La mística social del Padre Hurtado

Esta investigación que se presenta con carácter de ensayo, pretende dar a conocer la espiritualidad de San Alberto Hurtado, bajo el aspecto de su “mística social”. La espiritualidad del P. Hurtado es la espiritualidad ignaciana. Aquí no se hace referencia a esta, sino a la expresión social suya que caracteriza al santo chileno.

En una primera parte, aclaramos cómo es posible hablar de una mística cristiana, lo que despeja el camino a concebir una “mística social”. A continuación, se dan a conocer los fundamentos teológicos de la “mística social” del P. Hurtado. Y, por último, se la describe en sus trazos más significativos.

  1. La mística cristiana

a) De la mística a la mística cristiana

El término “mística” proviene de la voz griega mýo que significa: cerrarse; estar cerrado / cerrar los ojos; callar / ser insensible; indiferente / cerrar [1]. La “mística” alude a la obligación que recaía sobre los “iniciados” en los misterios (mystés) de guardar silencio, cerrar los labios, sobre lo que en los ritos de iniciación les había sido revelado. Los “misterios” (mystérion), como el de Eleusis, conducían a la contemplación de las verdades superiores -actividad teórica antes que práctica-, permitiendo al alma ascender a la Vida Divina y Libre, con la que el alma estaba emparentada y de la cual, por alguna razón, había decaído al mundo material y en éste se hallaba aprisionada. La religión griega de misterios se proponía como una conquista de liberación, conseguida por esta iniciación cumplida en etapas jerárquicamente organizadas, que iban de la purificación a la participación en el gozo de la felicidad celeste. De modo semejante, también la filosofía y la misma educación griega (paideía) fueron concebidas como una actividad “mística”. Prácticamente todos los filósofos fueron iniciados en los misterios. Platón llevó al extremo el desarrollo de la una filosofía que debía salvar su propia civilización, mediante una auténtica mistagoría del alma en la dialéctica de ocultamiento y revelación de las ideas divinas y verdaderas, de las cuales este mundo no tenía más que una pálida sombre. En el caso de Platón y de tantos otros filósofos griegos, el misterio de Dios nada tenía que ver con el de un creador del mundo, pues la materia era considerada el principio del mal y la perfección del Dios griego se vinculaba a una Bondad y Belleza inmateriales e intelectivas. No extraña, en consecuencia, que para los estoicos y epicúreos las mayores virtudes fueran respectivamente la apatía y la ataraxia.

El término “mística” es griego, pero la experiencia a la que alude, no obstante las grandes diferencias que han de establecerse, es bastante universal. En todas las religiones se dan experiencias místicas. Por esta razón, el concepto de “mística” ha llegado a ser polisemántico. En el Nuevo Testamento, tienen carácter místico el bautismo en Cristo de San Pablo y la visión de Cristo como el enviado del Padre de San Juan. Aquello que en definitiva permite reconocer si una experiencia mística es cristiana o no, es el modo mismo de la Revelación de Dios. Dietmar Mieth afirma que la inmediatez de la experiencia de Dios que la mística reclama, depende en el cristianismo de “un Dios que se da El mismo y que tiene, en relación al hombre, una proximidad más grande que la que el hombre puede tener de sí mismo” [2] . En otras palabras, los criterios para discernir en la ambigüedad de la experiencia mística sus notas más auténticas no son capricho humano, sino que provienen de lo alto, han sido revelados. Lo que tipifica a la mística cristiana no es la forma, sino el contenido: la experiencia de Dios en Cristo. El resto es secundario [3]. En última instancia, Jesucristo es el Mystérion (sacramento) de Dios, un Dios que, a diferencia de la divinidad griega, ha creado y redimido el mundo por amor. En consecuencia, en el cristianismo poco importa la intensidad o magnificencia de las visiones extáticas: la mística cristiana se traduce en un cambio de vida, en una conversión [4].

A nuestro parecer, lo que distingue a la mística cristiana es ser participación en el amor de Dios. Dicho de otra forma, lo típico del cristianismo es amar a Dios amando lo que Dios ama: a su Hijo y, en Él, la creación por cuya salvación su Hijo se encarnó y dio su vida. Porque en el cristianismo la unión del hombre con Dios se cumple en la unión de Dios con el hombre Jesucristo, la mística cristiana verifica en la historia el destino soteriológico del Hijo de Dios; de la vida del Hijo deriva su virtud, su modalidad y su orientación. El místico cristiano se nutre de Jesucristo desde su Encarnación, por la cual el hombre y el mundo son asumidos, hasta el Misterio Pascual, principio escatológico de juicio, purificación y reconciliación de toda la creación con el Creador. En consecuencia, hay experiencia mística cristiana allí donde hay rechazo del mundo como pecado y amor del mundo como creatura de Dios; donde liberarse del mundo consiste en salvar el mundo, y no en desentenderse de él. Por esto, el mundo no es un estorbo para la unión con Dios: es una mediación positiva y obligada. Al contrario, constituye pecado precisamente pretender una unión con Dios, al margen de la historia, huyendo de la vida. Así se entiende que nada exprese mejor la mística cristiana que la indisolubilidad del amor a Dios y al prójimo, más aún si es enemigo. Conoce a Dios el que ama lo que Dios ama: a Jesucristo y, en Él, la creación y al hombre, inocente o pecador.

