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home Fundación Padre Hurtado: Biografía
Apóstol de Jesucristo

por Álvaro Lavín, s.j.

Nacimiento e infancia

Alberto Hurtado nació el primogénito de un hogar formado por don Alberto Hurtado Larraín y doña Ana Cruchaga de Hurtado, muy jóvenes aún, en el que el padre trabajaba denodadamente una pequeña hacienda rural, el Fundo Mina del Agua, en las cercanías de Casablanca, en la que vivía la familia; pues, aún perteneciendo a la clase alta, ni él ni ella tenían fortuna personal. La hacienda estaba además gravada con fuertes deudas.
Para tener alguna prevención y conveniente relativa mayor comodidad, poco antes del nacimiento de Alberto fue llevada su madre a casa de un pariente cercano de su padre (don Ramón Echazarreta) en Viña del Mar, ciudad en que nació Alberto el 22 de Enero de 1901.

Un huérfano pobre

En Junio de 1905, murió su padre, quedando huérfano a los cuatro años, con su hermano Miguel, de dos años y su joven madre: el fundo hubo de ser vendido, para pagar las muchas deudas, quedando un saldo tan reducido que no les permitía vivir una vida independiente, ni aun en la forma más modesta.
Además de la falta de apoyo e influjo paternal en su formación, comenzó para Alberto una vivencia de la pobreza, que había de influir tanto en su vida personal, religiosa y apostólica: él, que por sus apellidos y por el influjo de muchos familiares, parecía destinado a una vida fácil, cómoda y libre, hubo de vivir desde los 4 años sin casa ni hogar propios, de "allegado" a parientes de buena voluntad, y por estas mismas circunstancias, a cambiar más de una vez de casa y familia bienhechora.

Un estudiante "corriente" y piadoso

Al llegar a la edad de ingresar a un colegio, conforme a los deseos de su cristiana madre, fue matriculado en el San Ignacio en el año 1909, en el que estudiaban muchos de sus familiares. En atención a su difícil situación económica y a las características de su cristiana familia, fue favorecido con una beca otorgada gustosamente por los superiores del colegio. Ese mismo año hizo su primera comunión, y al año siguiente fue confirmado. Las dificultades económicas no impidieron que, junto a la Señora Ana, su madre, trabajara por los más pobres, en el Patronato San Antonio, fundado por el sacerdote franciscano Luis Orellana.

En cuanto a su conducta, aplicación y rendimiento, fue siempre un alumno bueno, pero no sobresaliente, no teniendo malas notas ni castigos, aprobando bien todos sus cursos (3 años de preparatoria y 6 de humanidades), pero sin ocupar nunca los primeros puestos ni ganar especiales distinciones. En lo que siempre se distinguió fue en su piedad, pureza y alegre compañerismo.
Formando parte, desde muy joven, de la Congregación Mariana del Colegio, además de su frecuente comunión, comenzó muy pronto a ejercitar el apostolado en el barrio de la parroquia de Andacollo, en aquel tiempo muy pobre y necesitado de ayuda material y espiritual, trabajo al que dedicaba las tardes de los Domingos.
Como trabajo constante e imperceptiblemente profundo, estuvo siempre activo el influjo de su ejemplo y virtud atrayentes por su sencillez y alegría. Terminó sus estudios secundarios a fines de 1917, obteniendo su título de bachiller.

Temprana vocación sacerdotal... temporalmente frustrada

Aún antes de finalizar estos estudios en el colegio San Ignacio, luego de cumplir los 15 años, deseó y pidió ingresar al noviciado de los Jesuitas, pero fue disuadido -en cuanto a la fecha- por sus consejeros espirituales, especialmente por el P. Fernando Vives, a quien siempre se dirigió, primero personalmente y después por carta. Todos le aconsejaron esperar el bachillerato, y aún después mayor tiempo, no por falta de madurez ni decisión, sino por la especial situación económica de su familia.

Un universitario cristiano "del año 1920"

En marzo de 1918 comenzó sus estudios de Derecho en la Universidad Católica de Chile. Alberto se involucró intensamente en la vida universitaria, participando en el Centro de Alumnos de Derecho. Y, aprovechando que las clases le ocupaban sólo las mañanas, buscó y consiguió para las tardes un empleo rentado, que le ayudaría para sus gastos personales, y en cuanto fuere posible, de su madre y hermano. Por esos años ya manifestaba una gran preocupación por los más pobres, ya fuese en el apostolado que realizaba en el Patronato de Andacollo, en la actividad política que desarrolló con gran preocupación social y en aquel apostolado que le pedía su querida Congregación Mariana. Entre éstos, recuerdo el que realizó para atender a los jóvenes, especialmente católicos de provincias, que venían a estudiar a la capital, y, que con frecuencia, encontraban en las pensiones peligros morales de variadas especies. Sabía unir su propia carrera a su inquietud por servir a los demás, organizando, junto con algunos estudiantes de Derecho, un consultorio jurídico para obreros, y dedicando sus tesis de grado a buscar soluciones jurídicas a algunos graves problemas sociales.
Eran los tiempos de la generación del ‘20, en que surgía el fuerte movimiento que propiciaba cambios sociales, considerados entonces por algunos como avanzados. Ellos habían de tener su más patente manifestación en las famosas elecciones de 1920, que llevaron a la presidencia a don Arturo Alessandri Palma.
Este movimiento bullía –como acontece siempre– en las universidades; como jefes avanzados del movimiento en ellos aparecían Santiago Labarca y Juan Gandulfo.
Este mismo año 1920, se inscribió –como tantos otros– para un servicio militar extraordinario, que, entonces, pareció un auténtico llamado de la patria, y se entregó a él con su peculiar entusiasmo y alegría. Le tocó hacerlo en el regimiento Yungay, venido temporalmente a Santiago al cuartel del famoso Buin (que había partido transitoriamente al norte, a la frontera).
En esa vida tan diferente, en ese ambiente tan heterogéneo y libre (aspirantes a oficiales, fuera de la tropa y oficialidad del regimiento), llamaba necesaria y saludablemente la atención esa vida tan limpia en su conversación y costumbres.
Un episodio casual vino a revelar el celo de las almas, que tenía tan dentro de su corazón: Justamente salíamos juntos del cuartel cuando oímos un disparo de fusil, y llegó a nuestro conocimiento que uno de los aspirantes había sido herido de gravedad. Alberto, sin esperar mayores datos o confirmaciones, me arrastró, o poco menos, del brazo, para correr a la iglesia de la Recoleta Dominica, que estaba a cierta distancia, a buscar un sacerdote que fuese a atender espiritualmente al herido. Lo consiguió y un buen Padre vino al momento con nosotros al cuartel, en donde supimos que la herida no había sido tan grave y que se iba reponiendo favorablemente: nunca olvidaré la santa y nerviosa inquietud que mostró en aquella ocasión, por el bien espiritual de un alma. Pasados algunos meses concluyó el servicio militar, y en diciembre recibió su despacho de teniente segundo.
Más tarde desplegó su caritativo celo en el trato con los "albergados", o sea, con las multitudes de obreros cesantes, a quienes la crisis de las salitreras obligaban a venirse con sus familias a la capital. Si bien el ambiente en esos grandes "albergues" no era fácil de penetrar, y era algo arriesgado, Alberto lo consiguió acompañado de otros amigos (entre ellos Manuel Larraín y Osvaldo Salinas, después obispos). Éste último, declaró: «Su vida de unión con Jesucristo le arrastraba hacia los que sufren». Su inquietud social lo llevaría también a participar en el Círculo de Estudios León XIII, donde leían las encíclicas sociales con el P. Jorge Fernández Pradel, s.j.; y a ser profesor voluntario del Instituto Nocturno San Ignacio, organismo que se dedicara a la formación de los obreros.
Durante su período universitario tuvo como director espiritual al Padre Damián Symon, de los Padres Franceses, que lo afianzó y mantuvo en una vida de intenso espíritu de oración y aún de mortificación, y le dio amplia libertad para el desahogo y ejercicio de su fervoroso espíritu católico.

Vocación que sigue madurando, testimonio del P. Symon

Copio los primeros párrafos del breve pero precioso informe que acerca de sus impresiones sobre el Padre Hurtado escribió el Padre Symon poco después de su muerte. Como apreciado y querido confidente y director, es el mejor informado sobre la vida espiritual de su dirigido en esos años de Universitario, y su testigo más seguro y auténtico. Allí aparece vivamente narrado el impresionante episodio de su oración pidiendo una solución para su problema vocacional:
«Le conocí cuando ya era universitario. Después de algunas entrevistas me pidió que le sirviera de director espiritual, y desde ese mismo instante empezó una amistad de confianza tan asidua que pasó a ser el casi compañero de todas mis labores espirituales. Tenía decidida su vocación sacerdotal y su ingreso a la Compañía de Jesús. Este punto era discutido por muchos de sus amigos eclesiásticos, pero jamás osciló sensiblemente ante el primer llamado del Señor, y sólo pude comprobar que día a día se iba solidificando más su vocación religiosa y sacerdotal como futuro jesuita. Buen cuidado tuve en no desviar jamás semejante vocación por muchos deseos que tuviera de conservarlo a mi lado.
Las virtudes que fueron aflorando y solidificándose fueron deslumbradoras, sobre todo la que se refería a la caridad, pues apareció un celo incontenible, que había de moderar repetidamente para que no llegara a la exageración. No podía ver el dolor sin quererlo remediar, ni una necesidad cualquiera sin poner estudio para solucionarla. Vivía en un acto de amor a Dios que se traducía constantemente en algún acto de amor al prójimo. Su celo, casi desbordado, no era sino su amor que se ponía en marcha. Tenía un corazón como un caldero en ebullición que necesita vía de escape, y aquí está la explicación de esa multiformidad de obras de caridad que las presentía desde joven y que las realizó ya hecho sacerdote y religioso.
Si todos recibíamos mucho de ese gran corazón, era porque había un santuario íntimo en que se descubría hasta lo indecible las riquezas de aquel joven privilegiado: era su hogar de familia, donde su madre, doña Ana Cruchaga de Hurtado y su hermano Miguel compartían con Alberto las angustias y alegrías en forma maravillosa. Allí se expansionaba en grande el futuro apóstol, y, después del amor a Jesús, el amor a María y los grandes amores cristianos, el de su madre tenía culto privilegiado. Justamente este era un punto de interrogación en el horizonte, sobre su vocación: pues su madre necesitaba de él y de su profesión de abogado, para sostener la lucha por la vida»
Las cartas a su amigo Manuel Larraín, futuro obispo de Talca, son testigo de una profunda búsqueda de la voluntad de Dios. Ambos jóvenes hubieron enfrentado la misma aventura con gran seriedad, preguntándose: ¿qué quiere Dios de mí? Alberto tuvo claro que Dios asigna un puesto a cada hombre, y que, en aquel puesto, Dios le dará las gracias abundantes; por ello escribiría al Señor: «Yo te hago la entrega de todo lo que soy y poseo, yo deseo dártelo todo, servirte donde no haya restricción alguna en mi don total» Pero saber dónde servir al Señor no fue tarea fácil. Alberto también se sintió llamado al matrimonio y a realizar un apostolado como laico, entre sus hermanos de trabajo. En 1923 escribiría a su amigo Manuel: «Reza, pero con toda el alma, para que podamos arreglar nuestras cosas y los dos cumplamos este año la voluntad de Dios» Para Alberto, cumplir la voluntad de Dios era entrar al noviciado jesuita, y para Manuel, entrar al Seminario de Santiago.
Pero Alberto no podía entrar a los jesuitas porque debía sostener económicamente a su familia. El Padre Damián Symon relataría cómo vino la solución:
«Se iba a recibir de abogado, y no se podía ir al Noviciado de la Compañía en Chillán, por la situación financiera de su madre. Le vi hacer el primer milagro: durante todo el mes del Sagrado Corazón de Jesús del año 1923 fijó sus visitas para con su amigo y padre espiritual, a las 10 de la noche, en vez de venir a las horas diurnas, y a esa hora le vi tenderse en el suelo cual largo era, frente al altar del Santísimo Sacramento, y pasar una hora entera en esa postura, implorando en la oración más fervorosa, que le solucionara el Señor sus problemas económicos para poderse consagrar totalmente a Dios. Yo rezaba el Breviario, y observaba mientras tanto. Pues bien, el día del Sagrado Corazón de Jesús del año 1923, a eso de las tres de la tarde, recibió un llamado telefónico citándolo con urgencia, y de aquella entrevista salió la solución de un pleito antiguo de familia que dejó a su madre en situación económica más desahogada, y el santo joven pudo ingresar a la Compañía de Jesús, algunas semanas después»

Noviciado y "juniorado"

