Material extra

.

10 reflexiones del Padre Hurtado sobre la Familia:

Comparte estas 10 reflexiones del Padre Hurtado sobre la Familia:

frases-padre-hurtado-familia

  1. Para construir el hogar es necesario en primer lugar que exista el hogar… Antes que rascacielos, antes que fuentes, antes que obras suntuarias, vivienda, vivienda para nuestro pobre pueblo.
  2. La vida debe estar organizada de tal forma que los niños puedan llegar. Debe haber habitaciones, salarios, higiene, seguridad social tal que los niños puedan llegar.
  3. Más que a los esposos hay que predicar a los legisladores, a las instituciones…
  4. Hagamos una cruzada de chilenidad en el hogar y para ello levantemos el nivel espiritual de nuestras propias vidas.
  5. Pesada es una moral en que predominan las cadenas: suave, alegre, es la moral en que predominan las alas, y el amor tiene alas.
  6. Encontrar en el compañero una ayuda, un estímulo, la comprensión de sus dificultades y no agravarlas con reconvenciones.
  7. Los niños serán ineludiblemente lo que sean sus padres… Un padre no educa por los consejos que da sino por el ejemplo de su vida cotidiana.
  8. El hogar… donde hay amor, donde hay confianza, donde las penas y alegrías son comunes, un refugio, un puerto.
  9. Entre hermanos: juntos crecieron…, al andar de los años, el cariño de hermano suele haberse trocado en indiferencia… ¿Y cuál es la causa? ¿Un egoísmo herido? ¡Saber sobreponerse! Me atrevería a sugerir la tolerancia de estos defectos de carácter…
  10. La obra más hermosa de caridad es la que podemos ejercitar con nuestros propios padres.

 

Leer más

Patroncito, corazón de pobre

portada libro

El Padre Hurtado habría gozado con estas décimas y versos que cuentan su vida -escribió Renato Poblete SJ al tener el libro Patroncito, corazón de pobre en sus manos. Le gustaba cantar tonadas chilenas e incluso hizo componer un cancionero para los jóvenes.

Antes de que finalice el mes de la patria, te mostramos algunas de las décimas y versos de esta obra escrita por el poeta chileno José Cornejo Aliaga en 1994, con motivo de la beatificación de san Alberto.

“Nos ha nacido un lucero”

IV

Contento Señor, contento

quien más contento que yo

que haya florecido en Chile

del alma del Creador

un brote lucero niño

en las haciendas de Dios.

foto niño

 

Orfandad y pobreza

Anita la joven madre

debió asumir el destino

de andar por nuevos caminos

junto a sus hijos sin padre.

pero más pronto que tarde

llena de Fe y de Piedad

entrega con humildad

al Padre de las alturas

sus dolores y amarguras

de su viudez y orfandad.

Vida de noviciado

Recibido de abogado

en mil nueve veintitrés

lleno de esperanza y de Fe

fue a Chillán al noviciado.

Siempre alegre y entregado

a todas las exigencias

cumple con santa paciencia

y con ternura infinita

el ideal de jesuita

vivido a plena conciencia.

foto prédica

Patroncito corazón de pobre

(para el Hogar de Cristo)

II

Patroncito corazón de pobre

dulce alero del hombre miserias

bajo el manto y la capa de Cristo

consolaron los pobres su pena.

Patroncito corazón de pobre

Cireneo de la gracia plena

en la cruz de los pobres de Chile

hay dos manos que tienen tus huellas

Patroncito corazón de pobre

Cristo amigo que vino a mi tierra.

foto hogar de cristo

Ungido del Espíritu Divino

III

Al igual que Jesús de Nazareth

un Apóstol llamado Alberto Hurtado

fue recorriendo los caminos de mi pueblo

tras los hambrientos, los pobres y olvidados

a todos anunció la Buena Nueva

al Dios de la bondad, Cristo encarnado

a la hermana justicia por llegar

y la esperanza de tantos marginados.

Vamos cantando chilenos

Alabado sea Dios

por siempre sea alabado

por enviarnos de regalo

al amado padre Hurtado

hijo del Pueblo de Chile

de un pueblo santificado.

foto llorar su muerte

 

Leer más

Cuento infantil: Alberto Hurtado, hombre bondadoso.

Haz clic en el título del cuento para leerlo: Alberto Hurtado – hombre bondadoso

Leer más

Una santidad que cuestiona

Columna de Tony Mifsud SJ, publicada el 22 de enero de 2006 por el diario El Mercurio, con motivo del aniversario de nacimiento 105 de San Alberto Hurtado.

Un día 22 de enero de 1901 nació Alberto Hurtado Cruchaga en la ciudad de Viña del Mar. Sin embargo, a pesar de su apellido aristocrático, Alberto vivió su infancia como huérfano (a los cuatro años), como allegado (sólo a los veinte años pudo vivir con su madre y hermano menor Miguel en una casa propia), y como becado para poder estudiar en el Colegio San Ignacio de Santiago. Sin embargo también aprendió muy temprano de su madre que es bueno tener “las manos juntas para orar, pero abiertas para dar”.

Lamentablemente, la memoria histórica suele reducir sólo a una todas las obras fundadas por el Padre Hurtado, olvidándose de la Asociación Sindical Chilena (1947) y la revista Mensaje (1951). Además, ha pasado al olvido la dimensión intelectual de este gran hombre, cuando de hecho publicó once libros, tres de los cuales tuvieron tres ediciones y uno cuatro.

