aspiración cualquiera que es necesario satisfacer. En otras palabras el ideal central a dejado de ser central; no hay el valor de negarlo, pero no hay tampoco el valor de sacrificarle los ideales que se le oponen, y viene a resultar el servicio de dos, o de múltiples señores a la vez”.

Sin duda que estas palabras que San Alberto Hurtado expresó hace más de 60 años siguen teniendo plena vigencia. Ideales claros, consecuentes, fe, carácter, voluntad son elementos esenciales que a los hombres de hoy nos pueden ayudar para ser cristianos, católicos integrales o santos sin estar necesariamente en los altares como él nos decía.

 

 

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