Efectivamente, el 7 de agosto de 1923, habiendo presentado su memoria de Licenciatura El trabajo a domicilio, rinde su examen final, que aprueba con nota sobresaliente por unanimidad, y, con ello, recibe su título de Abogado.
Justo antes de entrar al Noviciado jesuita, la Universidad Católica despediría a su ex-alumno. Los sentimientos de la Universidad están testificados por la Revista Universitaria, que nos ha transmitido un documento de inestimable valor, por ser contemporáneo a los hechos; así comienza el artículo: «Después de haber cursado con el más hermoso éxito los cinco años de la Facultad de Leyes, y de haber obtenido brillantemente su título de abogado con nota óptima de la Corte Suprema y distinción unánime de la Universidad Católica, Alberto Hurtado, nuestro amigo, el amigo de todos los jóvenes católicos, el amigo de pobres y ricos, partió al noviciado de la Compañía de Jesús. Su inmenso amor a Dios fue premiado por la Divina Providencia que le concedió el mérito de abandonarlo todo cuando todo podía tenerlo. La Universidad Católica sintió la necesidad de despedir con todo su cariño al ejemplar ex–alumno y celebró en las vísperas de su partida una Misa que ofició el señor Rector y a la cual concurrió un numeroso grupo de sus amigos» (Revista Universitaria, 1923) Alberto ni siquiera esperó recibir personalmente su diploma de Abogado y partió al Noviciado de Chillán el día 14: quería asegurar ese día para poder hacer sus votos religiosos (dos años después) el día 15, fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen.
En Chillán, la Casa del Noviciado era un enorme y viejo edificio (la antigua Escuela Normal de las Religiosas del Sagrado Corazón) que fue destruido por el terremoto de 1939. La vida religiosa era entonces muy regular, y en el Noviciado, muy severa y sacrificada en muchos detalles, de modo que el contraste era fuerte; pero esto es lo que ansiaba Alberto, y, a pesar de ser, como abogado ya y de más de 22 años, el de mayor representación, con su carácter generoso y alegre se entregó ciega y totalmente a lo que le indicaba su maestro de novicios ser su obligación, conducente a su formación de futuro sacerdote y apóstol.
La alegría de Alberto por haber entrado al Noviciado queda bien expresada en una carta a su inseparable amigo: «Querido Manuel: Por fin me tienes de jesuita, feliz y contento como no se puede ser más en esta tierra: reboso de alegría y no me canso de dar gracias a Nuestro Señor porque me ha traído a este verdadero paraíso, donde uno puede dedicarse a Él las 24 horas del día. Tú puedes comprender mi estado de ánimo en estos días; con decirte que casi he llorado de gozo»
Le tocó tener como maestro de novicios al Padre Jaime Ripoll, que había sido su último Prefecto de División en el Colegio San Ignacio. Conocía, pues, bien a su nuevo novicio, y apreciaba sus grandes valores.
Severo en las exigencias del riguroso horario y reglamento del Noviciado, era afable y cariñoso en el trato personal y estaba consagrado por entero a su importante y trascendental cargo de formación: cuanto mayores valores naturales descubría, mayor empeño ponía en aprovecharlos y encauzarlos a la realización del ideal del jesuita: Ser apto instrumento de la Mayor Gloria de Dios.
En todas las pruebas de su formación: Mes de Ejercicios, Mes de Hospital, de Peregrinación, Catequesis... fue modelo, como lo atestiguan sus compañeros.
Estuvo en Chillán año y medio, pasando a comienzos del año 1925 a Córdoba (Argentina), para terminar allí su período de noviciado y consagrarse al Señor con sus votos religiosos el 15 de Agosto. Al mismo tiempo comenzó su largo período de estudios: en Córdoba correspondían las Letras Humanas, cuya médula era la formación clásica, basada en la cultura grecolatina.
Tanto en el período de noviciado, como en éste, llamado "juniorado", toda su vida se distinguió por su alegría contagiosa y estimulante, por su piedad y observancia religiosa, y por su entrega a los estudios, pleno del anhelo de formarse apto instrumento de la Mayor Gloria de Dios. Su disponibilidad y servicialidad se reflejaba en que, según se recuerda, «pedía los trabajos humildes de la cocina»
De esta etapa (febrero de 1925 a agosto de 1927) me limitaré, por ahora, a copiar el testimonio enviado por su segundo maestro de novicios y después su director espiritual en el Juniorado, P. Luis Parola (que más tarde fue su Provincial en la entonces llamada Provincia Argentino-Chilena), dice así:
Juicio del P. Luis Parola, s.j., sobre el R.P. Alberto Hurtado, s.j.
«He sido su director espiritual por varios años, cuando el dicho Padre cursó estudios en Córdoba, Argentina.
Lo he conocido muy de Dios, piadoso y fervoroso en su piedad; humilde y nada pretencioso; votos y reglas; lleno de celo por la salvación de las almas; constante, sin altibajos; apreciado de sus compañeros. Cuando de él me han hablado, siempre ha sido con elogio.
Doy fe en Paraguarí (Paraguay), a 3 de noviembre de 1972.
Firmado: Luis Parola, s.j.»

Estudios de filosofía en España

A mediados de 1927 fue enviado a Europa para continuar sus estudios en España. En aquellos tiempos no se pensaba en viajes a su país para despedirse de sus familiares. Partió, pues, en largo viaje a Barcelona (en barco), viaje que él describe alegremente en carta a sus compañeros de Córdoba.
En Barcelona debía estudiar Filosofía, en el Colegio San Ignacio (Sarriá), prestigiado plantel de estudios superiores de la Compañía.
Tuvo gran gusto y consuelo al encontrarse en Barcelona con su antiguo y querido director espiritual, el P. Fernando Vives, activamente ocupado en trabajos apostólico-sociales. Alberto Hurtado era el único jesuita chileno; pero su carácter, simpatía y, sobre todo, sus virtudes, le hicieron muy pronto popular y querido.
Era notable –entre otras cosas– la gran abnegación y caridad con que atendía a los muchos extranjeros que venían a estudiar a ese Colegio, para quienes el aprendizaje de la lengua era tarea dura, para ellos y para los que con paciencia y caridad los ayudaban. Un padre jesuita que le conociera en aquellos años lo recuerda, «tan abnegado, tan caritativo, tan trabajador, tan celoso de la gloria de Dios y del bien de sus prójimos y, como fundamento de todo, tan sobrenatural, unido con Dios y piadoso, principalmente en su devoción a la Santísima Virgen»
Todas estas impresiones me tocó oírlas personalmente de muchos de sus compañeros y superiores, al pasar yo en ese Colegio y Comunidad una semana en septiembre de 1928, de paso a Alemania, en donde comenzaría mis estudios de Teología.
Al llegar yo, estaba él con la mayor parte de la Comunidad en Ejercicios, y a pesar de saber que yo llegaría más o menos en ese tiempo, tan recogido estaba que, sólo a los tres días, al término de los ejercicios, se dio cuenta que estaba allí su antiguo amigo. Era la primera vez que veía a Alberto de jesuita (nos habíamos ido pisando los talones), y me fue grato tratar con amigo tan querido, me fue asimismo de gran consuelo oír las unánimes alabanzas de su persona y de sus virtudes religiosas.
Aunque las severas costumbres de aquel tiempo (especialmente en España) no nos permitieron salidas o visitas fuera de la ciudad, pasamos en ella y con el P. Vives, días agradables y reconfortantes para el espíritu.
El P. Symon en su informe, añade sobre estos años: «Lo volví a encontrar en Barcelona el año 1931, y después de varias horas de gratísima compañía, pude contemplar la transfiguración de Alberto Hurtado en un verdadero santo, como religioso y futuro sacerdote. No había ninguna cosa externa que llamara la atención; pero el calibre de su voluntad totalmente traspasada por la voluntad de Dios, era de tal magnitud que me dieron deseos de besarle sus manos y casi de pedirle una bendición»
Al separarnos nuevamente, ya la distancia no era tan grande y mantuvimos algún contacto epistolar.

Lovaina: teología y pedagogía, maduración intelectual y espiritual

Por él supe que, al salir de España los jesuitas extranjeros (como medida preventiva), con motivo de la Revolución de 1931, Alberto, que terminados allí sus tres años de Filosofía y Ciencias y su primer año de Teología, adelantó sus exámenes y partió por varios meses a Irlanda, donde lo invitaban insistentemente sus muchos amigos, a quienes había ayudado en su estadía en Barcelona: ellos le pagaron la deuda en la misma moneda, ayudándolo en su "inglés".
Estos meses en Irlanda fueron sólo un compás de espera, y, a la vez, de descanso, pues ya desde antes estaba destinado por sus superiores a terminar sus estudios de Teología en la Universidad Católica de Lovaina, una de las más prestigiosas del mundo. Llegó allá a fines de septiembre de 1931. Aunque en naciones distintas (Bélgica y Holanda), éramos muy vecinos, y nuestro trato pudo ser más frecuente y personal.
Sin duda que todos los acontecimientos de la vida están dirigidos y ordenados por la Providencia, y esto, de modo especial, en personas que han de cumplir y realizar una gran misión.
En mi opinión, su estadía y estudios en Lovaina fueron, de un modo especial, providenciales, e imprimieron en él un sello fuerte y perdurable, no sólo en su formación teológica, sino humana, religiosa y sacerdotal.
Y, ante todo, se encontró allí con un rector extraordinario, el padre Juan B. Janssens, luego General de la Compañía, quien le conoció y trató muy íntimamente, y le profesó desde entonces una gran estima, y una amistad sincera y paternal.
Le tocó vivir en el viejo caserón, inferior a cualquiera de nuestras casas en cuanto a la parte material. Pero sobre todo lo material, estaba lo intelectual y religioso.
Ya el mismo ambiente de la ciudad era para levantar el nivel intelectual y científico, especialmente por su prestigiada Universidad Católica, que conservaba aún vivo el recuerdo e influjo del Cardenal Mercier.
La casa de Estudios Superiores de los jusuitas belgas estaba también muy prestigiada. Su profesorado, selecto y bien formado, era abundante, para dirigir y atender en sus estudios al número de teólogos jesuitas, entre los que había de más de 15 naciones diferentes.
Los programas de estudio, especialmente los de Sagrada Escritura, llamaban la atención por su renovación y espíritu casi de avanzada, pero dentro de una fiel ortodoxia y de respeto a toda indicación de Roma.
Su dinamismo lo impulsó a pedir autorización –como lo hacían muchos otros– para seguir cursos universitarios, con miras a obtener un título laico. Eligió la Pedagogía, para la cual sentía gran inclinación y que, por otra parte, preveía le sería de gran utilidad en sus futuros ministerios en Chile
Esto suponía y exigía un gran recargo de trabajo, pero los terminó a los tres años obteniendo su licenciatura con "gran distinción".
Este obligado contacto con jóvenes universitarios, entre los que había centenares de latinoamericanos, proporcionó a su celo apostólico un campo que, ciertamente, no descuidó, iniciándose así en el amplio trabajo que realizó después en Chile con universitarios: jornadas y retiros espirituales, junto con otros sacerdotes latinoamericanos; además, el trato y ayuda espiritual de esos jóvenes, expuestos a tantos peligros para su fe y costumbres, lejos de sus familias.
Entre estos compañeros de apostolado, trató e intimó con el Padre Jaime Castiello, s.j., mexicano (otro hombre y apóstol extraordinario), fallecido muy joven en un accidente en EE.UU., en donde era profesor universitario, dejando obras de pedagogía y formación humanística relevantes.
Aquí, en Lovaina, y especialmente en sus estudios teológicos fue cuando –en mi modesta opinión– comenzó a dar muestras muy claras de una gran capacidad intelectual.
Como ya dije, en sus estudios secundarios fue un alumno bueno, pero corriente; en la Universidad sus estudios fueron, sin duda, muy buenos y coronados por el éxito y las buenas notas, pero las preocupaciones económicas y familiares fueron inevitablemente un escollo para alcanzar una mayor profundidad y brillo.
En cambio, en Lovaina fue muy buen alumno y llamó la atención. Lo digo, porque para mí, que lo conocí y traté tanto, fue una sorpresa desde entonces –y mayor cada día– el verlo de una agilidad mental muy grande y capaz de captar bien las constantes novedades ideológicas y culturales; Sorpresa que he considerado siempre sólo explicable por una ayuda especial de nuestro Señor.
Además, su convivencia en esa numerosa y, en cuanto a nacionalidades, heterogénea comunidad, fue reveladora de su personalidad, de sus virtudes y de sus excepcionales cualidades: trato humano y espiritual.
Aún el núcleo más numeroso y básico de compañeros belgas, que –dentro de una elemental unión y caridad– estaba dividido en dos grupos tradicionales (flamencos y valores) sentía, como todos los demás, una extraordinaria estima y afecto por Alberto Hurtado. Y esto no lo afirmo a priori ni por comentarios de algunos amigos.
Estuve en Lovaina en varias ocasiones, y sobre todo, una larga temporada después de terminados mis estudios, y tuve pasión de palpar yo mismo este ambiente; aún más, me aproveché (sin pretenderlo) de él, pues, a pesar de ser un extranjero desconocido, y cuyo trato no podía además ser muy agradable, por no dominar el idioma, tenía ofertas de compañía e invitaciones de sobra para paseos y excursiones, de parte de flamencos y valores, y esto, de seguro, solamente por ser el compatriota y amigo del Padre Hurtado.
Sus escritos de esa época reflejan un sincero esfuerzo por avanzar en el camino de la santidad: tomó muy en serio su formación, la oración y los estudios; y se empeñó en pequeñas virtudes como no hablar mal de los demás, ser amable, o destacar las virtudes ajenas. Entre sus apuntes personales, escribe: «No criticar a mis hermanos, velar sus defectos, hablar de sus cualidades... Hablar siempre bien de los Superiores y de sus disposiciones. Hablar siempre bien de mis hermanos, disculpar sus defectos, poner de relieve sus cualidades»
Uno de sus compañeros de formación llegará a afirmar: «A uno le agradaba estar con él, pues uno se sentía cómodo. Oía a sus compañeros con mucha atención. Vivía siempre en un ambiente de fe. Era muy mortificado, se daba de lleno al estudio, su caridad era grande; siempre servicial, con una sonrisa acogedora» Otro recuerda: «Poseía un gran don de simpatía que hacía tan agradable el trato con él, que era sencillo y modesto» Un hermoso testimonio retrata su carácter: «Su pronta sonrisa y su mirada indagadora, en un modo indefinible, parecían urgirlo a uno a cosas más altas... Su sonrisa daba la impresión de que estaba mirando al interior de mi alma y estaba ansioso por verme hacer mayores y mejores cosas por el Señor»
El Padre Arts, jesuita belga, transmite un elocuente testimonio: «El P. Hurtado tenía el temperamento de un mártir; tengo la íntima convicción de que él se ofreció como víctima por la salvación de su pueblo, y especialmente por el mundo obrero de América. Conocí al Padre Hurtado en teología, en Lovaina. Sobre todo impresionaba y edificaba su caridad, tan ardiente y atenta, resplandeciente de alegría y entusiasmo. Ya entonces se 'consumía' de ardor y de celo. Siempre listo a alegrar a los demás. ¡Cuánto amaba a su país y a su pueblo! Ese amor le hacía sufrir profundamente. Volví a ver al querido Padre en el Congreso de Versalles en 1947. Era la misma llama: el fuego interior lo abrasaba de amor a Cristo y a su pueblo. Mi querido amigo era un alma de una calidad 'muy rara', y para decirlo todo: un santo; un mártir del amor de Cristo y de las almas»
Además, fuera de los juicios muy laudatorios de varios profesores, con quienes hablé, la prueba más contundente me la proporcionó el Padre Rector, Juan B. Janssens, quien no sólo me habló en forma extraordinariamente laudatoria y cariñosa del Padre, sino que me dijo que su plan y deseo había sido nombrarle ese año escolar (1932-1933) "Bedel", es decir, como un subdirector ministro y, a la vez, representante de los teólogos, y precisamente por ser tan unánimemente estimado y querido, y por el bien que hacía entre sus compañeros, y que solamente había desistido ante el exceso de trabajo que ya tenía, poniendo en peligro su salud.
En un grupo tan numeroso y heterogéneo, de gente selecta, nombrar a un extranjero, de lengua diferente, era, sin duda, extraordinario, y, por lo tanto, muy revelador de la estima de sus valores personales y religiosos.
Otra prueba manifiesta de esta gran estimación de su rector y profesores es la carta, en que el rector, a nombre de los del Colegio de Lovaina, comunica al Provincial de Chile (P. José Llusá) su juicio e impresión acerca del permiso para la ordenación sacerdotal del Padre.
Le escribía el 22 de febrero de 1933 (traduzco fielmente la carta escrita en latín): «Si no me engaño, después de la próxima Consulta de esta Provincia (de Bélgica) le serán transmitidos por nuestro Padre Provincial, los informes referentes a las Órdenes del Padre Hurtado. Pero permítanse, desde ahora, testificarle a Usted de cuán grande edificación nos ha sido a todos el Padre Hurtado, por su piedad, regularidad, entusiasmo y constancia en los estudios, caridad, discreción, buen trato con todos, ciertamente ha ido delante de los compañeros por su ejemplo. Es querido de todos. Juzgo que el Señor ha destinado a su Provincia un hombre verdaderamente eximio; por lo menos así nos parece a nosotros. Verdaderamente le agradezco que lo haya destinado a Lovaina: en esta comunidad ha ejercido un verdadero apostolado.
Me encomiendo en sus oraciones, Juan B. Janssens, s.j.»
Respondiendo a este punto de la carta, le dice el entonces Provincial de Chile: «Después de dar gracias máximas a Dios, las doy enseguida a Usted y a los demás Padres, que nos han obligado con tantos lazos de caridad y gratitud, por la formación de este joven, gran esperanza de nuestra pequeñísima Viceprovincia» (el 23 de abril de 1933)

