Escritos

En esta sección podrán ir descubriendo distintos textos del Padre Hurtado orientados a las diferentes temáticas que fueron llenando de pasión su vida.

Cuerpo Místico de Cristo

Distribución y uso de la riqueza

Conferencia del Padre Hurtado en la Concentración Nacional de Dirigentes del Apostolado económico-social, en enero de 1950, en Cochabamba, Bolivia.

La espiritualidad cristiana en nuestro siglo se caracteriza por un deseo ardiente de volver a las fuentes, de ser cada día más genuinamente evangélica, más simple y más unificada en torno al severo mensaje de Jesús. La espiritualidad contemporánea se caracteriza también por la irradiación de sus principios sobrenaturales a todos los aspectos de la vida, de modo que la fe repercute y eleva no sólo las actividades llamadas religiosas, sino también las llamadas profanas. Por haber redescubierto, o al menos por haber acentuado con fuerza extraordinaria el mensaje gozoso de nuestra incorporación a Cristo con la consiguiente divinización de nuestra vida y de todas sus acciones, nada es profano sino profundamente religioso en la vida del cristiano.

Así, al buscar a Cristo es necesario buscarlo completo. Basta ser hombre para poder ser miembro del Cuerpo Místico de Cristo, esto es, para poder ser Cristo (cf. 1Co 12,12-27). El que acepta la encarnación la debe aceptar con todas sus consecuencias, y extender su don no sólo a Jesucristo sino también a su Cuerpo Místico. Y este es uno de los puntos más importantes de la vida espiritual: desamparar al menor de nuestros hermanos es desamparar a Cristo mismo; aliviar a cualquiera de ellos es aliviar a Cristo en persona. Tocar a uno de los hombres es tocar a Cristo. Por esto nos dijo Cristo que todo el bien o el mal que hiciéramos al más pequeño de sus hermanos a Él lo hacíamos (cf. Mt 25). El núcleo fundamental de la revelación de Jesús, “la buena nueva”, es pues nuestra unión, la de todos los hombres, con Cristo. Luego, no amar a los que pertenecen a Cristo, es no aceptar y no amar al propio Cristo.

¿Qué otra cosa sino esto significa la pregunta de Jesús a Pablo cuando se dirige a Damasco persiguiendo a los cristianos: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues…?”. ¿No dice la voz ¿por qué persigues a mis discípulos?, sino “¿por qué me persigues? Soy Jesús a quien tú persigues” (Hech 9,4-5).

Cristo se ha hecho nuestro prójimo, o mejor, nuestro prójimo es Cristo que se presenta a nosotros bajo una u otra forma: preso en los encarcelados; herido en un hospital; mendigo en la calle; durmiendo, con la forma de un pobre, bajo los puentes de un río. Por la fe debemos ver en los pobres a Cristo, y si no lo vemos es porque nuestra fe es tibia y nuestro amor imperfecto. Por esto San Juan nos dice: Si no amamos al prójimo a quien vemos, ¿cómo podremos amar a Dios a quien no vemos? (cf. 1Jn 4,20). Si no amamos a Dios en su forma visible ¿cómo podremos amarlo en sí mismo?

La comunión de los santos, dogma básico de nuestra fe, es una de las primeras realidades que se desprende de la doctrina del Cuerpo Místico: todos los hombres somos solidarios. Todos recibimos la Redención de Cristo, sus frutos maravillosos, la participación de los méritos de María nuestra Madre y de todos los santos, palabra esta última que con toda la verdad puede aplicarse a todos los cristianos en gracia de Dios. La comunión de los santos nos hace comprender que hay entre nosotros, los que formamos la “familia de Dios”, vínculos mucho más íntimos que los de la camaradería, la amistad, los lazos de familia. La fe nos enseña que los hombres somos uno en Cristo, participantes de todos los bienes y sufriendo las consecuencias, al menos negativamente, de todos nuestros males.

Soluciones al problema de la injusta distribución de los bienes. El primer principio de solución reside en nuestra fe: Debemos creer en la dignidad del hombre y en su elevación al orden sobre natural. Es un hecho triste, pero creo que tenemos que afirmarlo por más doloroso que sea: La fe en la dignidad de nuestros hermanos, que tenemos la mayor parte de los católicos, no pasa de ser una fría aceptación intelectual del principio, pero que no se traduce en nuestra conducta práctica frente a los que sufren y que mucho menos nos causa dolor en el alma ante la injusticia de que son víctimas. Sufrimos ante el dolor de los miembros de nuestra familia, ¿pero sufrimos acaso ante el dolor de los mineros tratados como bestia de carga, ante el sufrimiento de miles y miles de seres que, como animalitos, duermen botados en la calle, expuestos a las inclemencias del tiempo? ¿Sufrimos acaso ante esos miles de cesantes que se trasladan de punto a punto sin tener otra fortuna que un saquito al hombro donde llevan toda su riqueza? ¿Nos parte el alma, nos enferma la enfermedad de esos millones de desnutridos, de tuberculosos, focos permanentes de contagio porque no hay ni siquiera un hospital que los reciba?

¿No es, por el contrario, la cómoda palabra “exageración”, “prudencia”, “paciencia”, “resignación”, la primera que viene a sus labios? Mientras los católicos no hallamos tomado profundamente en serio el dogma del Cuerpo Místico de Cristo que nos hace ver al Salvador en cada uno de nuestros hermanos, aún en el más doliente, en el más embotado minero que masca coca, en el trabajador que yace ebrio, tendido física y moralmente por su ignorancia, mientras no veamos en ellos a Cristo nuestro problema no tiene solución.

Es necesaria la cooperación inteligente de los técnicos que estudien el conjunto económico–social del momento que vive el país y proponga medidas eficaces. Ha llegado la hora en que nuestra acción económico–social debe cesar de contentarse con repetir consignas generales sacadas de las encíclicas de los Pontífices y proponer soluciones bien estudiadas de aplicación inmediata en el campo económico–social. Tengo la íntima convicción de que si los católicos proponen un plan bien estudiado que mire al bien común, encontrará el apoyo de buenas voluntades que existen en todos los campos y se convertirá este plan en realidad.

Para terminar hagamos nuestro el pensamiento de Pío XII en su mensaje de Navidad de 1939 cuando dice que “las reglas, aun las mejores, que puedan establecerse jamás serán perfectas y estarán condenadas al fracaso si los que gobiernan los destinos de los pueblos y los mismos pueblos no se impregnan con un espíritu de buena voluntad, de hambre y sed de justicia y de amor universal, que es el objetivo final del idealismo cristiano”. Esta hambre y sed de justicia en ninguna otra realidad puede estimularse más que en la consideración del hecho básico de nuestra fe: por la Redención todos somos uno en Cristo; Él vive en nuestros hermanos. El amor que a Él le debemos hagámoslo práctico en los que a él representan. “Lo que hicierais al menor mis pequeñuelos a mí lo hacéis” (Mt 25,40).

 

 

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Espiritualidad

Una espiritualidad sana

Documento redactado por el Padre Hurtado en París, en noviembre de 1947.

Los que se preocupan de la vida espiritual no son muchos; y, desgraciadamente, entre ésos no todos van por buen camino.

¡Cuántos, durante decenas de años, hacen meditación y lectura sin sacar gran provecho! ¡Cuántos más preocupados de seguir un método que el Espíritu Santo! ¡Cuántos quieren imitar literalmente tal o tal santo, rehacer sus prácticas, renovar sus oraciones! ¡Cuántos aspiran a estados extraordinarios, a lo maravilloso, a las gracias sensibles! ¡Cuántos olvidan que forman parte de una humanidad adolorida y se fabrican una espiritualidad egoísta que no se acuerda de sus hermanos! ¡Cuántos leen y releen los manuales, o buscan recetas, sin conocer el Evangelio, sin acordarse de San Pablo!

Para otros, la vida espiritual se confunde con los ejercicios de piedad: lectura espiritual, oración, exámenes. La vida activa viene a ser un pegote que se le agrega, pero no una prolongación, ni una preparación de su vida interior. Las preocupaciones de su vida ordinaria, las dificultades que tienen que vencer, su deber de estado, son echados fuera de la oración: les parece indigno mezclar Dios a esas banalidades.

Así llegan a forjarse una vida espiritual complicada y artificial. En lugar de buscar a Dios en las circunstancias en que nos ha puesto, en las necesidades profundas de mi persona, en las circunstancias de mi ambiente temporal y local, preferimos actuar como hombres universales o abstractos. Dios y la vida real no aparecen jamás en el mismo campo de pensamiento y de amor. Pelean para mantener en sí una sentimentalidad afectiva de orientación divina, para mantener, con esfuerzo, la mirada fija en Dios, para sublimarse intensamente; o bien se contentan con las fórmulas azucaradas de libros llamados de piedad. Esto hace pensar en el pensamiento de Pascal: el hombre no es ni ángel ni bestia, pero el que quiere hacer el ángel, obra como bestia.

Cosa más grave: Sacerdotes, hombres de estudio, que trabajan materias sobrenaturales, predicadores que preparan su predicación de mañana… no tendrán ni siquiera la idea de introducir estas materias en su vida de oración.

Seglares que dirigen obras de acción se prohibirán pensar en estas materias durante su oración. Hombres que pasan su vida sobre las miserias del prójimo, para socorrerla, apartarán el recuerdo de sus pobres mientras asisten a la misa. Apóstoles abrumados de responsabilidades con miras al Reino de Dios, considerarán casi una falta el verse acompañados por sus preocupaciones y sus inquietudes.

Como si toda nuestra vida no debiera ir orientada hacia Dios, como si pensar en todas las cosas por Dios, no fuera ya pensar en Dios; o como si pudiéramos liberarnos a nuestro arbitrio de las solicitudes que Dios mismo nos ha puesto. Es tan fácil, en cambio, tan indispensable, elevarse a Dios, perderse en Él, partiendo de nuestra miseria, de nuestros fracasos, de nuestros grandes deseos. ¿Por qué, pues, echarlos de nosotros, en lugar de servirnos de ellos como de un trampolín? Con sencillez, pues, arrojar el puente de la fe, de la esperanza, del amor, entre nuestra alma y Dios.

Una espiritualidad sana da a los métodos espirituales su importancia relativa, pero no la exagerada que algunos le atribuyen. Una espiritualidad sana es la que se acomoda a las individualidades, y respeta las personalidades. Se adapta a los temperamentos, a las educaciones, culturas, experiencias, medios, estados, circunstancias, generosidades… Toma a cada uno como él es, en plena vida humana, en plena tentación, en pleno trabajo, en pleno deber. El Espíritu que sopla siempre, sin que se sepa de dónde viene ni a donde va (cf Jn 3, 8), se sirve de cada uno para sus fines divinos, pero respetando el desarrollo personal en la construcción de la gran obra colectiva que es la Iglesia. Todos sirven en esta marcha de la humanidad hacia Dios; todos encuentran trabajo en la construcción de la Iglesia; el trabajo de cada uno, el querido por Dios, será el que a cada uno se revelará por las circunstancias en que Dios lo colocará y la luz que a él dará en cada momento.

La única espiritualidad que nos conviene es la que nos introduce en el plan divino, según mis dimensiones, para realizar ese plan en obediencia total.

Todo método demasiado rígido, toda dirección demasiado definitiva, toda sustitución de la letra al espíritu, todo olvido de nuestras realidades individuales, no consiguen sino disminuir el ímpetu de nuestra marcha hacia Dios… En todo camino espiritual recto, está siempre al principio el don de sí mismo (Principio y Fundamento y Contemplación para alcanzar amor)… Antes que toda práctica, que todo método, que todo ejercicio, se impone un ofrecimiento generoso y universal de todo nuestro ser, de nuestro haber y poseer… En este ofrecimiento pleno, acto del espíritu y de la voluntad, que nos lleva en la fe y en el amor al contacto con Dios, reside el secreto de todo progreso.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Un cristianismo que tome todo el hombre

Extracto de un texto más largo llamado “Elementos de vida espiritual”, redactado por el Padre Hurtado en París, en noviembre de 1947.

Al comparar el Evangelio con la vida de la mayor parte de nosotros, los cristianos, se siente un malestar… La mayor parte de nosotros ha olvidado que somos la sal de la tierra, la luz del mundo, la levadura de la masa… (Mt 5,13-15). El soplo del Espíritu no anima a muchos cristianos; un espíritu de mediocridad nos consume. Hay entre nosotros activos, y más que activos, más aún, agitados, pero las causas que nos consumen no son la causa del cristianismo.

Después de mirar y volver a mirarse a sí mismo y lo que uno encuentra en torno a sí, tomo el Evangelio, voy a San Pablo, y allí encuentro un cristianismo todo fuego, todo vida, conquistador; un cristianismo verdadero que toma a todo el hombre, rectifica toda la vida, agota toda actividad. Es como un río de lava ardiendo, incandescente, que sale del fondo mismo de la religión.

En nuestro tiempo, se hace de la Religión una formalidad mundana, un sentimentalismo piadoso, una policía pacífica: “No romper nada, ¡¡no permitir que nadie rompa nada!!”. Así se podría expresar este cristianismo de buen tono, negativo, vacío de pasión, vacío de sustancia, vacío de Cristo, vacío de Dios. Un cristiano sin fuego y sin amor, de gente tranquila, de personas satisfechas, de hombres temerosos, o de los que gozan con mandar y desean ser obedecidos. Un cristianismo así no hace falta.

Pero, felizmente, se encuentran en todas partes grupitos de cristianos que han comprendido el sentido del Evangelio. Jóvenes deseosos de servir a sus hermanos; sacerdotes que llevan abierta la herida que no cesa de sangrar al ver tanto dolor, tanta injusticia, tanta miseria; hombres y mujeres que nos prolongan la presencia de Cristo entre nosotros, bajo una sotana, un uniforme de trabajo, o un traje de fiesta. Son luminosos como Cristo, y bienhechores como Él. Cristo está en ellos, y esto nos basta. No podemos menos de amarlos, nos tomamos de su mano y por ellos entramos en ese Cuerpo inmenso que anima el Espíritu.

Estos son los cristianos verdaderos, aquellos en los cuales Cristo ha entrado a fondo, ha tomado todo en ellos, ha transformado toda su vida; un cristianismo que los ha transfigurado, que se comunica, que ilumina. Son el consuelo del mundo. Son la Buena Nueva permanentemente anunciada. Todo predica en ellos: la palabra, sin duda, pero también la sonrisa y la bondad, y la mano tendida, la resignación, la ausencia total de ambición, la alegría constante.

Van siempre adelante, rotos quizás en su interior, abrazándose serenamente a las dificultades, olvidados de sí mismos, entregados… Nada los detiene: ni el menosprecio de los grandes, ni la oposición sistemática de los poderosos, ni la pobreza, ni la enfermedad, ni las burlas. ¡¡¡Aman y eso les basta!!! Tienen fe, esperan. En medio de sus dolores, son los felices del mundo. Su corazón, dilatado hasta el infinito, se alimenta de Dios.

Son la Iglesia naciente entre nosotros. Son Cristo viviente entre nosotros y de Él les viene su nobleza, de Él, al cual se han entregado al entregarse a sus hermanos desgraciados. El haber comprendido que los otros eran también hijos de Dios, hermanos de Cristo, eso los ha hecho crecer. Entre ellos, Dios, Cristo y los otros, hay ahora un vínculo definitivo. Ellos comprenden que su misión es ser el puente hacia el Padre, puente para todos. Todos juntamente, todos los hijos del Padre, llevados por el Hijo Jesucristo, todos por Él llegando al Padre, y esto mediante nuestra acción, la de cada uno de nosotros. Toda la humanidad trabajando en esta obra, ayudados por los militantes de ayer, que en la tarde de su trabajo recibieron ya su recompensa.

¿Cómo puede ser que no vivamos más en esta perspectiva? Al sabernos consagrados a Dios, no podemos seguir viviendo inclinados sobre nosotros mismos, ni sobre nuestros méritos, ni siquiera sobre nuestros pecados… sino en imitar al Salvador, enérgico y dulce, que “amó a los hombres hasta el extremo” (Jn 13,1).

Una condición

Una condición para que el cristianismo tome todas nuestras vidas es conocer íntimamente a Cristo, su mensaje, y conocer a los hombres de nuestro tiempo a los cuales va este mensaje.

Pocos apóstoles, sacerdotes o seglares, están preparados para el apostolado moderno. La acción no penetra, se queda en la superficie. ¿Quién no ha sentido en su interior deseos ardientes que, al comunicarlos a otros, no producen en ellos sino resultados superficiales? Nuestros pensamientos más claros no encuentran fácilmente el camino de la inteligencia, ni el del corazón, para llegar a los demás.

Predicamos una doctrina segura. Repetimos el Evangelio, los Padres, Santo Tomás, las Encíclicas… sin embargo, el contacto es superficial, nuestro dinamismo no ha movido a los que queríamos mover.

Más aún, si vamos a los que parecen los grandes conductores de hombres, a los que han tenido éxito en su acción social o cívica, a los que han logrado poner un poco más de justicia y de felicidad en el mundo, si a éstos les preguntamos si están contentos de su acción, nos responderán que se dan perfectamente cuenta que no tocan el problema sino en su superficie, que la sociedad siempre escapa de toda acción moralizadora y más aún santificadora. Se necesitaría genios y santos para remediar a los males tan hondos… ¡¡y estos deberían ser perseverantes!!

Cuando un apóstol parte demasiado pronto para la acción o cesa en su trabajo de formación, sufre las consecuencias. Uno queda en la acción apostólica al nivel de su verdadero valer. Sólo el santo santifica; sólo la luz alumbra; sólo el amor calienta. Ordinariamente, frente al apóstol, grupitos fáciles se dejan penetrar por su acción: niños, religiosas, almas piadosas… Ante los hombres sobre todo, están como desarmados, no teniendo para ellos sino fórmulas hechas, abstractas o gastadas, sacadas de manuales… Aun de las encíclicas, no saben servirse, porque no conocen el ambiente en que ellas se aplican.

Muchos apóstoles de hoy fallan por haber partido demasiado pronto, o haberse contentado demasiado luego con lo que tenían de ciencia, de experiencia, de virtud. Demasiado pronto se sintieron completos. Laicos… quedaron militantes mediocres, sin verdadera formación. Sacerdotes, indefinidamente fuera de la vida, fuera de lo real, inadaptados o mal comprendidos, repitiendo siempre los mismos clichés, ante una clientela demasiado fácil, mientras la inmensa masa sigue ignorando aun que hay Dios, y que Cristo ha venido… sin que haya quién les recuerde a los poderosos, a los superiores, como a los humildes, sus deberes, ni quién señale el camino en los momentos críticos.

Conocer, con el conocimiento de Sabiduría, que es más rico, más profundo que el de la simple ciencia; conocer a los hombres y amarlos apasionadamente como hermanos de Cristo e hijos de Dios; conocer nuestra sociedad enferma, como lo hace el médico para auscultarla. ¿Cuántos son los que se dan tiempo para estudiar la trama compleja de nuestra vida social, de sus corrientes intelectuales, de sus engranajes económicos, de sus imperios legales, de sus tendencias políticas? Para obrar con prudencia hay que conocer. El precio de nuestra conquista tiene que ser poner en acción todas nuestras energías para colaborar con la gracia.

Conocimiento hondo de Cristo. La teología en píldoras de tesis no puede bastar. La sabiduría se impone. La mirada del humilde que se acerca a fuerza de pureza a la mirada de Dios; la mirada del contemplativo sobre Cristo, en quien todo se resume, esperanza de nuestra salvación. El apóstol debe integrar su acción en el plan de Cristo sobre nuestro tiempo; conocer bien a Cristo y conocer bien nuestro tiempo para acercarlos con amor. Ahí está todo (esto supone esa inmensa humildad que es la que dispone para recibir las gracias de lo alto).

Espiritualidad sana que no consiste sólo en prácticas piadosas, ni en sentimentalismos, sino de los que se dejan tomar enteros por Cristo que llena sus vidas. Espiritualidad que se alimenta de honda contemplación, en la cual aprende a conocer y amar a Dios y a sus hermanos, los hombres del propio tiempo. Esta espiritualidad es la que hará de la Iglesia la levadura del mundo.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Medios divinos y medios humanos

Escrito del Padre Hurtado.

¡Cuán antigua es la controversia que nos ocupa! Pelagio y Agustín trabaron un duelo a muerte sobre el lugar que ocupan en nuestra vida la gracia y el libre arbitrio, en otros términos la acción divina y la voluntad humana en la obra de nuestra santificación. La independencia humana respecto a la influencia divina afirmaba prácticamente Pelagio, mientras Agustín el “Doctor de la Gracia” vindicaba la necesidad y la preeminencia de ésta en las obras meritorias.

Racionalismo: la predominancia del factor humano, de la inteligencia y querer humano se enfrenta a un fideísmo extremado que debilita de tal modo la razón humana que nada puede sin la fe y la revelación. Quietismo: que lo espera todo de la acción divina, que se contenta con recibir, que acepta agradecido cuando en el hombre ocurre como una merced divina que lo debe invadir y que es santa y redentora, y frente a él el dinamismo americanista que pone toda su confianza en la acción del hombre.

Y en forma más moderada dentro del campo propiamente católico este problema toma las formas de contemplación o acción; la primacía del Logos o del Ethos; la preeminencia de la vida de oración y de fe y de confianza en Dios, o la búsqueda de los medios humanos, de las influencias naturales, de la formación humanística en el pleno sentido de la palabra. La acción o la formación. El catolicismo activista, político, social, educacional, el catolicismo de las obras humanas; o la fe sobrenatural en Cristo de quien se espera recibirlo todo y a quien se une el fiel por la lectura del Evangelio, la meditación de la palabra de Dios que es transparente para el alma pura, que reniega de esas influencias humanas que denotan la confianza en el hombre. Valorización de la libertad de espíritu, de esa libertad de los hijos de Dios o la negación del hombre viejo, la crucifixión de nuestros vicios y concupiscencias. La vieja ascética del Padre Rodríguez con sus tratados sobre cada una de las virtudes o la moderna espiritualidad de la fe y la confianza de los que viven incorporados en Cristo. El espíritu que preconiza antes que todo la sumisión a la Iglesia, las virtudes de obediencia y abnegación, la humildad de espíritu, o bien la confianza en sí mismo asistido por el Espíritu de Verdad que hará patente la doctrina a quien busca a Cristo con sencillo corazón. Las formas arcaicas o la simplicidad moderna. La piedad rutinaria o la participación activa en la vida de la Iglesia por la liturgia plenamente conocida y vivida. El puro Evangelio o el catecismo. Ejercicios de San Ignacio o la contemplación de la Sagrada Escritura.

Estas y mil otras formas reviste el problema en nuestros días, el viejo problema que debatieron Pelagio y Agustín, que en forma moderada dentro de las definiciones católicas removieron Fénelon y Bossuet.

Esta materia a pesar de su aspecto teórico es de una trascendencia práctica enorme, como son todas las cuestiones de principios que tienen una aplicación inmensamente mayor que las meras cavilaciones casuísticas.

Vamos, pues a pretender buscar una solución dentro de estas opiniones extremas, una solución segura, garantizada por autoridades indiscutibles, solución que creemos armoniza los puntos de vista extremos y les quita el unilateralismo, lo más opuesto a una solución católica. Nada unilateral es cristiano. Estas soluciones extremas atraen, y de ahí su peligro. El centro de una balanza es lo que menos se mueve, y sin embargo lo que da estabilidad. Estos movimientos armónicos no atraen la juventud ardiente, más fácilmente movida por las soluciones extremas, que por lo mismo que son extremas son deficientes de verdad.

El principio de la solución

Remontémonos a la región de los principios para encontrar la solución de este dualismo de tendencias que nos solicitan.

Y el primer principio que encontramos es el de nuestra dependencia total respecto a Dios, dependencia de El no sólo como a fin último al cual debemos tender en nuestras actividades, sino que dependencia también como a causa primera que obra en todo cuanto existe en el globo dándole el ser, el movimiento y la vida: En él vivimos, nos movemos y existimos. Nada sucede, chico ni grande, que no deba su salida de la nada, su sitio determinado, su poder calculado, su movimiento, su dirección propia, su función especial a la acción del Creador. El pasado, el presente, el porvenir; todo es su obra. Los cielos cantan constantemente la gloria de Dios, y las criaturas todas de la tierra bendicen al Señor y manifiestan su majestad suprema.

Las obras del hombre son “ser” y como tales Dios las realiza y modela su acción. Las obras que Dios quiere permanezcan en la nada, permanecerán en la nada, sin que el poder del hombre pueda pretender darles el ser. Mi acción es modelada por Dios y hay mil posibilidades que me escapan porque están entre las manos de Dios. Todo está en el poder de Dios. Lo que Él quiere toma ser, lo que no quiere, no. La razón de mis poderes y de mis limitaciones es siempre la misma: yo no trabajo solo, trabajo con Dios; y Él me pone en circunstancias tales que me indican aquello en que Él quiere que yo colabore. La acción del hombre nos revela en todo la presencia fecunda de Dios (no la naturaleza ciega).

Incluso nuestra libertad, no menos que las demás obras humanas, está entre las manos de Dios. ¡Certeza consoladora a más no poder! Con un poder infinito y con infalible sabiduría Dios pone constantemente todas las condiciones exteriores e interiores, espirituales y físicas de mis decisiones. Es El quien hace que mi voluntad se proponga tal bien, lo desee, lo busque, lo alcance y colabore así a la ejecución del plan divino. Santo Tomás se expresa así: nuestro libre arbitrio es causa de su acto, pero no es necesario que sea la causa primera. Dios es la causa primera que ve las causas naturales y las causas voluntarias. Moviendo las causas naturales no destruye la espontaneidad o naturalidad de sus actos. Asimismo moviendo las causas voluntarias no destruye la libertad de su acción, sino que más bien la realiza en ellas. Él opera en cada criatura según la naturaleza que le ha dado. Consecuencia: nosotros somos movidos por Dios según nuestra naturaleza, por tanto en perfecta libertad. “Como la arcilla en manos del alfarero es moldeada según su voluntad, así los hombres están en las manos de quien los ha hecho y los moldea a su agrado” (Ecle 23, 13).

Es por tanto, imposible imaginar una situación, una condición, un estado, un momento en que el hombre no pueda, si lo desea, hacer coincidir su acción con la acción de Dios. En toda circunstancia Dios está dispuesto a colaborar. Y en principio no hay ninguna actividad que sea indigna de Dios, como es producida por El y encaminada a su gloria.

Segundo principio

Pero de hecho no todos hacen coincidir su querer con el querer divino. Su obrar no les trae utilidad alguna a ellos, aunque sí sirve a la realización de los planes de Dios, quien se sirve para su gloria y el bien escogido, de todo, incluso del mal. A los que aman a Dios, todo les coopera para bien.

Para ser santo no se requiere pues sólo el ser instrumento de Dios, sino el ser instrumento dócil: el querer hacer la voluntad de Dios. Los que así obran proceden empapados de sobrenatural, deificados. La actividad humana se hace santa mientras está unida al querer divino. Lo único que impediría nuestra santificación en el obrar es la independencia del querer divino. Este sería el camino de la esterilidad, como el de la dependencia será el de santificación.

Vida sobrenatural y santidad son fruto de la acción de Dios. Leamos San Pablo: “¿qué tienes tú que no lo hayas recibido? Por la gracia de Dios soy lo que soy”. El Concilio de Orange nos afirma: “el que pretende poder con la sola fuerza de la naturaleza concebir como conviene un pensamiento para la vida eterna o aun asentir a la saludable predicación del evangelio sin la iluminación y la inspiración del Espíritu Santo… ése está engañado de herejía”.

La elevación de nuestra naturaleza no es pues el efecto de un puro esfuerzo humano; es la acción de Dios en el hombre que colabora con su Creador.

Hay pues que afirmar que los objetos creados a los cuales tienden nuestras acciones no tienen por sí mismos ninguna virtud para hacernos semejantes a Dios. Ningún objeto puede divinizarnos ni siquiera los objetos del culto; los actos religiosos no nos hacen progresar en la santidad más que los profanos si no hay disposiciones sobrenaturales en nuestra alma (ten sin embargo en cuenta la eficacia ex opere operato de los sacramentos, en particular del bautismo: tratados de la santidad de nuestras acciones). Una vida arraigada en las formas exteriores de la devoción y no en Dios por la caridad no sería una vida divina. Un maestro tan consumado en la vida espiritual como San Juan de la Cruz nos advierte que la santidad no consiste en una unión con las cosas santas sino en una unión con Dios mismo. Por eso San Ignacio en la meditación fundamental de los ejercicios nos pone en un estado de espíritu de perfecta indiferencia ante todas las cosas creadas independientemente del querer divino; y entre estas cosas creadas se cuentan también las acciones religiosas. Para obrar sobrenaturalmente, para alcanzar el infinito no hay más que un medio proporcionado: que Dios obre en nosotros, que el infinito se encarne en nuestra operación.

Siguiendo este punto de vista se vé claramente que, supuesta la voluntad de Dios, todas las creaturas son igualmente aptas para llevarnos al mismo Dios: riqueza o pobreza, salud o enfermedad, acción o contemplación, evangelio, liturgia, prácticas ascéticas: lo que Dios quiera de nosotros. Entre las manos de Dios cualquiera acción puede ser instrumento de bien como el barro en manos de Cristo sirvió para curar al ciego.

Este principio fue el que llevó a San Francisco de Sales en su Vida devota, a tachar de herejes a los que pretendían excluir del camino de santidad a los cortesanos, soldados, casados. Ellos no menos que los monjes pueden y deben aspirar a la vida perfecta aunque en forma muy diferente. Cualquiera de nuestras acciones por más material que parezca, con tal que sea una colaboración con Dios, hace crecer la vida divina en nuestras almas. La fidelidad a nuestro deber nos hace continuamente pasar a una luz más y más esplendorosa, nos transforma en la imagen cada vez más espléndida de Dios.

¿Cómo colaborar con Dios?

¿Hay un criterio para poder distinguir las acciones nuestras que son una colaboración con Dios de las que no lo son?

Sí. La unión de nuestra voluntad con la de Dios. La voluntad de Dios es la llave de la santidad: aceptar esta voluntad, adherir a ella es santificarnos.

Desde este punto de vista qué vanas parecen las discusiones sobre contemplación y acción, medios divinos y medios humanos. Aquel medio que sea querido por Dios nos santificará por más humana que sea su apariencia, aquél nos alejará que no esté conforme a la voluntad divina. San Juan de la Cruz nos dice que la unión del alma con Dios estará realizada cuando “la voluntad del alma y la voluntad de Dios sean tan semejantes y tan uniformes que el alma quiera lo que Dios quiere y que no quiera todo lo que no está conforme al querer divino”. San Ignacio de Loyola, considerado por muchos como en el extremo opuesto de San Juan de la Cruz, nos propone sin embargo el mismo ideal que éste: “por este nombre Ejercicios Espirituales se entiende todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de contemplar, de orar vocal y mental… todo modo de preparar y disponer el alma para quitar de sí todas las afecciones desordenadas, y después de quitadas para buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida para la salud del ánima”.

Santa Teresa de Jesús en sus Moradas dice (cap. tercero) “esto que os digo es de la mayor importancia: tener cuidado de ello hasta en las cosas más pequeñas; no hagamos ningún caso de estos grandes pensamientos que nos vienen en tropel a la oración… si luego las obras no responden a ellos, debemos considerar estos pensamientos como bellas imaginaciones… si veis vosotras una persona enferma o que sufre a la cual vosotras podéis aliviar en algo, dejad atrevidamente esta devoción de la oración para asistirla … ésa es la verdadera unión porque es no tener con Dios sino una misma voluntad”.

De aquí se desprende que la contemplación sin la unión de voluntades es tan estéril como la acción puramente humana; pero ésta no es menos ni más fecunda que aquella cuando la voluntad humana adhiere a la de Dios.

Consecuencias del principio de la colaboración con Dios. Dos peligros igualmente graves se advierten ahora y se han advertido siempre en la concepción de la vida espiritual, derivados de un desconocimiento del principio antes expuesto: el peligro de las almas pseudo-contemplativas, el dinamismo de una acción puramente natural. Las primeras están persuadidas que la unión con Dios se hace sólo por el pensamiento, la consideración, la oración. Se glorían de tener una actividad teocéntrica y desprecian como antropocéntricos a los que tienen una mirada de acción sobre el mundo. Confunden lo teológico con lo teologal; las consideraciones intelectuales sobre temas divinos con la práctica de las virtudes de la fe, esperanza y caridad. Confunden el objeto material de su actividad religiosa con la acción santificante: pensar en Dios, meditar su palabra son ocupaciones excelentes pero no pueden considerarse como exclusivas, pues no menos excelente fue María Santísima cumpliendo sus deberes de madre, de esposa, haciendo los deberes domésticos de su casa. Esta tendencia establece un divorcio entre la religión y la vida y puede llegar hasta hacer despreciar el cumplimiento de los deberes de estado aun los más elementales. El miedo de la acción, la convicción que la actividad humana aleja de Dios arrojan estas almas en la mediocridad y en la rareza; no pocos se vuelven orgullosos y testarudos.

San Ignacio de Loyola que vivió en una época de iluminismo escribía: “una larga experiencia me ha mostrado que de cien personas que ponen la cumbre de la perfección en hacer muchas horas de oración, hay apenas diez que no sean personas adheridas a sus sentimientos, que no se preocupan sino de sus ideas propias, difíciles de manejar, que se liberan con demasiado soltura de las prácticas de observancia y se reconocen con la capacidad y el derecho de conducir a los otros… por poco que sean inclinados a la testarudez se hacen intratables y nadie logra hacerse escuchar de ellos. Por lo cual el santísimo y saludable ejercicio de la oración es desacreditado ante los ignorantes que atribuyen a la cosa misma lo que no se debe sino al error de las personas”.

Persuadidos que sus ideas son de Dios, éstos ponen tanto ahínco en defender sus propias ideas como si fuesen tesis de teología y éstas como verdades de fe.

No es raro que estas personas ilusionadas no tengan sino desprecio por la cosas de este mundo. No consideran a Dios como causa de su obrar y como alma de sus operaciones sino como un fin al cual hay que tender y este fin situado más allá de lo creado se alcanza por una elevación intelectual que ellos creen mística. Se desinteresan éstos de los progresos terrestres y de las calamidades que pesan sobre la sociedad humana. Allí no está Dios. Dios está en el cielo. De aquí una concepción de la vida espiritual sentada alrededor de algunas virtudes pasivas y secretas que ellos entienden a su manera.

Con esto no se consigue sino desacreditar las virtudes pasivas no menos que la oración. Millones de incrédulos reprochan al cristianismo esta doctrina del desinterés de las cosas del mundo para no mirar sino un paraíso de ultratumba; dicen que su resignación, útil tal vez al individuo, es nociva a la sociedad por cuanto paraliza su esfuerzo. Un crítico del cristianismo dice que la resignación es una virtud individual y un vicio social. Los resignados con frecuencia felices son inútiles. Los revoltosos sufren y hacen sufrir pero son los obreros del progreso. (Henri Robert, Religions et rationalisme).

Toda esta concepción de la vida nace de un desconocimiento de la doctrina de la colaboración del hombre con Dios. Si Dios no actúa en este mundo sino que únicamente nos aguarda en el otro es evidente que es una locura detenerse a considerar esta vida mortal y preocuparse en algo de las cosas finitas que nos alejan del infinito. Pero al que considera esta vida como la obra amorosa de un padre que nos la ha dado para su gloria; que nos la ha dado hasta el punto de enviar a su hijo único a esta tierra a revestirse de nuestra carne mortal y tomar nuestra sangre e incorporar en sí como en un resumen todas las realidades humanas: para el que esto piensa este mundo tiene un valor casi infinito. Este mundo sin embargo lo mira no como el estado definitivo de su acción, sino como la preparación para la consumación de su amor con el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Mientras tanto con su sacrificio de oraciones se une al Verbo Encarnado y agrega en lo que falta a la pasión de Cristo para salvar otras almas y dar gloria a Dios.

El que ha comprendido la espiritualidad de la colaboración toma en serio la lección de Jesucristo de ser misericordioso como el Padre Celestial es misericordioso, procura como el Padre Celestial dar a su vida la máxima fecundidad posible. El Padre Celestial comunica a sus criaturas sus riquezas con máxima generosidad. El verdadero cristiano, incluso el legítimo contemplativo, para semejar a su padre se esfuerza también por ser una fuente de bienes lo más abundante posible. Quiere colaborar con la mayor plenitud a la acción de Dios en Él. Nunca cree que hace bastante. Nunca disminuye su esfuerzo. Nunca piensa que su misión está terminada. Duc in altum, o bien plus ultra es su divisa. Tiene un celo más ardiente que la ambición de los grandes conquistadores. El trabajo no es para Él un dolor, un gasto vago de energías humanas, ni siquiera un puro medio de progreso cultural. Es más que algo humano. Es algo divino. Es el trabajo de Dios en el hombre y por el hombre. Por esto se gasta sin límites. Quisiera que los colaboradores no faltasen a Dios. Sabe que Dios está dispuesto a obrar mucho más de lo que lo hace, pero está encadenado por la inercia de los hombres que deberían colaborar con Él. Como San Ignacio, piensa “que hay muy pocas personas, si es que hay algunas, que comprendan perfectamente cuánto estorbamos a Dios cuando Él quiere obrar en nosotros y todo lo que haría en nuestro favor si no lo estorbáramos”.

La ilusión activista

Frente al error quietista que acabamos de señalar hoy otro no menos grave que deriva también de una incomprensión de la espiritualidad de la colaboración. Hay personas, como se ve a diario que están de tal manera obsesionadas con el bien de las almas, la gloria de Dios, que olvidan casi completamente la causa invisible de este bien. Su celo es admirable. No tienen más que una idea: hacer avanzar el reino de Dios y combatir por el triunfo de la Iglesia; son leales y rectos en sus intenciones. Sin embargo no se santifican o se santifican muy poco; ganan partidarios a la Iglesia como los comunistas a su causa, pero en realidad ni ellos se asemejan más a Cristo, ni hacen a nadie más semejante al Maestro. No colaboran con Dios, por tanto su acción es estéril.

Tienen un inmenso celo de la perfección de los otros pero poco celo de su propia perfección. Semejan al artista que preocupado de la función teatral que prepara no guarda tiempo para prepararse él mismo para ella. La realización de sus proyectos los absorbe en tal forma que no tienen tiempo ni fuerza ni gusto para pensar en su alma. Están devorados por la acción. A solas con Dios se aburren; están pensando en la acción que los aguarda y dan como excusa las necesidades del apostolado. Algunos para remediar a su mediocridad introducen en su vida algunos ejercicios de piedad pero su remedio es insuficiente y demasiado exterior a la misma actividad.

Algunos llegan a extrañarse que se les pida otra cosa que una abnegación total en la acción. Desprecian secretamente la contemplación, la paz y el silencio. No titubean un momento en poner el libre apostolado de las personas del mundo por encima del apostolado ordenado de la vida religiosa. Todo lo que paraliza el movimiento les parece contrario a la perfección. Los votos, la clausura, las reglas ¿no son acaso trabas? La obra de Dios que realizan es exterior a su alma. No se les ocurre que debiera ser una colaboración con él.

El celo de estos cristianos es semejante a la pasión de los hombres de negocio. La pureza de su intención los preserva de indignas intrigas. Hacen el bien y no caen en faltas graves; pero su obrar es todo de orden natural, humano, aun cuando hacen la obra de Dios. ¡Cuánto mejor es hacer sobrenaturalmente una obra profana que naturalmente una acción religiosa!

El motivo de la voluntad de Dios es el lema para estar seguro de cumplir nuestra misión sobrenatural, mejor aún que el de la “gloria de Dios”, pues a veces el lema de la gloria de Dios encubre nuestra voluntad bajo pretextos especiosos. En resumen la gran ilusión de los activistas está en gastar demasiados esfuerzos en producir frutos y de hacer demasiado pocos esfuerzos por vivir en Cristo. De esta falta de vida en Cristo se sigue la esterilidad real de su apostolado ya que, como dijo Jesús, “sin mí no podéis nada”; y en cambio, el que cree en El hará las obras de Cristo y aún mayores; pero creer en Cristo es estar incorporado en El por una fe viva que supone la caridad. El sarmiento que no está incorporado a la vid no puede dar frutos, nosotros tampoco si no permanecemos en Cristo.

Ensayo de síntesis

San Ignacio de Loyola nos propuso un principio que, bien considerado, ofrece una síntesis admirable de la contemplación y de la acción, del empleo de los medios divinos y de los medios humanos. Quería él que los empleáramos todos, naturales y sobrenaturales, como lo hacen los hombres de este mundo, como si el éxito dependiese sólo de nuestros esfuerzos. Pues aunque esta obra no puede ser hecha sino por la sola actividad divina y que nosotros seamos enteramente incapaces de realizarla, es con todo cierto que no puede ser normalmente hecha sin la colaboración humana.

San Ignacio se expresaba en esta forma: antes de determinarnos, es necesario ponernos del todo en Dios como si sólo Él debiese llevar las cosas al resultado deseado, y por otra parte no hay que descuidar nada de lo que puede contribuir al feliz éxito, y en el uso de los medios debemos poner todo por obra como si el éxito dependiese exclusivamente de nuestro trabajo y de nuestra industria.

No debemos temerariamente lanzarnos a empresas descabelladas y esperar en milagros que nos saquen del paso. Pero debemos ordenar nuestra confianza en Dios sobre el principio infalible que la voluntad y el poder del Señor no están sujetos a las leyes ordinarias y que estaría equivocado el que trabaja por él si limitase su confianza a los solos límites a los cuales puede llegar la debilidad humana reducida a sus propios recursos.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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La multiplicación de los panes

Muy posiblemente escrito durante sus Ejercicios Espirituales predicados por el P. Pierre Charles, del 24 de febrero al 3 de marzo de 1944, en Calera de Tango.

Introducción

La pusilanimidad es la gran dificultad en el plan de cooperación. Pensamos: “yo no valgo nada”, y viene el desaliento: “¡Lo mismo da que actúe o que no actúe! Nuestros poderes de acción son tan estrechos. ¿Vale la pena mi modesto trabajo? ¿Qué significa mi abstención? Si yo no me sacrifico, ¡nada se cambia! No hago falta a nadie… ¿Una vocación más o menos?”. Cuántas vocaciones perdidas. Es el consejo del diablo, que tiene parte de verdad. Hay que encarar la dificultad.

La solución

5.000 hombres, más las mujeres y niños, ya 3 días hambrientos… ¿Comida? se necesitan 200 denarios: el sueldo de un año de un obrero y, ¡en el desierto! “¡Diles que se vayan!”. Pero Andrés, con buen ojo dice: “hay 5 panes y 2 peces pero, ¡para qué va a servir esta miseria!”. Es nuestro mismo problema: la desproporción.

¡Y qué panes! De cebada, duros como piedra (los judíos comían de trigo). ¡Y qué peces! De lago, blandos, chicos, llevados en un saco por un muchacho, ya 3 días, con ese calor y en esa apretura… ¡eso sí que era poca cosa!

¿Desprecia el Señor esa oblación? No, con su bendición alimenta a todos y sobra. Ni siquiera desprecia las sobras: 12 canastos, de los peces sobraban cabezas y espinas, y hasta eso lo estima.

El muchacho accedió a dar a Cristo su pobre don, ignorando que iba a alimentar toda esa muchedumbre. Él creyó perder su bien, pero lo halló sobrado, y cooperó al bien de los demás.

Yo… como esos peces (menos que esos panes) machucados, quizás descompuestos; pero en manos de Cristo mi acción puede tener alcance divino.

Recuerde a Ignacio, Agustín, Camilo Lellis, Talbot, ruines pecadores que fueron convertidos en alimento para millares, y que seguirán alimentándose de ellos.

Mi acción, y deseos pueden tener alcance divino y puedo cambiar la faz de la tierra. No lo sabré, los peces tampoco lo supieron. Puedo mucho si estoy en Cristo; puedo mucho si coopero con Cristo

 

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La meditación del Reino

Extractos de los puntos de un retiro a jóvenes en 1946.

Ayer decíamos que queríamos vivir, plenamente, valientemente, para siempre ¡Qué magnífico programa! Pero ¿Cómo? Vivir: Yo soy la Vida. ¿Rumbo? Yo soy el Camino y la Verdad.

El cristianismo no es una doctrina abstracta: un conjunto de dogmas que creer, preceptos y mandamientos…. ¡El cristianismo es Él! Ese fue el gran escándalo que no pudieron soportar los judíos: “¡El Padre y Yo somos uno!”; “Quién me ve a Mí ve al Padre”; “Venid a Mí todos los que están cansados…”; “Quién quiera venir en pos de Mí niéguese a sí mismo…”. “Mi cuerpo es verdadera comida…”. “¿Quién dicen los hombres que soy yo?… Tú eres el Cristo… Bienaventurado Simón…”. Persuadámonos bien; Cristo en el cristianismo no es una devoción. No es la primera devoción, ni la más grande. Verdad básica: el cristianismo es Cristo.

La perfección sobrenatural, y aún natural, consiste en incorporarse más y más vitalmente a Cristo; en dejar que la Gracia que viene de Él se apodere de mí; que mis pensamientos, deseos y aspiraciones sean las suyas, que pueda yo decir con San Pablo: “Mi vivir es Cristo”; “Vivo yo, ya no yo, sino Cristo en mí” o como Santo Tomás, “Señor mío y Dios mío”. “Mi Dios y mi todo” San Francisco.

Aquí está la verdadera grandeza, la suprema ambición que puede tener un hombre: Llegar a ser como Dios. Dios, porque la gracia diviniza, y si la gracia no encuentra obstáculos, a qué profundidades penetra, a qué altura eleva… Llega un hombre a guardar la naturaleza y la apariencia de hombre, pero en el fondo es un divinizado. Piénsese en almas como Don Bosco: “Dame almas y quítame todo”; Francisco Javier: “Basta Señor”; San Ignacio: “A mayor gloria de Dios”; San Luis, San Estanislao, San Juan Bautista, Santa Teresita, San Francisco… ¿Qué ha producido la humanidad de más grande? Son en realidad granos de trigo muertos, de ello se ha apoderado la vida y han dado fruto en abundancia.

Si hay una empresa que valga la pena es ciertamente ésta. Inmensamente más grande que el descubrimiento de la bomba atómica, que llena de pavor a la humanidad; que todas las campañas y empresas que ha habido en el mundo. Asimilarse vitalmente a la divinidad, ¡dar valor divino a cada una de sus acciones! Pero esto requiere visión de fe, porque la grandeza divina es tan distinta de la humana. “No mis caminos”. “¡Enséñanos, Señor, tus caminos!”.

Fe, pedir esa fe, para que sea la fe la que nos oriente; no el brillo de lo visible, sino la fe inflamada por la caridad, animada por la esperanza. Fe que me haga hambrear lo sobrenatural. Ser Cristo. “Yo no me glorío de otra cosa que de Cristo, ¡y Cristo crucificado!” (1Co 2,2). “El Mundo como basura…”.

Él llama…

Vino a este mundo no para hacer una obra solo sino con nosotros, con todos nosotros, para ser la cabeza de un gran cuerpo cuyas células vivas, libres, activas, somos nosotros. Todos estamos llamados a estar incorporados en Él, es el grado básico de la vida cristiana… Pero a otros… llamados más altos. A entregarse a Él; a ser sólo para Él; a hacerlo norma de su inteligencia, a considerarlo, en cada una de sus acciones, a seguirlo en sus empresas, más aun, ¡a hacer de su vida la empresa de Cristo! A hacer de su vida la empresa de Cristo. Para el marino su vida es el mar, para el soldado el ejército, para la enfermera el hospital, para el agricultor el campo, para el alma generosa, ¡su vida es la empresa de Cristo!

Así llamó a los Apóstoles: A Mateo que estaba junto a la mesa de los impuestos; a Pedro y Andrés junto a sus redes… Uno a uno de los Doce… A Ignacio que era un soldado carnal y lleno de gloria humana, en el sillón de convalecencia; a Javier chicoquín inteligente, social, simpático hambriento de fama, de gloria, por la voz de Ignacio, y lo convirtió, en el Divino Impaciente; a Mateo Talbot borrachín desocupado, y lo convirtió en el santo cargador de camiones; a Pier Giorgio Frassatti, alpinista enamorado de las cumbres y de la belleza femenina, y lo ha hecho el modelo del joven de sociedad; a Vico Necchi; a Thonet de la fábrica para hacerlo el primer presidente mártir de la JOC en el campo de Dachau, que muere cantando y ofreciendo su vida por la clase obrera; a José Cardijn de la bohardilla de su Padre para hacerlo el padre de los pobres… a Teresita de la casita de los Buissonets, modelo del amor abnegado y simple…

Y así, ayer a… a… que tú y yo conocemos del Colegio, del Liceo, de la Universidad, para fundar un hogar santo, para consagrarse al apostolado de la Acción Católica, al apostolado social… ¡sin tasa, sin medida, sin jubilación!

Esto es lo esencial del llamamiento de Cristo. ¿Quisieras consagrarme tu vida? ¡No es problema de pecado! ¡Es problema de consagración! ¿A qué? A la santidad personal y al apostolado. Santidad personal que ha de ir calcada por la santidad de Cristo. No hay dos almas iguales, ni menos dos santos, pero sí las leyes fundamentales son las mismas.

Si Él te llamara ¿Qué harías?… Quisiera que lo pensaras a fondo, porque esto es lo esencial de los ejercicios. Los ejercicios son un llamado a fondo a la generosidad. No se mueven por temor, ¡no se trata de asustar! Recuerdan los mandamientos porque no pueden menos de recordarlos. Los mandamientos son la base, el cimiento para toda construcción, porque son la voluntad de Dios obligatoria… Pero no son más que los cimientos, y no se vive en los cimientos, no hay hermosura en los cimientos…

En la casa de la Iglesia, la santidad, el apostolado, son la obra de la generosidad de los fieles, que si quieren dar pueden dar, y si quieren negar pueden negar; y al hacerlo no atropellan ningún derecho, no cometen ningún pecado, no merecen ningún reproche, porque están en su derecho. Los ejercicios no son para almas que quieran reclamar derechos y constituir defensa frente a Dios; son para almas que quieran subir, y mientras más arriba mejor; son para quienes han entendido qué significa Amar, y que el cristianismo es amor, que el mandamiento grande por excelencia es el del amor, y que la característica del amor es dar, darse, fusionarse, perderse, no dos, ¡uno en el que ama!

Eso es amor y a eso es a lo que aspiran las almas grandes que son las que construyen la Iglesia, las que la hacen vivir, ¡las que han tomado en serio su misión! Ser sal de la tierra, si la sal se desvanece, ¿quién dará sabor? Ser luz del mundo, si la luz titila ¿quién alumbrará?, testigos de Cristo, si los testigos se alejan ¿cómo se reconocerá a Cristo? La Iglesia no se funda ni existiría sin el amor generoso.

La prueba de la fe es el amor, amor heroico, y el heroísmo no es obligatorio. El sacerdocio, las misiones, las obras de Caridad no son materia de obligaciones, de pecado, son absolutamente necesarias para la Iglesia y son obra de la generosidad. El día que no haya sacerdotes no habrá sacramentos y el sacerdocio no es obligatorio. El día que no haya misioneros, no avanzará la fe, y las misiones no son obligatorias. El día que no haya quienes cuiden a los leprosos, a los pobres… no habrá el testimonio distintivo de Cristo, y esas obras no son obligatorias… El día que no haya santos, no habrá Iglesia y la santidad no es obligatoria. ¡Qué grande es esta idea! ¡La Iglesia no vive del cumplimiento del deber, sino de la generosidad de sus fieles! ¡Qué grande es la confianza que Dios nos ha hecho al fiarse de nuestra nobleza, de nuestra generosidad y esperar que le respondamos!

Si Él te llamara, ¿qué le dirías? ¿En qué disposición estas? ¡Pide, ruega estar en la mejor! San Ignacio pide al que entra en ejercicios: ¡Grande ánimo y liberalidad para con Dios Nuestro Señor! ¡Querer afectarse y entregarse enteros! Invocación al Espíritu Santo ¡Se trata de algo tan grande!

Oye a Jesús. Un llamado que se repite cada año, cada día, ¡y que a cada hora deberíamos ir a escuchar! Yo he venido a traer la vida divina y ¿cómo quiero que arda? ¡Yo he venido para inaugurar un Reino de justicia, santidad y paz! Basado en la fe. Nuestros bienes son la pobreza, la humillación, el dolor. ¡Esto es lo que he tomado sobre mí! y este ejemplo quiero que sea fecundo. Mi Iglesia no se funda en la fuerza, en los ejércitos, en las combinaciones políticas; mi armada no es la invencible de cañones y tribunales inquisitoriales… no, mi armada es la de los pobres voluntarios. Esa es la primera pieza del uniforme de mis seguidores: ¡pobreza con Cristo pobre! Para vencer la riqueza y los pecados de la riqueza; no la riqueza, sino la pobreza, voluntaria, espontáneamente amada en todos los estados de la vida. En lugar de la honra, la humillación: No el ojo por ojo y diente por diente, sino la mejilla izquierda al que golpea la derecha; la túnica, al que pide la capa; 2.000 pasos al que mil…, Francisco Javier predicando a los japoneses, escupido en su cara; Ignacio yendo a curar al amigo que lo robó; Francisco de Asís predicando la paz y el bien, y dándolo todo… En lugar del confort, la aceptación voluntaria del dolor. El dolor acompañó a Cristo desde la cuna hasta la cruz y los que son de Cristo aman el dolor cuando el Señor lo manda (no que hagan un culto del dolor por el dolor), pero lo aman cuando el Señor lo manda, toman empresas generosas sin desistir de ellas porque traen dolor, y más aún para completar la pasión de Cristo, algunos llegan a padecer o morir, pati non mori, et contemni pro te.

Hambre de Santidad, de santidad a imitación de Cristo… de santidad pobre, humilde y dolorosa; siervos de Cristo, ¡Redentor crucificado! Y con estos hombres “ser crucificado para el mundo”, como pedía San Ignacio, que no buscan sus comodidades, en honra, ni la fortuna, con estos hombres ir a la conquista del mundo, conquista que más que el fruto de sus palabras, será el fruto de la Gracia de Dios que se transparentará en estas vidas que no tienen nada de lo que el mundo ama y abraza, sino de lo que Cristo amó y abrazó. ¡E1 mundo creerá a sus obras, lo que dudaría ante sus solas palabras! “Realizadores de la Palabra y no sólo oyentes” (Sant 1,22).

Señor si en nuestro atribulado siglo XX, que viene saliendo de esta horrenda carnicería, campos de concentración, deportaciones, bombardeos, que guarda por un lado y trabajó afanosamente por matar con armas mil veces peor, que se despedazan por poseer más, por más negocios, más confort, más honras, menos dolor; si en este mundo del siglo XX, una generación comprendiese su misión y quisiera dar testimonio del Cristo en que cree, no sólo con gritos que nada significan de Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera… ¿Dónde?, sino en la ofrenda humilde, silenciosa de sus vidas, para hacerlo reinar por los caminos en que Cristo quiere reinar: en su pobreza, mansedumbre, humillación, en sus dolores, en su oración, ¡en su caridad humilde y abnegada!

¡Si Cristo encontrara esa generación! Si Cristo encontrara uno… ¿querrás ser tú?, el más humilde. El más inútil a los ojos del mundo, puede ser el más útil a los ojos de Dios… Yo, Señor, nada valgo… pero confuso con temor y temblor, yo te ofrezco mi propio corazón. El Señor entró a Jerusalén el día de su triunfo en un asno, y sigue fiel a esa su práctica, entra en las almas de los asnos de buena voluntad, pobres, mansos, humildes. ¿Quieres ser el asno de Cristo? Cristo no me quiere engañar, me precisa la empresa… Es difícil, bien difícil. Hay que luchar contra las pasiones propias, que apetecen lo contrario de su programa ¡No estarán muertas de una vez para siempre, sino que habrán de ir muriendo cada día!

Hay que luchar contra el ambiente: amigos, familia, mundo, atracciones… todo parecerá levantarse escandalizado ante quienes pretendan, con tal ejemplo, por más modestamente que se dé, señalar su error. ¡Si me aman querrán darme lo que llaman bienes! y librarme de exageraciones ridículas, pasadas de moda, “que hacen más mal que bien…”. ¿A qué esas exageraciones? ¿Por qué no hacer como todos? Luchar contra los escándalos… luchar contra los desalientos de la empresa, el cansancio de la edad, la sequedad del espíritu, el tedio, la fatiga, la monotonía… Sí, hay que luchar, pero allí estoy Yo. Tened confianza en Mí, Yo he vencido al mundo. Mi yugo es suave y mi carga ligera…Venid a Mí los que estáis trabajados y cargados y Yo os aliviaré… El que tenga sed, venga a Mí y beba. ¡Yo haré brotar en él una fuente que brota hasta la vida eterna!.

El que quiera seguir a Cristo, ármese con la armadura de la fe, con el casco. “Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe” (1Jn 5,4). “¡Señor, en tu nombre echaré la red!” (Lc 5,5). Palabra magnífica de los que aman a Cristo y por la fe en su palabra se resuelven a seguirle.

Necesito de ti… No te obligo, pero necesito de ti para realizar mis planes de amor. Si tú no vienes, una obra quedará sin hacerse que tú, sólo tú puedes realizar. Nadie pude tomar esa obra, porque cada uno tiene su parte de bien que realizar. Mira el mundo; los campos cómo amarillean cuánta hambre, cuánta sed en el mundo. Mira cómo me buscan a mí, incluso cuando se me persigue… Hay un hambre ardiente, atormentadora de justicia, de honradez, de respeto a la persona; una voluntad resuelta a hacer saltar el mundo con tal que terminen explotaciones vergonzosas; hay gentes, entre los que se llaman mis enemigos, que practican por odio lo que enseño por amor… Hay un hambre en muchos de Religión, de espíritu, de confianza, de sentido de la vida.

Lo que dice Papa. ¡Las conversaciones espirituales en el Illapel! Las misiones… países inmensos que se abren y que juegan su porvenir. Hoy es fácil la entrada, la desean, la piden, es un árbol al que se aplica el hacha, del lado que caiga caerá… Japón abre sus puertas… y si Cristo y la Iglesia entra en esa Nación nos dará Santos como los 4 Santos Jesuitas crucificados y como nuestros otros santos, los franciscanos y los seglares. La China, dice José Cifuentes: nos piden sólo que los queramos…

La acción social desinteresada, realista, sincera; a hacerse pobre de Cristo, a ligar su vida a la elevación del proletariado, elemento sustancial del orden nuevo. Labor de formación modesta, entregada…

La Acción Católica, en consagración a ella. No por un día o un año, con jubilación: “Ya he hecho bastante, me retiro”. No, a firme, toda una vida: en humildad en el puesto que se me dé, no sólo en el brillo de las asambleas, sino en el secreto de la secretaría, en el puesto humilde del centro, pobre, humilde, con abnegación.

La profesión con ese criterio de entrega social, como medio de testimonio de Cristo… Las aplicaciones, ya las veremos.

La familia: la que Dios quiera darme, no necesariamente en un gran standard social, no para mantener una tradición, en lo que tiene de profano, sino en lo que tiene de cristiano, de espíritu de cristiano… Si fuere necesario en el campo o en la provincia, donde sea, en espíritu de Cristo.

Y hay en la Universidad, en la oficina, en la fábrica no sólo observando los mandamientos sino afectándome a vivir en otro estado: en plano de santidad por mi espíritu de oración. En espíritu de jerarquía de valores: los sobrenaturales primero, de preparación científica sí, pero no con espíritu egoísta, sino con amor a mis compañeros y sacrificio por ellos, con abnegación de mi vida al servicio de la Iglesia.

¿Difícil? ¡Sí! El mundo no lo comprenderá… Se burlará… Dirá: ¡exageraciones! ¡Que se ha vuelto loco! De Jesús se dijo que estaba loco, se le vistió loco, se le acusó de endemoniado… y finalmente se le crucificó. Y si Cristo viniera hoy a la tierra, horror me da pensarlo, no sería crucificado pero sería fusilado. Si viniera a Chile… se levantaría una sedición en su contra, ¿de quiénes? ¿Qué se diría contra Él en la prensa, en las Cátedras? ¿Quiénes hablarían? Dios quiera que nosotros no formáramos parte del coro de sus acusadores, ni de los que lo fusilaran.

¿Difícil? ¡Sí! Pero aquí, sólo aquí, reside la vida. El heroísmo, ¿se ha acabado? No. La guerra lo ha demostrado. Convivo con héroes. Traté de cerca a O’Coblahan The honest man I ever met, y él no era el único, muchos lo secundaban con igual heroísmo que iban a la guerra con la sonrisa en los labios. Japón ¡Qué pasta de hombres encierra para cristianos! China, Alemania, Rusia, Chile…

En la gran obra de Cristo todos tenemos un sitio; distinto para cada uno, pero un sitio en el plano de la santidad. En la cadena de la gracia que Dios destina a la bondad. ¡Yo estoy llamado a ser un eslabón! Puedo serlo, puedo rechazar ¿Qué haré? La repuesta: Plantearme este problema a fondo, ¡y responder con seriedad!

Muchos no tendrán el valor de planteárselo. Superior a sus fuerzas pero, ¿si pensaran en las fuerzas de Cristo? Si pensaran que con Cristo, ellos, él también podría ser un santo. ¡Que no se refugien en la cobardía del puro deber!

Otros: la limosna de algo. ¡Algo es! Peor sería nada. ¡Pero no es eso lo que Cristo pide! No hay que ofrecer otra cosa insistiendo que es buena, cuando Cristo pide otra mejor: La voluntad de Dios única y sola.

Los tesoros: los generosos que se entregan y afectan, y para estar seguros de hacer la voluntad del Señor, “haciendo contra su sensualidad” abrazan lo más difícil en espíritu, lo piden, lo suplican les sea concedido… y sólo dejarán aquellas donaciones si el Señor les muestra su camino en terreno más suave. Pero en cuanto de su parte, ¡a aquello van! Ejemplo Doyle, Longhaye, San Ignacio de Antioquía, Brébeuf.

Terminar con el Eterno Señor.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Instrumentos en las manos de Dios

Extracto de “Medios divinos y medios humanos”.

Para ser santo no se requiere pues sólo el ser instrumento de Dios, sino el ser instrumento dócil: el querer hacer la voluntad de Dios. La actividad humana se hace santa mientras está unida al querer divino. Lo único que impediría nuestra santificación en el obrar es la independencia del querer divino. Este sería el camino de la esterilidad, como el de la dependencia será el de santificación.

Supuesta la voluntad de Dios, todas las criaturas son igualmente aptas para llevarnos al mismo Dios: riqueza o pobreza, salud o enfermedad, acción o contemplación, evangelio, liturgia, prácticas ascéticas: lo que Dios quiera de nosotros. Entre las manos de Dios cualquiera acción puede ser instrumento de bien como el barro en manos de Cristo sirvió para curar al ciego.

Cualquiera de nuestras acciones por más material que parezca, con tal que sea una colaboración con Dios, hace crecer la vida divina en nuestras almas. ¿Hay un criterio para poder distinguir las acciones nuestras que son una colaboración con Dios de las que no lo son? Sí. La unión de nuestra voluntad con la de Dios. La voluntad de Dios es la llave de la santidad: aceptar esta voluntad, adherir a ella es santificarnos.

Pensar en Dios, meditar su palabra son ocupaciones excelentes pero no pueden considerarse como exclusivas, pues no menos excelente fue María Santísima cumpliendo sus deberes de madre, de esposa, haciendo los deberes domésticos de su casa. Esta tendencia establece un divorcio entre la religión y la vida y puede llegar hasta hacer despreciar el cumplimiento de los deberes de estado aun los más elementales. El miedo de la acción, la convicción que la actividad humana aleja de Dios arrojan estas almas en la mediocridad y en la rareza; no pocos se vuelven orgullosos y testarudos.

No es raro que estas personas ilusionadas no tengan sino desprecio por la cosas de este mundo. No consideran a Dios como causa de su obrar y como alma de sus operaciones sino como un fin al cual hay que tender y este fin situado más allá de lo creado se alcanza por una elevación intelectual que ellos creen mística. Se desinteresan éstos de los progresos terrestres y de las calamidades que pesan sobre la sociedad humana. Allí no está Dios. Dios está en el cielo. De aquí una concepción de la vida espiritual sentada alrededor de algunas virtudes pasivas y secretas que ellos entienden a su manera.

Toda esta concepción de la vida nace de un desconocimiento de la doctrina de la colaboración del hombre con Dios. Si Dios no actúa en este mundo sino que únicamente nos aguarda en el otro es evidente que es una locura detenerse a considerar esta vida mortal y preocuparse en algo de las cosas finitas que nos alejan del infinito. Pero al que considera esta vida como la obra amorosa de un padre que nos la ha dado para su gloria; que nos la ha dado hasta el punto de enviar a su Hijo único a esta tierra a revestirse de nuestra carne mortal y tomar nuestra sangre e incorporar en sí como en un resumen todas las realidades humanas: para el que esto piensa este mundo tiene un valor casi infinito. Este mundo sin embargo lo mira no como el estado definitivo de su acción, sino como la preparación para la consumación de su amor con el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Mientras tanto con su sacrificio de oraciones se une al Verbo Encarnado y agrega en lo que falta a la pasión de Cristo para salvar otras almas y dar gloria a Dios.

El que ha comprendido la espiritualidad de la colaboración toma en serio la lección de Jesucristo de ser misericordioso como el Padre Celestial es misericordioso, procura como el Padre Celestial dar a su vida la máxima fecundidad posible. El Padre Celestial comunica a sus creaturas sus riquezas con máxima generosidad. El verdadero cristiano, incluso el legítimo contemplativo, para semejar a su padre se esfuerza también por ser una fuente de bienes lo más abundante posible. Quiere colaborar con la mayor plenitud a la acción de Dios en El. Nunca cree que hace bastante. Nunca disminuye su esfuerzo. Nunca piensa que su misión está terminada. Tiene un celo más ardiente que la ambición de los grandes conquistadores. El trabajo no es para Él un dolor, un gasto vago de energías humanas, ni siquiera un puro medio de progreso cultural. Es más que algo humano. Es algo divino. Es el trabajo de Dios en el hombre y por el hombre. Por esto se gasta sin límites. Quisiera que los colaboradores no faltasen a Dios. Sabe que Dios está dispuesto a obrar mucho más de lo que lo hace, pero está encadenado por la inercia de los hombres que deberían colaborar con El. Como San Ignacio, piensa “que hay muy pocas personas, si es que hay algunas, que comprendan perfectamente cuánto estorbamos a Dios cuando Él quiere obrar en nosotros y todo lo que haría en nuestro favor si no lo estorbáramos”.

Frente al error que acabamos de señalar hay otro no menos grave que deriva también de una incomprensión de la espiritualidad de la colaboración. Hay personas, como se ve a diario que están de tal manera obsesionadas con el bien de las almas, la gloria de Dios, que olvidan casi completamente la causa invisible de este bien. Su celo es admirable. No tienen más que una idea: hacer avanzar el reino de Dios y combatir por el triunfo de la Iglesia; son leales y rectos en sus intenciones. Sin embargo no se santifican o se santifican muy poco; ganan partidarios a la Iglesia pero en realidad ni ellos se asemejan más a Cristo, ni hacen a nadie más semejante al Maestro. No colaboran con Dios, por tanto su acción es estéril.

Tienen un inmenso celo de la perfección de los otros pero poco celo de su propia perfección. Semejan al artista que preocupado de la función teatral que prepara no guarda tiempo para prepararse él mismo para ella. La realización de sus proyectos los absorbe en tal forma que no tienen tiempo ni fuerza ni gusto para pensar en su alma. Están devorados por la acción. A solas con Dios se aburren; están pensando en la acción que los aguarda y dan como excusa las necesidades del apostolado. Algunos para remediar a su mediocridad introducen en su vida algunos ejercicios de piedad pero su remedio es insuficiente y demasiado exterior a la misma actividad. Algunos llegan a extrañarse que se les pida otra cosa que una abnegación total en la acción. Desprecian secretamente la contemplación, la paz y el silencio.

El motivo de “la voluntad de Dios” es el lema para estar seguro de cumplir nuestra misión sobrenatural, mejor aún que el de la “gloria de Dios”, pues a veces el lema de la gloria de Dios encubre nuestra voluntad bajo pretextos especiosos. En resumen la gran ilusión de los activistas está en gastar demasiados esfuerzos en producir frutos y de hacer demasiado pocos esfuerzos por vivir en Cristo. De esta falta de vida en Cristo se sigue la esterilidad real de su apostolado ya que, como dijo Jesús, “sin mí no podéis nada”; y en cambio, el que cree en El hará las obras de Cristo y aún mayores; pero creer en Cristo es estar incorporado en El por una fe viva que supone la caridad. El sarmiento que no está incorporado a la vid no puede dar frutos, nosotros tampoco si no permanecemos en Cristo.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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El primado de la santidad

Extracto de un documento redactado en París en Noviembre de 1947 y titulado de la misma manera.

Un apostolado racionalizado, una acción eficaz, requiere en primer lugar un hombre entregado a Dios, un alma apostólica, completamente ganada por el deseo de comunicar a Dios, de hacer conocer a Cristo; almas capaces de abnegación, de olvido de sí mismas, con espíritu de conquista, almas para las cuales el grito de San Pablo sea siempre actual ¡con tal que Cristo sea glorificado, en esto me gozo y me gozaré siempre!

La racionalización del apostolado, precisamente exige, que lo supraracional esté en primer lugar. ¡Que sea un santo! En definitiva, no va a apoyarse sobre los medios de su acción humana, sino sobre Dios. Lo demás vendrá después: que trabaje no como guerrillero sino como miembro del Cuerpo místico, en unión con todos los demás, aprovechándose de todos los medios para que Cristo pueda crecer en los demás, pero que primero la llama esté muy viva en él.

Que sea un hombre

Un santo es imposible si no es un hombre, no digo un genio, pero un hombre completo dentro de sus propias dimensiones. Hay tan pocos hombres completos. Los profesores nos preocupamos tan poco de formarlos; y pocos toman en serio el llegar a serlo.

Entre los funcionarios, los maestros, los eclesiásticos… hay tan pocos que me den la idea de “un hombre”. Más los hay entre la gente sencilla, obreros, campesinos; también entre los ingenieros, dirigentes de sindicato…

El hombre tiene dentro de sí su luz y su fuerza. No es el eco de un libro, el doble de otro, el esclavo de un grupo. Juzga las cosas mismas; quiere espontáneamente, no por fuerza, se someta sin esfuerzo a lo real, al objeto, y nadie es más libre que él.

Si se marcha más despacio que los acontecimientos; si se ve las cosas más chicas de lo que son; si se prescinde de los medios indispensables, se fracasa. Y no puede sernos indiferente fracasar, porque mi fracaso lo es para la Iglesia y para la humanidad. Dios no me ha hecho para que busque el fracaso. Cuando he agotado todos los medios, entonces tengo derecho a consolarme y a apelar a la resignación.

