El amor al prójimo

Discurso pronunciado por el Padre Hurtado a 10.000 jóvenes de la Acción Católica en 1943.

Quisiera aprovechar estos breves momentos señalando el fundamento más íntimo de nuestra responsabilidad que es nuestra carácter de católicos. Jóvenes tienen que preocuparse de sus hermanos, de su Patria (que es el grupo de hermanos unidos por los vínculos de sangre, lengua, tierra), porque ser católico equivale a ser sociales. No por miedo a algo que perder, no por temor de persecuciones, no por ser anti algunos, sino que porque son católicos deben ser sociales. Esto es sentir en ustedes el dolor humano y procurar solucionarlo.

Un cristiano sin una preocupación intensa de amar, es como un agricultor despreocupado de la tierra, un marinero desinteresado del mar, un músico que no se cuida de la armonía. ¡Si el cristianismo es la religión del amor! Ya lo había dicho Cristo Nuestro Señor: El primer mandamiento de la ley es amarás al Señor tu Dios, con todo tú corazón, con toda tú mente, con todas tus fuerzas; y añade inmediatamente: y el segundo es semejante al primero, es amarás a tu prójimo como a ti mismo, por amor a Dios.

En este amor a nuestros hermanos que nos exige el Maestro nos precedió él. Por amor nos creó; por amor el Hijo de Dios se hizo hombre, para hacernos a nosotros hijos de Dios. Cristo ha querido ser el primogénito de una multitud de hermanos a quienes hace participantes de su naturaleza divina y con quienes quiere compartir su propia vida divina. Desde la Encarnación y por la Encarnación los hombres están unidos a Cristo, llamados a ser uno con Él. De esta unión no está excluido ningún viviente que si no está unido a Cristo puede estarlo.

Es necesario, pues, aceptar la Encarnación con todas sus consecuencias, extendiendo el don de nuestro amor no sólo a Jesucristo, sino también a todo los hombres. Y este es un punto básico del cristianismo: desamparar al menor de nuestros hermanos es desamparar a Cristo mismo; aliviar a cualquiera de ellos es aliviar a Cristo en persona. Cuando hieren unos de mis miembros a mí me hieren; del mismo modo tocar a unos de los hombres es tocar al mismo Cristo. Por esto nos dijo Cristo que todo el bien o todo el mal que hiciéramos al menor de los hombres a Él lo hacíamos. La buena nueva, es, pues, la unión de la humanidad entera con Cristo. Luego, no amar a los que pertenecen o pueden pertenecer a Cristo por la gracia es no aceptar y no amar al propio Jesucristo. Cristo se ha hecho nuestro prójimo, o mejor nuestro prójimo es Cristo que se presenta bajo tal o cual forma, paciente en los enfermos, necesitado en los menesterosos, prisionero en los encarcelados, triste en los que lloran. Si no lo vemos es porque nuestra fe es tibia.

Pero separar el prójimo de Cristo es separar la luz de la luz. El que ama a Cristo está obligado a amar al prójimo con todo su corazón, con toda su mente, con todas sus fuerzas. En Cristo todos somos uno. En Él no debe haber ni pobres ni ricos, ni judíos ni gentiles. Nuestro grito es hombres todos de la tierra, ingleses y alemanes, italianos, norteamericanos, judíos, japoneses, chilenos y peruanos reconozcamos que somos uno en Cristo y que nos debemos no el odio, sino que el amor que el propio cuerpo tiene a sí mismo. Qué se acaben en la familia cristiana los odios, prejuicios y luchas, y que suceda un inmenso amor fundado en la gran virtud de la justicia, de la justicia primero, de la justicia enseguida, luego aún de la justicia, y superadas las asperezas del derecho por una inmensa efusión de caridad.

No busquen la propia comodidad sino la justicia y el amor, nuestra sincera ambición debe ser constituir una gran familia; que la tierra y los bienes sirvan eficazmente a las necesidades de la colectividad, al bien común de los hermanos hijos de un mismo Padre, Dios, y de una misma Madre la Iglesia. Los egoísmos superados por la caridad. Y no sólo el no hacerse daño, sino el amor lleno de respeto, de cortesía, de delicadeza que hace bella la vida; el vínculo de la amistad, lo que no puede decirse más: la fraternidad con todas las delicadezas de hermanos.

Los que militan en bandos distintos, los que piensan diferente en los problemas humanos que, como hermanos se respeten. El católico no ve enemigos irreconciliables en los que piensan distinto de él, menos aún si son también cristianos ve hermanos, que en lo contingente, en lo opinable piensa diferentemente y recuerda la gran máxima de San Agustín: en lo esencial la unidad, en lo dudoso, la libertad y por encima de todo: la caridad, la caridad de Cristo que sabe respetar, sabe deponer prejuicios, sabe ceder de lo propio cuando lo pide el bien común, o lo solicita la Iglesia.

Este es el cristianismo auténtico que nos enseñó Jesús, el gran Buen Samaritano que tomó en su cuerpo y en su alma los dolores del mundo enfermo y no dejó dolor sin aliviar, menos los propios. Para todos los demás tuvo palabras de amor y realidades. Pero esta comprensión ¿se habrá borrado del alma de los cristianos? ¿Por qué se nos echa en cara que no practicamos la doctrina del Maestro, que tenemos magníficas encíclicas pero no las realizamos? Sin poder sino rozar este tema me atrevería a decir lo siguiente: porque el cristianismo de muchos de nosotros es superficial. Estamos en el siglo de los recodos, no de sabiduría, ni de bondad, sino de ligereza y superficialidad. Esta superficialidad ataca la formación cristiana seria y profunda sin la cual no hay abnegación. ¿Cómo va a sacrificarse alguien si no ve él por qué de su sacrificio? Si queremos pues, un cristianismo de caridad, el único cristianismo auténtico, más formación, más formación seria se impone. Los cristianos de este siglo no son menos buenos que los de otros siglos, y en algunos aspectos superiores, pero el mal endémico es el de la superficialidad, el de una horrible superficialidad. Cuando hay fe, el gesto cristiano es el gesto amplio que comienza por mirar la justicia, toda la justicia, y todavía la supera una inmensa caridad.

En el fondo de cada uno de nosotros hay un inmenso egoísmo y lo único que nos puede dar certeza y alegría para superarlo es nuestra fe. Todo lo que debilita la fe, debilita a la Patria. Con humilde entereza, con inmenso reconocimiento a Cristo que depositó en nuestras almas el tesoro de verdad, pero con decisión inquebrantable hemos de ocupar el puesto que Dios y la Patria nos señalan. No hacerlo sería crimen contra Dios y contra Chile. Y como cada momento tiene su característica ideológica es sumamente consolador recordar lo específico de nuestro tiempo: el despertar más vivo de nuestra conciencia social, las aplicaciones de nuestra fe a los problemas del momento. La caridad de Cristo nos urge a trabajar con toda el alma, porque cada día Chile sea más profundamente de Cristo.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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