Teológicamente, el cristianismo asume el término griego “mística”, pero modifica el concepto: una experiencia de Dios diversa podrá ser mística, pero no cristiana. Históricamente, sin embargo, de hecho, por mucho tiempo y con perjuicio de su originalidad, el cristianismo ha tomado prestado del helenismo el término y el concepto. Hasta nuestros días hemos de lamentar una desviación de la mística cristiana, que no podemos analizar aquí con detención, pero que es necesario delinear en sus trazos más significativos.

En sus inicios, el cristianismo -tanto para defenderse como para anunciar positivamente el Evangelio-, tuvo que enfrentarse a la cultura helénica y al Imperio romano. En esta lucha, venció y fue vencido. A partir de la conversión del Emperador (año 314), la búsqueda de la unidad teológica de la nueva religión y de la unidad política del Imperio, convinieron a la Iglesia y al Imperio. Pero el precio pagado fue alto. La nueva religión oficial avaló el mismo abuso de la fuerza (contra judíos, paganos y herejes) que con tanta crueldad ella había debido padecer. La Iglesia entregó la edificación del Reino de Dios al “décimotercero de los apóstoles”, Constantino, reservándose para sí la tarea espiritual de la salvación eterna de las almas [5]. Si el helenismo platónico subyacente a la cultura de la época indujo a semejante reducción de la salvación cristiana, esta misma influencia pudo inspirar soterráneamente a que las fuerzas más vivas del cristianismo dieran un paso heroico, pero errático, éste fue, haber traducido el rechazo del pecado del mundo de raigambre bíblica en una fabulosa fuga mundi sociológica. Así se inició la vida eremítica, el monacato y el cristianismo puramente contemplativo. Los cristianos más ardorosos partieron al desierto y al cenobio, espiritualizaron la profecía y el martirio, y restablecieron, en un contexto artificial, el combate con un mundo que partió tras de ellos como su sombra. En este combate, con este mundo abstracto y raro, se elaboró una noción de espiritualidad cristiana predominante por siglos e influyente hasta nuestros días.

Esto no obstante, desde los primeros tiempos hasta ahora, la Iglesia ha trasmitido fielmente el Evangelio toda vez que ha experimentado y ha promovido la salus carnis, el amor a la creación y la caridad con los pobres. Vale la pena recordar a padres y santos como Ireneo de Lyon, Juan Crisóstomo, León Magno, Hilario de Poitiers, Francisco de Asís, Domingo de Guzmán, Tomás de Aquino, Pedro Nolasco, Juan de Dios y sus hospitalarios, Francisco de Sales, Vicente de Paul, Juan Bosco y Damián de Veuster. La madre Teresa representa en nuestra época a tantísimas mujeres consagradas a Cristo en el servicio de los pobres. Recientemente, la Doctrina Social de los papas del último siglo y el Concilio Vaticano II entroncan con esta tradición. Una Iglesia que goza de mayor libertad política, pero no por esta razón, revalora el mundo como creación de Dios, dialoga con él en vez de condenarlo a priori y otra vez propone la santidad como vocación común de todos los fieles, y no más como don exclusivo de alguna casta, estado o clase social particular.

Tal vez todavía en ciertos ambientes eclesiales sea un contrasentido hablar de una “mística social”, como si esta expresión remitiera a realidades excluyentes entre sí. La más auténtica Tradición de la Iglesia nos lleva a plantear la cuestión en términos inversos: ¿es posible una mística cristiana que no sea social? ¿Puede la espiritualidad hacer vista gorda de la miseria de la inmensa mayoría de la humanidad y oídos sordos a su clamor de justicia, para mejor concentrarse en la oración y contemplar los misterios divinos?

No para Alberto Hurtado. Para él, el abandono de los pobres y la urgencia de edificar una sociedad justa no son una distracción a su oración, sino que constituyen el contenido preciso de su experiencia íntima de Dios en Cristo. No hay dos padres Hurtado, el que rezaba y el que se ocupaba de los pobres. Hay uno solo: el jesuita “contemplativo en la acción”, que alaba a Dios con su colaboración en la misma misión de Jesucristo, a la que ha sido llamado, no obstante sus limitaciones y pecados.

La mística cristiana admite innumerables versiones, pero, en cuanto todas dependen de Cristo, el amor de Cristo por el mundo no puede ser en ellas un aspecto ausente o secundario. En tanto la mística cristiana verdadera se caracteriza por procurar que toda la creación sea transfigurada por Dios, la mística del P. Hurtado es social, porque es cristiana.

b) La vocación social de Alberto Hurtado

El Padre Álvaro Lavín, habiendo sido Superior religioso de Alberto Hurtado y su gran amigo, distingue en su vocación a la Compañía de Jesús una vocación particular:

“Todos los que estuvieron más cerca de él, lo acompañaron y mejor lo conocieron en su breve, pero intenso apostolado, están de acuerdo en afirmar que esta vocación especial fue la social”[6].

Mons. Larraín, otro amigo suyo íntimo, en la oración que le tocó elevar el día de su funeral afirmaba: “Y he dejado para el último lo que caracteriza su vida: su honda y trascendente misión social” [7].

Alberto Hurtado fue conocido por la multiplicidad de actividades a las cuales dedicó su vida, pero el apostolado social fue, entre todas, su inquietud más acendrada. Como joven supo traducir su adhesión a la naciente Doctrina Social de la Iglesia en acciones concretas de solidaridad en los conventillos de Santiago. Terminó su carrera de Leyes con sendos estudios en cuestiones sociales [8]. Siendo estudiante jesuita cultivó la amistad con los PP. Vives y Fernández Pradel, formándose según esta inspiración de cara a los grandes problemas sociales de su siglo. De vuelta a Chile como sacerdote, estimuló por doquier la sensibilidad social, fundó el Hogar de Cristo, la revista Mensaje y la Acción Sindical Chilena [9]. Tres de sus principales publicaciones tratan el tema [10]. En plena adultez, deseó ardientemente dedicar un período de su vida a trabajar como sacerdote obrero [11].