La lectura de las obras escritas por el Padre Hurtado resulta ser un camino privilegiado para adentrarse en su corazón, descubrir sus grandes ideales y sueños, encontrarse con las motivaciones más profundas que le animaron a trabajar con tanta pasión y abnegación, hasta, a veces, en medio de fuertes críticas e incomprensiones.

Alberto Hurtado SJ fue un hombre profundamente enamorado de la Persona de Jesús, un apasionado por la construcción del Reinado del Padre en su querida patria. “El que ha mirado profundamente, una vez siquiera, a los ojos de Jesús no lo olvidará jamás”. Por consiguiente, “mi idea central es ser otro Cristo, obrar como Él, dar a cada problema Su solución”. Su anhelo más profundo era “toda la vida entera y siempre para vivir la vida de Cristo”.

Este Jesús reveló a la humanidad la paternidad de Dios. Esta es la Buena Noticia del Evangelio. Sin embargo, se lamenta el Padre Hurtado, “estamos tan acostumbrados a esta revelación de la paternidad divina que no nos extraña. Dios, Señor, sí; pero ¿Padre? ¿Padre de verdad? Y de verdad, tan verdad es Padre: para que nos llamemos y seamos hijos de Dios”. Este mismo Dios Padre “nos recibe con sus brazos abiertos cuando hemos fallado a nuestra naturaleza de hijos y pecamos”.

La fe en Dios Padre conlleva el compromiso de tratar a los otros como hermanos. Creer de verdad en la paternidad de Dios significa entender la vida como un servicio a los demás. En palabras de San Pablo, la auténtica fe se hace caridad para con el otro (cf. Gál 5, 6). Por ello, el Padre Hurtado escribe que “Cristo se ha hecho nuestro prójimo” y “si no vemos a Cristo en el hombre que codeamos a cada momento es porque nuestra fe es tibia y nuestro amor es imperfecto”. Es que, citando la Primera Carta de San Juan, “si no amamos al prójimo a quien vemos, ¿cómo podremos amar a Dios a quien no vemos?” (1 Jn 4, 20).

El Padre Hurtado toma en serio el Evangelio e invita a los cristianos a ser consecuentes con la fe que profesan. “El cristiano es cristiano en todas partes o no lo es en ninguna”. Esto significa que hay que traducir la fe en obras concretas. “El mundo está cansado de palabras, quiere hechos; quiere ver a los cristianos cumpliendo los dogmas que profesan”.

Por ello, San Alberto nos desafía hasta el día de hoy con la pregunta: “Ahora bien, con sinceridad, ¿reflejamos nosotros la bondad, caridad, amor de Cristo? Tal vez nos hemos forjado otro Cristo: un Cristo puritano que no roba, no mata, no miente, pero tampoco ama. Que no hace obras malas, pero tampoco hace obras buenas. (…). No miremos a los otros, miremos a nosotros mismos”.

No se trata de un amor platónico sino uno real que se traduce en obras concretas. Una auténtica vocación al amor se convierte en un profundo compromiso con la construcción de una sociedad siempre más humana y más solidaria donde todos y todas tengan cabida digna. Por ello, advierte el santo, “el que practica la caridad pero desconoce la justicia se hace ilusión de ser generoso”. Aún más, “se engaña si pretende ser cristiano quien acude frecuentemente al templo, pero no cuida de aliviar las miserias del pobre. Se engaña quien piensa con frecuencia en el cielo, pero se olvida de las miserias de la tierra en que vive”.

Una honesta lectura de los escritos del Padre Hurtado no deja indiferente. Como verdadero Padre de la Patria nos convoca a hacer de Chile un hogar digno y acogedor para todos y todas sus ciudadanos. Gabriela Mistral escribió en la misma revista fundada por Alberto Hurtado (Mensaje): “Duerma el que mucho trabajó. No durmamos nosotros. (…) Sí, duerma dulcemente él, trotador de la diestra extendida, y golpea con ella a nuestros corazones para sacarnos del colapso cuando nos volvamos sordos y ciegos”.

 

 

Leer más

Santidad moderna (respuesta)

Carta enviada por Renato Poblete SJ al diario El Mercurio en respuesta a la carta publicada por el Presidente de la Comunidad Judía en Chile, Julio Froimovich.

Señor Director:

Con fecha 24 de noviembre leí un artículo extraordinario de don Julio Froimovich, presidente de la Comunidad Judía de Chile. Lo dicho por el señor Froimovich me llenó de alegría al ver como nuestros padres en la fe, es decir el pueblo judío, también reconoce la santidad del Padre Hurtado al hacer el llamado profético por los derechos de los pobres, de los trabajadores, de los desamparados; en una palabra, a una mayor justicia social en nuestro país.

El señor Froimovich establece una analogía entre el Padre Hurtado y los profetas del Antiguo Testamento: “(Ellos) Eran seres superiores, iluminados y visionarios, que predicaban la justicia social, la observancia de las leyes de Dios y ejercían un liderazgo sobre el pueblo”. Características que también son atribuidas al Padre Hurtado con su llamado a los chilenos a tomar más conciencia de la situación de los pobres; a llevar una vida más austera, solidaria y compartir con los más necesitados los talentos que Dios nos ha dado. Esto nos permite afirmar que el Padre Hurtado va más allá de la iglesia católica; es un modelo, un héroe para todos los chilenos creyentes o no.

El presidente de la Comunidad Judía en Chile nos dice “quiera Dios que los compatriotas sigan sus enseñanzas para que en el futuro cercano la desigualdad económica y la marginación se desvanezcan, quedando sólo como un amargo recuerdo del pasado de Chile”. Ojalá que el fervor suscitado por el Padre Hurtado se traduzca en acciones reales acortando la distancia entre todos los sectores sociales.