Muchos trabajan por ocuparse; pocos por construir; se satisfacen porque han hecho un esfuerzo. Eso no basta. Hay que querer eficazmente.

Guardar su equilibro

El equilibrio es un elemento precioso para un trabajo racional. Vale más un hombre equilibrado que un genio sin él, al menos para realizar el trabajo de cada día.

Equilibrio no quiere decir en ninguna manera, un buen conjunto de cualidades mediocres. Se trata de un crecimiento armónico que puede ser propio del hombre genial, o de una salud enfermiza, o una especialización muy avanzada. No se trata de destruir la convergencia de los poderes que se tiene, sino de sobrepasarlos por una adhesión más firme a la verdad, de completarse en Dios por el amor.

El cristianismo bien comprendido es un maravilloso fermento de equilibrio. El desequilibrio contemporáneo resulta de un crecimiento desordenado del poder material y de las capacidades de gozo. Se abusa de una y otras, en lugar de dominarlas. La vida social es tan compleja, que en lugar de liberar al hombre lo aplasta y lo determina.

La moral cristiana permite armonizarlo todo, jerarquizarlo todo, por más inteligente, ardiente, vigoroso que uno sea. La humildad viene a temperar el éxito; la prudencia frena la precipitación; la misericordia dulcifica la autoridad; la equidad tempera la justicia; la fe suple las deficiencias de la razón; la esperanza mantiene las razones para vivir; la caridad sincera impide el repliegue sobre sí mismo; la insatisfacción del amor humano deja siempre sitio para el amor fraternal de Cristo, la evasión estéril está reemplazada por la aspiración de Dios, cargada de oración, y de insaciable deseo.

El hombre no puede equilibrarse sino por un dinamismo, por una aspiración de los más altos valores de que él es capaz.

El equilibrio no se decreta; no se impone del exterior. Es un asunto personal, del cual cada uno es el primer responsable. Si el equilibrio viene a turbarse por estructuras enfermizas, impuestas desde afuera, será necesario un esfuerzo mayor para recobrarlo, pero será un equilibrio también superior.

Tan pronto como se siente comprometido el equilibrio hay que hacer todo lo posible por ponerse en condiciones de recobrarlo.

Influyen poderosamente en el equilibrio factores del ritmo diario, semanal, de estaciones. Hay que analizarlos con cuidado y corregirlos. El ritmo cotidiano debe armonizarse entre reposo, trabajo difícil, trabajo fácil, comidas, descansos. El ritmo semanal o mensual debe prevenir paradas, detenciones. El ritmo de estaciones y anual debe prever y armonizar períodos de estabilidad y de viajes; trabajo intensivo, trabajo moderado, vacaciones. La buena distinción entre trabajos materiales y espirituales, trabajo manual y esfuerzo intelectual es también muy importante. Es bueno recordar que en muchos casos se descansa de un trabajo pasando a otro trabajo, no al ocio.

A qué paso caminar

Una vez que se han tomado las precauciones necesarias para salvaguardar el equilibrio, hay que darse sin medirse para suprimir, en la medida de lo posible, las causas del dolor humano.

Se trabaja casi al límite de sus fuerzas, pero se encuentra en la totalidad de su donación y en la intensidad de su esfuerzo una energía como inagotable. Los que se dan a medias están pronto gastados, cualquier esfuerzo los cansa. Los que se han dado del todo se mantienen en la línea bajo el impulso de su vitalidad profunda.

Al paso de Dios

Con todo no hay que exagerar y disipar sus fuerzas en un exceso de tensión conquistadora. El hombre generoso tiende a marchar demasiado a prisa: querría instaurar el bien y pulverizar la injusticia, pero hay una inercia de los hombres y de las cosas con la cual hay que contar. Hay lo deseable y lo posible.

Es necesario adquirir el sentido de lo posible, dado lo que somos y lo que tenemos que emprender. Místicamente se trata de caminar al paso de Dios, de tomar su sitio justo en el plan de Dios. Todo esfuerzo que vaya más lejos es inútil, más aún es nocivo. A la actividad la reemplazará el activismo que se sube como el champaña, que pretende objetos inalcanzables, quita todo tiempo para la contemplación; y el hombre deja de ver el diseño de su vida.

Descansos en el camino

Al partir en la vida del espíritu se adquiere una actitud de tensión extrema que niega todo descanso, pero como ni el cuerpo ni el alma están hechos para este juego, viene luego el desequilibro, la ruptura. Se va hasta el extremo en la potencialidad de esfuerzo, sobrepasándose por nuevos esfuerzos de la voluntad, entonces viene el cansancio, el agotamiento…

Hay pues que detenerse humildemente en el camino y descansar bajo los árboles y recrearse con el panorama, podríamos decir, poner una zona de fantasía en la vida.

Peligro del exceso de acción: la compensación

Un hombre agotado busca fácilmente la compensación. Este momento es tanto más peligroso, cuanto que se ha perdido una parte del control de sí mismo, el cuerpo está cansado, los nervios agitados, la voluntad vacilante. Las mayores tonterías son posibles en estos momentos.

Entonces hay sencillamente que relajar; volver a encontrar la calma entre amigos bondadosos, recitar maquinalmente su rosario, dormitar dulcemente en Dios.
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Álvaro Lavín SJ
El Padre Hurtado, Su espiritualidad
Páginas 253-259

San Alberto Hurtado S.J.

 

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El éxito de los fracasos

Meditación del Padre Hurtado sobre la resurrección en los Ejercicios Espirituales del Clero de Temuco, en la última semana de febrero de 1939.

No todo es Viernes Santo. ¡Resucitó Cristo, mi esperanza! “Yo soy la Resurrección” (Jn 11,25). Está el Domingo, y esta idea nos debe de dominar. En medio de dolores y pruebas… optimismo, confianza y alegría. Siempre alegres: Porque Cristo resucitó venciendo la muerte y está sentado a la diestra del Padre. Y es Cristo, mi bien, el que resucitó. Él, mi Padre, mi Amigo, ya no muere. ¡Qué gloria! Así también yo resucitaré “en Cristo Jesús”… y tras estos días de nubarrones veré a Cristo.

Porque cada día que paso estoy más cerca de Cristo. Las canas… El cielo está muy cerca. Cuando este débil lazo se acabe de romper… “deseo morir y estar con Cristo” (Flp 1,23). Porque Cristo triunfó y la Iglesia triunfará. La piedra del sepulcro y los guardias creyeron haberlo pisoteado. Así sucederá también con nuestra obra cristiana. ¡Triunfará! No son los mayores apóstoles los de más fachada; ni los mejores éxitos los de más apariencia. En la acción cristiana hay ¡el éxito de los fracasos! ¡Los triunfos tardíos! En el mundo de lo invisible, lo que en apariencia no sirve, es lo que sirve más. Un fracaso completo aceptado de buen grado, más éxito sobrenatural que todos los triunfos.

Sembrar sin preocuparse de lo que saldrá. No cansarse de sembrar. Dar gracias a Dios de los frutos apostólicos de mis fracasos. Cuando Cristo habló al joven rico del Evangelio, fracasó, pero, cuántos han escuchado la lección; y ante la Eucaristía, huyeron, pero ¡cuántos han venido después! ¡Trabajarás!, tu celo parecerá muerto, pero ¡cuántos vivirán gracias a ti!

Nuestro Señor después de la Resurrección no se contentó con gozar su propia felicidad. Como la alegría del profesor es el conocimiento de sus alumnos… su esperanza no es completa hasta que todos aprenden; como el Capitán del buque no tiene su esperanza completa hasta que se salva el último… ¡Sería pésimo si se contentara con su propia salvación!

Todo el cielo es la gran esperanza vuelta hacia la tierra. San Ignacio tiene gran esperanza en nosotros y no la colmará sino cuando haya entrado el último jesuita. La esperanza es el lazo que une el cielo y la tierra. No nos imaginemos el cielo con sillones tranquilos. San Pedro está mirando el Vaticano todo el día. La tierra es el periódico del cielo. Por eso podemos gritar: ¡Eh, sálvanos que perecemos! Acuérdate que es tu obra la que arde. ¡Eh, santos, miren su obra! ¡Recen por nosotros! ¡La Iglesia lo hace en forma imperativa!

El cielo todavía no está acabado: falta parte de la Iglesia. Y cuando llega un pobre hombre cubierto del polvo de la tierra, ¡la alegría que habrá en el cielo! El Señor lo dice: habrá más alegría en el cielo… (Lc 15,7).

¡Todo el cielo interesándose por la tierra! Y por eso Nuestro Señor se aparece a su Madre… Se interesa por todo, hasta en la pesca de sus apóstoles; en lo que comen ellos: ¿Os queda algo de comer? Comió y distribuyó los pedazos (cf. Jn 21,1–14). Para mostrarnos que más que su propia felicidad eterna, le interesa su obra en la tierra.

 

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¿Cómo vivir la vida?

Escrito del Padre Hurtado.

Buscamos una orientación consistente y nos sentimos desorientados; la desorientación es tan profunda que nos alcanza a nosotros mismos, educadores.

Razón de esta desorientación: el mundo en que vivimos, dominado por problemas materiales formidables. En unos el problema es cómo ganarse la vida cuando la lucha por la existencia ha llegado a términos formidables; la desocupación que al terminar la guerra pasada inmovilizó a 10.000.000 hombres y que ahora se asoma como espectro en muchos hogares; en otros, la competencia económica de empresas nacionales o extranjeras que concentra todas las energías en una mejor producción y a un menor costo; en el estudiante, su carrera universitaria llena de exigencias en la que teme ver a veces puertas que se le cierran por temor de los que ahora son profesionales, a la competencia de los que vienen detrás de ellos, y al término de sus esfuerzos no sabe qué logrará después de tanto sacrificio… Situación de profesionales jóvenes que andan a la caza de trabajitos minúsculos porque no hay más. Empleados amargados en su, trabajo sin horizontes, mecánico, incapaz de despertar un entusiasmo y cuyo sueldo no le permite afrontar el problema de su matrimonio… Políticos, asqueados de su propio vocabulario de promesas huecas que se dan cuenta que no afrontan los problemas reales, que no saben cómo solucionarlos.

Soldados que han peleado una guerra… sin saber por qué, ni qué ha ganado el mundo después de ella. Militares que lucen uniforme y limpian armamento que nunca han de usar… preocupados con el porvenir y con el ascenso…

Solteros que no saben cuándo se podrán casar; y casados, con mil problemas de corazón, de dinero, de conciencia atropellada a diario y que los hace vivir una vida doble…

Una amargura está oculta en medio de la trama de la vida, debajo de la máscara de aparentes alegrías, y se acude a diversiones ininterrumpidas, precisamente para desechar ese microbio que, como el de la tisis, está allí limando, royendo el alma. En algunos esa amargura los consume materialmente, a muchos los vence con las mil formas de perturbaciones psíquicas, a algunos incluso los lleva al suicidio.

Si somos sinceros nos daremos cuenta que éste es también en parte nuestro caso; y si aún no ha llegado esa hora… es muy de temer que llegue pronto.

¿Alrededor de qué idea orientarnos? ¿En qué terreno firme edificar una casa que no echen abajo las tormentas?

¿La religión? Para muchos es una bella canción de cuna de pueblos primitivos; un ideal del corazón, pero que no soporta el test de la edad adulta: una emoción sana, hermosa, pero irrealizable en su forma integral: un ideal que se ve hermoso en unos ejercicios pero que es incompatible en su forma integral con la vida real que hay que vivir ahora.

Y este último aspecto es el que temo sea nuestro enemigo preciso: peligroso a más no poder como esas heladas intempestivas que matan el fruto aun en flor… Y se guardan las prácticas de la religión… pero no se le entrega lo único que puede satisfacerla: la donación completa de la voluntad decidida a vivir su Fe, a vivirla en cada momento del día y de la noche… con más o menos prácticas, si fuera necesario con menos, pero a vivir por un motivo de fe, a tener los ideales de su fe y a guiarse por ellos, aunque me estén aunque me matasen.

Por otra parte al mirar la vida religiosa ya con ojos de adulto, encuentra uno tanto de que escandalizarse.

Primero: la enorme división de religiones… sectores inmensos que no conocen siquiera a Cristo…

Dentro de la familia cristiana, tantos millones de protestantes fervientes, generosos, correctos, más morales quizás, que muchos católicos…

Entre los católicos, tantos motivos de escándalo: la ignorancia, vicios… superstición de la masa popular, la falta horrenda de caridad de parte de tanta gente culta que parecen contentarse con quererse asegurar un cielo en la otra vida con su dinero, y tomar para sí toda la felicidad en esta tierra.

Los problemas sociales sin solución, sin interesar siquiera a los más…

Las complicidades aparentes de los eclesiásticos con este egoísmo, a los cuales no siempre se les ve del lado del pueblo oprimido… ni tampoco dando testimonio en sus vidas de la doctrina que profesan…

La mezcla irritante de religión y política para cubrir con aquella, tantas atrocidades en nombre del orden.

Por un lado una fuerza brutal que lleva al hombre a lo material, que centra su alma, sus preocupaciones en lo terreno, en lo terreno que necesita, en exigencias que no puede postergar y que se hacen presentes a cada hora, hasta en el sueño de la noche, y tan pronto despierta, allí están ellas.

Y por otro lado al querer asirse de la religión le parece algo tan etéreo, tan poco consistente, tan incierto. Problemas que no sabe resolver y que están allí, a pesar de todo, pidiendo una solución.

Y no hemos dicho nada del ambiente del placer, de la atracción de los sentidos que punza su carne con vehemencia en un mundo todo organizado para gozar. La prensa, la radio, la música, el cine, las mujeres en la calle, las conversaciones, todo habla de esa juventud que se vive una vez, y que él está malogrando, tontamente…

¿Qué sucederá en el alma del joven? En el que está llamado a ser jefe no puede menos de presentarse este problema. ¿Qué será de su vida religiosa? ¿De su fe misma? En muchos sucumbirá… en otros pasara una crisis más o menos duradera, en otros saldrá airosa y afianzada y a semejanza de esos árboles plantados, en lo alto del monte: los que resisten quedan más firmemente arraigados y con sus hojas limpias, purificadas de polvo, mientras a su lado yacen muchos tumbados… Pero los más, me temo, harán un compromiso: guardarán su fe, sus prácticas -muchas al menos-, pero no le darán lo único que a la fe puede contentar: una voluntad entera, pronta, toda ella entregada a Cristo para vivir de fe, para hacer en todo la voluntad divina. Esta vida de fe supone un gran amor, un inmenso amor y una renunciación entera: es el holocausto, el sacrificio completo. Pero si no se concibe así, en los que son capaces de concebirla, no durará… se irá extinguiendo y terminará por no brillar; como con tanta pena lo podernos constatar en quienes un tiempo brillaron externamente, pero sin realizar jamás la entrega completa de sus vidas.

¿Cómo vivir, por tanto, mi vida?

En espíritu de fe. Lo que supone antes que nada comprensión de que Dios es Dios y yo soy yo. Que él lo es todo, la primera, la grande, la inmensa realidad nunca pasada de moda. El primer sitio es el suyo: a su luz deberá mirar todas las demás cosas.

La grandeza inmensa de Dios dominando los mundos todos, los hombres, mi vida y tratando de tener los oídos abiertos para conocer su santísima voluntad, norma de toda mi vida. Para el sacerdote lo mismo que para el seglar esta voluntad divina es la suprema realidad.

1.- La voluntad de Dios es nuestra santificación. Hambre y sed de justicia, de santidad. En la jerarquía de amores o valores, lo primero mi santificación, a velas desplegadas, a pesar de vivir en el siglo XX, o mejor santificándome en el siglo XX y santificando el siglo XX. Y esto no es problema de prácticas, más o menos: es problema de pedir, suplicar, clamar al Señor, el serle fiel en lo grande y en lo chico y la resolución de poner por obra sus inspiraciones y de organizar mi vida en forma que mi santificación sea una gran realidad.

2.- Un gran amor a Cristo, autor y modelo de nuestra santificación. Contemplar con amor su vida para copiar en la mía sus rasgos, para seguir sus consejos, que son dados para el siglo XX, para mí. Y con inmenso valor -eso es tener fe- arrojar la red, lanzarme a realizar el plan de Cristo por más difícil que me parezca… por más que me asisten temores…. con la consulta prudente para determinadas resoluciones. Seguir a Cristo y realizar sus designios sobre mí.

Mi ideal central es ser otro Cristo, obrar como él, dar a cada problema su solución. El cuadro de mi vida será aquél en que la Divina Providencia me ha colocado, con mis deberes de estado, pero todo realizado cayendo en la cuenta de que Cristo y yo somos uno: que trabajamos.

Entre los deseos más queridos de Cristo está el de que amemos a nuestros hermanos con el mismo amor que él demostró por ellos. Por eso mi vida cristiana, ha de estar llena de celo apostólico, del deseo de ayudar a los demás, de dar más alegría, de hacer más feliz este mundo. No sólo “nota” apostólica sino consagración entera en mi espíritu y en las obras. Una vida sin compartimentos, sin jubilación, sin jornada de ocho o doce horas. Toda la vida entera y siempre para vivir la vida de Cristo. Al avanzar en años disminuye el ritmo vital, el idealismo primero es menos intenso, pero por la fe no disminuirá en nada la consagración de mi vida a Cristo.

Y esto en cualquier género de trabajo. Lo normal en la vida cristiana, al contrario del Ejército, es que al avanzar en años se ocupan puestos secundarios… Eso no influye en nada. ¡Para lo que Cristo quiera servirse de mí!

3.- Y esta vida de fe, que es sustancialmente un amor alimentado por una intensa vida interior: vida de oración, vida de meditación, vida de sacramentos, vida de ejercicios, vida de lectura espiritual, de amistades espirituales, de ambiente espiritual para poder, sin salir del mundo, ser sal del mundo y su luz.

4.- Así tendremos el cristiano que el siglo XX necesita, realista y santo. Una legión de éstos salvará la humanidad.

San Alberto Hurtado S.J.

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¿Cómo llenar mi vida?

Conferencia para señoras, pronunciada por el Padre Hurtado en Viña del Mar en 1946.

La enfermedad de moda en nuestros días es la neurosis. Una de las profesiones que más trabajo tiene es la de psiquiatra…Muchas personas que se creen atacadas por neurosis no tienen neurosis, sino vaciedad de vida: No tienen nada que hacer, nada que las saque de sí mismas; viven concentradas en su interior, siempre mirándose al espejo de su pensamiento: si están bien, si están mal; si las estiman o no; si la miraron, por qué; si no, por qué la dejaron de mirar… Castillos en el aire… sobre lo que los otros piensan de ella… La neurosis está a la puerta, la vida se tiñó para siempre de tristeza. ¡El egoísmo está en la raíz del mal!

¿Cómo curar esa neurosis? Antes de ir al psiquiatra, yo aconsejaría a esa persona que consultara a un Director Espiritual prudente. Puede que la raíz de su mal sea un complejo sepultado en su interior, desde sus primeros años, pero lo más probable es que sea simplemente una vida vacía, sin sentido; un alma que espera algo que la llene, que la tome, que le dé sentido a su existencia.

¡Es tan triste vegetar! ¡Ver que los años pasan y que no se ha hecho nada!, que nadie la mira con ojos agradecidos… que no tiene dónde volverse para encontrar amor.

El cristianismo en esta materia, como en las demás, no es sólo ley de santidad, sino también de salud espiritual y mental. Para algunos, la moral cristiana es un código sumamente complicado, largo, detallado, estrecho… que puede ser violado aún sin darse cuenta. Es un conjunto de leyes ordinariamente negativas: no hagas esto, ni aquello… ¿Cómo voy a poder llenar mi vida con negaciones?

Pero, felizmente, la verdad es muy distinta. El cristianismo no es un conjunto de prohibiciones, sino una gran afirmación… y no muchas, una: Amar. “Dios es amor” (1Jn 4,8), y la moral de quienes han sido creados a imagen y semejanza de Dios, es la moral del Amor. ¿Cuál es el precepto más grande de la ley? Amarás… y el segundo, semejante al primero, es éste: y amarás a tú prójimo como a ti mismo (cf. Mt 22,37-39). Por eso, Bossuet, con su genio clarísimo podía decir: “Seamos cristianos, esto es, amemos a nuestros hermanos”.

La mejor manera de llenar la vida: llenarla de amor, y al hacerlo así no estamos sino cumpliendo el precepto del Maestro. Poco antes de partir de este mundo, al querer resumir toda su enseñanza en un precepto fundamental, nos encargó: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros… En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros… (cf. Jn 13,34-35). ¡En esto, y sólo en esto, conocerá el mundo que sois mis discípulos!

Los primeros cristianos: –¿Cómo se salva a un hombre? –Amándolo, sufriendo con él, haciéndose uno con él, en el dolor, en su propio sufrimiento. No con discursos, que no cuesta nada pronunciarlos; con sermones que no cambian nuestras vidas; ¡sino con la evidente demostración del amor! La Iglesia necesita, no demostradores, sino testigos.

Por eso es que creo que en los tiempos difíciles que nos aguardan, Dios en su inmensa misericordia va a suscitar espíritus nuevos. Yo no me extrañaría de ver una nueva Congregación religiosa vestida de overall, con voto de trabajar en las fábricas y de vivir en los conventillos para salvar al mundo; como hemos visto a las hermanitas de la Asunción y a las de la Santa Cruz darse enteras para la redención de los adoloridos. Y acabamos de leer una obra maravillosa de un sacerdote obrero, quien para salvar a sus hermanos expatriados se deporta, obrero como ellos…

Y entre todos los hombres, hay algunos a quienes Cristo nos recomienda en forma especial: a sus pobres. ¿Quién es mi prójimo?, le pregunta un doctor de la ley a Jesús, y Él le contesta: Por el camino de Jericó bajaba un pobre hombre… medio muerto… Haz tú lo mismo (cf. Lc 15,29-37). Y hacer o no hacer estas obras de caridad con el prójimo es tan grave a los ojos de Dios que va a constituir la materia del juicio: Tuve hambre… tuve sed… estuve preso… No “me” disteis… no “me”… (cf. Mt 25,31-46).

El prójimo, el pobre en especial, es Cristo en persona. Lo que hiciereis al menor de mis pequeñuelos a “mí” lo hacéis. El pobre suplementero, el lustrabotas, la mujercita tuberculosa, es Cristo. El borracho… ¡no nos escandalicemos, es Cristo! ¡Insultarlo, burlarse de él, despreciarlo!, ¡es despreciar a Cristo! ¡¡Lo que hiciéreis al menor, a mí lo hacéis!! Esta es la razón del nombre “Hogar de Cristo”.

Mucho se habla en estos días de orden social cristiano y con mucha razón. Orden que supone una legislación basada en el bien común, en la justicia social, pero orden que sólo será posible si los cristianos nos llenamos del deseo de amor, que se traducirá en dar. Menos palabras y más obras. El mundo moderno es antiintelectualista: cree en lo que ve, en los hechos.

Cuando los pobres ven, palpan su dolor y nos miran a nosotros cristianos, ¿qué tienen derecho a pedirnos? ¿A nosotros que creemos que Cristo vive en cada pobre? ¿Podrán aceptar nuestra fe si nos ven guardar todas las comodidades, y odiar al comunismo por lo que pretende quitarnos, más que por lo que tiene de ateo? ¿Cuál debe ser nuestra actitud?: ¡Sentido social!, servir, dar, amar. Llenar mi vida, de los otros.

 

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Adoración y servicio

Carta del Padre Hurtado a un amigo, del 24 de junio de 1948.

Muerto de vergüenza estoy por lo mal que me he portado contigo, pero tú conoces de sobra mi vida, y sabes los mil y un traqueteos en que me veo envuelto y que me dejan imposibilitado para poder escribirte una larga y noticiosa carta.

Me alegro, en el alma, de las noticias que me das de tu vida, de tus trabajos, y de tus actividades; sobre todo de la contemplación a la que Dios te va llevando.

Cada día estoy más persuadido que el camino iniciado es el único sólido para una influencia cristiana. El olvido de Dios, tan característico en nuestro siglo, creo que es el error más grave, mucho más grave aún que el olvido de lo social.

Nuestro siglo es eminentemente “el siglo del hombre”. Buscando las virtudes activas, hemos perdido el sentido de sacrificio y de la resignación; sin embargo esto tiene un valor eterno que nada podrá reemplazar.

Ojalá, pues, mi querido amigo, que te empapes de calma, de adoración. Esta última palabrita es la que más quiero recalcarte: adoración. Tratar de palpar la inmensa grandeza de Dios, algo de lo que se ve en el Antiguo Testamento y que una explicación excesivamente dulzona nos hace olvidar a veces. Es absolutamente necesario hacer amistad con Cristo, en el sentido de una fraternidad con Él, pero que nada nos haga olvidar la distancia infinita que nos separa; que si Él nos llama sus hijos no es porque tengamos derecho, sino por un gesto de su infinita bondad.

Te recomiendo mucho que saborees oraciones de la Santa Misa, la Secuencia de Pentecostés y otras por el estilo. Ojalá llegues a connaturalizarte con la vida litúrgica en su sentido más pleno, con el canto de los salmos, con la adoración eucarística. Lo que más te deseo –te lo repito una y mil veces– es que vuelvas con mucho espíritu de adoración, con mucha paz interior, con una gran disposición a ser un instrumento de Cristo. En esto está la santidad. Ninguna definición tan hermosa de oración he encontrado como la del P. Charles: “Orar es conformar nuestros quereres con el querer divino, tal como Él se manifiesta en sus obras”.

Todos estos traqueteos míos se aumentan ahora con el proyecto de habitaciones de emergencia que empieza a caminar, como cuerda anexa del Hogar de Cristo. El buen espíritu de los colaboradores es magnífico y creo que esta idea será realidad hermosísima a fines de año. Pensamos construir poblaciones de emergencia para la gente más pobre. Primero se les arrendará y luego éstos empezarán a amortizar cuotas hasta cubrir el valor de una de las casas.

Por otra parte, y para los menos pobres, pensamos construir casitas que desde el primer momento serán de sus poseedores. Ellos contribuirán con pequeñas cuotas y el resto se amortizará según sus posibilidades.

Dios nos dé hombres de vida interior que los encaren con serenidad y con verdadera justicia. Te saluda con todo cariño tu afectísimo amigo,

Alberto Hurtado C. S.J.

 

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Eucaristía

Un solo Señor

Sobre la Eucaristía.

Por la Eucaristía tenemos la Iglesia y por la Iglesia llegamos a Dios. Cada hombre se salvará no por sí mismo, no por sus propios méritos, sino por la sociedad en la que vive, por la Iglesia, fuente de todos sus bienes. Sin la Eucaristía, la Iglesia de la tierra estaría sin Cristo. La razón, los sentidos, nada ven en la Eucaristía, sino pan y vino, pero la fe nos garantiza la infalible certeza de la revelación divina; las palabras de Jesús son claras: “Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre” y la Iglesia las entiende al pie de la letra y no como puros símbolos. Con toda nuestra mente, con todas nuestras fuerzas creemos los católicos, que “el cuerpo, la sangre, y la divinidad del Verbo Encarnado” están real y verdaderamente presentes en el altar en virtud de la omnipotencia de Dios.

El Cristo Eucarístico se identifica con el Cristo de la historia y de la eternidad. No hay dos Cristos sino uno solo. Nosotros poseemos en la Hostia al Cristo del sermón de la montaña, al Cristo de la Magdalena, al que descansa junto al pozo de Jacob con la samaritana, al Cristo del Tabor y de Getsemaní, al Cristo resucitado de entre los muertos y sentado a la diestra del Padre. No es un Cristo el que posee la Iglesia de la tierra y otro el que contemplan los bienaventurados en el cielo: ¡una sola Iglesia, un solo Cristo!

Esta maravillosa presencia de Cristo en medio de nosotros debería revolucionar nuestra vida. No tenemos nada que envidiar a los apóstoles y a los discípulos de Jesús que andaban con Él en Judea y en Galilea. Todavía está aquí con nosotros. En cada ciudad, en cada pueblo, en cada uno de nuestros templos; nos visita en nuestras casas, lo lleva el sacerdote sobre su pecho, lo recibimos cada vez que nos acercamos al sacramento del Altar. El Crucificado está aquí y nos espera y nos espera.

La misma sangre redentora fluye sobre todas las generaciones que pasan. El alma de Cristo está en la Hostia. Nada escapa a la mirada comprensiva de Cristo. La vida Eucarística de Jesús es una vida de amor. Del corazón de Cristo, sin cesar suben al Padre los ardores de una caridad infinita. La Trinidad encuentra en el Cristo de la Hostia una gloria sin medida y sin fin.

De la Eucaristía espera la Iglesia para sí y para cada uno de sus fieles fuerza victoriosa para todas las situaciones.

Más aún al acercarnos al Cristo del altar como al Cristo en la cruz sentiremos desarrollarse en nosotros el espíritu de sacrificio, esencia del Evangelio: “Si alguno quiere venir en pos de Mí que tome su cruz todos los días y que me siga”. Un alma permanece superficial mientras que no ha sufrido. En el misterio de Cristo existen profundidades divinas donde no penetran por afinidad sino las almas crucificadas. La auténtica santidad se consuma siempre en la cruz. Muchos cristianos se quejan de la tibieza de sus comuniones, del poco fruto que obtienen de su contacto con Cristo. Olvidan que la verdadera preparación a la Comunión no se reduce a simples actos de fervor, sino que consiste principalmente en una comunión de sufrimientos con Jesús.

Hermanos, he aquí el inmenso don que Jesús dejó al alcance de nuestras almas. Es la gran palanca para nuestra santificación, el medio más eficaz para realizar la divinización de nuestras vidas.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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La eucaristía

Extracto de un ciclo de charlas del Padre Hurtado a la Congregación Mariana sobre la Eucaristía, en julio de 1940. Ésta corresponde al 7 de julio de 1940 (en plena Segunda Guerra Mundial).

  1. La Eucaristía como sacrificio

El sacrificio eucarístico es la renovación del sacrificio de la cruz. Como en la cruz todos estábamos incorporados en Cristo; de igual manera en el sacrificio eucarístico, todos somos inmolados en Cristo y con Cristo.

De dos maneras puede hacerse esta actualización. La primera es ofrecer, como nuestra, al Padre celestial, la inmolación de Jesucristo, por lo mismo que también es nuestra inmolación. La segunda manera, más práctica, consiste en aportar al sacrificio eucarístico nuestras propias inmolaciones personales, ofreciendo nuestros trabajos y dificultades, sacrificando nuestras malas inclinaciones, crucificando con Cristo nuestro hombre viejo. Con esto, al participar personalmente en el estado de víctima de Jesucristo, nos transformamos en la Víctima divina. Como el pan se transubstancia realmente en el cuerpo de Cristo, así todos los fieles nos transubstanciamos espiritualmente con Jesucristo Víctima. Con esto, nuestras inmolaciones personales son elevadas a ser inmolaciones eucarísticas de Jesucristo, quien, como Cabeza, asume y hace propias las inmolaciones de sus miembros.

¡Qué horizontes se abren aquí a la vida cristiana! La Misa centro de todo el día y de toda la vida. Con la mira puesta en el sacrificio eucarístico, ir siempre atesorando sacrificios que consumar y ofrecer en la Misa.

¡Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada!

       2. La Eucaristía es centro de la vida cristiana

Por la Eucaristía tenemos la Iglesia y por la Iglesia llegamos a Dios. Cada hombre se salvará no por sí mismo, no por sus propios méritos, sino por la sociedad en la que vive, por la Iglesia, fuente de todos sus bienes. Sin la Eucaristía, la Iglesia de la tierra estaría sin Cristo. La razón y los sentidos nada ven en la Eucaristía, sino pan y vino, pero la fe nos garantiza la infalible certeza de la revelación divina; las palabras de Jesús son claras: «Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre» y la Iglesia las entiende al pie de la letra y no como puros símbolos. Con toda nuestra mente, con todas nuestras fuerzas, los católicos creemos, que “el cuerpo, la sangre y la divinidad del Verbo Encarnado” están real y verdaderamente presentes en el altar en virtud de la omnipotencia de Dios.

El Cristo Eucarístico se identifica con el Cristo de la historia y el de la eternidad. No hay dos Cristos sino uno solo. Nosotros poseemos en la Hostia al Cristo del sermón de la montaña, al Cristo de la Magdalena, al que descansa junto al pozo de Jacob con la samaritana, al Cristo del Tabor y de Getsemaní, al Cristo resucitado de entre los muertos y sentado a la diestra del Padre. No es un Cristo el que posee la Iglesia de la tierra y otro el que contemplan los bienaventurados en el cielo: ¡una sola Iglesia, un solo Cristo!

Esta maravillosa presencia de Cristo en medio de nosotros, debería revolucionar nuestra vida. No tenemos nada que envidiar a los apóstoles y a los discípulos de Jesús que andaban con Él en Judea y en Galilea. Todavía está aquí con nosotros. En cada ciudad, en cada pueblo, en cada uno de nuestros templos; nos visita en nuestras casas, lo lleva el sacerdote sobre su pecho, lo recibimos cada vez que nos acercamos al sacramento del Altar.

Un alma permanece superficial mientras que no ha sufrido. En el misterio de Cristo existen profundidades divinas donde no penetran por afinidad sino las almas crucificadas. La auténtica santidad se consuma siempre en la cruz. El que quiere comulgar con provecho, que ofrezca cada mañana una gota de su propia sangre para el cáliz de la redención.

     3. La Eucaristía y las aspiraciones del hombre

La gran obra de Cristo, que vino a realizar al descender a este mundo, fue la redención de la humanidad. Y esta redención en forma concreta se hizo mediante un sacrificio. Toda la vida del Cristo histórico es un sacrificio y una preparación a la culminación de ese sacrificio por su inmolación cruenta en el Calvario. Toda la vida del Cristo místico no puede ser otra que la del Cristo histórico y ha de tender también hacia el sacrificio, a renovar ese gran momento de la historia de la humanidad que fue la primera Misa, celebrada durante veinte horas, iniciada en el Cenáculo y culminada en el Calvario.

Toda santidad viene del sacrificio del Calvario, él es el que nos abre las puertas de todos los bienes sobrenaturales. Todas las aspiraciones más sublimes del hombre, todas ellas, se encuentran realizadas en la Eucaristía:

  1. La Felicidad:el hombre quiere la felicidad y la felicidad es la posesión de Dios. En la Eucaristía, Dios se nos da, sin reserva, sin medida; y al desaparecer los accidentes eucarísticos nos deja en el alma a la Trinidad Santa, premio prometido sólo a los que coman su Cuerpo y beban su Sangre.
  2. Ser como Dios:El hombre siempre ha aspirado a ser como Dios, a transformarse en Dios, la sublime aspiración que lo persigue desde el Paraíso. Y en la Eucaristía ese cambio se produce: el hombre se transforma en Dios, es asimilado por la divinidad que lo posee; puede con toda verdad decir como San Pablo: “ya no vivo yo, Cristo vive en mí” (Gál 2,20).
  3. Hacer cosas grandes:El hombre quiere hacer cosas grandes por la humanidad; pero, ¿dónde hará cosas más grandes que uniéndose a Cristo en la Eucaristía? Ofreciendo la Misa salva la humanidad y glorifica a Dios Padre en el acto más sublime que puede hacer el hombre. El sacerdote y los fieles son uno con Cristo, “por Cristo, con Él y en Él” ofrecemos y nos ofrecemos al Padre.
  4. Unión de caridad:en la Misa, también nuestra unión de caridad se realiza en el grado más íntimo. La plegaria de Cristo “Padre, que sean uno… que sean consumados en la unidad” (Jn 17,22-23), se realiza en el sacrificio eucarístico.

¡Oh, si fuéramos a la Misa a renovar el drama sagrado, a ofrecernos en el ofertorio con el pan y el vino que van a ser transformadas en Cristo pidiendo nuestra transformación! La consagración sería el elemento central de nuestra vida cristiana. Teniendo la conciencia de que ya no somos nosotros, sino que tras nuestras apariencias humanas vive Cristo y quiere actuar Cristo…

Y la comunión, esa donación de Cristo a nosotros, que exige de nosotros gratitud profunda, traería consigo una donación total de nosotros a Cristo, que así se dio, y a nuestros hermanos, como Cristo se dio a nosotros.

A la comunión no vamos como a un premio, no vamos a una visita de etiqueta, vamos a buscar a Cristo para “por Cristo, con Él y en Él” realizar nuestros mandamientos grandes, nuestras aspiraciones fundamentales, las grandes obras de caridad… Después de la comunión quedar fieles a la gran transformación que se ha apoderado de nosotros. Vivir nuestro día como Cristo, ser Cristo para nosotros y para los demás. ¡Eso es comulgar!

 

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Dios y Eternidad

Vivir para siempre

Meditación de Semana Santa para jóvenes, escrita por el Padre Hurtado en 1946.

  1. El hombre quiere vivir

Anhelo profundo de nuestro espíritu, el más profundo: vivir. Si uno ha conocido alguna belleza anhela seguir poseyéndola. Por eso la naturaleza se resiste a morir. Cuesta morir, el hombre se defiende -“No pierde la esperanza”-. Y quienes creen que el hombre muere, lloran la muerte, y llevan luto por la muerte. Porque el hombre no quiere morir, sino vivir.

Y sin embargo ante nuestros ojos, ¡todo es muerte, separación y dolor! Hay que ser muy joven o muy santo para no conocer el dolor. “Parirás con dolor. Comerás el pan con el sudor de tu frente. Cultivarás la tierra que te dará abrojos. Tendrás enfermedades y miserias. Morirás…”. El niño nace llorando… el hombre se muere con un gesto de supremo dolor: la última mueca; está desencajado. Enfermedades ¿quién se escapa de alguna? La muerte ¿quién se escapa?

Visitaba la fábrica Ford bajo el mando de Henri Ford II, católico: Su padre acaba de morir, ¡en plena juventud! 300.000 obreros trabajan para él y Henri II morirá… Su esposa, para que no se ajara su vestido de novia, fue en un autobús al matrimonio, el vestido ya se ajó, ella morirá… ¡¡Sólo su hermosa alma sobrevivirá!!

¿Ruinas económicas? La guerra las ha hecho tan comunes que a nadie impresionan… Esas ciudades magníficas, gloria del mundo: Ahora son un montón de ruinas. Esos hombres ricos ayer, hoy vestidos de papel… Goering, Hess y el Emperador de Japón en el lado de los vencidos. Mussolini y Hitler, ¡¡eran ayer los amos de Europa!! Hablaban, mandaban, imperaban. Hoy ¿qué son?

Las facultades cerebrales se gastan, disminuyen: la vista se acorta, los oídos se endurecen: no perciben las armonías, los ojos ya no se deleitan en los colores, los pies ya no pueden llevarlo a las montañas… las ideas se oscurecen, ¡y las últimas etapas de la escala de la vida el hombre las sube solo, triste, melancólico! Después de mirar una vida en que ha habido mucho dolor, muchas crisis, muchas desuniones, se piensa a veces en el fracaso. Se cree en el amor y se ve a la policía en la casa para separar a los hijos; se ha predicado la unión y se ve la disputa del trozo de oro… ¿Es esto vivir? ¿Puede acaso satisfacernos una existencia así?

  1. La grandeza de nuestro espíritu

Nuestra alma es espiritual, creada por Dios a su imagen y semejanza. Semejante en su naturaleza y semejante en sus tendencias: Con hambre irresistible de bien, de bondad, de belleza, de verdad: Siempre pide más y más.

Todo lo de aquí abajo lo cansa, no lo llena. Por más grande que sea el amor, siempre le queda una apetencia para algo mayor. Por eso que el hombre es el rey de la creación. Porque es el único capaz de comprender y de tender a lo infinito. Vivir… recordar nuestro destino. Lo infinito. Lo que no tiene límites en todo lo que es perfección.

Dios: que es bello, más que el sol naciente; tierno, más que el amor de una madre; que es cariñoso e íntimo, más que el momento más de cielo en el amor; fuerte, robusto, magnífico en su grandeza. Santo, santo, santo, sin mancha. ¿Qué puedo yo soñar en el rapto más enloquecedor? Eso será realidad en todo lo que tiene de belleza, y mucho más… ¿Comprensión, ternura, intimidad, compañía?… ¡Sí, las tendré y sin manchas!

Y la eternidad… no en sombra de segundos, o años de segundos, para siempre. ¡¡Sin ocaso!!Vivir la eternidad. Mirar a la eternidad en los momentos de depresión. Esto pasa… ¡¡Eso no!! Esto es una hora, ¡¡aquello eterno!!

Mirar mi vida a la luz de la eternidad. Mis amores a la luz de la eternidad… Mi profesión… el uso de mi tiempo… a la luz de la eternidad. Los sacrificios que Dios me pida… Mi vida de estudios, el tiempo que dé a las realidades tangibles, que son sombra de la realidad, frente a la gran realidad, la eterna… ¿Qué tiene esto que ver con la eternidad?

La santidad a la que Dios me llama, que me parece austera; la vida de oración, las mortificaciones, mi apostolado, en el que me roe el desaliento… a la luz de la eternidad… El apostolado que es “almas para la eternidad”, almas que sean felices por una eternidad, librarlas de un incendio. La Acción Católica… el sacerdocio… las misiones… La China, el Congo… Los Padres Jesuitas en el Congo, ¡el Padre Jogues y Brébeuf en Canadá! El Padre Damián en la leprosería. Toda la santidad, a la luz de la eternidad: ¡¡Eso es vivir!!

Alegría, ¡y qué feliz se vive cuando se piensa en lo eterno! Allí está mi morada… ¿Dolores? Pasan, pero la eternidad permanece. ¿Muerte? No, un hasta luego, sí ¡hasta el cielo! ¡Hasta muy pronto!

¡Señor, qué pocos piensan así! ¡Qué poco pienso yo así! Y sólo así se piensa en cristiano, ¡y toda otra visión de la vida es pagana! Pero esta visión es imposible sin una vida de intensa oración, sin recogimiento, sin meditación, pero cualquier sacrificio vale la pena por este tesoro. El Reino de los cielos es semejante a un hombre que descubrió un tesoro, y habiéndolo descubierto, ¡vendió todo para comprar aquel campo! (cf. Mt 13,44). Venderlo todo. Es lo que han hecho los santos, los mártires, es lo que hacen los cristianos de verdad.

  1. La vida eterna es poseer a Dios

La vida eterna es poseer a Dios… y llenar eternamente con nuevos y nuevos aspectos mi inteligencia sedienta de verdad. No es mirar y saciarme, sino penetrar y ahondar un libro inagotable, porque es infinito y mi inteligencia permanece finita. Es un viaje infinitamente nuevo y eternamente largo.

“¡Hoy estarás conmigo!”, le dijo Jesucristo al ladrón (cf. Lc 23,43). No había para qué decirle: en el paraíso, porque estar con Jesucristo es el Paraíso. ¡Jesucristo! El corazón más noble, el amigo por excelencia, en el cielo, junto a mí, será mi amigo. ¡Vivir, es vivir con Él!

Los seres amados en Cristo, serán poseídos en Él también en el cielo. En el momento de la muerte, la ausencia estará terminada: Vivir, conversar, mirarse, unirse… sin que nada los separe porque ambos amarán lo mismo, verán las cosas en la misma forma, no habrá el temor de una incomprensión, y nada, ni la muerte, que no existirá, ni el cansancio, ¡¡ni el sueño vendrá a turbar este amor que será eterno!!

¡Vivir! ¡Esto es vivir! ¡Señor que yo realice la verdad, para que llegue a tu luz!, luz indefectible, luz alegre, luz verdadera, ¡¡luz que es vida!!

Señor yo quiero creer, para llegar a amar.
Señor yo quiero creer, para poder alcanzar.
Señor yo quiero creer, porque quiero vivir tu vida, contigo.
Con Jesucristo mi amigo, con mi Madre María,
Con mis seres queridos, con tus Ángeles y Santos.
Por siempre jamás. Amén. Amén. Amén.

 

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Vivir bajo la acción de Dios

Este texto es la primera parte de un documento titulado “Siempre en contacto con Dios”.

El apóstol no es el activista, sino el que guarda en todo momento su vida bajo el impulso divino. Cada una de nuestras acciones tiene un momento divino, una duración divina, una intensidad divina, etapas divinas, término divino. Dios comienza, Dios acompaña, Dios termina. Nuestra obra cuando es perfecta es a la vez toda Suya y toda mía. Si es imperfecta es porque nosotros hemos puesto nuestras deficiencias, es porque no hemos guardado el contacto con Dios durante toda la duración de nuestra obra; es porque hemos marchado más aprisa o más despacio que Dios. Nuestra actividad no es plenamente fecunda, sino en la sumisión perfecta al ritmo divino: en una sincronización total de mi voluntad con la de Dios.

Sin duda que nuestro Padre no se molesta por nuestras torpezas, por nuestras prisas o lentitudes infantiles, o nuestras cegueras ciegas. Espera su hora para mostrarnos que nuestros excesos son la causa de nuestros fracasos. Reconocer nuestra debilidad es apoyarnos en Dios; desconfiar de nosotros mismos es fiarnos de Él.
El amor de Cristo nos rige

Sería peligroso sin embargo, bajo el pretexto de guardar contacto con Dios, refugiarnos en una pereza soñolienta, en una quietud inactiva. Entra en el plan de Dios el ser estrujado… La caridad nos urge de tal manera que no podemos rechazar el trabajo; consolar un triste, ayudar un pobre, un enfermo que visitar, un favor que agradecer, una conferencia que dar; dar un aviso, hacer una diligencia, escribir un artículo, organizar una obra, y todo esto añadido a las ocupaciones de cada día, a los deberes cotidianos. Si alguien ha comenzado a vivir para Dios en abnegación y amor a los demás, todas las miserias se darán cita en su puerta. Si alguien ha tenido éxito en el apostolado, las ocasiones de apostolado se multiplicarán para él. Si alguien ha llevado bien las responsabilidades ordinarias, ha de estar preparado para aceptar las mayores. Así nuestra vida y el celo por la gloria de Dios nos echan a una marcha rápidamente acelerada, que nos desgasta, sobre todo porque no nos da el tiempo para reparar nuestras fuerzas físicas o espirituales… y un día llega en que la máquina se para o se rompe. ¡Y donde nosotros creíamos ser indispensables se pone otro en nuestro lugar!

Con todo esto, ¿podríamos rehusar? ¿No era el amor de Cristo el que nos urgía? y darse a los hermanos ¿no es acaso darse a Cristo?

Mientras más amor hay, más se sufre: el deseo de hacer el bien, siempre el bien, de socorrer a los desgraciados, de siempre enseñar y siempre adaptar la verdad eterna, todo esto no se puede realizar sino en ínfima medida. Aun rehusándonos mil ofrecimientos, imponiéndose una línea de frecuentes rechazos, queda uno desbordado y no nos queda el tiempo de encontrarnos a nosotros mismos y de encontrar a Dios. Doloroso conflicto de una doble búsqueda: la del plan de Dios que hemos de realizar en nuestros hermanos y la búsqueda del mismo Dios que deseamos contemplar y amar; conflicto doloroso que no puede resolverse sino en el amor que es indivisible.

Si uno quiere guardar celosamente sus horas de paz, de dulce oración, de lectura espiritual, de oración tranquila… temo que fuéramos egoístas, servidores infieles. La caridad de Cristo nos urge; ella nos obliga a entregarle acto por acto, toda nuestra actividad, a hacernos todo a todos. ¿Podremos seguir nuestro camino tranquilamente cada vez que encontremos agonizante en el camino al hombre, para el cual somos el único prójimo?
Pero, con todo, orar, orar …

Pero con todo… Cristo se retiraba con frecuencia al Monte. Antes de comenzar su ministerio se escapó cuarenta días al desierto.

Cristo tenía claro el plan divino, y no realizó sino una parte; quería salvar a todos los hombres y sin embargo, no vivió entre ellos sino tres años. Quería ardientemente la salvación de todos sus contemporáneos, pero no evangelizó sino una pequeña porción de judíos. Y cuando lo apremiaban decía: Mi hora aún no ha llegado.

Cristo no podía sufrir ningún detrimento espiritual por su acción, ya que su unión al Padre era completa y continua. Cristo no tenía necesidad de reflexionar para cumplir la voluntad del Padre: conocía todo el plan de Dios, el conjunto y cada uno de sus detalles.

Y sin embargo se retiraba a orar. Él quería dar al Padre un homenaje puro de todo su tiempo, ocuparse de Él solo, para alabarle a Él solo y devolverle todo. Quería delante de su Padre, en el silencio de la soledad, reunir en su corazón misericordioso toda la miseria humana para hacerla más y más suya, para sentirse oprimido, para llorarla. Él quería en su vida de hombre afirmar el derecho soberano de la divinidad; Él quería como cabeza de la humanidad unirse más íntimamente a cada existencia humana, fijar su mirada en la historia del mundo que quería salvar.

Cristo que rectifica toda la actividad humana no se dejó arrastrar por la acción. Él, que tenía como nadie el deseo ardiente de la salvación de sus hermanos, se recogía y oraba.
¡Yo!

Nosotros no somos sino discípulos y pecadores. ¿Cómo podremos realizar el plan divino si no detenemos con frecuencia nuestra mirada sobre Cristo y sobre Dios? Nuestros planes, que deben ser partes del plan de Dios, deben cada día ser revisados, corregidos. Esto se hace sobre todo en las horas de calma, de recogimiento, de oración.

Después de la acción hay que volver continuamente a la oración para encontrarse a sí mismo y encontrar a Dios; para darse cuenta, sin pasión, si en verdad caminamos en el camino divino, para escuchar de nuevo el llamado del Padre, para sintonizar con las ondas divinas, para desplegar las velas, según el soplo del Espíritu. Nuestros planes de apostolado necesitan control y tanto mayor mientras somos más generosos. ¿Cuántas veces queremos abrazar demasiado, más de lo que puedan abrazar nuestros brazos? ¡Hay que reducir aún las ambiciones apostólicas, para hacer bien lo que se hace! Lo demás ha de expresarse en oraciones, pero su ejecución hay que dejarla a Dios y a los otros.

Para guardar el contacto con Dios, para mantenerse siempre bajo el impulso del Espíritu, para no construir sino según el deseo de Cristo, hay que imponer periódicamente restricciones a su programa. La acción llega a ser dañina cuando rompe la unión con Dios. No se trata de la unión sensible, pero sí de la unión verdadera, la fidelidad hasta en los detalles al querer divino. El equilibrio de las vidas apostólicas sólo se puede obtener en la oración. Los santos guardan el equilibrio perfecto entre una oración y una acción que se compenetran hasta no poder separarse, pero todos ellos se han impuesto horas, días, meses en que se entregan a la santa contemplación.

En esta contemplación aprenderemos a no tener más regla de nuestro querer que el querer divino. Si nuestros planes sobrepasan el querer divino, consolémonos, hombres de corta visión, agradezcamos a Dios de habernos asociado a su obra en el sector de la humanidad que a cada uno nos muestra, pequeño para algunos, amplio para otros. Al querer ensancharlo a nuestro gusto y no al gusto divino no haríamos más que fracasar. Después de todo, nuestra actividad, ¿No nos une enteramente a la oración divina que salva al mundo? Al desear con todo nuestro deseo lo que Dios quiere, nos asociamos a todo lo que Él hace en la humanidad y lo realizamos con Él.

San Alberto Hurtado S.J.

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Visión de Eternidad

“Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).

Vengo llegando del país más grande del mundo. Así lo decía el segundo grande, Churchill, hablando de Norte América en el Hotel más grande del globo, el Waldorf Astoria, el más cómodo del globo. Allí están los edificios más altos: el Empire: 102 pisos, el Chrysler… El teatro mayor, el Radio City, se llena desde las 7 de la mañana hasta la mañana siguiente. Los ríos se atraviesan por túneles subterráneos; en las ciudades tres, cuatro y más planos de locomoción… Todos los records: Velocidad, cuatro mil kilómetros en cuatro horas; producción, fábricas que producen quinientos automóviles por hora y esperan producir mil… Allí está hoy más del 46% del oro del mundo; progresos técnicos fantásticos: la muerte se va alejando, la vida prolongando. En Washington cada tres minutos sale un avión: los grandes Constellations cruzan ahora todos los mares; millones de automóviles, de refrigeradores… Y como decía alguien: ¿y qué?

¿Y qué impresión de conjunto? Que la materia no basta, que la civilización no llena, que el confort está bien, pero que no reside en él la felicidad. ¡Que da demasiado poco y cobra demasiado caro!, ¡que a precio de esos juguetes se le quita al hombre su verdadera grandeza! Porque, en realidad, el precio de toda esta vida para la gran mayoría es un anularse aquí, el perder la vista del espíritu, la ceguera ante lo sobrenatural. La concepción del hombre progresista que domina la materia: limpio, higiénico, bien hecho por el deporte, alimentación sana, ropa limpia, música, auto, ¡y bonitos autos! Quizás para algunos, viajes alrededor del mundo, su casa cómoda, una mujer mientras se entienda con ella, sin prejuicios… Eliminar las enfermedades y a los setenta años morirse. ¿Qué más? Y al volver de un viaje espléndido, en un barco de carga, lento, único pasajero, que me permitía orar, pensar, escribir… reflexionaba: ¿Y es esto todo?

Al mirar ese cielo espléndido, magnífico, imponente, que recoge: ¿y es esto todo el fin de la vida? ¿Setenta años con todas estas comodidades? El hombre es el rey de la creación ¿sólo por esto? El progreso de la humanidad, ¿será sólo llegar a poseer baño, radio, máquina de lavar, un auto? ¿Es ésta toda la grandeza del hombre? ¿No hay más que esto? ¿Es ésta la vida?, ¿mientras llega la próxima guerra que todos la olfatean, que la sienten venir con escalofrío?

Empire, Chrysler: ¿cuánto tiempo más os alzaréis de pie? Fábricas Ford, Packard, Chrysler, ¿cuánto tiempo más alcanzaréis a durar? Einstein acaba de escribir, horrorizado ante una guerra atómica, que con los pobres medios de que ahora dispone la energía atómica, que sólo recién logra desintegrarse, ¡¡pueden perecer las dos terceras partes de la humanidad!! ¿Es esto la vida? ¿Es ésta la corona del hombre?

Y miro la noche plácida… serena… Las estrellas envían su luz serena… Y resuena en mis oídos: “Así amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito” (Jn 3,16). ¡Me amó a mí, también a mí! ¿Quién? ¡Dios! El Dios eterno, Creador de toda la energía, de los astros, de la tierra, del hombre, de las quizás dos mil generaciones de hombres que han pasado por la tierra, y millones que quizás aún han de venir… Ese Dios inmenso ante quien desaparece el hombrecito minúsculo. ¡Cuánto más grande es que el hombre!

¿Qué piensa Dios del hombre? ¿De la vida? ¿Del sentido de nuestra existencia? ¿Condena Él esos inventos, ese progreso, ese afán de descubrir medicinas eficaces, automóviles veloces, aviones contra todo riesgo? No. Más aún, se alegra de esos esfuerzos que nos hacen mejor esta vida a nosotros. Pero para los que en medio de tanto ruido guardan aun sus oídos para escuchar nos dice: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

Oye, hijo: “Yo”. ¿Quién? “Yo”, Jesús, Hijo de Dios y Dios verdadero. “Yo”, el Dios eterno, “he venido”: he hecho un viaje… viaje real, larguísimo. De lo infinito a lo finito, viaje tan largo que escandaliza a los sabios, que desconcierta a los filósofos. ¡Lo infinito a lo finito!, ¡lo eterno a lo temporal! ¿Dios a la creatura? Sí, ¡así es! Ese viaje es mi viaje realísimo. “Yo he venido”: ¡Ése es mi viaje!

Por el hombre. La única razón de ese viaje: el hombre. ¿Ese minúsculo y mayúsculo? Porque si bien es pequeño, es muy grande; ¿es lo más grande del universo? ¿Mayor que los astros? Por ellos nunca he viajado, ¡ni menos sufrido! Por el hombre sí…

Por el hombre, quizás no me entiendes: Por ti negrito, por ti pobre japonés; por ti, chilenito de mis amores, por ti, liceano de Curicó. Yo no amo la masa; amo la persona: un hombre, una mujer… “¡He venido” por ti!

“Para que tengan vida”. ¿Vida? Pero, ¿de qué vida se trata? La vida, la verdadera vida, la única que puede justificar un viaje de Dios es la vida divina: “Para que nos llamemos y seamos hijos de Dios” (1Jn 3,1). Nos llamemos, ¡¡y lo seamos de verdad!! No hace un viaje lejano el Dios eterno si no es para darnos un don de gran precio: Nada menos que su propia vida divina, la participación de su naturaleza que se nos da por la Gracia.

¿Creemos en esa vida? Hay católicos, como un compañero de viaje que me decía: “¿Otra vida? No, pues, Padre, córtela”. Hay católicos que nunca han pensado en esa vida… ¡Los más no se preocupan de ella! Prescinden. Y ésta es la única verdadera vida: Quien la tiene, vive; y quien no la tiene, aunque esté saludable, rico, sabio, con amigos: Es un muerto.

“¿De qué le aprovecha al hombre ganar el mundo entero, si arruina su alma?” (Mt 16,26). “El que quiera salvar su vida la perderá y el que la perdiere por mí la hallará” (Mc 8,35). ¡El viejo estribillo de la Iglesia! El único necesario, tan grande porque tan viejo, o mejor, tan viejo porque tan grande, ¡tan necesario, tan irreemplazable! El hombre con toda la civilización no ha podido apagar el eco de estas palabras, y si llega a apagarlas muere, no sólo a esa vida, sino aún a la propia vida humana.

“Y que la tengan en abundancia”. Hay una vida pobrísima, que apenas es vida; vida pobre, de infidelidades a la gracia, sordera espiritual, falta de generosidad; y una vida rica, plena, fecunda, generosa. A ésta nos llama Cristo. Es la santidad. Y Cristo quiere cristianos plenamente tales, que no cierren su alma a ninguna invitación de la Gracia, que se dejen poseer por ese torrente invasor, que se dejen tomar por Cristo, penetrar de Él.

La vida es vida en la medida que se posee a Cristo, en la medida que se es Cristo. Por el conocimiento, por el amor, por el servicio. ¡Dios quiere hacer de mí un santo! Quiere tener santos estilo siglo XX: estilo Chile, estilo liceo, estilo abogado, pero que reflejen plenamente su vida. ¡Esto es lo más grande que hay en el mundo! Mayor, infinitamente mayor, que un Empire Building, que una fábrica Ford, que ocho mil automóviles de producción diaria; de inmenso más precio para la humanidad que descubrir la energía atómica, o la vacuna, o la penicilina.

Aquí no nos cabe sino decir como la Samaritana: “Dame, Señor, a beber de esa agua para que no tenga más sed” (Jn 4,15). O como Nicodemo: “¿Cómo podré yo nacer de nuevo siendo viejo?” (Jn 3,4). ¡Es don de Dios! pero don que Él me quiere conceder, pues “Así amó Dios al mundo que nos dio a su Hijo Unigénito” (Jn 3,16). Quien nos dio a su Hijo Unigénito, ¿qué nos irá a negar? (cf. Rm 8,32). Por Cristo, Nuestro Señor. Danos, Señor, vivir: Vivir plenamente. “Y tan alta vida espero, que muero porque no muero”.

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Un testimonio

Reflexión autobiográfica del Padre Hurtado, escrita en noviembre de 1947.

He encontrado en mi camino uno de esos apóstoles ardientes, siempre alegre a pesar de sus fatigas y de sus fracasos. Le he preguntado el secreto de su vida. Un poco sorprendido me ha abierto su alma. He aquí su secreto:

“Usted me pregunta cómo se equilibra mi vida, yo también me lo pregunto. Estoy cada día más y más comido por el trabajo: correspondencia, teléfono, artículos, visitas; el engranaje terrible de las ocupaciones, congresos, semanas de estudios, conferencias prometidas por debilidad, por no decir “no”, o por no dejar esta ocasión de hacer el bien; presupuestos que cubrir; resoluciones que es necesario tomar ante acontecimientos imprevistos. La carrera a ver quién llegará el primero en tal apostolado urgente. Soy con frecuencia como una roca golpeada por todos lados por las olas que suben. No queda más escapada que por arriba. Durante una hora, durante un día, dejo que las olas azoten la roca; no miro el horizonte, sólo miro hacia arriba, hacia Dios.

¡Oh bendita vida activa, toda consagrada a mi Dios, toda entregada a los hombres, y cuyo exceso mismo me conduce para encontrarme a dirigirme hacia Dios! Él es la sola salida posible en mis preocupaciones, mi único refugio.

Las horas negras vienen también. La atención tiranteada continuamente en tantas direcciones, llega un momento en que no puede más: el cuerpo ya no acompaña la voluntad. Muchas veces ha obedecido, pero ahora ya no puede… La cabeza está vacía y adolorida, las ideas no se unen, la imaginación no trabaja, la memoria está como desprovista de recuerdos ¿Quién no ha conocido estas horas?

No hay más que resignarse: durante algunos días, algunos meses, quizás algunos años, a detenerse. Ponerse testarudo sería inútil: se impone la capitulación; y entonces, como en todos los momentos difíciles, me escapo a Dios, le entrego todo mi ser y mi querer a su providencia de Padre, a pesar de no tener fuerzas ni siquiera para hablarle.

¡Ah, y cómo he comprendido su bondad aún en estos momentos! En mi trabajo de cada día, era a Él a quien yo buscaba, pero me parece que aunque mi vida le estaba entregada, yo no vivía bastante para Él… ahora sí… en mis días de sufrimiento, yo no tengo más que a Él delante de mis ojos, a Él solo, en mi agotamiento y en mi impotencia.

Nuevos dolores en mis horas de impotencia me aguardan. Las obras, a las que me he entregado, gravemente amenazadas; mis colaboradores, agotados ellos también, a fuerza de trabajo; los que deberían ayudarnos redoblan su incomprensión; nuestros amigos nos dan vuelta las espaldas o se desalientan; las masas que nos habían dado su confianza, nos la retiran; nuestros enemigos se yerguen victoriosamente contra nosotros; la situación es como desesperada; el materialismo triunfa, todos nuestros proyectos de trabajo por Cristo yacen por tierra.

¿Nos habíamos engañado? ¿No hemos sido trabajadores de Cristo? ¿La Iglesia de nuestro tiempo, al menos en nuestra Patria, resistirá a tantos golpes? Pero la fe dirige todavía mi mirada hacia Dios. Rodeado de tinieblas, me escapo más totalmente hacia la luz.

En Dios me siento lleno de una esperanza casi infinita. Mis preocupaciones se disipan. Se las abandono. Yo me abandono todo entero entre sus manos. Soy de Él y Él tiene cuidado de todo, y de mí mismo. Mi alma por fin reaparece tranquila y serena. Las inquietudes de ayer, las mil preocupaciones porque “venga a nosotros su Reino”, y aun el gran tormento de hace pocos momentos ante el temor del triunfo de sus enemigos… todo deja sitio a la tranquilidad en Dios, poseído inefablemente en lo más espiritual de mi alma. Dios, la roca inmóvil, contra la cual se rompen en vano todas las olas. Dios, el perfecto resplandor que ninguna mancha empaña; Dios, el triunfador definitivo, está en mí. Yo lo alcanzo con plenitud al término de mi amor. Toda mi alma está en Él, durante un minuto, como arrebatada en Él. Estoy bañado de su luz. Me penetra con su fuerza. Me ama.

Yo no sería nada sin Él. Simplemente yo no sería. El optimismo que, en esos días del triunfo del mal, me había abandonado, ha vuelto. La Iglesia triunfa en cada uno de sus hijos. La Iglesia de Dios se establece y triunfa, por el trabajo heroico de sus santos; por la plegaria de sus contemplativas; por la aceptación de las madres a la obra de la naturaleza, y que van a realizar en su hogar la obra de la ternura y de la fe; por la educación del que enseña y por la docilidad del que escucha. Por las horas de fábrica, de navegación, de campo al sol y a la lluvia; por el trabajo de padre que cumple así su deber cotidiano. Por la resistencia del patrón, del político o del dirigente de sindicato a las tentaciones del dinero, al acto deshonesto que enriquece; por el sacrificio de la viuda tuberculosa que deja niñitos chicos y se une con amor a Cristo crucificado; por la energía del miembro de la Juventud Obrera Católica que sabe permanecer alegre y puro en medio de egoístas y corrompidos; por la limosna del pobre que da lo necesario…

La Iglesia, en todo momento, se construye y triunfa.

No, no es la hora de desesperar. Dios se sirve aún de sus enemigos para establecer su Reino. Su voluntad no es totalmente mala, su razón no está totalmente oscurecida. Cuando ven y quieren el bien, lo que ciertamente hacen, construyen también con nosotros, son instrumentos de Dios.

Para el cristiano, la situación no es jamás desesperada. Por la luz que recibimos de lo alto, por el don que cada uno hace de sí, construimos la Iglesia. Su triunfo no se obtendrá sino después de rudos combates”.

Hasta aquí mi amigo. Se calla, como avergonzado de haberse abierto tan profundamente. Siento que no tiene más que decirme, pero he comprendido su lección: Si lo encuentro siempre alegre, siempre valiente, no es porque le falten dificultades, sino porque en medio de ellas sabe siempre escaparse hacia Dios. Su sonrisa y su optimismo, vienen del cielo.

 

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Testimonio de fe

Reflexión del Padre Hurtado sobre el auténtico progreso humano.

El P. Henri de Lubac ha publicado un interesantísimo libro sobre el drama del humanismo ateo, en el que pasa revista a las grandes corrientes ateas de nuestro tiempo y muestra cómo su pretendido humanismo es des-humanización del hombre. Y así es en efecto: Si hay algo que des-humaniza al hombre es su pérdida de Dios.

Los que han emprendido el camino del ateísmo han pretendido liberar al hombre: Nietzche había dicho: Es necesario que Dios se muera para que el hombre viva. No es del caso refutar la peregrina afirmación de vincular el progreso de la ciencia al ateísmo: ni comenzó en la época del ateismo, ni fue impulsada por ateos; pero, aún en este dominio, aparentemente.

El más favorable para una explicación atea del mundo, se echa inmediatamente de ver la falla trágica de un mundo ateo. En un mundo sin Dios y, en la medida en que los sabios dejan de poseer a Dios, ¿para qué sirve el dominio del hombre sobre la naturaleza? Me atrevería a decir que tal domino se convierte en horrible servidumbre. El que ha obtenido un descubrimiento; es acaso su dueño o su esclavo? El descubrimiento de la bomba atómica ¿ha introducido en el mundo la paz o el pavor? Los mismos que la descubrieron ¿no están acaso aterrorizados de su obra?

Esto no pretende afirmar que los descubrimientos deban detenerse, y que en sí sean malos pero sí significa que usados sin sometimiento a los principios superiores sólo sirven para llevar al hombre a su ruina, para poner al débil a los pies del fuerte. Mientras más extiende la ciencia sus conquistas, más debe el sujeto dominar su propia dominación. Mientras más fuerzas pone la ciencia en manos del hombre, más urgente es fijarse el uso que debe hacer. El hombre necesita, lo que Bergson llama “un suplemento de alma”, una realidad ante la cual el hombre se someta, y al someterse adquirirá el verdadero dominio de las cosas. Si se olvida esta ley del hombre, los descubrimientos de la ciencia se vuelven contra su autor, y, lejos de liberarlo, hacen pesar sobre él una servidumbre, tanto más pesada cuanto es impuesta en nombre de la ciencia.

Ejemplos que comprueben la anterior afirmación los podríamos citar muy numerosos: Todas las conquistas del hombre realizadas con independencia de su afán último, desligadas del servicio del Dios, se han vuelto contra el hombre. La ciencia económica, considerada como autónoma, que crea el “hombre económico”, y cree poder prescindir de la moral, y, como afirmaba hace poco un distinguido economista que creía poder pasarse de las enseñanzas de la Iglesia (que llamaba a las encíclicas “acostumbradas jeremiadas” y repetición de las afirmaciones de Marx) toda intromisión de la moral es extraña al proceso de la producción y perturbadora del mismo ¿adónde ha llevado al hombre? A la esclavitud, a producir ese cuadro horrible de que van saliendo algunos pueblos más avanzados, más morales o más ricos: hombres esclavos, niños y mujeres trabajando a fines del siglo pasado jornadas de 16 horas, salarios de hambre: el sweating system. Y no tan pasadas, sino actuales: esas cesantías como la ha hacia 1930 hizo que EE.UU. tuviera hasta 7.000.000 de cesantes, Francia e Inglaterra varios millones y nosotros una cifra desconocida en nuestra historia… El progreso del “hombre económico” que ha llevado a sus valientes descubridores a tolerar, sino a aconsejar la quema de productos para mantener los precios en un número que se muere de hambre: matanza de cerdos, quema de trigo y maíz, primas por no plantar. Lindo dominio de la economía en un mundo que se pasa de Dios.

Dominio de la ciencia que le da al hombre el dominio de la vida para hacer que millones de hombres pretendan ser privados del derecho de fundar un hogar, de procrear un hijo, porque no va a ser bello o fuerte… que en el fondo significa relegarlo a la categoría de los animales. ¿Acaso fueron bellos y fuertes muchos de nuestros antepasados, por los cuales hemos venido a la vida?, ¿acaso un cuerpo bello encierra necesariamente un alma bella? Yo puedo decir que he visto animales hermosos, orgullosos como pavos reales, y con un alma desprovista de todo sentido humano, y hombres feos de débiles, tesoros de bondad y de abnegación.

Dominio de la ciencia sobre el hombre que se orienta ahora en los sentidos más extraños: fecundación artificial (un tipo fuerte vale más, y tiene más derecho de ser padre, y tampoco tiene derecho a la vida el anciano y el enfermo incurable). ¿Es esto servir al hombre?, ¿al hombre como persona, no como simple individuo, como simple número, como persona, como dotado de un alma espiritual, libre e inmortal? O el progreso de la ciencia, ¿significa el descubrimiento que tales atributos ya no siguen siendo atributos humanos, y que hemos de contentarnos con ser los animales más fuertes de la creación?

Dominio de la ciencia sobre los elementos que nos ha dado la civilización material, y, ¿acaso esta civilización material ha significado engrandecimiento del hombre? Ahí está toda la obra profunda del doctor Alexis Carrel, para poner por lo menos un interrogante sobre el pretendido progreso traído por la civilización materialista. De hecho el hombre se va deshumanizando más y más en esas modernas inmensas ciudades, en las cuales gasta por lo menos un mes en tranvía, en las cuales se siente más solo, más triste y apartado de sus semejantes, en las que ve reducido su espacio vital y comprometido su equilibrio nervioso.