A modo de precisión, en esta investigación se entiende por “mística social” tanto la caridad directa de Alberto Hurtado con los pobres, como sobre todo su búsqueda de un Orden Social Cristiano, mediante la conversión a Cristo y la reforma de la sociedad en sus estructuras injustas generadoras de miseria. En este sentido, el Padre Hurtado es un “místico social”. El mismo promueve lo que llama “una mística del sentido social” [12]. Esta es la novedad que él y una pléyade de hombres espirituales, introdujeron en el Chile de su época [13]. Por esto se distinguió y por esto fue resistido.

  1. Fundamentos teológicos de la “mística social” de Alberto Hurtado

El Padre Hurtado fue un hombre de acción, más que un teólogo. Los fundamentos teológicos de su “mística social” es preciso rastrearlos en los testimonios acerca de él, su vida y sus escritos. Aquí nos limitamos a sus escritos. En ellos recuperamos su experiencia íntima de Dios y la teología que la provoca o que de ella proviene [14].

a) Dios en Cristo

Bien podría decirse que la del P. Hurtado es mística de la obediencia. Como hijo de Ignacio de Loyola, él busca a Dios en todo, lejos incluso de lo religioso estricto. Más precisamente, busca la voluntad de Dios [15]. Si la adoración de Dios es la más alta de las actividades, él destaca que la mayor de las alabanzas es hacer la voluntad de Dios.

¿Cómo saber cuál es esa voluntad? ¿Cómo no extraviarse? La respuesta es Cristo: “Aquí está la clave: crecer en Cristo… Viviendo la vida de Cristo, imitando a Cristo, siendo como Cristo”[16].

A propósito de su enseñanza de Cristo, llama la atención que en una época en que se predica predominantemente al Cristo paciente -de lo cual se sigue que los pobres no deben rebelarse ante el sufrimiento, que deben resignarse-, el Padre Hurtado anuncia al Cristo del Reino y de la acción [17]. Por otra parte, insistirá -contra una catequesis teorizante- que el conocimiento de los muchos misterios de la vida del Señor debe internalizarse, hasta constituir un saber de primera mano, personal de Jesucristo [18]. En conclusión y brevemente, alaba a Dios el que sigue a Jesucristo.

b) Cristo y el prójimo

Al centro de la vida cristiana, Alberto Hurtado pone el “amor al prójimo”. Seguimos a continuación Humanismo Social, donde desarrolla con extensión el fundamento cristológico de este precepto evangélico.

1.La enseñanza de Jesús

Jesús enseñó el amor al prójimo como un buen samaritano, practicándolo con hechos de caridad, acogiendo nuestros dolores, sanando, multiplicando los panes, haciendo el bien material. Proclamó que este amor es inseparable del mandamiento de amor a Dios, de modo que queda al descubierto la falsedad del que pretende amar a Dios sin amar al hermano (1 Jn 4, 20). Jesús definió este amor como “desear para el otro lo que yo deseo para mí” [19]. Esta caridad, que constituye “la esencia misma del dogma cristiano”, es la primera de las obligaciones morales [20].

Muy antes de la Conferencia Episcopal de Puebla, el P. Hurtado destaca que Jesús anunció el Evangelio preferencialmente a los pobres [21]. Recuerda que Cristo advirtió que pobres habría siempre, como desafío perenne a la justicia y caridad, no como razón para su sometimiento. Por el contrario, trae a la memoria la severidad de Jesús contra los ricos. A ellos se aplica la “pobreza en espíritu”, en la medida que sean generosos. Pero lamenta: “¡Cuántas riquezas amasadas con la sangre de los trabajadores…!” [22].

El P. Hurtado, sin embargo, desvirtúa la ilusión de un cristianismo inspirado en la pura actividad filantrópica de Jesús. La acción redentora de Cristo es perfeccionada en su pasión. Sólo de ésta es posible esperar la superación completa del mal del mundo.

2. El influjo de Cristo

La acción redentora de Cristo se prolonga por los cristianos en el mundo. Cristo es el arquitecto de la nueva ciudad cristiana. Él es la razón última de la ley de la caridad y de la gracia para cumplirla [23].

Alberto Hurtado recuerda que la unidad del amor a Dios y a los hombres ha sido una constante en la práctica y la enseñanza de la Iglesia. Desde Pedro, todos los Papas, “no hay uno que haya dejado de recordarnos el mandamiento del Maestro, el mandamiento nuevo del amor de los unos a los otros como Cristo nos ha amado” [24]. Muchos han sido los santos que han dado testimonio de esta caridad. Últimamente, la Juventud Obrera Católica ha seguido el ejemplo de Jesús y promete “devolver a Cristo a la clase obrera” [25].

El amor de los cristianos ha de ser universal como el deseo de Cristo. Por el amor juzgarán al cristianismo nuestros contemporáneos. Este amor habrá de ser, ante todo, amor de caridad, que es “don de sí al prójimo por amor a Cristo”[26].

3. La doctrina del Cuerpo Místico de Cristo

La mística del P. Hurtado proviene del Cristo del Nuevo Testamento también cuando depende de la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, que orienta permanentemente su concepción cristiana de las relaciones sociales [27]. Esta doctrina asegura la solidaridad en la salvación de todos los hombres por su pertenencia al Cuerpo de Cristo. En virtud de ella, el P. Hurtado ve a Cristo incluso más allá de las fronteras visibles de la Iglesia, en los hombres que han sido llamados a formar parte suya [28]. La unión de todos los hombres en Cristo constituye el núcleo de la revelación [29].

