El milagro más grande del padre Hurtado es el Hogar de Cristo

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Testimonio del P. Albino Schenettler S.J.

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Un joven novicio iba rezando el rosario y con un gesto humilde inclinó su cabeza y le sonrió. Así recuerda el padre Albino Schnettler, hoy de 95 años, su primer encuentro con el Padre Hurtado, un hombre que se preocupó de atender a todo el que se le acercara, tranquilizando al impaciente con un amigable “lueguito Patroncito lo voy a atender”.

El primer encuentro con el padre Hurtado fue en el Seminario de Chillán en 1924. Con una lucidez que sorprende a sus 95 años, el padre Albino Schnettler aún tiene en su memoria la imagen del joven novicio que iba rezando el rosario y que con un gesto humilde inclinó su cabeza y le sonrió. “Fue una sonrisa que me quedó grabada hasta el día de hoy”, señala. Un sello “único” que recuerda cada vez que le preguntan por el padre Hurtado, “aquel hombre chistoso, trabajador, atento, caballero, fervoroso y extremadamente obediente”, como él señala.

Fue el primer novicio que el padre Albino encontró en su periodo de estudiante, “un favor especial de la providencia”, según señala este jesuita de hablar pausado. Destaca su “espíritu de sumisión y obediencia”, principalmente cuando fue alejado del cargo de asesor de las juventudes católicas. “Fue una persona tremendamente obediente a las decisiones de la Iglesia”, señala.

Una sumisión que practicó incluso cuando fue acusado de comunista por algunas esferas eclesiásticas. “Al padre Hurtado le preocuparon siempre los problemas sociales. Esto generó que muchos creyeran que era una persona comunista. Fueron tantas las acusaciones que le recomendaron que saliera del país”, señala el padre Albino.

Al contrario, decidió quedarse en Chile motivado en hacer realidad un sueño que lo persiguió día y noche. “Tenía un gran aprecio y cariño por los pobres. Un día me llevó a visitar el Hogar de Cristo, que en ese tiempo recién comenzaba, y pude apreciar todo el cariño que sentía hacia esas personas”, señala. Un cariño que se hacía palpable con todo quien se acercara a conversar con él. “Jamás le escuché decir ‘no puedo’. Siempre tuvo tiempo para todos. Era habitual escucharlo decir ‘lueguito patroncito lo voy a atender?”, señala.

Para este jesuita, es el Hogar de Cristo la prueba más concreta del milagro del padre Hurtado. “Uno ve que el Hogar de Cristo es una obra de Dios y que el padre Hurtado fue el instrumento para llevar a cabo dicha obra. Muchas veces, cuando muere el fundador de una obra desaparece también la obra. Aquí fue al revés. Falleció él Padre Hurtado y el Hogar de Cristo siguió creciendo con más fuerza hasta el día de hoy.

“Para canonizar al padre Hurtado no se necesita ningún milagro… ¿Qué más milagro que el Hogar de Cristo?” concluye enfático.