El Dios de los que sufren

En un artículo publicado en revista Mensaje (marzo-abril2018) Pablo Concha SJ nos habla desde su experiencia, al acompañar a personas en situación de calle, indigentes, enfermos y afligidos en el Santuario del Padre Hurtado. A través de ellos nos transmite significativos testimonios de fe. Les ofrecemos un extracto y el link al artículo completo.

Estas líneas no quieren ni justificar la experiencia de fe de nadie, ni probar la existencia de esta a través de argumentos racionales. Quieren ser un reconocimiento de la experiencia de fe que transmiten los peregrinos del Santuario de Padre Hurtado. Todos, gente muy pobre; algunos en situación de calle y muchos indigentes.

     Teniendo esto presente, ofrecemos a continuación un revelador conjunto de ideas o expresiones de peregrinos o visitantes ocasionales del Santuario del Padre Alberto Hurtado, en Estación Central, Santiago. Nuestro interés es describir apropiadamente la fe de estos pobres, quienes son nuestro referente. No nos planteamos dar razón de lo que ellos creen ni, mucho menos, de por qué creen.

     Además, como me diría don Alberto –hombre de avanzada edad, padre de un peregrino frecuente–, “para qué intentar justificar algo obvio”. Y él sabe por qué lo dice: en su caso, la experiencia de fe es tan evidente como que pidió a Dios por su mujer y ella sanó de la gangrena en sus piernas, justo antes de la que iba a ser una cirugía para amputación.

Primera experiencia de Dios

Estas personas sencillas dan cuenta de estar viviendo una experiencia de vida y una relación con Dios, que describen en términos muy claros: “Cuando estoy bien, es decir, cuando yo y los míos estamos básicamente sanos, mi vida transcurre sin sobresaltos. Dios es una persona cercana, fundamentalmente conocido por mí, y su modo de ser se ajusta básicamente a lo que de Él dicen las Escrituras. Es un Dios cariñoso con todos, que muestra una especial preocupación por los pequeños y los que sufren. Es un Dios que sana a todos los que se lo piden, poniendo como única exigencia, para realizar el milagro, la existencia de una fe acorde al acto de pedir”.

     Un peregrino del Santuario o un beneficiario del Hogar de Cristo se refieren a esta “primera experiencia de Dios como algo evidente, casi natural en la vida”. Como me dijo don Guillermo[1], en respuesta a mi pregunta sobre el origen de esta experiencia: “Obvio, pues, Padre, si yo estoy bien es porque Dios ha sido bueno conmigo”.

Segunda experiencia de Dios

Sin embargo, cuando nuestra vida está ocupada por un dolor grande, ya sea propio o de alguien cercano a quien se quiere, entonces Dios puede mostrar un rostro duro[2] y distante. Es un rostro que manifiestan haber conocido varios de los que decían que estuvieron enojados con Él o que, derechamente, habían perdido la fe.

De hecho, según parece, este rostro ha sido, para muchos, la causa específica de su ruptura con Dios y/o con la Iglesia.

     En este sentido, parte muy importante del desencuentro se debe a un desconocimiento acerca de las prioridades que Dios tiene al escuchar y atender alguna de nuestras peticiones. Dios está más interesado en nuestra salvación que en nuestra salud. Por tal razón, se sirve de nuestra petición para plantearnos un proceso pedagógico. Hay allí un itinerario para que, saliendo de la estrecha relación entre quien pide y quien concede, podamos comprender que Él, aunque esté voluntariamente sujeto a nosotros, nunca ha dejado de ser Dios.

     Para esto es necesario que quien pide se ponga en situación de encuentro con Dios. Que pase del “¿me has concedido ya, lo que te pedí?” al “¿cómo has sido conmigo, Señor?”. En otras palabras, “¿cuánto me has dado, Señor, en toda mi vida?”. No se trata de una nueva exigencia. Es la expresión de la sincera búsqueda de alguien que quiere abrirse al conocimiento de nuevas formas del amor de Dios con él.

Tercera experiencia de Dios

    La persona poco habituada a relacionarse con el Dios de los milagros podría pensar que con lo anterior hemos descrito todas las posibilidades del encuentro con Dios: estamos bien y Dios es básciamente el que conocemos por la Escritura (primera experiencia). O estamos en problemas y Dios se hace el distante para no concedernos lo que le pedimos (segunda experiencia).

Pero, falta la respuesta más común y mejor atestiguada de la relación de Dios con nosotros. El necesitado pide, para sí o para quien ocupa su corazón, y Dios, en un tiempo determinado, responde positivamente a la petición.

En este caso, Dios se compadece del que pide, quien a su vez espera todo de Él.

El autor de esta reflexión, el padre Pablo Concha SJ

A modo de Conclusión

   El Dios de estos peregrinos o de los que sufren, que en este caso es igual, está siempre presente, es poderoso y manifiesta un modo de ser bien definido. Es un Dios que quiere la salvación de sus hijos, supeditando casi todo a la obtención de este objetivo. De hecho, es capaz de arriesgar que no lo comprendan o, incluso, que dejen de quererlo. Está dispuesto a servirse de cualquier circunstancia para proponer un camino de auténtica conversión. Esto último es mucho más que dejar de hacer el mal, que es el obvio primer paso. La auténtica conversión se juega, más que en no hacer el mal, en hacer el bien a otro, como un acto de gratitud por todo el bien que me han hecho: por eso no te hago mal, te cuido y busco amarte en los lugares y en las personas en los que estás.

Texto completo en:  https://www.mensaje.cl/edicion-impresa/mensaje-667/el-dios-de-los-que-sufren/

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