Esta unión de todos en Cristo, sin embargo, es de carácter decisivo. Implica el juicio de Cristo sobre la historia humana (cf. Mt 25, 31-46), y acontece en nuestra historia en la medida que reconocemos al mismo Cristo en los últimos, los más desvalidos de los hombres [30].

En fin, Alberto Hurtado asocia la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo con el dogma de la Comunión de los Santos, para asegurar que “todos los hombres somos solidarios” [31] , no sólo en la participación de los bienes sobrenaturales, sino en la “disposición a hacer todos los sacrificios que el bien de los demás exija” [32].

  1. La “mística social” del Padre Hurtado

La “mística social” del P. Hurtado apunta a la transformación de la sociedad en su conjunto, como expresión de amor a Cristo-prójimo. Por esta razón, la lucha por estructuras sociales justas que Alberto Hurtado urge una y otra vez, en ningún caso podría realizarse en perjuicio de personas concretas, como sucede con los totalitarismos que él critica, y de modo alguno posterga el deber de caridad inmediata con los más necesitados, que él simultáneamente promueve.

Distinguimos, por esto, dos aspectos en la “mística social” del P. Hurtado: la “mística del prójimo” y la “utopía social”; dos aspectos que se exigen recíprocamente.

a) La “mística del prójimo”

Todo místico cristiano halla a Dios en Cristo y a Cristo en el prójimo. A Alberto Hurtado, es el amor a Dios en Cristo lo que lo lleva a hacerse cargo del prójimo. En otras palabras, para él lo ético no se da fuera de lo espiritual. Por el contrario, podemos decir que el compromiso ético-activo, que podemos llamar el “ser Cristo para el prójimo” son dos aspectos de una sola experiencia en la que lo ético, por una parte, depende de lo contemplativo y, por otra, lo manifiesta.

1.Ver a Cristo en el prójimo

Si Alberto Hurtado encuentra a Dios en Cristo, en el prójimo encuentra a Cristo. La razón última del amor al prójimo es que “el prójimo es Cristo”. Siendo novicio jesuita se propone “…servir a todos como si fueran otros Cristos” [33] ; aun como estudiante, determina fijarse en las virtudes de sus compañeros en cuyos pechos ve al Sagrado Corazón “obrando por ellos, viviendo y reinando en su interior, sirviéndome, amándome, probándome por ellos” [34]. Ofender al prójimo le parece una blasfemia.

No se trata de ningún panteísmo. El prójimo representa a Cristo, desde que Cristo mismo ha querido ser reconocido en él. El P. Hurtado asegura también la distancia infinita entre Cristo y nosotros [35] . Para él, Cristo vive en el prójimo, pero especialmente en el pobre:

“Tanto dolor que remediar: Cristo vaga por nuestras calles en la persona de tantos pobres dolientes, enfermos, desalojados de su mísero conventillo. Cristo, acurrucado bajo los puentes en la persona de tantos niños que no tienen a quién llamar padre, que carecen ha muchos años del beso de una madre sobre su frente. Bajo los mesones de las pérgolas en que venden flores, en medio de las hojas secas que caen de los árboles, allí tienen que acurrucarse tantos pobres en los cuales vive Jesús. ¡Cristo no tiene hogar!” [36].

A los miembros de la Fraternidad del Hogar de Cristo, les pide un voto de obediencia religiosa al Director, “pero sobre todo obediencia al pobre; sentir sus angustias como propias, no descansando mientras esté en nuestras manos ayudarlos. Desear el contacto con el pobre, sentir dolor de no ver a un pobre que representa para nosotros a Cristo” [37].

2. Ser Cristo para el prójimo

El aspecto activo, ético, de esta “mística del prójimo”, es distinguible pero no separable del aspecto contemplativo, ya que consiste en ser “cristo” para otros “cristos”. Para el P. Hurtado, el cristiano es “otro Cristo” [38]; pero no en el mero nombre y la exterioridad, sino por una gracia y convicción interior, poseyendo el criterio de Cristo. En otras palabras, ha de vivir según el Espíritu de Cristo y no de acuerdo a la mentalidad pagana, propia de la sociedad circundante; ha de cargar la cruz de Cristo, seguirlo en pobreza, a ejemplo del Cordero manso y humilde, inflexible en la verdad y abundante en benevolencia.

La regla de oro que de la vida religiosa y moral de los cristianos consiste en preguntarse, en toda circunstancia, “¿qué haría Cristo en mi lugar”?, y actuar en consecuencia, de acuerdo a las indicaciones creativas del Espíritu:

“…supuesta la gracia santificante, que mi actuación externa sea la de Cristo, no la que tuvo, sino la que tendría si estuviese en mi lugar. Hacer yo lo que pienso ante El, iluminado por su Espíritu que haría Cristo en mi lugar. Ante cada problema, ante los grandes de la tierra, ante los problemas políticos de nuestro tiempo, ante los pobres, ante sus dolores y miserias, ante la defección de colaboradores, ante la escasez de operarios, ante la insuficiencia de nuestras obras. ¿Qué haría Cristo si estuviese en mi lugar?… Y lo que yo entiendo que Cristo haría, eso hacer yo en el momento presente” [39].