Sacerdote de Cristo

En Lovaina, durante su tercer año de teología, recibió las órdenes del subdiaconado y diaconado, y, al término de él, el 24 de Agosto de 1933, fue ordenado sacerdote por el Cardenal van Roey, Primado de Bélgica, oficiando el 25 de Agosto su Primera Misa. Tuve el grato honor y gran consuelo de ser su presbítero asistente. Días hermosos y llenos de santo fervor: su alma era esencialmente sacerdotal y vibraba de modo impresionante. Lo acompañaron don Joaquín Larraín Simkins, secretario de la Embajada de Chile en Bélgica, y señora Lucila Ramírez de Larraín, la señora Rebeca Sanfuentes de Edwards (que fue su madrina de Altar), y familia, y otro grupo de amigos chilenos y latinoamericanos. Habiendo sido ordenado sacerdote, le escribe a un amigo: «¡Ya me tienes sacerdote del Señor! Bien comprenderás mi felicidad inmensa. Con toda sinceridad puedo decirte que soy plenamente feliz. Ahora ya no deseo más que ejercer mi ministerio con la mayor plenitud posible de vida interior y de actividad exterior»
El 24 de mayo de 1934, aprueba el examen de grado de Teología. El presidente de la comisión fue el mismo P. Janssens, quien comentó: «En mis largos años de Superior no he visto pasar junto a mí un alma de mayor irradiación apostólica que la del Padre Hurtado»
Terminados sus estudios, tanto teológicos como de pedagogía con las licenciaturas respectivas a mediados de 1934, comenzó la última prueba oficial o reglamentaria de la larga formación religiosa, la que llamamos "Tercera Probación"; ella equivale a un segundo noviciado, y es como el último toque de la larga formación del religioso jesuita, del sacerdote-apóstol. Le correspondió hacerla en la misma Bélgica, en la cercana aldea de Tronchiennes, en una antigua abadía medieval.
Terminada ésta, el 10 de octubre de 1935 rendiría su examen para el Doctorado en Ciencias Pedagógicas en la Universidad de Lovaina, habiendo presentado la tesis El sistema pedagógico de Dewey ante las exigencias de la doctrina católica. Es aprobado con «máxima distinción» Sólo le quedaron unos meses, que empleó con gran celo en completar conocimientos, visitar Centros de Acción Apostólica y Social en Bélgica, Holanda, Francia y Alemania; preparó además una Exposición Bibliográfica de Pedagogía, que ofrecería en Chile, a su llegada. Premunido de un nombramiento oficial ad honorem del Gobierno (su tío Miguel Cruchaga era ministro de Relaciones Exteriores), tuvo entrada en muchas instituciones oficiales y particulares, reuniendo una selecta y valiosa biblioteca.
Durante estos años, prestó un gran servicio en favor de la fundación de la Facultad de Teología de la Universidad Católica de Chile. El agotador trabajo buscando libros, revistas y, lo que es más importante, profesores para poder hacer realidad la fundación de la Facultad, fue muestra del gran aprecio que Alberto Hurtado profesa por el estudio serio y el deseo de preparar hombres capaces de realizar un apostolado entre los intelectuales. En diciembre de 1934 Mons. Casanueva le expresa su agradecimiento en estos términos: «La inmensa gratitud que te debo por tu empeño tan abnegado, tan inteligente, tan atinado y tan cariñoso, que jamás podré pagarte y sólo Dios podrá recompensarte debidamente; después de Dios y de la persona que ha hecho esta fundación, a nadie le deberá esta Facultad de Teología tanto como a ti».

Vuelta a Chile y comienzos de sus labores apostólicas

Llegó a Chile en Febrero de 1936. Ya desde antes, por muchos lados era pedida su acción, en la que descansaban muchas esperanzas:
Dentro de la Compañía de Jesús se le pidió tomase en el Colegio San Ignacio, junto con las clases de Religión en los cursos superiores, la dirección espiritual de los alumnos mayores. Fuera de ella, se le pidió un curso de charlas de Pedagogía para adultos en el Aula Magna de la Universidad Católica. Durante todo el año estas charlas semanales fueron seguidas con gran interés por los numerosos asistentes, principalmente padres de familia y educadores.
Pero estos marcos iniciales de su labor apostólica fueron rápidamente sobrepasados y multiplicados en tal forma que es casi difícil seguirlo en su actividad de un modo ordenado y cronológico.
Unía a su juventud –tenía 35 años– su temperamento dinámico y vehemente, y, sobre todo, su ardiente celo por las almas, que, en cierto modo, durante más de doce años había tenido que controlar, por haber estado dedicado primordial y esencialmente a su sólida formación y a su preparación integral para su misión apostólica sacerdotal. No es extraño, pues, que a los pocos meses estuviera ya como torrente desbordado:
a) Sus clases de Religión no se limitaron a las horas reglamentarias sino que pronto fueron seguidas por círculos de estudio del Evangelio, que diferentes grupos de los diversos cursos seguían con mucho interés.
b) Por estos Círculos y por la Congregación Mariana de alumnos, que él tomó, creció la piedad, fomentó las actividades apostólicas de los alumnos: catecismos en poblaciones Velásquez y Buzeta.
c) Sobre todo por los Retiros Espirituales voluntarios, que muy pronto comenzó a predicar, despertó un fervor que se reflejó inmediatamente en la inspiración de numerosas vocaciones sacerdotales y religiosas.
d) El campo de apostolado no se limitó a sus alumnos: simultáneamente se fueron formando grupos de jóvenes universitarios, de colegios o de liceos, que tenían también sus círculos de estudio sobre el Evangelio, de los cuales, los más entregados, iban ingresando a la Congregación Mariana de Jóvenes (que tuvo un período de gran vitalidad, por sus misas colectivas, su frecuencia de sacramentos y sus actividades apostólicas).
Un círculo de estudios formado por jóvenes selectos de esta congregación tuvo una vida floreciente de intensa espiritualidad, como recordarán sus activos participantes de entonces.

Los retiros espirituales

Su actividad en la predicación de los retiros, aunque ejercitada durante toda su vida de ministerio apostólico, conviene hacerla notar desde el principio, pues él la consideró siempre como fundamental y sólidamente provechosa. A pesar de las múltiples ocupaciones y obligaciones, siempre buscaba el tiempo y la forma de atender las continuas peticiones que recibía: jóvenes de colegios secundarios y universitarios, empleados, señoras, el clero secular y religioso, no sólo en Santiago, sino también de las principales ciudades de Chile. Varias veces durante el año impulsaba diversos grupos, de jóvenes y adultos, a un encuentro profundo con el Señor y a buscar con seriedad la voluntad de Dios. Es en uno de estos retiros donde afirma: «Todo cristiano debe aspirar siempre a esto: a hacer lo que hace, como Cristo lo haría en su lugar...».
Esta convicción lo llevó muy pronto a pensar en la construcción y funcionamiento de una amplia y acogedora Casa de Ejercicios, que con dinámico fervor llevó muy pronto a la realidad. La quiso junto a la parroquia y a la casa de formación de los novicios y juniores de los jesuitas, en el entonces llamado pueblo de Marruecos, la que también en gran parte se debe a sus desvelos. Ambas casas convirtieron ese sitio en centro de vida espiritual, de semilla y fermento apostólico, razón por la cual lleva ahora merecidamente el nombre de Padre Hurtado.
Entre los innumerables retiros, se hicieron pronto famosos, por el número y fervor de los oyentes, los predicados en Semana Santa. Las 70 piezas individuales de la Casa de Ejercicios, más las 40 ó 50 que los jóvenes jesuitas cedían para ese objeto, no bastaban, y con frecuencia se debió habilitar salones con colchones para satisfacer los pedidos de hasta 200 jóvenes, ansiosos de oír la palabra de un sacerdote que dejaba traslucir patente el genuino apóstol de Jesucristo. Esto es lo único que puede explicar el número y presión de las solicitudes, y el que este entusiasmo se repitiese año tras año.

Vocaciones religiosas y sacerdotales

En sus retiros, nacían o se decidían muchas vocaciones, que, como dijo Monseñor Manuel Larraín en su oración fúnebre, no eran fruto de una 'pesca', sino el efecto de la irresistible atracción de un hombre de Dios, que vivía lo que predicaba su palabra, brillante y atractiva, no tanto por su elocuencia literaria, sino por la sinceridad y el fervor.
Se podría redactar listas de estas vocaciones, que han realizado y realizan una fecunda acción sacerdotal. Él mismo, en algunas cartas confidenciales al Superior, pone listas, distinguiendo las vocaciones provenientes de colegios de jesuitas o de otras fuentes, como, asimismo, los ingresados a la Compañía o al clero diocesano.
Su amor al sacerdocio y a la eucaristía queda retratado en un hermoso testimonio: en el año 1937, en San José de la Mariquina, un misionero capuchino lo observó celebrar la Misa, y le llamó tan poderosamente la atención «que decía no haber visto nunca una celebración tan edificante, y que al ser así los sacerdotes chilenos, deberían ser todos santos». El mismo año 1937 publicó La vida afectiva en la adolescencia y La crisis de la pubertad y la educación de la castidad.
El problema vocacional le preocupó mucho desde el principio, por la impresionante falta de sacerdotes; hizo estudios, estadísticas, y la primera obra que escribió fue precisamente sobre este tema: La crisis sacerdotal en Chile (editado en 1936). Años más tarde, y en forma más general, publicó otro opúsculo sobre La elección de carrera (de 1943).
Hasta sus últimos meses de actividad, y a pesar del cúmulo de trabajos que absorbían su tiempo y atención, hacía paréntesis para no rechazar la oportunidad de dar retiros: estaba convencido de su eficacia, y veía y palpaba sus alentadores frutos.

