Reforma de las estructuras sociales

Extracto de un documento más largo.

Desorden de las estructuras

Cada cierto número de años una crisis hace estragos en el mundo. Recordemos la enorme crisis de los años 30 y siguientes con millones de cesantes en todos los grandes países. Las fábricas cierran sus puertas; las casas de comercio se ven obligadas a liquidar; la cesantía cunde.

Nosotros podemos multiplicarnos cuanto queramos, pero no podemos dar abasto para tantas obras de caridad… no tenemos bastante pan para los pobres, ni bastantes vestidos para los cesantes, ni bastante tiempo para todas las diligencias que hay que hacer. Nuestra misericordia no basta, porque este mundo está basado sobre la injusticia. Nos damos cuenta, poco a poco, que nuestro mundo necesita ser rehecho, que nuestra sociedad materialista no tiene vigor suficiente para levantarse, que las conciencias han perdido el sentido del deber.

Las empresas económicas no están fundadas para el bien común… Este mundo está construido bajo el signo del dinero. El dinero tiene todos los derechos, y sus poseedores son los poderosos. Las grandes empresas económicas no se regulan ante nada, ni ante las compras de las conciencias, ni ante el dolor humano.

El Estado toma un sitio preponderante, pero desgraciadamente muchos de los que entran en la carrera política, más que buscar el bien de la nación, buscan el suyo propio, el mantenerse en el poder. Los favores son para los amigos. La justicia distributiva parece haber perdido todo sentido.

La moral individual es insuficiente. Muchos no quieren oír hablar de moral. Hacer morales a los hombres es una gran tarea, pero mientras la sociedad en su contextura misma no sea moral tal tarea está condenada al fracaso.

Una sociedad que no hace su sitio a la familia es inmoral. Predicamos a los esposos que tengan hijos, pero en realidad deben ser heroicos para poder tenerlos. Hay un problema de moral social que es aun más grave que el problema de moral individual que predicamos. Más que a los esposos, hay que predicar a los legisladores, a las instituciones; hacer sitio a una familia que pueda vivir según el plan de Dios… de lo contrario, todo nuestro esfuerzo está condenado al fracaso, como lo vemos constantemente. Y creo que en esto no hemos insistido bastante ni los moralistas, ni los sacerdotes en general. Buscamos soluciones individuales a problemas que son sociales; como buscamos soluciones nacionales a problemas que son internacionales.

Una sociedad que no respeta al débil contra el fuerte, al trabajador contra el especulador, que no se reajusta constantemente, para repartir las utilidades y el trabajo entre todos, y que no permite al hombre corriente una vida moral, tal sociedad está en pecado mortal. No basta llamar a algunos amigos de buena voluntad para tratar de solucionar algunos problemas, hay que cambiar los cuadros sociales.

Revolución indispensable

Con claridad meridiana aparece que si queremos una acción benéfica, hay que atacar en primer lugar la reforma misma de la estructura social, para hacerla moral.

No podemos aceptar una sociedad en que todo esfuerzo de generosidad, de abnegación tenga que dirigirse a socorrer a seres miserables. Dándole a la sociedad una estructura adaptada al hombre, a sus dimensiones reales, las miserias serán menos frecuentes. Dolores siempre habrá en el mundo, pero suprimir la miseria no es imposible y debemos esperarlo y trabajar para conseguirlo.

Porque nosotros no hemos pensado a tiempo en estas reformas, otros han pensado antes que nosotros, y en sus planes se sacrifican valores fundamentales.

Tres formas entusiasman a los hombres hoy: marxismo, nacionalismo, derecho del dinero a fructificar y dominar. ¿Qué vamos a hacer en esta lucha? ¿Combatir a los tres grupos, o bien presentar un sistema positivo que incorpore lo que hay de justicia en cada uno de ellos?

Las exigencias de nuestra doctrina son más realistas, más razonables. Respetan más derechos, y exigen más de cada uno.

La familia, ¿no nos aparece como una célula social en que todo está en común, célula de vida común, en que se participan las alegrías y los sufrimientos, como los vestidos y el pan?

¿No se podría pensar en la empresa construida en forma de comunidad, gran familia, como hay ensayos verdaderamente interesantes, en que la propiedad no pertenece ni al individuo, ni al estado, sino a la comunidad del trabajo?

La empresa, desde que existe, es la propiedad común de todos los que en ella participan. A cada uno corresponde sacrificarse por el bien de todos, poner a la disposición de los demás sus propias capacidades: inteligencia, dirección, esfuerzo, dinero. Habrá desigualdades sociales, es natural, como hay desigualdades de condiciones, pero que cuanto cada una de estas diferencias sociales encierra de bueno sea puesto al servicio de la comunidad, para el bien de todos.

La fuerza de un poder nacional

A los que quieren restaurar el poder de la autoridad podemos decirles sin dificultad, que conocemos el valor de la autoridad y su necesidad absoluta en una sociedad ordenada. Mientras no haya en el mundo una autoridad suprema, que Dios quiere lleguemos pronto a ella, que exista en cada nación una autoridad con fuerza para imponer el bien común.