Habrá progreso, si todo esto se pone realmente al servicio del hombre, esto es si se somete a la moral, lo que es lo mismo que decir si se devuelve a Dios su sitio. En un mundo sin Dios la persona humana queda reducida a cero. ¡Qué triste sería un mundo sin Dios, qué sin esperanza y sin consuelo la vida, que solos, qué horriblemente solos nos sentiríamos!

¿Qué tenemos que hacer? Esa es la gran pregunta que nos hacemos ante el más formidable interrogante de la historia. ¿Qué deberíamos hacer? Escribir, hablar, tener revistas, cine propio, estadios propios, además de colegios, universidades y tenerlos… Bien está pero no basta. El cristianismo no nació así. Hay algo más vital que todo eso, y sin lo cual eso no vale nada. Hace falta: testigos.

Jesús al despedirse de los Apóstoles les confía el mundo y les dice Me seréis testigos. Hoy como ayer vale la palabra de Bloy: “La Iglesia no necesita demostradores, sino testigos; apóstoles y no conferenciantes. No es ya tiempo de probar que Dios existe. Ha sonado la hora de dar la vida por Jesucristo”.

La historia del cristianismo es la historia de un largo testimonio: el de Cristo en primer lugar. Y los apóstoles imitan a sus maestros. Ellos narran lo que han visto y oído, y saben que han no sólo narrado, sino vivido. A su Maestro lo llamaron Belsebul, lo azotaron, le dieron muerte… y también ellos llevados a los tribunales, alegres… Esteban… Pedro, Pablo, todos… Y junto a ese testimonio de la sangre, el testimonio de la pobreza: llevaban sus bienes a los pies de los apóstoles (no era obligatorio, pero su amor los incitaba, económicamente tal sistema no fue un éxito, pero peligrosamente, sí); testimonio de la fraternidad entre ricos y pobres; testimonio de bondad: Mirad cómo se aman. ¿Cómo cayó el Imperio Romano? No por las armas, sino por la fe y por el amor. Por la cruz de Pedro y el hacha de Pablo, por Blandina y por Sebastián, por Lucía y por Inés… Y cuando caído el Imperio Romano vienen los bárbaros, el Sumo Pontífice envió misioneros: Patricio, Bonifacio, pero tanto como ellos, y tal vez más, hicieron los monjes de Occidente que dieron en sus vida el ejemplo de la fe que profesaban. Y esa es la eterna historia de la Iglesia. Hoy sólo se cree al testimonio vivo de la vida, al testimonio amoroso del amor, al testimonio fuerte de la fortaleza, al testimonio lleno de optimismo de la esperanza.

 

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Siempre en contacto con Dios

El gran apóstol no es el activista, sino el que guarda en todo momento su vida bajo el impulso divino. Cada una de nuestras acciones tiene un momento divino, una duración divina, una intensidad divina, etapas divinas, término divino. Dios comienza, Dios acompaña, Dios termina.

Nuestra obra, cuando es perfecta, es a la vez toda suya y toda mía. Si es imperfecta, es porque nosotros hemos puesto nuestras deficiencias, es porque no hemos guardado el contacto con Dios durante toda la duración de la obra, es porque hemos marchado más aprisa o más despacio que Dios. Nuestra actividad no es plenamente fecunda, sino en la sumisión perfecta al ritmo divino, en una sincronización total de mi voluntad con la de Dios.

Sería peligroso, sin embargo, bajo el pretexto de guardar el contacto con Dios, refugiarnos en una pereza soñolienta. Entra en el plan de Dios ser estrujados… La caridad nos urge de tal manera que no podemos rechazar el trabajo: consolar un triste, ayudar un pobre, un enfermo que visitar, un favor que agradecer, una conferencia que dar; dar un aviso, hacer una diligencia, escribir un artículo, organizar una obra; y todo esto añadido a los deberes cotidianos.

Si alguien ha comenzado a vivir para Dios en abnegación y amor a los demás, todas las miserias se darán cita en su puerta. Si alguien ha tenido éxito en el apostolado, las ocasiones de apostolado se multiplicarán para él. Si alguien ha llevado bien las responsabilidades ordinarias, ha de estar preparado para aceptar las mayores. Así nuestra vida y el celo apostólico, nos echan a una marcha rápidamente acelerada que nos desgasta, sobre todo porque no nos da el tiempo para reparar nuestras fuerzas físicas o espirituales… y un día llega en que la máquina se rompe. Y donde nosotros creíamos ser indispensables, ¡¡se pone otro en nuestro lugar!!

Con todo, ¿podíamos rehusar?, ¿no era la caridad de Cristo la que nos urgía? Y, darse a los hermanos, ¿no es acaso darse a Cristo? Mientras más amor hay, más se sufre: Aún rehusándonos a mil ofrecimientos, queda uno desbordado y no nos queda el tiempo de encontrarnos a nosotros mismos y de encontrar a Dios. Doloroso conflicto de una doble búsqueda: la del plan de Dios, que hemos de realizar en nuestros hermanos; y la búsqueda del mismo Dios, que deseamos contemplar y amar. Conflicto doloroso que no puede resolverse sino en la caridad que es indivisible.

Si uno quiere guardar celosamente sus horas de paz, de dulce oración, de lectura espiritual, de oración tranquila… temo que seríamos egoístas, servidores infieles. La caridad de Cristo nos urge: ella nos obliga a entregarle, acto por acto, toda nuestra actividad, a hacernos todo a todos (cf. 2Cor 5,14; 1Cor 9,22). ¿Podremos seguir nuestro camino tranquilamente cada vez que encontramos un agonizante en el camino, para el cual somos “el único prójimo”?

Pero, con todo, orar, orar. Cristo se retiraba con frecuencia al monte; antes de comenzar su ministerio se escapó cuarenta días al desierto. Cristo tenía claro todo el plan divino, y no realizó sino una parte; quería salvar a todos los hombres y, sin embargo, no vivió entre ellos sino tres años. Cristo no tenía necesidad de reflexionar para cumplir la voluntad del Padre: Conocía todo el plan de Dios, el conjunto y cada uno de sus detalles. Y, sin embargo, se retiraba a orar. Él quería dar a su Padre un homenaje puro de todo su tiempo, ocuparse de Él sólo, para alabarlo a Él sólo, y devolverle todo. Quería, delante de su Padre, en el silencio y en la soledad, reunir en su corazón misericordioso toda la miseria humana para hacerla más y más suya, para sentirse oprimido, para llorarla. Cristo no se dejó arrastrar por la acción. Él, que tenía como nadie el deseo ardiente de la salvación de sus hermanos, se recogía y oraba.

Nosotros no somos sino discípulos y pecadores. ¿Cómo podremos realizar el plan divino, si no detenemos con frecuencia nuestra mirada sobre Cristo y sobre Dios? Nuestros planes, que deben ser partes del plan de Dios, deben cada día ser revisados y corregidos.

Después de la acción hay que volver continuamente a la oración para encontrarse a sí mismo y encontrar a Dios; para darse cuenta, sin pasión, si en verdad caminamos en el camino divino, para escuchar de nuevo el llamado del Padre, para sintonizar con las ondas divinas, para desplegar las velas, según el soplo del Espíritu. Nuestros planes de apostolado necesitan control, y tanto mayor mientras somos más generosos. ¡Cuántas veces queremos abrazar demasiado!, ¡más de lo que pueden contener nuestros brazos!

Para guardar el contacto con Dios, para mantenerse siempre bajo el impulso del Espíritu, para no construir sino según el deseo de Cristo, hay que imponer periódicamente restricciones a su programa de apostolado. La acción llega a ser dañina cuando rompe la unión con Dios. No se trata de la unión sensible, pero sí de la unión verdadera, la fidelidad, hasta en los detalles, al querer divino. El equilibrio de las vidas apostólicas sólo puede obtenerse en la oración. Los santos guardan el equilibrio perfecto entre una oración y una acción que se compenetran hasta no poder separarse, pero todos ellos se han impuesto horas, días, meses en que se entregan a la santa contemplación.

Esta vida de oración ha de llevar, pues, al alma naturalmente a entregarse a Dios, al don completo de sí misma. Muchos pierden años y años en trampear a Dios. La mayor parte de los directores espirituales no insisten bastante en el don completo. Dejan al alma en ese trato mediocre con Dios: piden y ofrecen, prácticas piadosas, oraciones complicadas. Esto no basta a vaciar al alma de sí misma, eso no la llena, no le da sus dimensiones, no la inunda de Dios. No hay más que el amor total que dilate al alma a su propia medida. Es por el don de sí mismo que hay que comenzar, continuar, terminar.

Darse, es cumplir justicia; darse, es ofrecerse a sí mismo y todo lo que se tiene; darse, es orientar todas sus capacidades de acción hacia el Señor; darse, es dilatar su corazón y dirigir firmemente su voluntad hacia el que los aguarda; darse, es amar para siempre y de manera tan completa como se es capaz. Cuando uno se ha dado, todo aparece simple. Se ha encontrado la libertad y se experimenta toda la verdad de la palabra de San Agustín: Ama y haz lo que quieras.

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Retiro de Semana Santa

Introducción del Padre Hurtado a un retiro de Semana Santa en 1948.

El mundo moderno está horriblemente enfermo. Vive en la angustia y en la incertidumbre. Sin temor de equivocarnos podemos repetir la frase de Pío XI, y con mayor razón que él: “Nos ha tocado vivir en la época más difícil de la historia”; o como decía Chesterton: “Estos tiempos que tenemos la gloria combativa de vivir”.

Pero, en esta época, sería cobardía contentarnos con lamentarnos: eso es propio de cobardes; mucho menos de desesperar del remedio: eso es no tener fe; ni podemos tampoco permanecer como puros espectadores, como el levita y el sacerdote que pasan ante el herido del camino (cf. Lc 10,30-32): eso es no tener corazón.

Dios nos ofrece la vida con un sentido de redención de la humanidad, y nada más grande, más digno, más justo. Nos corresponde agradecer esta elección de Dios y hacernos dignos de vivir la vida en esta época que exige hombres que sean héroes, esto es, ¡que sean santos!

La tragedia actual es sin precedentes. Realizando la lectura del libro del existencialista Camus, La Peste: La vida es la peste. Todos los sistemas ensayados han fracasado. El nuestro -gracias a Dios- cada día lo veo más claramente, es providencial, está íntegro: No tenemos temor de que falle. Es Cristo y su Doctrina. Ya veremos en qué baso mi confianza y espero que la compartamos.

Para aplicar este remedio se nos pedirá mucho trabajo, y muchos de los aquí reunidos hemos empezado ya a realizar ese trabajo con fuerza, con tenacidad. Tal vez nos desborda. La caridad nos urge de tal manera que no podemos rechazar actividades que se nos ofrecen. Al trabajo profesional absorbente, vienen a juntarse mil actividades apostólicas: Ayudar a un pobre, un enfermo que visitar, un favor que agradecer, una conferencia que dar, un artículo que escribir, una obra que ayudar. Si alguien ha comenzado a vivir para Dios, con abnegación y amor a los demás, todas las miserias se darán cita en su puerta. Si alguien ha tenido éxito en su trabajo, los trabajos se multiplicarán… Si alguien ha podido llevar las responsabilidades ordinarias, se le ofrecerán las mayores.

Nuestro trabajo avanza a un ritmo tal que no nos da tiempo para reparar nuestras fuerzas físicas y espirituales. Y ¿podíamos rehusar? ¿No era rehusar al mismo Cristo, al único enfermo que veíamos en el camino?

Esto nos trae un desgarramiento interior. Aun rehusándonos a mil ofrecimientos quedamos desbordados, no nos queda el tiempo para buscar a Dios. Doloroso conflicto entre la búsqueda del plan de Dios, que realizar en nuestros hermanos, y del mismo Dios que debemos contemplar y amar; conflicto doloroso que no puede resolverse sino en la caridad que es indivisible.

Esto requiere, ante todo, hombres que más que la acción apostólica quieran en todo momento obrar bajo el impulso divino. Toda la teología de la acción apostólica está en esta preciosa máxima: Prevén, Señor, nuestras acciones….

Cada una de nuestras acciones tiene un momento divino, intensidad divina, término divino. Dios comienza, Dios acompaña, Dios termina…

Para mantener esta unión con Dios se impone una vida interior intensa. Sigamos en esto el ejemplo de Cristo que, antes de comenzar su ministerio, escapó 40 días al desierto.

Cristo ora. Yo, pecador, debo orar.
Volver a la oración después de la acción.
Aprenderemos a no tener más regla que el querer divino.
Un testimonio: La paz por la oración.

Si nuestras preocupaciones no son tan apostólicas, con mayor razón orar para hallar a Dios y su querer, para buscar, gustar y vivir la verdad. Esta es la tarea de los Ejercicios.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Mi vida, Un disparo a la Eternidad

Pedimos heroísmo a los cristianos, y ¡tanto heroísmo! ¿En qué se basa esta exigencia? En la visión de eternidad de la vida. Uno es santo o burgués, según comprenda o no esta visión de eternidad. El burgués es el instalado en este mundo, para quien su vida sólo está aquí. Todo lo mira en función del placer. La vida para él es un limón que hay que exprimir hasta la última gota; una colilla de cigarro que se fuma con fruición, sin pensar que luego quedará reducido a una colilla; un árbol cuyas flores hay que cortar pronto… Burguesa es la mentalidad opuesta en todo al cristianismo: es resolver los problemas con sólo el criterio de tiempo. ¡Aprovecha el día! Goza, goza.

El mundo de lo sensible, en el cual nos movemos, acentúa esa sed de gozo, ofreciéndonos atractivo en todo lo que nos rodea: el cine, el gran predicador del materialismo y de la vida fácil; la propaganda del placer y del lujo que cubre los muros y va por las ondas: Todo nos predica el materialismo. Y no es raro que nosotros caigamos también en ese materialismo práctico. Levantarnos pensando en el negocio, el examen o el placer…, y todo el día sucesión de actos que van allá mismo: al dinero, al placer, o a lo que allá lleva. Hasta soñamos con eso. De aquí que el mundo moderno se mueve, se agita, pero ha perdido el sentido de lo divino. Despertemos en nosotros ese sentido de lo divino que se fundará en un conocimiento exacto de mis relaciones con Dios.

¡Dios! ¡Cómo ensancha el alma ponerse a meditar estas verdades, las mayores de todas! Es como cuando uno se pone a mirar el cielo estrellado en una noche serena. La razón nos lleva a Dios. Todo nos habla de Él: el orden, la metafísica, el acuerdo de los sabios, los santos y los místicos. Él es el que es: “Yo soy el que soy”.

La naturaleza de Dios: Santo, Santo, Santo; armonía, orden, belleza, amor. Dios es Amor; Omnipotente. Puede esperar: es eterno. Pensemos cuando el mundo no existía… Imaginemos el acuerdo divino para crear… El primer brotar de la materia. La evolución de los mundos. Los astros que revientan. Los millones de años. “Y Dios en su eternidad”. ¡Todo dependiendo de Dios!, y, por tanto, ¡la adoración es la consecuencia más lógica, la manifestación de mi dependencia total!

La oración, que a veces nos parece inútil, ¡qué grande aparece cuando uno piensa que es hablar y ser oído por quien todo lo ha hecho! A Dios que no le costó nada crear el mundo ¿qué le costará arreglarlo?, ¿qué le costará arreglar un problema cualquiera? Tanto más cuanto que nos ama: ¡Nos dio a su Hijo! (Jn 3,16). A veces me desaliento porque no comprendo a Dios, pero, ¿cómo espero comprenderlo, yo que ni comprendo sus obras? Consecuencia: mucho más orar que moverme. Además que en el moverme hay tanto peligro de activismo humano.

¿Y yo? Ante mí la eternidad. Yo, un disparo en la eternidad. Después de mí, la eternidad. Mi existir un suspiro entre dos eternidades. Bondad infinita de Dios conmigo. Él pensó en mí hace más de cientos de miles de años. Comenzó, si pudiera, a pensar en mí, y ha continuado pensando, sin poderme apartar de su mente, como si yo no más existiera. Si un amigo me dijera: los once años que estuviste ausente, cada día pensé en ti, ¡cómo agradeceríamos tal fidelidad! ¡Y Dios, toda una eternidad!

¡Mi vida, pues, un disparo a la eternidad! No apegarme aquí, sino a través de todo mirar a la vida venidera. Que todas las creaturas sean transparentes y me dejen siempre ver a Dios y la eternidad. A la hora que se hagan opacas me vuelvo terreno y estoy perdido.

Después de mí la eternidad. Allá voy y muy pronto. Cuando uno piensa que tan pronto terminará lo presente uno saca la conclusión: ser ciudadanos del cielo, no del suelo.

En el momento de la muerte, “aquello que está escondido aparecerá”; todo el mal y todo el bien, todas las gracias recibidas. “¿Qué diré yo, entonces?”. Esto tan pronto se presentará. Al reflexionar en mi término, en mi destino eterno, no puedo menos de pensar… ¿Cuál es mi fin? ¿Adquirir riquezas? No. ¡Cuántos no podrían alcanzar su fin! ¿Alcanzar comprensión de los seres que me rodean? ¿En guardarlos junto a mí?… Todo esto es digno de respeto, pero no es mi fin. El fin de mi vida es Dios y nada más que Dios, y ser feliz en Dios. Para este fin me dio inteligencia y voluntad, y sobre todo libertad (la inteligencia y la voluntad sin libertad serían cosa inútil).

La norma que me puso fue la santidad que consiste en que conozca a Dios. ¿Me preocupo de conocerlo? ¿Cultivo mi espíritu? En que lo alabe. ¿Cómo rezo? ¿Alabanzas, Salmos, Gloria al Padre? Servirlo las veinticuatro horas del día, sin jubilación, con alegría y generosidad. Y luego, salvar el alma (EE 23).

“Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Mt 11,12). “¡Qué estrecha es la puerta que lleva a la Vida y pocos son los que la encuentran” (Mt 7,14). “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo” (Mc 8,34). ¡Salven el alma! nos dicen los santos: la tierra pasa, pero el cielo no.

¡Vivir, pues, en visión de eternidad! Cuánto importa refrescar este concepto de eternidad que nos ha de consolar tanto. La guerra, los dolores, todo pasa ¿Y luego? Nada te turbe, nada te espante, ¡Dios no se muda!. Y después de la breve vida de hoy, la eterna. ¡Hijitos míos! No se turben. En la casa de mi Padre, hay muchas habitaciones (Jn 14,2). La enseñanza de Cristo está llena de la idea de la eternidad.

Consecuencia de mi visión de eternidad: Acordarme frecuentemente que “somos ciudadanos del cielo” (Fil 3,20). “Donde está nuestro tesoro, allí está nuestro corazón” (Mt 6,21). Alegrarme de tener que ir allá. No temo la muerte porque es el momento de ver a Dios. Sé que mis males tienen término y que mis aspiraciones lograrán su objeto.

De aquí paciencia. ¿Quién es Jesucristo? El que ha tomado sobre sí todo el dolor del mundo. De aquí, generosidad, desprendimiento, heroísmo. ¿Qué es lo que alienta a las hermanitas de los pobres? El cielo. El monje que tenía una ventanita chica abierta al cielo. En sus tristezas, miraba por ella y se reconfortaba.

De aquí la íntima comprensión que nada hay más grande que tratar con Dios, que Dios es la gran realidad, en cuya comparación las otras realidades no merecen tal nombre. El que trata con Dios, trata con la auténtica, gran realidad. ¡De aquí el santo, el pacificado, el sereno, el alegre, iluminando su vida con el recuerdo del cielo!

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La muerte

Meditación de unos Ejercicios Espirituales predicados por el Padre Hurtado en radio ‘Mercurio’, entre el lunes 7 y sábado 12 de mayo de 1951.

La vida del hombre oscila entre dos polos. La adoración de Dios o la adoración de su “yo”; el servicio de Dios o la lucha contra Dios. Para apreciar los verdaderos valores en juego en esta contienda, nada más útil que meditar en la muerte, lo que no quiere decir contemplación terrorífica, sino por el contrario, visión de aliento y esperanza.

Hay dos maneras de mirar la muerte: una puramente humana y otra cristiana.

1.- El concepto humano considera la muerte como el gran derrumbe, el fin de todo. Es un concepto impregnado de tristeza. Desde los primeros tiempos el hombre ha sentido pavor ante la muerte. Nadie la conoce por experiencia propia y de los que han pasado por ella ni uno ha vuelto a decirnos lo que es: Ha entrado en un eterno silencio.

La muerte va ordinariamente precedida de una dolorosa enfermedad, acompañada de una impotencia creciente, que llega a ser total. Los que rodean al moribundo contemplan, en completa pasividad, cómo ese ser querido es arrastrado al inevitable abismo. Cuando queremos seguirlo con la mirada nos parece que la nada lo hubiera devorado.

Cuando vivimos no parecemos tan solos frente a Dios. Hay otros seres que, aunque débiles, nos ofrecen refugio para escondernos pero en el momento de la muerte no queda ya donde ocultarse: el alma es arrancada y arrojada a la llanura infinita donde no quedan más que ella y su Dios.

2.- El concepto cristiano de la muerte es inmensamente más rico y consolador: la muerte para el cristiano es el momento de hallar a Dios, a Dios a quien ha buscado durante toda su vida. La muerte para el cristiano es el encuentro del Hijo con el Padre; es la inteligencia que halla la suprema verdad, es la inteligencia que se apodera del sumo Bien. La muerte no es muerte.

Lo veremos a Él cara a cara, a Él nuestro Dios que hoy está escondido. Veremos a su Madre, nuestra dulce Madre, la Virgen María. Veremos a sus santos, sus amigos que serán también nuestros amigos; hallaremos nuestros padres y parientes, y aquellos seres cuya partida nos precedió. En la vida terrestre no pudimos penetrar en lo íntimo de sus corazones, pero en la Gloria nos veremos sin oscuridades ni incomprensiones. Muchos se preguntan si en la otra vida conoceremos a los seres queridos.

Conociendo la manera de obrar de Dios ¿no sería una burla extraña en su proceder la de poner en nuestros corazones un amor inmenso, ardiente hacia seres que para nosotros son más que nosotros mismos, si ese amor estuviese llamado a desaparecer con la muerte? Todo lo nuestro nos acompañará en el más allá. Dios no rompe los vínculos que ha creado. Pero, por encima de todo, el gran don del cielo es estar presentes ante Dios. ¡Qué más puedo necesitar!

¿Cuál será la sorpresa y la alegría del cristiano al terminar su vida terrena y ver que su prueba ha terminado? Los dolores pasaron, y ha llegado aquello por lo cual luchó y se sacrificó. Algunos años difíciles ¡Pero qué cortos fueron! En esta vida tendremos dolores, pero los dolores no son sólo castigo, como tampoco morir es sólo castigo. Es bello poder sufrir por Cristo. Él sufrió primero por nosotros. Bajó del Cielo a la tierra a buscar lo único que en el Cielo no encontraba: el dolor y lo tomó sin medida por amor al hombre. Lo tomó en su alma, lo tomó en su imaginación, en su corazón, en su cuerpo y en su espíritu, porque “me amó a mí, también a mí, y se entregó a la muerte por mí” (Gal 2,20). Después de Él, María, su Madre y mi Madre, es Reina del Cielo porque amó y sufrió.

La vida ha sido dada al hombre para cooperar con Dios, para realizar su plan, la muerte es el complemento de esa colaboración pues es la entrega de todos nuestros poderes en manos del Creador. Que cada día sea como la preparación de mi muerte entregándome minuto a minuto a la obra de cooperación que Dios me pide, cumpliendo mi misión, la que Dios espera de mí, la que no puedo hacer sino yo.

La muerte es la gran consejera del hombre. Ella nos muestra lo esencial de la vida, como el árbol en el invierno, una vez despojado de sus hojas, muestra el tronco. Cada día vamos muriendo, como las aguas van acercándose, minuto a minuto, al mar que las ha de recibir.Que nuestra muerte cotidiana sea la que ilumine nuestras grandes determinaciones: a su luz, qué claras aparecerán las resoluciones que hemos de tomar, los sacrificios que hemos de aceptar, la perfección que hemos de abrazar.

El gran estímulo para la vida y para luchar en ella, es la muerte: motivo poderoso para darme a Dios por Dios. Y mientras algunos nada emprenden por temor a la muerte, el cristiano se apresura a trabajar porque su tiempo es breve, porque falta tan poco para presentarse a Aquel que se lo dio todo, a Aquel a quién él ama más que a sí mismo. ¡Apúrate alma, haz algo grande y bello que pronto has de morir! ¡Hazlo hoy, y no mañana, que hoy puede venir Él a tomar tu alma! Si comprendemos así la muerte, entenderemos perfectamente que, para el cristiano, su meditación no le inspira temor, antes al contrario, alegría, la única auténtica alegría.

Para los que tienen fe cada cosa que ven les habla del otro mundo, las bellezas de la naturaleza, el sol, la luna, todo es como figura que nos da testimonio de la invisible belleza de Dios. Todo lo que vemos está destinado a florecer un día y está destinado a ser Gloria inmortal.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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La búsqueda de Dios

Época trágica la nuestra. Esta generación ha conocido dos horribles guerras mundiales y está a las puertas de un conflicto aun más trágico, un conflicto tan cruel que hasta los más interesados en provocarlo se detienen espantados, ante el pensamiento de las ruinas que acarreará. La literatura que expresa nuestro siglo es una literatura apocalíptica, testimonio de un mundo atormentado hasta la locura.

¡Cuántos, en nuestro siglo, si no locos, se sienten inquietos, desconcertados, tristes, profundamente solos en el vasto mundo superpoblado, pero sin que la naturaleza ni los hombres hablen de nada a su espíritu, ni les den un mensaje de consuelo! ¿Por qué? Porque Dios está ausente de nuestro siglo. Muchas definiciones se pueden dar de nuestra época: edad del maquinismo, del relativismo, del confort. Mejor se diría una sociedad de la que Dios está ausente.

Los grandes ídolos de nuestro tiempo son el dinero, la salud, el placer, la comodidad: lo que sirve al hombre. Y si pensamos en Dios, siempre hacemos de Él un medio al servicio del hombre: le pedimos cuentas, juzgamos sus actos, y nos quejamos cuando no satisface nuestros caprichos. Dios en sí mismo parece no interesarnos. La contemplación está olvidada, la adoración y alabanza es poco comprendida. El criterio de la eficacia, el rendimiento, la utilidad, funda los juicios de valor. No se comprende el acto gratuito, desinteresado, del que nada hay que esperar económicamente.

Hasta los cristianos, a fuerza de respirar esta atmósfera, estamos impregnados de materialismo, de materialismo práctico. Confesamos a Dios con los labios, pero nuestra vida de cada día está lejos de Él. Nos absorben las mil ocupaciones. Nuestra vida de cada día es pagana. En ella no hay oración, ni estudio del dogma, ni tiempo para practicar la caridad o para defender la justicia. La vida de muchos de nosotros ¿no es, acaso, un absoluto vacío? ¿No leemos los mismos libros, asistimos a los mismos espectáculos, emitimos los mismos juicios sobre la vida y sobre los acontecimientos, sobre el divorcio, limitación de nacimientos, anulación de matrimonios, los mismos juicios que los ateos? Todo lo que es propio del cristiano: conciencia, fe religiosa, espíritu de sacrificio, apostolado, es ignorado y aún denigrado: nos parece superfluo. La mayoría lleva una vida puramente material, de la cual la muerte es el término final. ¡Cuántos bautizados lloran delante de una tumba como los que no tienen esperanza!

La inmensa amargura del alma contemporánea, su pesimismo, su soledad… las neurosis y hasta la locura, tan frecuentes en nuestro siglo, ¿no son el fruto de un mundo que ha perdido a Dios? Ya bien lo decía San Agustín: «Nos creaste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

Felizmente, el alma humana no puede vivir sin Dios. Espontáneamente lo busca, aún en manifestaciones objetivamente desviadas. En el hambre y sed de justicia que devora muchos espíritus, en el deseo de grandeza, en el espíritu de fraternidad universal, está latente el deseo de Dios. La Iglesia Católica desde su origen, más aún, desde su precursor, el Pueblo prometido, no es sino la afirmación nítida, resuelta, de su creencia en Dios. Por confesarlo, murieron muchos en el Antiguo Testamento; por ser fiel al mensaje de su Padre, murió Jesús, y después de Él, por confesar un Dios Uno y Trino cuyo Hijo ha habitado entre nosotros, han muerto millones de mártires. Desde Esteban y los que como antorchas iluminaban los jardines de Nerón, hasta los que en nuestros días en Rusia, en Checoslovaquia, en Yugoslavia; ayer en Japón, en España y en Méjico, han dado su sangre por Él. A otros no se les ha pedido este testimonio supremo, pero en su vida de cada día lo afirman valientemente: Religiosos que abandonan el mundo para consagrarse a la oración; religiosas que unen su vida de obreros, en la fábrica, a una profunda vida contemplativa; universitarios animados de un serio espíritu de oración; obreros, como los de la Juventud Obrera Católica, que son ya más de un millón en el mundo, para los cuales la plegaria parece algo connatural y junto a ellos, sabios, sabios que se precian de su calidad de cristianos. Hay grupos selectos de almas escogidas que buscan a Dios con toda su alma y cuya voluntad es el supremo anhelo de sus vidas.

Y cuando lo han hallado, su vida descansa como en una roca inconmovible; su espíritu reposa en la paternidad divina, como el niño en los brazos de su madre (cf. Sal 130). Cuando Dios ha sido hallado, el espíritu comprende que lo único grande que existe es Él. Frente a Dios, todo se desvanece: cuanto a Dios no interesa se hace indiferente. Las decisiones realmente importantes y definitivas son las que yacen en Él.

Al que ha encontrado a Dios acontece lo que al que ama por primera vez: corre, vuela, se siente transportado; todas sus dudas están en la superficie, en lo hondo de su ser reina la paz. No le importa ni mucho ni poco cuál sea su situación, ni si escucha o no sus preces. Lo único importante es: Dios está presente. Dios es Dios. Ante este hecho, calla su corazón y reposa.

En el alma de este repatriado hay dolor y felicidad al mismo tiempo. Dios es a la vez su paz y su inquietud. En Él descansa, pero no puede permanecer un momento inmóvil. Tiene que descansar andando; tiene que guarecerse en la inquietud. Cada día se alza Dios ante él como un llamado, como un deber, como dicha próxima no alcanzada.

El que halla a Dios se siente buscado por Dios, como perseguido por Él, y en Él descansa, como en un vasto y tibio mar. Esta búsqueda de Dios sólo es posible en esta vida, y esta vida sólo toma sentido por esa misma búsqueda. Dios aparece siempre y en todas partes, y en ningún lado se le halla. Lo oímos en las crujientes olas, y sin embargo calla. En todas partes nos sale al encuentro y nunca podremos captarlo; pero un día cesará la búsqueda y será el definitivo encuentro. Cuando hemos hallado a Dios, todos los bienes de este mundo están hallados y poseídos.

El llamado de Dios, que es el hilo conductor de una existencia sana y santa, no es otra cosa que el canto que desde las colinas eternas desciende dulce y rugiente, melodioso y cortante.Llegará un día en que veremos que Dios fue la canción que meció nuestras vidas. ¡Señor, haznos dignos de escuchar ese llamado y de seguirlo fielmente!

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Búsqueda de Dios (póstumo)

Artículo en la revista Mensaje, septiembre 1952, pp. 444-447. El mismo P. Hurtado pidió que se publicara después de su muerte.

Muchos continúan pronunciando el nombre de Dios: no pueden olvidar esas enseñanzas que desde pequeños les enseñaron sus padres, pero se han acostumbrado al sonido de la palabra DIOS, como algo cotidiano y se contentan con ella sola, tras la cual no hay ningún concepto; o se contentan con el concepto vacío de toda realidad, o al menos de toda realidad que pueda compararse en lo grande y terrible, en lo tremendo y arrobador a la realidad: Dios.

Estos hombres no niegan a Dios, lo nombran, lo invocan, pero nunca han penetrado su grandeza y la bienaventuranza que puede hallarse en Él. Dios es para ellos algo inofensivo con lo que no hay que atormentarse mucho. La existencia misma de Dios nunca se ha interpuesto en su camino, gigantesca e inaccesible como una montaña. Dios queda en el horizonte como un volcán que está bastante lejos como para no temerle, pero aun bastante cerca para darse cuenta de su existencia.

A menudo Dios no es más que un cómodo refugio mental. Todo lo que es incomprensible en el mundo o en la propia vida se le achaca a Dios: ¡Dios lo ha hecho! ¡Dios así lo ha querido!… A veces Dios es un cómodo vecino a quien se puede pedir ayuda en un apuro o en una necesidad. Cuando no se puede salir del paso, se reza, esto es, se pide al bondadoso Vecino que lo saque del peligro, pero se volverá a olvidar de Él cuando todo salga bien. Estos no han llegado hasta la presencia, hasta la abrumadora proximidad de Dios.

Al hombre siempre le falta tiempo para pensar en El. Tiene tantos otros cuidados: comer, beber, trabajar y divertirse. Todo esto tiene que despacharse antes que él pueda pensar con reposo en Dios. Y el reposo no viene; nunca viene.

Hasta los cristianos a fuerza de respirar esta atmósfera estamos impregnados de materialismo, de materialismo práctico. Confesamos a Dios con los labios, pero nuestra vida de cada día está lejos de Él. Nos absorben las mil ocupaciones, gentes de la casa, del negocio, de la vida social… Todo lo que es más propio del cristiano, conciencia, fe religiosa, espíritu de sacrificio, apostolado, es ignorado y aún denigrado: nos parece superfluo.

Felizmente el alma humana no puede vivir sin Dios. Espontáneamente lo busca… Y cuando lo ha hallado, su vida descansa como en una roca inconmovible; su espíritu reposa en la Paternidad Divina, como el niño en los brazos de su madre.

La hondura de la vida, su belleza, son el fruto del conocimiento de la Divina Amabilidad, de las mercedes que de El emanan y de las fuerzas que Él brinda.

Cuando Dios ha sido hallado, el espíritu comprende que lo único grande que existe es Él. Frente a Dios todo se desvanece; cuanto a Dios no interesa, se hace indiferente. Las decisiones realmente importantes y definitivas son las que yacen en Él.

Hay también un dolor de Dios, dolor indescriptible e inconmensurable que tortura el alma con espanto y asombro. Hay un temor de Dios: el de arrojar una sombra sobre la imagen del Amado. Temor de ofrecer tan poco al que todo se le debe.

Al que ha encontrado a Dios… todas sus dudas están en la superficie, en lo hondo de su ser reina la paz. Lo duro, las contrariedades, se deslizan; en el centro de la vida perdura el conocimiento del ser y del amor de Dios. La entrega del que reposa en Dios es un olvido de sí. No le importa ni mucho ni poco cuál sea su situación, si escucha o no sus preces. Lo único importante es: Dios está presente. Dios es Dios. Ante este hecho calla su corazón y reposa.

Esta confianza es fruto de un magnánimo y humilde amor. Si Dios quita algo, aún con dolor, es Él y eso basta. Esto lo hace feliz y enciende todas las luces de su alma. No es un amor sentimental, es amor sencillo, simple, y que se da por sobre entendido. Es así porque no puede ser de otro modo.

En el alma de este repatriado hay dolor y felicidad al mismo tiempo. Dios es a la vez su paz y su inquietud. En El descansa, pero no puede permanecer un momento inmóvil. Tiene que descansar andando; tiene que guarecerse en la inquietud. Cada día se alza Dios ante él como un llamado, como un deber, como dicha próxima no alcanzada…

El que halla a Dios se siente buscado por Dios, como perseguido por El, y en El descansa como en un vasto y tibio mar. Ve ante sí un destino junto al cual las codilleras son como granos de arena. Esta búsqueda de Dios sólo es posible en esta vida, y esta vida sólo toma sentido por esa misma búsqueda. Dios aparece siempre y en todas partes, y en ningún lado se le halla. Lo oímos en las mugientes olas y sin embargo calla. En todas partes nos sale al encuentro y nunca podremos captarlo, pero un día cesará la búsqueda y será el definitivo encuentro. Cuando hemos hallado a Dios, todos los bienes de este mundo están hallados y poseídos.

San Alberto Hurtado S.J.

 

 

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Iglesia

Responsabilidad frente a la Iglesia

Charla del Padre Hurtado, posiblemente a jóvenes de la Acción Católica, el año 1944.

                  ¿Qué es la Iglesia?

Lo más grande que tiene el mundo es la Santa Iglesia, Católica, Apostólica, Romana, nuestra Madre, como nos gloriamos en llamarla. ¿Qué sería del mundo sin ella? Porque es nuestra Madre, tenemos también frente a ella una responsabilidad filial: ella está a cargo de sus hijos, confiada a su responsabilidad, dependiendo de sus cuidados… Ella será lo que queramos que sea. Planteémonos, pues, el problema de nuestra responsabilidad frente a la Iglesia.

                  Una falsa idea sobre la Iglesia

Para muchos la Iglesia es una institución oficial, algo así como un partido político, con su directiva, al cual colaboramos con nuestra cuota y nuestro voto… algo así como una institución, el Club de la Unión, de cuya dirección hay un comité encargado… Pagar la cuota y tener derecho de entrada: un sacrificio para un beneficio. ¡Y nada más!

Algunos se fijan en la complicada organización de la Iglesia, Curia Romana, Arzobispado… Parroquia, oficinas de la curia… y piensan “ir a la Iglesia”: ellos, extraños a la Iglesia, “van” a la Iglesia. ¿Cuál es, en cambio, el verdadero concepto de Iglesia?

  1. La Iglesia es Cristo

[Si preguntamos a la propia Iglesia Católica qué pretende ser, nos responderá: La Iglesia es la realización del Reino de Dios sobre la tierra. “La Iglesia actual, la Iglesia de hoy, es el Reino de Cristo y el Reino de los cielos”, nos dice con emoción San Agustín. El grano de mostaza que crece y se desarrolla; la levadura que penetra y levanta el mundo; la mies que lleva trigo y cizaña (cf. Mt 13,31-43).

Tiene conciencia la Iglesia de ser la manifestación de lo sobrenatural, de lo divino, la manifestación de la santidad. Es ella, bajo la apariencia de las cosas que pasan, la realidad nueva, traída a la tierra por Cristo, lo divino que se muestra bajo una envoltura terrenal.

Y como es en la persona de Cristo donde la plenitud de esta divinidad se ha comunicado de manera creadora, San Pablo expresa en forma profunda la realidad de la Iglesia cuando la llama el Cuerpo de Cristo. Cristo el Señor es, hablando con propiedad, el “Yo” de la Iglesia. La Iglesia es el Cuerpo penetrado y vivificado por las energías de Jesús. Esta unión de Cristo con la Iglesia visible es tan íntima, tan indisoluble, tan esencial, que Pablo llama a Cristo la “Cabeza del Cuerpo de la Iglesia” (Col 1,18). Cristo y la Iglesia no se pueden concebir separados, como no se pueden separar la cabeza del cuerpo. Esta doctrina del vínculo orgánico de Cristo con la Iglesia es punto fundamental del mensaje cristiano. “El Cristo total”, llama San Agustín a la Iglesia.

Para dar a entender esta unión de Cristo con la Iglesia San Pablo nos habla del desposorio. La Iglesia es la Esposa de Cristo por la cual Él se entregó a la muerte (cf. 2Cor 11,2). El Apocalipsis, por el mismo motivo, celebra las bodas del Cordero con la Esposa ataviada (cf. Ap 21,2). De aquí la [teología] mística sacará esta atrevida imagen: Cristo Esposo y la Iglesia su esposa, por unión íntima, dan a luz a los hijos de la vida nueva].

      2. La Iglesia, somos también nosotros

La Iglesia es Jesús, pero Jesús no es Jesús completo considerado independientemente de nosotros. Él vino para unirnos a Él, y formar Él y nosotros un solo gran cuerpo, el Cuerpo Místico de que nos habla San Pablo (místico significa misterioso).

El Verbo, al encarnarse, quiso unir a Dios la naturaleza humana, y lo obtuvo en esa unidad maravillosa de la unión hipostática del Verbo con la naturaleza humana: unidad estrecha, inseparable, indisoluble. Dios pudo decir con absoluta verdad: tengo cuerpo, tengo alma, sufro, padezco… y un hombre que caminaba por las calles y tenía hambre, sed, dolor, podía decir: ¡Soy Dios!

Pero esa unidad realizada en Cristo no era más que el principio de una unidad inmensamente mayor: quería el Padre que nosotros, al unirnos a Cristo, pasáramos a ser, por nuestra incorporación a Él, verdaderos hijos suyos. Quería llamarnos hijos, y que lo fuéramos en absoluta verdad (cf. 1Jn 3,1), y para eso nos quería unidos a Cristo, quería vernos en Cristo. Por el bautismo nos injertamos en Cristo… pasamos a ser miembros de su Cuerpo… pasamos a ser uno en Cristo, en cierto sentido pasamos a ser Cristo. Y, como la Iglesia es Cristo, nosotros somos la Iglesia. La Iglesia no es algo respetable, al servicio nuestro, pero extraño a nosotros mismos, como la cruz Roja o la Asistencia Pública; no, la Iglesia es nosotros. Cristo y yo y ustedes: el Gran Nosotros.

La Iglesia no nació el día que Pedro, Santiago y Juan se unieron para formar el primer núcleo cristiano, sino que existía antes, en germen, en la persona de Jesús. El fin último de la Iglesia es reunir a todos los hombres que han de ser rescatados, incorporándolos a la humanidad santa de Jesús.

Consecuencias formidables: Nuestra unión íntima con Cristo. ¡Él vive en mí, yo en Él! (cf. Gal 2,20). Solidaridad humana, más que camaradería, más que fraternidad: ¡unidad en Cristo! Sobre nosotros recae la responsabilidad de la Iglesia, esto es, del crecimiento de Cristo, crecimiento en número de sus miembros, crecimiento en intensidad de vida cristiana.

a. Crecimiento en extensión

Cristo vino al mundo para salvar a todos los hombres, no sólo a un grupito privilegiado: ¡Que todos sean uno! Que no haya más que un solo rebaño y un solo pastor… La voluntad de Dios, dice San Pablo, es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad… Id por todo el mundo, enseñando a todos los hombres: el que creyere y se bautizare se salvará; el que no creyere se condenará (cf. Jn 17,21; Jn 10,16; 1Tim 2,4; Mc 16,15-16).

Por tanto, al católico la suerte de ningún hombre le puede ser extraña. El mundo entero es interesante para él, porque a cada uno de los hombres se extiende el amor de Cristo, a cada uno de ellos dio su sangre, a cada uno de ellos quiere ver incorporado a su Iglesia.

De aquí, mis amados hermanos, cuando uno mira el mapa del mundo… y piensa en los 400.000.000 de chinos que aún no conocen a Cristo, los 300.000.000 de hindúes… Bengala, Ceylán, El Congo, Alaska… todo eso es mi campo de trabajo: ¡eso me interesa profundamente! Lo que piden ahora para el Japón, para la India, para la Rusia (con apenas 100 sacerdotes católicos), la suerte de la América Latina, Perú, Bolivia, Guatemala… esos son mis problemas…

Cuando pienso en el pavoroso problema obrero: la apostasía de las masas, la ignorancia religiosa, las iglesias vacías… todo eso me preocupa. Y la suerte de la Juventud Obrera Católica, de la Liga de Obreros Católicos, de La Misión de París… Oro por ellos, si puedo, oro por ellos.

Cuando pienso en la falta de clero de nuestra América: en la escasez de clero chileno… Seminario de vocaciones tardías. La niñez sin educación religiosa: esos miles y miles de niños… todos esos son mis problemas. En estos instantes al pensar así en la Iglesia, caigo de rodillas a los pies del Cristo, le cuento mi angustia y oigo que me habla… (leer Elección de carrera).

Tú, ¿qué has hecho? La responsabilidad del crecimiento de la Iglesia es mía. Él cumplió su misión, pero quiere que yo cumpla la mía. Quiere servirse de mis pies para caminar, de mis manos para trabajar, de mis labios para bendecir, de mi ejemplo para entrar en las almas. ¿Le negaré mi esfuerzo? Aquí está mi sublime y consoladora realidad.

b. Crecimiento en intensidad de vida sobrenatural, en santidad

La razón de ser de la Iglesia es santificar al mundo. Quiere extenderse para extender en ellos la santidad. No es otra la misión de la Iglesia: no es el dominio político, la construcción de soberbios edificios, la celebración de grandes congresos… Todo eso en tanto cuanto ayuda a la santificación de las almas, que es el único fin propio de la Iglesia.

Dios ha venido a la tierra para unirse a los hombres. Nuestra misión primordial es unirnos a Él, o mejor, dejarnos absorber por su vida, que fuerza por penetrarnos en la medida en que no pongamos obstáculos a su toma de posesión.
La santidad es lo más grande que hay en el mundo, porque es poseer a Dios, tener en la realidad, de verdad, su misma vida, obrar como Él. La santidad se reduce en imitar a Cristo, en lo que tiene de Dios, por la vida de la gracia; en lo que tiene de hombre, por la práctica de las virtudes.

Lo que el mundo moderno espera para reconocer a Cristo, es ver la vida de Cristo reproducida en nuestras vidas. La Acción Católica hará muy bien en sacar revistas, organizar planes de trabajo, hacer giras… pero todo será inútil o casi inútil mientras Cristo no se haya adueñado de las vidas de sus miembros. “Queremos sacerdotes santos”, piden los obreros…

Hay, en el mundo moderno, hambre de posiciones definidas: y ese es uno de los secretos del comunismo. Tiene una mística formidable, que ha tomado al hombre y le pide sacrificios y obtiene sacrificios heroicos (Ejemplos: el ideal del joven comunista, la granada en la mano, al nido de ametralladoras; lo que han sufrido en Rusia). El mundo no se convertirá a Cristo sino cuando vea en nosotros por lo menos tanto heroísmo como el que tienen los otros que disputan las almas de los hombres. Con personas chicas que sólo piensan en asegurar su salvación, pero no en Cristo y su obra, el cristianismo retrocederá, podrá hasta morir en una región. Santos, santos, hombres chiflados por su ideal, para los cuales Cristo sea una realidad viviente, su Evangelio un código siempre actual, sus normas algo perfectamente aplicable a mi vida, y que trato de vivirlo… hombres que se esfuercen en amar y servir a sus hermanos, como Cristo los serviría: esos son los conquistadores del mundo. Menos proselitismo y más santidad; menos palabras y más testimonio de vida.
Esto supone una intensa vida interior. Como decía Godin: “Velad para que todos los misioneros que consagren su vida a la cristianización del mundo obrero, sean ante todo contemplativos”. Sin esto, el mundo occidental, obrero o campesino, intelectual o científico, como el mundo hindú o el musulmán, irán a otros a pedirles la Buena Nueva.

Oración continua, meditación diaria, vida sacramental intensa, fervor tierno a la Madre del Amor Hermoso: sin esta vida de íntima unión con Cristo para resucitar cada día en nosotros su espíritu, para reavivar en nosotros la responsabilidad de su misión, nada se hará.

c. La Iglesia y nosotros

Lo anteriormente expuesto nos habrá hecho comprender mejor que el continuar, por el sufrimiento, la oración y el apostolado, la misión del Salvador no es tarea exclusiva de los sacerdotes y religiosas: es la misión de todos los cristianos. Por el bautismo fuimos incorporados al Cuerpo Místico de Cristo, por la confirmación fuimos consagrados soldados de Cristo.

La Iglesia de Cristo no es más que lo que somos nosotros, lo que nosotros la hagamos. Cristo vive en ella, es su Cabeza, pero su grado de santidad, su desarrollo y crecimiento dependerá de nosotros, de nuestra fidelidad al llamamiento que Él nos hace cada día.

Como lo dice admirablemente Karl Adam: El ser esencial de la Iglesia debe realizarse y expresarse no sin los fieles. En sus miembros, y por ellos, el Cuerpo de Cristo debe afirmarse y perfeccionarse. Para los fieles, la Iglesia no es sólo un don, es también un deber. La vida de la Iglesia, el desarrollo de su fe y de su caridad, la elaboración de su dogma, de su moral, de su culto, de su desarrollo, todo está en estrecha dependencia de la fe y de la caridad personal de los miembros del Cuerpo de Cristo. Por la elevación o el abatimiento de su Iglesia de la tierra, Dios recompensa el mérito o castiga el demérito de sus fieles. Es absolutamente verdadero que la Iglesia, fundada por Cristo, es edificada por la obra común de los fieles… Dios ha querido una Iglesia cuyo pleno desenvolvimiento y perfección fuesen el fruto de la vida sobrenatural personal de los fieles, de su oración y de su caridad, de su fidelidad, de su penitencia, de su abnegación… Por eso no la ha establecido como institución acabada desde el principio, sino como algo incompleto que invita al trabajo de la perfección.

Oración de Léonce De Grandmaison,
Corazón herido:
Santa María, Madre de Dios,
consérvame un corazón de niño,
puro y cristalino como una fuente.
Dame un corazón sencillo
que no saboree las tristezas;
un corazón grande para entregarse,
tierno en la compasión;
un corazón fiel y generoso
que no se olvide de ningún bien,
ni guarde rencor por ningún mal.
Fórmame un corazón manso y humilde,
amante sin pedir recompensa,
alegre de desaparecer en otro corazón
ante tu divino Hijo;
un corazón grande e indomable,
que no se cierre con ninguna ingratitud,
ni se canse con ninguna indiferencia;
un corazón atormentado por la gloria de Jesucristo,
herido por su amor
con herida que no se sane sino en el cielo..

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Reglas para sentir con la Iglesia

Comentario del Padre Hurtado a las reglas que San Ignacio de Loyola propone para sentir con la Iglesia.

Reglas para estar siempre con la Iglesia, en el espíritu de la Iglesia militante. No podemos colaborar si no tenemos el espíritu de la Iglesia militante. Nuestra primera idea es buscar enemigos para pelear con ellos… es bastante ordinaria…

San Ignacio dice: Alabar las largas oraciones, los ayunos, las órdenes religiosas, la teología escolástica… Alabar, alabar. ¡¡No se trata de vendarse los ojos y decir amén a todos!! Pero el presupuesto profundo está un poco escondido. Hay un pensamiento espléndido, a veces olvidado: tengo que alabar del fondo de mi corazón lo que legítimamente no hago. ¡¡No medir el Espíritu divino por mis prejuicios!!

La mente de la Iglesia es la anchura de espíritu. Si legítimamente ellos lo hacen, yo legítimamente no lo hago. La idea central es que, en la Iglesia, para manifestar su riqueza divina, hay muchos modos: “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones” (Jn 14,2). La vida de la Iglesia es una sinfonía. Cada instrumento tiene el deber de alabar a los demás, pero no de imitarlos. El tambor no imita la flauta, pero no la censura… Es un poco ridículo, pero tiene su papel. Y los demás instrumentos, ¿pueden mofarse del bombo? No, porque no son bombo. Es como el arco iris… El rojo ¿puede censurar al amarillo? Cada uno tiene su papel. Qué bien cuadra esto dentro del Espíritu del Cuerpo Místico.

Luego, no encerrar la Iglesia dentro de mi espíritu, de mi prejuicio de raza, de mi clase, de mi nación. La Iglesia es ancha. Los herejes bajo el pretexto de libertad estrecharon la mente humana. Nosotros con nuestros prejuicios burgueses, hubiéramos acabado con las glorias de la Iglesia.

En el siglo IV, dijeron algunos: “Queremos servir a Dios a nuestro modo. Vamos a construir una columna y encima de la columna una plataforma pequeña… bastante alta para quedar fuera del alcance de las manos, y no tanto que no podamos hablarles… La caridad de los fieles nos dará alimento, ¡oraremos!”. Nosotros ¿qué habríamos hecho? Hubiéramos dicho: “Esos son los locos… ¿Por qué no hacen como todos?”. Pero el hombre no es ningún loco. La Iglesia no echó ninguna maldición, ¡les dio una gran bendición! Ustedes pueden hacerlo, pero no obliguen a los demás. Ustedes en su columna, pero el obispo puede ir a sentarse en su trono y los fieles a dormir en su cama. De todo el mundo Romano venían a verlos, arreglaban los vicios, predicaban. San Simón Estilita, y con él otros. Voy a alabar a los monjes estilitas, pero no voy a vivir en una columna.

Otro grupo raro declara: “Nos vamos al desierto, a los rincones más alejados para toda la vida. Vamos a pelear contra el diablo, a ayunar y a orar… a vivir en una roca”. ¿Y nosotros? Con nuestro buen sentido burgués barato, diríamos: “Quédense en la ciudad. Hagan como toda la gente. Abran un almacén; peleen con el diablo en la ciudad”. Pero la Iglesia tiene para ellos una inmensa bendición. ¡No peleen demasiado entre sí! Y no obliguen a los demás a ir al desierto; lo que ustedes legítimamente hacen, ¡¡otros no lo hacen!! Nosotros hoy, despedazados al loco ritmo de la vida moderna, recordamos a los Anacoretas con un poco de nostalgia.

Llega el tiempo de las Cruzadas. La gran amenaza contra el Islam. Llegan unos religiosos bien curiosos. ¿Para nosotros qué es un religioso? ¿Manso, con las manos en las mangas, modesto, oye confesiones de beatas, con birrete? Éstos no tienen birrete sino casco, y tienen espada en lugar de Rosario… Religiosos guerreros. Hacían los tres votos de religiosos para pelear mejor. Hacían un cuarto voto: el de los templarios, voto solemne: “no retroceder lo largo de su lanza, cuando solos tenían que enfrentar a tres enemigos”. Era el cuarto voto. La Iglesia lo aprobó. Luego, ¿todos tienen que pelear y ser matamoros? Lo que ellos legítimamente hacen; nosotros, no.

Vienen otros, tímidos, humildes, pordioseros:
–Un poco de oro y de plata, pero oro es mejor…
–¿Qué van a hacer con el oro de los cristianos?
–¡Llevarlo a los Moros!
–¿Van a enriquecer a los Moros? ¡¿El tesoro de la cristiandad que se va?!
–En la cristiandad no hay mejor tesoro que la libertad de los cristianos.

Los religiosos de la Merced, un voto: ¡quedarse como rehenes para lograr la libertad de los fieles! Bendijo la Iglesia a los militares y a la Merced.

¿Qué habríamos hecho nosotros con San Francisco de Asís? ¡Lo habríamos encerrado como loco! ¿No es de loco desnudarse totalmente en el almacén de su padre para probar que nada hay necesario? ¿No era de loco cortar los cabellos de Santa Clara sin permiso de nadie? ¿Qué habríamos hecho nosotros? En el almacén, el obispo le arrojó su manto, símbolo de la Iglesia que lo acepta.

Vienen los Cartujos, que no hablan hasta la muerte. Si el superior le manda a predicar, puede decir: ¡No, es contra la Regla! “¡Absurdo ­-diríamos-, después de 7 años… a predicar!” La Iglesia mantuvo la libertad de los Cartujos: quieren mantenerse en silencio, ¡pueden hacerlo! Y vienen los Frailes Predicadores, los Dominicos: y la Iglesia le da su bendición a los Predicadores.

San Francisco de Asís: una idea: construir un templo con cuatro paredes sin ventanas, un pilar, un techo, un altar, dos velas y un crucifijo. ¡Ah no! -diríamos-, eso es un galpón… Vamos a colgar cuadritos… vamos a poner bancos y cojines… ¡Nada!, dice San Francisco. Gran bendición a su Iglesia y fabulosas indulgencias. Es el recuerdo del Pesebre de Belén.

En los primeros tiempos de los Jesuitas, construyen dos iglesias: el Gesù y San Ignacio. El Gesù, con columnas torneadas, oro y lapislázuli… tardaron 20 años pintando la bóveda: Nubes, santos y bienaventurados. Y San Ignacio, con ángeles mofletudos y barrigones… El altar hasta el techo, con Moisés y Abraham bien barbudos. Nosotros diríamos: “eso es demasiado, falta de gusto, de moderación”. Y la Iglesia bendijo al Gesù y San Ignacio. No es el pesebre, es la gloria tumultuosa de la Resurrección.

En la Iglesia se puede rezar de todos modos: oración vocal, meditación, contemplación, hasta con los pies (es decir, en peregrinación). Los herejes, en cambio: fuera lámpara, fuera imágenes, fuera medallas… ¡Todos los desastres de la Iglesia vienen de esa estrechez de espíritu! ¡El clero secular contra el regular, y orden contra orden! Para pensar conforme a la Iglesia hay que tener el criterio del Espíritu Santo que es ancho.

En el Congo ¿podemos pintar Ángeles negros? ¡Claro! ¿Y Nuestra Señora negra y Jesús negro? ¡Sí! Ese Jesús chino… ¡qué admirable! Nuestro Señor, en los límites de su cuerpo mortal, no podía manifestar toda su riqueza divina. Para el Congo un Padre compró cuadros impresos en Francia. Muestra el infierno, y los negros estaban entusiasmados: No había ningún negro, ¡sólo blancos! ¡Ningún negro en el infierno!

Este es un pensamiento genial de San Ignacio, expuesto sencillamente: alabar, alabar, alabar. Alabemos todo lo que se hace en la Iglesia bajo la bendición del Espíritu Santo. ¡Cuando la Iglesia mantiene una libertad, alabémosla!

 

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Justicia y amor

La fiesta del Sagrado Corazón

Extracto de una charla a universitarios en la Fiesta del Sagrado Corazón.

A veces la fiesta del Sagrado Corazón está desfigurada por estatuas poco felices, lenguaje demasiado dulzarrón, revelaciones particulares que ocupan demasiado sitio…

Pero lo que ella es en sí, es un llamado al amor que languidece entre los cristianos. Para ello Jesús nos pone de manifiesto su infinito amor hacia nosotros. El amor que nos tiene desde toda eternidad, antes que el mundo fuera. Como Dios que es nos amó y nos ama y no ha podido apartar ni un instante nuestro ser de su ser. Este amor es la causa de nuestro ser. Por Él con Él y en Él valemos.

Toda su vida fue un acto de amor: nace pobre para consolar a los pobres; huye al Egipto para que los 50 millones de expatriados que ahora han tenido que abandonar su Patria por prejuicios raciales y políticos pudieran hallar consuelo sabiendo que Dios también fue desterrado; trabaja como obrero, para que los proletarios del mundo entero supieran que Dios tomó también la forma de proletario y conoció sus dolores, sus fatigas, sus humillaciones; conoció las persecuciones de los poderosos, de los fanáticos, de los vividores para aliento de los que después de Él han querido dar testimonio de la verdad; quiso aparecer vencido, humillado, fracasado, para que ni aún en estos supremos momentos de dolor nos falte la mirada amorosa del Dios que también conoció esas tristezas; ni aun la muerte quiso eludirla para darnos ánimo en esa hora suprema y para testimoniarnos que partía para prepararnos un lugar en la Casa del Padre y para poder enviarnos el Espíritu Consolador.

Su vida toda estuvo como impregnada de amor: amor a los niños inocentes a quienes defiende, acaricia, bendice; amor a los pobres, sus privilegiados, a quienes consagra su primera bienaventuranza y a quienes evangeliza antes que a nadie; amor a los pecadores: y allí están, Magdalena, la adúltera, el ladrón, Pedro…

El amor de Cristo está lleno de ternura, de solicitud no sólo por nuestra alma sino también por nuestro cuerpo, por las dolencias físicas que sana aun sin que se le rueguen; por la tristeza de sus amigos, por el hambre de los pobres que se apresura a satisfacer, y con qué delicadeza defiende a sus hambrientos discípulos cuando se alimentan de las espigas, con qué ternura les prepara el desayuno después de la noche de pesca.

Y este amor de Cristo, este amor del Hijo de Dios, este amor de Jesús es el que honramos en la devoción al Sagrado Corazón. Y esta devoción si siempre ha sido amable es hoy la devoción salvadora. ¿Qué es lo que más necesita el mundo en el momento actual? Lo que necesita el mundo hoy es una generación que ame, que ame de verdad, que realice la idea del amor: querer el bien, el bien de otro antes que el propio, el bien de otro a costa del propio bien de la vida; el bien de todos, el bien del pobre y del modesto empleado, el bien de la pobre viuda que no está sindicalizada, de los niños del arroyo; el bien de la prostituta…

Amor es lo que el pobre mundo moderno necesita. Sus dolores son tan inmensos como nunca lo había sido. Y aquí está nuestro deber: darle ese amor. A nosotros nos toca reivindicar lo que es nuestro, lo que constituye la grandeza aun de los errores: lo que es más nuestro, la caridad, el amor de Cristo.

Pero que nuestro amor no sean discursos, libros, preciosas páginas. Ni siquiera que nos contentemos con esgrimir las encíclicas y pastorales: la verdad que hay en ellas es demasiado hermosa y nadie nos la achacará; lo que nos achacan es no haberles dado cumplimiento.

Lo que el mundo requiere son obras, obras como las de Francisco de Asís; de Pedro Claver, de Damián de Veuster… Y cuáles serían, en concreto, esas obras de caridad, de amor.

Despertar en nosotros un hambre y sed de justicia. Hambre y sed de la verdad total. Hambre y sed de Cristo: conocerlo, conocer su doctrina, estudiarla en sus consecuencias sociales. Desarrollar la inquietud social, afectarnos por el sufrimiento sobre todo del pobre. Aumentar el sentido social. No descansar cuando vemos el mal; ser inconformistas… que no nos contentemos con ofrecer el cielo a los demás, mientras nosotros poseemos cómodamente la tierra que es la más brutal y amarga de las ironías.

Dar algo que es muy necesario, amor, caridad, comprensión. Estamos tan divididos y necesitamos tanto de amarnos, de comprendernos. Terminar con esas sospechas, desconfianzas, recelos mutuos. Abrazarnos en Cristo. Y si los problemas son contingentes ¿por qué no podríamos opinar? El respeto a la persona humana es algo básico en el cristianismo. Con tal que obedezcamos la jerarquía y mantengamos la unidad en lo esencial.

Unidos en Cristo, unidos con Cristo. Más unidos entre nosotros. La medida de nuestra unión será la de nuestra unión en Cristo y con Cristo. Unirnos en lo único que podemos estar unidos, en Cristo. Mañana todos en el Corazón de Cristo. En la Misa poner en el Corazón de Cristo a todos los hombres.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Seamos cristianos

Extracto de “La orientación fundamental del catolicismo”, documento redactado poco después del final de la Segunda Guerra Mundial y sirvió de base a algunas páginas de Humanismo Social.

Mucho cambiará en nosotros si llegamos a comprender a fondo el sitio que ocupa el amor en el cristianismo. La actitud de amor hacia nuestros hermanos, el respeto hacia ellos, el sacrificio de lo nuestro por compartir con ellos nuestras felicidades y nuestros bienes, fluirán como consecuencias necesarias y harán fácil una reforma social.

El Mensaje de Cristo es “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Este Mensaje fue comprendido en toda su fuerza por sus colaboradores más inmediatos, los apóstoles. “El que no ama a su hermano no ha nacido de Dios.”(1Jn 2, 1). “Si pretendes amar a Dios y no amas a tu hermano mientes” (1Jn 4, 20). “Si alguien que tiene bienes de este mundo ve a su hermano en necesidad y no se apiada de él, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1Jn 3, 17). Después de recorrer tan rápidamente unos cuantos textos, no podemos menos que concluir que no puede pretender llamarse cristiano quien cierra su corazón al prójimo.

Se engaña si pretende ser cristiano quien acude con frecuencia al templo pero no al conventillo para aliviar las miserias de los pobres. Se engaña quien piensa con frecuencia en el cielo, pero se olvida de las miserias de la tierra en que vive. No menos se engañan los jóvenes y adultos que se creen buenos porque no aceptan pensamientos groseros, pero que son incapaces de sacrificarse por sus prójimos. Un corazón cristiano ha de cerrarse a los malos pensamientos pero también ha de abrirse a los que son de caridad.

Al buscar a Cristo es necesario buscarlo completo. Él ha venido a ser la cabeza de un cuerpo cuyos miembros somos, o estamos llamados a serlo, nosotros los hombres, sin limitación alguna de razas, cualidades naturales, fortuna, simpatías… Basta ser hombre para poder ser miembro del Cuerpo Místico de Cristo, esto es para poder ser Cristo.

El que acepta la Encarnación la ha de aceptar con todas sus consecuencias. Este es uno de los puntos más importantes de la vida espiritual: desamparar al menor de nuestros hermanos es desamparar a Cristo mismo, aliviar a cualquiera de ellos es aliviar a Cristo en persona.

Cristo se ha hecho nuestro prójimo, o mejor nuestro prójimo es Cristo que se presenta a nosotros bajo una y otra forma: preso en los encarcelados, herido en un hospital, mendigo en las calles, durmiendo bajo la forma de un pobre bajo los puentes de un río. Por la fe debemos ver en los pobres a Cristo y si no lo vemos es porque nuestra fe es tibia y nuestro amor imperfecto. Por esto San Juan nos dice: si no amamos al prójimo a quien vemos, ¿cómo podremos amar a Dios a quien no vemos? ¿Si no amamos a Dios en su forma visible cómo podremos amarlo en sí mismo?

Este amor al prójimo es el que ofrece los mayores obstáculos. Amar a Dios en sí es más perfecto, pero, más fácil; en cambio amar al prójimo, duro de carácter, desagradable, terco, egoísta, pide al alma una gran generosidad para no desmayar.

Este amor ha de ser universal, sin excluir positivamente a nadie, pues, Cristo murió por todos y todos están llamados a formar parte de su Reino. Por tanto aun los pecadores deben ser objeto de nuestro amor: que hacia ellos se extienda por tanto, también, nuestro cariño, nuestra delicadeza, nuestro deseo de hacerles el bien, y que al odiar el pecado no odiemos al pecador.

La ley del amor no es para nosotros una ley muerta, tiene un modelo vivo que nos dio ejemplos de ella desde el primer acto de su existencia hasta su muerte y continúa dándonos pruebas de su amor en su vida gloriosa: ese es Jesucristo, “que pasó por el mundo haciendo el bien” (Hch 10,38). Jesús nos muestra su amor con los leprosos que sanó, con los muertos que resucitó, con los adoloridos a los cuales alivió. Consuela a Marta y María en la pena de la muerte de su hermano…; en fin no hubo dolor que encontrara en su camino que no aliviara.

Para nosotros el precepto del amor es recordar la palabra de Jesús: “Ámense unos a otros como yo los he amado”. ¡Como Jesús nos ha amado! Entonces, seamos cristianos, amemos a nuestros hermanos.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Hambre y sed de justicia

Conferencia de 1946 del Padre Hurtado, sobre el orden social cristiano.

Dos tipos de problemas atañen continuamente al católico. Un grupo de ellos mira a su vida interior: como miembro de la Iglesia tiene una fe que conservar, un dogma que conocer, mandamientos que observar, una llamada espiritual que alimentar. El otro, como miembro de una sociedad terrestre debe cumplir sus deberes con el Estado y sus conciudadanos, y como ciudadano cristiano debe poner de acuerdo las exigencias de su conciencia social con las de su conciencia religiosa.

El primer problema es ciertamente el de su vida interior: de allí y sólo de allí ha de venir la solución, la fuerza de dinamismo para enfrentar los grandes sacrificios: El mundo no será salvado por cruzados que sólo llevan la cruz en su coraza… El mundo no necesita demostradores sino testigos.

Las exigencias de nuestra vida interior no llegan sólo a los mandamientos que miran únicamente a nuestra moral personal o familiar… Todo eso está en pie, pero que quede bien claro que no podemos llegar a ser cristianos integrales si, dándonos por contentos con cierta fidelidad de prácticas, nos desinteresamos del bien común, si profesando de la boca para fuera una religión que coloca en la cumbre de las virtudes la justicia y la caridad no nos preguntáramos constantemente cuáles son las exigencias que ellas nos imponen en la vida social. Cuando una sociedad se paganiza profundamente como sucede a la nuestra, no hay que contentarse sólo con rechazar el mal en abstracto, sino que hay que reconocerlo en casos concretos que es más difícil. El ambiente fomenta la tentación de desertar al espíritu para adherir a lo material.

El católico ha de ser como nadie amigo del orden, pero éste no es la inmovilidad impuesta desde fuera, sino el equilibrio interior que se realiza por el cumplimiento de la justicia y la caridad. No basta que haya una aparente tranquilidad obtenida por la presión y la fuerza, es necesario que cada uno ocupe el sitio que le corresponde, conforme a su naturaleza humana, que participe de los trabajos, pero también de las satisfacciones comunes.

Para conocer cuál sea este equilibrio interior tenemos una luz que es la de nuestra razón natural, luz poderosa que nos pone en contacto con la verdad; pero tenemos además, una luz más clara, la de la revelación cristiana, que sirve de supremo principio orientador. Estos principios de la revelación, la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo, los aplica a los casos concretos, a las circunstancias en que vivimos.

Los sacerdotes podemos, como Judas, traicionar la causa de Jesús, y lo haríamos cada vez que no lo defendiéramos en el terreno en que es atacado. No debe haber ninguna razón que nos autorice a callar: ni el temor de amedrentar a quienes quizás debemos muchos servicios, ni la timidez frente al poder, ni el peligro de ser mal interpretado.

Predicar sólo la resignación y la caridad frente a los grandes dolores humanos sería cubrir la injusticia. Resignación y caridad hemos de predicarlas siempre, pero simultáneamente el deber de luchar, con todos los medios justos, para obtener la justicia.

Éste es el aspecto religioso del problema social, que es casi imposible predicar el evangelio a estómagos vacíos. Un obispo con cristiana prudencia decía: “No prediquéis demasiado la virtud a menos que por las circunstancias en que viven vuestros oyentes les sea fácil practicarla”. En esto no había hecho sino seguir a santo Tomás que exigía una cierta cantidad de bienes materiales para practicar la virtud.

El alejamiento obrero de la vida religiosa obedece en gran parte a su preocupación absorbente por la lucha por la vida. Lo primero que les interesa a ellos es cómo dar de comer a sus hijos y a su mujer, cómo luchar contra el alza incesante de la vida, cómo asegurarse una relativa tranquilidad en la vejez que se les viene encima.

Las preocupaciones religiosas les parecen entonces desligadas de la vida cotidiana, la única que ellos llaman vida real. Si entonces le apareciera la Iglesia hablándoles del cielo, realidad por ellos desconocida, pero hablándoles también de la tierra, que es la única que ellos conocen y aprecian, el apostolado cristiano tendría un éxito muy diferente. Los prejuicios de que la Iglesia se desentiende de sus problemas desaparecería.

La acción social merece bien la ayuda entusiasta de todos los católicos: ya que su fin último es restablecer, sin revoluciones ni trastornos, sino por la aplicación valiente y sostenida de todos los medios legítimos, la armonía del plan providencial en la sociedad que nos rodea. Una acción social así concebida tiene a Dios por aliado. El éxito final le pertenece.

 

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La práctica de la justicia

Extracto del quinto capítulo del libro “Humanismo Social” escrito por el Padre Hurtado.