¿Es Chile un país católico?

Su celo, su espíritu observador y su patriotismo le inspiraron, desde los comienzos de su apostolado, un temor y le causaron una profunda pena: captaba muy clara, viva y dolorosamente la generalizada ignorancia religiosa en todas las clases sociales, y especialmente en el pueblo, por el que tanto ansiaba trabajar. Veía y reconocía religiosidad en el pueblo, pero una religiosidad superficial y muy mezclada o contagiada de supersticiones.
Este temor, que entrañaba un grave peligro, le impulsó a estudiar el tema, a pedir datos y encuestas a los párrocos de todo Chile, a consultarlo con las personas entendidas, y a publicar en 1941 un libro, que llegó a ser famoso por el impacto que produjo y por las discusiones que provocó, incluso por el mismo atrevido título que le puso: ¿Es Chile un país católico?
Como dice en el prólogo Monseñor Augusto Salinas, entonces obispo auxiliar de Santiago y Asesor nacional de la Acción Católica: «Con multitud de informaciones estadísticas y observaciones personales, el Padre Hurtado dirige primeramente una mirada al estado del mundo en el orden religioso, y analiza después el de nuestra patria, desde diversos aspectos que convergen en último término a uno mismo. Era necesario hablar de las miserias de nuestro pueblo con la dura realidad de los hechos, a la vez que con elevado criterio y con caridad evangélica. Era necesario presentar el cuadro real de la vida cristiana en Chile, para que se mida el abismo de ignorancia y de incredulidad a que hemos llegado».
Poco antes, en el mismo prólogo había dicho: «Escrito sin otro apasionamiento que el amor a Jesucristo y a las almas, iluminando con la luz del Evangelio y de las enseñanzas pontificias y con la claridad del reconocido talento de su autor, este libro debe servir como examen de conciencia para esos numerosísimos católicos, que permanecen en la indolencia más incomprensible, mientras la Iglesia chilena sufre males tan profundos que la amenazan de muerte...».
Esto es lo que ciertamente y ante todo pretendía el Padre Hurtado. Sin duda el libro fue una valiente voz de alerta y de estímulo que marcó un hito en los trabajos pastorales de evangelización. Con gran agudeza, optimismo y valentía abrió los ojos de muchos católicos acerca de la verdadera situación del catolicismo en Chile, señalando, entre otros, el grave problema de la escasez de vocaciones sacerdotales.
El Padre dedicó el libro «a la juventud Católica de Chile, sobre cuyos hombros reside el porvenir de la Iglesia y de la Patria, pidiendo al Padre de todo bien que suscite entre sus hermanos, los jóvenes chilenos, apóstoles de Cristo, que hagan mejor y más bella la vida en este Chile que nos vio nacer».

Asesor Nacional de los Jóvenes Católicos

Al escribir estas palabras, que manifiestan su anhelo y esperanza de despertar en los jóvenes esos ideales de trabajar como apóstoles de Cristo, haciendo el verdadero bien a todos sus hermanos chilenos, ya estaba el Padre Hurtado al frente de la Juventud Católica como su Asesor Nacional. Dadas sus condiciones, fue natural que le confiaran esta actividad y estas responsabilidades.
Por sus clases, Círculos de estudio del Evangelio, Congregación Mariana, por sus retiros y, sobre todo, por la dirección espiritual de muchos, por el trato y atracción de su persona, viril, generosa, alegre y profundamente religiosa y sacerdotal, era admirado, querido y buscado por innumerables personas que notaban y vivían en sí mismos que ese contacto los ennoblecía y los elevaba.
Se añadió la circunstancia de ser entonces asesor general de la Acción Católica, Monseñor Augusto Salinas, Obispo Auxiliar de Santiago, y compañero y amigo del Padre en sus estudios universitarios y en el Servicio Militar: conocía, pues, sus cualidades y su espíritu.
La Acción Católica había sido promovida en 1923 por el Papa Pío XI, que la definía como la «participación y colaboración de los laicos en el apostolado jerárquico de la Iglesia», y significó un decidido impulso a la valorización de la participación activa de los laicos en la Iglesia.
Su actividad desbordó: se encontraba con los jóvenes, y no puso límites en la propia entrega. Los centros de la Acción Católica se fueron multiplicando en todo Chile, que él recorrió de Arica a Magallanes, animando con su presencia y su palabra a todos. Sabía descubrir, animar y ver los valores humanos de los jóvenes, que son muchos, especialmente su generosidad; les mostraba metas e ideales altos y arduos; quería formar jefes y héroes, y todo esto lo podía proponer con fuerza y persuasión, porque le salía desde dentro.
Esperaba mucho de los jóvenes, pues los quería grandes y generosos apóstoles. Era el tiempo de las concurridas procesiones de antorchas a los pies de la imagen de María Santísima, en el Cerro San Cristóbal, con miles de participantes. En este contexto invitaba a los jóvenes a la generosidad: «Si Cristo descendiese esta noche caldeada de emoción les repetiría, mirando la ciudad oscura: 'Me compadezco de ella', y volviéndose a ustedes les diría con ternura infinita: 'Ustedes son la luz del mundo... Ustedes son los que deben alumbrar estas tinieblas. ¿Quieren colaborar conmigo? ¿Quieren ser mis apóstoles?'».
No se quedaba en las palabras, pues recomendaba y exigía a los jóvenes de la Acción Católica una vida de fe práctica, con sacrificio y apostolado. Aún más, de entre ellos pronto eligió y formó un grupo selecto, para perfeccionar en sus miembros este espíritu y avivarlo en los demás. Este fue el famoso Servicio de Cristo Rey. Estaba «formado por jóvenes que aspiran, con la gracia de Dios, a vivir plenamente su fe, y aceptar todos los sacrificios que traiga consigo el apostolado de la Acción Católica para la extensión del Reino de Cristo».
La vida de esta rama de la Acción Católica se hacía notar también al exterior por otras manifestaciones:
a) La nueva Casa Central de la Juventud Católica, de Alameda con Ejército, bullía en sus reuniones formales y ordinarias, como en las libres y de amistad. b) Allí se estudiaban y redactaban las revistas del movimiento, y sus variados volantes e invitaciones. c) El éxito del Congreso Nacional de Valparaíso, en Octubre de 1942, que reunió a cerca de cinco mil jóvenes, llegados con gran sacrificio y entusiasmo. d) Algo semejante sucedió al llenar el teatro Caupolicán el año siguiente, en el día del Joven Católico: algo sorprendente e inaudito y casi inimaginable para un movimiento de valiente profesión de fe en Jesucristo y en su causa. e) Las procesiones nocturnas con antorchas, en la Fiesta de Cristo Rey, presididos por su Asesor Nacional, en que los jóvenes, conforme a los deseos y recomendaciones del Padre, con una marcha varonil, alegre, casi desafiante, querían dar testimonio público de su fe. Era impresionante verlo, a sus 40 años ya pasados, con el ardor y entusiasmo de un joven, animado con su ejemplo y fervor.
No es el caso de entrar en detalles mayores. Fueron, sin duda, años de vivencia y esperanza cristiana. Y esa semilla, sembrada y fecundada, en tantos centenares y millares de jóvenes, ha dejado no sólo recuerdos agradables, sino raíces profundas para su vivir y actuar en los años posteriores.
Para su apostolado, se valió de algunas publicaciones. Así, el año 1942, escribió un libro sobre Cine y Moral y otro titulado Puntos de Educación, en el que fue ayudado por varios de los jóvenes, que ya eran jesuitas, gracias a su influjo y dirección.

Una renuncia dramática

Sin embargo, en el desempeño de este apostolado, tan amado por el Padre, permitió el Señor una prueba que, para él, resultó muy dolorosa: su renuncia al cargo de asesor. Acusaciones y críticas ya antiguas y repetidas, sobre expresiones, actitudes y actuaciones del Padre Hurtado, volvieron a recrudecer, causándole gran preocupación. Dando cuenta a un Visitador de la Compañía de Jesús, Padre Tomás Travi, de sus actividades apostólicas, mencionaba también estas dificultades con que tropezaba y las acusaciones que se le hacían.
Dentro de la claridad y firmeza de conceptos, exponía las denuncias con total sinceridad, y con sencilla humildad trataba de defenderse de ellas. Terminaba su defensa ante el Visitador con estas palabras tan propias de su humilde sencillez: «a todos estos antecedentes hay que agregar, ciertamente, poca prudencia del que esto escribe, carácter vehemente y apasionado por temperamento, y errores que Usted habrá visto con mayor claridad, y de los que espero un juicio suyo para tratar de corregirlos con eficacia, y, si necesario fuese, penitencia».
Tanto en esta detallada exposición, como en otras posteriores y contemporáneas a su apostolado como Asesor Nacional de la Juventud Católica, reducía estas acusaciones principalmente a tres puntos: 1°) Falta de espíritu jerárquico; 2°) Ingerencia en política; 3°) Ideas avanzadas en materia social.
Como, a pesar de sus explicaciones, estas quejas y rumores llegasen hasta las más altas esferas eclesiásticas, incluso al asesor general de la Acción Católica, que le había llamado y nombrado para su cargo, el 12 de Abril de 1942 el Padre Hurtado presentó su renuncia, que le fue rechazada.
Sin embargo, como las críticas continuaban y, sin culpa de nadie, se juntasen a ellas algunos malos entendidos con el asesor general de la Acción Católica (su inmediato superior en ese campo), las que entorpecían la total unidad de criterio y voluntades que se requerían entre ambos para la buena y segura marcha de la obra, juzgó el Padre Hurtado más conducente al bien general reiterar humildemente su renuncia, el 10 de Noviembre de 1944.
En 1944 explicó larga y confidencialmente por escrito, tanto al asesor general como al Arzobispo, monseñor Caro, los motivos de su renuncia, que había meditado delante de Dios y consultado con personas de su confianza. En su breve carta oficial de renuncia, le decía al Arzobispo: «Ruego a Usted, que tenga la bondad de presentar a la Comisión Episcopal mi renuncia al cargo de Asesor Nacional de la Asociación de Jóvenes Católicos. Al pedirle a Usted este favor, quisiera también rogarle tuviera la bondad de presentar a los Señores Arzobispos y Obispos mi profunda gratitud por la confianza que me han dispensado durante estos tres años y medio al confiarme la Asesoría de la Juventud Católica, labor de profunda responsabilidad y trascendencia. Siervo suyo, en Cristo».
Y en su carta a Monseñor Salinas le añadía esta petición: «Te agradecería con toda el alma que si ésta es aceptada, como supongo lo será, lo sea luego, para no perjudicar a la Rama con esa marcha lánguida que no puede menos de dar quien sabe que está en la situación en que yo me siento. No creo que ahora, más que en otra ocasión, pueda recibir interpretación política, y además el momento político, gracias a Dios, no está especialmente perturbado. Te saluda tu amigo y hermano, Alberto».
La renuncia le fue aceptada finalmente en Diciembre de 1944. Respecto a las causas de esta renuncia y a sus consecuencias, dice hermosa y profundamente Alejandro Magnet en su biografía del Padre: «Este proceso, visto más íntimamente, adquiere un dramatismo misterioso. No nacía de la oposición de dos enemigos, no había en él odio ni rencor alguno. Todo lo contrario: el Padre Hurtado, no sólo en declaraciones públicas, sino escribiéndole a un amigo íntimo, le aseguraba que Monseñor Salinas era un carácter recto y estaba animado de las mejores intenciones; y, por otra parte, el Obispo apreciaba sinceramente las virtudes de su viejo amigo. Sólo cada uno juzgaba que el otro estaba equivocado y que ese error podía tener graves consecuencias para la Iglesia, a cuyo servicio ambos estaban dedicados por entero. Esta común rectitud de intenciones, y la sumisión de ambos a Dios, es, precisamente, lo que da al conflicto su carácter misterioso e inhibe de todo juicio pronunciado desde el tiempo, desde este lado del tapiz que se está tejiendo, para ser mirado a la luz de la eternidad».
Sin duda la prueba fue grande y dolorosa para el Padre Hurtado como persona. En ese trabajo apostólico se encontraba y sentía plenamente «realizado»; pero sobre su gran dolor humano y natural la reacción sobrenatural fue generosa y superior, aceptando la prueba como venida de la amorosa Providencia del Señor. No sólo observó el mayor cuidado de no expresar una palabra de queja o crítica, sino que con sincero y constante esfuerzo, el cual podría llamarse heroico, luchó para conseguir lo mismo de todos sus amigos, y de sus queridos jóvenes, que, con el natural ardor de su edad, querían oponerse y protestar. Especialmente a los dirigentes del Movimiento hubo de pedirles, en la forma más persuasiva y firme, que no renunciasen a sus cargos, sino que se esforzasen por seguir trabajando y cooperando con el mismo entusiasmo con su sucesor.
Llegó al extremo de no admitir ninguna manifestación en su honor, ni siquiera una misa, para no dar la más mínima ocasión a comentarios de ninguna especie en este punto. Todo esto se lo oí personalmente, expresado con gran emoción, pues su carácter era muy sensible y afectivo.
Por otra parte, tuvo la humana y alentadora satisfacción de recibir innumerables demostraciones de reconocimiento, simpatía y gratitud, de muchos amigos y colaboradores, especialmente de sus fieles grupos de jóvenes y de otros Obispos de todo el país.
De estas demostraciones de reconocimiento anotaré tan sólo la del presidente de la Junta Nacional de Jóvenes, Víctor Risopatrón Matte:
«He pedido la palabra en esta última sesión que la Junta Nacional de la Acción Católica Chilena celebra en 1944, para rendir un homenaje en nombre de los jóvenes católicos, al querido asesor que durante cuatro años guió a nuestra Asociación en su marcha ascendente. Quiero que quede para siempre constancia de la gratitud y del inmenso cariño que sentimos por él en estos momentos en que con el corazón lleno de dolor lo hemos visto partir de Ejército 3 (sede de la Acción Católica), ese gran hogar que él hizo amable y lleno de vida y entusiasmo. Lo que el Padre Hurtado significa para nosotros, no podría expresarse en palabras. Pero de todas maneras quiero recordar brevemente algunos aspectos de su labor.
Recibió una Juventud Católica generosa pero pequeña, sin organización, ni visión de su responsabilidad histórica, y entrega ahora un movimiento fuerte y disciplinado, lleno de espiritualidad y de vida. En esos cuatro años le ha dado una organización moderna y eficiente que a mí no me corresponde alabar. Ha formado dirigentes y militantes, por medio de retiros, círculos de estudios, concentraciones, conferencias, dirección espiritual, artículos, etc., acrecentando en todos nosotros la formación, tanto religiosa como humana.
Ha efectuado giras de Arica a Punta Arenas levantando nuevos centros y alentando a los ya existentes, llevando a todas partes su palabra sabia y su ejemplo que entusiasma. Con sus dotes de simpatía y popularidad ha conseguido financiar casi todas nuestras empresas que cada vez van siendo mayores y más costosas. Ha hecho brotar una hermosa y floreciente vida espiritual, y las almas de todos los jóvenes católicos se han elevado hacia el Señor en la unión íntima de una gracia permanente. Siempre supo guiar y despertar con prudencia e inteligencia muchas vocaciones, que han respondido generosamente a los llamados del Señor.
Ha creado en nosotros una mística, que nos hace sentirnos fuertes y optimistas, como poseedores de la verdad, que no puede encontrarse más que en la Iglesia de Cristo, y como el más importante de los movimientos juveniles de nuestra patria.
Nos ha inculcado en esta era de egoísmo y superficialidad, el sentido de nuestra responsabilidad y de un heroísmo que espera las horas de prueba para manifestarse. Y así, formados y templados nuestros espíritus nos ha lanzado al apostolado, para conquistar para Cristo el liceo, el cuartel, la gran ciudad, la aldea campesina, la fábrica, la oficina y todos los rincones de Chile.
Pero, por sobre todo, el Padre Hurtado ha sido el hombre de la unidad; él ha formado nuestra magnífica unidad interna; ha unido en lo esencial a miles de jóvenes que piensan de muy diferentes maneras en los asuntos contingentes, haciendo imperar siempre la caridad, la comprensión y la alegría.
Sobre sus cualidades personales no me voy a referir, pues las seguiremos aprovechando, no ya como asesor, pero sí como padre espiritual, como maestro y como amigo. A ese gran asesor y santo sacerdote he querido rendir, con estas torpes palabras, el más sentido homenaje de admiración, cariño y gratitud, en nombre de todos los jóvenes católicos de Chile. Víctor Risopatrón M.».
Concuerda con estas sentidas apreciaciones, emitidas en nombre de los jóvenes católicos, otro juicio venido de muy lejos, desde Roma, y escrito poco antes de la renuncia del Padre:
El señor Rudi Salat, entonces Secretario Administrativo Internacional de Pax Romana, permaneció un año íntegro en Chile, con la misión de estudiar y estimular el movimiento y organización de la Acción Católica Chilena. En el exhaustivo informe confidencial entregado, expresa notables elogios acerca de la Rama de los Jóvenes. Me limito a copiar sólo unas líneas referentes a la actuación del asesor de ese tiempo, P. Alberto Hurtado. Habiendo dicho que la Rama de los Jóvenes ha tenido muchas bendiciones especiales de Dios, al enumerar algunas termina:
«Finalmente, no tengo el derecho de callar un factor, que, en mi humilde opinión, ha sido decisivo: el hecho que Dios ha enviado a la Juventud Católica Masculina de Chile a un asesor nacional simplemente ideal para su misión trascendental de jefe espiritual, de asesor y alma, y de sacerdote modelo para los jóvenes, también en lo puramente humano».
Además, tuvo el gran consuelo de ver entre los frutos de su profunda acción espiritual, el ingreso al sacerdocio, en su querida Compañía de Jesús, de varios de los jóvenes más comprometidos en la Acción Católica.