Por todo esto, el P. Hurtado muestra verdadera indignación contra los malos católicos, “los más violentos agitadores sociales” [40]; esos cristianos “nominales” forman parte del mundo burgués: “… ese conjunto de máximas, de modos de vivir fáciles, muelles, en que el dinero y el placer son los ídolos…” [41]. Según él, este “paganismo con un manto social de cristianismo” es “una de las causas más profundas de la apostasía de las masas” [42] . Si “el gran pecado del mundo moderno fue no haber querido a un Cristo Social”, Alberto Hurtado alaba el propósito de la Juventud Obrera Católica de querer “abolir este pecado” [43].

Por el contrario, se duele de la clase media en tanto carece de los medios para educarse y llevar una vida moral adecuada [44]. Todavía más lamenta la situación moral de los que viven hacinados en la miseria:

“¿Podrá haber moralidad? ¿Qué no habrán visto esos niños habituados a esa comunidad absoluta desde tan temprano? ¿Qué moral puede haber en esa amalgama de personas extrañas que pasan la mayor parte del día juntos, estimulados a veces por el alcohol? Todas las más bajas y repugnantes miserias que pueden describirse son realidad, realidad viviente en nuestro mundo obrero. ¿Hasta dónde hay culpa? O mejor, ¿de quién es la culpa de esta horrible situación…?” [45] .

3. Compenetración de mística y ética

Alberto Hurtado establece una estrecha relación entre la mística y la ética, como requisito de una devoción cristiana auténtica. Él se empeña en romper un concepto de vida espiritual que reduce el examen de conciencia al cuidado de la pureza; el espacio religioso, a la capilla; y la piedad, a los sacramentos y a unas cuantas prácticas devotas:

“La verdadera devoción, por tanto, no consistirá solamente en buscar a Dios en el cielo o a Cristo en la Eucaristía, sino también en verlo y servirlo en la persona de cada uno de nuestros hermanos. ¿Cómo podríamos decir que ha comulgado sacramentalmente con sinceridad el cuerpo eucarístico de Cristo si después permanece duro, terco, cerrado frente al Cuerpo Místico de Jesús? ¿Cómo puede ser fiel a Jesús a cuyo sacrificio ha asistido en el templo quien al salir de él destroza la fama de Cristo encarnado en sus hermanos?”[46] .

Aún más, concibe incluso la posibilidad que los no cristianos lleguen a Cristo, por medio de la colaboración en la caridad con los cristianos, pues la verdad de Cristo se revela a los que la hacen [47] .

b) La utopía social

La “mística social” del P. Hurtado ansía cambiar las estructuras de la sociedad a partir de un cambio interior en los cristianos, y viceversa. Para él, todos los aspectos de la vida humana deben ser transfigurados por Cristo.

1.El Orden Social Cristiano

El concepto que mejor expresa su utopía cristiana es el de orden social cristiano [48]. Éste reproduce el Reino de Dios del Evangelio [49]. Como el Reino, ya está en gestación “entre sacudimientos y conflictos” [50].

El orden social existente, según el P. Hurtado, “tiene poco de cristiano” [51]. Es imperativo cambiarlo. “El orden social actual no responde al plan de la Providencia” [52] . No puede ser “orden” la conservación del statu quo; el “‘orden económico’ implica gravísimo desorden”[53].

Por el contrario, el Orden social cristiano, no se reduce al respeto por la Iglesia; en él, las instituciones y las leyes, el mismo Estado, se inspiran en el Evangelio [54].

Este orden no puede ser impuesto a la fuerza. Debe consistir en un “equilibrio interior que se realiza por el cumplimiento de la justicia y de la caridad” [55]. Estas son las dos virtudes fundamentales que estructuran la sociedad humana. El P. Hurtado combate la ilusión de quienes se vanaglorian de su benevolencia, saltándose las obligaciones de justicia. “La caridad verdadera comienza donde termina la justicia” [56]. Por ello, fustiga a quienes “están dispuestos a dar limosnas, pero no a pagar el salario justo” [57]. Es ésta una “combinación del servicio de Dios con el de mammona” [58], cuya consecuencia práctica es que “la injusticia causa enormemente más males que los que puede reparar la caridad” [59]. Pero, Alberto Hurtado también recuerda que “ha sido la caridad la que ha hecho progresar la justicia” [60]. Ambas se requieren y complementan [61].

El orden social cristiano, no obstante exigir del Estado y de los políticos la configuración de una sociedad justa, debe respetar el principio de subsidariedad, no puede asfixiar la iniciativa de los cuerpos sociales intermedios. Tampoco puede ser meramente asistencialista. Los asalariados son responsables de su propia redención social. El P. Hurtado supedita la construcción del orden social principalmente a la acción sindical.

La construcción de este orden exige como condición la reforma espiritual de acuerdo al modelo de Cristo [62]. Pero, por otra parte, la misma santificación no tendrá lugar a menos que se efectúe “una profunda reforma social” [63]. Dirá también:

“Esta reforma (de estructuras) es uno de los problemas más importantes de nuestro tiempo. Sin ella la reforma de conciencia que es el problema más importante es imposible” [64].

En conclusión, Alberto Hurtado exige avanzar simultáneamente con el cambio del corazón y el cambio de las estructuras, ya que recíprocamente uno es condición del otro.

2. Cristianismo integral

Hay otra expresión que el P. Hurtado utiliza para designar su utopía social. Esta es, la de “cristianismo integral”: la necesidad de una fe en Cristo manifestada en todos los aspectos de la vida, no sólo en ocasiones religiosas [65]; pero tampoco en un mero cambio de estructuras[66].

