La práctica de la justicia

Extracto del quinto capítulo del libro “Humanismo Social” escrito por el Padre Hurtado.

Toda educación social comienza por valorar la justicia. La justicia parece una virtud desteñida, sin brillo, porque sus exigencias son a primera vista muy modestas, por eso no despierta entusiasmos. Su cumplimiento no acarrea gloria. Es la más humilde de las virtudes. Uno podrá ufanarse de sus limosnas, pero no de no haber matado a alguien, ni de haber pagado sus deudas, de no haber difamado al prójimo. Esto es lo que tenía que hacer y nada más.

Y sin embargo la justicia es una virtud difícil, muy difícil cuya práctica exige una gran dosis de rectitud y de humildad. Hay mucha gente que está dispuesta a hacer obras de caridad, a fundar un colegio, un club para sus obreros, a darles limosna en sus apuros, pero que no puede resignarse a lo único que debe hacer, esto es, a pagar a sus obreros un salario bueno y suficiente para vivir como personas. Hay quienes gozan en abrumar con su bondad a sus inferiores, pero les niegan la más elemental justicia. Y luego se asombran que sus empleados no aprecien todo lo que su bondadoso patrón hace por ellos, que a pesar de todos sus esfuerzos sean ingratos y descontentadizos. Aunque parezca paradójico, es más fácil ser benévolo que justo, pero la benevolencia sin justicia no salvará el abismo entre el patrón y el obrero, entre el profesor y el alumno, entre marido y mujer. Esa benevolencia fundada sobre una injusticia fomentará un profundo resentimiento.

Al que se siente superior le halaga tomar una actitud paternal porque le da una deliciosa sensación de mando. La simple justicia destruye esa sensación y lo coloca en pie de igualdad con los que estima sus inferiores. Pero el hombre, el obrero particularmente, no quiere benevolencia, sino justicia, reconocimiento de sus derechos, de su igualdad de persona. Ningún otro substitutivo lo puede satisfacer.

Esta benevolencia, como muy bien la analiza Ch. Blüher, revela un engaño inconsciente dirigido a eludir la justicia; envuelve el deseo de conservar la propia estimación, incluso ante sí mismo, como hombre desprendido y generoso, pero conservando también los beneficios de sus bienes y de su influencia. Es una combinación del servicio de Dios con el de mammona. El que practica la caridad pero desconoce la justicia se hace la ilusión de ser generoso cuando sólo otorga una protección irritante, protección que lejos de despertar gratitud provoca rebeldía.

Muchas obras de caridad puede ostentar nuestra sociedad, pero todo ese inmenso esfuerzo de generosidad, muy de alabar, no logra reparar los estragos de la injusticia. La injusticia causa enormemente más males que los que puede reparar la caridad.

No es raro encontrar quienes entiendan mal la doctrina de la Iglesia sobre la caridad. Es cierto que ella coloca a la caridad como la más perfecta de todas las virtudes, pero no a una caridad que desconoce a la justicia, no a una caridad que hace por los obreros lo que ellos deberían hacer por sí mismos, no una caridad que se goza en dar como favor, atropellando la dignidad humana, aquello que el obrero tiene derecho a recibir. Esta no es caridad sino su caricatura. La caridad comienza donde termina la justicia. A veces se da menos que lo que reclama la justicia y se piensa que se da más.

Que los encantos de la caridad no nos lleven a despreciar a esta hermana humilde y sencilla, la justicia. Dejémosla poner en orden la casa, colocar cada cosa en su sitio; después vendrá la generosidad del alma cristiana que llenará con largueza aquello que la justicia no pudo colmar.

Estamos felizmente en una época que clama por la justicia. Después de larga opresión los hombres no piensan satisfacerse con nada menos que con la justicia y aspiran a obtenerla aun cuando en la tentativa hubiera de saltar en pedazos el edificio social.

La pasión por la justicia estalla con fuerza devastadora. En muchos casos la pasión es ciega y recurre a medios que están destinados a resultar desastrosos. Es triste, como lo deplora Pío XI, que el clamor por el pan, que es de toda justicia, vaya acompañado con frecuencia con sentimientos de odio que nunca pueden ser justificados.

El marxismo y el totalitarismo en medio de sus exageraciones han hecho un llamado a las masas para reparar la justicia violada por la economía liberal, y si han encontrado en ellas un eco profundo ha sido más que por sus errores, por el alma de verdad que encierran, por su clamor en pro de la justicia. Si tantos obreros se han alejado en nuestros días de la fe, muchas veces ha sido porque ellos alimentan la idea equivocada que la Iglesia no está incondicionalmente al lado de la justicia, sirviéndoles de pretexto las actuaciones aisladas de muchos católicos desprovistos de sentido social.

A este desorden debemos oponer el orden de la justicia, sin temor de trastornos, ni de catástrofes. Los hombres son muy comprensivos para saber esperar la aplicación gradual de lo que no puede obtenerse de repente, pero lo que no están dispuestos a seguir tolerando es que se les niegue la justicia y se les otorgue con aparente misericordia en nombre de la caridad lo que les corresponde por derecho propio. Debemos ser justos antes de ser generosos. La injusticia causa más males que los que puede remediar la caridad.

El sentido de la rectitud

El amor a la justicia se convertirá insensiblemente en una disposición de delicadeza, que nos incitará a evitar todo asomo de injusticia y a cortar una cooperación con los que pretenden perpetuar los abusos.

Cada cual practicará su profesión con absoluta corrección para con todos. El abogado defendiendo el derecho y evitando tinterilladas que pueden estar de acuerdo con la letra y no con el espíritu de la ley.