El Hogar de Cristo

Dentro de la Providencia de Dios que, a juicio de muchos, se mostró muy visible en este caso, un fruto indirecto de esta dura prueba fue la obra, que sin duda más nombre y estima le atrajo: el Hogar de Cristo.
El mes anterior a su renuncia a la Acción Católica, tuvo lo que todos consideran una clara inspiración del Espíritu Santo: emprender una obra y cruzada evangélica de caridad. Tal como él mismo lo relató, una noche fría y lluviosa, le vino al encuentro «un pobre hombre con una amigdalitis aguda, tiritando, en mangas de camisa, que no tenía dónde guarecerse». Su miseria lo estremeció, pues el corazón del Padre, naturalmente sensible, sufría y se llenaba de santa indignación al ver la miseria de tantos compatriotas y hermanos, que, privados de un techo y de un abrigo, pasaban las noches, incluso las frías de invierno, a la intemperie, y su alma de apóstol y amante de Jesucristo veía en ellos, con vivo espíritu de fe, a ese mismo Jesucristo que predicó con su palabra y ejemplo el precepto del amor.
Pocos días después, el 16 de octubre, dando un retiro para señoras, en la Casa del Apostolado Popular, habló, sin haberlo previsto, sobre la miseria que hay en Santiago y la necesidad de la caridad: «Cristo vaga por nuestras calles en la persona de tantos pobres dolientes, enfermos, desalojados de su mísero conventillo. Cristo, acurrucado bajo los puentes, en la persona de tantos niños que no tienen a quién llamar padre, que carecen hace muchos años del beso de madre sobre su frente... ¡Cristo no tiene hogar! ¿No queremos dárselo nosotros, los que tenemos la dicha de tener hogar confortable, comida abundante, medios para educar y asegurar el porvenir de los hijos? 'Lo que hagan al más pequeño de mis hermanos, me lo hacen a Mí', ha dicho Jesús». Este fue el día de la concepción del Hogar de Cristo. A la salida del retiro, recibió las primeras donaciones –un terreno, varios cheques y joyas– de parte de las señoras presentes. Artículos del Padre en los diarios y revistas, escritos con el fuego natural y sobrenatural de su corazón, las fueron multiplicando e hicieron posible en brevísimo tiempo convertir en realidad sus anhelos.
Inmediatamente abrió los hogares provisorios: para jóvenes, en una casa arrendada en calle López, y para mujeres y niños en la calle Tocornal. Los grandes, amplios y aptos locales para las hospederías fueron rápidamente construidos en calle Chorrillos; él disfrutaba santamente al visitar en las noches sus dormitorios repletos de gente necesitada y agradecida por el hospedaje.
De las hospederías pasó pronto a los hogares de niños, pues vio que con ellos la obra de las hospederías era muy imperfecta e ineficaz: durante el día perdían lo que por ellos podía ganarse en las noches. Él quería regenerarlos y habilitarlos para una vida digna, cristiana y útil; quería restituir a la sociedad a esos hermanos, privados, sin culpa de ellos, del calor de un hogar y una familia, y rechazados injustamente por esa misma sociedad. Vinieron los talleres, para regenerarlos por la instrucción y la disciplina del trabajo; procuró, sobre todo, proporcionarles en estos hogares el interés y afecto humano, cuya falta constituía lo más duro de su existencia.
Un jesuita de Suiza, recuerda: «En mi viaje a Chile, el Padre Hurtado estaba en el Aeropuerto esperándome con su camioneta. Me hizo visitar detalladamente su obra del Hogar de Cristo. Al dirigirnos a él, nos detuvimos a la orilla del río Mapocho, y me explicó toda la estrategia que debía emplear para acercarse, sin asustarlos, a los niños abandonados y vagos. Resplandecía de alegría, hablándome de uno de ellos que había aprendido un oficio, se había instalado, y había fundado un hogar».
El Padre Hurtado nunca decía 'basta'. Su alma y corazón grandes seguían ampliando el campo de su evangélica caridad. Como sería muy largo seguir todos sus pasos (por otra parte es muy conocida la historia del Hogar de Cristo), terminaré la breve mención de esta obra, que él dijo ser «el conjunto de chilenos de corazón generoso», con la expresión de los anhelos que sobre ella reveló al final del último Saludo de Navidad, dictado por él mismo, en su lecho de enfermo, poco antes de morir: «A medida que aparezcan las necesidades de los pobres, que el Hogar de Cristo busque cómo ayudarlos como se ayudaría al Maestro».
Él quiso que su obra fuera de caridad evangélica, es decir, universal, sin la menor distinción de personas o ideologías, buscando, en todas sus secciones, la manera de servir y amar a todos los que 'necesitasen' de este servicio y de este amor. Para fortalecer y asegurar en lo posible este espíritu, eligió del amplio grupo de sus colaboradores, un reducido grupo de señoras con una misión especial: vida de oración y de abnegada entrega a la obra y al servicio de los pobres, a lo que se obligarían con promesas personales, similares –aunque adecuados a su condición y circunstancias– a los votos religiosos, y que unió en lo que él llamó Fraternidad Hogar de Cristo, cuyos estatutos aprobó y firmó personalmente. Algo semejante deseó y comenzó a formar entre los caballeros cooperadores más allegados a la obra, pero que no llegó a tener vida activa como institución.
Esta generosa colaboración de tantos hombres y mujeres en la fundación y marcha progresiva del Hogar, animada y estimulada por el ejemplo y dirección del Padre, constituyó otro de los aspectos importantes del influjo y acción santificadora del espíritu evangélico del Padre Hurtado.
Su obra sobrevive después de su muerte, y conforme al deseo del Padre, va adaptando y encauzando sus esfuerzos a las necesidades que van apareciendo como mayores y más urgentes. Su mismo ideal permanece: la atención de los más necesitados.
Quiera el Señor conservar en esta obra el espíritu que le infundió su fundador. Ella es la que más hace recordar su nombre y su acción. Ella es también la que constituye –a juicio de muchos– un milagro patente debido a su intercesión.