Padre Renato Poblete Barth, SJ
Secretario Ejecutivo
Fundación Padre Hurtado

Leer más

Santidad moderna

Columna enviada por Julio Froimovich G., Presidente Comunidad Judía de Chile, al diario El Mercurio con motivo de la canonización de San Alberto Hurtado. Publicada el jueves 24 de noviembre de 2005.

La elevación de San Alberto Hurtado a los altares supremos de la Iglesia Católica es el reconocimiento más merecido y justiciero que se podría otorgar a este continuador moderno de las enseñanzas proféticas.

La reciente canonización del padre Alberto Hurtado Cruchaga, ahora San Alberto Hurtado, un sacerdote jesuita que -prácticamente es nuestro contemporáneo- nos invita a reflexionar sobre varios aspectos que estimamos de importancia y que deseamos compartir.

El P. Hurtado siempre tuvo un corazón sensible al dolor de los pobres y marginados y se sintió impulsado a cambiar su situación. Él hizo constantes llamados a abrir los ojos para mirar con honestidad la realidad social del país. Escribió: “Yo sostengo que cada pobre, cada vago, cada mendigo es Cristo en persona que carga su cruz. Y como Cristo debemos amarlo y ampararlo. Debemos tratarlo como a un hermano, como a un ser humano, como somos nosotros”.

Su intención era devolver a esas personas su dignidad de chilenos y de hijos de Dios. El P. Hurtado tiene conciencia que la pobreza aumenta por un desorden social debido a la libertad humana y que, en consecuencia, esa realidad social puede ser cambiada. Por eso, en 1948, convencido de que “la injusticia causa enormemente más males que los que puede reparar la caridad” y de que los mismos trabajadores tienen que luchar por su dignidad, funda la Asich (Acción Sindical Chilena). Su meta es lograr un orden social cristiano, estimula a los trabajadores a prepararse en la doctrina social de la Iglesia, a incorporarse a los sindicatos, a capacitarse por medio de cursos y talleres. Tampoco descuida la formación de las mujeres, a las que organiza en pequeños círculos de acción, transmitiéndoles su propia espiritualidad.

Junto con los jóvenes y los obreros, su causa se dirigió al extremo más duro de la pobreza: la indigencia. Él mismo repetía: “Acabar con la miseria es imposible, pero luchar contra ella es deber sagrado”. Aún hoy muchos recuerdan la figura del P. Hurtado recorriendo las calles con su camioneta verde, recogiendo niños, adultos y ancianos indigentes. Fue esta labor la que dio origen al Hogar de Cristo, una obra que, teniendo características épicas, representa lo más noble del espíritu humano; obra espiritual y material que hace el bien sin mirar a quien, intentando devolver la dignidad perdida a quienes más la requieren.

Todo ello, unido a su pertinaz crítica al modo de vida de la clase alta chilena, le valió su antipatía, y acusándolo de tener “ideas avanzadas en el plano social” lograron que presentara su renuncia al cargo de asesor de la Juventud Chilena. Si sólo nos concentramos en esta faceta de la extensa actividad y obra del P. Hurtado, es posible establecer una analogía con los profetas del Antiguo Testamento. Porque, ¿quiénes eran ellos? Eran seres superiores, iluminados y visionarios, que predicaban la justicia social, la observancia de las leyes de Dios y ejercían un liderazgo sobre el pueblo que, aunque temido, en la mayoría de los casos, no fue reconocido por los gobernantes contemporáneos a ellos.

El idioma hebreo no tiene una palabra para “caridad” y el término que utilizamos los judíos es “tzedaká”, que significa justicia y solidaridad, y representa uno de los valores esenciales del Judaísmo. No es caridad, sino restitución del derecho de un semejante a vivir con dignidad. ¿Qué puede ser más parecido a la obra del P. Alberto Hurtado? ¿No es acaso exactamente eso lo que trató de hacer con los pobres de nuestro país?

Indudablemente, la elevación de San Alberto Hurtado a los altares supremos de la Iglesia Católica es el reconocimiento más merecido y justiciero que se podría otorgar a este continuador moderno de las enseñanzas proféticas. Quiera Dios que los compatriotas sigan sus enseñanzas para que en el futuro cercano la desigualdad económica y la marginación se desvanezcan, quedando sólo como un amargo recuerdo del pasado en Chile.

 

 

Leer más

Recordando una canonización

Columna de Monseñor Manuel Camilo Vial, Obispo de Temuco, enviada a los medios con motivo del celebrar el tercer aniversario de la canonización de San Alberto Hurtado en octubre de 2008.

+ P. Obispo Manuel Camilo Vial R.
Obispo de Temuco

Es emocionante recordar, a tres años de la canonización del primer santo chileno, el padre jesuita San Alberto Hurtado, lo impactante que fue para todos los pastores y peregrinos chilenos, contemplar la Plaza de San Pedro, presidida por la imagen de nuestro santo, revestida del tricolor nacional, agitada por chilenos en todos sus rincones, donde el Santo Padre Benedicto 16, proclamó para todo el mundo, el reconocimiento oficial de su santidad. Fue un momento de gracia y bendición para todos los asistentes y todos los participantes en el mundo entero. Como lo expresamos agradecidos, fue la visita del Señor a nuestro pueblo chileno y a la Iglesia de Jesucristo peregrina en nuestra tierra.