El ingeniero recordará que los hombres son de naturaleza muy distinta de las máquinas, que tienen derecho a consideraciones debidas a la dignidad de su persona, y no escatimará sacrificios para pagarles un salario justo mientras pueda soportarlo la empresa.

El agricultor reconoce que los hombres son inmensamente más valiosos que los más finos animales, y que las consideraciones que merece un ser humano son de orden muy distinto a las que podría dar a los otros seres de la creación material. El hombre es nuestro hermano. No soporta, por tanto, que mientras las cosechas se guardan con pisos de cemento y muros de concreto, y los caballos de carrera tienen abrigo para el invierno y cuidador que les prepare la cama y la comida, los pobres, a causa de un salario injusto, y de falta de caridad social vivan en chozas con suelo de tierra y techo de totora y en la práctica sean tenidos en menos estima que los animales que se presentan a la exposición.

El empleado no ocupará las horas de trabajo en actividades de lucro personal. El comerciante declarará honradamente las utilidades. El contratista no hará a la carrera sus trabajos con materiales de segunda, y a veces dejando deliberadamente mal terminada la obra para ser nuevamente llamado. El prestamista no exigirá intereses usurarios. El corredor de comercio no traspasará a su cliente los papeles inseguros; ni hace juegos turbios en la bolsa aprovechando noticias maliciosamente esparcidas, o abusando de informes confidenciales.

¡Acaparamientos, productos falsificados, vino bautizado, leche aguada, abonos mezclados con tierra, fardos de cáñamo con piedras en el interior, ampolletas quemadas con cajas nuevas… tantas y tantas formas de fraude social!

En el trato con las personas modestas el jefe no sospechará de sus intenciones, velará por sus intereses como por los propios, será agradecido a sus servicios recordando que todo el oro del mundo vale menos que un acto humano y que en este sentido el patrón queda siempre deudor a sus obreros.

Los patrones con frecuencia se quejan de sus obreros y lamentan que tengan tan poca conciencia. Los obreros echan de menos el espíritu de justicia y de caridad de parte de sus patrones. Cada clase social lamenta esta falta de conciencia en la clase que complementa la propia. Mientras esa conciencia se generaliza, yo, obrero o patrón, haré un firme propósito: ¡Yo al menos, seré hombre de conciencia!

Así, en cuanto sea posible, el creyente mantendrá la integridad de su alma en un mundo que se desintegra. ¡Que sus manos sean puras por más impuro que sea el mundo que lo rodea!

El sentido del escándalo

Toda acción social exige primeramente en cada uno de nosotros una obra de purificación espiritual. La primera condición de esta obra es despertar en nuestro espíritu el sentido del escándalo. Tan sólo depende de cada ciudadano en una ínfima medida suprimir la miseria y la desocupación, dar a millones de hombres, desnutridos, alojados como perros y reducidos a la desesperación, un alimento suficiente, una vivienda salubre y las condiciones esenciales de la moralidad. No podemos cambiar rápidamente el curso de la historia.

Pero una cosa depende de nosotros y esa siempre es posible. Aunque aceptemos el mal como una fatalidad provisoriamente invencible, no lo justifiquemos como si fuese el bien absoluto. Constreñidos a los actos viciados por las condiciones que nos dominan, podemos salvar al menos la pureza de nuestro juicio; podemos al menos afirmar que no es buena ni digna de ser inmovilizada para siempre una arquitectura social que hace nacer la miseria de la abundancia y la desocupación de la ingeniosidad técnica; que hace al trabajo esclavo y al dinero rey. Lo que siempre podemos hacer es asombrarnos y sufrir. ¡Asombrarnos y sufrir! He aquí lo que todo cristiano debe hacer cuando ve el desorden instalado en vez de la justicia.

Ha sido muy mal entendida la doctrina de la Iglesia sobre la resignación, como si el católico debiera resignarse, sin luchar, al curso de los acontecimientos: tal concepción equivaldría ciertamente al opio del pueblo. Pero no ha sido nunca esa la doctrina de la Iglesia: el católico debe luchar con todas sus fuerzas, valiéndose de todas las armas justas para hacer imperar la justicia. Sólo cuando ha quemado el último cartucho tienen derecho a decir que ha cumplido con su deber. Ante los hechos consumados, que no está en su mano evitar, se resigna, pero no ante las realidades que él puede evitar o modificar.

Es menester vivir, aceptar, someterse, pero se puede al menos mantener la rebelión dolorosa de las conciencias, porque también importa crear las condiciones psicológicas del progreso. Porque todo está perdido si el hombre se resigna al mal desde un principio y pone todo su valor y toda su prudencia en instalarse en el presente, sin guardar lo mejor para preparar el porvenir.

Es cierto que los problemas económicos son muy complejos. ¿Qué podemos hacer cuando nadie ve claro? Se diría que las soluciones escapan a la pobre inteligencia humana… Es posible; pero al menos se puede protestar, protestar con la conciencia cuando no se dispone de otra arma, protestar con la voz, cuando se tiene aliento. Se puede no adquirir el hábito de la injusticia. Se puede rechazar las complicidades… “El silencio sobre las injusticias sociales perjudica en mayor grado a la Iglesia de lo que pudieran servirla grandes discursos sobre el peligro de las logias”.

La meditación, la oración, la educación deberían mantenernos con los ojos siempre abiertos al dolor humano, con el corazón adolorido por sus sufrimientos y con la conciencia que rectifica en cada circunstancia los criterios que la masa horriblemente niveladora trata de imponer como criterios de mundo, como lo que todos aceptan, como lo inevitable. El sentido del escándalo nos mantendrá en permanente protesta contra el mal.

San Alberto Hurtado S.J.

 

Comentarios Facebook

"Trackback" Enlace desde tu web.

Deja un comentario

Debes iniciar sesión para dejar un comentario.