Viajes de estudio y renovación apostólica

Para conocer y estudiar obras similares, y profundizar y ampliar sus líneas de apostolado, aceptó una invitación a los Estados Unidos, a donde viajó en septiembre de 1945, deteniéndose, de paso, en algunos países de Centro América. En octubre llegó a Dallas y comenzó una nutrida agenda de entrevistas y visitas a instituciones de beneficencia. En Kansas se entrevistó con Mons. O'Hara, visitó a los Redentoristas, la cancillería y la oficina de la Acción Católica. En octubre estuvo en la «Ciudad del Niño» del P. Flanagan. A principios de enero, viajó a Canadá, y luego a Washington. Y el 29 de enero comenzó su retiro espiritual en Baltimore.
Dejó apuntes de sus impresiones y experiencias del viaje; entre éstas, conservamos una interesante meditación íntima, surgida al contemplar el estado real del mundo en que vivía: ¿Cómo vivir la vida?, que es como un puro y noble reflejo y retrato de su alma, entusiasmada y entregada al Señor íntegra y fervorosamente.
Regresó en barco, en el «Illapel», desde Nueva York a Valparaíso. El viaje duró 30 días, los que aprovechó para reflexionar y escribir. Durante la travesía reflexiona acerca del Rumbo de la vida: «Cada vez que subía al puente de mando y veía el trabajo del timonel, no podía menos de hacer una meditación fundamental, la más fundamental de todas, la que marca 'el Rumbo de la vida'».
De vuelta a sus nutridas labores habituales, predicó un célebre retiro en la Semana Santa de 1946 (publicado en Un disparo a la eternidad, pp. 33-73), y comenzó a hacer clases en el Hogar Catequístico y en el colegio The Grange. Así continuó su labor formativa entre los jóvenes.
En una charla de preparación a la fiesta del Sagrado Corazón, recordó a los estudiantes universitarios su responsabilidad social, responsabilidad que es una consecuencia de las palabras de Cristo: «El deber social del universitario no es sino la traducción concreta a su vida de estudiante hoy y de futuro profesional, mañana, de las enseñanzas de Cristo», e invitó a cada uno a «estudiar su carrera en función de los problemas sociales propios de su ambiente profesional». Se atrevió a pedir a los jóvenes una gran generosidad, con la certeza de que «El que ha mirado profundamente una vez siquiera los ojos de Jesús, no lo olvidará jamás».
Posteriormente, entre julio de 1947 y enero de 1948, el P. Hurtado realizó un viaje a Francia para asistir a una serie de importantes congresos y semanas de estudio. A su superior, le pidió el permiso: «¿Será mucha audacia pedirle que piense si sería posible que asistiera este servidor al Congreso de París?... Le confieso que lo deseo ardientemente porque me parece que me sería de mucho provecho para ver las nuevas orientaciones sociales y de A.C. y Congregaciones Marianas... Si es audacia, rompa estas líneas sin mayores miramientos».
Otorgado el permiso, partió a Francia el 24 de julio de 1947. Participó en la 34ª Semana Social en París, donde sostuvo conversaciones con el Cardenal E. Suhard, Arzobispo de París; pasó una semana en L'Action Populaire (centro de acción social organizado por los jesuitas franceses, actualmente CERAS), y luego participó en la Semana Internacional de los jesuitas en Versalles, donde el Padre Hurtado habló en dos oportunidades acerca de la situación de Chile. Su exposición fue descrita como «un grito de angustia, pero al mismo tiempo, una irresistible lección de celo apostólico puro y ardientemente sobrenatural». El organizador del Congreso, el P. Bosc, escribió agradecido al Provincial de Chile, pues la actuación del Padre había sido "muy destacada". Corrió el comentario que algunos padres franceses habían indicado al Padre como un posible futuro General de la Compañía.
El 24 de agosto, pasando por Lourdes, viajó a España, y de regreso permaneció un par de días con los sacerdotes obreros en Marsella; en septiembre asistió al Congreso de Pastoral Litúrgica, en Lyon, y en la Semana de Asesores de la Juventud Obrera Católica en Versalles. En octubre viajó a Roma, y sostuvo tres audiencias con el P. General de la Compañía de Jesús, un encuentro con Mons. Montini (futuro Papa Pablo VI), y el 18 de octubre fue recibido en audiencia especial por el Papa Pío XII, que le otorgó un gran apoyo.
Finalmente, junto a Manuel Larraín, visitó al filósofo Jacques Maritain. El propio Padre Hurtado escribió: «El mes en Roma fue una gracia del cielo, pues vi y oí cosas sumamente interesantes que me han animado mucho para seguir íntegramente en la línea comenzada. En este sentido las palabras de aliento del Santo Padre y de Nuestro Padre General han sido para mí un estímulo inmenso».
En su camino de vuelta a Francia, a fines de octubre, se detuvo en Turín para visitar la 'Piccola Casa' de la Providencia; y desde fines de octubre hasta el 16 de noviembre, permaneció en otra institución católica dedicada al estudio de los problemas sociales y económicos: Économie et Humanisme, junto a su fundador, el Padre J. Lebret. Durante estos días, además, realizó un viaje rápido a Bélgica para estudiar la Liga de Campesinos Católicos, los Sindicatos Cristianos y la Juventud Obrera Católica. Con razón pudo escribir: «acumulo toneladas de experiencias interesantísimas».
Después de este nutrido itinerario de congresos y entrevistas, el 17 de noviembre llegó a París, como él lo afirmó, «para encerrarme por un tiempo en mi pieza, pues las experiencias acumuladas son demasiado numerosas y hay que asentarlas, madurarlas, anotarlas». En diciembre escribió: «Aquí me tiene en París, haciendo vida de Casa de Retiro, encerrado en una pieza, lleno de libros... hay tanto que hacer, tanto que leer y meditar, pues, este viaje me lo ha dado Dios para que me renueve y me prepare en los tremendos problemas que por allá tenemos». Durante más de dos meses, hasta el 20 de enero, el P. Hurtado permaneció casi sin salir de París, y sólo fue unos días cerca de Lyon a un Congreso de moralistas. Su exposición en tal encuentro acerca de la relación entre Iglesia y Estado, se titula «¿Con o sin el poder?».
De este viaje rescató muchos aspectos; su opinión general del movimiento católico social fue ciertamente positiva, aunque también se adelantó en ver ciertos riesgos. Por ejemplo, respecto del Congreso de moralistas, percibió «un afán excesivo de renovación» y una tendencia «a olvidar los valores reales de la Iglesia, la visión tradicional», tendencia que tendría como consecuencia dejar a la Iglesia «sin dirigentes auténticamente cristianos, sino con hombres de mística social, pero no cristiano-social»; pero, a la vez, señaló que «por encima de todo hay mucho espíritu, mucho deseo de servir a la Iglesia, y una abnegación realísima como se demuestra en los trabajos que emprenden». Se fortaleció en él una gran admiración por el compromiso social de la Iglesia francesa.

Apostolado social

De vuelta a Chile, estas experiencias le permitieron madurar su proyecto de la ASICH (Acción Sindical Chilena), poniendo como punto de partida su sólido fundamento en Cristo y su Iglesia. La tarea era dura y no exenta de malos entendidos. La principal dificultad radicaba en la ley de sindicato único, que obligaba a todos a militar en el mismo sindicato, con el evidente peligro de politización. La ASICH nació entonces para ofrecer una vía alternativa a los obreros, centrada en la enseñanza social de la Iglesia, y con miras a defender la dignidad del trabajo humano por sobre cualquier consigna ideológica. Las críticas se repitieron; sin embargo no lograron desalentar al Padre Hurtado, quien se encontró animado por las Encíclicas papales a «preparar obreros y empleados para que tomen en sus manos la causa de la redención del proletariado, elemento substancial del orden nuevo».
Por el carácter de la obra, encontró dificultades en la obtención de los fondos necesarios para su establecimiento y organización, pero luchó hasta hacerla marchar, con varias secciones y hasta con su propia revista: Tribuna Sindical. Esta obra significó también para el Padre el comienzo o acrecentamiento de fuertes críticas, tachándolo de muy avanzado y hasta de tendencias comunistas. En una carta de respuesta a las críticas recibidas, que revela la personalidad del P. Hurtado, señaló: «Claro que hay muchos peligros, y que el terreno es difícil... ¿Quién no lo ve? Pero, ¿será ésta una razón para abandonarlo aún más tiempo?... ¿Que alguna vez voy a meter la pata? ¡Cierto! Pero, ¿no será más metida de pata, por cobardía, por el deseo de lo perfecto, de lo acabado, no hacer lo que pueda?». La injusticia de los ataques le dolía, pero no le impedía seguir adelante; por lo demás, la carta de Monseñor Tardini, con la aprobación inicial de la Santa Sede, y la amplia aprobación y bendición de su obra del Cardenal Arzobispo de Santiago, Monseñor José María Caro, le daban seguridad y estímulo necesarios.
Increíble parece, pero encontró tiempo no sólo para estudiar el sindicalismo, sino para escribir acerca de él su libro Sindicalismo. Antes ya había publicado su excelente libro Humanismo Social, en el que expresaba su pensamiento sobre la justicia y caridad cristianas. Y un año después había editado una amplia selección de enseñanzas pontificias y de cartas pastorales episcopales acerca de la Doctrina Social de la Iglesia, en dos volúmenes, con acotaciones y nexos escritos por el Padre: El Orden Social Cristiano en los Documentos de la Jerarquía Católica.
Estuvo preocupado hasta el último por el mantenimiento de esta obra de promoción sindical. Veía difícil su sustento económico, sobre todo en el período de su organización y posible crecimiento; y por eso, estando ya enfermo en la clínica, aceptó agradecido de algunos amigos, entre ellos don Daniel Sotta Barros y Ramón Venegas Carrasco, la creación de una fundación destinada a ese objeto, que, en su recuerdo y homenaje, fue bautizada con el nombre de Fundación Alberto Hurtado.
En medio de este cúmulo de actividades, tuvo aun otras adicionales y relacionadas con ellas: a) Asesoró a la activa Asociación de Oficinistas. b) Asesoró a la Asociación de Maestras. c) Asimismo a un grupo grande de asistentes sociales. Estas últimas tuvieron su oficina propia dentro de los viejos pero amplios locales que el Padre había comprado y adaptado, frente a la iglesia y el colegio de San Ignacio, para las oficinas de sus dos grandes obras: el Hogar de Cristo y la ASICH, dos grandes hijas de un gran Padre, una para promover la justicia social; la otra, la beneficencia y caridad cristianas.
Entre el 6 y el 13 de enero de 1950, el episcopado boliviano lo invitó a participar en la Primera Concentración Nacional de Dirigentes del Apostolado Económico Social, en Cochabamba. La Juventud de la Acción Católica boliviana también le solicitó su presencia durante una Asamblea Nacional que se tendría paralela¬mente. Su ponencia ante el episcopado se tituló: Cuerpo Místico: distribución y uso de la riqueza. En ella urge a buscar a Cristo completo, con todas sus consecuencias, afirmando que «por la fe debemos ver a Cristo en los pobres», e invitando a buscar soluciones técnicas adecuadas, pues, «ha llegado la hora en que nuestra acción económico–social debe cesar de contentarse con repetir consignas generales sacadas de las encíclicas de los Pontífices y proponer soluciones bien estudiadas de aplicación inmediata en el campo económico–social».

Revista Mensaje y sus últimos años

La última de sus grandes realizaciones apostólicas fue la revista Mensaje, que en años posteriores, varias veces y por distintos motivos, sería discutida y criticada. Fundar una revista formaba parte del proyecto de trabajo social que propuso en 1947 al P. Janssens, Superior General de los Jesuitas, y de su interés por el apostolado intelectual. Deseaba la publicación de «una revista de vuelo» con la finalidad de dar formación religiosa, social y filosófica. Lo que él quería era: «Orientar, y ser el testimonio de la presencia de la Iglesia en el mundo contemporáneo».
Ya desde el principio de su actividad apostólica había observado la ignorancia religiosa, lo que le había movido a escribir su obra ¿Es Chile un país Católico?, donde lamentaba la confusión existente, incluso en gente culta, acerca de puntos importantes, tanto en el orden religioso, como social y aun cultural. Por lo mismo, esta revista debería entregar información católica amplia, es decir, no circunscrita a alguno o algunos puntos determinados, sino de orientación general.
Tal proyecto sólo se vio concretado a fines de 1951, cuando el Padre Hurtado ya sentía los primeros síntomas de la enfermedad que cortaría su enorme actividad y fecunda vida. Con gran consuelo alcanzó a ver en su lecho de enfermo los primeros números de su querida revista. Escribió su primer editorial, y después se han publicado en ella varios artículos suyos. En la primera editorial decía así:
«Hoy, 1° de Octubre de 1951, nace nuestra revista. Ha sido bautizada MENSAJE, aludiendo al mensaje que el Hijo de Dios trajo del cielo a la tierra y cuyas resonancias nuestra revista desea prolongar y aplicar a nuestra patria chilena y a nuestros atormentados tiempos.
Quienes emprenden la publicación de MENSAJE saben, sobradamente, que no serán capaces de ofrecer un pensamiento siempre adecuado a problemas que sobrepasan las fuerzas no sólo de muchos hombres, sino hasta del espíritu humano. Pero confían en Aquel que es Padre de las luces y por cuyo amor inician esta obra; confían en la dirección doctrinal que emana continuamente de la Santa Sede y del Episcopado, apoyo precioso para comprender mejor la verdad y evitar errores... Y aún sintiendo la desproporción de las fuerzas para la tarea, MENSAJE pretende ser un estimulo para realizar el audaz pensamiento de S.E. el Cardenal Saliege: "Nosotros somos en parte responsables del destino de la humanidad. Estamos llamados a hacer la historia, mas bien que a ser moldeados por ella. Demos muestra de imaginación creadora. El pasado vive en el presente. El presente lleva en sí el porvenir. ¿Cuál será el mundo del mañana? Lo que lo hagan nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad"».
Tanta actividad será consecuencia de su entrega generosa; en él mismo se cumplía lo que antes había dicho: «Si alguien ha comenzado a vivir para Dios en abnegación y amor a los demás, todas las miserias se darán cita en su puerta». Asimismo, cobrarán una especial relevancia sus propias palabras: «Soy con frecuencia como una roca golpeada por todos lados por las olas que suben. No queda más escapada que por arriba. Durante una hora, durante un día, dejo que las olas azoten la roca; no miro el horizonte, sólo miro hacia arriba, hacia Dios. ¡Oh bendita vida activa, toda consagrada a mi Dios, toda entregada a los hombres, y cuyo exceso mismo me conduce para encontrarme a dirigirme hacia Dios! Él es la sola salida posible en mis preocupaciones, mi único refugio».

Enfermedad y muerte del Padre Hurtado

Aunque de naturaleza fuerte y temperamento muy dinámico, el Padre siempre creyó –dados sus antecedentes familiares– que moriría joven y de repente. Por ello solía decir que tenía la obligación de aprovechar los años de servicio al Señor. Sin embargo, el Señor lo quiso probar y coronar su santa vida con una prolongada y dolorosa enfermedad. Ella fue la ocasión de manifestar y reflejar con mayor brillo aún esta vida de unión y amor a su Padre Dios.
Los primeros síntomas de su mal, trató de superarlos con su carácter varonil y esforzado, y su abnegación apostólica, que lo impulsaba a no interrumpir, en lo posible, sus trabajos. Se sometió a los descansos que le recomendaron sus médicos y superiores. Para alejarlo algo del centro de sus actividades, estuvo en Valparaíso en Noviembre y Diciembre de 1951.
El Padre Hurtado, ya seriamente enfermo, el 15 de abril de 1952, se 'arrastró' hasta Talca para hablar en la Catedral con ocasión de los 25 años de sacerdocio de su querido amigo Monseñor Manuel Larraín. Fue la última vez que pudo hablar en público.

