La Pequeña Casa en la Pradera

Hay algo que no me ha pasado de largo. Un canal de TV abierta decidió reponer en su planilla de programas esta antigua serie que nos presenta a una sencilla familia asentada en Minnesota, integrada por Charles Ingalls, su esposa Caroline y sus tres hijas: Mary, Laura y Carrie. Lo que me ha llamado la atención, no es la reposición de una antigua serie, algo que es más o menos normal en los canales de televisión, sino el éxito que ha tenido. Según los indicadores usados para medir la teleaudiencia, se ve que está teniendo una gran sintonía. ¿Por qué esto?

Es verdad que para muchos puede significar volver a mirar una serie unida a otro momento de la vida y a lo que cada uno vivía en ese tiempo. Es decir, nos trae recuerdos, los que si son gratos, nos invitan a verla una vez más como una manera de traer esos recuerdos al presente. Si es así, lo que está detrás de este éxito es la nostalgia.

Sin embargo, puede haber una razón mucho más actual. Puede que el éxito de la reposición esté dado en lo que la misma serie muestra: la vida sencilla de una familia sencilla que comparte de manera muy unida los sucesos de cada uno de sus miembros, y de sus vecinos. Lo que ahí estaría actuando ya no es la nostalgia de un momento de la vida, sino la nostalgia y añoranza por el tipo de vida que nos transmite, en la que el tiempo compartido, la unidad, el cariño, la comprensión, y la humanidad son elementos predominantes.

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Todo esto se contrapone a la aceleración y ansiedad con la que hoy vivimos cada día. Tal vez, lo que la serie provoca en nosotros, salvando las distancias históricas, es el deseo de vivir de un modo distinto, donde dejemos atrás la preocupación por lo secundario y podamos centrarnos en lo esencial.

No hace muchos años atrás, las sobremesas y los tecitos eran mucho más largos, pues no se veían perturbados por un celular que exige nuestra atención y nuestra respuesta ahora ya a cada mensaje o llamada entrante. Ya nos parece normal que cuando un grupo familiar o de amigos está reunido, cada uno está interactuando más con otras personas a través del celular que con los presentes. Y así podría dar una serie de otros ejemplos que nos reflejen la dispersión en la que estamos, algo que nos agota, nos molesta y nos deja descontentos.

Puede que la pequeña casa en la pradera no haga más que mostrarnos el contraste entre lo que vivimos y lo que buscamos, entre nuestra ansiedad y nuestros anhelos más profundos.

Estamos por comenzar el Tiempo de Adviento. Quizás es un buen momento para “bajar un par de cambios” y poner más energía en lo que echamos de menos. Seremos los primeros sorprendidos del bien que nos hace a todos y de cómo volvemos a darnos cuenta que la vida y los que nos acompañan son un regalo.

Por Jorge Muñoz A., SJ.

 

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