Es imposible ser exhaustivo para enumerar el cúmulo de áreas y ángulos de la vida humana, que el P. Hurtado quiere evangelizar en una perspectiva social. Baste recordar su preocupación por la educación, la alimentación, la salud, la vivienda, el trabajo, la empresa, los salarios, la familia, la propiedad, las clases sociales. Es notable verlo hacer una lectura de la historia de Chile desde la perspectiva de los indios tratados como bestias. Critica a su propia Iglesia por la negligencia y culpa en la pérdida de los obreros. Está atento a lo nacional e internacional. De todos espera su contribución propia y responsable, de acuerdo a su oficio o profesión; los desafía a pasar a la acción (acción política, cívica, económica-social, intelectual, Acción Católica; acciones escondidas [67]). Así como ausculta los signos de los tiempos, se interesa por el gesto cristiano pequeño: urge ponerse en el punto de vista ajeno o alegrarle la vida a los demás.

Conclusión

La santidad tiene que ver más con Dios -que ama, purifica y transforma- que con los patrones teológico-espirituales en los cuales los santos se santifican. Pero así como las diversas religiones poseen distintas imágenes de Dios, así como dentro de la misma tradición cristiana estas diferencias son posibles y se dan, los patrones espirituales promueven experiencias de Dios más cercanas o más lejanas a Jesucristo, en beneficio o en perjuicio de los fieles. Una experiencia parcial de Jesucristo, basada en una imagen suya reductiva, lesiona al discípulo del mismo modo como una experiencia del Cristo total lo libera y plenifica en todas las dimensiones de su humanidad.

Distinguir la mística cristiana del origen griego del concepto “mística” y de su experiencia espiritual subyacente, ha sido necesario, porque, de lo contrario y paradójicamente, no se entiende que el Padre Hurtado sea un místico, siéndolo. De lo contrario, se dirá que el Padre Hurtado ha sido beatificado porque fue un hombre “espiritual”, no porque haya dedicado su vida a liberar a los pobres de la miseria; como si este aspecto de su vida fuera secundario, inesencial a su santidad. La enorme tradición de hombres y mujeres que se han santificado en la Iglesia por su amor a la creación y a los pobres, tradición que el Padre Hurtado continúa, no siempre ha contrarrestado la influencia platónica que merma soterráneamente a la espiritualidad cristiana, como desprecio de un mundo que Dios ha querido salvar. No es posible negar que haya habido santidad en la tradición monástica. La hubo y, tal vez, como en ninguna otra versión del cristianismo, integrando, en todo caso, la máxima de Jesús de la unidad del amor a Dios y a los hermanos. Pero la raíz de tal experiencia de Dios se dio en una fuga mundi que, a nuestro juicio, no fue cristiana en todos sus aspectos y que ha marcado hasta el día de hoy la espiritualidad, en desmedro de otras experiencias que reclaman el título de cristianas con no menor legitimidad.

La mística cristiana se especifica como una experiencia trinitaria de Dios. La fe trinitaria enseña que Dios-Padre ama al hombre y su creación al precio de su Hijo. Como consecuencia de la efusión del Espíritu después de la Pascua, el hombre ama a Dios con el amor con que Dios lo ha amado en Cristo; a saber, con el mismo Espíritu que en un principio obraba las maravillas de la creación y en los últimos días, por piedad con los pobres, actuó en María la Encarnación para reivindicar, primero, a las víctimas de la pobreza y, por ellas, a sus culpables. De aquí que los hombres sólo podamos amar a Dios amando al hombre Jesucristo y, en Él, a la creación entera y al prójimo en particular. La mística cristiana se distingue de otras místicas y las juzga, porque en ella el mundo y el prójimo sólo constituyen una distracción a la contemplación en tanto mueven a pecado. Pero, incluso en este caso, el místico cristiano no puede excluir de su oración la obligación de hacerse cargo de la redención del mundo. En el cristianismo mística y ética son distinguibles, pero no separables: el cristianismo es amor responsable por la creación entera, como respuesta amorosa al amor creador y liberador de Dios manifestado en Cristo.

Alberto Hurtado es un místico cristiano. Su “mística social” es una hebra de su espiritualidad, la espiritualidad ignaciana, su hebra más poderosa. En este trabajo hemos aislado este aspecto espiritual suyo para conocer mejor el cristianismo que lo distinguió y por el cual fue repudiado. La intimidad de su relación con Dios ya entonces era inefable y hoy sólo es recuperable en los testimonios de lo que constituyó la voluntad de Dios para su vida: la edificación de una orden social más justo y caritativo, como expresión de amor a un Cristo que él contempla en el pobre y en el pobre que él quiere servir. Entendemos que parte importante de la enemistad que el Padre Hurtado padeció tuvo que ver directamente con el “espiritualismo desencarnado”, que socava la fe cristiana desde sus orígenes. Pero su “mística social”, ya como expresión de una experiencia espiritual más amplia (la de Ignacio de Loyola y la suya propia), es sólo una versión de una mística cristiana que, a lo largo de la historia de la Iglesia, se ha expresado en muchas formas distintas y que esperamos verifique todavía innumerables maneras de amar a Dios en Cristo.

Citas

[1] Florencio I. Sebastián Yarza Diccionario Griego-Español, Barcelona, 1954, p. 921.

[2] Dictionnaire de Théologie, o.c., p. 449.

[3] “Sin duda hay numerosas similitudes de estructura entre las místicas de las diferentes religiones, pero, en el cristianismo, el contenido tiene preeminencia sobre la forma” (o.c., p. 445).