A comienzos de Mayo de 1952, cuando ya estaba bastante mal, pasó una semana en Algarrobo, en casa de sus parientes y amigos don Arturo Echazarreta Larraín y señora María Hurtado Valdés (prima hermana del Padre).
Fue allá lleno de esperanzas de recuperar sus fuerzas, buscando alivio con los aires marinos y natales. Ese lugar y esa playa le traían muy gratos recuerdos de su niñez y juventud. Lo acompañaba para atenderlo especialmente, y con gran solicitud y cariño, su fiel amigo y colaborador, don Hugo Cabezas Ponce.
El alivio y la aparente mejoría fueron breves, y la terrible realidad del mal que lo minaba, lo movió a pedirle a su Provincial que lo fuesen a buscar. Lo hizo personalmente, con gran pena, y esa noche alojó el Padre en la Casa Loyola (edificada principalmente por sus desvelos). Allí, con grandes dificultades y dolores por su flebitis, pudo celebrar la misa por última vez (el 19 de Mayo 1952). Llegado a Santiago, se vio obligado a guardar cama hasta el fin de sus días. Todo lo tomó no sólo con resignación, sino con entrega total, confiada y alegre.
Estando aún en su pieza del Colegio San Ignacio, de tantos recuerdos para muchos, sufrió, el 21 de Mayo de 1952, un doloroso infarto pulmonar. Pidió la Santa Unción, y expresó a todos los presentes su fe, su esperanza y entrega feliz al Señor; pidió además, se comunicase a su tan querido Padre Janssens, General, su recuerdo agradecido y la expresión de su amor a la Compañía de Jesús.
Superó ese mal. Sin embargo, poco tiempo después, a finales de junio, los doctores Armas Cruz y Benavente, que lo atendían con gran cariño, descubrieron la causa última y fatal de sus dolencias: diagnosticaron "cáncer al páncreas". Con el objeto de hacer los esfuerzos posibles de superar dicho mal, pidieron que el Padre fuera trasladado a la Clínica de la Universidad Católica.
Para el Padre Hurtado, dejar esa pieza de religioso, en la que había atendido a tanta gente, resuelto tantos problemas y aliviado tantos dolores... fue muy doloroso, pero a nada ponía objeciones.
El diagnóstico se mantuvo en secreto por algunas semanas: sólo lo supieron su íntimo amigo, Monseñor Manuel Larraín, y su Provincial. Alberto Hurtado, sin embargo, muy sereno, se iba dando cuenta de la ineficacia de los remedios y, sospechando su gravedad, urgió amistosamente a uno de los médicos a decirle lo que estaba ocurriendo, asegurándole su interna tranquilidad. Entre él y el P. Alvarado le comunicaron la noticia el 25 de julio.
Su reacción fue la de un alma íntegramente entregada en la amorosa Providencia de su Dios; en los demás, la impresión fue de asombrosa admiración. Para narrar esa reacción con la mayor objetividad posible, diré, primeramente, lo que yo mismo vi y oí:
Esa misma mañana, después de haber estado y hablado como siempre con él, tuve que ir –por razones urgentes de mi cargo– a la Casa de Loyola (Noviciado y Juniorado); fue grande mi sorpresa cuando recibí allí un llamado telefónico de la clínica, diciendo que el Padre Hurtado me pedía fuese a hablarle. Dada su gran delicadeza de no molestar lo más mínimo, esto era muy raro, pues me había separado de él unas pocas horas antes. Fui inmediatamente: ¿Cuál era el motivo de este llamado urgente? Comunicarme lo que acababa de saber.
Me recibió con estas palabras que jamás olvidaré: «Me he ganado la lotería»; me lo repitió y después añadió: «Me he atrevido a molestarle por lo grande de la noticia, para que me ayude a dar gracias a Dios», y como al desahogarse lleno de alegría, se llenasen sus ojos de lágrimas, me dijo: «Podré llorar por la emoción, pero, créame, Padre, estoy feliz, feliz».
Aunque tenía fiebre alta, quiso seguir hablándome de sus cosas, y de su deseo de comunicarse inmediatamente con el P. Raúl Montes, Ecónomo de la Provincia Chilena, para arreglar cuanto antes todo lo referente a las cuentas de sus obras y de todo asunto temporal de dinero, «para no preocuparse ni pensar ya en nada material, sino de su preparación para el encuentro con su Padre Dios».
Estuvo el P. Montes largo rato con el Padre. Después de esto, el Padre Hurtado continuó manifestando a todos los que lo visitaban, su inmensa y profunda alegría espiritual que, a su vez, llenaba de santa impresión a todos. Como muestra, entresaco algo de lo referente a esta comunicación, del diario de la enfermedad del Padre, llevado con tan sentido interés y cariño por la señora Marta Holley de Benavente:
«El Padre ha sabido que está desahuciado. Quiere despedirse de todos. Con su buena sonrisa, me tiene la mano y me dice: "Mire, Marta, ¿cómo no estar contento? ¿Cómo no estar agradecido con Dios? ¡Qué fino es él! Todas mis obras han prosperado; en lugar de una muerte violenta me manda una larga enfermedad para que pueda prepararme; no me da dolores (sic), me sostiene mi cabeza para que pueda arreglar tantos asuntos; me da el gusto de ver a tantos amigos... Verdaderamente Dios ha sido para mí un Padre cariñoso, el mejor de los Padres".
Padre, le digo, a pesar de su estado, no pierdo las esperanzas de verlo bien: ¡hace tanta falta!... "Marta, estamos en las manos de Dios... Esa es la gran ciencia, estar a fondo en las manos de Dios... pero somos tan tontos que no aprendemos nunca a entregarnos completamente. Ahora estoy enteramente en sus manos y por eso estoy tan feliz"».
El P. Hurtado había deseado profundamente, a lo largo de su arduo trabajo, la vida eterna, es decir, el encuentro final, definitivo y para siempre con Cristo. Así lo muestra una de las páginas más hermosas de sus escritos personales: «¿Y yo?, ante mí la eternidad. Yo, un disparo en la eternidad. Después de mí, la eternidad. Mi existir, un suspiro entre dos eternidades. Mi vida, pues, un disparo a la eternidad. No apegarme aquí, sino a través de todo mirar la vida venidera. Que todas las creaturas sean transparentes y me dejen siempre ver a Dios y la eternidad. A la hora que se hagan opacas, me vuelvo terreno y estoy perdido. Después de mí la eternidad. Allá voy y muy pronto… Cuando uno piensa que tan pronto terminará lo presente saca uno la conclusión: ser ciudadanos del cielo, no del suelo». La imagen del disparo, junto con manifestar la fugacidad de la vida, insiste en que la vida tiene una sola dirección: la eternidad. Estaba convencido de que cada cristiano estaba llamado a colaborar con la obra de Dios, entregarse a sí mismo, con plena generosidad: «La vida ha sido dada al hombre para cooperar con Dios, para realizar su plan; la muerte es el complemento de esa colaboración, pues es la entrega de todos nuestros poderes en manos del Creador. Que cada día sea como la preparación de mi muerte, entregándome minuto a minuto a la obra de cooperación que Dios me pide, cumpliendo mi misión, la que Dios espera de mí, la que no puedo hacer sino yo».
Durante todo su ministerio habló de la eternidad. En 1946, en un retiro para jóvenes, la había descrito como «un viaje infinitamente nuevo y eternamente largo», y buscaba las imágenes más atractivas para referirse a ella. Afirmaba: «Esta vida se nos ha dado para buscar a Dios, la muerte para hallarlo, la eternidad para poseerlo. Llega el momento en que después del camino se llega al término. El hijo encuentra a su Padre y se echa en sus brazos, brazos que son de amor, y por eso, para nunca cerrarlos los dejó clavados en su cruz; entra en su costado que, para significar su amor, quedó abierto por la lanza, manando de él sangre que redime y agua que purifica». El valor de estas palabras aumenta por la alegría y serenidad con que el Padre Hurtado enfrentó su propia muerte. Esta visión de eternidad lo había llevado a comprometerse tan profundamente con el mundo y con los hombres «hasta no poder soportar sus desgracias»; esta visión de fe lo había impulsado a proponerse: «Encerrar a los hombres en mi corazón, todos a la vez. Ser plenamente consciente de mi inmenso tesoro, y con un ofrecimiento vigoroso y generoso, ofrecerlos a Dios. Hacer en Cristo la unidad de mis amores. Todo esto en mí como una ofrenda, como un don que revienta el pecho; un movimiento de Cristo en mi interior que despierta y aviva mi caridad; un movimiento de la humanidad, por mí, hacia Cristo. ¡Eso es ser sacerdote!».
Aun estando en su lecho de enfermo, el Padre no dejó de pensar en los demás, especialmente en los pobres. Les decía a las señoras de la Fraternidad Hogar de Cristo que lo visitaban: «Preocúpense que haya respeto al pobre: sus camas, que no falten cucharas, platos... Trabajen por la dignidad del pobre; es Cristo a quien sirven. Que haya en el Hogar contacto con el pobre, busquen al pobre con amor y respeto... Que no se desvirtúe esa llama de caridad del Hogar de Cristo, para convertirse en una caridad fría».
Agradeciéndoles, el 26 de Julio, día de Santa Ana, su saludo y oración por su madre terrena, Ana Cruchaga de Hurtado, les repitió a las señoras: «Que los detalles para dignificar al pobre sea lo más importante; que Cristo tenga menos hambre, menos sed, que esté más cubierto gracias a ustedes. Sí, que Cristo ande menos pililo, puesto que el pobre es Cristo». Y en un gesto tan bellamente humano, les dijo: «Otros años no me he atrevido a pedirles que se reunieran en una misa por mi madre, para no molestarlas, pero este año la mamá ha estado bien festejada con la asistencia a la misa y comunión de todas ustedes, y con una misa de la ASICH oficiada por Manuel Larraín. Hoy día para ella es una gran fiesta. ¡Que Dios las bendiga!».
El diagnóstico médico era categórico, pero el plazo, indefinido, y se fue alargando durante varias semanas.
Su jornada comenzaba con la misa, que le celebraba cada día algún sacerdote amigo o jesuita, y era toda de oración y de apostolado, en cuanto se lo permitían sus débiles fuerzas corporales: innumerables personas lo visitaban, ricos y pobres, para recibir consejo y bendición.
Las molestias y dolores se iban haciendo cada día mayores. En uno de los dolorosos vómitos, en que devolvía incluso los pocos líquidos que había ingerido, la Superiora de las religiosas que atendían la clínica, Sor Facundina, se dio vuelta para que el Padre no la viese llorar de emoción, al ver que éste, pasado el vómito, tuvo sólo un gesto, su sonrisa característica, exclamando la Madre, a media voz: «Este Padre es un santo».
En los mayores dolores, repetía él la misma máxima que tanto aconsejaba y repetía en vida: «Contento, Señor, Contento».
Gozaba con la compañía de sus compañeros jesuitas, de sus amigos y de los fieles colaboradores de sus obras, a quienes les pedía perseverancia y cariño en su atención. Por ellos, confiado en esta colaboración, declaraba morir tranquilo.
Su último día, 18 de Agosto de 1952, por una curiosa pero providencial circunstancia, tuvo dos misas, una de ellas del P. Tascón, Provincial del los Dominicos, y la otra de su primo Carlos González Cruchaga, recibiendo con suma dificultad una partícula de la hostia.
Los pasillos y alrededores se iban llenando de gente. Después de medio día, comenzó la agonía.
En la mañana aún contestó imperceptiblemente dos preguntas que le hizo el doctor Armas Cruz; tomándole la mano, la llevó lenta y dificultosamente a sus labios, como agradecimiento, lo que impresionó profundamente al doctor.
Durante las últimas horas tenía cerca de su cama a muchos jesuitas, con otros amigos, que rezaban. El último gesto visible de que aún seguía consciente, fue el levantar débilmente las manos y los brazos, cuando el P. Alvarado, junto a él, le encomendaba a la Virgen.
Rezada la recomendación del alma y en medio de un ambiente de oración y de impresionante silencio, dio su último suspiro dos o tres minutos después de las cinco de la tarde.
Luego que el Provincial recitara el primer Responso, los innumerables asistentes a sus últimos momentos se acercaron para besar sus manos y tocarlo con objetos piadosos. Su rostro recuperó pronto su placidez y bondad. «Con los ojos cerrados, las manos cruzadas sobre el crucifijo de sus votos, el gesto serio de las grandes ocasiones, reposa en paz» (diario Marta de Benavente).
Los asistentes rezaron de rodillas el primer Rosario, meditando los Misterios Gloriosos... «es el Magnificat que brota ahora de todos los labios. Ante la muerte se canta este día Lunes 18 de Agosto de 1952, la Resurrección» (diario M. H. de B.).
Muy pronto comenzó el arreglo de su traslado a San Ignacio.
Durante las últimas semanas, la radio y prensa mantuvieron a la ciudad y al país informados de su salud. A los minutos después de su muerte, ésta se divulgó por las radios como un duelo nacional.