Toda educación social comienza por valorar la justicia. La justicia parece una virtud desteñida, sin brillo, porque sus exigencias son a primera vista muy modestas, por eso no despierta entusiasmos. Su cumplimiento no acarrea gloria. Es la más humilde de las virtudes. Uno podrá ufanarse de sus limosnas, pero no de no haber matado a alguien, ni de haber pagado sus deudas, de no haber difamado al prójimo. Esto es lo que tenía que hacer y nada más.

Y sin embargo la justicia es una virtud difícil, muy difícil cuya práctica exige una gran dosis de rectitud y de humildad. Hay mucha gente que está dispuesta a hacer obras de caridad, a fundar un colegio, un club para sus obreros, a darles limosna en sus apuros, pero que no puede resignarse a lo único que debe hacer, esto es, a pagar a sus obreros un salario bueno y suficiente para vivir como personas. Hay quienes gozan en abrumar con su bondad a sus inferiores, pero les niegan la más elemental justicia. Y luego se asombran que sus empleados no aprecien todo lo que su bondadoso patrón hace por ellos, que a pesar de todos sus esfuerzos sean ingratos y descontentadizos. Aunque parezca paradójico, es más fácil ser benévolo que justo, pero la benevolencia sin justicia no salvará el abismo entre el patrón y el obrero, entre el profesor y el alumno, entre marido y mujer. Esa benevolencia fundada sobre una injusticia fomentará un profundo resentimiento.

Al que se siente superior le halaga tomar una actitud paternal porque le da una deliciosa sensación de mando. La simple justicia destruye esa sensación y lo coloca en pie de igualdad con los que estima sus inferiores. Pero el hombre, el obrero particularmente, no quiere benevolencia, sino justicia, reconocimiento de sus derechos, de su igualdad de persona. Ningún otro substitutivo lo puede satisfacer.

Esta benevolencia, como muy bien la analiza Ch. Blüher, revela un engaño inconsciente dirigido a eludir la justicia; envuelve el deseo de conservar la propia estimación, incluso ante sí mismo, como hombre desprendido y generoso, pero conservando también los beneficios de sus bienes y de su influencia. Es una combinación del servicio de Dios con el de mammona. El que practica la caridad pero desconoce la justicia se hace la ilusión de ser generoso cuando sólo otorga una protección irritante, protección que lejos de despertar gratitud provoca rebeldía.

Muchas obras de caridad puede ostentar nuestra sociedad, pero todo ese inmenso esfuerzo de generosidad, muy de alabar, no logra reparar los estragos de la injusticia. La injusticia causa enormemente más males que los que puede reparar la caridad.

No es raro encontrar quienes entiendan mal la doctrina de la Iglesia sobre la caridad. Es cierto que ella coloca a la caridad como la más perfecta de todas las virtudes, pero no a una caridad que desconoce a la justicia, no a una caridad que hace por los obreros lo que ellos deberían hacer por sí mismos, no una caridad que se goza en dar como favor, atropellando la dignidad humana, aquello que el obrero tiene derecho a recibir. Esta no es caridad sino su caricatura. La caridad comienza donde termina la justicia. A veces se da menos que lo que reclama la justicia y se piensa que se da más.

Que los encantos de la caridad no nos lleven a despreciar a esta hermana humilde y sencilla, la justicia. Dejémosla poner en orden la casa, colocar cada cosa en su sitio; después vendrá la generosidad del alma cristiana que llenará con largueza aquello que la justicia no pudo colmar.

Estamos felizmente en una época que clama por la justicia. Después de larga opresión los hombres no piensan satisfacerse con nada menos que con la justicia y aspiran a obtenerla aun cuando en la tentativa hubiera de saltar en pedazos el edificio social.

La pasión por la justicia estalla con fuerza devastadora. En muchos casos la pasión es ciega y recurre a medios que están destinados a resultar desastrosos. Es triste, como lo deplora Pío XI, que el clamor por el pan, que es de toda justicia, vaya acompañado con frecuencia con sentimientos de odio que nunca pueden ser justificados.

El marxismo y el totalitarismo en medio de sus exageraciones han hecho un llamado a las masas para reparar la justicia violada por la economía liberal, y si han encontrado en ellas un eco profundo ha sido más que por sus errores, por el alma de verdad que encierran, por su clamor en pro de la justicia. Si tantos obreros se han alejado en nuestros días de la fe, muchas veces ha sido porque ellos alimentan la idea equivocada que la Iglesia no está incondicionalmente al lado de la justicia, sirviéndoles de pretexto las actuaciones aisladas de muchos católicos desprovistos de sentido social.

A este desorden debemos oponer el orden de la justicia, sin temor de trastornos, ni de catástrofes. Los hombres son muy comprensivos para saber esperar la aplicación gradual de lo que no puede obtenerse de repente, pero lo que no están dispuestos a seguir tolerando es que se les niegue la justicia y se les otorgue con aparente misericordia en nombre de la caridad lo que les corresponde por derecho propio. Debemos ser justos antes de ser generosos. La injusticia causa más males que los que puede remediar la caridad.

El sentido de la rectitud

El amor a la justicia se convertirá insensiblemente en una disposición de delicadeza, que nos incitará a evitar todo asomo de injusticia y a cortar una cooperación con los que pretenden perpetuar los abusos.

Cada cual practicará su profesión con absoluta corrección para con todos. El abogado defendiendo el derecho y evitando tinterilladas que pueden estar de acuerdo con la letra y no con el espíritu de la ley.

El ingeniero recordará que los hombres son de naturaleza muy distinta de las máquinas, que tienen derecho a consideraciones debidas a la dignidad de su persona, y no escatimará sacrificios para pagarles un salario justo mientras pueda soportarlo la empresa.

El agricultor reconoce que los hombres son inmensamente más valiosos que los más finos animales, y que las consideraciones que merece un ser humano son de orden muy distinto a las que podría dar a los otros seres de la creación material. El hombre es nuestro hermano. No soporta, por tanto, que mientras las cosechas se guardan con pisos de cemento y muros de concreto, y los caballos de carrera tienen abrigo para el invierno y cuidador que les prepare la cama y la comida, los pobres, a causa de un salario injusto, y de falta de caridad social vivan en chozas con suelo de tierra y techo de totora y en la práctica sean tenidos en menos estima que los animales que se presentan a la exposición.

El empleado no ocupará las horas de trabajo en actividades de lucro personal. El comerciante declarará honradamente las utilidades. El contratista no hará a la carrera sus trabajos con materiales de segunda, y a veces dejando deliberadamente mal terminada la obra para ser nuevamente llamado. El prestamista no exigirá intereses usurarios. El corredor de comercio no traspasará a su cliente los papeles inseguros; ni hace juegos turbios en la bolsa aprovechando noticias maliciosamente esparcidas, o abusando de informes confidenciales.

¡Acaparamientos, productos falsificados, vino bautizado, leche aguada, abonos mezclados con tierra, fardos de cáñamo con piedras en el interior, ampolletas quemadas con cajas nuevas… tantas y tantas formas de fraude social!

En el trato con las personas modestas el jefe no sospechará de sus intenciones, velará por sus intereses como por los propios, será agradecido a sus servicios recordando que todo el oro del mundo vale menos que un acto humano y que en este sentido el patrón queda siempre deudor a sus obreros.

Los patrones con frecuencia se quejan de sus obreros y lamentan que tengan tan poca conciencia. Los obreros echan de menos el espíritu de justicia y de caridad de parte de sus patrones. Cada clase social lamenta esta falta de conciencia en la clase que complementa la propia. Mientras esa conciencia se generaliza, yo, obrero o patrón, haré un firme propósito: ¡Yo al menos, seré hombre de conciencia!

Así, en cuanto sea posible, el creyente mantendrá la integridad de su alma en un mundo que se desintegra. ¡Que sus manos sean puras por más impuro que sea el mundo que lo rodea!

El sentido del escándalo

Toda acción social exige primeramente en cada uno de nosotros una obra de purificación espiritual. La primera condición de esta obra es despertar en nuestro espíritu el sentido del escándalo. Tan sólo depende de cada ciudadano en una ínfima medida suprimir la miseria y la desocupación, dar a millones de hombres, desnutridos, alojados como perros y reducidos a la desesperación, un alimento suficiente, una vivienda salubre y las condiciones esenciales de la moralidad. No podemos cambiar rápidamente el curso de la historia.

Pero una cosa depende de nosotros y esa siempre es posible. Aunque aceptemos el mal como una fatalidad provisoriamente invencible, no lo justifiquemos como si fuese el bien absoluto. Constreñidos a los actos viciados por las condiciones que nos dominan, podemos salvar al menos la pureza de nuestro juicio; podemos al menos afirmar que no es buena ni digna de ser inmovilizada para siempre una arquitectura social que hace nacer la miseria de la abundancia y la desocupación de la ingeniosidad técnica; que hace al trabajo esclavo y al dinero rey. Lo que siempre podemos hacer es asombrarnos y sufrir. ¡Asombrarnos y sufrir! He aquí lo que todo cristiano debe hacer cuando ve el desorden instalado en vez de la justicia.

Ha sido muy mal entendida la doctrina de la Iglesia sobre la resignación, como si el católico debiera resignarse, sin luchar, al curso de los acontecimientos: tal concepción equivaldría ciertamente al opio del pueblo. Pero no ha sido nunca esa la doctrina de la Iglesia: el católico debe luchar con todas sus fuerzas, valiéndose de todas las armas justas para hacer imperar la justicia. Sólo cuando ha quemado el último cartucho tienen derecho a decir que ha cumplido con su deber. Ante los hechos consumados, que no está en su mano evitar, se resigna, pero no ante las realidades que él puede evitar o modificar.

Es menester vivir, aceptar, someterse, pero se puede al menos mantener la rebelión dolorosa de las conciencias, porque también importa crear las condiciones psicológicas del progreso. Porque todo está perdido si el hombre se resigna al mal desde un principio y pone todo su valor y toda su prudencia en instalarse en el presente, sin guardar lo mejor para preparar el porvenir.

Es cierto que los problemas económicos son muy complejos. ¿Qué podemos hacer cuando nadie ve claro? Se diría que las soluciones escapan a la pobre inteligencia humana… Es posible; pero al menos se puede protestar, protestar con la conciencia cuando no se dispone de otra arma, protestar con la voz, cuando se tiene aliento. Se puede no adquirir el hábito de la injusticia. Se puede rechazar las complicidades… “El silencio sobre las injusticias sociales perjudica en mayor grado a la Iglesia de lo que pudieran servirla grandes discursos sobre el peligro de las logias”.

La meditación, la oración, la educación deberían mantenernos con los ojos siempre abiertos al dolor humano, con el corazón adolorido por sus sufrimientos y con la conciencia que rectifica en cada circunstancia los criterios que la masa horriblemente niveladora trata de imponer como criterios de mundo, como lo que todos aceptan, como lo inevitable. El sentido del escándalo nos mantendrá en permanente protesta contra el mal.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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El hombre

Extracto de un texto más largo llamado “El hombre”, publicado en el libro “Moral social”, obra póstuma del Padre Hurtado.

El Hijo de Dios al unirse una naturaleza humana elevó en ella a todo el género humano. Cristo es el primogénito de una multitud de hermanos con quienes comparte su propia vida divina. Cristo es la cabeza de un cuerpo cuyos miembros somos o estamos llamados a serlo nosotros, sin limitación alguna de razas, de fortuna, ni de otra alguna consideración. Basta ser hombre para poder ser miembro del Cuerpo Místico de Cristo, esto es para poder ser Cristo.

El que acepta la Encarnación la ha de aceptar con todas sus consecuencias. Desamparar al menor de nuestros hermanos es desamparar a Cristo; aliviar a cualquiera de ellos es aliviar a Cristo en persona. Tocar a uno de los hombres es tocar a Cristo. Por esto nos dijo Jesús que todo el bien o el mal que hiciéremos al más pequeño de nuestros hermanos, a Él lo hacíamos. El núcleo fundamental de la revelación de Jesús, “la buena nueva” es la unión de todos los hombres con Cristo.

Cristo se ha hecho nuestro prójimo, preso en los encarcelados, toma la forma de obrero o de patrón, de herido en un hospital, o de mendigo en las calles. Si no vemos a Cristo en el hombre que codeamos a cada momento es porque nuestra fe es tibia y nuestro amor imperfecto. Por esto S. Juan nos dice: si no amamos al prójimo a quien vemos ¿cómo podremos amar a Dios a quien no vemos?

Nada se opone más al cristianismo que el individualismo. Cada uno forma parte de un gran todo: somos piedras de un mismo edificio, ramas de un mismo árbol, miembros de un mismo cuerpo y herederos de un mismo destino. La rama que se desgaja, se seca y sólo sirve para el fuego. Una piedra caída del edificio compromete la estabilidad del conjunto. Entre todos nosotros hay un intercambio de servicios comparable a la circulación de la sangre en nuestro cuerpo. San Pablo resume esta maravillosa doctrina cuando enseña que nosotros que somos muchos, no formamos sino un solo cuerpo, del cual Cristo es la cabeza, y nosotros somos los miembros. Si un miembro padece, todos sufren con él; si un miembro es glorificado, todos se regocijan con él.

Quien comprende esta doctrina entenderá qué significa la solidaridad social: ese vínculo íntimo que une los unos con los otros para ayudarlos a obtener los beneficios que puede darles la sociedad. El sentido social es esa actitud espontánea para reaccionar fraternalmente frente a los demás, que lo hace ponerse en su punto de vista ajeno como si fuese el propio; que no tolera el abuso frente al indefenso; que se indigna cuando la justicia es violada. La responsabilidad social que dice bien claro que no puede uno contentarse con no hacer el mal, sino que está obligado a hacer el bien y a trabajar por un mundo mejor.

                  Consecuencias de la dignidad de la persona humana

  1. Primacía del hombre sobre la materia

Las riquezas están al servicio del hombre y no el hombre al servicio de las riquezas. Por tanto toda organización social que subordine el hombre a la materia, que lo haga instrumento para la adquisición de la riqueza, sin consideración a su personalidad, debe ser reformada. Con este criterio hemos de juzgar la organización industrial en las que hombres, mujeres y niños han sido sacrificados a la intensidad de la producción, sin cuidado alguno de sus necesidades materiales y morales.

  1. La propiedad al servicio del hombre

Los bienes han sido dados por el Creador para todas sus creaturas, por el Padre para todos sus hijos, para que todos ellos puedan vivir en forma conveniente y adecuada a su naturaleza humana, para que puedan desarrollar sus potencialidades físicas, formar una familia y procrear hijos, desarrollar su mente y tener el mínimum de bienes para practicar las virtudes que corresponden a un hijo de Dios. Esta es la primera finalidad de los bienes de la tierra. A su luz aparece la igualdad de derecho de los hombres todos, sin distinción de razas, de talento, ni de cualidades secundarias. Al derecho positivo le corresponde determinar la forma en que han de ser divididos los bienes de la tierra para cumplir el plan providencial. En la medida en que las leyes se oponen a este plan violan el bien común, y lesionan la justicia social.

El derecho de propiedad privada está llamado a garantizar la libertad que necesita cada hombre a asegurar su independencia y la posibilidad de dedicarse a trabajos de orden superior, a darle un reposo tranquilo en su ancianidad y la posibilidad de educar y colocar a sus hijos.

En la posesión de los bienes habrá siempre desigualdades debidas a las diferencias de talento, de esfuerzo, etc. Un igualitarismo total resulta absurdo, pero por otra parte no puede aceptarse tal acumulación de bienes que al concentrarse en pocas manos dejen imposibilitados a los más para obtener con un justo esfuerzo la parte que necesitan. Lo que nunca se puede permitir es que la cantidad de bienes que es indispensable para garantizar la dignidad de la persona humana quede sacrificada a la satisfacción de necesidades secundarias y con mucha mayor razón, se inviertan en el confort y lujo de las personas más afortunadas.

Este criterio en la distribución de los bienes no vale tan sólo para un determinado país, sino también para los habitantes del gran país que es el mundo, patria de los hijos de Dios. A la luz de la justicia social no puede, pues, consolidarse un orden jurídico que permita países de alto standard de vida, a costa del bajo standard de vida de otros menos afortunados: a éstos habrá que capacitarlos por la cultura e instrucción técnica para que puedan obtener al menos el mínimum de bienes que requiere la dignidad de la persona humana.

Lo que no llegue a realizar la justicia social, lo hará la caridad cristiana que verá en sus prójimos al Dador de todo bien.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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La Pasión

Meditación del Padre Hurtado.

El cristianismo al que hemos sido llamados, desde que le dijimos a Cristo que queríamos seguirlo, es una configuración entera y total con Él, nuestro modelo, nuestra vida… Configuración total, por tanto sin excluir las cumbres de su vida de amor y donación que se manifiestan sobre todo en su Pasión dolorosa. Y todo esto, por mí… por mí, para elevarme a mí a la altura de su amor.

La piedra de toque del amor es el sacrificio. Muchos amigos tenemos mientras no hay sacrificio que hacer, pero al menor sacrificio, los amigos disminuyen; y ninguno ama a otro tanto, como el que da su vida por el amigo. Así nos lo reveló el mismo Jesús.

En esta meditación vamos a conocer cuál es el amor que Jesús nos ha tenido; tanto amó Dios al mundo que nos dio a su Hijo Unigénito y no sólo nos lo dio, sino que el Hijo Unigénito por nosotros fue dando todo cuanto podía dar, fue dándolo en la forma del mayor desprendimiento, y tomó sobre sí cuanto podía hacerlo sufrir, y todo por amor a mí…

Hagamos un sencillo recorrido de lo que Jesús dejó por mí. Todo lo que puede constituir el bienestar humano lo sacrificó Jesús por mí. Nació sacrificándolo todo, porque para nacer fue a buscar un humilde establo, lo más miserable que parecía existir sobre la tierra; luego fue prófugo en un país extraño, para darnos ejemplo de ese abandono de todo lo humano y descansar tranquilo en la confianza amorosa del Padre de los cielos… Vuelve a Nazaret y tiene un humilde pasar. Pero aún eso quiere dejarlo, porque aún hay algo mas que ofrecer…

Miremos nuestro bienestar, nuestra pieza, nuestra cama, nuestros muebles, nuestra casa, nuestro sistema de viajar… y miremos luego a Cristo, y sentiremos vergüenza. Y ¿quién es el sabio?: ¿El mundo que predica el confort como fin último? ¿O Cristo que nos enseña el desprendimiento de todo para manifestar el amor a la voluntad del Padre de los cielos? Serenamente miremos ese sublime ejemplo: ¡Cristo que todo lo deja, yo que tanto ambiciono para mí!!

Pobre había sido siempre el vestido de Cristo. Su túnica mojada en su propia sangre… pero ¡es su túnica! Y la ha de dejar para vestir el vestido de los locos, ser el hazme reír de todos… Se le despoja de todo: sus vestidos son distribuidos entre sus verdugos y sobre su túnica echaron suertes. Y el Rey del cielo, el que ha creado los astros, el sol y el follaje de las plantas, que viste a las aves del cielo y a los lirios del campo, por amor al hombre, por amor a mí, para enseñarme la sublime lección de sabiduría, el saber dejarlo todo cuanto está de por medio la voluntad de su Padre de los cielos, muere desnudo. Nada ha querido retener, ni siquiera un paño que cubra su cuerpo… ¿Y yo? Mi vestido…

Durante sus años de predicación comía lo que le daban. Ahora pide algo que apacigüe su sed, y le dan hiel y vinagre ¡Cuánto ha dejado Jesús! Señor, Señor, ¡qué vergüenza me da mi falta de mortificación llevada al extremo! Estoy atado por tantas consideraciones cuando se trata de la gloria de Dios.

¡Qué triste debe ser para un hombre ver el fracaso de su obra, el abandono de sus amigos! Jesús ha fracasado. El fracaso, el deprimente fracaso, también lo conoció Cristo. El Señor terminó su vida humanamente en el mayor de los fracasos. Toda su obra destruida, sus Apóstoles dispersos, su Vicario negándolo, Judas se suicida después de haber sido traidor… ¡Fracasos! ¿Tememos emprender algo por el fracaso? Pero ¡si no buscamos el éxito sino la gloria de Dios! Sepamos dejarlo todo por Cristo y sepamos que después de habernos sacrificado mucho se nos dejará a un lado, se nos arrinconará… los discípulos queridos no se acordarán; a uno quizás le negarán el saludo en la calle…

Cristo fracasó humanamente. Sepamos por Cristo no exigir éxitos, sino los puestos difíciles, los encargos duros, y cuando fuere necesario aceptar un fracaso, no negarle a Cristo nuestro Jefe lo que Él tomó y aceptó por mí.

Nuestro amor propio herido se subleva a veces ante un bochorno, un fracaso, una incomprensión, un chisme. Enrojezco, pierdo la paz, se me acaba la alegría. En esos momentos pensemos en Cristo. ¿Quién es Él? Y ¿cómo se le trata? Cuando uno ha visto esto no tiene ánimo para quejarse… Su paz y su consuelo. Cuando uno hace grandes sacrificios externos cuando se ve pospuesto a todos, calumniado, enfermo… un consuelo parece que tiene al menos el derecho de pedir: la paz interior, el gozo de darse cuenta que Dios está contento de su sacrificio, el contemplar en el fondo de su espíritu el rostro sereno de su Padre Dios…

Nosotros lo hemos dejado todo. No nos quejamos, ¡pero que Dios nos dé facilidad en la oración, serenidad, consuelo… la satisfacción de vernos crecer en santidad, la comprensión del sentido de nuestros esfuerzos y de nuestro sacrificio! Si queremos ser discípulos de Cristo crucificado, hasta eso hemos de renunciar: dame tu amor y gracia que eso me basta y no pido nada más. Tu amor, aunque yo ignore que me amas. Que estés tú contento. Eso basta.

En la noche de Getsemaní y probablemente durante todo el drama de la pasión triste estuvo el alma de Cristo, triste hasta la muerte, turbado, angustiado, casi enloquecido de dolor. Ni siquiera quiso reservarse aquello que hubiera parecido lo menos, la entereza de mostrarse inaccesible al dolor.

Y ante estos dolores ¡cómo explicarlo! Pero parece que el Hijo se hubiese despojado de su facultad de ser insensible a fin de ponerse mejor a nivel de su criatura y de su modo de sufrir.

Y esta desolación interior lo acompañó todo el tiempo de la Pasión… Triste está su alma hasta la muerte cuando con sus hombros hundidos bajo el peso de la Cruz camina al Calvario. Llega un momento en que no puede ocultar más tiempo su martirio, su muerte anticipada y volviéndose a su Padre le dice: Dios mío, Dios mío ¿por qué me habéis desamparado?

No le queda más que un sacrificio que ofrecer, el mayor de suyo, pero en este caso, el menor. Su vida. Ya la había dado, ya había entregado todo lo que puede hacer amable la vida, pero quiso dar la vida misma, y llevar su humana derrota hasta el fin: muerto por nosotros.

¿Dónde podrá encontrarse ni siquiera el símbolo de un amor semejante? Así amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Unigénito.

Me amó a mí, también a mí, y se entregó a la muerte por mí. Un aspecto fundamental de la vida espiritual es tomar en serio esta realidad; Dios y yo; no la turba… yo. Dios me ama a mí, muere por mí, viene a mí… Un hombre, yo, soy el centro del amor divino. Lo que hace por mí, lo hace con infinito amor personal. Si en una familia la madre ama a cada uno de sus hijos como si fuese el único, y aunque sean diez los hermanos si uno enferma o muere la madre enferma y quizás llega hasta morir de dolor porque es su hijo; en forma mucho más perfecta todavía Dios me ama a mí, y todo lo que hace lo hace por mí…

Si yo llegara a tomar en serio esta realidad. ¡Jesús muere por mí! ¡Qué arranques de amor sacaría de mi pobre alma, el comprender algo siquiera de lo que Cristo ha hecho por mí! ¡Mi vida sería entonces entera para Él! Si Él dio su vida por mí, dé yo mi vida por Él… y dándola como Él.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia

Posiblemente se trata de una meditación del retiro a jóvenes de Semana Santa 1944, del 5 al 9 de abril, en la comuna de Marruecos (hoy llamada Padre Hurtado).

Hambre y sed, dos palabras cuyo sentido desconocemos. Decimos que tenemos hambre cuando tenemos apetito y probablemente entre nosotros no habrá uno que durante varios días no haya podido encontrar alimento…. Por el contrario nos damos el lujo de regodearnos…

La sed no es una inquietud para nosotros. La bebida siempre está a nuestro alcance… Nos quejamos de sed en los pesados calores del verano, cuando nuestras cañerías suministran agua hasta para los jardines.

Por eso cuando oímos hablar de esa extraña bienaventuranza de los hambrientos y sedientos no llegamos a comprender bien su trágico sentido. Habría que hacer prácticas en el desierto, durante algún tiempo, en el desierto donde la sed significa la muerte, donde todas las rutas orientadas a los pozos de agua, donde algunas buchadas de un líquido fangoso parecen licor de gloria… en que la misma tierra está muerta de sed desde hace siglos… Eso se palpa en la Pampa… los que se lanzan a la travesía y perecen en el camino.

El hambre y la sed han perdido su espanto para nosotros y como consecuencia la comida y la bebida son realidades cotidianas y no bendiciones milagrosas. Y sin embargo, Señor, la santidad es hambre, es sed. Dame Señor esa hambre, dame esa sed.

Para sanar, porque estoy enfermo de pequeñas vanidades, no rumiarlas, una a una, sino que me penetre un hambre invasora que no afloje su opresión. Como la claridad del sol apaga la luz de las estrellas sin que sea necesario apagarlas una a una, podré limpiarme de una sola vez dejándome invadir por la gran preocupación de la justicia… Esta Justicia no es sólo el dar a cada uno lo suyo: es la santidad, la unión con vuestra persona. Esta justicia como la santidad, es Dios mismo.

¡Métodos de santificación! ¿Mirarme a mí? ¡¡Sí!! Pero sobre todo mirarlo a Él… Dejarme penetrar por Él… Que su presencia vaya transformándome y terminaré por parecerme a Él! Hambre y sed de Cristo, de ser como Él, de ser otro Él: “Vivo yo, ya no yo, es Cristo que vive en mí” (Gal 2,20). Pablo, el alcanzado por Cristo dice: “Sólo una cosa deseo: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús” (Flp 3,13-14), participar en sus trabajos.

Hambre… Hambre maldita del oro. ¡Lo que hace la sed de honores y del poder! Los paganos ávidos de gloria. Por la gloria, Alejandro: sus excursiones militares; Aníbal traspasa los Alpes; Napoleón… y yo mismo por vanidades ridículas, por parecer bien ¡qué no hago porque tengo hambre de mí! Pero si comenzáramos a amar la justicia, vuestra santa Justicia con la misma pasión y si la sirviéramos con el mismo anhelo feroz nuestras inercias desaparecerían y nuestros días serían llenos…

Esta hambre de justicia no es un simple tormento. Desearla, es comenzar a tenerla, y la saciedad banal jamás embota su frescura. Y no sólo de mi perfección: Hambre y sed de la perfección de los demás, de mis hermanos.

Tantos hombres de todas las razas del mundo que uno encuentra cada día de alma recta, bien dispuesta, más aun, hambrienta de verdad. El comunista de la mesa electoral…, el que tiene dolor al saber el mal de su hermano, el que sufre con el pobre chino que muere de hambre. Éstos con la gracia de Dios y la colaboración humana, podrían llegar a ser discípulos predilectos de Cristo.

Quiero desear para ellos la justicia con tal pasión que se vea forzada a visitarlos… Se parecen a los chicuelos de Galilea que se agrupaban en torno vuestro y no os conteníais de abrazarlos.

Esas pobres mujeres que pasan toda su vida en sus tareas domésticas y cuidados de la maternidad… meciendo al niño que llora, ordeñando sus vacas…. Su alma sencilla e ignorante vale más que la mía. ¡Dadles, Señor, vuestras gracias de consuelo y aliento!

Esos pobres pescadores y labradores; esos abnegados calicheros, esos mineros que bajan debajo del mar… Sus almas tienen hambre y tienen sed y esperan ser saciados.

Algunos quizás te van a perseguir en nosotros, Señor. “Os perseguirán creyendo hacer una ofrenda agradable a Dios…”, porque no te conocen (cf. Jn 16,2). Nos aguardan días difíciles, pero que no desaparezca el deseo de servirte en mis hermanos, formándote un pueblo santo, negándome a mí por ellos…

En beneficio de ellos te pido, Señor, que no dejéis se calme en mí el hambre y sed de justicia, y que ponga más alto que el nivel de mi egoísmo el deseo de formaros un pueblo Santo. Y para ello Dios mío, fundirme contigo, ser uno contigo. Tú me enseñas el camino: el misterio del agua y del vino: Ser como el agua del cáliz, que se pierde en ti.

 

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La justicia

Extracto de un texto más largo llamado “La virtud de la Justicia”. En archivo de documentos del Padre Hurtado. Documento s46 y 09.

La justicia es una virtud que no es popular. El medio más seguro para incurrir en el disgusto de los hombres es recordarles sus obligaciones con la justicia. Mientras la exaltamos en general, todos nos darán la razón; cuando un predicador ensaya sacar las conclusiones prácticas para cada estado y situación recibirá las críticas más amargas. ¿De dónde la impopularidad de la justicia?

Quizás una primera razón resida en el hecho que la justicia es eminentemente objetiva, exacta y definida: no es elástica, no da a lugar a sentimientos subjetivos ni a preferencias personales, y esto es siempre molesto, porque deja a quien se plantea el problema sin escapatoria posible.

Por otra parte es una virtud cuyo cumplimiento no nos da ninguna gloria. Es la más humilde de las virtudes. Uno podrá ufanarse de sus caridades, pero no de sus justicias. Nadie se gloría de haber pagado sus deudas. ¡Es lo que tenía que hacer! ¡No faltaba más!

Sus órdenes son terminantes… Sus prescripciones no prescriben. Las lágrimas no pagan nuestras deudas, y las limosnas no compensan nuestra falta de honradez. La injusticia no queda reparada hasta que se haya hecho la restitución de lo injusto.

La justicia se cuadra como una enérgica censura contra toda suerte de arbitrariedades. Asegura una igualdad básica entre los hombres. Hace la inconfundible reclamación ante la cual caen los más encumbrados como los más humildes; y tener que aceptar el hecho de una igualdad humana fundamental, tener que aceptar que otros tienen derechos humanos bien definidos, es algo que hiere dolorosamente a los poderosos.

No falta gente que estará dispuesta a hacer muchas obras de caridad, a fundar bibliotecas, sedes para sus obreros, a darle limosna en sus apuros, pero que no puede resignarse a hacer lo único obligatorio que debería hacer, esto es, pagarle un salario bueno y suficiente para vivir con decencia. Los abrumará con su bondad, pero les negará la más elemental justicia. Y luego se asombrará que sus empleados no aprecien todo lo que él hace por ellos, que a pesar de todos sus esfuerzos son ingratos y descontentadizos. Olvida que los hombres necesitan justicia ante todo y que ningún sustituto de ella podrá llegar a satisfacerlos íntegramente.

Al patrón le halaga tomar una actitud paternal, porque esto le da una deliciosa sensación de superioridad. La simple justicia destruiría esa sensación y lo colocaría en pie de igualdad con sus trabajadores. No es benevolencia lo que el trabajador desea, sino justicia, porque esta última reconoce sus derechos y reconoce también su igualdad básica, mientras que la pseudo paternidad le niega lo que él más aprecia y ofende su dignidad humana.

Otro motivo de impopularidad de la justicia, es que esta honra a los hombres, y al superior se le hace cuesta arriba otorgar a sus inferiores ese honor especial. Es más fácil ser patrón benévolo, que patrón justo; pero la benevolencia sin la justicia no puede salvar el abismo entre el patrón y el asalariado que ha llegado a darse cuenta de sus propios derechos y de la dignidad de su persona: en su alma alimentará un profundo resentimiento.

Esta benevolencia si la analizamos con cuidado, revela un engaño inconsciente de sí mismo dirigido a eludir la justicia: envuelve el deseo de conservar la propia estimación -incluso ante sí mismo- pero conservando también los beneficios: se hace la ilusión de ser generoso cuando sólo otorga una protección irritante. Y como consecuencia lógica el hombre que se imagina ser estimado como un filántropo descubre con gran sorpresa que ha sido el responsable del descontento y rebeldía.

Nadie negará que la sociedad contemporánea puede hacer alarde de sus magníficas obras de caridad, instituciones para aliviar todos los dolores, y sin embargo ese enorme trabajo por el bienestar llevado a cabo con generosidad inmensa no logra reparar los estragos causados por la injusticia. La injusticia causa enormemente más males que los que puede remediar la caridad.

No sucumbamos a los encantos de una caridad mal entendida que desprecia a su sencilla y humilde hermana, la justicia, y sin embargo es esta cenicienta entre las virtudes, la poco pretenciosa justicia, la que pone orden en la casa y coloca cada cosa en su sitio. Debemos ser justos antes de ser generosos. La moral cristiana cuando se la predica parece dar a la caridad el sitio de la mayor virtud social, a una caridad mal entendida que consistiría únicamente en dar limosna a los pobres y hacer por ellos lo que son incapaces de hacer por sí mismos, coexistiendo con frecuencia esa caridad con una extrema injusticia hacia aquellos a quienes va dirigida. En este caso se da a los pobres menos que justicia y se ostenta darles más.

La justicia se levanta de nuevo en nuestros tiempos. Los hombres no quieren satisfacerse con menos que la justicia y aspiran a obtenerla aun cuando en la tentativa hubiera de saltar en pedazos el edificio social. La pasión por la justicia estalla con fuerza devastadora. En muchos casos la pasión es ciega y recurre a medios que están destinados a resultados desastrosos. Sería locura menospreciar la fuerza de sistemas que no dudarían en destruir nuestro edificio social saturado de tantas injusticias… Los agitadores de nuestros días hacen un llamado continuo a reparar las injusticias, y encuentran la aprobación popular. La religión misma es mirada con desconfianza porque los hombres alimentan la idea equivocada de que ella no está incondicionalmente al lado de la justicia.

A este desorden debemos salir al paso y hacerlo sin dilación, porque ya ha tomado peligrosas proporciones. Los hombres son seres muy pacientes y sufridos y por consiguiente, si los pedidos de justicia se expusieran con claridad y honradez, ellos tendrían paciencia para esperar hasta que se lleven a la práctica.

La Acción Católica tiene aquí una misión bien precisa: adquirir ella misma conciencia clara de las exigencias de la justicia mediante un estudio serio de estas materias; dar ejemplo a sus socios, dondequiera que actúen, de un cumplimiento fiel de una pasión, de “hambre y de sed de justicia”; y luego valientemente, sin odios, sin “anti”, pero con el criterio de Cristo defender los derechos de la justicia dondequiera que sean conculcados. ¡Venga a nosotros Señor, tu reino de JUSTICIA, de amor y de paz!

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Actitudes ante el dolor

Extracto del capítulo dos del libro “Humanismo Social” escrito por el Padre Hurtado.

El auténtico cristianismo es el que ha comprendido y practica la ley del amor. Pero ¿qué es amor? Muchas definiciones se han ensayado del amor, pero tal vez ninguna más precisa que la clásica de nuestra filosofía, desear el bien a alguien: aliviar sus dolores, llevarle alegría, querer para la persona amada los bienes que yo quiero para mí. Nuestro Señor Jesucristo al darnos la señal del verdadero amor nos dice que es desear para el otro lo que yo deseo para mí: “Ama al prójimo como a ti mismo”.

Un cristiano verdaderamente consciente de su fe no puede menos que preguntarse cuál es la situación de sus hermanos, cuáles son sus alegrías y sus dolores para “gozarse con los que gozan y dolerse con los que lloran”, como lo hacía Pablo de Tarso.

Al echar una mirada al inmenso dolor humano podemos sacar dos conclusiones igualmente erróneas: una sería la resolución de remediarlo todo al punto de atacar al mal por todas partes, y de esperar un pronto, definitivo y total remedio. Esta actitud llevará necesariamente al escepticismo, a perder el ánimo y a terminar confesando que no se puede hacer nada. El otro error comienza donde terminó el primero. Parte del hecho de la inmensidad del dolor humano, de lo desesperante del problema para los cortos medios humanos, de las dificultades insalvables que oponen las pasiones egoístas y de la escasez de los medios, y se cruza de brazos, derrotado de antemano: ¡No hay nada qué hacer! Lo que tenga remedio se arreglará solo, y lo demás quedará definitivamente sin solución. ¿Para qué amargar inútilmente mi vida?

Al declarar erróneas ambas actitudes tenemos en vista otra línea de conducta, la única que nos parece legítima. Conocer el mal para dolerse con los que padecen, mirar con profunda simpatía a los que sufren, para ir a buscar el remedio con toda el alma. Cuando la complicidad del corazón está ganada ¡qué diferente resulta el estudio de las soluciones! ¡De qué distinta manera pedimos el remedio de un abuso cuando se trata de alejarlo de nosotros, que cuando hay que defender al prójimo! ¡Conocer el mal y hacer cuanto se pueda por remediarlo!

El problema en su solución total nos sobrepasa, porque radica en la diferencia esencial de los hombres entre sí, en la fuerte carga pasional congénita en todos, y en el hondo misterio del dolor cuya razón íntima no acabaremos nunca de penetrar. ¿No será acaso la causa más profunda del sufrimiento humano “completar lo que falta a la pasión de Cristo”, colaborar con Jesús en la redención de la humanidad? Pobres y dolientes siempre los tendremos con nosotros; siempre será señal distintiva del cristiano el cargar la cruz detrás de Jesús: morir como el grano de trigo para dar fruto en abundancia.

Uno de los mayores tropiezos, si no el mayor, para aliviar el dolor humano es desconocerlo. En todo hombre hay una chispa de lo divino, ya que fue hecho a imagen y semejanza de Dios. Es imposible que quien participa en su ser de la vida divina, que es caridad, no se conmueva si conoce el mal. Algunos casi no conocen el sufrimiento porque viven en un ambiente demasiado alejado de los grandes dolores humanos; otros no conocen el dolor ajeno porque están absorbidos por el propio dolor: lo tienen demasiado cerca para poder ver a los demás que sufren.

Dar a conocer en forma cabal todo el dolor humano es tan difícil como conocer al hombre mismo y los más íntimos repliegues de su ser, en cada uno de los cuales se esconde a ratos un dolor; pero por lo menos podíamos ensayar de asomarnos a ese inmenso campo de luchas para ver siquiera los dolores más externos, los más aparentes, los que más fácilmente se pueden sensibilizar y también los que menos difícilmente pueden ser solucionados por el esfuerzo combinado de los hombres de buena voluntad.

No son sólo los pobres los que sufren, los dolores de la gente de la clase media, de las personas de situación que han descendido de su posición son aún mayores, pero están más ocultos, porque ellos mismos por dignidad se encargan de esconderlos de toda mirada indiscreta. Entre las personas pudientes, aún entre las que nadan en la abundancia, cuántos dolores íntimos que no pueden solucionarse con dinero, cuántos desgarramientos de alma, deseos insatisfechos, tragedias de hogar, pérdidas de los seres queridos, tanto más mortificantes cuanto que los que padecen están acostumbrados a ver realizados todos sus deseos y hasta sus caprichos.

Esta certeza de la perennidad del dolor en el mundo no nos autoriza a contentarnos con predicar la resignación y el quietismo. La resignación sólo es legítima cuando se ha quemado el último cartucho en defensa de la verdad, cuando se ha dado hasta el último paso que nos es posible por obtener el triunfo de la justicia. Cuando esto se ha hecho y sin embargo persevera el dolor entonces el cristiano no acude a la rebelión, no se deja vencer por la amargura ni por el rencor, sino que besa la mano de Dios que es su Padre.

Ante el mal del mundo el cristiano es un perpetuo y total inconformista y al mismo tiempo un hombre realista que hace cuanto las circunstancias le permiten, sabiendo que la peor de las cobardías es la evasión de la acción porque no puede hacer una obra que cumpla con todas sus aspiraciones. Algo, por pequeño que sea vale infinitamente más que nada.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Devoción al Sagrado Corazón

Extracto de Consagración de hombres al Sagrado Corazón. Catedral de Santiago en 1940.

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús, en su más íntimo sentido, es tan antigua como el cristianismo. Tiene como libro fundamental los Evangelios, en particular el de San Juan donde el Corazón de Cristo se expansiona con ternura infinita. Es la devoción al amor de Cristo, al amor increado del Dios Eterno y al amor creado de la persona adorable de Cristo, amor que se simboliza en su corazón.

El amor de Cristo…

Dios nos ha amado desde toda eternidad, mejor dicho me ha amado, no lo olvidemos, me ha amado… Él me amó, y si estoy sobre la tierra es porque Él resolvió crearme para darme su vida como vida mía, para hacerme participante de su eterna alegría, para que mi pensamiento lo conozca íntimamente y me revele sus secretos más íntimos y me los revelará siempre nuevos… por toda una eternidad. Mi voluntad, sedienta de amor, ha sido creada, no para ser perpetuamente atormentada, sino para sumirse en la posesión de Dios que aspira a dárseme totalmente y entregarse a mí, como jamás una esposa se ha entregado con tanto cariño a su esposo, ni un amigo con tanta lealtad de espíritu a su amigo.

Ese es el plan eterno de Dios sobre mí, el único que Dios podía concebir, el único digno de Él. Y para que pudiese amarlo libremente me dio fuerzas abundantes, me reveló su vida, envió al mundo profetas que me enseñaran el camino, habla Él mismo en el fondo del alma humana con voces secretas que llamamos la voz de la conciencia y las inspiraciones del espíritu. Y como todos estos medios no bastaron para levantar al hombre, a todos los hombres, se decide a la suprema muestra de amor, a darnos su propio Hijo para que se hiciese hombre, como nosotros, y muriese por nosotros en la cruz. Y todo esto por el hombre, por mí.

Esta idea es la que volvía loco el corazón generoso de San Pablo. Me amó y se entregó a la muerte por mí…. también por mí. El Dios inmenso me amó. ¡Si lo meditara, cómo debería vibrar con entusiasmo mi corazón! Los hombres nos damos poco, pero Cristo se dio por entero.

¿Quién es esta criatura amada por Cristo? ¿Serán sólo las almas escogidas, algunos de esos héroes de la santidad? Puede que ellos tengan derecho a pensar que Cristo los ame, pero ¿y los demás? ¿Y nosotros? ¿Y los pobres pecadores atrapados en el pecado? ¿Los habrá amado Cristo también a ellos?

Sí, también a ellos Cristo los amó. El los ama a todos, aun a los más miserables de los hombres, los pecadores, los desamparados, los abandonados del mundo, los publícanos y salteadores, todos ellos son amados por Cristo, y a semejanza de aquel buen ladrón cuando quieren oír la palabra de Cristo, se transforman en santos.

Hay y ha habido siempre grupos de personas en todos los países, en todas las condiciones sociales y en todas las edades para quienes la vida tiene sentido en el amor. Hay vidas para quienes su primer valor es Cristo, su doctrina, que hacen en la medida de sus fuerzas del amor de Cristo, la suprema aspiración de su vida… A esos venimos a agregarnos nosotros. Y este es el sentido de nuestra consagración que vamos a renovar ahora.

Esta consagración, hermanos, que no sea una fórmula más que venga a agregarse a otras; que no sea un rezo más que venga a incrementar las prácticas de piedad… No, por favor, que no sea ese su sentido último. Nuestra piedad ordinaria padece, por desgracia, de ese defecto. Es un todo formado de multitud de piedras aisladas que carece de unidad. Son devociones, mandas, santos, actos aislados de piedad, todos ellos necesarios o al menos útiles. Pero que no falte lo esencial, el alma de la cual sacan su valor todas estas prácticas. Esa alma es el amor apasionado a Cristo.

La consagración no es una fórmula que se recita, no es un escapulario más que se agrega a otros, ni una imagen más que viene a adornas nuestro hogar. No, todo eso es muy secundario. La consagración es la entrega de nuestra vida entera, de nuestro querer, ser y poseer a Cristo. Nuestra consagración significará para ustedes un interesarse por todo lo que Cristo se interesó, amar lo que Cristo amó, y se traduce en esta sublime fórmula, en vivir ahora, como viviría Cristo si estuviese en mi lugar.

Esta consagración significa, por tanto, interesarse por la cosa pública como Cristo se interesaría, esto es inscribirse en los registros electorales, no desinteresarse de los grandes intereses de la Nación por egoísmo, pesimismo o lo que es más común por monstruosa apatía e indiferencia a todo lo que no le atañe a él. La consagración trae consigo una actitud de paz, de caridad, de amor entre los hombres que aman a Cristo, sin odios, sin rencillas, sin susceptibilidades. La consagración significa una actitud ante los pobres de comprensión de su situación, de interés por sus almas y por sus cuerpos, de sacrificio de todo lo superfluo por amor a Cristo en nuestros hermanos. La consagración trae consigo sacrificar de las propias comodidades lo necesario para hacer vivir a los demás.

La consagración significará en todos esa valorización de los espiritual por encima de la materia, del amor de Cristo por sobre los bienes del mundo y se resumirá en una entrega de todas nuestras vidas a Cristo para no tener otro ideal hacer lo que haría un maestro.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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¿A quiénes amar?

Reflexión personal del Padre Hurtado escrita en noviembre de 1947.

A todos mis hermanos de humanidad. Sufrir con sus fracasos, con sus miserias, con la opresión de que son víctimas. Alegrarme de sus alegrías. Comenzar por traer de nuevo a mi espíritu todos aquellos a quienes he encontrado en mi camino: aquellos de quienes he recibido la vida, quienes me han dado la luz y el pan. Aquellos con los cuales he compartido techo y pan. Los que he conocido en mi barrio, en mi colegio, en la universidad, en el cuartel, en mis años de estudio, en mi apostolado… Aquellos a quienes he combatido, a quienes he causado dolor, amargura, daño… A todos aquellos a quienes he socorrido, ayudado, sacado de un apuro… Los que me han contrastado, me han despreciado, me han hecho daño. Aquellos que he visto en los conventillos, en los ranchos, debajo de los puentes. Todos esos cuya desgracia he podido adivinar, vislumbrar su inquietud. Todos esos niños pálidos, de caritas hundidas… Esos tísicos de San José, los leprosos de Fontilles… Todos los jóvenes que he encontrado en un círculo de estudios… Aquellos que me han enseñado con los libros que han escrito, con la palabra que me han dirigido. Todos los de mi ciudad, los de mi país, los que he encontrado en Europa, en América… Todos los del mundo: son mis hermanos.

Encerrarlos en mi corazón, todos a la vez. Cada uno en su sitio, porque, naturalmente, hay sitios diferentes en el corazón del hombre. Ser plenamente consciente de mi inmenso tesoro, y con un ofrecimiento vigoroso y generoso, ofrecerlos a Dios. Hacer en Cristo la unidad de mis amores. Todo esto en mí como una ofrenda, como un don que revienta el pecho; un movimiento de Cristo en mi interior que despierta y aviva mi caridad; un movimiento de la humanidad, por mí, hacia Cristo. ¡Eso es ser sacerdote!

Mi alma jamás se había sentido más rica, jamás había sido arrastrada por un viento tan fuerte, y que partía de lo más profundo de ella misma; jamás había reunido en sí misma tantos valores para elevarse con ellos hacia el Padre.

Incitado por la justicia y animado por el amor

Atacar, no tanto los efectos, cuanto sus causas. ¿Qué sacamos con gemir y lamentarnos? Luchar contra el mal cuerpo a cuerpo. Meditar y volver a meditar el evangelio del camino de Jericó (cf. Lc 10,30-32). El agonizante del camino, es el desgraciado que encuentro cada día, pero es también el proletariado oprimido, el rico materializado, el hombre sin grandeza, el poderoso sin horizonte, toda la humanidad de nuestro tiempo, en todos sus sectores.

Tomar en primer lugar la miseria del pueblo. Es la menos merecida, la más tenaz, la que más oprime, la más fatal. Y el pueblo no tiene a nadie para que lo preserve, para que lo saque de su estado. Algunos se compadecen de él, otros lamentan sus males, pero, ¿quién se consagra en cuerpo y alma a atacar las causas profundas de sus males? De aquí la ineficacia de la filantropía, de la mera asistencia, que es un parche a la herida, pero no el remedio profundo. La miseria del pueblo es de cuerpo y alma a la vez.

Lo primero, amarlos: amar el bien que se encuentra en ellos, su simplicidad, su rudeza, su audacia, su fuerza, su franqueza, sus cualidades de luchador, sus cualidades humanas, su alegría, la misión que realizan ante sus familias… Amarlos hasta no poder soportar sus desgracias… Prevenir las causas de sus desastres, alejar de sus hogares el alcoholismo, las enfermedades venéreas, la tuberculosis. Mi misión no puede ser solamente consolarlos con hermosas palabras y dejarlos en su miseria, mientras yo almuerzo tranquilamente, y mientras nada me falta. Su dolor debe hacerme mal: la falta de higiene de sus casas, su alimentación deficiente, la falta de educación de sus hijos, la tragedia de sus hijas: que todo lo que los disminuye, que me desgarre a mí también.

Amarlos para hacerlos vivir, para que la vida humana se desarrolle en ellos, para que se abra su inteligencia y no queden retrasados. Que los errores anclados en su corazón me pinchen continuamente. Que las mentiras o las ilusiones con que los embriagan, me atormenten; que los periódicos materialistas con que los ilustran, me irriten; que sus prejuicios me estimulen a mostrarles la verdad.

Y esto no es más que la traducción de la palabra «amor». Los he puesto en mi corazón para que vivan como hombres en la luz, y la luz no es sino Cristo, verdadera luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1,9). Toda luz de la razón natural es luz de Cristo; todo conocimiento, toda ciencia humana. Cristo es la ciencia suprema.

Pero Cristo les trae otra luz, una luz que orienta sus vidas hacia lo esencial, que les ofrece una respuesta a sus preguntas más angustiosas. ¿Por qué viven? ¿A qué destino han sido llamados? Sabemos que hay un gran llamamiento de Dios sobre cada uno de ellos, para hacerlos felices en la visión de Él mismo, cara a cara (1Cor 13,12). Sabemos que han sido llamados a ensanchar su mirada hasta saciarse del mismo Dios. Y este llamamiento es para cada uno de ellos, para los más miserables, para los más ignorantes, para los más descuidados, para los más depravados de entre ellos. La luz de Cristo brilla entre las tinieblas para todos ellos (cf. Jn 1,5). Necesitan de esta luz. Sin esta luz serán profundamente desgraciados.

Amarlos apasionadamente en Cristo, para que la semejanza divina progrese en ellos, para que se rectifiquen en su interior, para que tengan horror de destruirse o de disminuirse, para que tengan respeto de su propia grandeza y de la grandeza de toda creatura humana, para que respeten el derecho y la verdad, para que todo su ser espiritual se desarrolle en Dios, para que encuentren a Cristo como la coronación de su actividad y de su amor, para que el sufrimiento de Cristo les sea útil, para que su sufrimiento complete el sufrimiento de Cristo (cf. Col 1,24).

Si los amamos, sabremos lo que tendremos que hacer por ellos. ¿Responderán ellos? Sí, en parte. Dios quiere sobre todo mi esfuerzo, y nada se pierde de lo que se hace en el amor.

 

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Vivir en el amor

Extracto del primer capítulo del libro “Humanismo Social” escrito por el Padre Hurtado.

La doctrina social de un hombre es una parte de su filosofía moral. ¿Cuál es la filosofía moral de la Iglesia? ¿Cuál es el principio básico que sirve de orientación a la conducta de quienes tienen el Evangelio como norma suprema de conducta y de acción?

Muchos se pierden en el estudio de una ética compuesta de multitud de principios y de reglas de conducta sin aparente trabazón externa. Más que un sistema de vida, parece un recetario que desalienta a quienes pretenden estudiarlo, descorazona a quienes procuran vivirlo por lo complicado de sus exigencias, y desconcierta a quienes sueñan en una reforma social valiente y eficaz para nuestros atormentados tiempos.

Con todo, esa doctrina de la Iglesia allí está llena de vigor y de simplicidad. No es un recetario: es un gran principio con todas sus consecuencias. El genio de Bossuet vio esa síntesis y así la expuso: “Seamos cristianos; esto es, amemos a nuestros hermanos”. Poco antes había dicho: “Quien renuncia a la caridad fraterna, renuncia a la fe, abjura del Cristianismo, se aparta de la escuela de Jesucristo, esto es, de su Iglesia”.

Una actitud de vida

Un gran principio bien comprendido es el fundamento de una doctrina moral y permitirá a quien lo asimile resolver por sí mismo las dificultades que se presentan, o por lo menos -si el problema es muy complicado- formará en él un estado de ánimo que lo preparará para recibir la solución; le dará una simpatía espontánea por la verdad, una connaturalidad con el bien que lo dispondrá a abrazarlo, creará en él una actitud de alma que es mucho más importante que la ciencia misma.

Por eso antes de entrar a estudiar los problemas y mucho antes de hablar de reformas y de realizaciones es necesario crear en el alma una actitud social, una actitud que sea la asimilación vital del gran principio del amor fraternal.

El católico que quiera resolver los problemas sociales como católico, necesita antes que nada una actitud católica; sin ella por más ciencia que tenga, no tendrá la visión católica.

Esta sólo existe cuando se resuelve a mirar el problema social con los ojos de Cristo, a juzgarlo con su mente, a sentirlo con su corazón.

Una vez que el católico haya alcanzado esta actitud de espíritu, todas las reformas sociales que exige la justicia están ganadas. Para su realización concreta se necesitará la técnica económica, un gran conocimiento de la realidad humana, de las posibilidades industriales en un momento dado, de las repercusiones internacionales de los problemas sociales, pero todos estos estudios se harán sobre un terreno propicio si la cabeza y el corazón del cristiano ha logrado comprender y sentir el mensaje de amor de Jesucristo.

Para obtener una educación social la primera preocupación del educador no ha de ser tanto exponer doctrinas sociales, cuanto crear esta actitud de espíritu empapada en caridad. Para iniciar este trabajo no hay que esperar la universidad ni siquiera el colegio, sino que la escuela comienza en el hogar, desde los primeros años, en cierta forma desde los primeros días de la existencia, pues hay una manera, el menos negativo de practicar la caridad que ha de inculcarse al niño desde la cuna. Todos los acontecimientos de la vida internacional y nacional hasta los más menudos pormenores de la vida doméstica y escolar deben ser aprovechados para crear esta actitud, elemento básico de la educación. De aquí aparece cuán importante es que sean católicos, los que forman una actitud católica, y cuán desastrosa al menos, por los que han dejado de dar, es la influencia de educadores neutros que limitan su actitud a no crear actitud, llenan la cabeza, pero no la forman, no rozan siquiera el corazón.

El cristianismo, un mensaje social

¿Cómo podría conocer el mundo que somos discípulos de Cristo, esto es, cristianos? la respuesta nos la da el propio Jesús. “les doy un mandamiento nuevo, que se amen los unos a los otros, en esto conocerá el mundo que son mis discípulos”. (Jn, 14, 34).

¿Cómo conocerá el propio Cristo que un hombre le pertenece de verdad, que es un cristiano sincero, un miembro vivo del Cuerpo místico? Él también se encargó de decírnoslo. El día supremo cuando todos los hombres comparezcan a él preguntará a cada uno: Tuve hambre ¿me diste de comer? Tuve sed, ¿me diste de beber? Estuve desnudo, ¿me vestiste? Estuve enfermo, ¿me visitaste? Y a los que puedan responder afirmativamente, a los que hayan cumplido el mandamiento del amor los reconocerá como suyos y les dará la participación en la gloria.

Este programa del examen final choca a muchos hombres, aún a los que siguen a Cristo. Se sienten ellos tentados de pedir a Jesús que agregue otras preguntas; pero Jesús sonríe y nos deja entender que si alguien es fiel a la moral del amor, El tiene mil caminos para llevarlo al Padre. El nos pide que amemos, que lo amemos a El con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestras fuerzas y al prójimo como a nosotros mismos; eso es con un amor no de palabras, sino de verdad. Como El expresó en la regla áurea del sermón del monte.

Se engaña si pretende ser cristiano quien acude con frecuencia al templo, pero no cuida de aliviar las miserias de los pobres. Se engaña quien piensa con frecuencia en el cielo, pero se olvida de las miserias de la tierra en que vive. No menos se engañan los jóvenes y adultos que se creen buenos porque no aceptan pensamientos groseros, pero no son capaces de sacrificarse por sus prójimos. Un corazón cristiano ha de cerrarse a los malos pensamientos, pero también ha de abrirse a los que son de caridad.

La primera encíclica dirigida al mundo cristiano la escribió San Pedro. Ella encierra un elogio tal de la caridad que la coloca por encima de todas las virtudes incluso de la oración. “Sean perseverantes en la oración, pero por encima de todo practiquen continuamente entre ustedes la caridad” (1 Pe 4, 7?8). Desfilan los siglos. Doscientos cincuenta y ocho Pontífices se han sucedido, unos han muerto mártires de Cristo, otros en el destierro, otros dando testimonio pacífico de la verdad del Maestro; unos han sido plebeyos y otros nobles, pero su testimonio es unánime, inconfundible. No hay uno que haya dejado de recordarnos el mandamiento del Maestro, el mandamiento nuevo del amor de los unos a los otros como Cristo nos ha amado.

Fundamento teológico de la caridad

La caridad es predicada por Jesús y por la Iglesia entera como la primera de las obligaciones morales, precisamente porque se basa en la esencia misma del dogma cristiano.

El cristianismo en sus fundamentos es el mensaje de la divininización del hombre, de su liberación del pecado, de su vuelta a la gracia, de la adquisición del título y realidad de hijo de Dios.

El hombre por el pecado de Adán había roto sus relaciones sobrenaturales con el cielo. No podía llamar a Dios su Padre. Nacía como dice San Pablo, “hijo de ira”. Estas relaciones sobrenaturales sólo podía reanudarlas el propio Dios descendiendo hasta el hombre, ya que el hombre era incapaz por sus solas fuerzas de subir hasta Dios.

Y llegada la plenitud de los tiempos el Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros, “para que nos llamásemos hijos de Dios y lo fuésemos de verdad”. Esta última palabra jamás podrá ser bastante ponderada. Por la redención podemos en realidad absoluta de verdad ser auténticos hijos de Dios, hermanos del Verbo, templos del Espíritu Santo. Nuestra incorporación a Cristo nos autoriza a llamar a Dios con absoluta verdad Padre nuestro.

Este insigne favor de la elevación del hombre al orden sobrenatural lo obtenemos porque el hijo de Dios al unirse a una naturaleza humana elevó en ella a todo el género humano. Nuestra raza está unida en principio a la divinidad y nosotros podemos mediante nuestra unión con Cristo recuperar nuestra unión con Dios, Cristo es el primogénito de una multitud de hermanos a quienes Dios hace participantes de su naturaleza y con quienes comparte su propia vida divina. Los hombres por gracia pasan a ser lo que Jesús es por naturaleza: hijos de Dios. Aquí tenemos la razón íntima de lo que Jesús llama su mandamiento nuevo; desde la encarnación y por la encarnación todos los hombres estamos unidos de derecho a Cristo y muchos de hecho.

Al buscar a Cristo es menester buscarlo completo. El ha venido a ser la cabeza de un cuerpo, el Cuerpo Místico cuyos miembros somos o estamos llamados a serlo nosotros los hombres, sin limitación alguna de razas, cualidades naturales, fortuna, simpatías… Basta ser hombre para poder ser miembro del Cuerpo Místico de Cristo, esto es para poder ser Cristo. El que acepta la encarnación la ha de aceptar con todas sus consecuencias y extender su don no sólo a Jesucristo sino también a su Cuerpo Místico.

Y este es uno de los puntos más importantes de la vida espiritual: desamparar al menor de nuestros hermanos es desamparar a Cristo mismo; aliviar a cualquiera de ellos es aliviar a Cristo en persona. Tocar a uno de los hombres es tocar a Cristo. Por esto nos dijo Cristo que todo el bien o el mal que hiciéramos al más pequeño de sus hermanos a El lo hacíamos. El núcleo fundamental de la revelación de Jesús, “la buena nueva”, es pues nuestra unión, la de los hombres todos con Cristo. Luego no amar a los que pertenecen, o pueden pertenecer a Cristo, por la gracia, es no aceptar y no amar al propio Cristo.

¿Qué otra cosa sino esto significa la pregunta de Jesús a Pablo cuando se dirige a Damasco persiguiendo a los cristianos: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues…?” No dice la voz ¿por qué persigues a mis discípulos? sino ¿por qué me persigues? Soy Jesús a quien tú persigues.

Cristo se ha hecho nuestro prójimo, o mejor nuestro prójimo es Cristo que se presenta a nosotros bajo una u otra forma; preso en los encarcelados, herido en un hospital, mendigo en las calles, durmiendo con la forma de un pobre bajo los puentes de un río. Por la fe debemos ver en los pobres a Cristo y si no lo vemos es porque nuestra fe es tibia y nuestro amor imperfecto. Por esto San Juan nos dice: si no amamos al prójimo a quien vemos ¿cómo podremos amar a Dios a quien no vemos? Si no amamos a Dios en su forma visible ¿cómo podremos amarlo en sí mismo?

Vivir en caridad

El que ha comprendido la razón íntima del mandamiento del amor lo traducirá en su vida cotidiana, lo tendrá como una inspiración para cada una de sus acciones. Su fidelidad a Cristo se medirá por su fidelidad al amor al prójimo que lo representa.

La verdadera devoción, por tanto, no consistirá solamente en buscar a Dios en el cielo o a Cristo en la Eucaristía, sino también en verlo y servirlo en la persona de cada uno de nuestros hermanos. ¿Cómo podríamos decir que ha comulgado sacramentalmente con sinceridad el cuerpo eucarístico de Cristo si después permanece duro, terco, cerrado frente al Cuerpo Místico de Jesús? ¿Cómo puede ser fiel a Jesús a cuyo sacrificio ha asistido en el templo quien al salir de él destroza la fama de Cristo encarnado en sus hermanos?

El amor que ha de distinguir al cristiano es un amor grande, inmenso como el deseo de Cristo. No se limita al respeto de los familiares, ni al de los amigos o compatriotas, ni siquiera a los solos buenos. Su amor ha de ser universal: por todos los hombres Cristo derramó su sangre, a todos ellos ha de extenderse mi amor. Amor sin fronteras, amor que no conoce tiempo, amor que no se detiene ni siquiera ante la injuria o la maldad. Amor universal.

Amor real, que no sea una pura declaración platónica sino que trata de encarnarse en obras, en servicio, al menos en deseos, en plegarias. Oración por mis hermanos para quienes suplico los bienes del cielo, las gracias sobrenaturales en primer lugar, pero también los bienes materiales cuando estos son necesarios: Vale exactamente de la caridad lo que Santiago dice de la fe: ¿De qué servirá hermanos míos el que uno diga tener fe, si no tiene obras?” (Sant 2, 14-17).

El realismo de la caridad exige su traducción en obras que estén a la altura del amor que se profesa. Nada puede hacer tanto daño a nuestra religión como ese horrendo contraste entre la predicación oral de una doctrina que pone como corona de las virtudes y distintivo de su fe a la caridad y el egoísmo práctico, la vida encerrada en si misma de quienes dicen profesar cesa doctrina. Cuando esto sucede los hombres que son testigos de tal contraste no sólo condenan a los hombres sino que desprecian su fe. El cristianismo será juzgado por nuestros contemporáneos por el realismo de nuestra caridad. Por eso San Pablo nos exhorta tanto: “Ámense recíprocamente con ternura y caridad fraternal…  Sean caritativos para aliviar las necesidades de los santos; prontos a ejercer la hospitalidad. Bendigan a los que los persiguen; bendíganlos y nos los maldigan. Alégrense con los que se alegran y lloren con los que lloran….” (Rom 12, 10-21).

Finalmente nuestro amor ha de ser más que pura filantropía, más que benevolencia, que educación y respeto, ha de ser caridad, don de sí al prójimo por amor de Cristo. Esta caridad es la más preciosa y la más indispensable de las virtudes, con tal que sea piedra verdadera y no falsificada. Nadie ha hecho mejor su elogio que San Pablo: “Si yo hablara todas las lenguas de los hombres el lenguaje de los ángeles, pero no tuviera caridad, sería como un metal que suena o campana que retiñe….” (1Cor, 13, 1-13).

La ley de la caridad no es para nosotros una ley muerta, tiene un modelo vivo que nos dio ejemplos de ella desde el primer acto de su existencia hasta su muerte y continúa dándonos pruebas de su amor en su vida gloriosa: ese es Jesucristo. Hablando de Él dice San Pablo que es la benignidad misma que se ha manifestado a la tierra; y San Pedro, que vivió con El tres años, nos resume su vida diciendo que pasó por el mundo haciendo el bien. Como el buen samaritano, cuya caritativa acción El mismo nos ponderó, tomó al género humano en sus brazos y sus dolores en el alma. Vino a destruir el pecado que es el supremo mal, a echar a los demonios del cuerpo de los posesos, pero, sobre todo, lo arrojó de las almas dando su vida por cada uno de nosotros. “Me amó a mí, también a mí y se entregó a la muerte por mí. ¿Puedo dar señal mayor de amor que dar su vida por sus amigos?”

Junto a estos grandes signos de amor nos muestra Jesús su caridad en los leprosos que sanó, en los muertos que resucitó, en los adoloridos a los cuales alivió. Consuela a Marta y María en la muerte de su hermano hasta bramar de dolor, se compadece del bochorno de los jóvenes esposos y para disiparlo cambió el agua en vino; en fin no hubo dolor que encontrara en su camino que no lo aliviara.

Para nosotros el precepto de amar es recordar la palabra de Jesús: “Ámense unos a los otros como yo los he amado”. ¡Cómo nos ha amado Jesús!

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Dos sentidos que hacen falta

Extracto del capítulo siete del libro “Humanismo Social” escrito por el Padre Hurtado.

El sentido social

Cada cual tiene una obligación social bien definida según sus condiciones personales, su cultura, su riqueza, su talento, pero para que se resuelva a actuar conforme a su misión es necesario que despierte previamente su sentido social.

Algunos no creen en la existencia de un sentido social y aun se burlan de su nombre. ¿No hay acaso sólo cinco sentidos? Fisiológicamente sí, pero psicológicamente, no. Hay un sentido cristiano que nos mueve a la santidad y nos pone en condiciones de percibir el error y descubrir la verdad en materias religiosas; hay un sentido moral que nos lleva a reaccionar espontáneamente ante el bien y ante el mal moral. Hay sentido artístico, sentido musical, sentido social…

El sentido social es aquella cualidad que nos mueve a interesarnos por los demás, a ayudarlos en sus necesidades, a cuidar de los intereses comunes. Si ensayamos una definición más cabal, podemos decir que es aquella aptitud para percibir y ejecutar prontamente, como por instinto, en las situaciones concretas en que nos encontramos, aquello que sirve mejor al bien común.

Quien tiene sentido social comprende perfectamente que todas sus acciones repercuten en los demás hombres, que les producen alegría y dolor y comprende, por tanto, el valor solemne del menor de sus actos. Santo Tomás llega a decir que todo desfallecimiento en cualquier virtud hiere en alguna manera la justicia social. Por consiguiente toda falta, aunque sea secreta, repercute en el cuerpo social, afecta a los demás.

El hombre con sentido social no espera que se presenten ocasiones extraordinarias para actuar. Todas las situaciones son importantes para él, pues repercuten en sus hermanos. Por eso cede espontáneamente el asiento en un bus; toma para sí el sitio más incómodo; no arroja los papeles en la calle; adivina el dolor que se oculta bajo los harapos y aún el que está todavía más encubierto; simpatiza con el empleado condenado a sonreír perpetuamente y a quien incomoda lo menos posible; a pesar de su pobreza sabe encontrar medios para hacer la caridad…

En cambio, quien no tiene sentido social actúa siguiendo la ley de su capricho, buscando siempre el menor esfuerzo aunque haya de molestar a los demás en los cuales no piensa. Por eso naturalmente tira al suelo los papeles sucios, colillas de cigarros aun en una oficina, hace sonar inmoderadamente la bocina del automóvil; arroja un objeto al alcantarillado aunque para deshacer el desperfecto haya de bajar un obrero a veces con riesgo de su vida; si va a una tienda hará perder tiempo al vendedor removiendo todos los objetos aunque esté resuelto a no comprar nada; si compra algo pide que le manden, y, con suma urgencia, el paquete aunque pueda él llevarlo sin dificultad. Mientras los otros descansan él habla en voz alta, si pasa por una puerta la deja abierta, si suena el teléfono lo deja sonar hasta que otro vaya a atenderlo. Sus conversaciones son siempre de sí mismo, sin interesarse en las cosas de los demás. En todo hallará “el pero”, o el lado débil de la conducta de los otros. Estas frases las dirá con frecuencia: ¡Eso no me importa!, o bien: Esto sólo me importa a mí; o aún: ¿Quién me lo ha encargado?; Esto le toca a él: ¡que se las arregle! Estas y otras mil manifestaciones triviales, a las que un hombre poco observador no da importancia, denotan a las claras la ausencia del sentido social.

Esta falta de solidaridad humana comienza a verse desde el colegio en el espíritu de broma ininterrumpida que hiere a los profesores y molesta a los compañeros. Si algunos menos inteligentes que él pierden el curso y el dinero penosamente reunido por sus padres, como consecuencia de la tanda que él organiza en la clase ¿qué importa?, ¿para qué es tonto? Esta ausencia de sentido social se nota también en las frases duras, poco delicadas con que un muchacho señala los defectos de los demás, en las alusiones burlescas a su pobreza, a sus faltas naturales, a su incapacidad para el estudio. Cuando algo se distribuye, el primero y el segundo y el tercero en pedir es él. Cuando hay un trabajo que hacer es él el primero en no oír y si es necesario en desaparecer. Muestras reveladoras de esta ausencia de espíritu social son esos letreros en las clases, en las paredes de las casas, hasta en los monumentos afeados definitivamente. En fin, las demostraciones del espíritu antisocial son innumerables y revelan un alma en la cual la caridad está en crisis.

Y esta crisis del sentido social es especialmente grave en nuestra época. Siempre ha sido seria; ha disminuido en las épocas de gran fervor religioso, pero vuelve a agudizarse tan pronto disminuye la fe en la solidaridad sobrenatural de los hombres, como está sucediendo en nuestros días.

Venimos saliendo de la guerra más cruel de la historia en la que millones de hombres han encontrado la muerte, no sólo en los campos de batalla, sino en lo que revela una degeneración insospechada en horrendos campos de concentración.