También recuerdo, con emoción, al día siguiente, el encuentro con Benedicto 16, durante su audiencia con los peregrinos llegados de todas partes del mundo, donde pudimos experimentar, de manera muy especial, su afecto hacia nuestra patria, que expresó diciendo: “Me siento muy cercano al pueblo de Chile”, presentando también algunos rasgos esenciales de la santidad de este sacerdote chileno. Recuerdo que, con devoción, nos acercamos todos los obispos de Chile, presentes en el Aula Pablo VI, para besar su anillo y saludarle, por primera vez, como Santo Padre y Pastor Universal, a nombre de nuestras Iglesias particulares y de todo el pueblo de Chile.

A tres años de su canonización, le agradecemos esa experiencia de fe vivida como país. Jamás podremos olvidar que Dios nos ha regalado, verdaderamente, “Un Padre para Chile”; un “Padre de la Patria del siglo 20”, como lo dijo el Presidente de la República, en dos oportunidades, cuando acompañó a los peregrinos presentes en la basílica de San Pedro, en el Vaticano.

Hoy, agradecidos, vemos los inmensos frutos que nos ha reportado como nación chilena, su ejemplo de amor al Señor, que lo llevó a descubrir en cada hermano el rostro de Cristo a quien amar y servir, como lo hacía su Maestro.

¡San Alberto Hurtado, ruega por todos nosotros!

Temuco, 19 de octubre de 2008.

 

 

Leer más

Querer grande… realizar grande

Columna de Monseñor Alejandro Goic, Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile, enviada a los medios con motivo del celebrar el segundo aniversario de la canonización de San Alberto Hurtado en octubre de 2007.

† Alejandro Goic Karmelic
Obispo de Rancagua
Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile

“Contento, Señor, contento”. “¿Qué haría Cristo en mi lugar?” “El verdadero cristiano da y da hasta que duela”. Estas palabras del padre Alberto Hurtado, como tantas otras de nuestro santo válidas hoy como ayer, forman parte ya de la memoria de Chile. Recientemente las evocábamos en las reflexiones y plenarios de la Primera Asamblea Eclesial, una jornada que marca un hito en la historia de nuestra Iglesia, al congregar a más de 500 personas representantes de la rica diversidad del pueblo de Dios, en un ejercicio de comunión y fraternidad que nos ayudará en la preparación de nuestras próximas Orientaciones Pastorales.

¿Qué hemos recibido los obispos en esta Asamblea Eclesial? Ante todo, la gracia del Señor que se manifiesta en el testimonio de tantas personas de nuestro Chile que se levantan todas las mañanas con el firme propósito de vivir el Evangelio y anunciar con alegría a Jesucristo para que nuestros pueblos tengan vida plena. Hemos revisado nuestro caminar como Iglesia en medio de la realidad social, política y cultural que vivimos. Hemos agradecido al Señor los dones que hemos recibido en este tiempo, también hemos meditado sobre nuestras flaquezas, las tareas pendientes y los desafíos que nos interpelan. Todo en un hermoso clima marcado por el diálogo franco y la fraternidad, animados por el común anhelo de crecer juntos, en el mismo espíritu que nos animaba el padre Alberto: “Mirar grande, querer grande, pensar grande, realizar grande. En los combates de hoy, todo se trata a la escala del hombre y a la escala del mundo. Disponerse a realizar grande”.

La comunión eclesial que en esta Asamblea hemos vivido y celebrado brota y se hace posible desde la persona de Jesucristo. El Padre Hurtado nos mostró que Él es el camino, el “principio y raíz de toda la vida, de la gracia, de la luz, de la fuerza, de la fecundidad, de la felicidad, del amor. Fuera de Jesús todo es muerte, esterilidad, desolación”. En la identificación con Jesucristo se afianza la común unidad (comunidad) de sus discípulos misioneros. Pero nuestra comunión no puede agotarse al interior de nuestras parroquias. Por el contrario, busca siempre extenderse hacia ámbitos de nuestra vida personal y social donde aún reinan el egoísmo, la mentira y la muerte. Se preguntaba el padre Hurtado en 1950: “Sufrimos ante el dolor de los miembros de nuestra familia, ¿pero sufrimos acaso ante el dolor de los mineros tratados como bestia de carga, ante el sufrimiento de miles y miles de seres que, como animalitos, duermen botados en la calle, expuestos a las inclemencias del tiempo? ¿Sufrimos acaso ante esos miles de cesantes que se trasladan de punto a punto sin tener otra fortuna que un saquito al hombro donde llevan toda su riqueza?”. Junto con él, nos preguntamos hoy: ¿Nos parte el alma el dolor humano? ¿Se conmueve nuestro corazón al percibir que el pobre es Cristo, que el hermano sufriente, enfermo, angustiado, ellos mismos son Cristo?

Los pastores de América Latina nos invitan desde Aparecida a “concretar en signos solidarios” nuestro compromiso social, con toda “la imaginación de la caridad”. No podemos ser ajenos a los grandes sufrimientos que vive la mayoría de nuestra gente y que, con mucha frecuencia, son pobrezas escondidas como las que describía san Alberto: “esas pobrezas que tienen que disimularse y que no declaran huelga, ni presentan pliegos de peticiones; el de tanta gente que vive de unos cuantos bonos que se han depreciado hasta no valer casi nada, de una jubilación suficiente hace diez años, misérrima ahora, el de los empleados atascados a un sueldo del todo insuficiente que no pueden celebrar matrimonio porque no pueden afrontar esa nueva vida (…), que no pueden dar educación cristiana a sus hijos porque no pueden pagarla (…)¡Cuántos dolores ocultos de esta especie que quienes viven en la abundancia no sospechan!.