Fama de santidad durante su vida

¿Cómo explicar esta increíble multiplicidad de actividades y obras que el Padre Hurtado realizó en sólo 16 años de sacerdocio en Chile?
Las cualidades y fuerzas humanas y naturales fueron en él extraordinarias: salud, talento, elocuencia, simpatía, optimismo, audacia, vehemencia, tenacidad, alegría... No obstante, ellas son insuficientes e incapaces de explicar la acción de este hombre. Hay que sumar a éstas las fuerzas y gracias sobrenaturales que recibió del Señor, que el Padre Hurtado impetró con su oración y fecundó con una constante, humilde y heroica correspondencia.
El hombre era no sólo emprendedor, inteligente y activo, sino un varón de Dios, un apóstol de Jesucristo, entregado totalmente a Su servicio.
No es extraño, pues, que ya en vida gozase de una fama muy extendida de santidad. Así, a las previas investigaciones pedidas por la Congregación de «las Causas de los Santos», acerca de la fama de santidad de una persona, antes y después de su muerte, podemos, en nuestro caso, dar una sincera respuesta plenamente afirmativa.
A sus ejercicios y predicación acudía la gente en gran número, ante todo por ver en él al hombre de Dios, al que consideraban como santo y que por el espíritu de fe y de caridad que irradiaba, invitaba y persuadía a ser mejores y a amar al Señor.
Lo mismo aparecía en la afluencia a su confesionario y dirección espiritual. Al retirarse de la Asesoría de la Juventud Católica, los miembros del Consejo Nacional, en carta pública, después de agradecerle cuánto le debían ellos y toda la Asociación, terminan con estas palabras: «y le pedimos también que disponga de nuestras energías y entusiasmo para todas las obras que el Señor se complace en hacer por su mano, que Usted en su modestia creerá humilde y torpe, pero que nosotros consideramos santa, noble y valerosa».
En sus diversos apostolados y especialmente en el Hogar de Cristo, se recuerdan hechos impresionantes que confirmaban en todos sus cooperadores la convicción de la santidad del Padre. Por ejemplo:
a) Un día de 1948, el Padre Hurtado presentó al Consejo Superior del Hogar un proyecto que, a pedido suyo, había hecho un arquitecto para un hogar de niños, y cuyo presupuesto era de un millón de pesos. El Consejo, preocupado por los muchos gastos y compromisos, rechazó el proyecto en el corto plazo. El Padre no quiso forzarlos. De pronto, tuvo que salir de la reunión, llamado desde la portería del Colegio, para atender a una señora que, junto con su marido, le dijo: «Habíamos pensado dejarle en testamento una suma, pero hemos creído mejor darla en vida», y le pasó un sobre con un cheque. El Padre le agradeció su generosidad. Al volver a la reunión, lo vio con gratitud emocionada: ¡era de un millón! Lo extendió ante el Consejo, diciendo: «¡Hombres de poca fe!».
b) El día que se inauguraba la Escuela Granja de Colina se necesitaba una bandera chilena. Ninguno de los asistentes tenía una de las dimensiones requeridas. Estábamos en plena guerra, y el precio de la lanilla inglesa se encontraba por las nubes... ¿qué hacer? Una señora presente abrió su cartera y sacó $100. «No es mucho –dijo– pero algo ayudará». Terminada la reunión, y al quedar tiempo antes de la hora de almuerzo, dos señoras que estaban a cargo del ropero decidieron ordenar un poco algunos paquetes que habían llegado. De repente se escuchó un grito: al abrir uno de los paquetes apareció una bandera de las dimensiones requeridas. Cortas se hicieron las piernas para llevarle la bandera al Padre.
c) «Necesito unos uniformes azul marino para niñas de 10 y 12 años». Era el Padre Hurtado quien hablaba; tenía un caso trágico y había que internar a unas niñitas. Por una casualidad, que el Padre llamaba 'Providencia', esa misma mañana habían llegado al Hogar uniformes y delantales de la talla requerida... «El Patrón es tan fino», concluyó el Padre Hurtado.
d) En otra ocasión no había papas. La monjita encargada de la cocina del Hogar había lanzado un S.O.S. y el Padre pidió a sus colaboradores que trataran de conseguir algunos sacos: «La hospedería está repleta y la gente tan pobre y hambrienta». Estaban con esta preocupación, cuando sonó el timbre... un camión de papas estaba detenido frente a las puertas del Hogar. La explicación del propietario fue muy sencilla: no le dieron el precio que él pedía. «Prefiero botarlas», había dicho, mientras se marchaba de regreso a sus tierras. De repente se acordó de haber oído hablar del Hogar de Cristo. Buscó la dirección en la guía de teléfonos... y allí llegó con sus papas. La monjita le hizo recorrer la casa, explicándole la obra. El hombre se rascó la cabeza mientras decía: «¿Quién me hubiera dicho esta mañana a dónde iban a venir a parar mis papas? ¡No lo hubiera creído!». ¡Así son los caminos de la Providencia!
Con los diputados y senadores de todos los partidos e ideologías tenía entrada fácil y amistosa, por el común y fuerte influjo que ejercía su actuación y su vida personal, que inspiraba, no sólo intenso respeto, sino franca veneración.
La esposa del presidente de la República, señora Rosa Markmann de González Videla, después de un trato apenas ocasional, concibió gran admiración por el Padre Hurtado, que pronto pasó a ser verdadera veneración, después de haberlo visitado algunas veces en la clínica durante la enfermedad del Padre. No pudo retener sus lágrimas cuando Alberto Hurtado se despidió de ella con las palabras: «¡Hasta el Cielo!».
Si esta veneración tributada al que se consideraba como un santo, surgía en todos los sectores, cercanos y lejanos, ésta existía, aun más profundamente, en el seno de la Compañía de Jesús, en donde se le estima extraordinariamente, como a un fiel imitador y modelo de apóstol de Jesucristo en el siglo XX.
A él acudían especialmente los jóvenes religiosos a buscar espíritu religioso, el que sólo se puede conservar en esa búsqueda leal de la santidad, que se transparentaba en toda su simple e intensa actividad.

Fama de santidad después de su muerte

Al llegar sus restos a la iglesia de San Ignacio, como a las 7 p. m., ya lo esperaba una multitud de gente, que comenzó a rezar y desfilar junto a su ataúd, lo que se prolongó muchas horas, hasta avanzada la noche, para continuar todo el día siguiente, con emocionantes escenas de dolor.
El funeral y entierro, en la mañana del 20, fueron imborrables para todos los que en ellos participaron. A la amplia iglesia se calcula que lograron entrar unas cinco mil personas, quedando las demás en el atrio y en la calle.
La misa fue celebrada por Monseñor Manuel Larraín, Obispo de Talca y amigo de toda la vida del Padre Hurtado, con asistencia en el Presbiterio del Cardenal, Monseñor José María Caro; el Nuncio de Su Santidad, Monseñor Mario Zanin; varios obispos, y muchos sacerdotes además de los jesuitas. La oración fúnebre de Monseñor Larraín, fue una pieza magnífica, que no parece explicarse por la sola gran elocuencia del orador, y hace creer en una verdadera inspiración.
Junto al Presbiterio asistían el edecán del Presidente de la República, varios ministros, parlamentarios, el Alcalde de Santiago, etc.
A la salida de la multitud, mientras se formaba junto y detrás de la carroza, se observó en el Cielo una cruz perfectamente delineada por las nubes, que varios centenares de personas pudieron contemplar, e incluso ser captada por las máquinas fotográficas y publicada en la prensa.
La carroza fue arrastrada por centenares de admiradores, de todas las clases sociales –entre ellos, sus protegidos del Hogar de Cristo– a través de unas 38 cuadras, hasta la parroquia de Jesús Obrero, acompañada hasta allá por varios miles de personas.
Se tenía la autorización civil y religiosa para enterrarlo en una capilla lateral, semiindependiente, cumpliendo los deseos del Padre de quedar junto a sus queridos y protegidos del Hogar de Cristo.
Aun después de tantos años ya transcurridos, su tumba es cariñosa y confiadamente visitada, especialmente los días 18 de cada mes, y en forma extraordinaria en los aniversarios de su muerte.
Todos los diarios de la capital y muchos de las provincias, así como innumerables revistas, publicaron los días 19, 20 y siguientes, no sólo detalladas noticias acerca del funeral y entierro, sino artículos laudatorios de vibrante sentimiento y veneración. En todos aparecía latente la persuasión de que se alababa a un santo; en uno de ellos llamó la atención una frase final: «Entretanto creamos que Cristo vuelve cada cierto tiempo a la tierra. Ahora acaba de estar... y se acaba de ir».
Esa frase sintetizó la agradecida convicción de todos sus innumerables admiradores: que el Padre Hurtado fue una visita de Dios a nuestro Chile y a la Iglesia. Es lo que ya Monseñor Manuel Larraín, Obispo de Talca, expresaba el mismo día 20, en su magnífica oración fúnebre:
«Si calláramos, "lapides clamabunt", las piedras clamarían. Si silenciáramos su lección, desconoceríamos el tiempo de una gran visita de Dios a nuestra patria».
Para condensar todas estas variadas facetas en una sola luz, no he hallado otro pensamiento mejor que lo sintetice que la palabra con que el mismo San Pablo se designa "Apostolus Iesu Christi" (Apóstol de Jesucristo). En ella se encierra la rica y breve vida del Padre Hurtado en la tierra. Ella constituye en la muerte su mejor elogio, así como también ella es ya su corona en la eternidad. Apostolus Gloria Christi (el Apóstol es gloria de Cristo).
El Padre Alberto Hurtado tenía ciertamente todas las características de esos hombres que Dios suscita, para ser en cada época, los enviados que testimonian la trascendencia de lo eterno y captan, para orientarlas, las angustias e inquietudes de su generación.
El apóstol es el hombre que toma conciencia de su misión divina y se entrega a ella sin límite. Es el que da la vida, el que se juega la vida, el que sabe que la vida vale en la misma medida del amor que la alienta e inspira...
Apóstol de Jesucristo, todo lo ofrendó y su vida fue una perpetua oblación: "Tomad, Señor, y recibid".
Apóstol de Jesucristo, su muerte ejemplar consumó el holocausto de su vida. "Dame tu amor y tu gracia. Esto sólo me basta"».
En el Senado y en la Cámara de Diputados se hizo solemne homenaje a su memoria y a su obra, por la boca de parlamentarios de todas las ideologías; asimismo, en la Municipalidad de Santiago, cuyo alcalde tuvo, además, un discurso al enterrar sus restos. El mismo año de su muerte, el Provincia chileno le sugirió al Padre General que se iniciara su proceso de beatificación.
En el primer aniversario de su muerte, se celebró una Magna Asamblea, que repletó el Teatro Municipal de Santiago.
El año 1954, por ley de la República, el nombre del pueblo de Marruecos, donde el Padre construyera la Casa de Formación de los Jesuitas y su Casa de Ejercicios, en la que predicara tantas veces, fue cambiado por el de PADRE HURTADO.
Son innumerables las instituciones, escuelas, colegios, sociedades que llevan su nombre. Numerosas son las donaciones que se reciben en agradecimiento por favores recibidos. Asimismo, en cartas o visitas, personas de diferentes clases sociales dan cuenta de estos favores. Estos testimonios de veneración llegan de todas partes del país, atribuyendo esas gracias materiales y espirituales a su intercesión en el Cielo.
A su muerte hubo que impedir el despojo de sus objetos personales, pues muchos querían conservar algún recuerdo material del Padre Hurtado. Después, en numerosos casos de enfermedad, se empezaron a pedir con gran fe reliquias para suplicar la salud. Además, imágenes del Padre han sido solicitadas y agradecidas como un gran obsequio.
Pero el mayor y más patente de los milagros está –a juicio de muchos– en la permanencia y crecimiento del Hogar de Cristo. Esta obra, que la gente identifica con Alberto Hurtado, y que es el mayor monumento visible de su acción apostólico-caritativa, ha sido siempre un desafío lleno de fe a la Providencia. Todo ello nos muestra que el Señor sigue bendiciendo esta obra del Padre Hurtado.
En 1955, el Padre Provincial, Carlos Pomar, comenzó con las consultas a los testigos para el proceso de canonización. Años después, en abril de 1971, la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal de Chile acordó pedir la introducción de la Causa.
En 1987, el Santo Padre Juan Pablo II, de visita en Chile, llegó hasta el Hogar de Cristo y rezó ante la tumba del Padre Hurtado. En esa ocasión el Santo Padre pronunció estas desafiantes palabras: «nos ilumina la figura del Padre Hurtado, hijo preclaro de la Iglesia y de Chile. Él veía a Cristo mismo en sus niños desamparados y en sus enfermos. ¿Podrá también en nuestros días el Espíritu suscitar apóstoles de la estatura del Padre Hurtado, que muestren con su abnegado testimonio de caridad la vitalidad de la Iglesia? Estamos seguros que sí; y se lo pedimos con fe».
El 16 de octubre de 1994, el Papa Juan Pablo II beatificó al Padre Hurtado en la Plaza San Pedro del Vaticano. En el 2004, fue reconocido oficialmente por el Vaticano el segundo milagro del P. Hurtado, y ahora nos encontramos a la espera de su canonización.



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