De “indignos de vivir” se ha calificado a millones de ancianos, a enemigos políticos, a hombre de raza diferente, ahogados en cámaras de gases, muertos de hambre, expuestos a torturas que Dante no concibió posibles en su infierno. Y lo que da más que pensar es que estos crímenes han sido cometidos con premeditación, a sabiendas de todo un pueblo -de muchos pueblos- sin protestar, sin sanción gubernativa, más aún con expresa aprobación en muchos casos… El empleo de armas de destrucción como las bombas voladoras y la bomba atómica, que aniquilan regiones y hacen extensivos los horrores de la guerra a poblaciones enteras, haciendo imposible la vida, demuestran un triunfo técnico, pero una horrenda degeneración moral en la manera de concebir las relaciones humanas. Al ver los crímenes de nuestra época se nos revelan con toda fuerza los bajos fondos del espíritu humano que la cultura no ha logrado borrar, y que demuestran ahora de qué es capaz un hombre sin control superior. Países como el nuestro que no tienen sus manos manchadas con esos crímenes ¿podrán permanecer tranquilos? ¿Podrán pensar que poseen un tipo de hombre superior? El pensamiento de San Agustín viene a nuestro espíritu: no hay pecado que haya cometido un hombre que no lo pueda cometer yo también.

El hombre del siglo XX cuando pierde su contacto vital con la divinidad es una fiera devoradora. En cada uno de nosotros ruge esa fiera y si las condiciones de ambiente son propicias, muchos de ellos demostrarán sus instintos sanguinarios.

Las manifestaciones cotidianas de la falta de sentido social, no van manchadas con sangre, pero sí de falta de justicia, de respeto, de delicadeza. No destruyen un pueblo pero le impiden tener el grado de bienestar a que tiene derecho. A veces no son faltas contra la justicia, pero sí contra la caridad; no quitan, pero tampoco dan; no matan ni roban, pero tampoco aman ni sirven.

El hondo problema social de nuestros días ¿se resuelve por vía pacífica? Los que tienen ¿están resueltos a ceder parte de sus privilegios para que los que no tienen posean algo? ¿Están dispuestos antes que estalle la revuelta, o antes que urja la ley a anticiparse por amor a lo que después deberán abandonar por la fuerza?

Los políticos ¿se preocupan con sinceridad del bienestar del país? ¿Juzgan con sinceridad y benevolencia al adversario, le tienden la mano, dan el primer paso, aun a riesgo de un desaire, para hacer Patria? Quien lea la prensa cotidiana podrá juzgar…

Los profesionales y la juventud estudiosa ¿se inclinan al pueblo, se acercan para conocer sus problemas? ¿Organizan una cruzada de educación y de cultura? ¿Estudian cómo abaratar la vida, cómo crear nuevas riquezas, cómo servir con más eficiencia y a menos costo, pensando que una profesión más que un medio de lucro es un servicio?

La juventud en general ¿se da al estudio, a su formación honda, seria, alegre, o está minada por una vida social hueca, prematura, exagerada?

Al hacernos estas preguntas constatamos con evidencia que falta sentido social, la condición primera de toda reforma…

El sentido de responsabilidad

Otro de los rasgos salientes de nuestra época es la falta de responsabilidad que se ve en nuestros días. La impresión general que produce la joven generación contemporánea es la de no tomar nada en serio, la de no cuidarse de guardar la palabra empeñada, ni de proseguir las obras comenzadas. Los ejemplos que podríamos citar son innumerables. Jóvenes que toman a su cargo una obra, la protección de una familia pobre, un apostolado determinado, y por la más mínima dificultad desisten con toda naturalidad de lo comenzado sin detenerse a pensar en las consecuencias que su actitud acarreará para los demás. Se inscriben en la Acción Católica, comienzan a asistir a la reuniones, pero por el más mínimo motivo dejan de seguir concurriendo… Ofrecen su cuota, pero el día menos pensado dejan de pagarla “porque sí”. La puntualidad no la conocen muchos. No han reflexionado sobre el valor del tiempo para los demás, sobre el respeto que deben a sus semejantes a quienes no debieran exponerlos a perder ni siquiera un minuto.

No se valoriza cada cosa por su aspecto intrínseco y, por lo tanto, no se le da el sitio que le corresponde en una jerarquía de valores bien ordenada. Se encarga a un joven la preparación de un círculo de estudios, y no lo prepara o lo hace superficialmente para salir del paso. ¿Cuántos se dan cuenta que este tema tal vez no lo oirán más sus compañeros; que quizás se alejarán de esa actividad al sentirse defraudados en sus esperanzas de formación o de apostolado? Y el fracaso de una obra a la que han ofrecido su actividad no parece preocuparlos mayormente ni les hace perder un momento de sueño ni la olímpica paz de su espíritu.

La vida religiosa es también tomada superficialmente. Se la concibe como un conjunto de prácticas que hay que hacer ritualmente, más que como una donación entera de la persona a Dios, como un ponerse en sus manos para realizar el doble mandato de amor a Dios y amor al prójimo. La moral se ha convertido para muchos no en una vida entregada en manos del Creador, sino en una casuística que les permita moverse con libertad. De aquí el rehuir las responsabilidades que a cada uno incumben en la sociedad religiosa y civil en que cada uno vive.

El sentimiento se despierta con facilidad, pero ¡cuán a flor de tierra! Emoción pasajera que no mueve una vida. En los grandes dolores ¡cuán poca reflexión! La horrible guerra que nos acaba de azotar fue para muchos más la ocasión de mostrar sus simpatías intransigentes por uno de los bandos en lucha que un problema humano trágico que debía conmovernos hasta lo más íntimo del ser. En la tragedia del terremoto de 1939, todavía tan presente en nuestro espíritu, fue profundamente significativa la actitud de muchos jóvenes que partieron generosamente para el lugar de la catástrofe, pero al ver la realidad de lo ocurrido y lo que se esperaba de ellos se contentaron con pasearse como turistas, sacar unas fotografías de las ruinas y volverse a contar sus impresiones del terremoto.

Las conversaciones corrientes son un reflejo de esta superficialidad que denota una falta absoluta de responsabilidad: fiestas, diversiones, pelambres, escándalos, algún chiste son el elemento ordinario de la mayor parte de las conversiones que traducen una trágica ligereza.

La vida cívica no es concebida en forma más consciente. La juventud moderna se apasiona mucho más por la política inmediata que por el trabajo más oscuro, más sacrificado, más lento de una formación profesional seria y la adquisición de conocimientos sistemáticos de historia, sociología y demás ciencias, que la capacitarían para ejercer una influencia profunda en el futuro. Entre los movimientos ideológicos que la solicitan prefiere los más extremos, los que hieren más fuertemente su emotividad; y debido a esa misma ligereza de formación, de la cual al menos globalmente se da cuenta nuestra juventud, prefiere sentirse masa, ser gobernada y dirigida, dejando a otros el trabajo de pensar y de dirigir.

La falta de síntesis ideológica de la juventud moderna hace que aborde la vida sin una orientación definida. Con mucha frecuencia no sabe un joven al terminar sus humanidades qué carrera ha de seguir, o se determina por motivos completamente secundarios, circunstanciales, que no debieron haber sido los móviles de su conducta.

Aburguesamiento de la juventud; instalación de lleno en el ambiente de este mundo y pérdida total, de parte de muchos, de la visión de la eternidad en la vida y consiguientemente ansia de placer desmedida. Se ha olvidado que ella ha sido hecha no para el placer, sino para el heroísmo. Quiere evitar todas las molestias de la acción. El amor gigantesco de un Francisco de Asís y de un Javier que lo renuncian todo por Cristo, el celo de San Pablo que aspira incluso a ser anatema por ganar sus hermanos para Jesús, está muy lejos de ser siquiera comprendido por el espíritu de la mayor parte de nuestros contemporáneos.

La inconstancia en el bien comenzado es consecuencia natural de esta actitud espiritual. Como no hay arraigo ideológico suficiente, falta el espíritu de sacrificio para hacer frente a los compromisos en los días malos y difíciles y de ahí viene a ser que es la gana, la que determina la conducta. Si hay gana se acude; si no hay gana, no se acude y se abandona la obra, como trágicamente lo estamos comprobando todos los días.
Formar hombres responsables

Hay, pues, que crear el culto de la responsabilidad. Hacer consciente a cada joven y aún a cada niño, que es una persona, que en sus manos hay latente un inmenso poder, para el bien como para el mal, que así como los átomos microscópicos son capaces de esa tremenda energía cuando se la logra desencadenar, así ellos también son potenciales de felicidad ajena, de resurrección nacional. ¡Responsabilidad! ¡Responsabilidad! ¡Responsabilidad! Es una palabra que los educadores han de predicar en todos los tonos y en todos los momentos a los educandos. No cumplen ellos su responsabilidad si no dan responsabilidades. No merecen respeto, si no respetan a los menores; no son de fiar, si no aprenden a fiarse. No deben dirigir si no enseñan a dirigir, si no van entregando gradualmente la responsabilidad de sus acciones a aquellos que la han de tener toda la vida. Es una horrenda tragedia para un joven encontrarse de repente con su destino en sus manos, sin haber hecho nunca antes la experiencia de su propio gobierno; encontrarse en un momento frente a responsabilidades sin haber tenido nunca ocasión de actuar frente a los demás.

Es más fácil gobernar a los niños como autómatas, imponerles una conducta y una sanción si no la cumplen, pero esa no es preparación para la vida. Dar responsabilidades supone exponerse de antemano a irresponsabilidades. Las primeras experiencias de la libertad llevan a abusos de la libertad. Esto debe preverlo el educador, para que no se amargue cuando lleguen esas realidades que a tantos desconciertan. No constituyen un fracaso. El gran fracaso es por miedo a los fracasos no poner al niño en posibilidad de éxito o de fracaso. Ayúdelo a hacer recto uso de su libertad pero no la suprima.

Una cruzada nacional se impone para cambiar el rumbo de nuestra enseñanza libresca, enciclopédica, en una formación que prepare más para la vida, que dé más sitio al desarrollo de la personalidad…

San Alberto Hurtado S.J.

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Reforma de las estructuras sociales

Extracto de un documento más largo.

Desorden de las estructuras

Cada cierto número de años una crisis hace estragos en el mundo. Recordemos la enorme crisis de los años 30 y siguientes con millones de cesantes en todos los grandes países. Las fábricas cierran sus puertas; las casas de comercio se ven obligadas a liquidar; la cesantía cunde.

Nosotros podemos multiplicarnos cuanto queramos, pero no podemos dar abasto para tantas obras de caridad… no tenemos bastante pan para los pobres, ni bastantes vestidos para los cesantes, ni bastante tiempo para todas las diligencias que hay que hacer. Nuestra misericordia no basta, porque este mundo está basado sobre la injusticia. Nos damos cuenta, poco a poco, que nuestro mundo necesita ser rehecho, que nuestra sociedad materialista no tiene vigor suficiente para levantarse, que las conciencias han perdido el sentido del deber.

Las empresas económicas no están fundadas para el bien común… Este mundo está construido bajo el signo del dinero. El dinero tiene todos los derechos, y sus poseedores son los poderosos. Las grandes empresas económicas no se regulan ante nada, ni ante las compras de las conciencias, ni ante el dolor humano.

El Estado toma un sitio preponderante, pero desgraciadamente muchos de los que entran en la carrera política, más que buscar el bien de la nación, buscan el suyo propio, el mantenerse en el poder. Los favores son para los amigos. La justicia distributiva parece haber perdido todo sentido.

La moral individual es insuficiente. Muchos no quieren oír hablar de moral. Hacer morales a los hombres es una gran tarea, pero mientras la sociedad en su contextura misma no sea moral tal tarea está condenada al fracaso.

Una sociedad que no hace su sitio a la familia es inmoral. Predicamos a los esposos que tengan hijos, pero en realidad deben ser heroicos para poder tenerlos. Hay un problema de moral social que es aun más grave que el problema de moral individual que predicamos. Más que a los esposos, hay que predicar a los legisladores, a las instituciones; hacer sitio a una familia que pueda vivir según el plan de Dios… de lo contrario, todo nuestro esfuerzo está condenado al fracaso, como lo vemos constantemente. Y creo que en esto no hemos insistido bastante ni los moralistas, ni los sacerdotes en general. Buscamos soluciones individuales a problemas que son sociales; como buscamos soluciones nacionales a problemas que son internacionales.

Una sociedad que no respeta al débil contra el fuerte, al trabajador contra el especulador, que no se reajusta constantemente, para repartir las utilidades y el trabajo entre todos, y que no permite al hombre corriente una vida moral, tal sociedad está en pecado mortal. No basta llamar a algunos amigos de buena voluntad para tratar de solucionar algunos problemas, hay que cambiar los cuadros sociales.

Revolución indispensable

Con claridad meridiana aparece que si queremos una acción benéfica, hay que atacar en primer lugar la reforma misma de la estructura social, para hacerla moral.

No podemos aceptar una sociedad en que todo esfuerzo de generosidad, de abnegación tenga que dirigirse a socorrer a seres miserables. Dándole a la sociedad una estructura adaptada al hombre, a sus dimensiones reales, las miserias serán menos frecuentes. Dolores siempre habrá en el mundo, pero suprimir la miseria no es imposible y debemos esperarlo y trabajar para conseguirlo.

Porque nosotros no hemos pensado a tiempo en estas reformas, otros han pensado antes que nosotros, y en sus planes se sacrifican valores fundamentales.

Tres formas entusiasman a los hombres hoy: marxismo, nacionalismo, derecho del dinero a fructificar y dominar. ¿Qué vamos a hacer en esta lucha? ¿Combatir a los tres grupos, o bien presentar un sistema positivo que incorpore lo que hay de justicia en cada uno de ellos?

Las exigencias de nuestra doctrina son más realistas, más razonables. Respetan más derechos, y exigen más de cada uno.

La familia, ¿no nos aparece como una célula social en que todo está en común, célula de vida común, en que se participan las alegrías y los sufrimientos, como los vestidos y el pan?

¿No se podría pensar en la empresa construida en forma de comunidad, gran familia, como hay ensayos verdaderamente interesantes, en que la propiedad no pertenece ni al individuo, ni al estado, sino a la comunidad del trabajo?

La empresa, desde que existe, es la propiedad común de todos los que en ella participan. A cada uno corresponde sacrificarse por el bien de todos, poner a la disposición de los demás sus propias capacidades: inteligencia, dirección, esfuerzo, dinero. Habrá desigualdades sociales, es natural, como hay desigualdades de condiciones, pero que cuanto cada una de estas diferencias sociales encierra de bueno sea puesto al servicio de la comunidad, para el bien de todos.

La fuerza de un poder nacional

A los que quieren restaurar el poder de la autoridad podemos decirles sin dificultad, que conocemos el valor de la autoridad y su necesidad absoluta en una sociedad ordenada. Mientras no haya en el mundo una autoridad suprema, que Dios quiere lleguemos pronto a ella, que exista en cada nación una autoridad con fuerza para imponer el bien común.

Para poner el mundo en equilibrio, es claro, que hay que poner en equilibrio cada país en primer lugar. Abandonando utopías, el gobierno procurará estabilizar los intercambios entre países, para estabilizar la situación de su propio país. Una estabilidad internacional es más fácil cuando se apoya sobre países internamente estables.

Al proceso presente bajo la presión del dinero, hay que oponer un proceso racional, dirigido por inteligencias y voluntades, que consideren el valor de cada hombre y tengan en cuenta su vida familiar. Y los dirigentes, cuando hayan asegurado a los suyos la paz pública y la vida familiar, cuando los cuerpos intermedios, entre el estado y los individuos, estén cumpliendo su función social, será posible sobre la base de equilibrios nacionales estabilizados, estabilizar en justicia y caridad los intercambios entre naciones, para que todo hombre pueda vivir, pues la familia humana no muere en la frontera de un país. Por tanto autoridad sí, pero para el bien común.

El capital tiene su importancia, pero en último lugar. Antes que nada es necesario que el hombre viva con su familia: es el primer principio de toda sociología humana. Para favorecer esta vida humana, para aumentar la seguridad y la alegría para dar libertad al trabajador, para permitirle una educación, una cultura, el dinero vendrá en su apoyo. Tiene su sitio, después del trabajo y de todos los que trabajan con la inteligencia o con las manos. Pero no tiene derecho de entrometerse libremente a perturbar el juego de las instituciones.

El crédito, como se comienza a comprender, es un arma de dos filos: puede servir para construir, o para destruir arruinando por una superproducción la vida normal. Que en ningún caso el dinero prescinda de las necesidades humanas y de la seguridad social de los trabajadores. El dinero no tiene la primacía sobre el hombre; la banca no está sobre la empresa.

Las empresas y sus jefes deben mirar por el bien común. Estas limitaciones son necesarias para que el capital ocupe su sitio, para que el crédito sirva para el bien y no para el mal. Las economías tienen sus derechos, pero no para la sola utilidad del individuo, sino al servicio de la comunidad.

Nuestra acción

Los espíritus están desorientados a más no poder. Es nuestra hora si sabemos aprovecharla. Si después de haber estudiado los problemas fundamentales en plena vida humana y social, tenemos el valor de hablar en el momento oportuno; si sabemos influenciar la opción de la prensa y por los libros, si nuestras intervenciones sucesivas ante los poderes ayudan a la humanidad a recordar su equilibrio en el respeto de los valores morales, podemos encauzar el mundo en el camino de la justicia.

Las muchedumbres que nos rodean son lentas en comprender, pero después de tantos desengaños, ¿no estarán dispuestas mañana a seguirnos, como seguían ayer a Cristo? El espectáculo de nuestra caridad, el valor y la seguridad de nuestras apreciaciones deben llevar al pueblo a creer nuevamente en los cristianos. Nosotros debemos aparecer en este caos y en esta corrupción como la luz, como la lealtad, como la pureza, como la sal de la tierra.

El discípulo de Cristo que ve las cosas en una mirada de fe cargada de amor se coloca en tal altura que es el único capaz de conciliar en la verdad a los hombres separados por profundas divergencias.

Nada grande nos escapa. No hay mística más realista, más idealista, más humana que la nuestra. Y para encontrarla no hay más que ir a la doctrina cristiana, liberada de clichés y disminuciones. Ella se nos ofrece en el cristianismo puro y simple, que hay que presentar a nuestros contemporáneos en su desnudez y su riqueza, con todas sus exigencias y sus expansiones.

Si hay tan pocos que la encuentran es porque hay que buscarla en Cristo, y Cristo crucificado; hay que buscar en el pensamiento de Cristo el plan de Dios sobre el universo y sobre nuestra humanidad, sobre nuestra nación, sobre nuestras profesiones y empresas, sobre nuestras familias y sobre nosotros mismos. Nuestra mística es contemplativa como toda sabiduría. A nosotros nos toca entrar en el plan de Dios y realizarlo según nuestras fuerzas, y lo que no podemos realizar, que lo deseemos intensamente. Nuestra acción no ha de ser más que la prolongación de nuestra contemplación.

Nuestra vida espiritual sería una mentira, si nuestra perspectiva no se ajustara a la de Cristo, si nuestra contemplación no generara fraternidad afectiva, si Dios a quien dirigimos nuestra mirada de fe, no fuera Padre de todos nuestros compañeros de esfuerzo y sufrimiento; si Cristo, que nos transforma cada día en Él, no dilatara nuestro corazón a las proporciones mismas de la humanidad.

Así pues, nosotros con Cristo, en Él y por Él. Y si no tenemos sino un éxito parcial, nuestro éxito tendrá, con todo, gran importancia. Nosotros damos un sentido a todo, y vemos todo en función de Dios, dándonos continuamente a nuestros hermanos como Cristo.

San Alberto Hurtado S.J.

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La sangre del amor

Tres palabras parecen remover el mundo contemporáneo y están en el fondo de todos los sistemas que se ofrecen como solución a los males de nuestra época: colectividad, solidaridad, justicia social. Nuestra Santa Madre Iglesia no desprecia esas palabras, sino muy por el contrario las supera con infinita mayor riqueza y con un contenido inmensamente más revolucionario y elevándose sobre ellas habla de unidad, fraternidad, amor.

Estas tres palabras son el fondo de toda la enseñanza de la Iglesia, de su enseñanza de siempre, pero especialmente renovada en nuestros días que han presenciado un desarrollo insospechado en la riqueza de sus aplicaciones de las doctrinas más sociales y revolucionarias que jamás se hayan pronunciado sobre la tierra. ¡Cristianos no sois máquinas, no sois bestias de carga, sois hijos de Dios! Amados por Cristo, herederos del Cielo… Auténticamente hijos de Dios; sois uno en Cristo; en Cristo no hay ricos ni pobres, burgueses ni proletarios; ni arios ni sajones; ni mongoles ni latinos, sino que Cristo es la vida de quienes quieren aceptar la divinización de su ser.

Las grandes devociones que llenan nuestro siglo, las que brillan como el sol y la luna en nuestro firmamento son la fe honda en Cristo, camino para el Padre; y la ternura filial para María, nuestra dulce Madre camino para Cristo. El amor a María hace crecer en los fieles la comprensión de que María es lo que es por Cristo, su Hijo. “¡Id a Jesús!” es la palabra ininterrumpida de María, es el consejo que cada noche resuena en el mes de María. Y los fieles van a Jesús.

Y este ha sido el sabio designio de nuestro Venerado Pastor al congregar a este Congreso de los Sagrados Corazones. En este momento en que el mundo se desangra, cuando estamos en vísperas no diría yo de celebrar, sino de lamentar que durante seis Navidades consecutivas no pueda resonar con verdad la palabra Paz sobre los hombres, y aún quizás durante cuánto tiempo tronará el cañón y los hermanos seguirán despedazándose y odiándose; en estos momentos en que vemos a nuestra Patria penetrar en una de las etapas más difíciles de la historia cuando la cesantía está rondando nuestros grandes centros industriales y comenzamos a ver fábricas que paran y obreros que se sumen en la desesperación de la miseria, en estos momentos en que naturalmente se agudizarán las palabras de odio, fruto de la amargura y del hambre, quiere nuestro Obispo que levantemos los ojos a ese símbolo de un amor que no perece, de un amor que no se burla de nosotros, de un amor que si prueba es por nuestro bien, de un amor que nos ofrece fuerzas en la desesperación, de un amor que nos incita a amarnos de verdad, y nos urge a hacer efectivo este amor con obras de justicia primero, pero de justicia superada y coronada por la caridad.

En medio de tanta sangre que derrama el odio humano, la codicia de poseer, la pasión del honor, quiere nuestra Madre la Iglesia que miremos esa otra sangre, sangre divina derramada por el amor, por el ansia de darse, por la suprema ambición de hacernos felices. La sangre del odio lavada por la sangre del amor.

En estos momentos hermanos, nuestra primera misión ha de ser que nos convenzamos a fondo que Dios nos ama. Hombres todos de la tierra, pobres y ricos, Dios nos ama; su amor no ha perecido, pues, somos sus hijos. Este grito simple pero mensaje de esperanza no ha de helarse jamás en nuestros labios: Dios nos ama; somos sus hijos… ¡Somos sus hijos! ¡Oh vosotros los 50.000.000 de hombres que vagáis ahora fuera de vuestra Patria, arrojados de vuestro hogar por el odio de la guerra, ¡Dios os ama! ¡Tened fe! ¡Dios os ama! ¡Jesús también quiso conocer vuestro dolor y tuvo que huir de su Patria y comer pan del destierro! Vosotros obreros los que estáis sumergidos en el fondo de las minas arrancando el carbón, a veces debajo del mar para ganar un trozo de pan, ¡Dios os ama! ¡Sois sus hijos! ¡El Hijo de Dios fue también obrero! Vosotros enfermos, que yacéis en lecho de dolor devorados por atroz enfermedad ¡sois hijos de Dios! Dios os ama, Jesús vuestro hermano comprende vuestro sufrimiento, el que tomó sobre sí el dolor del mundo. Vosotros mendigos, vosotros los que carecéis de todo, hasta de un techo que os cubra, los que vivís debajo de estos puentes o acurrucados en miserables chozas… ¡Dios os ama! ¡Sois hijos de Dios! Los pájaros tenían nido, las zorras una madriguera, pero Jesús vuestro hermano no tenía donde reclinar su cabeza.

Vosotros los que valientemente defendéis los derechos de los oprimidos, los que pedís que se dé al trabajador un salario que concuerde con su dignidad de hombre, vosotros los que clamáis, a veces como Juan en el desierto, que haya más igualdad en el trabajo, más equidad en el reparto de las cargas y en el goce de los beneficios, que la palabra amor deje de ser una palabra vacía para cargarse de profundo sentido divino y humano, no ceséis, no temáis; no estáis haciendo obra revolucionaria, sino profundamente humana, más aún, divina, pues Dios ama a sus hijos y quiere verlos tratados como hijos y no como parias. Si padecéis persecución por la justicia, no os desalentéis, Él la padeció primero, Él murió por dar testimonio de la verdad y del amor, pero tened confianza, Él es el vencedor del mundo y vosotros venceréis si no os separáis de sus enseñanzas y de sus ejemplos.

Si Dios nos ama ¿Cómo no amarlo? y si lo amamos cumplamos su mandamiento grande, su mandamiento por excelencia: Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros como yo os he amado; en esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros. La devoción a los Sagrados Corazones, no puede contentarse con saborear el amor de Dios, sino que ha de retribuirlo con un amor efectivo. Y la razón magnífica que eleva nuestro amor al prójimo a una altura nunca sospechada por sistema humano alguno, es que nuestro prójimo es Cristo.

Que el respeto del prójimo tome el lugar de las suspicacias: que en cada hombre por más pobre que sea veamos la imagen de Cristo y lo tratemos con espíritu de justicia y de amor, dándole sobre todo la confianza de su persona que es lo que el hombre más aprecia, la estima debida al hermano más que la fría limosna; que el salario le sea entregado entero y cabal, tal que baste para una vida en verdad humana, como yo la quisiera para mí si tuviera que trabajar en su lugar; que el salario venga envuelto en el gesto de respeto y agradecimiento de quien comprende que jamás trabajo humano alguno puede ser suficientemente compensado con dinero y que en este sentido quedamos siempre deudores de los obreros que riegan con sus sudores nuestros campos y arrancan de la tierra los bienes que nos traen comodidad y bienestar.

La mirada que dirigiremos estos días al Corazón Sagrado de quien nos mandó amarnos como hermanos nos hará avergonzarnos si nos sorprendemos con demasiada comodidad y regalo mientras muchos de nuestros hermanos carecen de lo más indispensable: ¿qué hacéis por mis pequeñuelos?, oiremos de labios del Maestro. Al levantar nuestros ojos y encontrarnos con los de María nuestra Madre, nos mostrará Ella a tantos hijos suyos, predilectos de su corazón que sufren la ignorancia más total y absoluta; nos enseñará sus condiciones de vida en las cuales es imposible la práctica de la virtud, y nos dirá: hijos, si me amáis de veras como Madre haced cuanto podáis por estos mis hijos los que más sufren, por tanto los más amados de mi corazón.

Vosotros, cristianos, los que tenéis una posición desahogada mirad aquellos que se ahogan en su posición; los que tenéis, dad a los desheredados: dadles justicia, dadles servicios, el servicio de vuestro tiempo, poned al servicio de ellos vuestra educación, poned el servicio de vuestro ejemplo, de vuestros medios. Que el fruto de este Congreso sea un incendiarse nuestra alma en deseos de amar, de amar con obras, y que esta noche al retirarnos a nuestros hogares nos preguntemos ¿qué he hecho yo por mi prójimo? ¿qué estoy haciendo por él? ¿qué me pide Cristo que haga por él?

El cristianismo se resume entero en la palabra amor: es un deseo ardiente de felicidad para nuestros hermanos, no sólo de la felicidad eterna del cielo, sino también de todo cuanto pueda hacerle mejor y más feliz esta vida, que ha de ser digna de un hijo de Dios. Todo cuanto encierran de justo los programas más avanzados el cristianismo lo reclama como suyo, por más audaz que parezca, y si rechaza ciertos programas de reivindicaciones no es porque ofrezcan demasiado, sino porque en realidad han de dar demasiado poco a nuestros hermanos, porque ignoran la verdadera naturaleza humana, y porque sacrifican lo que el hombre necesita más aún que los bienes materiales, los del espíritu, sin los cuales no puede ser feliz quien ha sido creado para el infinito.

El hombre necesita pan, pero ante todo necesita fe; necesita bienes materiales, pero más aún necesita el rayo de luz que viene de arriba y alienta y orienta nuestra peregrinación terrena: y esa fe y esa luz, sólo Cristo y su Iglesia pueden darla. Cuando esa luz se comprende, la vida adquiere otro sentido, se ama el trabajo, se lucha con valentía y sobre todo se lucha con amor. El amor de Cristo ya prendió en esos corazones… Ellos hablarán de Jesús en todas partes y contagiarán a otras almas en el fuego del amor.

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Urgido por la justicia y animado por el amor

Documento redactado por el Padre Hurtado en París, en noviembre de 1947.

Grandeza del hombre: poderse dejar formar por el amor. El verdadero secreto de la grandeza: siempre avanzar y jamás retroceder en el amor. ¡Estar animado por un inmenso amor! ¡Guardar siempre intacto su amor! He aquí consignas fundamentales para un cristiano.

¿A quiénes amar?

A todos mis hermanos de humanidad. Sufrir con sus fracasos, con sus miserias, con la opresión de que son víctimas. Alegrarme de sus alegrías.

Comenzar por traer de nuevo a mi espíritu todos aquellos a quienes he encontrado en mi camino: aquellos de quienes he recibido la vida, quienes me han dado la luz y el pan. Aquellos con los cuales he compartido techo y pan. Los que he conocido en mi barrio, en mi colegio, en la Universidad, en el cuartel, en mis años de estudio, en mi apostolado… Aquellos a quienes he combatido, a quienes he causado dolor, amargura, daño. A todos aquellos a quienes he socorrido, ayudado, sacado de un apuro… Los que me han contrastado, me han despreciado, me han hecho daño. Aquellos que he visto en los conventillos, en los ranchos, debajo de los puentes. Todos ésos cuya desgracia he podido adivinar, vislumbrar su inquietud. Todos esos niños pálidos, de caritas hundidas… Esos tísicos de San José, los leprosos de Fontilles… Todos los jóvenes que he encontrado en un círculo de estudios… Aquellos que han enseñado con los libros que han escrito, con la palabra que me han dirigido. Todos los de mi ciudad, los de mi país, los que he encontrado en Europa, en América… Todos los del mundo: son mis hermanos.

Encerrarlos en mi corazón, todos a la vez. Cada uno en su sitio, porque naturalmente hay sitios diferentes en el corazón del hombre. Ser plenamente consciente de mi inmenso tesoro y con ofrecimiento vigoroso y generoso, ofrecerlos a Dios.

Hacer en Cristo la unidad de mis amores: riqueza inmensa de almas plenamente en la luz, y las de otros, como la mía en la luz y en tinieblas. Todo esto en mí como una ofrenda, como un don que revienta el pecho: movimiento de Cristo en mi interior que despierta y aviva caridad, movimiento de la humanidad, por mí hacia Cristo. ¡Eso es ser sacerdote!

Mi alma jamás se había sentido más rica, jamás había sido arrastrada por un viento tan fuerte, y que partía de lo más profundo de ella misma; jamás había reunido en sí misma tantos valores para elevarse con ellos hacia el Padre.

¿A quiénes más amar?

Pero entre todos los hombres hay algunos a quienes me ligan vínculos más particulares, son mis más próximos prójimos, aquellos a quienes por voluntad divina he de consagrar más especialmente mi vida.

Mi primera misión, conocerlos exactamente, saber quiénes son. Me debo a todos sí, pero hay quienes lo esperan todo, o mucho de mí: el hijo para su madre, el discípulo para su maestro, el amigo para el amigo, el obrero para su patrón, el compañero para el compañero. ¿Cuál es el campo de trabajo que Dios me ha confiado? Delimitarlo en forma bien precisa; no para excluir a los demás, pero si para saber la misión concreta que Dios me ha confiado, para ayudarlos a pensar su vida humana. En pleno sentido ellos serán mis hermanos, mis hijos.

¿Qué significa amar?

Amar no es vana palabra. Amar es salvar y expansionar al hombre. Todo el hombre y toda la humanidad.

Entregarme a esta empresa, empresa de misericordia, urgido por la justicia y animado por amor. No tanto atacar los efectos, cuanto sus causas. ¿Qué sacamos con gemir y lamentarnos? Luchar contra el mal cuerpo a cuerpo.

Meditar y volver a meditar el evangelio del camino de Jericó (Lc 10, 29-37). El agonizante del camino es el desgraciado que encuentro cada día, pero es también el proletariado oprimido, el rico materializado, el hombre sin grandeza, el poderoso sin horizonte, toda la humanidad de nuestro tiempo en todos sus sectores.

La miseria, toda la miseria humana, toda la miseria de las habitaciones, de los vestidos, de los cuerpos, de la sangre, de las voluntades, de los espíritus; la miseria de los que están fuera de ambiente, de los proletarios, de los proletarios, de los banqueros, de los ricos, de los nobles, de los príncipes, de las familias, de los sindicatos, del mundo…

Tomar en primer lugar la miseria del pueblo. Es la menos merecida, la más tenaz, la que más me oprime, la más fatal. Y el pueblo no tiene a nadie para que lo preserve, para que lo saque de su estado. Algunos se compadecen de él, otros lamentan sus males, pero ¿quién se consagra cuerpo y alma a atacar las causas profundas de sus males? De aquí la ineficacia de la filantropía, de la mera asistencia, que es un parche a la herida, pero no el remedio profundo. La miseria del pueblo es de cuerpo y alma a la vez. Proveer a las necesidades inmediatas es necesario, pero cambia poco su situación mientras no se abren las inteligencias, mientras no rectifica y afirma las voluntades, mientras no se anima a los mejores con un gran ideal, mientras que no se llega a suprimir o al menos a atenuar las opresiones y las injusticias, mientras no se asocia a los humildes a la conquista progresiva de su felicidad.

Tomar en su corazón y sobre sus espaldas la miseria del pueblo, pero no como un extraño, sino como uno de ellos, unido a ellos, todos juntos en el mismo combate de liberación.

Desde que uno se lance seriamente, eficazmente, a preocuparse de la miseria, ella lloverá alrededor de uno; o bien, es como una marea que sube y lo sumerge. Quien quiera muchos amigos no tiene más que ponerse al servicio de los abandonados, de los oprimidos, y que no espere mucho reconocimiento.

Lo contrario de la miseria no es la abundancia, sino el valor. La primera preocupación no es tanto producir riqueza, cuanto valorar el hombre, la humanidad, el universo.

¿A quiénes consagrarme especialmente?

Amarlos a todos, al pueblo especialmente, pero mis fuerzas son tan limitadas, mi campo de influencias es estrecho. Si mi amor ha de ser eficaz, delimitar el campo -no de afecto- pero sí de mis influencias. Delimitarlo bien: tal sector, tal barrio, tal profesión, tal curso, tal obra, tales compañeros. Ellos serán mi parroquia, mi campo de acción, los hombres que Dios me ha confiado para que los ayude a ver sus problemas, para que los ayude a desarrollarse como hombres.

Lo primero, amarlos

Amar el bien que se encuentra en ellos. Su simplicidad, su rudeza, su audacia, su fuerza, su franqueza, sus cualidades de luchador, sus cualidades humanas, su alegría, la misión que realizan ante sus familias…

Amarlos hasta no poder soportar sus desgracias… Prevenir las causas de sus desastres, alejar de sus hogares el alcoholismo, las enfermedades venéreas, la tuberculosis. Mi misión no puede ser solamente consolarlos con hermosas palabras y dejarlos en su miseria, mientras yo como tranquilamente y mientras nada me falta. Su dolor debe hacerme mal: la falta de higiene de sus casas, su alimentación deficiente, la falta de educación de sus hijos, la tragedia de sus hijas: que todo lo que los disminuye, me desgarre a mí también.

Amarlos para hacerlos vivir, para que la vida humana se expansione en ellos, para que se abra su inteligencia y no queden retrasados; que sepan usar correctamente de su razón, discernir el bien del mal, rechazar la mentira, reconocer la grandeza de la obra de Dios, comprender la naturaleza, gozar de la belleza; para que sean hombres.

Que los errores anclados en su corazón me pinchen continuamente. Que las mentiras o las ilusiones con que los embriagan, me atormenten; que los periódicos materialistas con que los ilustran, me irriten; que sus prejuicios me estimulen a mostrarles la verdad.

Y esto no es más que la traducción de la palabra “amor”. Los he puesto en mi corazón para que vivan como hombres en la luz, y la luz no es sino Cristo, verdadera luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1,9).

Pero Cristo les trae otra luz, una luz que orienta sus vidas hacia lo esencial, que les ofrece una respuesta a sus preguntas más angustiosas. ¿Por qué viven? ¿A qué destino han sido llamados? Sabemos que hay un gran llamamiento de Dios sobre cada uno de ellos, para hacerlos felices en la visión de Él mismo, cara a cara (1Cor 13,12). Sabemos que han sido llamados a ensanchar su mirada hasta saciarse del mismo Dios.

Y este llamamiento es para cada uno de ellos, para los más miserables, para los más ignorantes, para los más descuidados, para los más depravados entre ellos. La luz de Cristo brilla entre las tinieblas para ellos todos. Necesitan de esta luz. Sin esta luz serán profundamente desgraciados.

Amarlos para que adquieran conciencia de su destino, para que se estimen en su valor de hombres llamados por Dios al más alto conocimiento, para que estimen a Dios en su valor divino, para que estimen cada cosa según su valor frente al plan de Dios.

Amarlos apasionadamente en Cristo, para que el parecido divino progrese en ellos, para que se rectifiquen en su interior, para que tengan horror de destruirse o de disminuirse, para que tengan respeto de su propia grandeza y de la grandeza de toda criatura humana, para que respeten el derecho y la verdad, para que todo su ser espiritual se expansione en Dios, para que encuentren a Cristo como la coronación de su actividad y de su amor, para que el sufrimiento de Cristo les sea útil, para que su sufrimiento complete el sufrimiento de Cristo.

Amarlos apasionadamente. Si los amamos, sabremos lo que tendremos que hacer por ellos. ¿Responderán ellos? Sí, en parte. Dios quiere sobre todo mi esfuerzo, y nada se pierde de lo que se hace en el amor.

San Alberto Hurtado S.J.

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Juventud

Ustedes son la luz del mundo

Extracto de un discurso del Padre Hurtado a los jóvenes en 1940.

Mis queridos jóvenes:

La impresionante ceremonia que se realiza esta noche está llena del más hondo significado. En lo alto de un cerro, bajo las miradas de nuestro Padre Dios y protegidos por el manto maternal de María que eleva sus manos abiertas a lo alto intercediendo por nosotros se reúne caldeada de entusiasmo una juventud ardiente, portadora de antorchas brillantes, llena el alma de fuego y de amor, mientras a los pies la gran ciudad yace en el silencio pavoroso de la noche.

Esta escena me recuerda otra ocurrida hace casi dos mil años también sobre un monte al caer la tinieblas de la noche… En lo alto Jesús y sus apóstoles, a los pies una gran muchedumbre y más allá las regiones sepultadas en las tinieblas y en la oscuridad de la noche del espíritu. Y Jesús conmovido profundamente ante el pavoroso espectáculo de las almas sin luz les dice a sus apóstoles ustedes son la luz del mundo… Ustedes son los encargados de iluminar esa noche de las almas, de caldearlas, de transformar ese calor en vida, vida nueva, vida pura, vida eterna

También a ustedes, jóvenes queridísimos, Jesús les muestra ahora esa ciudad que yace a sus pies, y como entonces se compadece de ella… Mientras ustedes -muchos, pero demasiado pocos a la vez- se han dado cita de amor en lo alto… ¡cuántos, cuántos… a estas mismas horas ensucian sus almas, crucifican de nuevo a Cristo en sus corazones en los sitios de placer desbordantes de una juventud decrépita, sin ideales, sin entusiasmo, ansiosa únicamente de gozar, aunque sea a costa de la muerte de sus almas… Cuántos estas noche han desembocado de los ochenta o más espectáculos de biógrafo dejando allí sin pesar un dinero que no tienen para aliviar las miserias del pobre! Cuántos están derrochando en el juego cifras enormes, en casinos, tabernas, prostíbulos cuánto cieno, cuánta miseria a estas mismas horas en la ciudad que yace a sus pies, a la misma hora en que ustedes profesan aquí su fe en Cristo… Si Jesús apareciese en estos momentos en medio de nosotros extendiendo compasivo sus miradas y sus manos sobre Santiago y sobre Chile les diría: “Tengo compasión de esa muchedumbre…”.

Allí a nuestros pies yace una muchedumbre inmensa que no conoce a Cristo, que ha sido educada durante años y años sin oír apenas nunca pronunciar el nombre de Dios, ni el santo nombre de Jesús….

Yo no dudo pues, que si Cristo descendiese al San Cristóbal esta noche caldeada de emoción les repetiría mirando la ciudad obscura: Me compadezco de ella y volviéndose a ustedes les diría con ternura infinita: Ustedes son la luz del mundo… Ustedes son los que han de alumbrar a las tinieblas. ¿Quieren colaborar conmigo? ¿Quieren ser mis apóstoles?

Este es el llamado ardiente que dirige el Maestro a los jóvenes de hoy. ¡Oh si se decidiesen! Aunque fuesen pocos… Un reducido número de operarios inteligentes y decididos, podrían influir en la salvación de nuestra Patria… Pero ¡qué difícil resulta en algunas partes encontrar aún ese reducido número! Los más se quedan en sus placeres, en sus negocios… Cambiar de vida, consagrarla al trabajo para la salvación de las almas, no se puede, no se quiere…

Pero ustedes, mis queridos jóvenes han respondido a Cristo que quieren ser de esos escogidos, quieren ser apóstoles… Pero, ser apóstoles no significa llevar una insignia en el ojal de la chaqueta, no significa hablar de la verdad, sino que vivirla, encarnarse en ella, transubstanciarse -si se puede hablar así- en Cristo. Ser apóstol no es llevar una antorcha en la mano, poseer la luz, sino ser la luz… Ser delegado de la luz en estos abismos -como dice en una de sus cartas Claudel-, iluminar como Cristo que es la luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.

El Evangelio no es tanto la doctrina de Cristo como la manifestación de la doctrina de Cristo: más que una lección es un ejemplo. El mensaje convertido en vida viviente. “Lo que fue desde el principio, lo que oímos, lo que vimos con nuestros ojos y contemplamos y palpamos con nuestras manos es lo que les anunciamos. El Verbo, el mensaje divino se ha encarnado: la vida se ha manifestado.

Y la Iglesia no es más que la continuadora moral de la persona de Cristo, la misión del apóstol de la Acción Católica participante del apostolado jerárquico de la Iglesia, debe por tanto una encarnación de la verdad. Ser apóstol significa para ustedes, queridos jóvenes, vivir su bautismo, vivir la vida divina, transformarse en Cristo, ser continuadores de su obra, irradiar en su vida la vida de Cristo. Esta idea la expresaba un joven con esta hermosa plegaria: “Que al verme, oh Jesús, te reconozcan”.

A un aprendiz cristiano preguntaba un capellán: ¿Conocen tus compañeros de trabajo el Evangelio? No, no conocen el Evangelio. ¿Conocen a Jesucristo?. No, no conocen a Jesucristo. ¿Y al Papa? Tampoco… Y al Obispo, y al Cura… Tampoco, tampoco. Pues bien he aquí que es a ti a quien corresponde que tus compañeros de trabajo entiendan estas cosas; que al verte se formen una idea de este cristianismo que no conocen. A ti te toca irradiar el Evangelio; que viéndote descubran a Jesús.

Hemos de ser semejantes a cristales puros, para que la luz se irradie a través de nosotros… “Ustedes los que ven ¿qué han hecho de la luz?” (Claudel)

Una vida íntegramente cristiana -mis queridos jóvenes- he ahí la única manera de irradiar a Cristo, de ser como el Precursor “Luz que ilumina en las tinieblas”…. El cristianismo más que una doctrina es una vida, una actitud total del hombre… El cristianismo o es una vida entera de donación, una transubstanciación en Cristo, o es una ridícula parodia que mueve a risa y a desprecio.

El cristianismo es la prolongación de la obra de Cristo crucificado por nuestro amor. No puede por tanto ser apóstol el que por lo menos algunos momentos no está crucificado con Cristo. Nada harán por lo tanto los que hagan consistir únicamente el apostolado, la acción católica, en un deporte de oratoria, de meetings, de manifestaciones grandiosas… Muy bien están los actos como el que ahora celebramos, pero ellos no son la coronación de la obra, sino el comienzo, un cobrar entusiasmo, un animarnos mutuamente a acompañar a Cristo aún en las horas duras de su Pasión, a subir con El a la cruz.

Antes de enviar Cristo a sus apóstoles a la conquista del mundo les pregunta: ¿Pueden tomar parte en mis sufrimientos? Podemos. Y sólo después de su respuesta les confía la misión de salvar a las almas…

Antes de bajar del monte -jóvenes queridos- les pregunto también en nombre de Cristo: ¿Pueden beber el cáliz de las amarguras del apostolado? ¿Pueden acompañar a Jesús en sus dolores, en el tedio de una obra continuada con perseverancia, en la labor monótona y cansada, sin brillo de la conquista de un individuo y luego de otro… en la tarea siempre igual de predicar el Evangelio, de visitar a los pobres, de enseñar el catecismo a niños toscos, rudos, ingratos, de mover a compañeros inertes, irónicos, mundanos sin ver el resultado de tantos esfuerzos. ¿Pueden? Si titubean si no se sienten con bríos, para no ser de la masa, de esa masa amorfa, mediocre, si como el joven del Evangelio sienten tristeza de los sacrificios que Cristo les pide… renuncien al hermoso título de colaborador, de amigo de Cristo. Pero si valientes se deciden a levantar el templo de la cristiandad, a vigorizar el Cuerpo Místico de Cristo es necesario que aporten lo más abundantemente que puedan el tributo de sacrificios generosos y que se decidan a tener siempre un “si” en sus labios para lo que Cristo les pida.

¡Oh Señor! si de esta multitud que se agrupa a tus pies brotara en algunos la llama de un deseo generoso y dijera alguno con verdad: Señor toma y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer lo consagro todo entero Señor a trabajar por Ti, a irradiar tu vida, contento con no tener otra paga que servirte y como esas antorchas que se consumen en sus manos, consumirse por Cristo… … renovarían las maravillas que ahora mismo obra Cristo por medio de estos jóvenes ardientes… si se deciden a revestirse de Cristo, a sacrificarse por Cristo para irradiar después a Cristo, el Hombre eterno, el ideal más puro y más bello de la vida.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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La misión social del universitario

Meditación del Padre Hurtado en la fiesta del Sagrado Corazón, pronunciada en la Universidad Católica, el 5 de junio de 1945.

Mis queridos universitarios

Al tratar estas materias se experimenta cierta aprehensión y desconfianza instintiva y así tiembla uno, no ante el temor de las críticas de uno y otro lado, pues sabe que diga lo que diga no escapará de ellas, sino porque teniendo la misión de enseñar teme le falte el valor para decir la verdad toda entera, cosa a veces ¡tan difícil!, o bien, no sepa mantenerse en el justo equilibrio y punto medio donde se encuentra la virtud. Pero, a pesar de estos peligros, me he decidido a aceptar este tema por tres motivos:

1° Porque me parece sumamente adecuado para este retiro de preparación a la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, la fiesta del amor; y el deber social del universitario no es sino la traducción concreta a su vida de estudiante, hoy, y de futuro profesional, mañana, de las enseñanzas de Cristo sobre la dignidad de nuestras personas y sobre el mandamiento nuevo, su mandamiento característico, el del amor.

2° En segundo lugar, por la urgencia ardiente de los Papas a nosotros los sacerdotes a que expongamos claramente y sin vacilaciones este tema.

3° Y, finalmente, una tercera razón se desprende de vuestro carácter de universitarios: Callar sobre este tema ante otros auditorios sería grave, pero ante vosotros sería gravísimo y criminal, como que vosotros sois los constructores de esa sociedad nueva, vosotros seréis los guías intelectuales del País. Las profesiones, que forman la estructura de la vida nacional, serán lo que seáis vosotros, y vosotros obraréis en gran parte según la luz que tengáis de los problemas, y vuestra conducta social estará en gran parte condicionada por vuestra formación social.

Y sin más preámbulos entro en materia. El primer problema es ciertamente el de la vida interior, de allí y sólo de allí ha de venir la solución, la fuerza, el dinamismo necesario para afrontar los grandes sacrificios: el mundo no será devuelto a Cristo por cruzados que sólo llevan la cruz impresa en su coraza. La exigencia de nuestra vida interior lejos de excluir, urge una actitud social fundada precisamente en esos mismos principios que basan nuestra vida interior. No podríamos llegar a ser cristianos integrales si dándonos por contentos con una cierta fidelidad de prácticas, una cierta serenidad de alma, y un cierto orden puramente interior nos desinteresásemos del bien común; si profesando de la boca hacia fuera una religión que coloca en la cumbre de su moral las virtudes de justicia y caridad, no nos preguntáramos constantemente cuáles son las exigencias que ellas nos imponen en nuestra vida social donde esas virtudes encuentran naturalmente su empleo.

El católico ha de ser como nadie amigo del orden, pero el orden no es la inmovilidad impuesta de fuera, sino el equilibrio interior que se realiza por el cumplimiento de la justicia y de la caridad. No basta que haya una aparente tranquilidad obtenida por la presión de fuerzas insuperables; es necesario que cada uno ocupe el sitio que le corresponde conforme a su naturaleza humana, que participe de los trabajos, pero también de las satisfacciones, como conviene a hermanos, hijos de un mismo Padre. El católico rechaza igualmente la inmovilidad en el desorden y el desorden en el movimiento, porque ambos rompen el equilibrio interior de la justicia y la caridad.

El fiel, si quiere serlo en el pleno sentido de la palabra, es un perpetuo inconformista, que alimenta su hambre y sed de justicia en la palabra de Cristo, y que busca el camino de saciar esas pasiones devoradoras en las enseñanzas de la Iglesia que no es más que Cristo prolongado y viviendo entre nosotros.

La documentación Pontificia sobre la Acción Social es inmensa. A la luz de estas enseñanzas podemos, pues, marchar tranquilos. Su Santidad Pío XI decía con pena que los católicos del mundo entero bastante instruidos, en general, respecto de sus deberes individuales ignoran, en su gran mayoría, sus deberes sociales. Nosotros, al menos, no desoigamos la voz de nuestros Pontífices tan claramente expuesta en materia social.

Motivos que urgen la acción social. Antes que nada, nos apremia a movilizar todas nuestras fuerzas en favor de la solución social el conjunto de intereses gravísimos que está en juego. Se trata nada menos que de la vida de tantos de nuestros hermanos. Recordemos que la mortalidad infantil; los vagos que no tienen un techo que puedan llamar hogar, y andan errantes por los parques, se acurrucan en las puertas de las casas en el invierno y… ¡son hermanos nuestros!; la desnutrición que va afectando a nuestra raza; el alcoholismo que arruina tantos hogares, material y moralmente; las enfermedades sociales; la falta de instrucción; los hogares disueltos; el problema del alojamiento: ¡el frío! Rapidísimo vistazo a un mundo de problemas, cuya magnitud desconcierta y cuya importancia es trascendental para innumerables hermanos nuestros.

El orden social actual no responde al plan de la Providencia. La vida religiosa en cada uno de los medios sociales está dificultada actualmente por el problema del exceso o de la falta de medios de vida. Dios ha querido, al crearnos, que nos santificáramos. Éste ha sido el motivo que explica la creación: Tener santos en el mundo; tener hijos de Él en los cuales se manifestaran los esplendores de su gracia. Ahora bien, ¿cómo santificarse en el ambiente actual si no se realiza una profunda reforma social?

Aquí convendría insinuar la primera conclusión práctica para el universitario católico. Cada uno debe conocer el problema social general, las Doctrinas Sociales que se disputan el mundo, sobre todo su Doctrina, la doctrina de la Iglesia; debe conocer la realidad chilena y debe tener una preocupación especial por estudiar su carrera en función de los problemas sociales propios de su ambiente profesional. Círculos de estudios sociales especializados por carrera, para realizar el ideal de Pío XII, elemento substancial del orden nuevo: la elevación del proletariado. Este estudio de nuestra doctrina social ha de despertar en nosotros antes que nada un sentido social hondo, y antes que nada inconformismo ante el mal, lo que Jules Simon ha denominado admirablemente el sentido del escándalo.

 

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El rumbo de la vida

Meditación de Semana Santa para jóvenes, escrita por el Padre Hurtado a bordo de un barco de carga, regresando de Estados Unidos, en 1946.

Un regalo de mi Padre Dios ha sido un viaje de 30 días en barco de Nueva York a Valparaíso. Por generosidad del bondadoso Capitán tenía una mesa en el puente de mando, al lado del timonel, donde me iba a trabajar tranquilo con luz, aire, vista hermosa… La única distracción eran las voces de orden con relación al rumbo del viaje. Y allí aprendí que el timonel, como me decía el Capitán, lleva nuestras vidas en sus manos porque lleva el rumbo del buque. El rumbo en la navegación es lo más importante. Un piloto lo constata permanentemente, lo sigue paso a paso por sobre la carta, lo controla tomando el ángulo de sol y horizonte, se inquieta en los días nublados porque no ha podido verificarlo, se escribe en una pizarra frente al timonel, se le dan órdenes que, para cerciorarse que las ha entendido, debe repetirlas cada una. «A babor, a estribor, un poquito a babor, así como va…». Son voces de orden que aprendí y no olvidaré.

Cada vez que subía al puente y veía el trabajo del timonel no podía menos de hacer una meditación fundamental, la más fundamental de todas, la que marca el rumbo de la vida.

En Nueva York multitud de buques, de toda especie. ¿Qué es lo que los diferencia más fundamentalmente? El rumbo que van a tomar. El mismo barco ‘Illapel’ en Valparaíso tenía rumbo Nueva York o Río de Janeiro; en Nueva York tenía rumbo Liverpool o Valparaíso.

Apreciar la necesidad de tomar en serio el rumbo. En un barco al Piloto que se descuida se le despide sin remisión, porque juega con algo demasiado sagrado. Y en la vida ¿cuidamos de nuestro rumbo?

¿Cuál es tu rumbo? Si fuera necesario detenerse aún más en esta idea, yo ruego a cada uno de ustedes que le dé la máxima importancia, porque acertar en esto es sencillamente acertar; fallar en esto es simplemente fallar.

Barco magnífico: el «Queen Elizabeth», 70.000 toneladas (el «Illapel» cargado son 8.000 toneladas). Si me tiento por su hermosura y me subo en él sin cuidarme de su rumbo, corro el pequeño riesgo que en lugar de llegar a Valparaíso, ¡¡llegue a Manila!! Y en lugar de estar con ustedes vea caras filipinas.

Cuántos van sin rumbo y pierden sus vidas… las gastan miserablemente, las dilapidan sin sentido alguno, sin bien para nadie, sin alegría para ellos y al cabo de algún tiempo sienten la tragedia de vivir sin sentido. Algunos toman rumbo a tiempo, otros naufragan en alta mar, o mueren por falta de víveres, extraviados, ¡o van a estrellarse en una costa solitaria!

El trágico problema de la falta de rumbo, tal vez el más trágico problema de la vida. El que pierde más vidas, el responsable de mayores fracasos. Yo pienso que si los escollos morales fueran físicos, y la conducta de nosotros fuera un buque de fierro, por más sólido que haya sido construido, no quedaría sino restos de naufragios.

Si la fe nos da el rumbo y la experiencia nos muestra los escollos, tomémoslos en serio. Mantener el timón. Clavar el timón, y como a cada momento, las olas y las corrientes desvían, rectificar, rectificar a cada instante, de día y de noche… ¡No las costas atractivas, sino el rumbo señalado! Pedir a Dios la gracia grande: ser hombres de rumbo.

1º punto: El puerto de partida. Es el primer elemento básico para fijarlo. Y aquí clavar mi alma en el hecho básico: Dios y yo. El primer hecho macizo de toda filosofía, de todo sistema de vida: Vengo de Dios, sí, de Él. Todo de Él. Nada más cierto, y sobre este hecho voy a edificar mi vida, sobre este primer dato voy a fijar mi rumbo.

Y aquí como siempre: ¿Este hecho es así? ¿Es un hecho? Porque la religión se funda sobre hechos, no sobre teorías.

Tomar en serio estas verdades: Que sirvan para fundar mi vida, para darme rumbo. Uno es cristiano tanto cuanto saca las consecuencias de las verdades que acepta. De aquí también esa actitud, no de orgullo, pero sí de valentía, de serenidad y de confianza, que nos da nuestra fe: No nos fundamos en una cavilación sino en una maciza verdad.

2º punto. El puerto de término. Es el otro punto que fija el rumbo. ¿Valparaíso o Liverpool? De Nueva York salía junto a nosotros Liberty, portaaviones… ¿A dónde se dirigen? Desde la Universidad de Chile o desde la fábrica ¿a dónde? ¡El término de mi vida es Él!

3º punto. El camino: Tengo los dos puntos, los dos puertos. ¿Por dónde he de enderezar mi barco? Al puerto de término, por un camino que es la voluntad de Dios. La realización en concreto de lo que Dios quiere. He aquí la gran sabiduría. Todo el trabajo de la vida sabia consiste en esto: En conocer la voluntad de mi Señor y Padre. Trabajar en conocerla, trabajo serio, obra de toda la vida, de cada día, de cada mañana: ¿qué quieres Señor de mí? Trabajar en realizarla, en servirle en cada momento. Esta es mi gran misión, mayor que hacer milagros. Dios nos quiere santos. Ésta es la voluntad de Dios: no mediocres, sino santos.

¿Cuál es el Camino de mi vida? La voluntad de Dios: santificarme, colaborar con Dios, realizar su obra. ¿Habrá algo más grande, más digno, más hermoso, más capaz de entusiasmar? ¡¡Llegar al Puerto!!

Y para llegar al puerto no hay más que este camino que conduzca… ¡¡Los otros a otros puertos, que no son el mío!! Y aquí está todo el problema de la vida. Llegar al puerto que es el fin de mi existencia. El que acierta, acierta; y el que aquí no llega es un gran errado, sea un millonario, un Hitler, un Napoleón, un afortunado en el amor, si aquí no acierta, su vida nada vale; si aquí acierta: feliz por siempre jamás. ¡¡Amén!!

¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy? ¡Qué grande! ¿Por qué camino? Enfrentar el rumbo. El timón firme en mi mano y cuando arrecien los vientos: Rumbo a Dios; y cuando me llamen de la costa; rumbo a Dios; y cuando me canse, ¡¡rumbo a Dios!!

¿Solo? No. ¡Con todos los tripulantes que Cristo ha querido encargarme de conducir, alimentar y alegrar! ¡Qué grande es mi vida! Qué plena de sentido. Con muchos rumbos al cielo. Darles a los hombres lo más precioso que hay: Dios; y dar a Dios lo que más ama, aquello por lo cual dio su Hijo: los hombres.

Señor, ayúdame a sostener el timón siempre al cielo, y si me voy a soltar, clávame en mi rumbo, por tu Madre Santísima, Estrella de los mares, Dulce Virgen María.

 

 

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María

Con gran prisa

El Ángel anuncia a María la noticia de Isabel, y María se levanta a ayudar al prójimo. Tan pronto es concebido el Verbo de Dios, María se levanta, hace preparativos de viaje y se pone en camino con gran prisa para ayudar al prójimo.

María ha comprendido su actitud de cristiana. Ella es la primera que fue incorporada a Cristo y comprende inmediatamente la lección de la Encarnación: no es digno de la Madre de Dios aferrarse a las prerrogativas de su maternidad para gozar la dulzura de la contemplación, sino que hay que comunicar a Cristo. Su papel es el de comunicar a Jesús a los otros. Sacrifica no los bienes espirituales, pero sí los goces sensibles: lo que ocurre tantas veces en nuestra vida: celebrar la Misa en un galpón, con perros, gallos, cabras… Muy bien, si se trata de comunicar a Cristo, condenación al egoísmo espiritual que rehúsa sacrificar los consuelos cuando el bien de los otros lo pide.

Caridad real: Se levanta y va, y hace de sirvienta tres meses. Caridad real, activa, que no consiste en puro sentimentalismo… dispuesta a prestar servicios reales y que para ello se molesta y se sacrifica.

Servicios difíciles. La Virgen de 15 años, llevando el fruto bendito, parte para esa montaña escarpada, en la cual sitúa Nuestro Señor la escena del Samaritano con el herido, medio muerto por bandidos. ¡¿Excusas?! ¡¡Cuatro días de viaje!! A través de caminos poco seguros. Las dificultades no detienen su caridad. Además, no le han pedido nada. Bastaría aguardar. Nadie se extrañaría. Así razona nuestro egoísmo cuando se trata de hacer servicios.

Parte prontamente: No espera que le avisen. Tan pronto recibe la visita del Ángel, sin esperar que le avisen. ¡Ella, la Madre de Dios, da el primer paso! ¡Qué sincera es María en sus resoluciones! Ha dicho: «He aquí al Esclava del Señor», y lo realiza; recibe el aviso del Ángel, y parte. Este adelantarse en los favores, los duplica. Humilla tanto el pedir. Evitémoslo y sobre todo el prestar los favores de manera brusca, que hace más daño que bien.

Como la Santísima Virgen que parece no darse cuenta que se sacrifica. Sin ostentación, sin recalcar el servicio prestado, sin que a los cinco minutos ya lo sepa toda la comunidad, y quizás toda la ciudad. ¡Más bien, como si yo fuese el beneficiado! ¡Esa es la caridad, esa es la que gana los corazones! Un servicio prestado de mal humor, es echado a perder: «¡Dios ama al que da con alegría!» (2Co 9,7). ¡El que da con prontitud, da dos veces! Es el gran secreto del fervor: la prisa y el entusiasmo por hacer el bien.

No refugiarnos detrás de nuestra dignidad, esperando que los otros den el primer paso. La verdadera caridad no piensa sino en la posibilidad de hacer el servicio, como la verdadera humildad no considera aquello por lo que somos superiores, sino por lo que somos inferiores. “Estimando en más cada uno a los otros” (Rom 12,10). Los religiosos imperfectos tienen caridad mezquina. Dan lo menos posible, piensan, discuten, regatean, miran el reloj… El gesto cristiano es amplio, bello, heroico, total. Se da sin medida y sin esperanza de retorno.

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María Camino a Jesús

  1. La madre es la necesidad más primordial y absoluta del alma, y cuando la hemos perdido o sabemos que la vamos a perder, necesitamos algo del cielo que nos envuelva con su ternura.
  2. En el fondo María representa la aparición de todo lo más grande que tiene nuestra alma.
  3. En el cristianismo tenemos una mujer fecunda y tierna como Madre, pero al mismo tiempo con todo lo intacto e incorrupto de la virginidad.
  4. En ella juntamos ambas cosas: la integridad y fecundidad, también la gracia de la divinidad con la humanidad.
  5. Ella no es divina, es enteramente de nuestra tierra como nosotros, plenamente humana, hacía los oficios de cualquier mujer, pero sintiéndola tan totalmente nuestra, la encontramos trono de la divinidad.
  6. Al levantar nuestros ojos y encontrarnos con los de María, nuestra madre, nos mostrará ella a tantos hijos suyos, predilectos de su corazón que sufren la ignorancia más total y absoluta.
  7. Nos enseñará sus condiciones de vida en las cuáles es imposible la práctica de la virtud. Y nos dirá: “Hijos, si me amáis de veras como madre, haced cuanto podáis por éstos mis hijos los que más sufren, por tanto, los más amados de mi corazón”.
  8. Señor, ayúdame a sostener el timón siempre al cielo, y si me voy a soltar, clávame en mi rumbo por tu madre Santísima, Estrella de los mares, dulce Virgen María.
  9. María es madre mía en cuanto yo estoy unido con Cristo su hijo unigénito. La maternidad de María es consecuencia de mi unión mística con Jesús.
  10. La gracia de María es funcional. Toda gracia es funcional en provecho de todos los demás, justos y pecadores. La función de María es ser Madre de Dios, y su gracia es para nosotros lo que funda nuestra esperanza, ya que la preferida de Dios es mi Madre.
  11. La gracia funcional de María persiste: Cuando Dios ha elegido una persona para una función no cambia de parecer… María al cuidado doméstico de la Sagrada Familia… Ésta crece al cuidado doméstico de la Iglesia.
  12. Todos los teólogos están de acuerdo en admitir que no habríamos tenido Encarnación, si María se hubiese resistido. (¡Cuántas encarnaciones de Dios en el alma de sus fieles fallan por nuestra culpa!) Dios hizo depender su obra del “sí” de María.
  13. Sin hacer bulla prestó y sigue prestando servicios: esto llena el alma de una santa alegría y hace que los hijos que adoran al Hijo, no puedan separarlo de la Madre.
  14. El Ángel anuncia a María la noticia de Isabel, y María se levanta a ayudar al prójimo. Tan pronto es concebido el Verbo de Dios, María se levanta, hace preparativos de viaje y se pone en camino con gran prisa para ayudar al prójimo.
  15. ¿Cómo María no se queda en oración, gozando de las dulzuras de su maternidad divina, sino que las sacrifica en visitas? …Ha comprendido su actitud de cristiana.
  16. Ella es la primera que fue incorporada a Cristo y comprende inmediatamente la lección de la Encarnación… comunicar a Jesús a los otros.
  17. María comprende quien es el prójimo… El amor al prójimo no es sino el amor de Dios esparcido en sus imágenes. Si amamos a Cristo ¿cómo no amar a los miembros de Cristo?
  18. Y ella comprendió que podía hacer algo, y que Él lo podía hacer todo. Ella guardaba en su corazón el secreto desde hace 30 años…
  19. …Sabía que vendría un día en que Él tendría que manifestarse… Ella presentía que en ese momento estaría Ella, su Madre, junto a Él.
  20. Ella intervendría en su manifestación pública, como iba a estar presente en el último momento, como lo estaría en su Ascensión y en el descendimiento de su Espíritu. Ella ligada irrevocablemente a su obra.
  21. Ella que había comprendido como nadie el sentido de la Encarnación, que era un mensaje de amor, de rendición, de elevación, de pacificación, de alegría para las almas, comprende también que Jesús estará feliz de anticipar esa hora para alegrarla a Ella y para mostrar la preeminencia de la caridad sobre toda consideración.
  22. Caridad real, activa que no consiste en puro sentimentalismo, que podría ser ilusión… dispuesta a prestar servicios reales y para ello se molesta y se sacrifica.
  23. Las dificultades no detienen su caridad.
  24. Prontamente: No espera que le avisen… Ella es la pariente más próxima… ¡Ella, la Madre a Dios, da el primer paso! ¡Qué sincera es María en sus resoluciones! Ha dicho: “He aquí la Esclava del Señor”, y lo realiza. Recibe el aviso del Ángel, y parte.
  25. María, desde que concibió a Jesús, no vive Ella sino Jesús. La santa voluntad de Dios, es el cojín donde reposa su corazón.
  26. La Virgen es la más asociada a Él, también en su pobreza e injurias, hasta el fin. Lo pone echadito en el pesebre. Se queda en altísima contemplación.
  27. Y en el más humilde sitio entre los pobres… estaban Jesús y María, conocidos de nadie… ¿Dónde? junto a la cocina, donde estaba la mesa de servicio, donde iban y venían los sirvientes… ¡Por eso es que María se dio cuenta al punto de lo que pasaba!
  28. ¡Faltó el vino!; ¡Pero allí estaba María felizmente!…Y sintió toda la amargura de la pareja que iba a ver aguada su fiesta, la más grande de su vida… Sintió su dolor como propio.

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María, modelo de cooperación

La devoción a Nuestra Señora es un elemento esencial en la vida cristiana. En los Ejercicios de San Ignacio aparece continuamente. El alma cristiana está llena de esta devoción. En países de misión, el Islam que avanza, se ve detenido por María. Esas religiosas indígenas, todas con títulos de María, Capillas, Rosario, Escapulario, Templos, Peregrinaciones, Grutas.

1. En que se funda la devoción a María

Es una lástima que prediquen sólo esta devoción poética: Palma de Cades, Rosa de Jericó, destacando únicamente su hermosura. El verdadero fundamento no lo descubre el hombre raciocinando sino orando bajo la inspiración del Espíritu Santo. En nuestra oración hallamos tan natural el privilegio de María antes de todo mérito suyo. Se ve en la celebración del 8 de diciembre. El pueblo que ora lo intuye. En Lovaina en el 50º aniversario de la Inmaculada Concepción, había iluminación hasta de las casas más modestas. Un niño es interrogado: En la Fiesta de Nuestra Señora, ¿tú le tienes envidia? –Nadie tiene envidia de la Madre.

2. La gracia de María funcional

La gracia de María es gracia funcional. Toda gracia es funcional: en provecho de todos los demás, justos y pecadores. No se trata de honores sino de funciones. La función de María es ser Madre de Dios, y su gracia es para nosotros lo que funda nuestra esperanza, ya que la preferida de Dios es mi Madre.

La gracia funcional de María persiste: Cuando Dios ha elegido una persona para una función no cambia de parecer. San José, patrono de la Sagrada Familia, la Sagrada Familia creció y es la Iglesia, luego José, patrono de la Iglesia. María estaba al cuidado doméstico de la Sagrada Familia… Ésta crece, y está al cuidado doméstico de la Iglesia: «Así como cuando vivía Jesús iba usted, oh Madre, con el cántaro sobre la cabeza a sacar agua de la fuente, venga ahora a tomar agua de la gracia y tráigala, por favor, para nosotros que tanto la necesitamos».

3. Modelo de cooperación

María como Madre no quiere condecoraciones ni honras, sino prestar servicios. Y Jesús no va a desoír sus súplicas, Él, que mandó obedecer padre y madre. Su primer inmenso servicio fue el «Hágase en mí según tu palabra»… y el «He aquí la Esclava del Señor» (Lc 1,38). Dios hizo depender su obra del «Sí» de María. Sin hacer bulla prestó y sigue prestando servicios: esto llena el alma de una santa alegría y hace que los hijos que adoran al Hijo, no puedan separarlo de la Madre.

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La madre de todos

Pasa algo verdaderamente alentador en el mundo y sobre todo en Chile: como una segunda primavera además de lo material de la naturaleza, una primavera espiritual, durante el Mes de María. Todo cambia de aspecto, las Iglesias se repletan, en este mes, de gente que llega de no se sabe dónde, hombres de trabajo, soldados, mujeres de esfuerzo, no solo la gente desocupada. Y esto cuatro o cinco veces al día, en todos los templos.

¿Por qué la Santísima Virgen tiene esta influencia en nuestras almas?, ¿qué atracción ejerce en nosotros? Primero una influencia intuitiva, sentimental, emotiva, porque, como se ha dicho, si ella no hubiera sido creada por Dios, el hombre habría tenido que inventarla, es una necesidad psicológica del corazón humano. En el fondo, María representa la aspiración de todo lo más grande que tiene nuestra alma. La madre es la necesidad más primordial y más absoluta del alma, y cuando la hemos perdido, o sabemos que la vamos a perder, necesitamos algo del Cielo que nos envuelva con su ternura.