[4] Según Giovanni Moioli, para el Nuevo Testamento el cristiano “no tiene el problema de ser místico, sino el de llevar una existencia que ‘conozca’ al Dios de la alianza realizada en Cristo Jesús y que manifieste o demuestre qué es ese ‘conocimiento’” (cf., “Mística cristiana”, en Nuevo Diccionario de Espiritualidad, Ed. Paulinas, Madrid, 1983, p. 937).

[5] J. Moltmann, El camino de Jesucristo, Salamanca, 1993, p. 85.

[6] A. Lavín, La vocación social del Padre Alberto Hurtado SJ, Santiago, 1979, p. 9.

[7] Mensaje, Ed. especial, agosto 1992 (corregida y aumentada), p. 133.

[8] Se graduó de Bachiller en Leyes y Ciencias Políticas con la memoria titulada “La reglamentación del trabajo de los niños” y se tituló con la memoria sobre “El trabajo a domicilio” (Cf., T. Aldunate, S. Valdés, Alberto Hurtado Cruchaga S.J. Un abogado santo para Chile, Facultad de Derecho, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, 1993, pp. 76 y 88).

[9] De la que diría: “es el más difícil y talvez el más importante de todos los trabajos” que su Provincial le encargó (A. Lavín, o.c., p. 71).

[10] El Orden Social Cristiano (1947), Humanismo Social (1947), Sindicalismo (1950).

[11] A. Lavín, o.c., pp. 53, 121ss.

[12] Humanismo Social, Editorial Salesiana, Santiago, 1984, p. 118. El uso de la palabra “mística” en esta obra se aplica también a la Doctrina del Cuerpo Místico de Cristo (7 veces), doctrina que inspira el sentido de la solidaridad entre los hombres; a la “mística del trabajo y del respeto a la persona del trabajador”, creada por el comunismo, el nacismo, el fascismo y los movimientos de acción católica obrera; a una “mística del trabajo escolar, manual, profesional”, que incorpore el sentido social en cada trabajo; a “la gran mística española”, Santa Teresa de Jesús, para recordarnos que en el cristianismo amor a Dios y al prójimo son una sola cosa, que la prueba del amor a Dios es el amor al prójimo, que el amor de Dios por nosotros crecerá en la medida que amemos al prójimo. (pp. 101, 103, 24).

[13] Cf., Marciano Barrios, La espiritualidad en tiempos del Padre Hurtado 1931-1961, U.C. Blas Cañas, 1995, pp. 86.

[14] Cf., J. Costadoat S.J., “El talante social de la espiritualidad del P. Hurtado”, Persona y Sociedad, V. III, nº 3, 1994, 120-146; Cuadernos de Espiritualidad, nº 93, 1995.

[15] “¡Deus Optimus Maximus! La Grandeza inmensa de Dios dominando los mundos todos, los hombres, mi vida, y tratando de tener los oídos abiertos para conocer su Santísima Voluntad, norma de toda mi vida. Para el sacerdote, lo mismo que para el seglar, esta voluntad divina es la suprema realidad” (Archivo del Padre Hurtado, 52,12,5).

[16] A. Lavín, Espiritualidad del Padre Hurtado S.J., Santiago, 1977, p. 24.

[17] El mismo P. Hurtado resume en carta al padre Raúl Silva Silva, las críticas que se le hicieran en una visita al Seminario de Santiago: “La exaltación de Cristo Jefe, Cristo Rey en lugar del Cristo Paciente y humilde constituye un peligro para los jóvenes, pues, infiltra en sus almas el orgullo y desvirtúa la esencia del cristianismo que está en la Redención dolorosa…” (Archivo…, 68,18,1-2).

[18] Cf., Puntos de Educación, en Obras Completas, Ed. Dolmen, Tomo I, p. 449, Santiago, 1994.

[19] Humanismo Social, o.c., p. 31.

[20] Cf., o.c., p. 25.

[21] Cf., o.c., p. 67.

[22]Cf., o.c., p. 125.

[23] “La ley de la caridad no es para nosotros una ley muerta, tiene un modelo vivo que nos dio ejemplos de ella desde el primer acto de su existencia hasta su muerte y continúa dándonos pruebas de su amor en su vida gloriosa: ese es Jesucristo” (o.c., p. 30).

[24] O.c., p. 23.

[25] O.c., p. 113; cf., 90.

[26] O.c., p. 29.

[27] La encíclica de Pío XII lo ha impresionado. También ha conocido esta doctrina por K. Adam (cf. o.c., pp. 23, 27, 179).

[28] “Al buscar a Cristo es menester buscarlo completo. El ha venido a ser la cabeza de un cuerpo, el Cuerpo Místico cuyos miembros somos o estamos llamados a serlo nosotros los hombres, sin limitación alguna de razas, cualidades naturales, fortuna, simpatías… Basta ser hombre para poder ser miembro del Cuerpo Místico de Cristo, esto es para poder ser Cristo. El que acepta la encarnación la ha de aceptar con todas sus consecuencias y extender su don no sólo a Jesucristo sino también a su Cuerpo Místico” (o.c., p. 26).

[29] “El núcleo fundamental de la revelación de Jesús, ‘la buena nueva’, es pues nuestra unión, la de los hombres todos con Cristo. Luego no amar a los que pertenecen, o pueden pertenecer a Cristo, por la gracia, es no aceptar y no amar al propio Cristo” (o.c., pp. 26-27).