En camino hacia el Bicentenario, creemos que los líderes sociales, los constructores de la sociedad, lo serán de verdad en la medida en que sean capaces de interpretar los dolores, las esperanzas y los anhelos de la gente. A días de celebrar el segundo aniversario de su canonización, las palabras de san Alberto resuenan con una fuerza que nos conmueve: “La Patria necesita un nuevo tipo de hombre. No se puede tallar la efigie del Chile nuevo en madera podrida (…) esto engendra en nosotros, cristianos, una responsabilidad formidable, como pocas veces la hubo en la historia”.

 

Leer más

Padre de los pobres

Artículo escrito por Jorge Costadoat S.J. que destaca la visión del Padre Hurtado hacia los pobres y su trabajo hacia ellos.

Unos dicen que hay que desconfiar de los pobres…. Otros menosprecian a los pobres para arrimarse a los ricos y parecerse a ellos. No falta quien, de vergüenza, oculta sus orígenes humildes y reniega de su propia familia. ¿Qué pobre se siente cómodo en una iglesia elegante si el resto de la gente lo mira con mala cara? Ser pobre parece una maldición.

Pero, desde que Dios “se hizo pobre” en Belén, la pobreza no es más una pura fatalidad. Jesús anunció el Reino a los que la sociedad de su época marginaba por pobres y pecadores. Para el Juicio Final, Jesús prometió el Reino a los que lo ayudaran a él en los hambrientos, los sedientos, los forasteros, los desnudos, los enfermos y los encarcelados. Jesús nació pobre, vivió pobre, compartió con los pobres y murió despojado en la cruz. Jesús bendijo a los pobres de espíritu que, como él, empobrecen para enriquecer a los demás.

El Padre Hurtado fue un cristiano al modo de Cristo. Salió a las calles, se metió en los conventillos más miserables, vio, preguntó, escuchó y conoció en persona el sufrimiento inmenso de sus compatriotas. Lamentó que su Iglesia se hubiera olvidado de los pobres. Llegó a decir: “La gran amargura que nuestra época trae a la Iglesia es el alejamiento de los pobres, a quienes Cristo vino a evangelizar de preferencia”.

El Padre Hurtado vio a Cristo en el pobre y él mismo fue otro Cristo para el pobre. Después de ver a Cristo en la calle creó un hogar para Cristo. Decía: “Tanto dolor que remediar: Cristo vaga por nuestras calles en la persona de tantos pobres dolientes, enfermos, desalojados de su mísero conventillo. Cristo, acurrucado bajo los puentes en la persona de tantos niños que no tienen a quién llamar padre, que carecen hace muchos años del beso de una madre sobre su frente. Bajo los mesones de las pérgolas en que venden flores, en medio de las hojas secas que caen de los árboles, allí tienen que acurrucarse tantos pobres en los cuales vive Jesús. ¡Cristo no tiene hogar!”. Al fundar el Hogar de Cristo, Alberto Hurtado hizo lo que creyó que Jesús habría hecho en su lugar.

En el Hogar, el P. Hurtado comió con los pobres, pasó la noche con ellos, les pidió perdón por no poder atenderlos mejor. Sobre todo, quiso que fueran tratados con dignidad. Poco antes de morir expresó un último deseo: “Que se trabaje por crear un clima de verdadero amor y respeto al pobre, porque el pobre es Cristo”. Poniéndose a la altura de los pobres, inspirándoles confianza, instruyéndolos con dulzura, el P. Hurtado esperó que algún día ellos salieran adelante por sus propios medios y ocuparan en la sociedad el lugar que les corresponde.

Hacia el final de su vida, Alberto Hurtado creyó que el cristianismo se jugaba en su cercanía a los pobres. Comentaba: “espero escribir este verano (¿o comenzar?) algo sobre el sentido del pobre, yo creo que allí está el núcleo del cristianismo y cada día hay más resistencia e incomprensión a todo lo que dice pobreza”. Treinta años después los obispos de Latinoamérica proclamaron la “opción preferencial por los pobres”: los pobres merecen una atención especial de la Iglesia y, a su vez, la evangelizan.

 

Leer más

Lugares Padre Hurtado en Santiago

A continuación te presentamos un mapa con los lugares que en Santiago de Chile, se han denominado Padre Hurtado en honor al santo.