Ella no es divina, es enteramente de nuestra tierra, como nosotros, plenamente humana: hacía lo oficios de cualquiera madre, pero sintiéndola tan totalmente nuestra, la reconocemos como trono de la divinidad.

¡Qué difícil es pasar en repaso tan rápido los privilegios dogmáticos de María!, pero el alma intuye que como el corazón del joven de 20 años necesita una niña que complete su vida, la humanidad necesita esta Madre tierna, Virgen pura, ser humano que lleno de divinidad, que ha recibido de Dios, en María. Aún los que no saben teología quedan absortos cuando ven lo que es.

En nuestra época de problemas tremendos, tenemos que volver a cristianizar el mundo: hay millones de hombres bajo el dominio del ateísmo, a punto de entrar en guerra atómica, en este momento difícil me parece que María viene de nuevo a multiplicar sus llamados. Ella se aparece en Lourdes a Bernardita: Yo soy la Inmaculada Concepción, y hace brotar una fuente donde centenares de enfermos han recuperado la salud, y que ha sido reproducida en todas las ciudades, hasta en las poblaciones marginales. En México se ha dicho: no hizo nada parecido en ninguna otra parte del mundo. Ahí Nuestra Señora de Guadalupe se apareció al indio Juan Diego, y cuando él le contestó «Niña mía, si no me van a creer», en el poncho del indio le dejó caer, en pleno invierno, una lluvia de rosas rojas para que se las llevara al arzobispo. Ella apareció con aspectos de indiecita, porque venía en defensa de los indios.

He pensado tantas veces cuando veo el Mes de María lleno de gente, y el día de la Procesión del Carmen, esa gente hambrienta de verdad, ¿cuál es nuestro deber ante ella? Primero dar ejemplo de integridad de vida cristiana, no acomodarnos al mundo sino que éste se acomode a María. En las conversaciones, caridad: que nuestras palabras sean bondadosas, tiernas y cariñosas. Al mundo le gusta la francachela, nada más que diversión, nosotros no seremos obstáculo, pero pondremos la nota de austeridad y trabajo. No podemos tener devoción a ella y faltar a la caridad, no haciendo nada por solucionar la miseria humana.

Estos días me ha tocado vivir ahogado en la miseria, asediado por el miserable que no tiene nada, absolutamente nada. ¿Adónde va hoy un hombre que tenga hambre y no tenga que comer? Ayer una mujer joven, decentemente vestida, me decía: «Padre, no he desayunado esta mañana, me han pedido la pieza, tengo cinco hijos ¿Donde me voy?… ». Un pobre, preso por vago, la sociedad no le da techo ni trabajo y lo encierra por andar vagando. Estamos empapados en una miseria que ha llegado al último extremo. Sé de gente que pasa tres y cuatro días sin comer.

Nuestra devoción a la Virgen, ¿no debería llevarnos a preguntar cómo podemos solucionar este problema? Nuestra devoción vacía y piedad estéril, en vano vuestra Madre se aparece a los pobres si vosotros no dais caridad. La primera manifestación de amor que sea caridad en palabra, juicios, desprendimiento, en obras de justicia. El mundo tiene sus ojos puestos en nosotros. Acordémonos que somos cristianos y que el mundo nos mira. Temo que nuestra piedad sea en gran parte solo sentimental, hojarasca, y no la misericordia de Cristo. Caridad en honor de la Virgen Santísima. Vosotras oficinistas, ¿vais al tope de vuestra caridad? Tan «bueyes» que somos los católicos, tan dormidos, tan poco inquietos por la solidaridad social. Todas dificultades, tropiezos, escándalos… Ojalá que nuestra devoción a la Virgen nos traiga ternura de mirar al Cielo y trabajar en la tierra porque haya caridad y amor. Dios quiera llevarnos al Cielo por medio de Ella, la Mensajera del Padre, la Madre de todos, especialmente de los que sufren.

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Matrimonio

Queridos esposos

Prédica de matrimonio pronunciada por el Padre Hurtado.

El matrimonio cristiano no es la simple unión de dos personas que se aman, sino algo mucho más profundo y más sublime: es la donación total del marido a la mujer y de la mujer al marido para realizar, amándose, los designios de Dios, para ayudarse en las contrariedades de la vida y para colaborar en el plan del Creador, perpetuando la vida en el mundo, la vida natural y, con ayuda de la Iglesia, la vida sobrenatural. Prolongando así el cántico de amor de nuevos seres que alaben y amen a Dios en el tiempo y en la eternidad.

Para realizar a esta obra, Jesucristo, con sus poderes divinos, los ha instituido, a ustedes esposos, ministros de un sacramento. En los demás sacramentos de la Iglesia el ministro ordinario es el sacerdote: él es quien consagra el Cuerpo de Cristo, él quien perdona los pecados; en el sacramento del matrimonio, son ustedes los ministros, ustedes son los que, al dar el sí definitivo e irrevocable que los une para la eternidad, obtienen de Dios un aumento de gracia para sus vidas: la gracia de la habitación de Dios en ustedes, el derecho a la gloria eterna, la amistad íntima con el Creador. Esta gracia se adquiere por el Bautismo y aumenta mediante la recepción de los sacramentos; la aumentarán pues ustedes ahora al celebrar el matrimonio. Esta ayuda divina, más que ninguna cualidad humana, ha de hacerlos entrar en la nueva vida que abrazan, tranquilos, llenos de un sano optimismo y de franca alegría.

El matrimonio cristiano, así concebido, adquiere razones para ser respetado y venerado por los hombres, que Jesucristo no tuvo reparo en tenerlo como ejemplo y modelo para describirnos el amor que Él mismo ha tenido por la Iglesia. Esposos –dice San Pablo escribiendo a los Efesios– amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se sacrificó por ella (Ef 5,25). Este amor de Cristo y de su Iglesia ha de ser el modelo del matrimonio cristiano: la esposa, compañera del hombre, y no sierva como en la antigüedad pagana, sujeta al marido como la Iglesia a Cristo; el marido amando a su mujer como a su propio cuerpo, como Cristo a la Iglesia, que loco de amor por ella no duda en dar su vida, y morir por la Iglesia, esto es, por nosotros.

Los esposos celebran el matrimonio cristiano y viven después según él. Al cumplir los deberes matrimoniales crecen de día en día en santidad, esto es, en amistad de Dios. Al propio tiempo profundizan e intensifican su amor, al descubrir que ambos tienen un amor común, el más grande de la vida: Dios, a quien estamos obligados a amar sobre todas las cosas, y se encontrarán perpetuamente unidos en una eternidad feliz, sin sombra de dolor ni de nuevos distanciamientos.

Queridos esposos, esto es lo que he pedido hoy al Señor en la santa Misa para ustedes. Que su nuevo hogar, en estos tiempos de disolución de la familia, de tanta corrupción familiar, sea un ejemplo, tanto más visible cuanto más destacada es la situación de ustedes. Que su hogar refleje la austeridad de los antiguos hogares chilenos que hicieron grandeza de nuestra Patria. Son éstos mis mejores votos al bendecir en nombre de la Iglesia vuestro matrimonio.

 

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Prédica del matrimonio

Prédica de matrimonio pronunciada por el Padre Hurtado en las vísperas de la Fiesta de Cristo Rey.

Queridos esposos:

La ceremonia que se va a realizar en breves momentos más, me recuerda otra de este mismo género, ocurrida hace ya casi dos mil años. Dos jóvenes en una pequeña aldea, Caná de Galilea, contrajeron matrimonio e invitaron a Jesús a esta ceremonia. Jesús fue allá, y fue con gusto; y más aún, llevó consigo a su Madre y a sus apóstoles. Y en ese acto realizó su primer milagro (cf. Jn 2,1-12).

Una historia muy sencilla. Quisieron casarse e invitaron a Jesús. Es lo que hacéis vosotros también ahora: celebráis un contrato para la eternidad e invitáis a Jesús para que lo presencie, lo bendiga, os conceda la gracia abundante de ser fieles en su cumplimiento.

Habéis escogido un día muy hermoso para celebrarlo, día que es todo un símbolo de lo que vosotros deseáis sea la vida de familia que vais a fundar: la víspera de la fiesta de Cristo Rey, instituida para renovar en la conciencia cristiana los derechos soberanos de Jesucristo sobre los individuos, las familias y los pueblos.

Vosotros deseáis fundar una familia que sea un modelo de familia cristiana. Dios, el centro de vuestra vida, vivir siempre ante su presencia, inspirándoos en todos los momentos de sus enseñanzas, alentándoos con sus ejemplos; alimentando vuestras almas con sus sacramentos, para realizar el bien, según la bella frase de un joven católico: ¡Permíteme compartir mi vida con la que amo para ser mejor junto a ella, y que ella sea mejor junto a mí! He aquí un pensamiento profundamente cristiano que sin duda ha venido a vuestras mentes.

Unirse para servir mejor a Dios, para recorrer juntos el camino de la vida, sintiendo en los momentos de desaliento el estímulo, el cariño, la comprensión. Unirse para hacer juntos el bien, para amar más al prójimo. Unirse sobre todo para perpetuar en el mundo el cántico de amor de las criaturas, colaborando con Dios a la obra de la creación, dar hijos a la Iglesia, fieles servidores de Cristo a los cuales les mostréis con vuestro ejemplo el camino del cielo.

¡Qué bello, qué profundamente bello es un hogar cristiano! Qué ambiente de paz, de serena alegría, la que en él se respira. Cristo quiso santificar esta vida elevando el matrimonio, que le da comienzo a la categoría de sacramento, esto es, de un signo sensible que os confiere gracia y os la conferirá por el cumplimiento de vuestros deberes matrimoniales. El amor no irá desapareciendo al paso de los días sino que se irá haciendo cada vez más robusto, más abnegado, más profundo, como el amor de Cristo por su Iglesia, que es el modelo de amor cristiano.

Para realizar este ideal una sola petición quiero haceros, jóvenes esposos: Es que procuréis juntos trabajar cada día por conocer más íntimamente vuestra religión, por conocer mejor a Cristo, el gran desconocido de tantos hogares del siglo XX, que recorráis juntos las páginas del Evangelio, las meditéis con amor, y estoy seguro que esa lectura no será ineficaz.

Jesús, que es Amor, que es Vida, que es Verdad, irá robusteciendo cada día más en vuestras vidas el amor, la abnegación, la verdad. Os decía al principio que esta ceremonia me recordaba aquella otra en que los esposos habían invitado a Cristo a su celebración. Os ruego que lo invitéis cada día a venir a vuestras almas, por un conocimiento más íntimo de él y de su mensaje de amor: “Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado” (Jn 13,34).

Queridos esposos, esto es lo que hoy he pedido al Señor para vosotros: Que vuestro nuevo hogar sea un hogar modelo de hogares cristianos, donde el cuadro del Sagrado Corazón, que lo presidirá, no sea sólo un símbolo desprovisto de realidad, sino el programa que se realiza cada día en la vida íntima; un hogar fundado en el amor a Dios, a su ley, sobre todas las cosas, y al prójimo como Cristo lo amó. Y no dudo que Él ha escuchado esta plegaria que no ha brotado sólo de mis labios, sino también de los corazones de vuestros padres, amigos y de todos.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Misión del cristiano

Tremenda responsabilidad

Meditación del Padre Hurtado sobre el deber misional de los fieles, en unos Ejercicios Espirituales predicados a jesuitas, posterior a 1944.

Tenemos una responsabilidad: Misionar el mundo desde la colina de la ascensión. Tenemos la responsabilidad del mundo entero. Nuestro Señor no va a hacer nada sino por nosotros, no va hablar sino por nosotros. Tenemos la responsabilidad del crecimiento de la Iglesia. Geográficamente es demasiado pequeña… es como un niño que tiene todos sus órganos, pero tiene que crecer… La Iglesia debe crecer como el niño, por todo su cuerpo: pies, manos y cabeza; oye por los oídos, ve por los ojos… pero debe crecer por todo el cuerpo. La Iglesia todavía no ha alcanzado su tamaño normal. Luego todos, todos sus miembros, deben contribuir al crecimiento: para que crezca por todos sus órganos. Si el crecimiento es por unos miembros y no por otros es anormal, una enfermedad y la muerte.

Por nuestro bautismo somos miembros de la Iglesia; por nuestra oración estamos al servicio de la Iglesia. Tenemos que interesarnos por las misiones que tienen por objeto salvar las almas y hacer crecer a la Iglesia. ¿Está establecida hoy la Iglesia en todo el mundo? La gente dice que se interesa por las misiones y ¿qué dan? Su pensamiento, casi nunca; sus deseos, pocas veces… papeles viejos, los desechos de la casa. De los 300.000 sacerdotes; 20.000 sacerdotes en las misiones, y de éstos, 13.000 cuidan de los católicos… Sólo un puñado de sacerdotes y de monjas para extender el Reino de Cristo.

Dicen: ¡¡La caridad comienza por la casa!! ¿Quién lo ha dicho? ¿Cristo, los Padres de la Iglesia? No. Es la teoría del egoísmo. ¿Egoísmo y caridad comienzan de la misma manera? No. La caridad comienza desde el primer momento con todos: ama, desde el principio, a todos. Comienza desde el primer momento a prestar servicio a los más próximos. La táctica del Espíritu Santo es como la de las arañas: comienza por las puntas más lejanas y termina por el centro. San Pablo tenía mucho que hacer en Jerusalén… pero se va hasta España, quería dar la vuelta al mundo entonces conocido.

Son pocos los que tienen esa responsabilidad tremenda. ¿Qué he hecho yo para hacer crecer a la Iglesia? ¿Disculpas? ¡No tenemos tiempo para ocuparnos de eso! Con nuestros deseos, oraciones, padecimientos, influencia, podemos mucho. Conservar en nuestra alma ese gran deseo y no quedarnos en el raquitismo espiritual.

La labor es interminable ¡¡400 millones de chinos… 375 millones de hindúes… tareas desmedidas!! Primero, no se trata de convertir a todos los chinos: sino de establecer la Iglesia. Con 25 millones de Chinos se funda la Iglesia china. Como en EE.UU., hay 27 entre 120 millones. Se acabaron las misiones, y ellos se hacen misioneros.

Hay momentos críticos en la Providencia divina: desarraigar un gran eucaliptus es casi imposible, pero hay un momento en que un niño, con una cuerda, puede determinar el lado de la caída. India, después de la guerra; China que están buscando su camino. En este momento el influjo de oraciones, deseos, influencias puede determinar el rumbo por siglos y siglos.

Pero, para las misiones no hay personal… –Asuma la responsabilidad y ¡vendrán vocaciones! ¡No le faltarán! Comience: mande 4 al África, ¡ya llegará personal! Lo primero es un acto de fe. En muchas de nuestras provincias hacemos bien en los colegios, pero cuando no tenemos más que colegios, la provincia se vuelve un poco burguesa… Pero cuando hay misiones, cambia.

¿Qué podemos hacer? ¡Conocer nuestras propias misiones! Cuando uno se aficiona a las misiones aprende mucho. Toda nuestra oración: que venga a nosotros el Reino de Dios. Nuestros sacrificios, nuestro apoyo y nuestra influencia.

 

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Testigos de la fe y el amor

Extracto de un discurso en el aniversario de la Congregación de los Sagrados Corazones el 14 de diciembre de 1946.

Testigos de la fe

Es erróneo pensar que el cristianismo es antes que nada una fuerza moral, una filosofía de la vida, una sociología. El cristianismo es antes que todo un credo, un dogma, una aceptación de la revelación divina, aceptación que, claro está, ha de traducirse en vida. Hay quienes quieren un cristianismo trunco: su moral, su concepto de la autoridad, de la propiedad, sus reformas sociales, pero eso, sin la aceptación íntegra por la fe de la revelación, no es catolicismo.

Fe antes que nada en Dios de quien vengo y a quien voy, en Dios, cuyo nombre está escrito por las estrellas del cielo, por las flores de los campos, por la risa de los niños, por la creación entera. Si miro hacia atrás en la historia del mundo, antes que el hombre existiera, antes que los astros brillaran, está Él, principio de todo que ha creado el mundo por amor, por deseo de comunicar al hombre su felicidad, de hacerme feliz a mí, y a mis hermanos los hombres. Verdad tan atrevida, tan audaz, que si Dios no la hubiera revelado jamás hombre alguno se hubiera atrevido a soñarla.

Si miro hacia el futuro me encuentro también con Él, con Dios que me aguarda, me espera, me tiene preparada una mansión en los cielos. No quiero engañarlos, nos dice Jesús: en la casa de mi Padre hay muchas habitaciones y voy a prepararles un lugar, a ustedes a quienes no llamaré siervos, sino amigos, hijos, hijitos muy amados, llega a decirnos.

Dios es amor, eso significa que sus designios al llamarme a esta vida son designios de amor. Dios es Padre, Padre de verdad pues me ha comunicado su naturaleza. La paternidad humana es muy débil para indicar hasta dónde Dios es Padre respecto a mí. Un Padre tal, que para hacernos en realidad sus hijos no temió sacrificar a su Hijo eterno, al Hijo de Dios. Así amó Dios al mundo que nos dio a su único Hijo. El Hijo de Dios se hizo hombre, para hacer a los hombres hijos de Dios. Para que nos llamemos hijos de Dios, y lo seamos de verdad, hecho central de toda la revelación cristiana.

Jesucristo Nuestro Señor hizo consistir gran parte de su enseñanza en hacernos comprender esta verdad, que somos sus hermanos, hijos del mismo Padre Dios, a quien nos enseña a orar diciéndole ¡Padre nuestro! Mil parábolas como las del hijo pródigo, la oveja perdida, nos descubren sus sentimientos que son los sentimientos que sólo un Padre puede albergar. ¿Agotamos esta idea? ¿Descansamos en el pecho de nuestro Padre Dios, como un hijo que sabe que su padre lo ama, lo quiere apoyar, consolar, hacer feliz? Dulcemente repitamos esta palabra ¡Padre nuestro! Sintámonos hijos de Dios.

Nuestra sociedad moderna ha perdido el sentido de la fe: es la más trágica de sus pérdidas. Lo sobrenatural ha llegado a serle incomprensible. Sólo cree en el poder, en la fuerza, en el dinero, en el confort, en el placer… Pero el poder se derrumba en el momento menos pensado como lo hemos visto en estos años hasta el cansancio; la fuerza es empleada más para matar que para proteger; el dinero y el confort son de pocos y no llenan el inmenso vacío del alma. De aquí que nuestra sociedad sin fe, sea una sociedad triste. Necesita creer en algo e inventa mitos que no pueden resistir ni satisfacer. Sólo nosotros podemos dar a los hombres nuestros hermanos la fe que tanto necesitan. Dársela, no con palabras, ni con prácticas superficiales, sino con ese sentido de lo divino que llene nuestras vidas, con esa visión de eternidad que guíe nuestros actos, con el sentimiento de la presencia de Dios que da solemnidad a todas nuestras acciones.

En todos nuestros acontecimientos y actos darnos cuenta que el sentido de nuestra vida no es otro que buscar a Dios. La muerte el momento de hallarlo; la eternidad, la posesión dichosa de lo que tanto hemos ansiado. El testigo de la fe estará arraigado en Dios y dirigido hacia Dios. Podrán venir fuertes vendavales que sacudirán el tronco, harán gemir sus ramas, pero pasada la tormenta sus raíces se habrán arraigado más en la tierra, su copa se dirigirá más atrevida hacia el cielo, sus hojas estarán más limpias y brillantes. En cambio esos árboles que no están firmemente arraigados en la fe, al primer ventarrón son derribados y sólo sirven para el fuego.

Dos grandes contradicciones sufrirá nuestra fe en la época en que vivimos: una viene del placer y otra del dolor.

El placer que nos lleva a encorvarnos hacia la tierra, a adherir a este suelo como si fuese la patria definitiva, y cuando se cede a sus insinuaciones se muere para todo lo sobrenatural: no queda tiempo ni corazón, ni cabeza para pensar seriamente en Dios. Se pueden guardar las prácticas, pero la fe honda, profunda, la que inspira los grandes sacrificios está muerta del todo.

Nuestra época sufre la horrenda tentación del placer sin tasa ni medida. Se busca gozar a cualquier hora, a cualquier precio, aun al de la honra de la mujer, de la vida de los hijos que son infamemente sacrificados por una hora de goce, el abandono de los deberes cívicos y familiares, la pérdida de los ideales. Cuando el hambre de gozo se apodera de un hombre deja de ser hombre: se cierra a los clamores de su fe y al dolor de sus hermanos.

Si los cristianos se amarran a esta tierra y no guardan ojos sino para lo terreno: para divertirse en las playas, casino, tabernas, fiestas que se suceden una tras otra como en los tiempos de mayor prosperidad a pesar que hay tanto dolor en el mundo, que tantos hermanos nuestros agonizan de hambre, sin hogar, sin abrigo, sin trabajo… el mundo tendrá derecho a pensar que su fe es vacía, que su creencia en el cielo, patria de todos los bienes, no es más que una palabra vana, que su doctrina de la fraternidad no es más que una palabra vacía de sentido, y los que no creen al ver a cristianos tan desteñidos, a hombres de fe tan superficial rechazarán una fe en la que no encuentran ningún valor que los entusiasme. Los cristianos que ante la tentación del placer sin medida sucumben en estos momentos de supremo dolor dan sin quererlo testimonio contra la fe que pretenden profesar.

Por eso el Santo Padre no cesa de clamar: “Sobriedad de vida; moderación en el uso de los bienes de este mundo; austeridad de costumbres”. Esos hombres austeros, sencillos, fuertes son los únicos que pueden dar testimonio sincero de su fe.

La segunda contradicción de la fe viene del dolor. El sufrimiento no encorva sino que es como un huracán arrasador. El dolor comprendido lleva a Dios; pero el dolor incomprendido y rechazado aleja a los hombres de Dios.

La humanidad sufre hoy un dolor sin precedentes. Apenas resteñadas las heridas de la pasada guerra; pasamos por la más horrenda de las hecatombes que en 6 años costó 50.000.000 de cadáveres… otros 50.000.000 de exiliados… Las ciudades en ruinas. Los hombres sin hogares hacinados en las calles; desnutridos, hechos pedazos sus nervios… Algunos lo han perdido todo: padre, madre, hijos, hogar, salud y aun mutilados no saben hoy como ganarse la vida. Y ante el terremoto del dolor algunos llegan a preguntarse si hay Dios; otros lo enjuician y lo hacen responsable de todas las calamidades.

El auténtico católico, el verdadero testigo de Cristo sufre por su dolor y por el de su hermano, hace cuanto puede por remediar los males pero sabe que en el dolor hay un misterio.

Ya Jesús el hijo de Dios, lo sufrió, tomó sobre sí todo el dolor del mundo. María su madre, es llamada la Madre de los Dolores; los santos han sido hechos partícipes de la Cruz que Jesús prometió a los que los siguieran: El que quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga… No es el discípulo más que el Maestro. Si a Mí me persiguieron también los perseguirán a ustedes… Si el grano de trigo no muere no da fruto.

Por eso los auténticos cristianos saben repetir como san Pablo: Estoy crucificado con Cristo. Y no conozco sino a Cristo. Esta es, mis hermanos, nuestra primera misión: ser testigos de Cristo dando el espléndido testimonio de fe.

Los católicos en nuestro siglo tenemos que ser testigos del amor de Cristo. La fe que no se traduce en amor es una fe muerta. No hay fe sin amor. Por eso valientemente dijo San Juan: Si tú dices que amas a Dios y no amas a tu hermano, mientes. Y Santa Teresa llegó a decir, la medida de tu amor a Dios, es la medida de tu amor al prójimo.

Testigos del amor de Cristo

Todas las obras que pudiéramos hacer para extender el Reino de Cristo si no nacen y van acompañadas del amor verdadero de nada valen. En cambio el verdadero amor, él sólo, aun sin construcciones, sin ayuda material, es la mejor apología de nuestra fe. Por algo dijo el Maestro: En esto conocerá el mundo que son mis discípulos, si se aman unos a otros.

Hoy en lugar del amor fraternal hay en el mundo una intensa lucha, es un hecho que no necesita demostraciones. Hemos salido de las dos más horrendas guerras que ha conocido la humanidad y los países están amontonando febrilmente armas para una tercera, armas inmensamente más mortíferas que todo lo que hemos conocido, capaces de acabar con la especie humana, y sin embargo no se trepida ni aun ante estos horrores con tal de llevar adelante los propios intereses. La lucha social es un hecho trágico que paraliza la industria, destroza el trabajo y ha marcado con ríos de sangre países de Europa y Asia y ha salpicado también la nuestra con sangre de hermanos. La lucha familiar: la ruptura de los vínculos del hogar, el odio entre hermanos y aún entre padres e hijos; el recelo entre patrones y trabajadores son hechos muy tristes pero demasiado reales.

Ante esta situación caben distintas actitudes. Hay quienes fomentan la contienda y hacen de la lucha un arma. Tal actitud no es católica. Los hombres no podemos odiarnos, somos hermanos. Otros se despreocupan del conflicto. Hay quienes llegan a erigir en sistema su indiferencia: se cruzan de brazos; nada les interesa la justicia social, ni el bien común. ¿Quién les ha ordenado preocuparse de sus hermanos? Y si después de ellos viene el diluvio ¡qué importa! Esta actitud es criminal: es un eco de la respuesta de Caín cuando Dios le preguntó por su hermano: ¿Acaso soy guardián de mi hermano? ¿Qué me importa su suerte?

Los que han comprendido el mensaje de Jesucristo recuerdan continuamente el ámense unos a otros, el mandamiento central del Salvador. Ser testigos de Cristo significa tomar en serio, profundamente en serio, con todas sus consecuencias este mandamiento de amor. Cada prójimo, rico o pobre, por más elevado que éste, o por más miserable que sea, cada prójimo es mi hermano, mi auténtico hermano, más aun, es Cristo: Lo que hagan al más pequeño de mis hermanos a Mi me lo hacen. Dios es tan Padre suyo como mío; ambos somos hijos de María, llamados al mismo cielo y a ayudarnos en esta vida como hermanos que se aman. Sus dolores son mis dolores; las injusticias que él sufre las sufro yo.

Ser testigo de Cristo significa cumplir con todas mis obligaciones de justicia frente al prójimo, de justicia en primer lugar y luego superarlas con un espléndido amor que vaya a llenar lo que la justicia no ha podido colmar. Justicia que el cristiano debe amarla casi diría con rabia. Jesús dijo, con hambre y sed, que son las pasiones más devoradoras. Ser testigo de Cristo significa respetar su persona y las intenciones de mi prójimo: jamás poner mi lengua en su fama; no gozarme en comentar sus defectos, ni menos en sospechar sus intenciones. Ser testigo de Cristo significa tratar con inmenso respeto cada hombre en quien veo mi igual, mi hermano, otro Cristo.

Con nuestra mirada fija en el Corazón de Cristo, pidámosle fuerzas, entereza, santidad, para realizar en el mundo una gran revolución, la revolución del Amor que El vino a predicarnos y enseñarnos con su vida y su muerte; que seamos dignos de encender en la tierra una gran hoguera, la hoguera de un ardiente amor. Que el mundo viendo nuestras obras glorifique al Padre que está en los cielos y por nosotros llegue a reconocer el amor infinito de nuestro Padre Dios.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Pesimistas y optimistas

Conferencia a señoras pronunciada por el Padre Hurtado en Viña del Mar en 1946.

Hecho curioso, paradoja cruel. Nunca como hoy el mundo ha manifestado tantos deseos de gozar, y nunca como hoy se había visto un dolor colectivo mayor. Al hambre natural de gozo, propia de todo hombre, ha venido a sumarse la serie de descubrimientos que ofrecen hacer de esta vida un paraíso: la radio que alegra las horas de soledad; el cine que armoniza fantásticamente la belleza humana, el encanto del paisaje, las dulzuras de la música en argumentos dramáticos, que toman a todo el hombre; el avión que le permite estar en pocas horas en Buenos Aires; en Nueva York, en Londres o en Roma… la cordillera que ve invadida su soledad por miles de turistas que saborean un placer nuevo: el vértigo del peligro; la prensa que penetra por todas las puertas aún las más cerradas por el estímulo de la curiosidad, por la sugestión del gráfico y de la fotografía. Fiestas, Excursiones, Casinos, Regatas, todo para gozar… Y sin embargo, hecho curioso, el mundo está más triste hoy que nunca; ha sido necesario inventar técnicas médicas para curar la tristeza. Frente a esta angustia contemporánea muchas soluciones se piensan a diario:

Algunas soluciones son del tipo de la evasión. En su grado mínimo es huir a pensar; atontarse… Para eso sirve maravillosamente la radio, el auto, el cine, el casino, … Se está, no me atrevería a decir ocupado, pero sí, haciendo algo que nos permita escapar de nosotros mismos, huir de nuestros problemas, no ver las dificultades. Es la eterna política del avestruz. Los turistas que vienen a estas lindas playas ¿qué hacen aquí en el verano sino eso? Playa, baño, baño de sol, aperitivo, almuerzo, juego, terraza, cine, casino, hasta que se cierran los ojos para seguir así, no digo gozando, sino “atontándose”. Esta política de la evasión lleva a algunos más lejos, a la morfina, al “opio” que se está introduciendo, al trago, demasiado introducido, e incluso al suicidio… Nunca me olvidaré de uno que me tocó presenciar en Valparaíso.

Otros, más pensadores, no siguen el camino de la “evasión”, sino que afrontan el problema filosóficamente y llegan a doctrinas que son la sistematización del pesimismo.

Para ambos grupos el fondo, confesado o no, es que la vida es triste, un gran dolor, y termina con un gran fracaso: la muerte. Y sin embargo, la vida no es triste sino alegre, el mundo no es un desierto, sino un jardín; nacemos, no para sufrir, sino para gozar; el fin de esta vida no es morir sino vivir. ¿Cuál es la filosofía que nos enseña esta doctrina? ¡¡El Cristianismo!!

Hay dos maneras de considerarse en la vida: Producto de la materia, evolución de la materia, hijo del mono, nieto del árbol, biznieto de la piedra, o bien Hijo de Dios. Es decir, producto de la generación espontánea, de lo inorgánico, o bien término del Amor de un Dios todo poder y toda bondad.

Claro está que para quien se considera hijo de la materia, y pura materia, el panorama no puede ser muy consolador. La materia no tiene entrañas, carece de corazón, ni siquiera tiene oídos para escuchar los ruegos, ni ojos para ver el llanto.

Pero para quien sabe que su vida no viene de la nada, sino de Dios, el cambio es total. Yo soy la obra de las manos de Dios. Él es el responsable de mi vida. Y yo sé que Dios es Belleza, toda la belleza del universo arranca de Él, como de su fuente. Las flores, los campos, los cielos, son bellos, porque como decía San Juan de la Cruz pasó por estos sotos, sus gracias derramando, y vestidos los dejó de su hermosura.

El cristiano no pasa por el mundo con los ojos cerrados, sino con los ojos muy abiertos, y en la naturaleza, en la música, y en el arte todo… goza, se deleita, ensancha su espíritu porque sabe que todo eso es una huella de Dios, que todo eso es bello, que esas flores no se marchitan… porque su belleza más completa y cabal la va a encontrar en el mismo Dios.

“Dios es amor”, dice San Juan al definirlo, y nosotros nos hemos confiado al amor de Dios (1Jn 4,8.16). Todo lo que el amor tiene de bello, de tierno: entre padre e hijo, esposo y esposa, amigo y amiga, todo eso lo encontraremos en Él, pues es amigo, esposo, más aún, Padre. Estamos tan acostumbrados a esta revelación de la paternidad divina que no nos extraña. Dios, Señor, sí, pero ¿Padre? ¿Padre de verdad? Y de verdad, tan verdad es padre: “Para que nos llamemos y seamos hijos de Dios” (1Jn 3,1). Cuando oréis… ¡Mi Padre y Padre vuestro! Padre que provee el vestido, el alimento, Padre que nos recibe con sus brazos abiertos cuando hemos fallado a nuestra naturaleza de hijos y pecamos. Si tomamos esta idea profundamente en serio, ¿cómo no ser optimistas en la vida?

Ni la muerte misma enturbia la alegría profunda del cristiano. Los antiguos, ¡cómo la temían! ¡La gran derrota! En cambio, para el cristiano no es la derrota, sino la victoria: el momento de ver a Dios. Esta vida se nos ha dado para buscar a Dios, la muerte para hallarlo, la eternidad para poseerlo. Llega el momento en que, después del camino, se llega al término. El hijo encuentra a su Padre y se echa en sus brazos, brazos que son de amor, y por eso, para nunca cerrarlos, los dejó clavados en su cruz; entra en su costado que, para significar su amor, quedó abierto por la lanza manando de él sangre que redime y agua que purifica (Jn 19, 34).

Si el viaje nos parece pesado, pensemos en el término que está quizás muy cerca. En nuestro viaje de Santiago a Viña, estamos quizás llegando a Quilpué… Y al pensar que el tiempo que queda es corto, apresuremos el paso, hagamos el bien con mayor brío, hagamos partícipes de nuestra alegría a nuestros hermanos, porque el término está cerca. Se acabará la ocasión de sufrir por Cristo, aprovechemos las últimas gotas de amargura y tomémoslas con amor.

Y así, contentos, siempre contentos. La Iglesia y los hogares cristianos, deben ser centros de alegría. Los cristianos siempre alegres, que el santo triste es un triste santo. Jaculatorias que broten del fondo del alma, contento, Señor, contento. Y para estarlo, decirle a Dios siempre: “Sí, Padre”.

El que hace la voluntad de Dios ama a Dios, y aquél que ama a Dios pondrá en Él su morada, y brotará en el fondo de su alma una fuente de aguas vivas, de paz y de gozo, que brotan hasta la vida eterna.

Cristo es la fuente de nuestra alegría. En la medida que vivamos en Él viviremos felices.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Nuestra imitación de Cristo

Tercera meditación de un retiro predicado por el Padre Hurtado a los profesores de la Universidad Católica en 1940.

Toda nuestra santificación consiste en conocer a Cristo e imitar a Cristo. Todo el evangelio y todos los santos llenos de este ideal, que es el ideal cristiano por excelencia. Vivir en Cristo; transformarse en Cristo… San Pablo: “Nada juzgué digno sino de conocer a Cristo y a éste crucificado” (1Cor 2,2)… “Vivo yo, ya no yo, sino Cristo vive en mí” (Gál 2,20)… La tarea de todos los santos es realizar en la medida de sus fuerzas, según la donación de la gracia, diferente en cada uno, el ideal paulino de vivir la vida de Cristo. Imitar a Cristo, meditar en su vida, conocer sus ejemplos… El más popular libro en la Iglesia después del Evangelio es el de la “Imitación de Cristo”, pero, ¡de cuán diferentes maneras se ha comprendido la imitación de Cristo!

I. Maneras erradas de imitar a Cristo

  1. Para unos, la imitación de Cristo se reduce a un estudio histórico de Jesús.Van a buscar el Cristo histórico y se quedan en Él. Lo estudian. Leen el Evangelio, investigan la cronología, se informan de las costumbres del pueblo judío… Y su estudio, más bien científico que espiritual, es frío e inerte. La imitación de Cristo para éstos se reduciría a una copia literal de la vida de Cristo. Pero no es esto. No: “El espíritu vivifica; la letra mata” (2Cor 3,6).
  2. Para otros, la imitación de Cristo es más bien un asunto especulativo.Ven en Jesús como el gran legislador; el que soluciona todos los problemas humanos, el sociólogo por excelencia; el artista que se complace en la naturaleza, que se recrea con los pequeñuelos… Para unos es un artista, un filósofo, un reformador, un sociólogo, y ellos lo contemplan, lo admiran, pero no mudan su vida ante Él. Cristo permanece sólo en su inteligencia y en su sensibilidad, pero no ha trascendido a su vida misma.
  3. Otro grupo de personas creen imitar a Cristo preocupándose, al extremo opuesto, únicamente de la observancia de sus mandamientos, siendo fieles observadores de las leyes divinas y eclesiásticas.Escrupulosos en la práctica de los ayunos y abstinencias. Contemplan la vida de Cristo como un prolongado deber, y nuestra vida como un deber que prolonga el de Cristo. A las leyes dadas por Cristo ellos agregan otras, para completar los silencios, de modo que toda la vida es un continuo deber, un reglamento de perfección, desconocedor en absoluto de la libertad de espíritu.

El foco de su atención no es Cristo, sino el pecado. El sacramento esencial en la Iglesia no es la Eucaristía, ni el bautismo, sino la confesión. La única preocupación es huir del pecado. E imitar a Cristo para ellos es huir de los pensamientos malos, evitar todo peligro, limitar la libertad de todo el mundo y sospechar malas intenciones en cualquier acontecimiento de la vida. No; no es ésta la imitación de Cristo que proponemos. Esta podría ser la actitud de los fariseos, no la de Cristo.

  1. Para otros, la imitación de Cristo es un gran activismo apostólico, una multiplicación de esfuerzos de orientación de apostolado, un moverse continuamente en crear obras y más obras, en multiplicar reuniones y asociaciones. Algunos sitúan el triunfo del catolicismo únicamente en actitudes políticas. Para otros, lo esencial una gran procesión de antorchas, un meeting monstruo, la fundación de un periódico… Y no digo que eso esté mal, que eso no haya de hacerse. Todo es necesario, pero no es eso lo esencial del catolicismo.

II. Verdadera solución

Nuestra religión no consiste, como en primer elemento, en una reconstrucción del Cristo histórico; ni en una pura metafísica o sociología o política; ni en una sola lucha fría y estéril contra el pecado; ni primordialmente en la actitud de conquista. Nuestra imitación de Cristo no consiste tampoco en hacer lo que Cristo hizo, ¡nuestra civilización y condiciones de vida son tan diferentes!

Nuestra imitación de Cristo consiste en vivir la vida de Cristo, en tener esa actitud interior y exterior que en todo se conforma a la de Cristo, en hacer lo que Cristo haría si estuviese en mi lugar.

Lo primero necesario para imitar a Cristo es asimilarse a Él por la gracia, que es la participación de la vida divina. Y de aquí ante todo aprecia el bautismo, que introduce, y la Eucaristía que alimenta esa vida y que da a Cristo, y si la pierde, la penitencia para recobrar esa vida…

Y luego de poseer esa vida, procura actuarla continuamente en todas las circunstancias de su vida por la práctica de todas las virtudes que Cristo practicó, en particular por la caridad, la virtud más amada de Cristo.

La encarnación histórica necesariamente restringió a Cristo y su vida divino–humana a un cuadro limitado por el tiempo y el espacio. La encarnación mística, que es el cuerpo de Cristo, la Iglesia, quita esa restricción y la amplía a todos los tiempos y espacios donde hay un bautizado. La vida divina aparece en todo el mundo. El Cristo histórico fue judío vivió en Palestina, en tiempo del Imperio Romano. El Cristo místico es chileno del siglo XX, alemán, francés y africano… Es profesor y comerciante, es ingeniero, abogado y obrero, preso y monarca… Es todo cristiano que vive en gracia de Dios y que aspira a integrar su vida en las normas de la vida de Cristo en sus secretas aspiraciones. Y que aspira siempre a esto: a hacer lo que hace, como Cristo lo haría en su lugar. A enseñar la ingeniería, como Cristo la enseñaría, el derecho…, a hacer una operación con la delicadeza de Cristo…, a tratar a sus alumnos con la fuerza suave, amorosa y respetuosa de Cristo, a interesarse por ellos como Cristo se interesaría si estuviese en su lugar. A viajar como viajaría Cristo, a orar como oraría Cristo, a conducirse en política, en economía, en su vida de hogar como se conduciría Cristo.

Esto supone un conocimiento de los evangelios y de la tradición de la Iglesia, una lucha contra el pecado, trae consigo una metafísica, una estética, una sociología, un espíritu ardiente de conquista… Pero no cifra en ellos lo primordial. Si humanamente fracasa, si el éxito no corona su apostolado, no por eso se impacienta. La única derrota consiste en dejar de ser Cristo por la apostasía o por el pecado.

Este es el catolicismo de un Francisco de Asís, Ignacio, Javier, y de tantos jóvenes y no jóvenes que viven su vida cotidiana de casados, de profesores, de solteros, de estudiantes, de religiosos, que participan en el deporte y en la política con ese criterio de ser Cristo. Éstos son los faros que convierten las almas, y que salvan las naciones.

 

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Los conflictos de todo cristiano

Extracto de una charla sobre la misión social del universitario en la Universidad Católica de Chile el 5 de junio de 1945.

Dos son los problemas que tiene el católico constantemente ante su conciencia: Uno atañe a su vida interior y moral: como miembro de la Iglesia tiene una fe que conservar, un dogma que conocer, ritos y mandamientos que observar y sobre todo una llama espiritual que alimentar. El otro atañe a su vida exterior y social: como miembro de una ciudad debe comportarse al igual que cualquier otro buen ciudadano y cumplir sus deberes hacia la comunidad y hacia el estado, pero con una sobrecarga, con un acrecentamiento particular de las dificultades, dado que siendo cristiano necesita confrontar y poner de acuerdo las exigencias de su conciencia social con las de su conciencia religiosa.

El primer problema es ciertamente el de la vida interior: de allí y sólo de allí ha de venir la solución, la fuerza, el dinamismo necesario para afrontar los grandes sacrificios: el mundo no será devuelto a Cristo por cruzados que sólo llevan la cruz impresa en su coraza… Un testigo no será útil a la causa de Cristo, sino en la medida en que un auténtico espíritu cristiano anime su pensamiento y su corazón.

La exigencia de nuestra vida interior lejos de excluir, urge una actitud social fundada precisamente en esos mismos principios que basan nuestra vida interior. No podríamos llegar a ser cristianos integrales si dándonos por contentos con una cierta fidelidad de prácticas, una cierta serenidad de alma, y un cierto orden puramente interior nos desinteresásemos del bien común; si profesando de la boca hacia fuera una religión que coloca en la cumbre de su moral las virtudes de justicia y caridad, no nos preguntáramos constantemente, cuáles son las exigencias que ellas nos imponen en nuestra vida social donde esas virtudes encuentran naturalmente su empleo.

Más fácil es encontrar quienes defiendan los derechos de la Iglesia en sus luchas exteriores, pero, son mucho más escasos quienes piensen en defender la integridad de su conciencia religiosa. Es más fácil darse cuenta de las intenciones de un proyecto de ley que percibir cuán lejos están del espíritu de Cristo las costumbres y prácticas del propio medio social.

Hay mucho peligro en nuestro tiempo de contentarse con una fidelidad de práctica exterior, aun de devoción sincera. Algunos se consideran culpables al estrechar la mano a un masón, pero no tienen escrúpulo alguno de violar la caridad en sus palabras, destruyendo la fama del prójimo, o en sus obras, o en sus omisiones egoístas. Así se salva la apariencia y se vive en regla entre gentes honestas, sin inquietarse excesivamente de haber escandalizado a las almas rectas que juzgan por el espíritu.

Es necesario evitar esta falta para mantenernos en regla con nuestra propia conciencia y no menos para salvaguardar la honra de la Iglesia que será juzgada por nuestra actitud. El católico ha de ser como nadie amigo del orden, pero éste no es la inmovilidad impuesta de fuera sino el equilibrio interior que se realiza por el cumplimiento de la justicia y de la caridad. No basta que haya una aparente tranquilidad obtenida por la presión de fuerzas insuperables; es necesario que cada uno ocupe el sitio que le corresponde conforme a su naturaleza humana, que participe de los trabajos, pero también de las satisfacciones, como conviene a hermanos hijos de un mismo padre. El católico rechaza igualmente la inmovilidad en el desorden; y el desorden en el movimiento, porque ambos rompen el equilibrio interior de la justicia y la caridad.

El fiel, si quiere serlo en el pleno sentido de la palabra, es un perpetuo inconformista, que alimenta su hambre y sed de justicia en la palabra de Cristo y que busca el camino de saciar esas pasiones devoradoras en las enseñanzas de la Iglesia que no es más que Cristo prolongado y viviendo entre nosotros.

Antes que nada, nos apremia a movilizar todas nuestras fuerzas en pro de la solución social el conjunto de intereses gravísimos que está en juego. Se trata nada menos que de la vida de tantos de nuestros hermanos. El orden social actual no responde al plan de la Providencia. La vida cristiana en cada uno de los medios sociales está dificultada actualmente por el problema del exceso o de la falta de medios de vida.

Dios ha querido al crearnos, que nos santificáramos. Este ha sido el motivo que explica la creación: tener santos en el mundo; tener hijos de Él en los cuales se manifestaran los esplendores de su gracia. Ahora bien, ¿cómo santificarse en el ambiente actual sino se realiza una profunda reforma social?

Cada uno debe conocer el problema social general, las doctrinas sociales que se disputan el mundo, sobre todo la doctrina de la Iglesia. Debe conocer la realidad chilena y debe tener una preocupación especial por estudiar su carrera en función de los problemas sociales propios de su ambiente profesional. El estudio de nuestra doctrina social ha de despertar en nosotros antes que nada un sentido social hondo, un inconformismo ante el mal, el sentido del escándalo.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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El amor al prójimo

Discurso pronunciado por el Padre Hurtado a 10.000 jóvenes de la Acción Católica en 1943.

Quisiera aprovechar estos breves momentos señalando el fundamento más íntimo de nuestra responsabilidad que es nuestra carácter de católicos. Jóvenes tienen que preocuparse de sus hermanos, de su Patria (que es el grupo de hermanos unidos por los vínculos de sangre, lengua, tierra), porque ser católico equivale a ser sociales. No por miedo a algo que perder, no por temor de persecuciones, no por ser anti algunos, sino que porque son católicos deben ser sociales. Esto es sentir en ustedes el dolor humano y procurar solucionarlo.

Un cristiano sin una preocupación intensa de amar, es como un agricultor despreocupado de la tierra, un marinero desinteresado del mar, un músico que no se cuida de la armonía. ¡Si el cristianismo es la religión del amor! Ya lo había dicho Cristo Nuestro Señor: El primer mandamiento de la ley es amarás al Señor tu Dios, con todo tú corazón, con toda tú mente, con todas tus fuerzas; y añade inmediatamente: y el segundo es semejante al primero, es amarás a tu prójimo como a ti mismo, por amor a Dios.

En este amor a nuestros hermanos que nos exige el Maestro nos precedió él. Por amor nos creó; por amor el Hijo de Dios se hizo hombre, para hacernos a nosotros hijos de Dios. Cristo ha querido ser el primogénito de una multitud de hermanos a quienes hace participantes de su naturaleza divina y con quienes quiere compartir su propia vida divina. Desde la Encarnación y por la Encarnación los hombres están unidos a Cristo, llamados a ser uno con Él. De esta unión no está excluido ningún viviente que si no está unido a Cristo puede estarlo.

Es necesario, pues, aceptar la Encarnación con todas sus consecuencias, extendiendo el don de nuestro amor no sólo a Jesucristo, sino también a todo los hombres. Y este es un punto básico del cristianismo: desamparar al menor de nuestros hermanos es desamparar a Cristo mismo; aliviar a cualquiera de ellos es aliviar a Cristo en persona. Cuando hieren unos de mis miembros a mí me hieren; del mismo modo tocar a unos de los hombres es tocar al mismo Cristo. Por esto nos dijo Cristo que todo el bien o todo el mal que hiciéramos al menor de los hombres a Él lo hacíamos. La buena nueva, es, pues, la unión de la humanidad entera con Cristo. Luego, no amar a los que pertenecen o pueden pertenecer a Cristo por la gracia es no aceptar y no amar al propio Jesucristo. Cristo se ha hecho nuestro prójimo, o mejor nuestro prójimo es Cristo que se presenta bajo tal o cual forma, paciente en los enfermos, necesitado en los menesterosos, prisionero en los encarcelados, triste en los que lloran. Si no lo vemos es porque nuestra fe es tibia.

Pero separar el prójimo de Cristo es separar la luz de la luz. El que ama a Cristo está obligado a amar al prójimo con todo su corazón, con toda su mente, con todas sus fuerzas. En Cristo todos somos uno. En Él no debe haber ni pobres ni ricos, ni judíos ni gentiles. Nuestro grito es hombres todos de la tierra, ingleses y alemanes, italianos, norteamericanos, judíos, japoneses, chilenos y peruanos reconozcamos que somos uno en Cristo y que nos debemos no el odio, sino que el amor que el propio cuerpo tiene a sí mismo. Qué se acaben en la familia cristiana los odios, prejuicios y luchas, y que suceda un inmenso amor fundado en la gran virtud de la justicia, de la justicia primero, de la justicia enseguida, luego aún de la justicia, y superadas las asperezas del derecho por una inmensa efusión de caridad.

No busquen la propia comodidad sino la justicia y el amor, nuestra sincera ambición debe ser constituir una gran familia; que la tierra y los bienes sirvan eficazmente a las necesidades de la colectividad, al bien común de los hermanos hijos de un mismo Padre, Dios, y de una misma Madre la Iglesia. Los egoísmos superados por la caridad. Y no sólo el no hacerse daño, sino el amor lleno de respeto, de cortesía, de delicadeza que hace bella la vida; el vínculo de la amistad, lo que no puede decirse más: la fraternidad con todas las delicadezas de hermanos.

Los que militan en bandos distintos, los que piensan diferente en los problemas humanos que, como hermanos se respeten. El católico no ve enemigos irreconciliables en los que piensan distinto de él, menos aún si son también cristianos ve hermanos, que en lo contingente, en lo opinable piensa diferentemente y recuerda la gran máxima de San Agustín: en lo esencial la unidad, en lo dudoso, la libertad y por encima de todo: la caridad, la caridad de Cristo que sabe respetar, sabe deponer prejuicios, sabe ceder de lo propio cuando lo pide el bien común, o lo solicita la Iglesia.

Este es el cristianismo auténtico que nos enseñó Jesús, el gran Buen Samaritano que tomó en su cuerpo y en su alma los dolores del mundo enfermo y no dejó dolor sin aliviar, menos los propios. Para todos los demás tuvo palabras de amor y realidades. Pero esta comprensión ¿se habrá borrado del alma de los cristianos? ¿Por qué se nos echa en cara que no practicamos la doctrina del Maestro, que tenemos magníficas encíclicas pero no las realizamos? Sin poder sino rozar este tema me atrevería a decir lo siguiente: porque el cristianismo de muchos de nosotros es superficial. Estamos en el siglo de los recodos, no de sabiduría, ni de bondad, sino de ligereza y superficialidad. Esta superficialidad ataca la formación cristiana seria y profunda sin la cual no hay abnegación. ¿Cómo va a sacrificarse alguien si no ve él por qué de su sacrificio? Si queremos pues, un cristianismo de caridad, el único cristianismo auténtico, más formación, más formación seria se impone. Los cristianos de este siglo no son menos buenos que los de otros siglos, y en algunos aspectos superiores, pero el mal endémico es el de la superficialidad, el de una horrible superficialidad. Cuando hay fe, el gesto cristiano es el gesto amplio que comienza por mirar la justicia, toda la justicia, y todavía la supera una inmensa caridad.

En el fondo de cada uno de nosotros hay un inmenso egoísmo y lo único que nos puede dar certeza y alegría para superarlo es nuestra fe. Todo lo que debilita la fe, debilita a la Patria. Con humilde entereza, con inmenso reconocimiento a Cristo que depositó en nuestras almas el tesoro de verdad, pero con decisión inquebrantable hemos de ocupar el puesto que Dios y la Patria nos señalan. No hacerlo sería crimen contra Dios y contra Chile. Y como cada momento tiene su característica ideológica es sumamente consolador recordar lo específico de nuestro tiempo: el despertar más vivo de nuestra conciencia social, las aplicaciones de nuestra fe a los problemas del momento. La caridad de Cristo nos urge a trabajar con toda el alma, porque cada día Chile sea más profundamente de Cristo.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Comprometerse en lo temporal

Carta del Padre Hurtado a Rebeca de Franke, una colaboradora, desde París, 9 de diciembre de 1947.

Gracias a Dios que termina un año más de vida bien empleada, puede usted decirle al Señor con toda sinceridad y humildad. Ha sido gracia de Él llamarla a su servicio, como la llamó a la vida, pero no sería honrado si no reconociera esta gracia. Al mirar para atrás el camino recorrido, no sólo insista en las deficiencias e imperfecciones, sino también en lo que Él le ha permitido hacer, y en el motivo al cual ha consagrado su vida: buscarlo a Él en sus prójimos, servirlo y amarlo en los demás comenzando por su hijita, el recuerdo siempre querido de su esposo, su familia, y luego sus pobres, aquellos en los cuales la fe nos lo muestra siempre presente.

Mientras más pienso en esta pobre Europa después de la guerra, amargada, empobreci­da, desalentada para el trabajo, al menos en algunos países, más claramente veo nuestra misión de católicos: Dar testimonio de Cristo en este mundo triste, testimonio de nuestra alegría que se funda en nuestra fe en Él, en la bondad del Padre de los cielos; testimonio de una inquebrantable esperanza y de una honda caridad. Esto y nada más: pero es bastante para salvar el mundo. Estoy leyendo una hermosa Carta pastoral del Cardenal de París: Auge o caída de la Iglesia, y su lección, repetida hasta el cansancio, es que el católico tiene la misión de “encarnarse, comprometerse en lo temporal para dar testimonio de Cristo”. Estas palabras uno las oye ahora repetidas hasta el cansancio: son el programa para los tiempos actuales.

Felizmente, la obra en que usted está empeñada, a eso tiende. Le digo esto para invitarla a mirar aun desde un punto de vista no sólo inmediatamente humanitario, sino bajo el punto de vista del sentir íntimo de la Iglesia, esta obra que responde tanto a lo que el mundo necesita. Por eso, a pesar de las dificultades, cansancios, repugnancias, pequeñez propia, ¡adelante, con la gracia de Dios!

Me parece muy bien lo que están haciendo para hacer agradable el Hogar: mientras más atrayente, mejor. Ojalá que todo esto lleve a los obreros a un sentimiento cada vez más hondo del respeto que se deben a sí mismos, al ver el respeto con que se les trata.

Saludos a su familia.

Alberto Hurtado C. S.J.

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Nuestra vocación

La vocación sacerdotal, un problema de todos

Documento preparado para una semana de estudios de los jóvenes de la Acción Católica sobre la vocación sacerdotal.

El tema de la vocación sacerdotal no puede ser de mayor importancia para la Iglesia, dada la misión del sacerdote. Al sacerdote confió Cristo la administración de sus sacramentos, que son en su Iglesia el medio por excelencia y el camino ordinario de la efusión de la Gracia.

La celebración de la santa Misa, que es la renovación en nuestros altares del sacrificio de la Cruz, el acto más excelente que se realiza bajo los cielos, el acto que mayor gloria da al Padre, más que todos los trabajos apostólicos, los sacrificios, las oraciones… y este acto, el centro de la vida cristiana, sólo puede ser realizado por los sacerdotes. La purificación de las almas manchadas por el pecado ha sido confiada al sacerdote. En aquellos países en que el sacerdote católico ha desaparecido la Iglesia ha terminado por desaparecer…

El problema de la vocación sacerdotal es un problema cristiano en todo el sentido de la palabra, que interesa no sólo a unos cuantos escogidos, que podrían estudiar su vocación, sino que es un problema de todos los cristianos: Problema de los padres que quieran dar educación cristiana a sus hijos; problema de los jóvenes que necesitan un guía en sus años difíciles, para que los dirija en sus crisis de adolescencia; problema de los pobres que han menester de un padre que se interese por sus necesidades; problema de los que aspiran a formar un hogar, que necesitarán guías de sus conciencias, directores espirituales; problema de los que no tienen fe, problema que ellos no perciben, pero por eso es aún más pavoroso, que necesitan de alguien que desinteresadamente les tienda la mano; problema de los enfermos que buscarán en vano quien les aliente a entrar serenos en la eternidad, y quien consuele a sus parientes y amigos.

Toda la vida cristiana está llena del sacerdote, y todos debieran interesarse porque su número sea cada vez mayor y, sobre todo, porque aumenten en espíritu.

Santos, pero también muchos, porque la actividad apostólica de cada hombre tiene un límite, y una vez sobrepasado ese límite, sus fuerzas no dan para más… y quedarán los demás sin ningún auxilio en sus necesidades.

 

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La misión del apóstol

Meditación del Padre Hurtado en los Ejercicios Espirituales del Clero de Temuco, entre el 11 y 16 de enero de 1942.

La grandeza de la obra apostólica. El apostolado es la iluminación de las almas. Dios, que podría iluminarlas por sí mismo, se vale de nosotros para ello. La Buena Nueva, el Evangelio, que trajo Cristo al mundo, es la reconciliación de las almas con su Padre. Esta Buena Nueva predicada y aplicada es el apostolado.

La doctrina de San Pablo es muy clara: Jesús murió por todos, por los judíos y por los gentiles. Pagó la deuda de todos ellos y los redimió a todos, sin excepción. Pero además de este principio hay que tener en cuenta otro, que supone la solidaridad apostólica. La salvación ha sido hecha posible por Cristo, el rescate sobreabundante, infinito, está pagado, pero no basta eso para conseguir la salvación: la salvación no se realiza automáticamente. Cristo nos da la posibilidad de la salvación, nos adquirió el derecho a poder incorporarnos a su muerte y resurrección, pero para que esta incorporación se realice de hecho se requiere, normalmente hablando, la colaboración de otros hombres: los apóstoles. Esta colaboración humana, esta cooperación del apóstol al plan de Dios que San Pablo llama “co–trabajo con Dios” (1Cor 3,9), es el fundamento de la vida apostólica.

La misión del apóstol se puede comparar a la de aquel hombre que, en una ciudad sitiada por el enemigo y a punto de que sus habitantes perezcan de sed, se encuentra dueño de la vida o de la muerte de sus habitantes, pues él conoce una corriente de aguas subterráneas que puede salvar sus hermanos; es necesario un esfuerzo para ponerla a descubierto. Si él se rehúsa a ese esfuerzo, perecerán sus compañeros ¿se negará al sacrificio?

Podemos comparar su misión a la de quien ve un torrente ancho, profundo y sucio, que fluye con ímpetu hacia nosotros. Retumba la avalancha, rugen los abismos, se encrespan las olas. Sobre las olas millares de desgraciados lanzan gritos de socorro: gritan, nadan desesperadamente, surgen y se levantan, para volver a hundirse, y pronto desaparecen. Son hermanos nuestros. Otros nos gritan: –¡Sálvame! ¿Quién de nosotros podría pasearse tranquilamente por la orilla? –¡Al agua los botes, empuñar los remos y salvar esas vidas que perecen! –¡Procuren sostenerse un poco! –les gritaríamos–, ya vamos, ya estamos. Dame la mano y te salvaré… ¡Y qué alegría la de aquel hombre que consagra su vida a tan humanitaria misión! La más humanitaria, la más bella, la más urgente.

La inmensa responsabilidad de los cristianos, tan poco meditada y, sin embargo, tan formidable. El cristianismo se resume en una ley de caridad, a Dios y al prójimo, lo demás es accesorio o está contenido en estos dos preceptos, y, sin embargo, estos preceptos fundamentales son los más fácilmente olvidados. Del cristiano depende la vida de innumerables almas, de su predicación y sobre todo de su vida. Lo que él sea, eso serán aquellos que el Señor ha confiado a sus cuidados. Está aun fresca la valiente comparación del santo Cura de Ars: «Un sacerdote santo, una buena parroquia; un buen sacerdote, parroquia tibia; sacerdote tibio ¿cómo será la parroquia?». Y San Agustín, a los que lastimosamente lamentaban la corrupción de los tiempos, sin hacer otra cosa por corregirlos, les decía: «Decís vosotros que los tiempos son malos, sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores: vosotros sois el tiempo». Los apóstoles pueden decir como nadie: Nosotros somos el tiempo. Lo que seamos nosotros eso será la cristiandad de nuestra época.

¡Horrible responsabilidad! Al apóstol le tocará revelar en su carne mortal la vida de su Maestro para la salvación de las almas… De esa revelación, ¡cuántos destinos hay pendientes con proyecciones de eternidad!

De los apóstoles depende que la guerra al pecado sea dirigida con intensidad y que si hoy hay vicio, mañana reine la virtud; que los jóvenes que hoy se agotan en la impureza, renazcan a una vida digna; que los hogares desunidos vuelvan a unirse, que los ricos traten con justicia y caridad a los pobres.

Junto al apóstol brotan las obras de bien. Las lágrimas se enjugan y se consuelan tantos dolores. ¡Qué vida, aun humanamente considerada, puede ser más bella que la vida del apóstol! ¡Qué consuelos tan hondos y puros como los que él experimenta!

Las proyecciones del apostolado son inmensamente mayores si consideramos su perspectiva de eternidad. Las almas que se agitan y claman en las plazas y calles tienen un destino eterno: Son trenes sin frenos disparados hacia la eternidad. De mí puede depender que esos trenes encuentren una vía preparada con destino al cielo o que los deje correr por la pendiente cuyo término es el infierno. ¿Podré permanecer inactivo cuando mi acción o inacción tiene un alcance eterno para tantas almas?

“La caridad de Cristo nos urge” decía San Pablo (2Cor 5,14). La salvación depende, hasta donde podemos colegirlo, en su última aplicación concreta, de la acción del apóstol. De nosotros pues dependerá que la Sangre de Cristo sea aprovechada por aquellos por quienes Cristo la derramó. El Redentor puede, por caminos desconocidos para nosotros, obrar directamente en el fondo de las conciencias, pero, hasta dónde podemos penetrar en los secretos divinos, aleccionados por las palabras de la Sagrada Escritura, de la Tradición y de la liturgia de la Iglesia, se ha impuesto a Sí mismo el camino de trabajar en colaboración con nosotros, y de condicionar la distribución generosa de sus dones a nuestra ayuda humana. Si le negamos el pan, no desciende Cristo a la Eucaristía; si le negamos nuestros labios, tampoco se transubstancia, ni perdona los pecados; si le negamos el agua, no desciende al pecho del niño llamado a ser tabernáculo; si le negamos nuestro trabajo, los pecadores no se hacen justos; y los moribundos, ¿dónde irán al morir en su pecado porque no hubo quien les mostrara el camino del cielo?…

Si queremos, pues, que el amor de Jesús no permanezca estéril, no vivamos para nosotros mismos, sino para Él (cf. 2Cor 5,15). Así cumpliremos el deseo fundamental del Corazón de Cristo: obedeceremos al mandamiento de su amor.

No vivamos para nosotros mismos, sino para Él. En esto consiste la abnegación radical tan predicada por San Ignacio. El que vive ya no viva, pues, para sí; esto es, hagamos nuestros, en toda la medida de lo posible, mediante la pureza de corazón, la oración y el trabajo, los sentimientos de Jesús: su paciencia, su celo, su amor, su interés por las almas. «Vivo yo, ya no yo; vive Cristo en mí» (Gál 2,20).

Así cumpliremos el deseo fundamental del Corazón de Cristo: Venga a nos tu Reino… “Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, oh Padre, y al que enviaste, Jesucristo” (Jn 17,3). “Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Jn 10,10).

¡A dar esa vida, a hacer conocer a Cristo, a acelerar la hora de su Reino está llamado el apóstol! ¡La Reina de los Apóstoles interceda porque todos los miembros de la Acción Católica sean apóstoles de verdad!

 

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El llamado de Cristo

Extracto de una meditación del Reino realizada por el Padre Hurtado en un retiro de Semana Santa para jóvenes de 1946.

Cristo vino a este mundo no para hacer una obra solo, sino con nosotros, con todos nosotros, para ser la cabeza de un gran cuerpo cuyas células vivas, libres, activas, somos nosotros. Todos estamos llamados a estar incorporados en Él, ese es el grado básico de la vida cristiana… Pero para otros hay llamados más altos: a entregarse a Él; a ser sólo para Él; a hacerlo norma de su inteligencia, a considerarlo, en cada una de sus acciones, a seguirlo en sus empresas, más aun, ¡¡a hacer de su vida la empresa de Cristo!! Para el marino, su vida es el mar; para el soldado, el ejército; para la enfermera, el hospital; para el agricultor, el campo; para el alma generosa, ¡¡su vida es la empresa de Cristo!!

Esto es lo esencial del llamamiento de Cristo: ¿Quisieras consagrarme tu vida? ¡No es problema de pecado! ¡Es problema de consagración! ¿A qué? A la santidad personal y al apostolado. Santidad personal que ha de ir calcada por la santidad de Cristo.

Si Él te llamara, ¿qué harías?… Quisiera que lo pensaras a fondo, porque esto es lo esencial de los retiros espirituales. Los retiros son un llamado a fondo a la generosidad. No se mueven por temor, ¡no se trata de asustar! Recuerdan los mandamientos, porque no pueden menos que recordarlos. Los mandamientos son la base, el cimiento para toda construcción, porque son la voluntad de Dios obligatoria… Pero no son más que los cimientos, y no se vive en los cimientos, no hay hermosura en los cimientos… Los retiros son para almas que quieran subir, y mientras más arriba mejor; son para quienes han entendido qué significa Amar, y que el cristianismo es amor, que el mandamiento grande por ex­celencia es el del amor.

La prueba de la fe es el amor, amor heroico, y el heroísmo no es o­bligatorio. El sacerdocio, las misiones, las obras de caridad no son ma­teria de obligaciones, de pecado, son absolutamente necesarias para la Iglesia y son obra de la generosidad. El día que no haya sacerdotes no habrá sacramentos, y el sacerdocio no es obligatorio; el día que no haya misioneros, no avanzará la fe, y las misiones no son obligatorias; el día que no haya quienes cuiden a los leprosos y a los pobres no ha­brá el testimonio distintivo de Cristo, y esas obras no son obligatorias… El día que no haya santos, no habrá Iglesia y la santidad no es obli­gatoria. ¡Qué grande es esta idea! ¡La Iglesia no vive del cumplimiento del deber, sino de la generosidad de sus fieles!

Si Él te llamara, ¿qué le dirías? ¿En qué disposición estás? ¡¡Pide, ruega estar en la mejor!! San Ignacio pide al que entra en Ejercicios: ¡Grande ánimo y liberalidad para con Dios Nuestro Señor! ¡¡Querer afectarse y entregarse enteros!!

Señor, si en nuestro atribulado siglo XX, que viene saliendo de esta horrenda carnicería: campos de concentración, deportaciones, bombardeos, que trabajó afanosamente por matar con armas mil veces peores, que se despedazan por poseer más, por más negocios, más con­fort, más honras, menos dolor; si en este mundo del siglo XX, una generación comprendiese su misión y quisiera dar testimonio del Cristo en que cree, no sólo con gritos que nada significan de Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera… ¿Dónde?, sino en la ofrenda humilde, silenciosa de sus vidas, para hacerlo reinar por los caminos en que Cristo quiere reinar: en su pobreza, mansedumbre, humillación, en sus dolores, en su oración, ¡¡en su caridad humilde y abnegada!!

¡Si Cristo encontrara esa generación! Si Cristo encontrara uno… ¿querrás ser tú?, el más humilde. El más inútil a los ojos del mundo, puede ser el más útil a los ojos de Dios… Yo, Señor, nada valgo… pero confuso, con temor y temblor, yo te ofrezco mi propio corazón. El Señor entró a Jerusalén el día de su triunfo en un asno, y sigue fiel a esa su práctica, entra en las almas de los asnos de buena voluntad, pobres, mansos, humildes. ¿Quieres ser el asno de Cristo? Cristo no me quiere engañar, me precisa la empresa… Es difícil, bien difícil. Hay que luchar contra las pasiones propias, que apetecen lo contrario de su programa. ¡No estarán muertas de una vez para siempre, sino que habrán de ir muriendo cada día!

Hay que luchar contra el ambiente: amigos, familia, mundo, atracciones… todo parecerá levantarse escandalizado ante quienes pretendan, con tal ejemplo, por más modestamente que se dé, señalar su error. ¡Si me a­man querrán darme lo que llaman bienes! y librarme de exageraciones ridículas, pasadas de moda, «que hacen más mal que bien…». ¿A qué esas exageraciones? ¿Por qué no hacer como todos? Luchar contra los escándalos… luchar contra los desalientos de la empresa, el cansancio de la edad, la sequedad del espíritu, el tedio, la fatiga, la monotonía… Sí, hay que luchar, pero allí estoy Yo. Tened confianza en Mí, Yo he vencido al mundo. Mi yugo es suave y mi carga ligera… Venid a Mí los que estáis trabajados y car­gados y Yo os aliviaré… El que tenga sed, venga a Mí y beba. ¡¡Yo haré brotar en él una fuente que brota hasta la vida eterna!! (Jn 16,33; Mt 11,30.29; Jn 7,37–38).

Necesito de ti… No te obligo, pero necesito de ti para realizar mis planes­ de amor. Si tú no vienes, una obra quedará sin hacerse que tú, sólo tú puedes realizar. Nadie puede tomar esa obra, porque cada uno tiene su parte de bien que realizar. Mira el mundo; los campos cómo amarillean, cuánta hambre, cuánta sed en el mundo. Mira cómo me buscan a mí, incluso cuando se me persigue… Hay un hambre ardiente, atormentadora de justicia, de honradez, de respeto a la persona; una voluntad resuelta a hacer saltar el mundo con tal que terminen explotaciones vergonzosas; hay gentes, entre los que se llaman mis enemigos, que practican por odio lo que ense­ño por amor… Hay un hambre en muchos de Religión, de espíritu, de con­fianza, de sentido de la vida.

¿Difícil? ¡Sí! El mundo no lo comprenderá… Se burlará… Dirá: ¡exageraciones! ¡Que se ha vuelto loco! De Jesús se dijo que estaba loco, se le vistió loco, se le acusó de endemoniado… y finalmente se le crucificó. Y si Cristo viniera hoy a la tierra, horror me da pensarlo, no sería crucificado pero sería fusilado. Si viniera a Chile… se levantaría una sedición en su contra ¿de quiénes? ¿Qué se diría contra Él en la prensa, en las Cátedras? ¿Quiénes hablarían? Dios quiera que nosotros no formáramos parte del coro de sus acusadores, ni de los que lo fusilaran. ¿Difícil? ¡Sí! Pero aquí, sólo aquí, reside la vida.

En la gran obra de Cristo todos tenemos un sitio; distinto para cada uno, pero un sitio en el plano de la santidad. En la cadena de la gracia que Dios destina a la bondad. ¡Yo estoy llamado a ser un eslabón! Puedo serlo, puedo rechazar, ¿qué haré? La respuesta: Plantearme este problema a fondo ¡y responder con seriedad!

La respuesta de los jóvenes

Muchos no tendrán el valor de planteárselo. Será superior a sus fuerzas pero, ¿si pensaran en las fuerzas de Cristo? Si pensaran que con Cristo, ellos también podrían ser santos. ¡Que no se refugien en la cobardía del puro deber!

