El éxito de los fracasos

Meditación del Padre Hurtado sobre la resurrección en los Ejercicios Espirituales del Clero de Temuco, en la última semana de febrero de 1939.

No todo es Viernes Santo. ¡Resucitó Cristo, mi esperanza! “Yo soy la Resurrección” (Jn 11,25). Está el Domingo, y esta idea nos debe de dominar. En medio de dolores y pruebas… optimismo, confianza y alegría. Siempre alegres: Porque Cristo resucitó venciendo la muerte y está sentado a la diestra del Padre. Y es Cristo, mi bien, el que resucitó. Él, mi Padre, mi Amigo, ya no muere. ¡Qué gloria! Así también yo resucitaré “en Cristo Jesús”… y tras estos días de nubarrones veré a Cristo.

Porque cada día que paso estoy más cerca de Cristo. Las canas… El cielo está muy cerca. Cuando este débil lazo se acabe de romper… “deseo morir y estar con Cristo” (Flp 1,23). Porque Cristo triunfó y la Iglesia triunfará. La piedra del sepulcro y los guardias creyeron haberlo pisoteado. Así sucederá también con nuestra obra cristiana. ¡Triunfará! No son los mayores apóstoles los de más fachada; ni los mejores éxitos los de más apariencia. En la acción cristiana hay ¡el éxito de los fracasos! ¡Los triunfos tardíos! En el mundo de lo invisible, lo que en apariencia no sirve, es lo que sirve más. Un fracaso completo aceptado de buen grado, más éxito sobrenatural que todos los triunfos.

Sembrar sin preocuparse de lo que saldrá. No cansarse de sembrar. Dar gracias a Dios de los frutos apostólicos de mis fracasos. Cuando Cristo habló al joven rico del Evangelio, fracasó, pero, cuántos han escuchado la lección; y ante la Eucaristía, huyeron, pero ¡cuántos han venido después! ¡Trabajarás!, tu celo parecerá muerto, pero ¡cuántos vivirán gracias a ti!

Nuestro Señor después de la Resurrección no se contentó con gozar su propia felicidad. Como la alegría del profesor es el conocimiento de sus alumnos… su esperanza no es completa hasta que todos aprenden; como el Capitán del buque no tiene su esperanza completa hasta que se salva el último… ¡Sería pésimo si se contentara con su propia salvación!

Todo el cielo es la gran esperanza vuelta hacia la tierra. San Ignacio tiene gran esperanza en nosotros y no la colmará sino cuando haya entrado el último jesuita. La esperanza es el lazo que une el cielo y la tierra. No nos imaginemos el cielo con sillones tranquilos. San Pedro está mirando el Vaticano todo el día. La tierra es el periódico del cielo. Por eso podemos gritar: ¡Eh, sálvanos que perecemos! Acuérdate que es tu obra la que arde. ¡Eh, santos, miren su obra! ¡Recen por nosotros! ¡La Iglesia lo hace en forma imperativa!

El cielo todavía no está acabado: falta parte de la Iglesia. Y cuando llega un pobre hombre cubierto del polvo de la tierra, ¡la alegría que habrá en el cielo! El Señor lo dice: habrá más alegría en el cielo… (Lc 15,7).

¡Todo el cielo interesándose por la tierra! Y por eso Nuestro Señor se aparece a su Madre… Se interesa por todo, hasta en la pesca de sus apóstoles; en lo que comen ellos: ¿Os queda algo de comer? Comió y distribuyó los pedazos (cf. Jn 21,1–14). Para mostrarnos que más que su propia felicidad eterna, le interesa su obra en la tierra.

 

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