El padre era un torbellino

Testimonio de William Thayer:

Los retiros espirituales de finales de los años ‘30 e inicios de los ‘40 fueron la oportunidad que tuvieron muchas personas para conocer al Padre Alberto Hurtado. Es el caso de William Thayer, que después de vivir la inolvidable experiencia del primer retiro espiritual, mantuvo una relación de amistad que, según él, ha traspasado las barreras del tiempo.

Era el año 1937 y William Thayer cursaba el primer año de la carrera de Leyes. Apegado a la fe católica, el joven estudiante formaba parte de la Acción Católica, por lo que ese año aceptó gustoso la invitación a un retiro espiritual que daba el Padre Hurtado en Valparaíso. Éste fue quizás el comienzo de una amistad que ha traspasado las barreras del tiempo: “Mi amistad con el Padre Hurtado se mantuvo muy estrecha después de que murió. Antes, había que pedir audiencia, después ha estado con nosotros”

Después de ese primer encuentro, Thayer comienza a vivir una etapa espiritual importante, que es guiada por el Padre Hurtado. La fe y la amistad unen a estos dos personajes que pronto deberán trabajar en las Juventudes Católicas. Thayer recuerda al Padre Hurtado como “un torbellino, de una eficiencia y capacidad enorme”. Características suficientes que llevaron al beato, en el año 1941, a ocupar el cargo de Asesor Nacional de las Juventudes Católicas. Una designación importante para Thayer que, en ese mismo año, fue nombrado Presidente Nacional de las Juventudes Católicas. “Él como asesor procuraba ser el alma que no se veía y nos orientaba. Nos daba el mayor vuelo posible”, es lo que más recuerda William de aquellos tiempos, en donde el enorme apoyo que recibió del Padre Hurtado a través de sus orientaciones y sus motivaciones, marcaron profundamente su vida.

Lo marcaron como aquel día en que comenzó a nacer la idea de fundar el Hogar de Cristo en la mente del Padre Hurtado. “Él venía de hablar con la superiora de los protestantes, a quien estimaba mucho el Padre Hurtado y dijo ‘es una vergüenza que los protestantes tengan un Hogar para los pobres y la Iglesia Católica no’”. Este hecho, más la idea de que “el pobre es Cristo y hay que atenderlo”, fueron las bases sobre las cuales se fundó el Hogar de Cristo en 1944. “Este padre iba todas las noches a recoger chiquillos y les llevaba pan”, recuerda Thayer. “Eso era una obra de Dios” recalca.

El contacto con el beato se mantiene hasta 1951, principalmente por su trabajo como jefe de capacitación de la Agrupación Sindical Chilena (ASICH). Thayer destaca en el Padre Hurtado su modestia, su libertad y su increíble sentido de caridad.

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