Para poner el mundo en equilibrio, es claro, que hay que poner en equilibrio cada país en primer lugar. Abandonando utopías, el gobierno procurará estabilizar los intercambios entre países, para estabilizar la situación de su propio país. Una estabilidad internacional es más fácil cuando se apoya sobre países internamente estables.

Al proceso presente bajo la presión del dinero, hay que oponer un proceso racional, dirigido por inteligencias y voluntades, que consideren el valor de cada hombre y tengan en cuenta su vida familiar. Y los dirigentes, cuando hayan asegurado a los suyos la paz pública y la vida familiar, cuando los cuerpos intermedios, entre el estado y los individuos, estén cumpliendo su función social, será posible sobre la base de equilibrios nacionales estabilizados, estabilizar en justicia y caridad los intercambios entre naciones, para que todo hombre pueda vivir, pues la familia humana no muere en la frontera de un país. Por tanto autoridad sí, pero para el bien común.

El capital tiene su importancia, pero en último lugar. Antes que nada es necesario que el hombre viva con su familia: es el primer principio de toda sociología humana. Para favorecer esta vida humana, para aumentar la seguridad y la alegría para dar libertad al trabajador, para permitirle una educación, una cultura, el dinero vendrá en su apoyo. Tiene su sitio, después del trabajo y de todos los que trabajan con la inteligencia o con las manos. Pero no tiene derecho de entrometerse libremente a perturbar el juego de las instituciones.

El crédito, como se comienza a comprender, es un arma de dos filos: puede servir para construir, o para destruir arruinando por una superproducción la vida normal. Que en ningún caso el dinero prescinda de las necesidades humanas y de la seguridad social de los trabajadores. El dinero no tiene la primacía sobre el hombre; la banca no está sobre la empresa.

Las empresas y sus jefes deben mirar por el bien común. Estas limitaciones son necesarias para que el capital ocupe su sitio, para que el crédito sirva para el bien y no para el mal. Las economías tienen sus derechos, pero no para la sola utilidad del individuo, sino al servicio de la comunidad.

Nuestra acción

Los espíritus están desorientados a más no poder. Es nuestra hora si sabemos aprovecharla. Si después de haber estudiado los problemas fundamentales en plena vida humana y social, tenemos el valor de hablar en el momento oportuno; si sabemos influenciar la opción de la prensa y por los libros, si nuestras intervenciones sucesivas ante los poderes ayudan a la humanidad a recordar su equilibrio en el respeto de los valores morales, podemos encauzar el mundo en el camino de la justicia.

Las muchedumbres que nos rodean son lentas en comprender, pero después de tantos desengaños, ¿no estarán dispuestas mañana a seguirnos, como seguían ayer a Cristo? El espectáculo de nuestra caridad, el valor y la seguridad de nuestras apreciaciones deben llevar al pueblo a creer nuevamente en los cristianos. Nosotros debemos aparecer en este caos y en esta corrupción como la luz, como la lealtad, como la pureza, como la sal de la tierra.

El discípulo de Cristo que ve las cosas en una mirada de fe cargada de amor se coloca en tal altura que es el único capaz de conciliar en la verdad a los hombres separados por profundas divergencias.

Nada grande nos escapa. No hay mística más realista, más idealista, más humana que la nuestra. Y para encontrarla no hay más que ir a la doctrina cristiana, liberada de clichés y disminuciones. Ella se nos ofrece en el cristianismo puro y simple, que hay que presentar a nuestros contemporáneos en su desnudez y su riqueza, con todas sus exigencias y sus expansiones.

Si hay tan pocos que la encuentran es porque hay que buscarla en Cristo, y Cristo crucificado; hay que buscar en el pensamiento de Cristo el plan de Dios sobre el universo y sobre nuestra humanidad, sobre nuestra nación, sobre nuestras profesiones y empresas, sobre nuestras familias y sobre nosotros mismos. Nuestra mística es contemplativa como toda sabiduría. A nosotros nos toca entrar en el plan de Dios y realizarlo según nuestras fuerzas, y lo que no podemos realizar, que lo deseemos intensamente. Nuestra acción no ha de ser más que la prolongación de nuestra contemplación.

Nuestra vida espiritual sería una mentira, si nuestra perspectiva no se ajustara a la de Cristo, si nuestra contemplación no generara fraternidad afectiva, si Dios a quien dirigimos nuestra mirada de fe, no fuera Padre de todos nuestros compañeros de esfuerzo y sufrimiento; si Cristo, que nos transforma cada día en Él, no dilatara nuestro corazón a las proporciones mismas de la humanidad.

Así pues, nosotros con Cristo, en Él y por Él. Y si no tenemos sino un éxito parcial, nuestro éxito tendrá, con todo, gran importancia. Nosotros damos un sentido a todo, y vemos todo en función de Dios, dándonos continuamente a nuestros hermanos como Cristo.

San Alberto Hurtado S.J.

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