Defensor de la dignidad humana

Artículo escrito por Jorge Costadoat S.J. que destaca la lucha del Padre Hurtado por la dignidad de las personas.

¿Hay personas más dignas que otras? Parece que sí: a las personas famosas se los trata con reverencia; mientras unos esperan su turno a otros se les permite “saltarse la cola”; algunos hombres creen que tienen derecho a pegarle a su mujer; los ancianos son mirados en menos… Pero, que la sociedad funcione así no significa que deba ser así.

Para el Padre Hurtado cualquier hombre o mujer tiene una dignidad superior, la dignidad de ser “hijo de Dios”, porque Dios ha amado a toda persona de un modo singular. Decía: “¡Nada como la religión da al hombre conciencia de su dignidad y le revela los valores que están ocultos en él!”. No hay personas más dignas que otras. Todos somos igualmente dignos de amor y de justicia. Alberto Hurtado quería que a cada uno se diera un trato digno y que, a su vez, cada cual viviera de acuerdo a su dignidad, haciendo valer sus derechos y llevando una vida virtuosa y no viciosa.

¿De dónde sacó el P. Hurtado esta manera de pensar? La Iglesia ha trasmitido hace dos mil años la predilección de Jesús por las personas despreciadas. Jesús nos ha enseñado que Dios ama a los pobres y a los pecadores. Dios ama y dignifica a los humildes, a los que no tienen razones para despreciar a los demás, pero sí razones para proclamar la misericordia divina y para ponerla en práctica.

El P. Hurtado desafió a los jóvenes a vivir conforme a su dignidad, sirviendo a grandes ideales, en vez de desperdiciar la vida en fiestas y libertinaje. Consideró la pobreza indigna de la humanidad e hizo lo todo posible por superarla. Sobre todo, luchó por la dignificación de los obreros, el reconocimiento de la dignidad de todo trabajo humano y de las organizaciones sindicales. Llamó a los cristianos a disputarle al marxismo la causa de la justicia popular, mediante la construcción de una sociedad que “eleve al hombre” y que “satisfaga sus aspiraciones de justicia, de vida humana, de dignidad”.

Poco después de la Segunda Guerra mundial, el P. Hurtado lamentaba los crímenes cometidos. Decía: “De indignos de vivir se ha calificado a millones de ancianos, a enemigos políticos, a hombres de raza diferente ahogados en cámaras de gases, muertos de hambre, expuestos a torturas que Dante no concibió posibles en su infierno”. Y llamaba a los chilenos a estar alerta: “Países como el nuestro que no tienen sus manos manchadas con esos crímenes ¿podrán permanecer tranquilos?”.

Esta última advertencia del Padre Hurtado nos interpela: ¿qué hemos hecho, qué hicimos los cristianos desde entonces para evitar los atropellos a la dignidad humana? ¿Qué debemos hacer hoy para que nuestros compatriotas sean tratados con respeto?

 

 

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