Parroquias y capillas

  • Santuario del Padre Hurtado, Estación Central
    Ubicado en Av. Padre Alberto Hurtado 1090. Estación Central, Región Metropolitana de Santiago de Chile.
    • Decanato San Alberto Hurtado, El Bosque
    Perteneciente a la Diócesis de San Bernardo. Ubicado en Martín de Solís 13139. Tel.: (56-2) 2529 2878. El Bosque, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Decanato Padre Hurtado, Estación Central
    Perteneciente a las arquidiócesis de Santiago. Abarca la Parroquia Apóstol Santiago, Parroquia Jesús Obrero y Parroquia Santa Cruz, Los Nogales. Estación Central, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Parroquia San Alberto Hurtado, Peñalolén
    Perteneciente al Decanato de Peñalolén, Zona Oriente de la Arquidiócesis de Santiago. Ubicada en Diez Oriente 2342. Peñalolén, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Parroquia San Alberto Hurtado, Quilicura
    Perteneciente al Decanato de Colina, Zona Norte de la Arquidiócesis de Santiago. Ubicada en Los Cóndores 1121. Quilicura, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Capilla San Alberto Hurtado, Calera de Tango
    Al interior del Colegio La Misión ubicado en Av. Calera de Tango Paradero 9 S/N Calera de Tango. Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Capilla Padre Hurtado de Villa el Sol, Curacaví
    Perteneciente a la Parroquia Nuestra Señora del Carmen del Decanato Rural de Melipilla. Dirección Parroquia: William Rebolledo s/a Curacaví. Tel (56 2) 2835 1015. Curacaví, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile. http://www.iglesiademelipilla.cl/web/parroquia-ntra-sra-del-carmen-curacavi
    • Capilla Padre Alberto Hurtado de Lo Guerra, Isla de Maipo
    Perteneciente a la Parroquia Nuestra Señora de la Merced del Decanato de Talagante de la Diócesis de Melipilla. Dirección Parroquia: Av. Satelices 432, Isla de Maipo. Tel. /56 2) 2819 42 35. Isla de Maipo, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile. http://www.iglesiademelipilla.cl/web/parroquia-nuestra-senora-de-la-merced-isla-de-maipo.
    • Capilla San Alberto Hurtado, La Florida
    Perteneciente a la Parroquia San Vicente de Paul del Decanato La Florida Oriente. Ubicada en Uruguay 8926, P18 Vicuña Mackenna, La Florida. Tel.: (56-2) 22911658. La Florida, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Capilla San Alberto Hurtado, La Florida
    Perteneciente a la Parroquia Del Divino Redentor del Decanato La Florida Poniente. Ubicada en San Pablo 10967, La Florida. La Florida, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Capilla San Alberto Hurtado, La Pintana
    Perteneciente a la Parroquia Santo Tomás Apóstol del Decanato Santa Rosa Sur. Ubicada en Pasaje Los Diaguitas. La Pintana, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Capilla Padre Alberto Hurtado, Lo Espejo
    Perteneciente a la Parroquia San José Obrero del Decanato José María Caro. Ubicada en Pasaje Juan Sierra Zaragoza 3219, Lo Valledor Sur. Lo Espejo, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Capilla San Alberto Hurtado, Lo Prado
    Perteneciente a la Parroquia Cristo de Emaús del Decanato Obispo Enrique Alvear (ex Pudahuel Sur). Ubicada en Los Pinos 132, Lo Prado. Tel.: (56-2) 27799633. Lo Prado, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Capilla San Alberto Hurtado, Maipú
    Perteneciente a la Parroquia Inmaculado Corazón de María del Decanato de Maipú. Ubicada en La Farfana sitio Nº8; Maipú; Tel.: (56-2) 27623302. Maipú, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Capilla San Alberto Hurtado de La Libertad, Melipilla
    Perteneciente a la Parroquia Ntra. Sra. del Carmen de Puangue del Decanato Rural de Melipilla. Dirección Parroquia: Camino a San Antonio Km. 78 Puangue. Fono Fax Oficina: (56 2) 283122 46 – (56 9) 9451 0869. Melipilla, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile. http://www.iglesiademelipilla.cl/web/parroquia-nstra-sra-del-carmen-puangue
    • Capilla San Alberto Hurtado de Carmen Bajo, Melipilla
    Perteneciente a la la Parroquia Santa Rosa de Lima del Decanato Rural de Melipilla. Dirección Parroquia: Chocalán s/n. Tel. (56 2) 2831 2191 (56 9)8449 6843. Melipilla, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile. http://www.iglesiademelipilla.cl/web/parroquia-santa-rosa-de-lima-chocalan.
    • Capilla San Alberto Hurtado de Población Nueva Peñaflor, Peñaflor
    Perteneciente a la Parroquia Nuestra Señora del Rosario del Decanato Talagante de la Diócesis de Melipilla. Dirección Parroquia: Dieciocho 78, Peñaflor. Tel. (56 2) 2812 00 48. Peñaflor, Región Metropolitana. http://www.parroquiaelrosario.cl.
    • Capilla Padre Hurtado de Santa Corina, Peñaflor
    Perteneciente a la Parroquia Nuestra Señora del Carmen El Prado del Decanato de Talagante de la Diócesis de Melipilla. Dirección Parroquial: Larraín 2416, Peñaflor. Tel. (56 2) 2812 0578. Peñaflor, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile. http://www.iglesiademelipilla.cl/web/parroquia-nstra-sra-del-carmen-el-prado-penaflor
    • Capilla Padre Alberto Hurtado, Puente Alto
    Perteneciente a la Parroquia Santa Teresa de Los Andes del Decanato Puente Alto Norte. Ubicada en Valle Central 01827; Puente Alto. Puente Alto, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Capilla Padre Hurtado, Puente Alto
    Perteneciente a la Parroquia La Transfiguración del Señor del Decanato Puente Alto Sur. Ubicada en Manuel Bulnes, Villa Lo Tocornal, Puente Alto, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Capilla Padre Hurtado, Puente Alto
    Perteneciente a la Parroquia Santa María Magdalena del Decanato Puente Alto Sur. Ubicada en Las Achiras 924, Puente Alto; Tel.: (56-2) 28509751. Puente Alto, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Capilla Alberto Hurtado de Ojos del Salado, Talagante
    Perteneciente a la Parroquia Inmaculada Concepción del Decanato Talagante de la Diócesis de Melipilla. Dirección Parroquia: Av. Bdo. O´Higgins N° 1280, Talagante. Tel. (56 2) 2815 1513. Talagante, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile. http://www.iglesiademelipilla.cl/web/parroquia-inmaculada-concepcion-talagante
    • Comunidad de Vida San Alberto Hurtado, Peñalolén
    Ubicada en Lago Roselot 1264, Peñalolén, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Unidad Pastoral San Alberto Hurtado, Las Condes
    Ubicada en Los Monjes 12082. Las Condes, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Juniorado Padre Alberto Hurtado, Santiago
    Perteneciente a la Compañía de Jesús. Ubicado en Abate Molina 80. Santiago Centro, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.

