Dos sentidos que hacen falta

Extracto del capítulo siete del libro “Humanismo Social” escrito por el Padre Hurtado.

El sentido social

Cada cual tiene una obligación social bien definida según sus condiciones personales, su cultura, su riqueza, su talento, pero para que se resuelva a actuar conforme a su misión es necesario que despierte previamente su sentido social.

Algunos no creen en la existencia de un sentido social y aun se burlan de su nombre. ¿No hay acaso sólo cinco sentidos? Fisiológicamente sí, pero psicológicamente, no. Hay un sentido cristiano que nos mueve a la santidad y nos pone en condiciones de percibir el error y descubrir la verdad en materias religiosas; hay un sentido moral que nos lleva a reaccionar espontáneamente ante el bien y ante el mal moral. Hay sentido artístico, sentido musical, sentido social…

El sentido social es aquella cualidad que nos mueve a interesarnos por los demás, a ayudarlos en sus necesidades, a cuidar de los intereses comunes. Si ensayamos una definición más cabal, podemos decir que es aquella aptitud para percibir y ejecutar prontamente, como por instinto, en las situaciones concretas en que nos encontramos, aquello que sirve mejor al bien común.

Quien tiene sentido social comprende perfectamente que todas sus acciones repercuten en los demás hombres, que les producen alegría y dolor y comprende, por tanto, el valor solemne del menor de sus actos. Santo Tomás llega a decir que todo desfallecimiento en cualquier virtud hiere en alguna manera la justicia social. Por consiguiente toda falta, aunque sea secreta, repercute en el cuerpo social, afecta a los demás.

El hombre con sentido social no espera que se presenten ocasiones extraordinarias para actuar. Todas las situaciones son importantes para él, pues repercuten en sus hermanos. Por eso cede espontáneamente el asiento en un bus; toma para sí el sitio más incómodo; no arroja los papeles en la calle; adivina el dolor que se oculta bajo los harapos y aún el que está todavía más encubierto; simpatiza con el empleado condenado a sonreír perpetuamente y a quien incomoda lo menos posible; a pesar de su pobreza sabe encontrar medios para hacer la caridad…

En cambio, quien no tiene sentido social actúa siguiendo la ley de su capricho, buscando siempre el menor esfuerzo aunque haya de molestar a los demás en los cuales no piensa. Por eso naturalmente tira al suelo los papeles sucios, colillas de cigarros aun en una oficina, hace sonar inmoderadamente la bocina del automóvil; arroja un objeto al alcantarillado aunque para deshacer el desperfecto haya de bajar un obrero a veces con riesgo de su vida; si va a una tienda hará perder tiempo al vendedor removiendo todos los objetos aunque esté resuelto a no comprar nada; si compra algo pide que le manden, y, con suma urgencia, el paquete aunque pueda él llevarlo sin dificultad. Mientras los otros descansan él habla en voz alta, si pasa por una puerta la deja abierta, si suena el teléfono lo deja sonar hasta que otro vaya a atenderlo. Sus conversaciones son siempre de sí mismo, sin interesarse en las cosas de los demás. En todo hallará “el pero”, o el lado débil de la conducta de los otros. Estas frases las dirá con frecuencia: ¡Eso no me importa!, o bien: Esto sólo me importa a mí; o aún: ¿Quién me lo ha encargado?; Esto le toca a él: ¡que se las arregle! Estas y otras mil manifestaciones triviales, a las que un hombre poco observador no da importancia, denotan a las claras la ausencia del sentido social.

Esta falta de solidaridad humana comienza a verse desde el colegio en el espíritu de broma ininterrumpida que hiere a los profesores y molesta a los compañeros. Si algunos menos inteligentes que él pierden el curso y el dinero penosamente reunido por sus padres, como consecuencia de la tanda que él organiza en la clase ¿qué importa?, ¿para qué es tonto? Esta ausencia de sentido social se nota también en las frases duras, poco delicadas con que un muchacho señala los defectos de los demás, en las alusiones burlescas a su pobreza, a sus faltas naturales, a su incapacidad para el estudio. Cuando algo se distribuye, el primero y el segundo y el tercero en pedir es él. Cuando hay un trabajo que hacer es él el primero en no oír y si es necesario en desaparecer. Muestras reveladoras de esta ausencia de espíritu social son esos letreros en las clases, en las paredes de las casas, hasta en los monumentos afeados definitivamente. En fin, las demostraciones del espíritu antisocial son innumerables y revelan un alma en la cual la caridad está en crisis.

Y esta crisis del sentido social es especialmente grave en nuestra época. Siempre ha sido seria; ha disminuido en las épocas de gran fervor religioso, pero vuelve a agudizarse tan pronto disminuye la fe en la solidaridad sobrenatural de los hombres, como está sucediendo en nuestros días.

Venimos saliendo de la guerra más cruel de la historia en la que millones de hombres han encontrado la muerte, no sólo en los campos de batalla, sino en lo que revela una degeneración insospechada en horrendos campos de concentración.

