En los días de abandono

Extracto de un texto más largo llamado “Reacción cristiana ante la angustia”, redactado por el Padre Hurtado en París, en noviembre de 1947.

Estoy solo. Bien solo esta vez, entre los demás. Nadie me comprende. Los mejores amigos han manifestado su oposición. Se me han puesto frente a frente. Todos los planes están en peligro. Todo se ve oscuro.

Estoy solo. Enteramente solo. La puerta acaba de cerrarse después de la última conversación dolorosa. El último amigo ha partido. Después de haber puesto brutalmente su yo, en contra mía. Y sin embargo, sería necesario, para realizar la empresa comenzada, que todos los amigos estuviésemos juntos, todos juntos en comunión. Se avanzaba apenas, el naufragio a cada momento parecía inminente.

Estoy solo. Bien solo. Y he aquí que Dios entra, y estrecha el alma, la levanta, la confirma, la consuela y la llena. Ya no estoy solo. Y los otros volverán también, sin mucho tardar, y no abandonarán el trabajo rudo, el barco no naufragará.

Vamos al trabajo, dulcemente, a las cartas, a la lectura, a corregir, a escribir.

La vida todavía es bella y Dios está allí.

En estos momentos acude a tu pieza. Tu pieza es un desierto. Entre el piso, el cielo y los cuatro muros, no hay más que tú y Dios. La naturaleza, que entra por la ventana, no turba tu coloquio, ella lo facilita.

El mundo no cuenta para ti; ciérrale por una hora, con llave, la puerta. Recógete. Escucha. Dios está aquí. Te espera. Te habla. Es tu Dios, grande, hermoso, que te reconforta, que te ilumina, que te hace entender que te ama.

Está dispuesto a darse a ti, si tú quieres darte tú mismo. Acógelo. No lo rechaces. No huyas de Él. Está allí. Te espera. Te habla.

Es la hora que Él había escogido, para encontrarte. No te vayas. Escucha bien. Tú necesitas de Él, y Él también necesita de ti para su obra, para hacer por ti el bien a tus hermanos. Él se va a entregar a ti generosamente, de corazón a corazón, en esta soledad.

A ratos en tu pieza, pero a Dios lo necesitas siempre. ¿Cómo recogerte en intimidad con Él, como los apóstoles a los cuales convidó al desierto para darles más intimidad? Tu desierto, es la voluntad de nunca traicionar; es tu recogimiento en Dios; es tu esperanza indefectible.

Tu desierto, no necesitas buscarlo lejos de los hombres; tú lo hallas en todas partes si vuelas a Dios; tanto en el tranvía, como en la plaza, como ante la inmensa asamblea que espera tu palabra. Tu desierto, es tu separación del pecado; tu fidelidad a tu destino, a tu fe, a tu amor.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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