Plaza, paseo, parque

  • Plaza La esperanza del Padre Hurtado, Conchalí
    Ubicada en calle Quilicura entre Abraham Lincoln y Robert Kennedy. Conchalí, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Plaza Padre Hurtado, Estación Central
    Ubicada en calle Hogar de Cristo entre Ruiz Tagle y Nicasio Retamales. Estación Central, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Plaza Padre Alberto Hurtado, San José de Maipo
    Cuenta con un busto de San Alberto Hurtado. Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Plaza Padre Hurtado, Vitacura
    Ubicada en Av. Padre Hurtado, esquina Las Tranqueras. Vitacura, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Paseo Peatonal Padre Hurtado, Conchalí
    Ubicado en la Calle Alberto González, entre calle Graciela y Pasaje Carmen. Conchalí, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Parque Padre Hurtado, La Cisterna
    Parque lineal construido en el borde oriente de la Autopista Central en la comuna de La Cisterna. La Cisterna, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile. [Ubicado entre calles Capricornio, J.J Prieto, Av. Trinidad Martínez y Av. Goycolea].
    • Parque Padre Hurtado (Ex Intercomunal), La Reina, Las Condes, Providencia
    Ubicado en el límite de 3 comunas: Las Condes, La Reina y Providencia. Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Parque Padre Hurtado, Recoleta
    Ubicado en calle Hernán Mery con Bismuto, en la Unidad Vecinal N°6. Recoleta, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Cementerio Parque del Recuerdo Padre Hurtado, Peñaflor
    Ubicado en Calle la Paz 750, Peñaflor, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.

Esculturas, monolitos

  • Busto del Padre Hurtado, Las Condes
    Ubicado en el bandejón de la Av. Padre Hurtado frente a Mall Alto Las Condes. Las Condes, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Escultura metálica del Padre Hurtado, Estación Central
    Ubicada en el bandejón central de Av. Libertador Bernardo O’Higgins. Estación Central, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Monolito al Padre Hurtado, Estación Central
    Ubicado en el bandejón central de la Av. Padre Alberto Hurtado frente a calle Paraguay. Estación Central, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile
    • Monolito con busto al Padre Hurtado, Estación Central
    Ubicado en la calle Hogar de Cristo 3828. Estación Central, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Monolito en la Plaza Mayor, Renca
    Ubicado en Domingo Santa María frente a A. Lautaro. Renca, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Monumento al Padre Hurtado, Santiago
    Ubicado a mano derecha en la plazoleta de la entrada principal de la Estación Mapocho. Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.

Lugares

  • Comuna de Padre Hurtado, Padre Hurtado
    Ciudad y comuna de 40 mil habitantes, ubicada a 25 km. de Santiago y 35 de Melipilla. Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile. http://www.mph.cl
    • Junta de Vecinos Padre Hurtado, El Monte
    Ubicada en Los Jazmines n°40, El Monte, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile. [Presidenta: Sra. Gladys Muñoz/ F: 8184562]
    • Población Beato Padre Hurtado, Quilicura
    Ubicada al poniente de la comuna de Quilicura, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Población Padre Hurtado, Puente Alto
    Ubicada en el Paradero 31 de Av. Gabriela. Puente Alto, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Población Padre Hurtado, San Bernardo
    Ubicada al poniente de calle América, entre Av. Colón y Costanera. San Bernardo, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Villa Padre Hurtado, Curacaví
    Ubicada en el sector norte del pueblo. Curacaví, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Villa Padre Hurtado (1), La Granja
    Ubicada en la Unidad Vecinal N°7, perímetro: Las uvas y el viento/Avda. El Parque/Vicuña Mackenna/Joaquín E. Bello.
    • Villa Padre Hurtado (2), La Granja
    Ubicada en la Unidad Vecinal N°8, perímetro: Las uvas y el viento/H. Martínez/P. Gustavo La Paige/Sofía Eastman.

Avenida, calle, camino

  • Avda. Padre Alberto Hurtado, Estación Central
    Tradicionalmente conocida como Av. General Velásquez, adquiere el nombre de Av. Padre Alberto Hurtado desde Av. Portales hasta Av. Departamental.
    • Avda. Padre Hurtado (ex Los Morros), La Cisterna
    Ubicada entre Av. Vicuña Mackenna y Calle Riquelme. La Cisterna, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Avda. Padre Hurtado, La Reina
    Ubicada entre calles Valenzuela Puelma y Carlos S. Vildósola. La Reina, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Avda. Padre Hurtado, Las Condes
    Cruza completamente la comuna de norte a sur. Las Condes, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Av. Padre Hurtado (Ex Los Morros), San Bernardo
    Ubicada entre Av. Lo Blanco (límite norte de la comuna) y Río Maipo (límite sur de la comuna). San Bernardo, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Av. Padre Hurtado, Vitacura
    Cruza de norte a sur toda la comuna. Vitacura, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Camino Padre Hurtado, Buin
    Ruta 6-46 entre el Río Maipo por el norte y límite comunal con Paine Sur. Buin, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile
    • Calle Padre Alberto Hurtado, Cerro Navia
    Cruza tres poblaciones de esta comuna (Poblaciones Roosevelt, Santa Modesta y Nueva Las Barrancas).
    • Calle Hogar de Cristo, Estación Central
    Entre San Francisco de Borja y Avda. Padre Alberto Hurtado. Estación Central, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Calle Padre Hurtado, La Cisterna
    Ubicada entre Trinidad Ramírez y Av. Inés Rivas. La Cisterna, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Calle Padre Alberto Hurtado, Macul
    Ex calle El Parque de la Villa U. Católica. Macul, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Calle Padre Alberto Hurtado, Peñalolén
    Ubicada en el tercer sector de la población La Faena, entre calle Ictinos y Av. Tobalaba de poniente a oriente. Peñalolén, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Calle Padre Hurtado, San Bernardo
    Ubicada en la Población Padre Hurtado. San Bernardo, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Camino Alberto Hurtado, Padre Hurtado
    Ubicado en la comuna de Padre Hurtado, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Pasaje Padre Hurtado, Renca
    Ubicado entre Miraflores e Infante y San Benildo y Esmeralda. Renca, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.