De “indignos de vivir” se ha calificado a millones de ancianos, a enemigos políticos, a hombre de raza diferente, ahogados en cámaras de gases, muertos de hambre, expuestos a torturas que Dante no concibió posibles en su infierno. Y lo que da más que pensar es que estos crímenes han sido cometidos con premeditación, a sabiendas de todo un pueblo -de muchos pueblos- sin protestar, sin sanción gubernativa, más aún con expresa aprobación en muchos casos… El empleo de armas de destrucción como las bombas voladoras y la bomba atómica, que aniquilan regiones y hacen extensivos los horrores de la guerra a poblaciones enteras, haciendo imposible la vida, demuestran un triunfo técnico, pero una horrenda degeneración moral en la manera de concebir las relaciones humanas. Al ver los crímenes de nuestra época se nos revelan con toda fuerza los bajos fondos del espíritu humano que la cultura no ha logrado borrar, y que demuestran ahora de qué es capaz un hombre sin control superior. Países como el nuestro que no tienen sus manos manchadas con esos crímenes ¿podrán permanecer tranquilos? ¿Podrán pensar que poseen un tipo de hombre superior? El pensamiento de San Agustín viene a nuestro espíritu: no hay pecado que haya cometido un hombre que no lo pueda cometer yo también.

El hombre del siglo XX cuando pierde su contacto vital con la divinidad es una fiera devoradora. En cada uno de nosotros ruge esa fiera y si las condiciones de ambiente son propicias, muchos de ellos demostrarán sus instintos sanguinarios.

Las manifestaciones cotidianas de la falta de sentido social, no van manchadas con sangre, pero sí de falta de justicia, de respeto, de delicadeza. No destruyen un pueblo pero le impiden tener el grado de bienestar a que tiene derecho. A veces no son faltas contra la justicia, pero sí contra la caridad; no quitan, pero tampoco dan; no matan ni roban, pero tampoco aman ni sirven.

El hondo problema social de nuestros días ¿se resuelve por vía pacífica? Los que tienen ¿están resueltos a ceder parte de sus privilegios para que los que no tienen posean algo? ¿Están dispuestos antes que estalle la revuelta, o antes que urja la ley a anticiparse por amor a lo que después deberán abandonar por la fuerza?

Los políticos ¿se preocupan con sinceridad del bienestar del país? ¿Juzgan con sinceridad y benevolencia al adversario, le tienden la mano, dan el primer paso, aun a riesgo de un desaire, para hacer Patria? Quien lea la prensa cotidiana podrá juzgar…

Los profesionales y la juventud estudiosa ¿se inclinan al pueblo, se acercan para conocer sus problemas? ¿Organizan una cruzada de educación y de cultura? ¿Estudian cómo abaratar la vida, cómo crear nuevas riquezas, cómo servir con más eficiencia y a menos costo, pensando que una profesión más que un medio de lucro es un servicio?

La juventud en general ¿se da al estudio, a su formación honda, seria, alegre, o está minada por una vida social hueca, prematura, exagerada?

Al hacernos estas preguntas constatamos con evidencia que falta sentido social, la condición primera de toda reforma…

El sentido de responsabilidad

Otro de los rasgos salientes de nuestra época es la falta de responsabilidad que se ve en nuestros días. La impresión general que produce la joven generación contemporánea es la de no tomar nada en serio, la de no cuidarse de guardar la palabra empeñada, ni de proseguir las obras comenzadas. Los ejemplos que podríamos citar son innumerables. Jóvenes que toman a su cargo una obra, la protección de una familia pobre, un apostolado determinado, y por la más mínima dificultad desisten con toda naturalidad de lo comenzado sin detenerse a pensar en las consecuencias que su actitud acarreará para los demás. Se inscriben en la Acción Católica, comienzan a asistir a la reuniones, pero por el más mínimo motivo dejan de seguir concurriendo… Ofrecen su cuota, pero el día menos pensado dejan de pagarla “porque sí”. La puntualidad no la conocen muchos. No han reflexionado sobre el valor del tiempo para los demás, sobre el respeto que deben a sus semejantes a quienes no debieran exponerlos a perder ni siquiera un minuto.

No se valoriza cada cosa por su aspecto intrínseco y, por lo tanto, no se le da el sitio que le corresponde en una jerarquía de valores bien ordenada. Se encarga a un joven la preparación de un círculo de estudios, y no lo prepara o lo hace superficialmente para salir del paso. ¿Cuántos se dan cuenta que este tema tal vez no lo oirán más sus compañeros; que quizás se alejarán de esa actividad al sentirse defraudados en sus esperanzas de formación o de apostolado? Y el fracaso de una obra a la que han ofrecido su actividad no parece preocuparlos mayormente ni les hace perder un momento de sueño ni la olímpica paz de su espíritu.

La vida religiosa es también tomada superficialmente. Se la concibe como un conjunto de prácticas que hay que hacer ritualmente, más que como una donación entera de la persona a Dios, como un ponerse en sus manos para realizar el doble mandato de amor a Dios y amor al prójimo. La moral se ha convertido para muchos no en una vida entregada en manos del Creador, sino en una casuística que les permita moverse con libertad. De aquí el rehuir las responsabilidades que a cada uno incumben en la sociedad religiosa y civil en que cada uno vive.