[30] “Cristo se ha hecho nuestro prójimo, o mejor nuestro prójimo es Cristo que se presenta a nosotros bajo una u otra forma; preso en los encarcelados, herido en un hospital, mendigo en las calles, durmiendo con la forma de un pobre bajo los puentes de un río. Por la fe debemos ver en los pobres a Cristo y si no lo vemos es porque nuestra fe es tibia y nuestro amor imperfecto” (o.c., p. 27; cf., 21). Más adelante: “El Hijo de Dios al descender del cielo a la tierra se hizo como uno de los obreros, más semejante en sus condiciones de vida a ellos que a mí. Quien a los pobres desprecia, a Cristo desprecia” (o.c., p. 70).

[31] O.c., p. 27.

[32] O.c., p. 70. [33] Archivo, o.c., 12,3,27.

[34] O.c., 18,2,3.

[35] Cf., A. Lavín, La espiritualidad del P. Hurtado, Santiago, ed. 1977, p. 29.

[36] Archivo, o.c., p. 9,7,1-2.

[37] O.c., 64,62,3. Al momento de su muerte, dice: “Al partir, volviendo a mi Padre Dios, me permito confiarles un último anhelo: el que se trabaje por crear un clima de verdadero amor y respeto al pobre, porque el pobre es Cristo” (Positio super virtutibus, p. 338).

[38] Cf., Humanismo Social, o.c., p. 84.

[39] Lavín, o.c., 24-25; cf., J. Costadoat, o.c., 129-131.

[40] Humanismo Social, o.c., p. 68.

[41] O.c., p. 65; cf., 87.

[42] O.c., p. 65.

[43] O.c., p. 113.

[44] “Estas condiciones, por distintos motivos, no son menos favorables en la clase media, que encuentra dificultades enormes para poder recibir una educación cristiana y para llevar una vida conforme a la moral de Cristo, dada la insuficiencia de sus recursos económicos. ¿Cómo tener los hijos que Dios quiera enviar, cómo pagar un colegio católico, cuando no hay los medios suficientes para afrontar esos gastos en conformidad a un mediano estándar de vida en el que quieren mantenerse?” (o.c., p. 89).

[45] O.c., p. 51.

[46] O.c., p. 28.

[47] “En estas obras trabajan abnegadamente los católicos y colaboran fraternalmente con personas de ‘buena voluntad’; este trabajo en común ha de servir para acortar distancias, para unir en la práctica de la caridad y, para muchos, ha de ser el camino para Cristo. El que hace la verdad llega a la luz”. Dirá aún: “Una sociedad que se ha ido alejando de su Dios, porque no ha visto en la moral de sus fieles la divina irradiación de su fe, volverá a Cristo por el esplendor de la caridad” (o.c., p. 183).

[48] El concepto lo extrae de la Doctrina Social de la Iglesia y lo aplica especialmente al mundo sindical. Con este nombre titula su compilación de documentos magisteriales: El Orden Social Cristiano. En los documentos de la Jerarquía Católica, Dos tomos, Ed. Club de lectores, Santiago, 1947.

[49] Cf., Humanismo Social, o.c., pp. 177-178.

[50] Cf., Sindicalismo, Editorial del Pacífico S.A., Santiago de Chile, 1950, p. 9.

[51] Humanismo Social, o.c., p. 83.

[52]O.c., p. 89.

[53] Sindicalismo, o.c., p. 40.

[54] “Hemos de desear un orden social cristiano. Este supone el respeto a la Iglesia, a su misión de santificar, enseñar, de dirigir a sus fieles, y supone también algo tan importante como esto: que el espíritu del Evangelio penetre en las instituciones, y que las leyes se inspiren en la justicia social y sean animadas por la caridad. Un Estado es cristiano no sólo cuando establece el nombre de Dios en sus juramentos, sino cuando el sentido del Evangelio domina su espíritu” (Humanismo Social, o.c., p. 181).

[55] O.c., p. 83.

[56] A. Lavín, La vocación social, o.c., p. 19; Humanismo Social, p. 94.

[57] A. Lavín, o.c., p. 19.

[58] Humanismo Social, o.c., p. 94.

[59] O.c., p. 94.

[60] A. Lavín, o.c., p. 22.

[61] “Los que no comprenden el espíritu cristiano desconocen el valor de la caridad y todo lo reducen a la práctica de la justicia. Un cristiano sabe que la justicia sin caridad es insuficiente, ‘pues nunca podrá unir los corazones y enlazar los ánimos’ (Q.A. 56, esc. 178). Pero la caridad nunca será verdadera caridad si no tiene en cuenta la justicia” (A. Lavín, o.c., p. 21).

[62] Cf., Humanismo Social, o.c., p. 179.

[63] O.c., p. 89.

[64] A. Lavín, o.c., 100. La cita continúa con una ejemplo que estremece: “Una sociedad que no hace un sitio a la familia es inmoral. Predicamos a los esposos: tened hijos, pero en realidad deben ser heroicos para poder tenerlos. Hay un problema moral social que es más grave que el problema de moral individual: La vida debe estar organizada en tal forma que los niños puedan llegar; debe haber habitaciones, salarios, higiene, seguridad social tal que los niños puedan…”.

[65] Como primera tarea de la Acción Católica, afirma: “Inculcar a sus militantes el ideal de una vida integralmente cristiana que se viva no sólo en el templo, sino también en el baile, en la playa, en el costo de los trajes, en todos los pormenores de la vida” (Humanismo Social, o.c., p. 154).

[66] “Los escándalos sociales no se corregirán con leyes, que son burladas tan pronto han sido dictadas, sino con una purificación de la conciencia y una elevación del hombre a la vida cristiana en sentido integral” (o.c., p. 71).

[67] Cf., o.c., p. 177ss.

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