Otros darán la limosna de algo. ¡¡Algo es!! Peor sería nada. ¡Pero no es eso lo que Cristo pide! No hay que ofrecer otra cosa, insistiendo que es buena, cuando Cristo pide otra mejor: La voluntad de Dios única y sola­.

Los tesoros son los generosos, los que se entregan y afectan, y para estar seguros de hacer la voluntad del Señor, “actuando contra su sensibilidad” abrazan lo más difícil en espíritu, lo piden, lo suplican les sea concedido… y sólo dejarán aquellas donaciones si el Señor les muestra su camino en terreno más suave. Pero en cuanto de su parte, ¡a aquello van!

 

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El apóstol

Posiblemente texto preliminar del Padre Hurtado sobre la generosidad apostólica, en los Ejercicios Espirituales del Clero de Temuco, entre el 11 y 16 de enero de 1942.

  1. El apóstol ya no se pertenece

“Ya no sois vuestros” (cf. 1Cor 6,19–20). El apóstol ya no se pertenece más. Se vendió, se entregó a su Maestro. Para él vive, para él trabaja, por él sufre. El punto de vista del Maestro viene a ser el importante. Mis preocupaciones, mis intereses dejan lugar a los intereses del Maestro.

¿Qué trabajo escoger? No el que el gusto, el capricho, la utilidad o la comodidad me indiquen, sino aquel en el que pueda servir mejor. El servicio más urgente, el más útil, el más considerable, el más universal. ¡El del Maestro!

¿Con qué actitud? Se trabaja tanto si gusta como si disgusta, a mí y a los otros. Es el servicio de Vuestra Majestad. Debe proseguirse, extenderse, abandonarse, pero no por ambición humana, necesidad de acción, o conquista de influencia, sino porque es la obra del Maestro. Hacer lo que Él haría.

A esta obra se subordina todo, incluso la salud, la alegría espiritual, el reposo y el triunfo. Según lo de San Pablo: «”Me encuentro apretado por ambos lados: tengo deseo de verme libre de las ataduras de este cuerpo y estar con Cristo, lo cual es sin comparación mejor; pero el quedarme en esta vida es necesario para vosotros. Convencido de esto, entiendo que permaneceré todavía y me quedaré con vosotros” (Flp 1,23).

Es un trabajo amoroso, no de esclavo. No se queja, sino que se alegra de darse, como la madre por su hijo enfermo. Es un don total a la obra del Maestro que se abraza con cariño, de manera que llega a ser más sacrificio no sacrificarse: Ama su dolor.

         2. La paz apostólica

El mundo procura darnos la paz por la ausencia de todos los males sensibles y la reunión de todos los placeres. La paz que Jesús promete a sus discípulos es distinta. Se funda no en la ausencia de todo sufrimiento y de toda preocupación, sino en la ausencia de toda división interior profunda; se basa en la unidad de nuestra actitud hacia Dios, hacia nosotros, y hacia los demás.

Esta es la paz en el trabajo–sin–descanso: Mi Padre trabaja sin descanso. Yo también trabajaré (cf. Jn 5,17). El verdadero trabajo de Dios, que consiste en dar la vida y conservarla, atraer cada ser hacia su propio bien, no cesa, ni puede cesar. Así, los que de veras están asociados al trabajo divino no pueden descansar jamás, porque nada es servil en este trabajo. Un apóstol trabaja cuando duerme, cuando descansa, cuando se distrae… Todo eso es santo, es apostolado, es colaboración al plan divino.

La paz cristiana está fundada sobre esta unificación de todas nuestras potencias de trabajo y de resistencia, de todos nuestros deseos y ambiciones… El que en principio está así unificado y que poco a poco lleva a la práctica esta unificación, este tiene la paz.

         3. El celo de Pablo

El apóstol es un mártir o queda estéril. Procurar al predicar el celo, la abnegación, el heroísmo, que sean virtudes cristianas que nazcan del ejemplo y doctrina de Cristo. El celo de las almas es una pasión ardiente. Se basa en el amor; es su aspecto conquistador y agresivo, y cuando se toca al ser amado, se le toca a él. Así Pablo: «estoy crucificado con Cristo» (Gál 2,19), se pone furioso cuando se toca la fe de sus Gálatas… porque él está identificado con Cristo: tocar esa fe, es tocarlo a él. “No vivo yo, es Cristo quien vive en mí. O si yo vivo todavía en la carne, yo vivo en la fe al Hijo de Dios, que me ha amado y se ha entregado por mí” (Gál 2,20). No se toca a Cristo, sino pasando por Pablo.

A los Filipenses les cuenta cómo no le importa que otros prediquen a Cristo aunque sea por envidia a él. Lo que importa es que Cristo sea glorificado (Flp 1,15–18). Lo único que no tolera que le toquen es Cristo “para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia” (Flp 1,21). Lo demás no le importa, desasimiento total: “¿Cuál es mi recompensa? Predicar el Evangelio, sin ocasionar ningún gasto… Me hice todo para todos, por salvarlos a todos” (cf. 1Co 9,18ss).

En la acción no tenemos que ser nosotros mismos la intención final: hacernos estimar por nosotros, ni hacernos servir, ni engrandecer nuestra persona, ni interponernos entre Dios, Nuestro Señor Jesucristo, y las almas, o querer forzarlas a pasar por nosotros, guardarlas con nosotros, aun cuando un tiempo les fuimos útiles, indispensables, providenciales… Ni trabajar por agradar a los hombres (cf. Gál 1,10); pero en esto no hay que ser demasiado escrupuloso… sino que purificar su intención: “¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra?” (Sal 72,25). Hacer con gusto lo que no gusta o me gusta menos…

Entonces, ¿soy yo un esclavo? Sí, pero de Cristo. Y esto es el mayor bien y la mayor dulzura de nuestra vida. Pero para esto se necesita vocación: “Escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1Co 1,23–24).

 

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¡Sacerdote del Señor!

Carta al Padre Sergio Hurtado S.J., Lovaina, del 8 de octubre de 1933, después de haber sido ordenado sacerdote.

Mi querido P. Sergio:

Dios le pague sus cartas, que le he agradecido con toda el alma por ser tan espontáneas, fraternales y llenas de caridad. Yo quisiera tener mucho tiempo para conversar con usted sobre la mar de cosas, pues creo que estas charlas son no sólo sabrosas sino también muy provechosas, pero aquí siempre andamos alcanzados de tiempo, lo que no deja de ser una bendición de Dios.

Y ¡ya me tiene sacerdote del Señor! Bien comprenderá mi felicidad inmensa y con toda sinceridad puedo decirle que soy plenamente feliz. Dios me ha concedido la gran gracia de vivir contento en todas las casas por donde he pasado y con todos los compañeros que he tenido. Y considero esto una gran gracia. Pero ahora al recibir in aeternum la ordenación sacerdotal, mi alegría llega a su colmo, pues como decíamos en filosofía, la potencia ha llegado al acto. Ahora ya no deseo más que ejercer mi ministerio con la mayor plenitud posible de vida interior y de actividad exterior compatible con la primera.

El secreto de esta adaptación y del éxito está en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, esto es al Amor de Nuestro Señor desbordante, el Amor que Jesús como Dios y como hombre nos tiene y que resplandece en toda su vida. Si pudiéramos nosotros en la vida realizar esta idea: ¿qué piensa de esto el Corazón de Jesús, qué siente de tal cosa…? y procurásemos pensar y sentir como Él, ¡cómo se agrandaría nuestro corazón y se transformaría nuestra vida!

Pequeñeces y miserias que cometemos nosotros y que vemos se cometen a nuestro lado desaparecerían, y en nuestras comunidades reinaría una felicidad más sobrenatural y también natural, mayor comprensión, un respeto mayor de cada uno de nuestros hermanos, pues hasta el último merece que nos tomemos alguna pena por él y que no lo pasemos por alto. Es ésta una idea que me ocurre con frecuencia y que la pienso mucho, porque desearía realizarla más y más.

Yo creo que la devoción al Sagrado Corazón hemos de vivirla a base de una caridad sin límites, de una caridad exquisita bajo todo punto de vista, que haga que nuestros hermanos se sientan bien en compañía de sus hermanos y que los seglares se sientan movidos no por nuestras palabras, que la mayor parte de las veces los dejará fríos, sino por nuestra vida de caridad humano-divina para con ellos.

Pero esta caridad ha de ser también humana, si quiere ser divina. En este ambiente de escepticismo que reina ahora yo no creo que haya otro medio, humanamente hablando, de predicar a Jesucristo entre los que no creen sino éste del ejemplo de una caridad como la de Cristo.

Aquí estoy contentísimo con el P. [Francisco] Delpiano. Nos entendemos a las mil maravillas y creo que su compañía será para mí una gracia, pues podremos cambiar ideas sobre tantas cosas que nos interesan y criticar nuestras maneras de ver, de él y mías, y adaptar mejor lo que vemos a nuestras necesidades. ¡Cuántas veces hemos hablado del P. Sergio!

Adiós, mi querido Hermano Sergio. No me olvide delante del Señor.

Alberto Hurtado C. S.J.

 

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Cómo ser Santos

  1. La santidad se reduce a imitar a Cristo en lo que tiene de Dios por la vida de la gracia, y en lo que tiene de hombre por la práctica de las virtudes.
  2. Santos, Santos, hombres chiflados por su ideal, para los cuales Cristo sea una realidad viviente. Su evangelio: un código siempre actual. Sus normas: algo perfectamente aplicable a mi vida y que trato de vivirlo. Hombres que se esfuerzan en amar y servir a sus hermanos, como Cristo los serviría: Esos son los conquistadores del mundo.
  3. Un santo es imposible si no es un hombre, no digo un genio, sino un hombre completo dentro de sus propias dimensiones.
  4. El primer paso en la vida del Espíritu es sentirse conocido por Cristo, saber que me ama a mí que soy una persona, un amigo de Él.
  5. Hacerse conocido de Cristo es la primera gran conquista de la vida espiritual. En esto hay que insistir.
  6. ¿Qué haría Cristo en mi lugar? Ante cada problema, ante los grandes de la tierra, ante los problemas políticos de nuestro tiempo, ante los pobres, ante sus dolores y miserias, ante la defección de colaboradores, ante la escasez de operarios, ante la insuficiencia de nuestras obras ¿Qué haría Cristo si estuviera en mi lugar?.
  7. Si en estas circunstancias de ahora Cristo se hubiese encarnado y tuviese que resolver este problema ¿Cómo lo resolvería? ¿Obraría con fuerza o con dulzura? ¿Empuñaría el látigo con que arrojó a los vendedores del templo, o las palabras de perdón del padre del pródigo, las tiernas palabras de perdón que dirigió a Magdalena, a Pedro; las de paciencia que repitió tantas veces a sus rudos apóstoles..?
  8. …Y lo que yo entiendo que Cristo haría, eso hacer yo en el momento presente.
  9. Esa vida de la gracia es la primera aspiración de su alma. Estar en Dios, tener a Dios, y vivir la vida divina, ser templo de la Santísima Trinidad… Y de aquí, ante todo, aprecia el Bautismo que introduce, la Eucaristía que alimenta esa vida y que da a Cristo, y si la pierde, la penitencia para recobrar esa vida.
  10. Y luego de poseer esa vida, procura actuarla continuamente en todas las circunstancias de su vida por la práctica de todas las virtudes que Cristo practicó. En particular por la caridad. La virtud más amada de Cristo.
  11. La misión de este hombre es la de iluminar el mundo con la caridad de Cristo. Ofrecerse al mundo como una solución a sus problemas, ser para el mundo una luz, una gracia, una verdad que los lleve al Padre.
  12. …Si queremos realizar la vida de Cristo, no busquemos alimentos de sensibilidad, literatura, sino el gran alimento del cuál no podemos prescindir: la Eucaristía.
  13. Los que se preocupan de la vida espiritual no son muchos; y desgraciadamente, entre esos, no todos van por camino seguro. ¡Cuántos durante decenas de años hacen meditación y lectura sin sacar gran provecho! ¡Cuantos más preocupados de seguir un método que al Espíritu Santo!
  14. La Santidad: una gran confianza en Dios. El mundo necesita vidas santas entregadas a Cristo. La Santidad es lo único que tendrá la mano de Dios. Lo que va a transformar la tierra, es la Santidad. En esta hora del mundo Dios pide Santidad. La Santidad hace renacer la vida. Menos proselitismo y más santidad, menos palabras y más testimonios de vida.
  15. Un santo hace al mundo más rico, más bello, más bueno.
  16. Han de comprender… los alumnos que su santificación está vinculada a su trabajo escolar: su pupitre, sus libros, su pizarrón, sus láminas, sus tareas, son su instrumento de redención.
  17. Cuando un apóstol parte demasiado pronto para la acción o cesa en su trabajo de formación sufre las consecuencias. Uno queda en su acción apostólica al nivel de su verdadero valer. Sólo el santo santifica; sólo la luz alumbra, sólo el amor calienta.
  18. Hay otros grupos de hombres, plenamente convencidos de su causa, que han centrado su vida: los santos. Los Santos con mayúscula que están en los altares y los innumerables santos anónimos, que podríamos llamar santos con minúscula, que se debaten en la vida cotidiana contra el mal que los cerca y realizan su vida en la pureza y en la caridad.
  19. Hay hombres y mujeres que nunca pasan de actualidad: son siempre modernos; son los santos. … En ellos encontramos hermanos nuestros, de nuestra misma raza, luchando por los mismos ideales por los cuales luchamos nosotros afanosamente en nuestros tiempos.
  20. Los santos han tenido una misión histórica en su época;… porque han tenido y tienen una misión eterna en la Iglesia: levantarnos a la fe, a la seguridad total de la existencia y del absoluto de los valores del espíritu.
  21. Los santos guardan el equilibrio perfecto entre una oración y acción que se compenetra… Todos ellos se han impuesto horas, días, meses en que se entregan a la santa contemplación.
  22. …Mucho espíritu de adoración, con mucha paz interior, con una gran disposición a ser un instrumento de Cristo. En esto está la santidad.
  23. Dios creó el mundo para que en él florecieran los santos, para que le entregáramos libremente lo nuestro: cuerpo y alma.
  24. El día que no haya santos, no habrá Iglesia.
  25. Hambre de santidad, de santidad a imitación de Cristo… de santidad pobre, humilde y dolorosa; siervos de Cristo, ¡¡Redentor crucificado!!
  26. ¿Cómo obtener la rectitud de intención? Dominando mis afectos sensibles por la contemplación y la mortificación. Desarrollar en nosotros, por la meditación y la oración, el gusto de la voluntad de Dios. Entonces bajo cualquier disfraz que Dios se esconda lo hallaremos.
  27. Buscar en todo, no lo bueno, sino lo mejor, lo que más me acerca a mí a Dios; lo que pueda realizar en forma más perfecta la voluntad divina.
  28. Lo mejor es callarse y alegrarse cuando no hay una razón apostólica para hablar. El ansia de crecer en santidad: ojo porque es peligrosa si es con ansia. Que Él crezca, que Él sea grande.
  29. …Señor, la santidad es hambre y es sed. Dame Señor esa hambre, dame esa sed, para sanar porque estoy enfermo de pequeñas vanidades.
  30. La auténtica santidad se consuma siempre en la cruz.

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Un llamado personal

Una de las grandes conquistas de la vida cristiana consiste en comprender que Cristo se fija en cada uno de nosotros en particular para hacernos conocer su voluntad precisa. Se detiene frente a mí, frente a mí solo, y pone sus manos divinas sobre mi cabeza. Mientras nos consideramos como perdidos en una muchedumbre de fieles anónimos, mientras nos imaginamos que las palabras o invitaciones de Cristo van dirigidas a una masa de fieles, mientras mis relaciones con Cristo quedan como algo colectivo y vago, no he comprendido la paternidad divina, ni mi papel de hijo de Dios. El gran momento de la gracia llega cuando me doy cuenta que los ojos de Cristo se fijan en mí, que su mano me llama a mí en particular, que yo, yo soy el motivo de su venida a la tierra y el término de sus deseos bien precisos. El me ha reconocido de entre la muchedumbre. No soy uno entre miles. No existe esa multitud. Hay Dios y yo, y nada más, ya que todo lo demás, mis prójimos inclusive, los he de ver en Dios.

Conocer, pues, este llamamiento especial que Dios me dirige a mí en particular, ha de ser mi gran preocupación de toda la vida… La vida de un cristiano es un gran viaje que termina en el cielo. Nuestra más ardiente aspiración debe ser realizar ese itinerario, y no exponernos por nada del mundo a perder la estación de término que nos ha de llevar a la vista y al amor de Dios nuestro Padre.

San Alberto Hurtado S.J.

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El llamado del Señor

  1. Lo que sigue sólo se dirige a los hombres de corazón grande, a los magnánimos, a los que son capaces de entusiasmarse por un ideal que va más allá de lo estrictamente obligatorio, a los chiflados por Cristo… Los que no lo estén, o no tengan siquiera el ideal de estarlo, mejor es que se bajen del buque, porque no van a ser sino un peso muerto; lo que se va a decir no tendrá sentido para ellos…
  2. Esto es lo esencial del llamamiento de Cristo. ¿Quisieras consagrarme tu vida? ¡No es problema de pecado! ¡Es problema de consagración! ¿A qué? A la santidad personal y al apostolado. Santidad personal que ha de ir calcada por la santidad de Cristo. No hay dos almas iguales, ni menos dos santos, pero sí las leyes fundamentales son las mismas.
  3. Señor si en nuestro atribulado siglo XX una generación comprendiese su misión y quisiera dar testimonio del Cristo en que cree, no sólo con gritos que nada significan de Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera… ¿Dónde?, sino en la ofrenda humilde, silenciosa de sus vidas, para hacerlo reinar por los caminos en que Cristo quiere reinar: en su pobreza, mansedumbre, humillación, en sus dolores, en su oración, ¡en su caridad humilde y abnegada!
  4. Cristo no me quiere engañar, me precisa la empresa. Es difícil, bien difícil. Hay que luchar contra las pasiones propias, que apetecen lo contrario de su programa ¡No estarán muertas de una vez para siempre, sino que habrán de ir muriendo cada día!
  5. Pero ¡no te engañes! Si vienes conmigo has de trabajar conmigo, sacrificarte, renunciar a gustos y pasatiempos… lo superfluo de una vida social, de lecturas inútiles y frívolas, has de formarte, estudiar aunque esto sea penoso; has de orar aunque estés seco y desolado; has de ir al pobre, al mendigo, al niño, aunque sean rudos y torpes; has de ir a los ricos, aunque te rechacen y murmuren de ti; has de pedir dinero, colaboración, sacrificios, la vida misma de todos ellos.
  6. No se trata de una voluntad de esas generales, a bulto, sino una resolución: que quiero y elijo y es mi determinación deliberada. ¿Señor, qué quieres que haga?”
  7. Aquí está la clave. Crecer en Cristo…viviendo la vida de Cristo, imitando a Cristo, siendo como Cristo… Pero esta identificación ¿qué significa? No ciertamente una fría repetición de lo que hizo….tampoco es un estado sentimental o efectivo que depende tan poco de nuestra voluntad. Esta imitación de Cristo viene a consistir en vivir la vida de Cristo…. que mi actuación sea la de Cristo, no la que tuvo, sino la que tendría si estuviese en mi lugar. Ante cada problema, ante los grandes de la tierra, ante los problemas políticos, ante los pobres…. ¿Qué haría Cristo en mi lugar?
  8. Mi idea central es ser otro Cristo, obrar como él, dar a cada problema su resolución.
  9. ¿Qué haría Cristo en mi lugar? Ante cada problema, ante los grandes de la tierra ante los problemas políticos de nuestro tiempo, ante los pobres, ante sus dolores y miserias, ante la defección de colaboradores, ante la escasez de operarios, ante la insuficiencia de nuestras obras. ¿Qué haría Cristo si estuviese en mi lugar? Si en estas circunstancias de ahora Cristo se hubiese encarnado y tuviese que resolver este problema, ¿cómo lo resolvería? ¿Obraría con fuerza o con dulzura? ¿Empuñaría el látigo con que arrojó a los vendedores del templo, o las palabras de perdón del padre del pródigo, las tiernas palabras de perdón que dirigió a Magdalena, a Pedro; las de paciencia que repitió tantas veces ante sus rudos apóstoles…? Y lo que yo entiendo que Cristo haría, eso hacer yo en el momento presente. Aquí está toda la perfección cristiana; imitar a Cristo en su divinidad por la gracia santificante, y en su obrar humano haciendo en cada caso lo que él haría en mi lugar.
  10. Todo esto será letra muerta, todo esto será un bello ideal, un ensueño más, si no comenzamos por instaurar en nosotros mismos esa revolución social que proyectamos. La gran revolución no será posible sino cuando hayamos efectuado cada uno de nosotros mismos la pequeña revolución, la revolución de nuestra vida orientándola totalmente hacia Cristo. No nos engañemos en esto, porque el engaño sería el más grave de los engaños. Queremos incendiar; tenemos antes que nada incendiarnos nosotros mismos; queremos iluminar, tenemos antes que nada que ser luz; queremos dar sentido cristiano a la vida y cómo lo daremos si no lo tenemos nosotros mismos. El mundo está cansado de discursos, quiere hechos, quiere obras, quiere ver a los cristianos que encarnan como Cristo la verdad en sus vidas, quiere que podamos decirles cada uno de nosotros, aprendan de mí… ejemplo les he dado .
  11. … que mi vida cristiana esté llena de celo apostólico, del deseo de ayudar a los demás, de dar más alegría, de hacer más feliz este mundo. No sólo “nota” apostólica: consagración entera en mi espíritu y en las obras… una vida sin compartimentos, sin jubilación, sin jornadas de 8 ó 12 horas. Toda la vida entera y siempre para vivir la vida de Cristo. Al avanzar en años disminuye el ritmo vital, el idealismo primero es menos intenso, pero por la fe no disminuirá en nada la consagración de mi vida a Cristo.

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Patria

Te Deum

Prédica de acción de gracias pronunciada por el Padre Hurtado el 18 de septiembre de 1948, en Chillán.

Te Deum laudamus, acaba de entonar el Prelado rodeado de su Iglesia, de su Clero, de sus fieles, de las más altas autoridades civiles, judiciales, militares de la Provincia. Te Deum laudamus [A Ti, oh Dios, te alabamos], ha entonado como un himno de acción de gracias al Creador por los beneficios recibidos por nuestra Patria en los 138 años de vida independiente, y en particular el más reciente.

¡Cómo no elevarse hasta el cielo en una férvida acción de gracias a Aquel de quien desciende todo don al contemplar nuestra hermosa tierra (cf. Sant 1,16), la más bella del universo, nuestras montañas austeras que invitan a la seriedad de la vida, nuestros campos fértiles, nuestro cielo azul que invita a la oración, el alma de nuestros hermanos chilenos inteligente, esforzada, valiente, franca, leal!

¡Cómo no elevarse hasta el cielo al recordar nuestra historia cargada de bendiciones del cielo que nos han hecho una Nación digna, respetable, en toda América y Europa, admirada como ejemplo de cordura, sensatez, especialmente pública, a la cual se ha mirado durante una centuria como a una inspiración, cuya legislación han copiado los países vecinos, cuyos maestros y militares han sido invitados para organizar la educación y el ejército en varios países de América, cuyos juristas han presidido la Sociedad de las Naciones y han sido árbitros de conflictos internacionales!

¡Cómo no agradecer a Dios aun aquello que tal vez pudieran algunos lamentar como una desgracia: la resistencia de nuestra tierra a entregar sus riquezas! En el norte, el salitre en medio del desierto; en el centro, la agricultura entre ásperas montañas que ha sido necesario a veces horadar para hacer llegar el agua de regadío; en el sur, los bosques vírgenes que han debido caer para abrir paso a las vías de comunicación, para roturar las tierras; en el sur, en tierras inclementes barridas por los vientos pacen nuestros ganados; debajo del mar, yace nuestro carbón; y aun allá en el último confín del globo, en las nieves eternas, hay riquezas que pueden traer bienestar al hombre, confiadas por Dios a Chile, y allí montan guardia, junto al Pabellón Nacional, un grupo de nuestros compatriotas que preparan una nueva página de nuestra historia.

Una Nación, más que su tierra, sus cordilleras, sus mares, más que su lengua, o sus tradiciones, es una misión que cumplir. Y Dios ha confiado a Chile esa misión de esfuerzo generoso, su espíritu de empresa y de aventura, ese respeto del hombre, de su dignidad, encarnado en nuestras leyes e instituciones democráticas.

Esfuerzo y aventura que llevó a Chile hasta colaborar en la liberación de las naciones vecinas, hasta realizar hazañas militares que parecían imposibles, hasta arrancar sus secretos al desierto y a la cordillera, hasta partir audaces a California y a Panamá, y en ambas regiones uno encuentra recuerdos del paso y del esfuerzo nacional. Y todas estas conquistas consumadas por un espíritu jurídico de respeto al hombre que se tradujo en instituciones, en leyes civiles y sociales en un tiempo modelo en América y en el mundo. ¡Cómo no dar gracias a Dios por tantos beneficios!

Pero el Te Deum laudamus entonado por nuestro Prelado tiene también otro sentido: mezcla de dolor arrepentido por la tarea no cumplida, la Patria alza su voz pidiendo el auxilio del cielo para cumplir la misión confiada, para ser fiel a esa misión que Dios ha querido estampar en la austeridad de nuestras montañas y campos.

La austeridad primitiva desaparece: el dinero ha traído fiebre de gozo y de placer. El espíritu de aventura, de las grandes aventuras nacionales, se debilita más y más, una lucha de papel sellado sucede a la lucha contra la naturaleza. La fraternidad humana, que estuvo tan presente en la mente de nuestros libertadores al acordar como una de sus primeras medidas la liberación de la esclavitud, sufre hoy atroces quebrantos al presenciar cómo aún hoy miles y miles de hermanos son analfabetos, carecen de toda educación técnica, desposeídos de toda propiedad, habitando en chozas indignas de seres humanos, sin esperanza alguna de poder legar a sus hijos una herencia de cultura y de bienes materiales que les permitan una vida mejor; los dones que Dios ha dado para la riqueza y la alegría de la vida son usados para el vicio; las leyes sociales bien inspiradas pero ineficaces, por la circunstancia de la devaluación monetaria, son casi ineficaces; la inseguridad social amenaza pavorosamente al obrero, al empleado, al anciano.

Chile tiene una misión en América y en el mundo: misión de esfuerzo, de austeridad, de fraternidad democrática, inspirada en el espíritu del Evangelio. Y esa misión se ve amenazada por todas las fuerzas de la vida cómoda e indolente, de la pereza y apatía, del egoísmo.

Y en esta hora en que nos reunimos como en una gran familia, y miramos agradecidos y orgullosos nuestras glorias, no dejemos de mirar con serenidad y virilidad nuestros deberes. La misión de Chile queremos cumplirla, nos sacrificaremos por ella. Nuestros Padres nos dieron una Patria libre, a nosotros nos toca hacerla grande, bella, humana, fraternal. Si ellos fueron grandes en el campo de batalla, a nosotros nos toca serlo en el esfuerzo constructor.

Pero esta misión ha dejado de cumplirse porque las energías espirituales se han debilitado, porque las virtudes cristianas han decaído, porque la Religión de Jesucristo, en que fuera bautizada nuestra Patria y cada uno de nosotros, no es conservada, porque la juventud sumida en placeres ya no tiene generosidad para abrazar la vida dura del sacerdocio, del magisterio y de la acción social. Es necesario, antes que nada, producir un reflotamiento de todas las energías morales de la Nación: los católicos, los que creen en Dios y en el espíritu del Evangelio, los hombres todos de buena voluntad, como nos exhorta el Papa, para salvar las bases de la civilización que está en peligro. Reflotamiento moral, valorizar las energías espirituales, devolver a la Nación el sentido de responsabilidad, de fraternidad, de sacrificio, que se debilitan en la medida en que se debilita su fe en Dios, en Cristo, en el espíritu del Evangelio.

Y estas ideas con qué alegría puede uno pronunciarlas en Chillán, en la Patria de O’Higgins, aquel hombre lleno de valores morales porque lleno de fe: de fe en los campos de batalla, en el cargo de Director Supremo y en su morada de Montalván, donde oía con gran premio la Santa Misa; de fe hasta el fin, queriendo ser cubierto con el hábito de San Francisco.

Este mismo fue el espíritu de Prat, el más valiente chileno y el más ferviente cristiano con el escapulario de la Virgen al cuello; el espíritu de Bulnes que, retirado en los alrededores de Chillán, se gloriaba de decir que sus victorias las debía a la Virgen del Carmen; el espíritu de cada uno de nuestros grandes Padres y el espíritu de nuestros humildes y valientes soldados, el espíritu de nuestras madres y de nuestras abuelas que nos formaron en el respeto a Dios, en el amor a Cristo y a su Madre, y en la austeridad, el esfuerzo y la caridad fraternal.

Te Deum laudamus, hemos dicho y Te Deum laudamus hemos de repetir a cada instante, pidiendo al cielo que Dios siga protegiendo la Patria querida, bendiciendo a sus gobernantes y esforzando a su Pueblo para ser fieles a la misión que Él nos confiara.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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La responsabilidad política

Extracto del capítulo seis del libro “Humanismo Social” escrito por el Padre Hurtado.

Aquellos que han buscado, o al menos han aceptado la responsabilidad de los destinos del país, tienen una responsabilidad, la mayor de todas, porque es la más extensa; abarca a todos los ciudadanos y todas sus necesidades.

¿Se dan cuenta de ordinario los políticos de la responsabilidad de su cargo? Uno puede dudarlo… ¡Con qué fervor hacen promesas de consagración a la Patria y a sus intereses que se olvidan al día siguiente de la elección!

Muchos van a la política para brillar, para surgir, para destacarse: motivos pobres. Otros para defender intereses de un gremio obrero o capitalista, o lo que es más triste todavía, puramente personales; para disfrutar de una influencia que se puede hacer pagar, motivo indigno y bochornoso. Otros van a defender los intereses de su partido, un motivo justo pero insuficiente, porque sobre los intereses del partido están los intereses nacionales. Otros, Dios quiera que sean muchos, van a la política para servir al país.

Un Presidente no debe ser liberal ni radical, sino Presidente de los Chilenos; y lo mismo un senador o un diputado, es senador de la Patria y ante los intereses de la Patria deben ceder todos los intereses particulares, incluso los de su partido, si alguna vez llegan a estar en oposición.

A los políticos quisiéramos los simples ciudadanos verlos de cabeza en los intereses de la Patria, estudiando con pasión los medios de hacerla progresar, de solucionar sus hondos problemas: ¿cómo instruir nuestra masa de analfabetos?; ¿cómo hacer servir mejor a las necesidades nacionales nuestra educación?; ¿cómo mejorar la formación de nuestros maestros?; ¿cómo disminuir la mortalidad infantil?; ¿cómo alimentar nuestra población desnutrida?; ¿cómo dar en realidad de verdad pan, techo y abrigo a nuestro pueblo? Quisiéramos verlos hacer un examen de conciencia nacional sobre el presupuesto y revisar partida por partida los gastos nacionales.

Ojalá pudieran llegar también a nuestro parlamento en forma efectiva, las voces de los ciudadanos, sus aspiraciones, sus clamores y fueran tomados en serio.

El político ha de ser un hombre de estudio, “consagrado” a su cargo, lo que tenemos tanto más derecho de pedir y aún de exigir cuanto ahora todos los políticos están altamente, por lo menos suficientemente, remunerados. Y si por sus preocupaciones personales, por sus negocios, no tienen tiempo de “estudiar”, de “consagrarse a la Patria”, que no entren a la política, pues una actuación descuidada significa traicionar a la Patria en momentos muy graves.

Este descuido debería ser severamente sancionado. ¿Cómo? Es bien difícil decirlo: pero que los mismos políticos descubran el camino efectivo de realizarlo.

La fiscalización administrativa es indispensable, con tal que sea realizada con alto espíritu público, con la mirada puesta en la Patria, más que en los intereses del propio partido o en la combinación que representa. Si el mal está en las propias filas, que sea denunciado con tanta fuerza y vehemencia como si estuviera en las adversas y si el mal lo comete un adversario que la crítica no obedezca a otro fin que al bien público, no al rencor político, pues eso divide más la familia nacional, y hace perder toda eficacia a la crítica.

¡Si pudiéramos llegar a tener un cuerpo numeroso de políticos nacionales! Hombres que no tengan empacho en acercarse a su adversario político, para pedirle su colaboración en un proyecto de bien público y de asegurarle sinceramente su apoyo en cuanto haga por el bien común. Todo cede ante el bien del País.

Se dirá que todo esto parece ignorar las realidades, que la vida de cada día es muy diferente, que los adversarios harán imposible esa conducta… Creemos sincera y firmemente que esto no es así. Hemos visto a políticos contemporáneos de algunos grandes países realizar esa superación de sus problemas. Por otra parte, cuando se mira la historia nacional en sus grandes períodos que no están muy lejos del nuestro, vemos la consagración de sus gobernantes al bien de la Patria.

La política tiene una función social y, precisamente porque los políticos están más altamente colocados, porque tienen una labor directiva, de ellos ha de venir al país un ejemplo de moralidad privada y pública, de honradez, de sobriedad de vida, de trabajo, de consagración al bienestar nacional.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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La acción política

Extracto del capítulo doce del libro “Humanismo Social” escrito por el Padre Hurtado.

Nuestra época necesita afirmar fuertemente la responsabilidad de cada hombre en los intereses comunes. Entre los deberes de justicia el cumplimiento de los deberes cívicos es una obligación grave de todo ciudadano. La política mira al bien común, está destinada a crear las instituciones de justicia social que traen el bien general.

¡Cuántos bienes dependen de las leyes! La educación, bienestar, libertad, el respeto a la conciencia, la organización de la vida económica, la defensa de la patria. A nadie, por tanto, le es lícito desinteresarse de una causa en que se juegan intereses tan importantes.

La colaboración de cada cual será diferente según su edad, preparación, independencia económica. En la juventud el aspecto formación es el más importante, pues mientras mayor sea esa formación mayor será su influencia en los destinos nacionales.

Países jóvenes como el nuestro necesitan especialistas bien preparados que puedan dar una orientación bien definida a sus problemas. Y eso no se improvisa. Por eso conviene que desde el colegio se forme a los niños en contacto con las necesidades nacionales, aprendan a discutirlas y adquieran conciencia de que en ellos descansa el futuro del país.

La formación política de la juventud debe inculcar la primacía de los intereses nacionales sobre los partidistas, la sinceridad, la abnegación y disciplina en el servicio del partido pero, más aún, en el servicio de la nación; no debe fomentar el odio a los otros partidos y debe hacer posible el espíritu de comprensión para llegar a entenderse cuando haya intereses superiores en juego. Ahondar divisiones en la familia nacional es crimen de lesa patria; acortar distancias es trabajar por la grandeza del país.

La autoridad es absolutamente necesaria; hay una inmensa falta de respeto al poder establecido que es necesario afirmar. Las sanciones eficaces son indispensables y hace falta que sean en verdad eficaces frente a los grandes como a los pequeños, y más frente a los grandes, porque su responsabilidad es aún mayor.

Acabar con la miseria es imposible, pero luchar contra ella es deber sagrado. Que el país vea que sus políticos no buscan intereses personales, sino los de la nación y que ponen todas sus energías para dar bienestar no a un grupo sino a la masa de sus conciudadanos; que si no se obtiene todo lo que se desea es porque la pobreza de la nación, la falta de medios humanos y técnicos no permiten llegar más lejos. Eso convence.

Hemos de desear un orden social cristiano. Un Estado es cristiano no solo cuando establece el nombre de Dios en sus juramentos, sino cuando el sentido del Evangelio domina su espíritu. Colaborar a un orden social así concebido es realizar la mayor obra de caridad social.

El patriotismo no ha de ser belicoso con otros países. La nación, más que por sus fronteras, se define por la misión que tiene que cumplir. Querer que la patria crezca no significa tanto un aumento de sus fronteras cuanto el cumplimiento de su misión. ¿Cuál es la misión de mi patria? ¿Cómo puede realizarla? ¿Cómo puedo colaborar yo a ella?

La suerte de los otros países no puede ser extraña a quien tiene hondo sentido social y ha de propiciar en la medida de su influencia una política internacional justa.

Todas las tentativas que se hagan por la comprensión internacional, por la creación de un derecho e instituciones internacionales deben encontrar en los católicos sus más ardientes partidarios.

El odio contra otros países, la suspicacia convertida en sistema, la prédica “anti” contra tal o cual país, los prejuicios raciales, el orgullo de superioridad nacional, el patriotismo convertido en sistema, todo esto ha de ser eliminado pues se opone a la fraternidad internacional. El amor a la patria, lo repetimos, más que en el ensanche de sus fronteras se ha de traducir en el cumplimiento de su misión.

Y si en virtud de la justicia o de la caridad, porque también hay caridad internacional, se llega a ver la necesidad de medidas que beneficien a otros países, aún a expensas del propio, hay que propiciar tales soluciones, pues los problemas internacionales, no menos que los de la vida privada, han de ser resueltos en justicia y caridad. ¡Nunca será patriotismo negarse a escuchar esas voces!

San Alberto Hurtado S.J.

 

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El patriotismo

Extracto de un texto más largo. En archivo de documentos del Padre Hurtado. Documento S11 y 01.

El ciudadano debe considerar su país como su patria, la prolongación de la familia, y debe sentir por ella algo de lo que siente por sus padres.

La patria aparece como una persona moral, encarnación de sentimientos de veneración, de afecto, de entrega. Ella evoca toda una historia familiar de hechos gloriosos y tristes en los que participaron nuestros mayores; un sentimiento de solidaridad que une a los compatriotas con vínculos cuasi familiares, mucho más íntimos que con los ciudadanos de los demás países; un sentido de obligación, de trabajar por ella, de engrandecerla, de hacer que todos los bienes que ella encierra actual o potencialmente hagan la felicidad de los ciudadanos.

El patriotismo más que un sentimiento emotivo debe despertar en los ciudadanos la conciencia de gratitud por los bienes recibidos y el sentido del deber y del honor frente a la patria.

El patriotismo no ha de ser belicoso con otros países. La nación más que por sus fronteras se define por la misión que tiene que cumplir. Querer que la patria crezca no significa tanto un aumento de sus fronteras cuanto la realización de su misión. ¿Cuál es la misión de mi Patria? ¿Cómo puede realizarla? ¿Cómo puedo colaborar a ella? Esto reclama de todos un hondo sentido social, uno de los que más falta en nuestros días.

Los problemas nacionales tan cargados de pasión deberían poder resolverse por vía pacífica. Esto sería posible si los que tienen cedieran parte de sus privilegios, para que los que no tienen posean algo. Los profesionales y la juventud estudiosa deberían acercarse al pueblo para conocer sus problemas, organizar cruzadas de educación y cultura, estudiar cómo abaratar la vida, cómo crear nuevas riquezas, cómo servir con más eficiencia y menos costo, pensando que una profesión más que un medio de lucro es un servicio.

El concepto de patria, como el de familia bien entendido, exige sacrificios para que haya entre todos los miembros de la familia nacional, si no la igualdad que es imposible, al menos una vida digna de hombres para todos. De lo contrario ¿qué puede significar la patria para esos parias que nada han recibido de ella? ¿Cómo podrán amarla y respetarla, cuando ven que en ella se descuidan y atropellan los derechos humanos fundamentales? Tantos movimientos revolucionarios han encontrado su raíz y después su caldo de cultivo en la miseria y en la falta de respeto a su dignidad de hombres.

El respeto a las instituciones puede llegar a parecer fuera de lugar. Una actitud de violencia puede parecer más eficaz que la educación de las conciencias; en el lugar de la caridad que transforma las almas, el sable que corta las discusiones; en el lugar del apostolado humilde la fuerza y el castigo. Y algunos pueden aspirar a reemplazar la democracia por el totalitarismo.

La autoridad es absolutamente necesaria; hay una inmensa falta de respeto al poder establecido que es necesario afirmar. Las sanciones eficaces son indispensables y hace falta que sean en verdad eficaces frente a los grandes como a los pequeños, y más frente a los grandes, porque su responsabilidad es aún mayor. Pero al juzgar la anarquía juzguemos sus causas, mirémoslas con profundo espíritu de justicia y caridad y antes que pedir cañones tengamos la conciencia de no estar amparando injusticias.

La mejor manera de acabar con las huelgas es acabar con la miseria y con los prejuicios que mantienen el clima de agitación social. Acabar con la miseria es imposible, pero luchar contra ella es deber sagrado. Que el país vea que sus políticos no buscan intereses personales, sino los de la nación y que ponen todas sus energías para dar bienestar no a un grupo sino a la masa de sus conciudadanos; que si no se obtiene todo lo que se desea es porque la pobreza de la nación, la falta de medios humanos y técnicos no permiten llegar más lejos.

San Alberto Hurtado S.J.

 

 

 

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Pobreza

Mensaje de Navidad a los amigos del Hogar de Cristo

El Padre Hurtado, fundador del Hogar de Cristo, escribió esta carta de despedida a los amigos de su obra, cuatro días antes de su muerte, el 18 de agosto de 1952.

A los amigos del Hogar de Cristo:

Al dar mi último saludo de Navidad, quisiera darles las gracias a todos los amigos conocidos y desconocidos que de muy lejos a veces han ayudado a esta obra de simple caridad de Evangelio que es el Hogar de Cristo.

Al partir, volviendo a mi Padre Dios, me permito confiarles un último anhelo: el que se trabaje por crear una cama de VERDADERO AMOR Y RESPETO AL POBRE, porque el pobre es Cristo. “Lo que hiciereis al más pequeñito, a mí me lo hacéis”.

El Hogar de Cristo fiel a su ideal de buscar a los más pobres y abandonados para llenarnos de amor fraterno, ha continuado con su HOSPEDERIAS de hombres y mujeres, para que aquellos que no tienen dónde acudir encuentren una mano amiga que los reciba.

LOS NIÑOS VAGOS recogidos uno a uno en las frías noches de invierno han llenado la capacidad del Hogar. 5.000 vagan por Santiago… ¡Si pudiéramos recogerlos a todos… y darles educación… Para ello un nuevo pabellón sé está construyendo con capacidad para 150 niños, el cual les ofrecerá las comodidades necesarias para una labor educacional seria.

LOS TALLERES de carpintería, gasfitería, hojalatería, enseñan un oficio a estos hijos del Hogar de Cristo. Nuevos talleres, Dios mediante, de mecánica, imprenta, encuadernación, ampararan la labor de los actuales.

LAS NIÑAS VAGAS, ayer inexistentes, son hoy una triste realidad. 400 hay fichadas por Carabineros. ¡Cuantas más existen que envueltas en miseria y dolor van cayendo física y moralmente! Un hogar se abrirá en breve para ellas. LA CASA DE EDUCACION FAMILIAR, del Hogar de Cristo, la cual está ya terminada, las capacitará para sus deberes de madre y esposa con sus cursos de cocina, lavado, costura, puericultura, etc. prestando esta misma Casa un servicio a todo el barrio.

LOS ANCIANOS tendrán también su HOGAR, es decir, el afecto y cariño que no les puede brindar un asilo. Para ellos quisiéramos que la tarde de sus vidas sea menos dura y triste. ¿No habrá corazones generosos que nos ayuden a realizar este anhelo?

A medida que aparezcan las necesidades y dolores de los pobres, que el Hogar de Cristo, que es el conjunto anónimo de chilenos de corazón generoso, busquen como ayudarlos como se ayudaría al Maestro.

Al desearles a todos y a cada uno en particular una feliz Navidad, os confío en nombre de Dios, a los pobrecitos.

ALBERTO HURTADO CRUCHAGA, S. J.
Capellán.

 

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Sociedad actual

Reacción cristiana ante la angustia

Documento del Padre Hurtado redactado en París, en noviembre de 1947.

El alma que se ha purificado en el amor con frecuencia es atormentada por la angustia. No la angustia de su propia suerte: tiene demasiado amor, espera profundamente, como para detenerse en la consideración de sus propios males. Él se sabe pequeño y débil, pero buscado por Dios y amado de Él…

Es la miseria del mundo la que le angustia. La locura de los hombres, su ignorancia, sus ambiciones, sus cobardías, el egoísmo de los pueblos, el egoísmo de las clases, la obstinación de la burguesía que no comprende, su mediocridad moral, el llamado ardiente y puro de las masas, la vista tan corta, a veces el odio de sus jefes. El olvido de la justicia. La inmensidad de ranchos y pocilgas. Los salarios insuficientes o mal utilizados. El alcoholismo, la tuberculosis, la sífilis, la promiscuidad, el aire impuro. El espectáculo banal, el espectáculo carnal, tantos bares, tantos cafés dudosos, tanta necesidad de olvido, tanta evasión, tanto desperdicio de las formas de la vida. Tanta mediocridad en los ricos como en los pobres. Una humanidad loca, que se aturde con música barata y que luego se bate.

El alma se siente sobrecogida por una gran angustia. La miseria del mundo, que se ha ido a vivir en su alma, tortura el alma. El corazón va como a estallar. Ya no puede más. Las entrañas se aprietan, la angustia sube del corazón y estrecha la garganta.

¿Qué hacer, Señor? ¿Hay que declararse impotente, aceptar la derrota, gritar: sálvese quien pueda? ¿Hay que apartarse de este arroyo mal oliente? ¿Hay que escaparse de este delirio?

No. Todos estos hombres son mis hermanos queridos, todos sin excepción alguna. Esperan que se los ilumine. Necesitan la Buena Nueva. Están dispuestos a recibir la comunicación del Espíritu, con tal que se les comunique; con tal que haya alguien que por ellos haya pensado, haya llorado, haya amado; con tal que haya alguien que esté cerca de ellos muy cerca para comprenderlos y echarlos a caminar; con tal que haya alguien que, antes que nada, ame apasionadamente la verdad y la justicia, y que las viva intensamente.

Con tal que haya alguien que sea capaz de liberarlos, de ayudarlos a descubrir su propia riqueza, la que está oculta en su interior, en la luz verdadera, en la alegría fraternal, en deseo profundo de Dios.

Con tal que quien quiera ayudarlos haya reflexionado bastante para captar todo el universo en su mirada, el universo que busca a Dios, el universo que lleva el hombre para hacerlo llegar a Dios, mediante la ayuda mutua de los hermanos, hechos para amarse, para cooperar en el reparto equitativo de las cargas y de los frutos; mediante el análisis de la realidad sobre la cual hay que operar, por la previsión de los éxitos y de las derrotas, por la intervención inteligente, por la sabiduría política en fin reconquistada, por la adhesión a toda verdad; por la adhesión a Cristo en la fe. Por la esperanza. Por el don pleno de mí mismo a Dios y a la humanidad, y de todos aquellos a los cuales voy a llevar el mensaje y a encender la llama de la verdad y del amor.

 

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Los grandes dolores

Extracto de un texto más largo llamado “Las virtudes viriles”, redactado por el Padre Hurtado en París, en noviembre de 1947.

Un gran dolor cuando se trabaja en común, es el abandono progresivo de muchos, que abandonan el equipo y abandonan el plan de Dios.

Un gran dolor es darse cuenta de la lentitud con que penetra el Mensaje, del rechazo que le oponen los hombres, de ver cómo prefieren las tinieblas a la luz (Juan 3,19).

Un gran dolor, el mayor tal vez, es darse cuenta que la Iglesia tiene en sí todo cuanto puede establecer el mundo en la paz, y encontrar dormidos a la mayor parte de los mejores cristianos, y tantos sacerdotes que no han comprendido el Mensaje.

Un gran dolor es encontrar la oposición de los grupos paralelos o llamados a completarse, con quienes habría que marchar, en perfecta armonía, en la batalla.

Un inmenso dolor es encontrar tanta verdad, tanta generosidad, tanta habilidad, en aquellos que pretenden liberar al hombre, pero que, ignorando a Cristo, no hacen sino encadenarlo.

Un gran dolor es sentirse imponente ante un gran dolor.

Un gran dolor es el amor que fracasa y que no encuentra eco alguno en aquellos a quienes se dirige. A veces al hombre apostólico todo le parece perdido. No hay más que fracasos en perspectiva. Por todos lados, muros. No se ve una salida. Los colaboradores flaquean, la salud se debilita. Se encuentra privado de su fuerza, de su confianza, de su optimismo, de su testimonio interior. Pero sobre todo no tienes ánimo, te sientes cansado, como sin resorte… Después de todo ¿no te equivocaste al tomar este camino? ¿Por qué haber pretendido abarcar tanto y cosas tan difíciles? ¿No quiere todo esto decir que has de echar marcha atrás?

Un gran dolor, en otros momentos, es la soledad. Se puede estar rodeado y sentirse solo. Lleva uno en su interior, sus planes, sus angustias, sus certezas. Los que lo rodean, sin maldad alguna, ni siquiera se interesan por lo que para él es vital.

Y hay un dolor, ese sí que es grande, cuando Dios mismo parece haberse marchado.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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La sobriedad de la vida

Extracto del capítulo nueve del libro “Humanismo Social” escrito por el Padre Hurtado.

La vida social es necesaria

La vida social es en sí legítima. ¿Quién puede censurar una sana diversión, un honesto esparcimiento, el descanso después del trabajo? En este sentido más que legítima la llamaría obligatoria. La vida social ha existido siempre en todos los tiempos, en todos los países y en todos los ambientes.

Pero la vida social para llenar su misión ha de ir envuelta en un ambiente de verdad, de simplicidad, de alegría, ha de ser proporcionada a los medios y al rango de los que la llevan, ha de estar sujeta a la caridad y al bien común, bien común, que es la suprema ley social.

Ambiente de nuestra vida social actual

Para juzgar nuestra vida social es necesario conocer el ambiente propio de nuestro siglo, ambiente del que participan en mayor o menor grado todas las clases sociales. Comprender ese ambiente explica, aunque no justifica, la realidad de la vida social contemporánea.

El hombre de por sí es naturalmente gozador, pero esta hambre de placer se ve acrecentada extraordinariamente en nuestro siglo por el materialismo que todo lo invade. Los ídolos de nuestro tiempo son el amor, el dinero, el éxito, la honra y uno muy característico de nuestro siglo: el confort. Confort y placer son palabras que casi resumen las aspiraciones del hombre masa de nuestra época.

La industria ha multiplicado los instrumentos de placer en forma exorbitante y una vivísima propaganda comercial los presenta al apetito de todos como aspiraciones que deben necesariamente ser satisfechas. Las vitrina, avisos de la prensa y radio exaltan el apetito de todo aquello que nos dará confort, placer, sensaciones nuevas y desconocidas.

El mismo ambiente científico de nuestro siglo participa de esta mentalidad; y así nuestra época ha visto elaborarse filosofías muy en boga hoy día; el positivismo, el pragmatismo, el relativismo. Según estos sistemas lo único que cuenta es lo positivo, lo que se pesa, lo que se ve, lo que se mide. El criterio del valor en nuestro siglo es la utilidad; y filósofos muy de moda ahora han dicho que es verdadero lo que conviene; que es falso lo que no sirve.

Se ha mundanizado toda la vida. La vida social tal como actualmente se concibe ha trastornado tan completamente los valores que en todo se busca la exhibición, el lujo, el deseo de aparecer inclusive en los actos religiosos. Falta totalmente el espíritu de sobriedad tan connatural al espíritu cristiano que propone como virtud la penitencia y el sacrificio. Divertirse… bien, pero esa serie de fiestas una tras otra como para estrujar la posibilidad del placer, denota un espíritu enfermizo, una huida constante de sí mismo, una evasión de lo serio, un ansia de voluptuosidad inmoderada.

Esta vida social desmedida trae como fruto inmediato el deseo de prolongarla aun cuando ha pasado la época que normalmente podríamos llamar de vida social… De aquí que se vea con tanta frecuencia que los matrimonios jóvenes continúen saliendo con tanto o mayor fervor que durante solteros. Esta vida social de matrimonios jóvenes es aún más peligrosa y funesta de consecuencias.

Por otra parte estas fiestas sociales van creando un espíritu de rivalidad social. Se ostenta lo que no se tiene y otros que aún tienen menos incurren en gastos aún mayores para no quedarse atrás. Cuántas veces en la casa falta lo necesario y sin embargo se hace ostentación de lo superfluo. A veces faltan las sábanas, la ropa interior, el pan; no se ha pagado a la servidumbre y se participa en fiestas costosas. ¿Es esto sensato?

Una consecuencia aún más grave de la vida social desmedida es el mayor encono que adquiere la lucha social. Enorme es el escándalo de quienes ven gozar a un sector de la sociedad de todas las delicias de la vida, mientras ellos carecen de todo. Es horrible el contraste entre quienes nadan en la abundancia y quienes se ahogan en la desesperación de la indigencia. Esto va enconando día a día los ánimos.

El contraste es demasiado horrible. No decimos que sea injusto ese despilfarro, pero sí, al menos en las circunstancias actuales, es subversivo. Subversivo es hacer la revolución y más subversivo aún provocarla.

Estos desmedidos gastos que origina una vida social artificial son causa también de que con frecuencia no se mejore la situación del pobre, porque el tren de vida de quienes poseen el capital cuesta demasiado caro. Una vida social más moderada traería consigo más alegría para todos. Para los ricos que tendrían goces más sencillos, más naturales y, por lo tanto, más verdaderos; para los pobres que participarían con mayor generosidad en los beneficios económicos de sus patrones.

Se pretende paliar este lujo diciendo que así se da trabajo a mucha gente, que suprimir muchas fiestas costosas sería dejar en la calle a gremios de modestas personas que viven por este medio… Sí, pero ¿no podría darse otro género de trabajo a esos obreros? ¿No podría darse otra inversión más útil a ese mismo capital?

La más grave de las consecuencias de una vida social precoz y exagerada está en el auge creciente del materialismo que todo lo invade. Tanta materia ahoga el espíritu; tanta diversión acaba con la seriedad necesaria de la vida para los grandes trabajos; tanta sensualidad acaba con la sobriedad de las costumbres.

Nos quejamos a veces de que las viejas tradiciones de Chile desaparecen; echamos de menos la sobriedad de costumbres de antaño… tengamos la sinceridad de hacer un examen de conciencia. Como modesta ayuda a este examen han sido escritas las líneas que anteceden, sin el más leve deseo de herir, con el deseo de no encender sino de apagar la llama de las divisiones sociales. Porque fuego de odios habrá mientras haya combustible. Lo sensato para solucionar el problema no es cerrar los ojos sino abrirlos de par en par para ver la realidad de la lucha contemporánea; abrir bien abiertos los oídos para escuchar las quejas amargas de los que sufren y sus querellas, y luego con espíritu cristiano suprimir cuanto se oponga a nuestra razón o a nuestras creencias.

Quisiéramos invitar a una reflexión en forma particular a nuestros hermanos en la fe, no porque ellos den motivos especiales de queja en su vida social; no porque su vida de diversiones tenga un carácter más exagerado que el de aquellos que no tienen sus creencias, sino porque los católicos tenemos obligaciones más estrechas, tenemos un precepto de caridad más enérgico, tenemos una conciencia de solidaridad social inmensamente mayor.

Hagamos voluntariamente los sacrificios necesarios, y que los niños de hoy sean educados en un ambiente de mayor sobriedad, con un criterio de justicia social y caridad que los capacite para hacerlos constructores del mundo nuevo edificado sobre la fe de Jesucristo.

Soluciones positivas

“La única razón para ser crítico, es ser constructivo, como la única razón para echar abajo una casa es construir otra en su lugar”, hermoso pensamiento de Monseñor Fulton Sheen que debe siempre tenerse en cuenta al hacerse una crítica.

¿Cómo podrán corregirse los defectos que hemos señalado en la vida social?

Un punto de partida debe ser caer en la cuenta que no es posible ni conveniente suprimir toda vida social. Lo repetimos una vez más: eso sería absurdo, contraproducente, antinatural.

A pesar de que no se ven ahora como antes, tantas fiestas extraordinariamente suntuosas, insistimos con todo, como primer elemento de solución en recomendar un espíritu de sobriedad en la vida social. Que por nada en el mundo pueda mantenerse la impresión de que hay una clase social que se divierte en exceso mientras el resto se afana en duros trabajos.

En vez de fiestas grandes, costosas, con invitación de personas apenas conocidas de la familia, podría sugerirse el que se multiplicaran las fiestas chicas, más íntimas, en el hogar, con menos ostentación, acomodadas a los propios medios. Que el espíritu de sobriedad y sencillez reine en estas fiestas familiares sin que sea necesario hacer un derroche de dinero y ofreciéndose a los invitados el agrado de convivir con simplicidad y alegría. Que ese espíritu de verdad y de sencillez sean la norma de todas las ideas directivas de la vida social.

Frente a la vida social artificial ¡cuánto más digno, más grato, más íntimo sería volver a introducir la vida social en el propio hogar, en un ambiente simple de frugalidad que no cree problemas económicos, ni sacrificios mayores para la dueña de casa! En una palabra, sencillez, sobriedad de costumbres, vuelta a la vida de hogar.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Jesús recibe a los pecadores

Meditación de retiro del Padre Hurtado acerca de la misericordia de Jesús.

“¡Éste recibe a los pecadores!” era la acusación que lanzaban contra Jesucristo hipócritamente escandalizados los fariseos (Lc 15,2). “¡Éste recibe a los pecadores!” Y ¡es verdad! Esas palabras son como el distintivo exclusivo de Jesucristo. ¡Ahí pueden escribirse sobre esa cruz, en la puerta de ese Sagrario!

Distintivo exclusivo, porque si no es Jesucristo, ¿quién recibe misericordiosamente a los pecadores? ¿Acaso el mundo?… ¿El mundo?… ¡por Dios!, si se nos asomara a la frente toda la lepra moral de injusticias que quizás ocultamos en los repliegues de la conciencia, ¿qué haría el mundo sino huir de nosotros gritando escandalizado: ¡Fuera el leproso!? Rechazarnos brutalmente diciéndonos, como el fariseo, ¡apártate que manchas con tu contacto!

El mundo hace pecadores a los hombres, pero luego que los hace pecadores, los condena, los injuria, y añade al fango de sus pecados el fango del desprecio. Fango sobre fango es el mundo: el mundo no recibe a los pecadores. A los pecadores no los recibe más que Jesucristo.

San Juan Crisóstomo: ¡Dios mío, ten misericordia de mí! ¿Misericordia pides? ¡Pues nada temas! Donde hay misericordia no hay investigaciones judiciales sobre la culpa, ni aparato de tribunales, ni necesidad de alegar razonadas excusas. ¡Grande es la tormenta de mis pecados, Dios mío! Pero, ¡mayor es la bonanza de tu misericordia!

Jesucristo, luego que apareció en el mundo, ¿a quién llama? ¡A los magos! ¿Y después de los magos? ¡Al publicano! Y después del publicano a la prostituta, ¿y después de la prostituta? ¡Al salteador! ¿Y después del salteador? Al perseguidor impío.

¿Vives como un infiel? Infieles eran los magos. ¿Eres usurero? Usurero era el publicano. ¿Eres impuro? Impura era la prostituta. ¿Eres homicida? Homicida era el salteador. ¿Eres impío? Impío era Pablo, porque primero fue blasfemo y luego apóstol; primero perseguidor, luego evangelista… No me digas: “soy blasfemo, soy sacrílego, soy impuro”. Pues, ¿no tienes ejemplo de todos los pecados perdonados por Dios?

¿Has pecado? Haz penitencia. ¿Has pecado mil veces? Haz penitencia mil veces. A tu lado se pondrá Satanás para desesperarte. No lo sigas, más bien recuerda estas cinco palabras: “Jesús recibe a los pecadores”, palabras que son un grito inefable del amor, una efusión inagotable de misericordia, y una promesa inquebrantable de perdón.

Cuán hermoso es tornando a tus huellas
De nuevo por ellas
seguro correr
No es tan dulce tras noche sombría
la lumbre del día
que empieza a nacer.

 

 

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En los días de abandono

Extracto de un texto más largo llamado “Reacción cristiana ante la angustia”, redactado por el Padre Hurtado en París, en noviembre de 1947.

Estoy solo. Bien solo esta vez, entre los demás. Nadie me comprende. Los mejores amigos han manifestado su oposición. Se me han puesto frente a frente. Todos los planes están en peligro. Todo se ve oscuro.

Estoy solo. Enteramente solo. La puerta acaba de cerrarse después de la última conversación dolorosa. El último amigo ha partido. Después de haber puesto brutalmente su yo, en contra mía. Y sin embargo, sería necesario, para realizar la empresa comenzada, que todos los amigos estuviésemos juntos, todos juntos en comunión. Se avanzaba apenas, el naufragio a cada momento parecía inminente.

Estoy solo. Bien solo. Y he aquí que Dios entra, y estrecha el alma, la levanta, la confirma, la consuela y la llena. Ya no estoy solo. Y los otros volverán también, sin mucho tardar, y no abandonarán el trabajo rudo, el barco no naufragará.

Vamos al trabajo, dulcemente, a las cartas, a la lectura, a corregir, a escribir.

La vida todavía es bella y Dios está allí.

En estos momentos acude a tu pieza. Tu pieza es un desierto. Entre el piso, el cielo y los cuatro muros, no hay más que tú y Dios. La naturaleza, que entra por la ventana, no turba tu coloquio, ella lo facilita.

El mundo no cuenta para ti; ciérrale por una hora, con llave, la puerta. Recógete. Escucha. Dios está aquí. Te espera. Te habla. Es tu Dios, grande, hermoso, que te reconforta, que te ilumina, que te hace entender que te ama.

Está dispuesto a darse a ti, si tú quieres darte tú mismo. Acógelo. No lo rechaces. No huyas de Él. Está allí. Te espera. Te habla.

Es la hora que Él había escogido, para encontrarte. No te vayas. Escucha bien. Tú necesitas de Él, y Él también necesita de ti para su obra, para hacer por ti el bien a tus hermanos. Él se va a entregar a ti generosamente, de corazón a corazón, en esta soledad.

A ratos en tu pieza, pero a Dios lo necesitas siempre. ¿Cómo recogerte en intimidad con Él, como los apóstoles a los cuales convidó al desierto para darles más intimidad? Tu desierto, es la voluntad de nunca traicionar; es tu recogimiento en Dios; es tu esperanza indefectible.

Tu desierto, no necesitas buscarlo lejos de los hombres; tú lo hallas en todas partes si vuelas a Dios; tanto en el tranvía, como en la plaza, como ante la inmensa asamblea que espera tu palabra. Tu desierto, es tu separación del pecado; tu fidelidad a tu destino, a tu fe, a tu amor.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Trabajo

Trabajar al ritmo de Dios

Reflexión personal del Padre Hurtado escrita en noviembre de 1947. En archivo de documentos del Padre Hurtado. Documento s53 y 20.

Cuando un hombre se aparta de los caminos trillados, ataca los males establecidos, habla de revolución, se lo cree loco. Como si el testimonio del Evangelio no fuera locura, como si el cristiano no fuera capaz de un gran esfuerzo constructor, como si no fuéramos fuertes en nuestra debilidad (cf. 2Cor 12,9). Nos hace falta muchos locos de éstos, fuertes, constantes, animados por una fe invencible.

Un apostolado organizado requiere en primer lugar un hombre entregado a Dios, un alma apostólica, completamente ganada por el deseo de comunicar a Dios, de hacer conocer a Cristo; almas capaces de abnegación, de olvido de sí mismas, con espíritu de conquista. La organización racional del apostolado, exige precisamente, que lo supra racional, esté en primer lugar. ¡Que sea un santo! En definitiva, no va a apoyarse sobre los medios de su acción humana, sino sobre Dios. Lo demás vendrá después: que trabaje no como guerrillero, sino como miembro del Cuerpo Místico, en unión con todos los demás, aprovechándose de todos los medios para que Cristo pueda crecer en los demás, pero que primero la llama esté muy viva en él.

Es imposible un santo si no es un hombre; no digo un genio, pero un hombre completo dentro de sus propias dimensiones. Hay tan pocos hombres completos. Los profesores nos preocupamos tan poco de formarlos; y pocos toman en serio el llegar a serlo.

El hombre tiene dentro de sí su luz y su fuerza. No es el eco de un libro, el doble de otro, el esclavo de un grupo. Juzga las cosas mismas; quiere espontáneamente, no por fuerza, se someta sin esfuerzo a lo real, al objeto, y nadie es más libre que él. Si se marcha más despacio que los acontecimientos; si se ve las cosas más chicas de lo que son; si se prescinde de los medios indispensables, se fracasa. Y no puede sernos indiferente fracasar, porque mi fracaso lo es para la Iglesia y para la humanidad. Dios no me ha hecho para que busque el fracaso. Cuando he agotado todos los medios, entonces tengo derecho a consolarme y a apelar a la resignación. Muchos trabajan por ocuparse; pocos por construir; se satisfacen porque han hecho un esfuerzo. Eso no basta. Hay que amar eficazmente.

El equilibrio es un elemento preciso para un trabajo racional. Vale más un hombre equilibrado que un genio sin él, al menos para el trabajo de cada día. Equilibrio no quiere decir, en ninguna manera, un buen conjunto de cualidades mediocres, se trata de un crecimiento armónico que puede ser propio del hombre genial, o una salud enfermiza, o una especialización muy avanzada. No se trata de destruir la convergencia de los poderes que se tiene, sino de sobrepasarlas por una adhesión más firme a la verdad, de completarse en Dios por el amor.

La moral cristiana permite armonizarlo todo, jerarquizarlo todo, por más inteligente, ardiente, vigoroso que uno sea. La humildad viene a temperar el éxito; la prudencia frena la precipitación; la misericordia dulcifica la autoridad; la equidad tempera la justicia; la fe suple las deficiencias de la razón; la esperanza mantiene las razones para vivir; la caridad sincera impide el repliegue sobre sí mismo; la insatisfacción del amor humano deja siempre sitio para el amor fraternal de Cristo; la evasión estéril está reemplazada por la aspiración de Dios, cargada de oración, y de insaciable deseo. El hombre no puede equilibrarse sino por un dinamismo, por una aspiración de los más altos valores de que él es capaz.

El ritmo cotidiano debe armonizarse entre reposo, trabajo difícil, trabajo fácil, comidas, descansos. Es bueno recordar que en muchos casos se descansa de un trabajo pasando a otro trabajo, no al ocio.

¿A qué paso caminar? Una vez que se han tomado las precauciones necesarias para salvaguardar el equilibrio, hay que darse sin medirse, para obtener el máximo de eficacia, para suprimir en la medida de lo posible las causas del dolor humano.

Se trabaja casi al límite de sus fuerzas, pero se encuentra, en la totalidad de su donación y en la intensidad de su esfuerzo, una energía como inagotable. Los que se dan a medias están pronto gastados, cualquier esfuerzo los cansa. Los que se han dado del todo, se mantienen en la línea bajo el impulso de su vitalidad profunda.

Con todo no hay que exagerar y disipar sus fuerzas en un exceso de tensión conquistadora. El hombre generoso tiende a marchar demasiado a prisa: querría instaurar el bien y pulverizar la injusticia, pero hay una inercia de los hombres y de las cosas con la cual hay que contar. Místicamente se trata de caminar al paso de Dios, de tomar su sitio justo en el plan de Dios. Todo esfuerzo que vaya más lejos es inútil, más aún, nocivo. A la actividad reemplazará el activismo que se sube como el champaña, que pretende objetos inalcanzables, quita todo tiempo para contemplación; deja el hombre de ser el dueño de su vida.

Al partir en la vida del espíritu, se adquiere una actitud de tensión extrema, que niega todo descanso. Pero como ni el cuerpo ni el alma están hechos para esto, viene luego el desequilibro, la ruptura. Hay, pues, que detenerse humildemente en el camino, descansar bajo los árboles y recrearse con el panorama, podríamos decir, poner una zona de fantasía en la vida.

El peligro del exceso de acción es la compensación. Un hombre agotado busca fácilmente la compensación. Este momento es tanto más peligroso, cuanto que se ha perdido una parte del control de sí mismo, el cuerpo está cansado, los nervios agitados, la voluntad vacilante. Las mayores tonterías son posibles en estos momentos. Entonces hay sencillamente que disminuir: Volver a encontrar la calma entre amigos bondadosos, recitar maquinalmente su rosario y dormitar dulcemente en Dios.

 

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Darse, una manera cristiana de trabajar

Extracto de un documento redactado en París en Noviembre de 1947 y titulado de la misma manera.

Comienza por darte. El que se da, crece. Pero no hay que darse a cualquiera, ni por cualquier motivo, sino a lo que vale verdaderamente la pena: al pobre en la desgracia, a esa población en la miseria, a la clase explotada; a la verdad; a la justicia; a la ascensión de la humanidad, a toda causa grande, al bien común de su nación, de su grupo, de toda la humanidad; a Cristo que recapitula estas causas en sí mismo, que las contiene, que las purifica, que las eleva; a la Iglesia, mensajera de la luz, dadora de vida, libertadora; a Dios, a Dios en plenitud, sin reserva, porque es el bien supremo de la persona, y el supremo Bien Común.

Cada vez que me doy así, recortando de mi haber, sacrificando de lo mío, olvidándome de mí, yo adquiero más valor, me hago un ser más pleno, me enriquezco con lo mejor que embellece el mundo; yo lo completo, y lo oriento hacia su destino más bello, su máximo valor, su plenitud de ser.

Mirar en grande, querer en grande, pensar en grande, realizar en grande. En los combates de hoy, todo se trata a la escala del hombre y a la escala del mundo. No cuidarse de hacer carrera, sino de llenar su vida en plenitud. Ejercitar mi esfuerzo en los sectores disponibles. Tomar lo que no ha sido realizado. Se trata de servir. No se trata de recorrer solo una pista. Se trata de construir para uso de muchos un largo camino.

Al comenzar un trabajo hay que prepararlo pacientemente. La improvisación es normalmente desastrosa. El reflejo de la acción objetiva no se adquiere sino poco a poco, después de muchos tanteos, de muchas experiencias, de muchos fracasos. Amar la obra bien hecha, y para ella poner todo el tiempo que se necesite.

Las detenciones en el trabajo, por ejemplo las enfermedades son útiles, para poner cada cosa en su sitio, para volver a hallar las perspectivas. En ellas se realiza lo más fecundo del trabajo. Separado del ruido, lejos de los detalles, se puede mirar los problemas de más arriba y con más calma, se domina el problema; puede uno sacar las conclusiones de lo realizado, repensar los principios, darles una frescura nueva.

Pensar y volver a pensar. En cada cosa, adquirir el sentido de lo que es esencial. No hay tiempo sino para eso. La vida es demasiado corta, para perder el tiempo en intrigas. No tomar posiciones antes de conocer el problema. Evitar los juicios apresurados o apasionados sobre los hombres y sobre los acontecimientos. La suprema habilidad es la sinceridad. Muchos buscan no la verdad, ni el bien, sino el éxito.

