Los conflictos de todo cristiano

Extracto de una charla sobre la misión social del universitario en la Universidad Católica de Chile el 5 de junio de 1945.

Dos son los problemas que tiene el católico constantemente ante su conciencia: Uno atañe a su vida interior y moral: como miembro de la Iglesia tiene una fe que conservar, un dogma que conocer, ritos y mandamientos que observar y sobre todo una llama espiritual que alimentar. El otro atañe a su vida exterior y social: como miembro de una ciudad debe comportarse al igual que cualquier otro buen ciudadano y cumplir sus deberes hacia la comunidad y hacia el estado, pero con una sobrecarga, con un acrecentamiento particular de las dificultades, dado que siendo cristiano necesita confrontar y poner de acuerdo las exigencias de su conciencia social con las de su conciencia religiosa.

El primer problema es ciertamente el de la vida interior: de allí y sólo de allí ha de venir la solución, la fuerza, el dinamismo necesario para afrontar los grandes sacrificios: el mundo no será devuelto a Cristo por cruzados que sólo llevan la cruz impresa en su coraza… Un testigo no será útil a la causa de Cristo, sino en la medida en que un auténtico espíritu cristiano anime su pensamiento y su corazón.

La exigencia de nuestra vida interior lejos de excluir, urge una actitud social fundada precisamente en esos mismos principios que basan nuestra vida interior. No podríamos llegar a ser cristianos integrales si dándonos por contentos con una cierta fidelidad de prácticas, una cierta serenidad de alma, y un cierto orden puramente interior nos desinteresásemos del bien común; si profesando de la boca hacia fuera una religión que coloca en la cumbre de su moral las virtudes de justicia y caridad, no nos preguntáramos constantemente, cuáles son las exigencias que ellas nos imponen en nuestra vida social donde esas virtudes encuentran naturalmente su empleo.

Más fácil es encontrar quienes defiendan los derechos de la Iglesia en sus luchas exteriores, pero, son mucho más escasos quienes piensen en defender la integridad de su conciencia religiosa. Es más fácil darse cuenta de las intenciones de un proyecto de ley que percibir cuán lejos están del espíritu de Cristo las costumbres y prácticas del propio medio social.

Hay mucho peligro en nuestro tiempo de contentarse con una fidelidad de práctica exterior, aun de devoción sincera. Algunos se consideran culpables al estrechar la mano a un masón, pero no tienen escrúpulo alguno de violar la caridad en sus palabras, destruyendo la fama del prójimo, o en sus obras, o en sus omisiones egoístas. Así se salva la apariencia y se vive en regla entre gentes honestas, sin inquietarse excesivamente de haber escandalizado a las almas rectas que juzgan por el espíritu.

Es necesario evitar esta falta para mantenernos en regla con nuestra propia conciencia y no menos para salvaguardar la honra de la Iglesia que será juzgada por nuestra actitud. El católico ha de ser como nadie amigo del orden, pero éste no es la inmovilidad impuesta de fuera sino el equilibrio interior que se realiza por el cumplimiento de la justicia y de la caridad. No basta que haya una aparente tranquilidad obtenida por la presión de fuerzas insuperables; es necesario que cada uno ocupe el sitio que le corresponde conforme a su naturaleza humana, que participe de los trabajos, pero también de las satisfacciones, como conviene a hermanos hijos de un mismo padre. El católico rechaza igualmente la inmovilidad en el desorden; y el desorden en el movimiento, porque ambos rompen el equilibrio interior de la justicia y la caridad.

El fiel, si quiere serlo en el pleno sentido de la palabra, es un perpetuo inconformista, que alimenta su hambre y sed de justicia en la palabra de Cristo y que busca el camino de saciar esas pasiones devoradoras en las enseñanzas de la Iglesia que no es más que Cristo prolongado y viviendo entre nosotros.

Antes que nada, nos apremia a movilizar todas nuestras fuerzas en pro de la solución social el conjunto de intereses gravísimos que está en juego. Se trata nada menos que de la vida de tantos de nuestros hermanos. El orden social actual no responde al plan de la Providencia. La vida cristiana en cada uno de los medios sociales está dificultada actualmente por el problema del exceso o de la falta de medios de vida.

Dios ha querido al crearnos, que nos santificáramos. Este ha sido el motivo que explica la creación: tener santos en el mundo; tener hijos de Él en los cuales se manifestaran los esplendores de su gracia. Ahora bien, ¿cómo santificarse en el ambiente actual sino se realiza una profunda reforma social?

Cada uno debe conocer el problema social general, las doctrinas sociales que se disputan el mundo, sobre todo la doctrina de la Iglesia. Debe conocer la realidad chilena y debe tener una preocupación especial por estudiar su carrera en función de los problemas sociales propios de su ambiente profesional. El estudio de nuestra doctrina social ha de despertar en nosotros antes que nada un sentido social hondo, un inconformismo ante el mal, el sentido del escándalo.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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