Más que una persona, es una obra, la llegada de la caridad verdadera

Testimonio del P. José Ignacio Cifuentes S.J.

Muchos fueron los momentos compartidos por el padre José Ignacio Cifuentes y el Padre Hurtado. La amistad comenzó a surgir cuando el Padre Cifuentes lo ayudaba en las misas, sin ser todavía su guía espiritual. Además participó junto a él en la Revista Mensaje y en los recorridos que el beato realizaba constantemente para recoger a niños de la calle.

José Ignacio Cifuentes conoció al Padre Hurtado en 1923, en el Colegio San Ignacio. Cuando el padre Cifuentes estaba estudiando filosofía en el Seminario San Miguel, el Padre Hurtado regresó de Europa y empezaron a hacerse cada vez más amigos. Su capacidad de atención y sencillez eran unas de sus mayores cualidades, sostiene.

A pesar que en el año 1938 el Padre Cifuentes viajó a China como misionero, nunca perdió el contacto con el Padre Hurtado. Mientras permaneció en este país se enviaron correspondencia frecuentemente.

Una de las experiencias que más recuerda del padre Hurtado fue cuando el beato le pidió que lo acompañara a recoger niños a la orilla del Mapocho, “sus patroncitos” y por quién se desvelaba día y noche. “Aunque sólo algunos aceptaban compartir con él, el padre Hurtado no se desanimaba. Era una persona tremendamente afectiva con estos niños”, afirma.

Su compromiso hacia estos niños y quienes vivían en condiciones de pobreza se mantuvo durante toda su vida, incluso cuando se enfermó de cáncer. Cuando ya estaba grave y hospitalizado, el padre Cifuentes lo ayudó con la Revista Mensaje, una obra que al igual que el Hogar de Cristo estuvo seguro que continuaría.

Dicha seguridad lo acompañó hasta el día de su muerte, un momento que en donde según el padre Cifuentes, el padre Hurtado se vio “alegre, íntegro y confiado en que ambas obras se mantendría a lo largo de los años. Y no se equivocó.

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