Con frecuencia se enseña a los hombres a no hacer, a no comprometerse, a no aventurarse. Es precisamente al revés de la vida. Cada uno dispone, según su salud, su temperamento, sus ocupaciones, sólo de un cierto potencial de combate. No despreciarlo en escaramuzas.

Hay que embarcarse. No se sabe qué barcos encontraré en el camino, qué tempestades ocurrirán… Una vez tomadas las precauciones, ¡embarcarse! Amar el combate, considerarlo como normal. No extrañarse, aceptarlo, mostrarse valiente, no perder el dominio de sí; jamás faltar a la verdad y a la justicia. Las armas del cristianismo no son las armas del mundo. Amar el combate, no por sí mismo, sino por amor del bien, por amor de los hermanos que hay que librar.

Hay que perseverar. Muchos quedan gastados después de las primeras batallas. Nunca está uno solo ni en las horas de mayor soledad. Cuando se afirma la verdad, se quiere el bien, cuando se combate por la justicia, se hace uno de numerosos enemigos, pero adquiere también numerosos amigos. Otros a nuestro lado aman la verdad, el bien, la justicia.

No preocuparme de lo que digan. No perder el tiempo en discutir con los estetas, los críticos, los espectadores. Seguir mi camino. Construir. Escuchar pacientemente al que ha visto, al que ha construido. Alegrarse cuando alguien lo sobrepasa, cuando ve o va más lejos.

Saber que las ideas caminan lentamente. Muchos se imaginan que, porque han encontrado alguna verdad, eso va a arrebatar los espíritus. Se irritan con los retardos, con las resistencias. Estas resistencias son normales: provienen de la apatía, o de la diferente cultura, o del ambiente. Cada uno parte de lo que es, de lo que ha recibido. Para que acepte otro pensamiento es necesario que lo asimile, lo armonice con lo anteriormente adquirido.

No espantarse ni irritarse de la oposición. Ella es normal, con frecuencia ella es justa. Alegrémonos más bien que se nos resista y que se nos discuta. Así nuestra misión penetra más profundamente, se rectifica, anima y quien quiera que se vaya olvidándonos, después de haber reinventado o mejorado nuestro propio sistema, milita, quiéralo o no, a nuestro lado. Eso basta.

“Su obra está en crisis”, me dirán. Pero, amigo, una obra que marcha, tiene siempre cosas que no marchan. Una obra que vive está siempre en crisis.

Permanecer puro, ser duro, buscar únicamente la verdad, el bien, la justicia.Imponerse esfuerzos constantes para alcanzar estos objetivos. Ser simple, y empeñarse en permanecer simple. Creer todavía en el ideal, en la justicia, en la verdad, en el bien, en que hay bondad en los corazones humanos. Creer en los medios pobres. Librar con buena fe la batalla contra los poderosos. No buscar engañar, ni aceptar medios que corrompan.

Cuando el obstáculo es la oposición de los hombres, la mejor táctica, con frecuencia, es continuar su camino, sin cuidarse de esta oposición. Se pierde un tiempo precioso en polémicas, cuando sólo la construcción cuenta.

Los injustos ignoran la fuerza de la justicia. Se creen poderosos cuando basta que encuentren un solo hombre justo, para que todos sus planes sean descubiertos. Apenas encuentran un grupo de justos, deben batirse en retirada, pactar, o al menos tomar la máscara de la justicia.

Si la oposición viene de los hombres de buena voluntad, de los “santos”, de los superiores, verificar mi orientación, y si estoy marchando con la Iglesia, sacar el mejor partido de las circunstancias, sin armar ruido.

En todo apostolado habrá dificultades. Pertenecemos a la Iglesia militante, y nuestra vida está en “tensión”. El testimonio del apóstol tiene algo de violento. Sólo los violentos arrebatan al reino de los cielos.

Acuérdate que “se va lejos, después que se está fatigado”. La gran ascética es no ponerse a recoger flores en el camino. Hay más valor en soportar los acontecimientos, que en cambiarlos. El sufrimiento, la cruz es sobre todo permanecer en el combate que se ha comenzado a librar. Esto es lo que más configura con Cristo.

Hay quienes quieren desarrollarse pero sin dolor. No han comprendido aún lo que es crecer… Quieren desarrollarse por el canto, por el estudio, por el placer, y no por el hambre, la angustia, el fracaso y el duro esfuerzo de cada día, ni por la impotencia aceptada, que nos enseña a unirnos al poder de Dios; ni por el abandono de sus planes, que nos hace encontrar los planes de Dios. El dolor es bienhechor porque me enseña mis limitaciones, me purifica, me hace extenderme en la cruz de Cristo, me obliga a volverme a Dios.

El fracaso construye. Alegría, paz, viva la pena… y ¡viva siempre viva! Así es la vida… ¡y la vida es bella! No armar alharaca. No gritar. No irritarse. No dejar de reírse, y dar ánimo a los demás. Continuar siempre. No se hace nada en un mes. Al cabo de diez años es enorme lo hecho. Cada gota cuenta.

Darme sin contar, sin trampear, en plenitud, a Dios y a mis hermanos y Dios me tomará bajo su protección. Él me tomará y pasaré indemne en medio de innumerables dificultades. Él me conducirá a su trabajo, al que cuenta. Él se encargará de pulirme, de perfeccionarme y me pondrá en contacto con los que lo buscan y a los cuales Él mismo anima. Cuando Él lo tiene a uno, no lo suelta fácilmente.

Para este optimismo, nada como la visión de fe. La fe es una luz que invade. Mientras más se vive, mayor es su luz. Ella todo lo penetra y hace que todo lo veamos en función de lo esencial, de lo intemporal. El que la sigue, jamás marcha en tinieblas. Tiene solución a todos los problemas, y gracias a ella, en medio del combate, cuando ya no se puede más por la presión, como el corcho de la botella de champaña salta, se escapa hacia lo alto, se une a Cristo y en Él halla la paz.

La fe nos hace ver que cada gota cuenta, que el bien es contagioso, que la verdad triunfa.

Cuando un hombre se aparta de los caminos trillados, ataca los males establecidos, habla de revolución, se lo cree loco. Como si el testimonio del Evangelio no fuera locura, como si el cristiano no fuera capaz de un gran esfuerzo constructor, como si no fuéramos fuertes en nuestra debilidad. Nos hacen falta muchos locos de éstos, fuertes, constantes, animados por una fe invencible.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Prólogo “Sindicalismo”

El Por qué de este libro

Un nuevo orden social está gestándose penosamente entre sacudimientos y conflictos.

“Elemento substancial del orden nuevo es la redención del proletariado”, ha dicho y repetido Su Santidad Pío XII.

Cuál haya de ser este orden es la materia de largas meditaciones de filósofos, sociólogos y economistas. De importancia capital serán sus conclusiones para conocer el fin concreto al cual hay que tender, las razones que justifican un cambio de estructuras sociales, las medidas que calzan a nuestra sociología nacional en un momento de la historia, las posibilidades reales de nuestra economía… pero todas estas conclusiones por más fundadas que sean no llegarán jamás a traducirse “en redención del proletariado”, si no hay un movimiento sindical fuerte, consciente, bien formado, disciplinado, dispuesto a jugarse entero por obtener la aplicación de dichas conclusiones y por su continua adaptación. Es un hecho demasiado probado por la historia que la ascensión obrera ha sido siempre obra de la propia clase obrera que ha alcanzado la madurez.

Los asalariados de los países más ocultos del mundo han creído llegada la hora de terminar su situación de proletarios. Para conseguirlo se han organizado en asociaciones sindicales que reúnen hoy día más de cien millones de obreros.

En América Latina el movimiento sindical es todavía incipiente y está llamado a crecer. Lejos de mirar su engrandecimiento como un peligro para la estabilidad social lo consideramos como fuerza creadora de orden social, orden que sólo se alcanza cuando hay equilibrio interior, cuando cada elemento de la sociedad ocupa un sitio de acuerdo a los planes del Creador.

Al mirar el camino recorrido por el sindicalismo en el mundo muchos no tienen ojos sino para ver sus defectos, sus extremismos, sus violencias, la politización de sus actividades, incluso las faltas personales de algunos de sus dirigentes. ¿No son acaso éstas las faltas de todo movimiento que comienza? Más aún, ¿no son los errores inherentes a todo grupo social? ¿Cuál es el que inocente que puede tirar la primera piedra? ¿Acaso estos errores no se han debido también en gran parte, a la prolongada ausencia de muchos elementos que por su preparación, por sus doctrinas inspiradas en la justicia y en el amor habrían podido encauzar dichos movimientos?

A remediar este error tienden estas páginas. Ellas son un llamamiento dirigido a todos los que se interesan por la redención del proletariado: a los asalariados, tanto obreros como empleados para que reconozcan cuartel en las filas sindicales, a los técnicos y profesionales para que aporten el concurso de su ciencia y experiencia ayudando a los dirigentes gremiales a ver más claro el camino de sus reivindicaciones. A todos ellos les recordamos los grandes principios de la filosofía social que basan y orientan el movimiento sindical; las lecciones de la historia del sindicalismo en el mundo, que le señalarán los pasos que han recorrido las instituciones sindicales más poderosas: sus luchas, sus errores y su aciertos para que puedan mejor orientar su propia acción. Especial atención se consagra al movimiento obrero en Chile y a su legislación sindical, ya que serán chilenos la mayoría de sus lectores.

En la historia del sindicalismo, sobre todo en América Latina, hay sin duda muchas lagunas: movimientos sindicales de importancia que son silenciados, actuaciones que habría sido necesario destacar mayormente o al contrario hacer serias reservas: ello se debe a la escasez de antecedentes.

Además de las fuentes señaladas en la bibliografía hemos procurado escribir a quienes sabíamos se interesaban por el movimiento sindical en países de los cuales teníamos menos información. A los que se han servido enviarnos antecedentes, vayan nuestros agradecimientos más sinceros: a Su Excelencia Monseñor Sanabria y Padre Herrera, de Costa Rica; al Reverendo Padre Florentino del Valle, de España; al Reverendo Padre Andrade, de Colombia; a Fernando Stieglich, el buen amigo del Perú; a los informantes de Uruguay y Ecuador. Nuestros agradecimientos muy sinceros a don Moisés Poblete Troncoso; al Presbítero Don Humberto Muñoz y al Reverendo Padre Walter Hanish, que nos han permitido hacer uso de antecedentes valiosos recogidos por ellos para mejor conocer nuestra historia sindical. También debo expresar mis agradecimientos muy sinceros al distinguido abogado y amigo Patricio Cabrera por su valiosa colaboración al redactar el capítulo “El sindicato en la legislación chilena”, y al querido amigo Andrés Santa Cruz sin cuyo abnegado concurso no habrían visto la luz pública estas notas laboriosamente reunidas.

Ojalá que este libro contribuya a realizar el voto que Benedicto XV dirigía a un apóstol del sindicalismo: facilitar la formación de sindicatos verdaderamente profesionales y animados del espíritu cristiano, que sirvan al mismo tiempo los intereses más sagrados de la clase obrera, los de la paz social y los de la Patria.

 

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Vida Sacerdotal

Última predicación del Padre Hurtado

Pronunciada por el Padre Hurtado en las bodas de plata sacerdotales de Mons. Manuel Larraín.

Hoy, en torno a su pastor,  se reúnen jubilosos sus diocesanos
y a ellos se asocian venerables prelados,
los familiares y amigos del Excelentísimo  Señor Obispo
para, juntos, dar gracias a Dios por sus veinticinco años de sacerdocio,
por el honor insigne a él
y por los favores de él recibidos mediante su sacerdocio.
Por esto me ha parecido,
amados, hermanos,
que nada (resultaría) más grato al Excelentísimo Obispo y a
vosotros,
que repasar agradecidos ante el Señor
la grandeza del sacerdocio al que el Señor se sirvió llamarlo.
La única luz a la cual el cristiano mira todo,
es la luz de la eternidad:
la luz de la Resurrección bendita, cuya octava estamos celebrando,
símbolo de nuestro triunfo definitivo,
en cuanto nuestra misión es reunirnos a Jesucristo,
y unir a Él las almas que Él ha venido a redimir.
Él, nuestro único mediador, nuestro Salvador:
Cristo, centro de la vida toda
y el sacerdote (es) participante del ministerio de Cristo
dado de lo alto por Dios,
llamado desde la tierra por el amor de la miseria humana,
para ser, en la Iglesia,
con el Espíritu Santo, la fuente permanente de su Vida.

Sacerdote de Cristo

Qué sea el sacerdote católico, no es algo que podamos  nosotros inventarlo:
es algo que nos ha sido dado desde lo alto.
Ser sacerdote significará continuar a través del tiempo,
por la gracia de Dios, al único sacerdote
en su cuerpo místico que es la Iglesia;
guardar inmutable su imagen
a través de la movilidad de la historia;
guardar identidad con El,
a pesar de las formas tan diversas de su vida en sociedad.

Para muchos, hablar de Cristo es hablar de una nueva devoción.
(Pero no es así): se trata de algo esencial en su vida.
Cristo no fue sólo sacerdote en el Cenáculo y en el Calvario,
sino (durante) toda su vida y en todos sus actos.
Para rehacer su plan de amor,
Dios envía a su Hijo único a los hombres
como constructor de puente “Pontífice”.
Será el que unirá Dios a los hombres.  Ego sum via.
Él es el único mediador,
el único camino entre el Creador y sus criaturas,
porque Él es el único sacerdote.

El sacerdote de Cristo arranca de su Encarnación,
de su unión hipostática.
San Agustín lo dice:
En (el Hijo) unigénito del Padre, Dios es Dios pero no es sacerdote.
¡Es sacerdote a causa de la carne que ha asumido,
a causa de la víctima que puede ofrecer
y que nosotros le hemos dado!
Y es formalmente sacerdote por su naturaleza humana,
porque  el sacerdocio supone sumisión a Dios,
porque su naturaleza humana no posee la dignidad sacerdotal
sino porque subsiste en la persona del Verbo,
de la cual saca su dignidad,
su poder,
su superioridad.
Recibir la naturaleza humana  significó para Cristo una verdadera consagración sacerdotal que le fue  conferida en la hora de la encarnación
en el seno de la Virgen María;
y como esa unión es indisoluble,
Cristo es sacerdote por toda la eternidad (Hebreos 7).
(Desde) el día de la encarnación,
Cristo pudo humillarse, adorar, orar,
El Sacerdote de Cristo no es una depuración de la muchedumbre
es la propia personalidad.
Es ungido porque es el hombre Dios.
No hay, por lo tanto, más que un sacerdocio: el de Cristo.
Él es todo el sacerdocio…
No es Él (meramente) el más augusto de los sacerdotes.
Él agota en (sí/Él) todo el sacerdocio.
Y este sacerdocio no es fruto de un gesto nuestro,
es una donación de lo alto.
Y sin embargo, por su naturaleza (es) algo nuestro.
Cristo no es sólo el Mediador de los justos,
sino también de los pecadores:
de todos los que tienen su misma naturaleza,
aunque hayan dicho: “No queremos que reine sobre  nosotros…”

La mediación de Cristo sobrepasa el pecado.
Cristo está llamado a salvar a todo el que tiene, como Él, naturaleza
Humana,
Cristo no es sacerdote solamente por el Calvario y la Encarnación,
que son el coronamiento de su vida sacerdotal,
sino por todo lo que Él es,
por todo su ser,
por todas sus acciones.
Asimismo el sacerdote no está llamado a ser tan sólo ministro
del culto;
su sacerdocio no será solamente por esos actos intermitentes,
sino por todo su ser,
por todo lo que es,
en cada hora de su vida,
en la más modesta ocupación,
como en la más solemne.
Consagrará porque ha sido consagrado,
siempre pronto a santificar los valores humanos.

El sacerdote de hoy, nuestro sacerdocio

Esto se prolonga entre nosotros.
El Resucitado no se contenta con ejercitar su sacerdocio en el cielo,
donde interpela por nosotros,
sino también en la tierra
y hasta el fin de los siglos
y de una manera visible.
¿Cómo? Por su Iglesia.
No podemos figurarnos al sacerdote como una persona aparte,
al cual Cristo le confía individual y directamente su misión…
Separado de la Iglesia, el sacerdote no puede ser concebido: es algo
absurdo.

Es la Iglesia la que prolonga y continúa a Cristo sobre la tierra;
ella es la única mediadora.
Por eso decimos: fuera de la Iglesia no hay salvación.
Con el bautismo pasamos a incorporarnos al  sacerdocio de la Iglesia,
en un grado ínfimo, es cierto,
pero  ya cada bautizado pasa a formar parte de la Raza Real,
y pasa  a ser delegado al “culto divino”.
Esta consagración real no confiere poder de representar a la Iglesia,
sino de ser representado por ella.
Para llegar a tener el poder enseñatorio se necesita otro sacramento
que es el del orden.

Signos visibles

Los cristianos sabemos que hay un solo sacerdote
en quien reside la plenitud del sacerdocio.
Pero Él sabe que nosotros necesitamos signos palpables
y ¿qué signos más palpables que las personas humanas?
Y por eso, Él que se dejó ver y tocar por los habitantes de Palestina,
ha querido continuarse en todos los puntos del espacio y del tiempo
por sacerdotes, hombres sujetos a un hombre,
¡a quienes los cristianos miren como los ministros de Cristo
y dispensadores de los misterios de Dios!

Mediador

La verdadera grandeza del sacerdote, es la de ser mediador
entre Dios y el pueblo en lo que concierne a las realidades divinas.
Naturaleza de este mediador: idea falsa: usa escalones: Dios, sacerdote,
hombres;
como si el sacerdote fuera un ser aparte, ni Dios ni hombre.
¿No es un ángel?
Experimenta hambre, frío, peso de la dead,
carga pasiones,  y la del pecado.
Su santidad, si se puede hablar  de ella, es en marcha: un esfuerzo,
un combate.

Viene de Dios, pero sacado de entre nosotros.
Cuando él ora, oramos con él,
De profundis clamavi ad Te Domine!
Nuestra miseria las conoce por propia experiencia
No (es) un superhombre.
Cristo juntó en sí lo infinito y lo finito,
es mediador porque es a la vez Dios y hombre.
El sacerdote ha de juntar en sí como dos naturalezas,
Dios y los hombres.
No puede contentarse con comunicar los dones y la palabra de Dios, ni  (contentarse con) transmitir correctamente la oración de los
hombres,
pero (=sino que) debe hacer suya su salvación
a tal punto que la angustia de su Redención
le sea más sensible que a ellos.
Y de aquí el misterio del sacerdocio.
Lo que él quiere crucificar (¿lapsus por “unificar”?) es lo que crucifica.
En cada momento de su vida debe responder a dos llamados,
satisfacer a uno sin renunciar jamás al otro.
Estas dos tendencias parecen contradictorias.
Al menos una se opone a la otra
e imprime a la naturaleza una especie de tensión violenta y dolorosa
que no puede terminarse sino con la muerte.
El sacerdote es martirio.

Hebreos V 1-4.  “Todo sacerdote, tomado de entre los hombres ha
sido establecido por los hombres en lo que concierne a las cosas de
Dios, a fin de ofrecer oblaciones y sacrificios por los pecados. Es
capaz  de ser indulgente con los que pecan por ignorancia y por error,
ya que él mismo está rodeado de debilidad y nadie se arrogue esta
dignidad sino ha sido llamado como Aarón”. (Cita casi textual, tal
vez anotada de memoria.)

Separado por Dios, marcado por el “carácter sacerdotal” (hombre
de Dios)…
Por su consagración,
el sacerdote se convierte en el hombre de Dios,
su cosa,
su bien,
su servidor,
en su herencia.
Domine pars hereditaris meae.  (Cf. Salmo 15,6)

El mundo crucificado para mí
y yo para el mundo.
Si se da a las almas, es para llevarlas a Dios.
Se puede decir de él lo de San Pablo:
lo que hace… ¡A gloria de Dios (CF. 1 Co. 10,31)
El sacerdote en su misma íntima realidad es algo solitario, hombre
del  Sinai:
aunque combate en el llano, algo de él queda siempre en lo alto!
Será siempre el hombre del ministerio.

Profeta de Dios:

“La palabra de Dios no es menos que el cuerpo de Cristo”.
El que es hombre de Cristo al creer,
al predicar se hace su madre, si logra dar a luz en el corazón de sus
oyentes,
madre si por su voz, el amor del Señor es engendrado en el alma del
prójimo”.

Testigo de la verdad

Uno de sus mayores servicios: decir la verdad al mundo.
Entre las propagandas, ¡su voz al servicio de la verdad!
Porque Dios lo ha juzgado digno de confiarle el Evangelio,
sabrá hablar no por agradar a los hombres,
sino a Dios que escruta los corazones.

Para los hombres

Tomado entre los hombres.
Uno de ellos… Sabe lo que hay en el hombre,
salido de todos los medios sociales,
conoce sus deficiencias en sus mismas debilidades.
Semejante en todo a sus hermanos:
experimenta  con ellos la fatiga, la alegría, el descorazonamiento.
Capaz de ser indulgente él mismo está rodeado de debilidades.

Tentación:

Emplearse con criterio humano:
campeón de lo establecido o de lo rutinario.
Le hará falta toda su lucidez para quedar sordo a estos llamados.
Se le querrá arrastrar a muchos sitios,
se le dirá que es por el bien de la Patria y por el bien de los hermanos…
Sí, ¡pero no así!
Cristo hizo milagros por vencer el mal,
no lo aniquiló, lo tomó todo sobre sí
Quiso introducir a los hombres (personas, sociedad)
a (en) el Reino de Dios.

Deber de adaptación

Judío con los judíos,
débil con los débiles,
para ganar  a todos los hombres (Cf.  1 Co. 9, 19-22).

Ministerio de inquietud:

Fuego… para que arda.
Como Cristo, beneficio sin igual;
inquietud a los hombres,
dispensador de una  nueva hambre y sed.
No se trata de que venga a sembrar pánico entre gente ya tan
atemorizada.
Sino ser santo,
inconformismo,
ese temor de Dios,
el tormento del infinito.

La revuelta que predica es la insurrección…
el  orden que viene a turbar, el que cubre injusticias y  odios.
Como el héroe y (= ,?) el santo no es ciudadano dócil:
el eterno insatisfecho,
no turbar la paz social,
sino para preparar, a cada momento, su realización más alta.

Testigo:

No solo por la palabra sino por la vida.
Su sacramento: su signo eficaz entre los hombres.
Cristo comunicado.
Consagrado en todo su ser,
en cada uno de sus miembros,
todo lo que toca queda exorcizado, bendecido
debe dar sentido de lo sagrado en todo lo que hace.
Por su sola presencia pone en este mundo,
que lo desconoce y combate,
la existencia de un orden de valores invisible.
Primero la oración:
el hombre de oración, el ministro.
Oración que ofrece a Dios la substancia de la  adoración de los
hombres,
Bondad,
Intrascendencia (¿?) que les devuelve gracia y perdón.
Testigo en su carne de la locura de la cruz:
pobreza, castidad, obediencia,
virtudes que escandalizaron al mundo pagano.
Los (=las?) observa cada día.

Pobreza:

Renuncia al dinero.
Defiende al menesteroso contra la idolatría de los valores humanos;
signos de la Providencia del Padre a quien confía su porvenir.

Obediencia:

Sentido, ponerse en espíritu bajo la mano de Dios.

Castidad:

La castidad es amor y signo de amor,
amor a Dios que se reserva algo de sus hijos,
amor exclusivo a Él.
No hay sino una fuerza en el mundo capaz de vencer el amor
y es otro amor más fuerte.
Por su renunciamiento a la ternura humana,
el sacerdote da a las almas la pruebe de un descubrimiento sin igual,
de una felicidad: Dios uno y todas las cosas.
La castidad sacerdotal no es pura ascética orientada hacia el
rendimiento apostólico:
es el anticipo de un Reino futuro en que Dios será todo en todos,
la anticipación de una humanidad espiritualizada:
es el signo de la alianza que une a los hombres a Dios
por desposorios místicos, lo que significa el anillo pastoral del Obispo.

Signos de contradicción:

Aparece y las pasiones se cristalizan.
Piedra de toque de las conciencias.
Primero porque los integra:
Mezclado a los demás se les parece en todo y no los penetra.

Adversario

 

Para muchos:
no se le perdona de evocar de generación en generación a Cristo,
a quien creían suprimido para siempre.
Es una piedra angular.[1]

Servidor ungido en el Señor:

La verdad engendra el odio.
Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado primero…
Si me ha perseguido, os perseguirán.
Sabe que a él, antes que a otros, le ha sido confiada la Redención,
Y que ésta no se opera sin la Cruz.
Mediador, se ofrecerá como Cristo como víctima expiatoria.
Verdaderamente ha tomado sobre sí nuestros dolores
Y cargas nuestras enfermedades, (Isaías)
… ha sido traspasado  por nuestros pecados
Y es por sus heridas que somos curados.  (Cf. Isaias 53, 4-5)
Hacedor de la paz.  El hombre universal…Canal de gracias.

Ministro del sacrificio:

Poder divino de bautizar,
(de) remitir pecados;
pero, sobre todo, (de) ofrecer el sacrificio por excelencia,
la inmolación incruenta es realizada por las palabras de la consagración
por el solo sacerdote en cuanto representa  la persona de Cristo.

Termina brevemente con un sentido homenaje a su querido amigo y
Obispo por el constante testimonio de su vida y acción sacerdotal.

Nota del editor:

[1] Evoca, seguramente el texto “La piedra que desecharon los arquitectos. En piedra angular se ha convertido”.  Todo el que caiga sobre esa piedra, se destrozará y a aquel sobre quien ella caiga, le aplastará. Lucas 20, 17b-18.

 

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Virtudes

Vive contento

Extracto del capítulo diez del libro “Humanismo Social” escrito por el Padre Hurtado.

Hay algo que todos queremos unánimemente en todo el mundo: santos y pecadores, paganos y cristianos, grandes y chicos. Todos convenimos en una aspiración: La alegría; todos queremos ser felices.

Por eso, quien ha conseguido la felicidad ejerce una influencia inmensa, un poder de atracción enorme. Todos lo admiran, lo envidian, buscan su compañía, se sienten bien junto a él. En cambio, un hombre por más virtuoso que sea, si vive melancólico merecerá que se diga: Un santo triste, es un triste santo. Si vive lamentándose de todo, del tiempo, de las costumbres, de los hombres…, los hombres terminarán por alejarse de él, pues el corazón humano busca la alegría, lo positivo, el amor.

Y ¿cómo conseguir esa actitud de alegría que hay que tener en sí antes de poder comunicarla a los demás? Es necesario comenzar por salir del ambiente enfermizo de preocupaciones egoístas. Hay gente que vive triste y atormentada por recuerdos del pasado, por lo que los demás piensan de él en el presente, por lo que podrá ocurrirle en el porvenir. Viven encerrados en sí mismos y, claro está, no pueden salir. Cada idea que les viene a la mente parece hundirlos más en su pesimismo. Se parecen al que se hunde en el barro que mientras forcejea solo por salir, se hundirá más y más. Necesita tomarse de una fuerza extraña, distinta, para poder salir. Que se olviden, pues, de sí y se preocupen de los demás, de hacerles algún bien, de servirlos y los fantasmas grises irán desapareciendo. La felicidad no depende de fuera, sino de dentro.

No es lo que tenemos, ni lo que tememos, lo que nos hace felices o infelices. Es lo que pensamos de la vida. Dos personas pueden estar en el mismo sitio, haciendo lo mismo, poseyendo igual, y, con todo, sus sentimientos pueden ser profundamente diferentes.

Más aún: en los lazaretos, en los hospitales del cáncer se encuentran almas inmensamente más felices que en medio de las riquezas y en plenitud de fuerzas corporales. Una leprosa a punto de morir ciega, deshechos sus miembros por la enfermedad, escribía: “La luz me robó a mis ojos. A mi niñez su techo, mas no robó a mi pecho, la dicha ni el amor”.

La alegría no depende de fuera, sino de dentro. El católico que medita su fe, nunca puede estar triste. ¿El pasado? Pertenece a la misericordia de Dios. ¿El presente? A su buena voluntad ayudada por la gracia abundante de Cristo. ¿El porvenir? Al inmenso amor de su Padre celestial.

Para quien sabe que no se cae un cabello de nuestra cabeza sin que el Padre de los cielos, que es al propio tiempo su Padre, lo sepa ¿qué podrá entristecerlo? Como decía Santa Teresa: “Dios lo sabe todo, lo puede todo; me ama”. La gran receta para tener alegría, es vivir de fe.

Quienquiera ayudarse también de medios naturales comience por no dejarse tomar por una actitud de tristeza. Sonría aunque no quiera; y si ni eso puede, tómese los cachetes y haga el paréntesis de la sonrisa.

No basta sonreír para vivir contentos nosotros. Es necesario que creemos un clima de alegría en torno nuestro. Nuestra sonrisa franca, acogedora será también de un inmenso valor para los demás.

¿Sabes el valor de una sonrisa? No cuesta nada pero vale mucho. Enriquece al que la recibe, sin empobrecer al que la da. Se realiza en un instante y su memoria perdura para siempre. Nadie es tan rico que pueda prescindir de ella, ni tan pobre que no pueda darla. Crea alegría en casa; fomenta buena voluntad y es la marca de la amistad. Es descanso para el aburrido, aliento para el descorazonado, sol para el triste y recuerdo para el turbado. Y, con todo, no puede ser comprada, mendigada, robada, porque no existe hasta que se da. Y en el último momento de compras el vendedor está tan cansado que no puede sonreír ¿quieres tú darle una sonrisa? Porque nadie necesita tanto una sonrisa, como los que no tienen una para dar a los demás.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Virtudes del hombre de acción

Documento redactado por el Padre Hurtado en París, en noviembre de 1947.

Transparencia

Hay que llegar a la lealtad total, a una absoluta transparencia, a vivir de tal manera que nada en mi conducta rechace el examen de los hombres, que todo pueda ser examinado. Una conciencia que aspira a esta rectitud siente en sí misma las menores desviaciones y las deplora: se concentra en sí misma, se humilla, halla la paz.

Humildad y magnanimidad

Considerarme siempre servidor de una gran obra porque mi papel es el de sirviente: no rechazar las tareas humildes: las modestas ocupaciones de administración, aun las de aseo… Muchos aspiran al tiempo tranquilo para pensar, para leer, para preparar cosas grandes, pero hay tareas que todos rechazan: que esas sean de preferencia las mías. Todo ha de ser realizado si la obra se ha de hacer. Lo que importa es hacerlo con inmenso amor. Nuestras acciones valen en función del peso de amor que ponemos en ellas.

La humildad consiste en ponerse en su verdadero sitio. Ante los hombres, no el pensar que soy el último de ellos porque no lo creo; ante Dios, en reconocer continuamente mi dependencia absoluta respecto a Él, y que todas mis superioridades frente a los demás, de Él vienen.

Ponerse en plena disponibilidad frente a su plan, frente a la obra que hay que realizar. Mi actitud ante Dios no es la de desaparecer, sino la de ofrecerse con plenitud para una colaboración total.

Humildad es por tanto, ponerse en su sitio, tomar todo su sitio, reconocerse tan inteligente, tan virtuoso, tan hábil como uno cree serlo, darse cuenta de las superioridades que uno cree tener, pero sabiéndose en absoluta dependencia ante Dios y que todo lo ha recibido para el bien común. Ese es el gran principio. Toda superioridad es para el bien común (Sto. Tomás).

No soy yo el que cuento: es la obra

No achatarme. Caminar al paso de Dios. No correr más que Dios. Fundir mi voluntad de hombre con la voluntad de Dios. Perderse en El. Todo lo que yo agrego de puramente mío, está de más; mejor: es nada. No esperar reconocimiento, pero alegrarse y agradecer los que vienen. No achicarme ante los fracasos; mirar lo que queda por hacer y saber que mañana habrá un nuevo golpe y todo esto con alegría.

Munificencia, magnificencia, magnanimidad: tres palabras casi desconocidas en nuestro tiempo. La munificencia y la magnificencia no temen el gasto para realizar grande y bello. Piensan en otra cosa que en invertir o en llenar los bolsillos de sus partidarios. El magnánimo piensa y realiza en forma digna de la humildad; ¡no se achica! Hoy se necesita tanto, porque en el mundo moderno todo está ligado. El que no piensa en grande, en función de todos los hombres, está perdido de antemano. Algunos te dirán: ¡cuidado con el orgullo…! ¿Por qué pensar tan grande? Pero no hay peligro: mientras mayor es la tarea, más chico se siente uno. Vale más tener la humildad de emprender grandes tareas con peligro de fracasar, que el orgullo de querer tener éxito achicándose.

Grandeza y recompensa del militante en el gran combate que libra: sobrepasarse siempre más en el amor… ¿El éxito? ¡¡Abandonarlo a Dios!!

Los pecados de un hombre de acción

(Para un examen de conciencia).

Creerse indispensable a Dios. No orar bastante. Perder el contacto con Dios.

Andar demasiado a prisa. Querer ir más ligero que Dios. Pactar aunque sea ligeramente con el mal para tener éxito.

No darse entero. Preferirse a la Iglesia. Estimarse en más que la obra que hay que realizar, o buscarse en la acción. Trabajar para sí mismo. Buscar su gloria. Enorgullecerse. Dejarse abatir por el fracaso. Aunque más no sea, nublarse ante las dificultades.

Emprender demasiado. Ceder a sus impulsos naturales, a sus prisas inconsideradas u orgullosas. Cesar de controlarse. Apartarse de sus principios.

Trabajar por hacer apologética y no por amor. Hacer del apostolado un negocio, aunque sea espiritual.

No esforzarse por tener una visión lo más amplia posible. No retroceder para ver el conjunto. No tener cuenta del contexto del problema.

Trabajar sin método. Improvisar por principio. No prevenir. No acabar. Racionalizar con exceso. Ser titubeante, o ahogarse en los detalles. Querer siempre tener razón. Mandarlo todo. No ser disciplinado.

Evadirse de las tareas pequeñas. Sacrificar otro a mis planes. No respetar a los demás; no dejarles iniciativa; no darles responsabilidades. Ser duro para sus asociados y para sus jefes. Despreciar a los pequeños, a los humildes y a los menos dotados. No tener gratitud.

Ser sectario. No ser acogedor. No amar a sus enemigos.

Tomar a todo el que se me opone como si fuese un enemigo. No aceptar con gusto la contradicción. Ser demoledor por una crítica injusta o vana.

Estar habitualmente triste o de mal humor. Dejarse ahogar por las preocupaciones del dinero.

No dormir bastante, no comer lo suficiente. No guardar por imprudencia y sin razón valedera la plenitud de sus fuerzas y gracias físicas.

Dejarse tomar por compensaciones… sentimentales, pereza, ensueños. No cortar su vida con períodos de calma, sus días, sus semanas, sus años…
Ilusiones y Peligros de la Acción

La acción tiene sus peligros: obrar por obrar; obrar por afirmarse; obrar para brillar; obrar para dominar.

Ver demasiado grande. Querer el éxito a toda costa. Querer ir demasiado a prisa. Perder el contacto con Dios. Sacrificar los otros a mi juego. Convertirme en político, o en hombre de negocios, o en patrón.

Saborear con el éxito, o carcomerse por los fracasos; endurecerse, creerse en el término y no querer seguir avanzando.

Abandonar el estudio, abandonar la oración, perder la humildad, convertirme en un sectario, dejar de ser apóstol, perder mi capacidad de acogida bondadosa. Dejar de mirar las cosas de lejos, o la jerarquía de valores.

Lanzarse a ciegas a una aventura, cesar de contemplar, no contar sino con los medios humanos.

Desear el poder y el apoyo de los grandes. Desear los honores. Comprometer a la Iglesia. Dejarse maniobrar; pactar con la injusticia. Parecer interesado o ambicioso… Peligros bien reales, que pueden llegar a inutilizar un apóstol. Dios se encargará de purificarlo.

Etapas de purificación

Salir de pecado. La alegría de servir, comienzos de abnegación, primeras luces de la contemplación. En la turbación dejarse conducir por un director.

Renuncia a la riqueza. Lucha contra la voluptuosidad, contra el deseo de dinero y de honores.

Renuncia a la voluntad propia. La obligación de cambiar de vida. La impotencia de obrar… No poder vivir feliz sin sufrimiento.

En su trabajo, sumisión continua al objeto; ir siempre a lo más esencial. Trabajar sin esperar reconocimiento. Aceptar el no ser comprendido. Abandono a Dios, total, del esfuerzo realizado. Rechazo de toda traición. Abandono generoso a sus hermanos. Adhesión total a la verdad. Aceptación de los fracasos. Aceptación de la soledad y del aislamiento… La marcha en la noche. Dejarse crucificar por la vida con Cristo. La fe pura.

Optar por la gloria de otro, sacrificando sus propios planes. La renuncia a toda gloria humana. La aceptación de no ser amado por lo que uno ama. El puro amor de sus hermanos. Las tinieblas purificadoras.

Se trata ciertamente de alienación, de pérdida de sí en el otro al que se substituye por amor; en el otro, en el cual se funde por amor. Pero se aliena, para ser, para ser en verdad. Es olvidándose como uno se encuentra. Es dándose como uno crece. Es ligándose que llega uno a la libertad. Este es el camino para adquirir la plenitud del ser, porque así ha perdido uno las ramas inútiles; porque así se entrega a la savia su máximun de eficacia, porque se ha vuelto uno al que es, porque uno ha abrazado su deseo, que es el deseo de lo mejor…

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Una competencia en darse

Prédica del matrimonio de José Arellano Rivas y Teresa Marín Cerda, el 24 de mayo de 1951.

Mis queridos esposos:

Quisiera tomar como tema, de las cortas palabras que quería dirigiros ahora, el augurio de la felicidad cristiana. Todo el cristianismo no es más que un mensaje de felicidad. Y si recordáis el sermón de la montaña, que juntos, sin duda, habéis leído tantas veces, encontraréis en él estas palabras hermosísimas de Cristo Nuestro Señor, con que lo inicia. Bienaventurados es la palabra que repite. [No se cansa] el Señor de repetirnos en ese sermón lo que Él viene a traer a la tierra: Bienaventuranza, paz, felicidad, alegría. ¡Ése es todo el mensaje cristiano!

Y si miramos la vida de la Iglesia, que es la realización del mensaje de Cristo, no es más que la introducción del hombre a la felicidad divina. El bautismo nos hace hijos de Dios y nos introduce en la vida divina, porque nos hace participar de esa vida de Dios; la Eucaristía, cuya fiesta celebramos hoy, no es más que la participación del alma en el Cuerpo y Sangre de Cristo para unirnos más íntimamente con Él; y todos los sacramentos tienen ese sentido: preparar el alma a la unión con Dios, fuente de toda felicidad.

¿Y en qué consiste la felicidad, mis queridos esposos? El Señor Jesús nos da la norma de la felicidad cristiana y la razón de ser de ella: la felicidad cristiana consiste en darse. Y por eso Jesús nos dice “feliz es el que da, más feliz que el que recibe” (cf. Hech 20,35). Y si miramos a Dios, fuente de toda felicidad, Dios es el que da. Miremos la vida íntima de la Santísima Trinidad: el Padre, que es fuente de todo ser y de toda alegría, da su propio ser a su Hijo, engendrándolo desde toda la eternidad, y el Padre y el Hijo, que se conocen, se dan mutuamente en un amor eterno, que es el Espíritu Santo. He ahí la fuente de toda felicidad. Y ese Dios riquísimo en su soledad, acompañado en su soledad, que es la Trinidad, todavía no se satisface con esa donación mutua de las Personas [divinas], y se resuelve a crear, y crea el mundo por amor. Y todo cuanto vemos no es más que la donación de Dios, nosotros mismos somos una donación de Dios, y el mundo entero es una donación que Dios nos da.

Y esta ley de la felicidad, mis queridos esposos, es la ley de la alegría cristiana en el matrimonio. Vais a fundar hoy día un hogar, y el Santo Padre os augura felicidad cristiana, y por eso os doy la norma consiguiente: daros, mutuamente, el uno al otro. El matrimonio cristiano es una competencia en darse.

La felicidad tiene una sola norma: darse, entrega de sí mismo. Y por eso, si en vuestra vida ocurre, lo que en toda vida humana ocurre, por más bella que sea, por más noble y más generosa, si alguna vez viene alguna nubecita a enturbiar el sol del amor, que os apresuréis a ser el primero en dar al otro el perdón, en sufrir por el otro, en orar juntos, en la noche, al caer las luces del día, recogidos en una plegaria; y los sufrimientos del día, ponerlos a los pies de Cristo, especialmente deseando la felicidad para el ser amado.

Y por eso, mis queridos esposos, en un hogar cristiano, en un hogar bendecido por la felicidad cristiana, los hijos son deseados, los hijos son pedidos, los hijos son esperados, y por los hijos desde ahora se sufre, desde ahora se acumula para ellos un tesoro, más que de bienes materiales, un tesoro de virtudes, un tesoro de gracias, un tesoro de plegarias, para que cuando ellos lleguen a este mundo se encuentren ricos, con la riqueza espiritual de sus padres. Y los hijos, por muchos que sean los que Dios quiera daros, estoy cierto, mis queridos esposos, que no van a agotar ese deseo de daros que vosotros tenéis.

Y más allá de vuestro hogar, están los que en vuestra vida de solteros tanto habéis amado, los pobres, los que sufren, los que padecen, el bien común, la patria. Empresas todas que en vuestra vida de casados no han de cesar, mis queridos esposos, sino que, al contrario, habéis de ser más fuertes y más generosos en prolongar hacia esas obras vuestros esfuerzos. No vais a estar solos ahora para trabajar sino que vais a estar acompañados; y si la tarea es difícil, y si la tarea es ingrata, y a momentos descorazonadora, tenéis ahora una nueva fuerza en vuestro mutuo amor. Una nueva fuerza la tendréis en esos hijos que han de venir también a sosteneros en esas empresas, para bien de los demás, porque les vais a legar a ellos esa tradición preciosa de una vida que no se consume egoístamente en las paredes del hogar, sino que pretende únicamente darse como Dios; os decía al principio, Dios se da, Dios es donación permanente.

Mis queridos esposos, en vuestra vida de solteros hay algo que os ha siempre animado, que sea lo mismo que os anime en vuestra vida de casados: Jesús, el ejemplo del darse. Leed juntos las páginas del Evangelio, no dejéis jamás de leerlas. Ojalá que desde vuestra primera noche de matrimonio, las leáis juntos. Esas páginas hermosas, en las cuales encontraréis el ejemplo de la vida de Dios que así amó al mundo que nos dio a su Hijo Unigénito (cf. Jn 3,16) y después, ese Hijo unigénito de Dios en la tierra, ¿qué hizo si no dar a los hombres sus palabras, darles sus ejemplos, darles su vida? Cuando no tenía más que darles, ¡les dio su propia Madre! Y antes de despedirse de nosotros, nos dejó como recuerdo supremo aquél que hoy celebra la Iglesia: la donación de su propio Cuerpo y de su propia Sangre, para que sea su propio Cuerpo y su propia Sangre el alimento espiritual de nuestras almas.

Y junto a Jesús tenéis a la Virgen, a la dulce Madre María, a aquella que preside este altar. El altar ante el cual tantas veces habéis venido juntos a recibir el Cuerpo eucarístico de Jesús. Ésta, vuestra Madre, os mira desde este altar bendito, os mira desde el cielo y os augura toda clase de bendiciones para vuestro nuevo hogar. Y por eso, Teresita, el rosario que tienes en tus manos lo desgranes cada noche junto con tu marido, y mañana juntos con vuestros hijos y con vuestra servidumbre, y ojalá con los pobres que rodeen vuestra casa. Y a la Madre del Amor hermoso, a la dulce Virgen María, cada noche cincuenta veces le digáis: “Ruega, Madre, por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte”.

Y estoy seguro, mis queridos esposos, que esos votos que por vosotros ha hecho el Santo Padre, el Padre común de nuestras almas, ya comienzan a realizarse. Porque esa felicidad cristiana que os desea, estoy cierto, que inunda vuestros corazones. Ésa revienta en vuestras almas.

Vivimos en una hora del mundo en que los hombres parece que han perdido la confianza en sí mismos, la confianza en poder ser felices; que ellos vean en vuestro hogar que la felicidad es una realidad, que la dicha es don de Dios en la tierra, que la gozan las almas de buena voluntad, como sois vosotros y como pueden serlo todos aquellos que ponen en Dios su felicidad.

 

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Un trato de amistad

Extracto del capítulo diez del libro “Humanismo Social” escrito por el Padre Hurtado.

La gran escuela del sentido social, de la justicia, de la caridad, es la práctica y ninguna práctica es más provechosa que el trato social de cada día. Más que toneladas de consejos sobre la necesidad del espíritu social, vale una hora de acción social.

La práctica más frecuente del espíritu social es el trato continuo con aquellos con quienes debemos normalmente alternar en el colegio, o universidad, o en el trabajo, o en la vida de negocios, apostolado, diversiones, etcétera. El mejor “test” del sentido social de una persona es el trato cotidiano con sus compañeros de labor.

En este trato de cada día hay que estimular ciertas aptitudes y refrenar otras. ¿Qué hay que estimular?

Antes que nada el interés por los demás

¡Sal de ti mismo, por favor! Deja de seguir pensando perpetuamente en ti. Hubo hace años un juego: el Yo-Yo… y muchos parecen haber guardado el juguete intacto y lo usan en el día y en la noche, en la niñez y en la juventud, en la edad adulta y aún dicen algunos que hasta un cuarto de hora después de su muerte. En las conversaciones que sostiene la palabra que sale más veces de su boca es la palabra Yo; siempre Yo, Yo. Tenemos la tendencia innata de referirlo todo a nosotros. Si se nos muestra una fotografía, ¿cuál es el primer personaje que tratamos de descubrir? ¿Verdad que ante su importancia se eclipsan todos los demás? ¿He pensado alguna vez lo que ocurrirá a mi muerte? ¿No es cierto que pude ver mi entierro, leer los artículos de la prensa que comentaba mi sensible deceso?

¡Somos inmensamente egoístas! Tendemos siempre a flotar, como el corcho, y a ponernos en toda oportunidad en el primer lugar. Este yoismo ha de ser atacado a fondo si queremos obtener un trato de amistad, una conducta verdaderamente social.

Si únicamente nos preocupamos de interesar a los demás con nuestras cosas, nunca tendremos un trato social. ¿Por qué habrían de interesarse los otros en mí y en mis cosas, si yo no me intereso en ellos?

Ponerse en el punto de vista ajeno

“Póngase usted en mi punto de vista”, es mi súplica frecuente. Pero, ¿me pongo yo en el punto de vista de los demás? Al criticar una conducta que me ofende, que daña mis intereses, que me parece incomprensiva, ¿me he puesto en el punto de vista del criticado? ¿Qué razones puede él tener para obrar así? ¿Cómo justificaría él su actitud?

La reflexión sincera del punto de vista ajeno helará muchas críticas en mis labios; me mostrará mis limitaciones y mis errores; hará crecer mi estima por los otros y hasta mi veneración por aquellos que yo había despreciado por ligereza.

Estimar a los demás

Cuando no hay estimación de algo o de alguien, la obra o el trato se hace imposible. Como decía un hombre de experiencia: “Es imposible tener éxito en una empresa a menos de trabajar en ella con alegría”. Otro expresaba la misma idea, diciendo: “He conocido hombres que tienen éxito en su trabajo mientras se entregan a él con optimismo; comienzan a decaer cuando su trabajo comienza a ser para ellos, solamente su trabajo; si el entusiasmo y la alegría llegan a desaparecer, el fracaso llegará fatalmente”.

Uno ha de estar a gusto con los demás, si quiere que los demás estén a gusto con uno. Si uno se aburre con ellos ¿es de extrañarse que ellos se fastidien con uno?

Los mismos compañeros en las mismas circunstancias me parecen muy distintos según mi estado de ánimo al acercarme a ellos, y no es raro que mi estado de ánimo influya en ellos y contribuya a dar un determinado colorido a su reacción.

Un profesor que examine sus éxitos y fracasos escolares podrá ver que uno de los factores que más influencian la actitud de la clase para con él, es su actitud interior para con la clase.

Si uno no estima a los alumnos, si desespera de su aprovechamiento, si desconfía de su talento o de la generosidad de su espíritu, no podrá -aunque quiera- expandir sus propias cualidades. Su genio parecerá trabado, su clase no tendrá brillo; no habrá alegría en su expresión ni en la exposición de sus temas. Estará predispuesto a notar las deficiencias de sus alumnos, el menor ruido y movimiento lo notará e interpretará mal, se volverá irascible, se enojará de hecho, comenzará a castigar. Una oposición sorda se irá formando, una tensión de espíritu lo hará insoportable para sus alumnos, y, alumnos y profesor sentirán el peso de muerte de esa clase, se romperán los vínculos de sus espíritus; la influencia educadora se habrá perdido.

Y cuando los alumnos, por una u otra causa -a veces por la malevolencia de un compañero- llegan a perder la estima del profesor, no estarán dispuestos a recibir lo que venga de él, discutirán interiormente sus observaciones, se cerrarán a su influencia.

¿Qué ha faltado entonces? La mutua estimación. Por eso poniéndonos principalmente en el punto de vista del profesor pensamos que la primera actitud que requiere un educador que quiere ser algo más que un simple explicador de lecciones, es un sano, franco y generoso optimismo. Ha de tener una predisposición y ha de cultivarla, a confiar en la riqueza y bondad de alma de sus alumnos.

Esos profesores “realistas”, “llenos de experiencia”, “desengañados de la vida”, a quienes “nadie les cuenta un cuento”, pueden retirarse de la educación; quizás su puesto estará con éxito en la dirección de investigaciones; su “experiencia” será muy útil para descubrir a los culpables, pero no para reformarlos.

Todos los grandes apóstoles han sido grandes optimistas, que a pesar de conocer la naturaleza humana, han esperado de ella. El primero en obrar así fue Jesucristo. Nadie conoció como El “lo que hay en el hombre”, y nadie se atrevió tampoco a esperar tanto de él, ya que confió su obra, su Iglesia, sus sacramentos, su perdón, a la generosidad de los hombres.

Si el marido que se queja amargamente de su esposa, que vive con la obsesión de su falta de comprensión, de su mal carácter, se propusiera cerrar por unos días ese capítulo y abriera el de sus cualidades, desenterraría una a una esas piedrecitas preciosas que ciertamente están escondidas en ella, como diamantes bajo el carbón (si no existieran esas cualidades ¿cómo se casó?). Si procediera así, la llama del amor a punto de extinguirse, cobraría nuevamente su vigor.

¡Cuántos descubrimientos podemos hacer de personas que nos rodean desde hace años pasando inadvertidas, o aun molestándonos con sus pequeñeces sin haber reparado en sus cualidades.

Aprender a conversar

No es fácil conversar. Lo más difícil está, no en hablar, sino en callar. El que se interesa en sí, quiere oír su voz.

En la conversación, se busca frecuentemente un desahogo, aún bajo el pretexto de una consulta. Un político, en un momento dificilísimo de su gobierno, rogó a un amigo se tomara la molestia de hacer un viaje, pues deseaba consultarlo. En la entrevista sólo habló el político durante varias horas: le expuso su problema, los pro y contras de su actitud, las resistencias que encontraba. El amigo escuchaba y al fin, el político sin haberle pedido su opinión ni una sola vez, le agradece su visita que le ha sido tan inmensamente provechosa. ¿Lo consultó? No. Más que consejos lo que necesitaba era un desahogo.

Una señora va a ver al médico, le expone su enfermedad, le dice lo que necesita, el remedio que va a tomar. El médico escucha y por toda respuesta le dice: “Muy bien colega”. ¿Para qué lo necesitaba a él? ¡Para que la oyera!

Cuántas veces vamos al director espiritual, o al consejero, no tanto para oír como para hablar. El que sabe escuchar tiene un gran camino asegurado y a la larga es el que domina. A veces uno se maravilla de encontrar amistades, en las cuales la influencia real pertenece a aquel que aparentemente tiene menos brillo, pero si más paciencia para escuchar.

Desde pequeños deben aprender los niños a no interrumpir, a escuchar con respeto no sólo exterior, sino interior, procurando comprender y asimilar. Interrumpir equivale a decir: su opinión no me interesa: ya ha hablado usted demasiado, escúcheme a mí que tengo algo más interesante que decir. Interrumpir denota una intoxicación del egoísmo.

“El que habla sólo de sí, piensa sólo en sí y el que piensa sólo en sí es horriblemente mal educado por más instruido que sea”.

No dogmatizar

Frases como éstas se oyen con tanta frecuencia: “voy a probarle que esto es así…”; “yo se lo demostraré…” Levantan oposición desde el primer momento, equivalen a un reto y la amistad no vive de retos.

En cambio, si uno siente modestamente de sí, expresará también con modestia sus opiniones. Con tacto, con delicadeza puede decir: Quizás me equivoque… pero… ¿No piensa usted que…? Como creo haberle oído alguna vez… Tal vez podríamos enfocar este problema desde este punto de vista… Las cosas discutidas han de ser enseñadas como si se tratara de recordarlas. A quien no lo pide no le gusta ser enseñado. Al confundir la sinceridad con la rudeza se incurre en error que dificulta el trato amistoso. Sinceros siempre; jamás aceptar lo que no puede ser aceptado, pero expresarlo con modestia, con respeto a las opiniones ajenas, con temor de no haber considerado suficientemente el propio punto de vista. Excepto en aquellas verdades en que una certeza superior, como la fe, me ilumine, hemos de saber desconfiar; y aún en las verdades de la fe cabe el ser respetuosos y humildes al exponerlas.

¡Cómo aleja a los que no creen, el ver tratadas sus doctrinas de “infaustos horrores”, de “mentiras”, de “absurdos crasos”! No se puede ceder ni un punto de doctrina cuando ésta está en juego, pero siempre se puede guardar la caridad y la humildad en la exposición.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Los riesgos de la fe

Meditación de retiro donde el Padre Hurtado invita al seguimiento de Cristo.

“Podéis beber el cáliz… ¡Podemos!” (Mt 20,22). Santiago y Juan piden al Señor, con noble ambición, sentarse a su lado en la gloria; sublime ambición, y Jesús les responde con la gran aventura en que se embarcan si piden esto: Debéis correr un tremendo riesgo para alcanzarlo. ¿Podéis beber mi cáliz, podéis ser bautizados con mi bautismo? –¡Sí, podemos!

Aquí está nuestro deber: arriesgarnos cada día por la vida eterna… Arriesgarse significa correr un riesgo: ¡falta total de seguridad! El que quiere salvarse tiene que arriesgarse. No hay riesgo cuando no hay temor, incertidumbre, ansiedad y miedo. En esto consiste la excelencia y la nobleza de la fe, que la señala entre las otras virtudes: porque supone la grandeza de un corazón que se arriesga.

“La fe es la firme seguridad de lo que esperamos; la convicción de lo que no vemos” (Heb 11,1).En su esencia, pues, la fe es hacer presente lo que no vemos; obrar por la sola esperanza de lo que esperamos sin poseerlo ahora; el arriesgarse para alcanzarlo.

Los Apóstoles Santiago y Juan no se daban perfecta cuenta de todo cuanto ofrecían, pero lo más íntimo de su corazón se revelaba en estas palabras, profecía de su conducta futura. ¡Se entregaron a sí mismos sin reserva y fueron cogidos por Uno más fuerte que ellos y cautivados por Él! Pero aunque poco sabían el alcance de su ofrecimiento, se ofrecían de corazón y así fueron aceptados: “¿Podéis beber?… –Sí podemos! ¡Beberéis pues mi cáliz, y seréis bautizados con el Bautismo con que yo seré bautizado!” (Mt 20,22).

Así actuó también Nuestro Señor con San Pedro: Aceptó el ofrecimiento de sus servicios aunque le avisó cuán poco se daba cuenta de lo que ofrecía.

El caso del joven rico, que se volvió tristemente cuando Nuestro Señor le pidió que lo dejase todo y lo siguiera, es uno de esos casos de uno que no se atreve a arriesgar este mundo por el otro, fiándose de Su Palabra.

Conclusión: Si la fe es la esencia de la vida cristiana, se sigue que nuestro deber es arriesgar todo cuanto tenemos, basados en la Palabra de Cristo, por la esperanza de lo que aún no poseemos; y debemos hacerlo de una manera noble, generosa, sin ligereza, aunque no veamos todo lo que entregamos, ni todo lo que vamos a recibir, pero confiando en Él, en que cumplirá su promesa, en que nos dará fuerzas para cumplir nuestros votos y promesas, y así abandonar toda inquietud y cuidado por el futuro.

Muchos conceden a los sacerdotes el derecho de predicar la doctrina abstracta, pero cuando descubren que están ellos implicados, entonces buscan toda clase de excusas: no ven que “esto” se sigue de “aquello”, o bien que “esto es exagerar”, o “extravagancia”, que hemos olvidado la época, la manera de ser de ahora, etc… Con razón se ha dicho: “Donde hay una voluntad allí hay un camino”. No hay verdad, por más fulgurante que sea, a la que un hombre no pueda escapar si cierra sus ojos; no hay deber, por más urgente que sea, en cuya contra uno no pueda hallar 10.000 razones, tratándose de aplicarlo a él. Y están seguros que se exagera cuando no se hace más que aplicar lo que es evidente.

Pensemos. ¿Qué has sacrificado por la promesa de Cristo? En cada riesgo hay que sacrificar algo: aventuramos nuestras propiedades por una ganancia, cuando tenemos fe en un plan comercial. ¿Qué hemos aventurado por Cristo? ¿Qué le hemos dado en la confianza de su promesa? Éste es el problema: ¿qué hemos arriesgado nosotros?

Por ejemplo, San Bernabé tenía una propiedad en Chipre: la dio para los pobres de Cristo. Aquí hay un sacrificio, hizo algo que no habría hecho si el Evangelio de Cristo fuera falso… Y es claro que si el Evangelio de Cristo fuera falso (lo que es imposible) hizo un muy mal negocio; sería como un negociante que quebró, o cuyos barcos se hundieron.

El hombre tiene confianza en el hombre, se fía de su vecino, se arriesga, pero los cristianos no arriesgamos mucho en virtud de las palabras de Cristo y esto es lo único que deberíamos hacer. Cristo nos advierte: “Haceos amigos con el Dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas” (Lc 16,9). Esto es, sacrifiquen por el mundo futuro lo que los sin fe usan tan mal: viste al desnudo, alimenta al hambriento…

Así también, aquel que, teniendo buenas perspectivas en el mundo, abandona todas sus perspectivas para estar más cerca de Cristo, para hacer de su vida un sacrificio y un apostolado, se arriesga por Cristo. O aquel que, deseando la perfección, abandona sus proyectos mundanos y, como Daniel o San Pablo, con mucho trabajo y mucho esfuerzo, lleva una vida iluminada sólo por la vida que vendrá. O aquel que, cuando se ve cercado de lo que el mundo llama males, aunque tiembla dice: “Que se haga tu voluntad”. Éstos arriesgan lo que pueden por la fe.

Estos son oídos por Dios, y sus palabras son escuchadas, aunque no sepan hasta dónde llega lo que ofrecen, pero Dios sabe que dan lo que pueden y arriesgan mucho. Son corazones generosos, como Juan, Santiago, Pedro, que con frecuencia hablan mucho de lo que querrían hacer por Cristo, hablan sinceramente pero con ignorancia, y por su sinceridad son escuchados aunque con el tiempo aprenderán cuán serio era su ofrecimiento. Dicen a Cristo “¡podemos!”, y su palabra es oída en el cielo.

Es lo que nos acontece en muchas cosas en la vida. Así, en la Confirmación cuando renovamos lo que por nosotros se ofreció en el Bautismo, no sabemos bastante bien lo que ofrecemos, pero confiamos en Dios y esperamos que Él nos dará fuerzas para cumplirlo. Así también, al entrar en la vida religiosa, no saben hasta dónde se embarcan, ni cuán profundamente, ni cuán seductoras sean las cosas del mundo que dejan.

Y así también, en muchas circunstancias, el hombre se ve llevado a tomar un camino por la Religión que puede llevarle quizá al martirio. ¡No ven el fin de su camino! Sólo saben que eso es lo que tienen que hacer, y oyen en su interior un susurro que les dice que cualquiera sea la dificultad Dios les dará su gracia para no ser inferiores a su misión.

Sus Apóstoles dijeron: ¡Podemos!, y Dios los capacitó para sufrir como sufrieron: Santiago traspasado en Jerusalén (el primero de los Apóstoles); Juan más aún, porque murió el último: años de soledad, destierro y debilidad. Con razón Juan diría al final de su vida: ¡Ven, Señor Jesús! (Ap 22,20), como los que están cansados de la noche y esperan la mañana.

No nos contentemos con lo que poseemos; más allá de las alegrías, ambicionemos llevar la Cruz para después poseer la corona. Cuáles son, pues, hoy nuestros riesgos basados en su Palabra. Jesús, expresamente lo dice: “El que dejare casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o esposa o hijos o hijas, o tierras por mi nombre, recibirá el ciento por uno y la herencia del cielo… Pero muchos que son los primeros serán los últimos; y los últimos serán los primeros” (Mt 19,29–30).

 

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El valor de una sonrisa

Extracto del capítulo diez del libro “Humanismo Social” escrito por el Padre Hurtado.

¿Sabes el valor de una sonrisa?

No cuesta nada pero vale mucho.

Enriquece al que la recibe, sin empobrecer al que la da.

Se realiza en un instante y su memoria perdura para siempre.

Nadie es tan rico que pueda prescindir de ella, ni tan pobre que no pueda darla.

Crea alegría en casa; fomenta buena voluntad y es la marca de la amistad.

Es descanso para el aburrido, aliento para el descorazonado, sol para el triste y recuerdo para el turbado.

Y, con todo, no puede ser comprada, mendigada, robada, porque no existe hasta que se da.

Y en el último momento de compras el vendedor está tan cansado que no puede sonreír ¿quieres tú darle una sonrisa?

Porque nadie necesita tanto una sonrisa, como las que no tienen una para dar a los demás.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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El deber de la caridad

Hora Santa predicada por el Padre Hurtado en Radio Mercurio el 4 de abril de 1944.

Si bien debemos mirar al cielo para adorar al Padre, para recibir su inspiración, para fortalecernos para nuestros trabajos y sacrificios, ese gesto no puede ser el único gesto de nuestra vida. Es importantísimo, y sin él no hay acción valedera, pero ha de completarse con otro gesto, también profundamente evangélico. Con una mirada llena de amor y de interés a la tierra, a esta tierra tan llena de valor y de sentido, que cautivó al amor de Dios Eterno, atrayéndolo a ella para redimirla y santificarla con sus enseñanzas, sus ejemplos, sus dolores y su muerte.

Todo el esplendor del cual se enriquece el cielo, se fabrica en la tierra. El cielo es el granero del Padre, pero el más hermoso granero del mundo no ha añadido jamás un solo grano a las espigas, ni una sola espiga al sembrado. El trigo sólo crece en el barro de esta tierra.

La devoción al Corazón de Cristo y al corazón de María tienen ese sentido profundo: Recordar a los hombres entristecidos del mundo moderno, que por encima de sus dolores hay un Dios que los ama, hay un Dios que es amor (cf. 1Jn 4,8), un Dios que cuando ha querido escoger un símbolo para representar el mensaje más sentido de su alma, ha escogido el Corazón porque simboliza el amor, el amor hacia ellos, los hombres de esta tierra.

Un amor que no es un vano sentimentalismo, sino un sacrificio recio, duro, que no se detuvo ante las espinas, los azotes, y la cruz. Y junto a ese Corazón, nos recuerda también que hay otro corazón que nos ama, el Corazón de su Madre, y Madre nuestra, que nos aceptó como hijos cuando su Corazón estaba a punto de partirse de dolor junto a la Cruz, al ver cómo sufría el Corazón de Jesús, su Hijo, por nosotros los hombres de esta tierra, redimida por el dolor de un Dios hecho hombre, que quiso asociar a su redención el dolor de su Madre y el de sus fieles. El mensaje de amor de Jesús y de María, urge nuestro amor.

Con esta intención los invito, amados en Cristo, a recogernos unos instantes en actitud de oración. Si tienen ante sus ojos el santo crucifijo o la imagen del Corazón de Jesús y del Corazón de María, comprenderán, en ese símbolo, toda la urgencia de este llamado a la caridad, al amor, al interés por nuestros hermanos de esta tierra, que constituye el precepto fundamental de la vida cristiana.

Esta lección constituye el núcleo de la predicación cristiana. “El que no ama a su hermano no ha nacido de Dios”, dice San Juan. “Si pretende amar a Dios y no ama a su hermano, miente. ¿Cómo puede estar en él el amor de Dios, si rico en los bienes de este mundo y viendo a su hermano en necesidad le cierra el corazón?” (cf. 1Jn 4,8; 4,20; 3,17).

Y las enseñanzas de los Pontífices, si hay algo que recuerden con insistencia extraordinaria es esta primacía de la caridad en la vida cristiana. El primer Papa, San Pedro, en la primera Encíclica que dirigiera a la naciente cristiandad nos dejó esta enseñanza: “Sed perseverantes en la oración, pero por encima de todo practicad continuamente entre vosotros la caridad” (1Pe 4,7-8).

León XIII en la Rerum Novarum nos decía: “Es de una abundante efusión de caridad, de la que hay que esperar la salvación, hablamos de la caridad cristiana, que resume todo el Evangelio”; y continúa: “que los ministros sagrados se apliquen por sobre todas las cosas a alimentar en sí mismos y hacer nacer en los otros la caridad” (nº 41).

Hermanos en Cristo. Acuérdense que aún más valiosa que la honestidad y la piedad, es la generosidad. Recuerden que no han cumplido el deber si pueden decir solamente: no he hecho mal a nadie, pues están obligados a hacer perpetuamente buenas acciones. Está muy bien no hacer el mal, pero está muy mal no hacer el bien.

Odio y matanza es lo que uno lee en las páginas de la prensa cotidiana; odio es lo que envenena el ambiente que se respira. El tremendo dolor de la guerra de Europa y Asia ¿cómo va a dejarnos indiferentes? Somos solidarios de infinidad de hombres, mujeres y niños que sufren como quizás nunca se ha sufrido sobre la tierra, ya que a todos los continentes llegan las repercusiones del gran drama europeo. ¿Qué tengo que ver con la sangre de mi hermano? afirmaba cínicamente Caín (cf. Gn 4,9), y algo semejante parecen pensar algunos hombres que se desentienden del inmenso dolor moderno. Esos dolores son nuestros, no podemos desentendernos de ellos.

Son tan numerosos esos niños de todas las razas del mundo que son capaces con la gracia de Dios de llegar a ser discípulos predilectos de Cristo, pero que no han encontrado el apóstol que les muestre al Maestro. No puedo desinteresarme de ellos… Son mis hermanos de la tierra, destinados a ser hermanos de Cristo. Los pescadores y labradores, los mercaderes en sus toldos de la China, los pescadores de perlas que descienden al océano, los mineros del carbón que se encorvan en las vetas de la tierra, los trabajadores del salitre, los del cobre, los obreros de los altos hornos que tienen aspiraciones grandes y dolores inmensos que sobrellevar, de su propia vida y la de sus hogares. Cristo me dice que no amo bastante, que no soy bastante hermano de todos los que sufren, que sus dolores no llegan bastante al fondo de mi alma, y quisiera, Señor, estar atormentado por hambre y sed de justicia que me torturara para desear para ellos todo el bien que apetezco para mí.

Son tan numerosos los que te buscan a tientas, Señor, lejos de la luz verdadera… Son más de mil millones los que no conocen aún al que es Camino, Verdad y Vida (Jn 14,6). Cuántos dolores no encuentran consuelo en sus almas, porque no conocen al que les enseñó a sufrir con resignación, con sentido de solidaridad y de redención social.

Y si sin mirar tan lejos, echamos una mirada a nuestra querida tierra chilena, ¡cuántos hermanos nuestros encontramos en ella que reclaman nuestra comprensión, nuestra justicia y nuestra caridad! La doctrina de Cristo no es predicada en grandes extensiones de la nación chilena, la pampa está casi sin sacerdotes; parroquias sin párroco, cuántos jóvenes, si pensaran en esta realidad, sentirían arder un nuevo deseo en sus almas y comprenderían que hay una causa grande por la cual ofrecer sus vidas. ¡Señor, danos ese amor, el único que puede salvarnos!

 

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Abnegación y alegría

Meditación del Padre Hurtado en Ejercicios Espirituales del Clero de Concepción, posiblemente en febrero o marzo de 1948.

No hay sólo que darse, sino darse con la sonrisa. No hay sólo que dejarse matar, sino ir al combate cantando.

Hay que hacer amar la virtud. Hacer que los ejemplos sean contagiosos, de otra manera quedan estériles. Hacer la vida de los que nos rodean sabrosa y agradable.

Esto es triunfar sobre el egoísmo sutil, que una vez expulsado de la trama de nuestra vida, tiende a refugiarse en los repliegues, es decir, en nuestra sensibilidad egoísta haciendo sentir que uno es un mártir o al menos una víctima, alzándose sobre un pedestal y buscando el ser consolado.

Canta y avanza, la abnegación total es alegría perpetua. ¿Es la cuadratura del círculo? No. Porque hay un vínculo secreto entre el don de sí, por amor, y la paz del alma.

Nuestra vocación es integración total a Cristo, a Cristo resucitado. ¿En qué consiste esta actitud? Es difícil definirla, como no se puede definir belleza de una pieza de Beethoven, o de una Virgen de Fray Angélico. Es distinta para cada uno. Negativamente, es la eliminación de todo lo que choca, molesta, apena, inquieta a los otros, lo que les hace la vida más dura, más pesada, les desagrada…

San Pablo: “Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo” (Gál 6,2). No dice: “imponed a los demás vuestras cargas”. Se hace más pesada la atmósfera general.

El temperamento dulce, alegre, ligeramente original, simple, no forzado, alegre, amable en el recibir las personas y las cosas, contribuye a la alegría de la vida… Así Santa Teresa alegraba y contribuye alegrando… Algunas bromitas a tiempo… El sentarse junto a una mesa modestamente.

Cada uno tiene posibilidad de hacer algo, cada uno siguiendo su carácter: unos alegres, otros artistas, otros tranquilos y pacíficos, otros simpáticos… Cada uno cultivando su naturaleza. La gracia supone la naturaleza.

Si no se hace amar la virtud, no se la buscará. Se la estimará, pero no se la buscará. Todos desearían estar en la cumbre de monte para gozar bella vista, pero lo que aparta de ella es la dificultad de escalar. La subida es difícil, a veces peligrosa, parece larga. Pero el alegre le quita esa aspereza. Es como el alpinista: si vuelve alegre y animoso: consigue otros adeptos; si vuelve molido, tiritón y quejándose, los otros dicen: ¡bah, esto no es para mí!

Un santo triste, ¡un triste santo! “Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11,29–30). ¡Cuántas vocaciones al ver sonrientes a los novicios!

 

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