El patriotismo

Extracto de un texto más largo. En archivo de documentos del Padre Hurtado. Documento S11 y 01.

El ciudadano debe considerar su país como su patria, la prolongación de la familia, y debe sentir por ella algo de lo que siente por sus padres.

La patria aparece como una persona moral, encarnación de sentimientos de veneración, de afecto, de entrega. Ella evoca toda una historia familiar de hechos gloriosos y tristes en los que participaron nuestros mayores; un sentimiento de solidaridad que une a los compatriotas con vínculos cuasi familiares, mucho más íntimos que con los ciudadanos de los demás países; un sentido de obligación, de trabajar por ella, de engrandecerla, de hacer que todos los bienes que ella encierra actual o potencialmente hagan la felicidad de los ciudadanos.

El patriotismo más que un sentimiento emotivo debe despertar en los ciudadanos la conciencia de gratitud por los bienes recibidos y el sentido del deber y del honor frente a la patria.

El patriotismo no ha de ser belicoso con otros países. La nación más que por sus fronteras se define por la misión que tiene que cumplir. Querer que la patria crezca no significa tanto un aumento de sus fronteras cuanto la realización de su misión. ¿Cuál es la misión de mi Patria? ¿Cómo puede realizarla? ¿Cómo puedo colaborar a ella? Esto reclama de todos un hondo sentido social, uno de los que más falta en nuestros días.

Los problemas nacionales tan cargados de pasión deberían poder resolverse por vía pacífica. Esto sería posible si los que tienen cedieran parte de sus privilegios, para que los que no tienen posean algo. Los profesionales y la juventud estudiosa deberían acercarse al pueblo para conocer sus problemas, organizar cruzadas de educación y cultura, estudiar cómo abaratar la vida, cómo crear nuevas riquezas, cómo servir con más eficiencia y menos costo, pensando que una profesión más que un medio de lucro es un servicio.

El concepto de patria, como el de familia bien entendido, exige sacrificios para que haya entre todos los miembros de la familia nacional, si no la igualdad que es imposible, al menos una vida digna de hombres para todos. De lo contrario ¿qué puede significar la patria para esos parias que nada han recibido de ella? ¿Cómo podrán amarla y respetarla, cuando ven que en ella se descuidan y atropellan los derechos humanos fundamentales? Tantos movimientos revolucionarios han encontrado su raíz y después su caldo de cultivo en la miseria y en la falta de respeto a su dignidad de hombres.

El respeto a las instituciones puede llegar a parecer fuera de lugar. Una actitud de violencia puede parecer más eficaz que la educación de las conciencias; en el lugar de la caridad que transforma las almas, el sable que corta las discusiones; en el lugar del apostolado humilde la fuerza y el castigo. Y algunos pueden aspirar a reemplazar la democracia por el totalitarismo.

La autoridad es absolutamente necesaria; hay una inmensa falta de respeto al poder establecido que es necesario afirmar. Las sanciones eficaces son indispensables y hace falta que sean en verdad eficaces frente a los grandes como a los pequeños, y más frente a los grandes, porque su responsabilidad es aún mayor. Pero al juzgar la anarquía juzguemos sus causas, mirémoslas con profundo espíritu de justicia y caridad y antes que pedir cañones tengamos la conciencia de no estar amparando injusticias.

La mejor manera de acabar con las huelgas es acabar con la miseria y con los prejuicios que mantienen el clima de agitación social. Acabar con la miseria es imposible, pero luchar contra ella es deber sagrado. Que el país vea que sus políticos no buscan intereses personales, sino los de la nación y que ponen todas sus energías para dar bienestar no a un grupo sino a la masa de sus conciudadanos; que si no se obtiene todo lo que se desea es porque la pobreza de la nación, la falta de medios humanos y técnicos no permiten llegar más lejos.

San Alberto Hurtado S.J.

 

 

 

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