El sentimiento se despierta con facilidad, pero ¡cuán a flor de tierra! Emoción pasajera que no mueve una vida. En los grandes dolores ¡cuán poca reflexión! La horrible guerra que nos acaba de azotar fue para muchos más la ocasión de mostrar sus simpatías intransigentes por uno de los bandos en lucha que un problema humano trágico que debía conmovernos hasta lo más íntimo del ser. En la tragedia del terremoto de 1939, todavía tan presente en nuestro espíritu, fue profundamente significativa la actitud de muchos jóvenes que partieron generosamente para el lugar de la catástrofe, pero al ver la realidad de lo ocurrido y lo que se esperaba de ellos se contentaron con pasearse como turistas, sacar unas fotografías de las ruinas y volverse a contar sus impresiones del terremoto.

Las conversaciones corrientes son un reflejo de esta superficialidad que denota una falta absoluta de responsabilidad: fiestas, diversiones, pelambres, escándalos, algún chiste son el elemento ordinario de la mayor parte de las conversiones que traducen una trágica ligereza.

La vida cívica no es concebida en forma más consciente. La juventud moderna se apasiona mucho más por la política inmediata que por el trabajo más oscuro, más sacrificado, más lento de una formación profesional seria y la adquisición de conocimientos sistemáticos de historia, sociología y demás ciencias, que la capacitarían para ejercer una influencia profunda en el futuro. Entre los movimientos ideológicos que la solicitan prefiere los más extremos, los que hieren más fuertemente su emotividad; y debido a esa misma ligereza de formación, de la cual al menos globalmente se da cuenta nuestra juventud, prefiere sentirse masa, ser gobernada y dirigida, dejando a otros el trabajo de pensar y de dirigir.

La falta de síntesis ideológica de la juventud moderna hace que aborde la vida sin una orientación definida. Con mucha frecuencia no sabe un joven al terminar sus humanidades qué carrera ha de seguir, o se determina por motivos completamente secundarios, circunstanciales, que no debieron haber sido los móviles de su conducta.

Aburguesamiento de la juventud; instalación de lleno en el ambiente de este mundo y pérdida total, de parte de muchos, de la visión de la eternidad en la vida y consiguientemente ansia de placer desmedida. Se ha olvidado que ella ha sido hecha no para el placer, sino para el heroísmo. Quiere evitar todas las molestias de la acción. El amor gigantesco de un Francisco de Asís y de un Javier que lo renuncian todo por Cristo, el celo de San Pablo que aspira incluso a ser anatema por ganar sus hermanos para Jesús, está muy lejos de ser siquiera comprendido por el espíritu de la mayor parte de nuestros contemporáneos.

La inconstancia en el bien comenzado es consecuencia natural de esta actitud espiritual. Como no hay arraigo ideológico suficiente, falta el espíritu de sacrificio para hacer frente a los compromisos en los días malos y difíciles y de ahí viene a ser que es la gana, la que determina la conducta. Si hay gana se acude; si no hay gana, no se acude y se abandona la obra, como trágicamente lo estamos comprobando todos los días.
Formar hombres responsables

Hay, pues, que crear el culto de la responsabilidad. Hacer consciente a cada joven y aún a cada niño, que es una persona, que en sus manos hay latente un inmenso poder, para el bien como para el mal, que así como los átomos microscópicos son capaces de esa tremenda energía cuando se la logra desencadenar, así ellos también son potenciales de felicidad ajena, de resurrección nacional. ¡Responsabilidad! ¡Responsabilidad! ¡Responsabilidad! Es una palabra que los educadores han de predicar en todos los tonos y en todos los momentos a los educandos. No cumplen ellos su responsabilidad si no dan responsabilidades. No merecen respeto, si no respetan a los menores; no son de fiar, si no aprenden a fiarse. No deben dirigir si no enseñan a dirigir, si no van entregando gradualmente la responsabilidad de sus acciones a aquellos que la han de tener toda la vida. Es una horrenda tragedia para un joven encontrarse de repente con su destino en sus manos, sin haber hecho nunca antes la experiencia de su propio gobierno; encontrarse en un momento frente a responsabilidades sin haber tenido nunca ocasión de actuar frente a los demás.

Es más fácil gobernar a los niños como autómatas, imponerles una conducta y una sanción si no la cumplen, pero esa no es preparación para la vida. Dar responsabilidades supone exponerse de antemano a irresponsabilidades. Las primeras experiencias de la libertad llevan a abusos de la libertad. Esto debe preverlo el educador, para que no se amargue cuando lleguen esas realidades que a tantos desconciertan. No constituyen un fracaso. El gran fracaso es por miedo a los fracasos no poner al niño en posibilidad de éxito o de fracaso. Ayúdelo a hacer recto uso de su libertad pero no la suprima.

Una cruzada nacional se impone para cambiar el rumbo de nuestra enseñanza libresca, enciclopédica, en una formación que prepare más para la vida, que dé más sitio al desarrollo de la personalidad…

San Alberto Hurtado S.J.

Comentarios Facebook

"Trackback" Enlace desde tu web.

Deja un comentario

Debes iniciar sesión para dejar un comentario.