El apóstol

Posiblemente texto preliminar del Padre Hurtado sobre la generosidad apostólica, en los Ejercicios Espirituales del Clero de Temuco, entre el 11 y 16 de enero de 1942.

  1. El apóstol ya no se pertenece

“Ya no sois vuestros” (cf. 1Cor 6,19–20). El apóstol ya no se pertenece más. Se vendió, se entregó a su Maestro. Para él vive, para él trabaja, por él sufre. El punto de vista del Maestro viene a ser el importante. Mis preocupaciones, mis intereses dejan lugar a los intereses del Maestro.

¿Qué trabajo escoger? No el que el gusto, el capricho, la utilidad o la comodidad me indiquen, sino aquel en el que pueda servir mejor. El servicio más urgente, el más útil, el más considerable, el más universal. ¡El del Maestro!

¿Con qué actitud? Se trabaja tanto si gusta como si disgusta, a mí y a los otros. Es el servicio de Vuestra Majestad. Debe proseguirse, extenderse, abandonarse, pero no por ambición humana, necesidad de acción, o conquista de influencia, sino porque es la obra del Maestro. Hacer lo que Él haría.

A esta obra se subordina todo, incluso la salud, la alegría espiritual, el reposo y el triunfo. Según lo de San Pablo: «”Me encuentro apretado por ambos lados: tengo deseo de verme libre de las ataduras de este cuerpo y estar con Cristo, lo cual es sin comparación mejor; pero el quedarme en esta vida es necesario para vosotros. Convencido de esto, entiendo que permaneceré todavía y me quedaré con vosotros” (Flp 1,23).

Es un trabajo amoroso, no de esclavo. No se queja, sino que se alegra de darse, como la madre por su hijo enfermo. Es un don total a la obra del Maestro que se abraza con cariño, de manera que llega a ser más sacrificio no sacrificarse: Ama su dolor.

         2. La paz apostólica

El mundo procura darnos la paz por la ausencia de todos los males sensibles y la reunión de todos los placeres. La paz que Jesús promete a sus discípulos es distinta. Se funda no en la ausencia de todo sufrimiento y de toda preocupación, sino en la ausencia de toda división interior profunda; se basa en la unidad de nuestra actitud hacia Dios, hacia nosotros, y hacia los demás.

Esta es la paz en el trabajo–sin–descanso: Mi Padre trabaja sin descanso. Yo también trabajaré (cf. Jn 5,17). El verdadero trabajo de Dios, que consiste en dar la vida y conservarla, atraer cada ser hacia su propio bien, no cesa, ni puede cesar. Así, los que de veras están asociados al trabajo divino no pueden descansar jamás, porque nada es servil en este trabajo. Un apóstol trabaja cuando duerme, cuando descansa, cuando se distrae… Todo eso es santo, es apostolado, es colaboración al plan divino.

La paz cristiana está fundada sobre esta unificación de todas nuestras potencias de trabajo y de resistencia, de todos nuestros deseos y ambiciones… El que en principio está así unificado y que poco a poco lleva a la práctica esta unificación, este tiene la paz.

         3. El celo de Pablo

El apóstol es un mártir o queda estéril. Procurar al predicar el celo, la abnegación, el heroísmo, que sean virtudes cristianas que nazcan del ejemplo y doctrina de Cristo. El celo de las almas es una pasión ardiente. Se basa en el amor; es su aspecto conquistador y agresivo, y cuando se toca al ser amado, se le toca a él. Así Pablo: «estoy crucificado con Cristo» (Gál 2,19), se pone furioso cuando se toca la fe de sus Gálatas… porque él está identificado con Cristo: tocar esa fe, es tocarlo a él. “No vivo yo, es Cristo quien vive en mí. O si yo vivo todavía en la carne, yo vivo en la fe al Hijo de Dios, que me ha amado y se ha entregado por mí” (Gál 2,20). No se toca a Cristo, sino pasando por Pablo.

A los Filipenses les cuenta cómo no le importa que otros prediquen a Cristo aunque sea por envidia a él. Lo que importa es que Cristo sea glorificado (Flp 1,15–18). Lo único que no tolera que le toquen es Cristo “para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia” (Flp 1,21). Lo demás no le importa, desasimiento total: “¿Cuál es mi recompensa? Predicar el Evangelio, sin ocasionar ningún gasto… Me hice todo para todos, por salvarlos a todos” (cf. 1Co 9,18ss).

En la acción no tenemos que ser nosotros mismos la intención final: hacernos estimar por nosotros, ni hacernos servir, ni engrandecer nuestra persona, ni interponernos entre Dios, Nuestro Señor Jesucristo, y las almas, o querer forzarlas a pasar por nosotros, guardarlas con nosotros, aun cuando un tiempo les fuimos útiles, indispensables, providenciales… Ni trabajar por agradar a los hombres (cf. Gál 1,10); pero en esto no hay que ser demasiado escrupuloso… sino que purificar su intención: “¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra?” (Sal 72,25). Hacer con gusto lo que no gusta o me gusta menos…

Entonces, ¿soy yo un esclavo? Sí, pero de Cristo. Y esto es el mayor bien y la mayor dulzura de nuestra vida. Pero para esto se necesita vocación: “Escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1Co 1,23–24).

 

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