Educación, cultural

  • Universidad Alberto Hurtado, Santiago
    Ubicada en Almirante Barroso 10. Santiago Centro, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile. http://www.uahurtado.cl/
    • Centro Cultural Padre Hurtado, Renca
    Ubicado en la calle Mar Brava N° 1202. Renca, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Colegio San Alberto Hurtado, Estación Central
    Ubicado en Santa Teresa 1785. Estación Central, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Colegio San Alberto Hurtado, Pudahuel
    Ubicado en Los Mares 8735. Pudahuel, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile. http://www.beleneduca.cl/colegios/colegio_SAH.php
    • Colegios Padre Hurtado y Juanita de Los Andes, Las Condes
    Ubicado en Francisco Bulnes Correa 3000. Las Condes, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile. http://www.cph-cja.cl
    • Escuela Padre Hurtado, Puente Alto
    Ubicada en Mahuidanche Nº1846, Villa Padre Hurtado. Puente Alto, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Escuela Padre Hurtado, Renca
    Ubicada en Av. José Miguel Infante 7401. Renca, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Instituto Educacional Padre Alberto Hurtado, Huechuraba
    Ubicado en Calle Rep. de Sto. Domingo 383. Huechuraba, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile. [Directora: Sra. Claudia Uribe f: 226257563].
    • Instituto San Alberto Hurtado, Buin
    Ubicado en Las Palmas 41, Buin (ex Camino Buin Maipo 1325 A-2). Buin, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile
    • Liceo Alberto Hurtado, Quinta Normal
    Ubicado en Blanco Garcés 450. Quinta Normal, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Parvulario Municipal Beato Padre Alberto Hurtado, Lo Barnechea
    Ubicado en Cuatro Vientos 13797. Lo Barnechea, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.

Servicio o ayuda

  • Biblioteca Padre Hurtado, Renca
    Ubicada en la calle Mar Brava N° 1206. Renca, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Centro Comunitario Padre Alberto Hurtado, Renca
    Ubicado en Calle Cruz Grande N° 949. Renca, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Centro Comunitario Padre Hurtado, Las Condes
    Acoge a los vecinos de los sectores más populares de Las Condes. Las Condes, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Club adulto mayor Padre Hurtado, Huechuraba
    Ubicado en la Población Patria Nueva. Huechuraba, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile [Sesiona todos los días viernes a las 15:30 en Jacarandá n°599, Población Patria Nueva. Presidenta: Sra. Teresa Vicencio.]
    • Comedor Padre Hurtado, Peñalolén
    Ubicado en Nueva Vida 2150, Esperanza Andina. Peñalolén, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Hospital Padre Hurtado, San Ramón
    Ubicado en Esperanza 2150 San Ramón, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile. http://www.hurtadohosp.cl/
    • Red de Adultos Mayores Alberto Hurtado, Renca
    Ubicado en calle Atahualpa 3605. Renca, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile.
    • Villa de Ancianos Padre Hurtado, Pedro Aguirre Cerda
    Ubicada en calle Vecinal 2603. Pedro Aguirre Cerda, Región Metropolitana de Santiago de Chile, Chile. http://www.villapadrehurtado.cl

 

Leer más

La mística social del Padre Hurtado

Esta investigación que se presenta con carácter de ensayo, pretende dar a conocer la espiritualidad de San Alberto Hurtado, bajo el aspecto de su “mística social”. La espiritualidad del P. Hurtado es la espiritualidad ignaciana. Aquí no se hace referencia a esta, sino a la expresión social suya que caracteriza al santo chileno.

En una primera parte, aclaramos cómo es posible hablar de una mística cristiana, lo que despeja el camino a concebir una “mística social”. A continuación, se dan a conocer los fundamentos teológicos de la “mística social” del P. Hurtado. Y, por último, se la describe en sus trazos más significativos.

  1. La mística cristiana

a) De la mística a la mística cristiana

El término “mística” proviene de la voz griega mýo que significa: cerrarse; estar cerrado / cerrar los ojos; callar / ser insensible; indiferente / cerrar [1]. La “mística” alude a la obligación que recaía sobre los “iniciados” en los misterios (mystés) de guardar silencio, cerrar los labios, sobre lo que en los ritos de iniciación les había sido revelado. Los “misterios” (mystérion), como el de Eleusis, conducían a la contemplación de las verdades superiores -actividad teórica antes que práctica-, permitiendo al alma ascender a la Vida Divina y Libre, con la que el alma estaba emparentada y de la cual, por alguna razón, había decaído al mundo material y en éste se hallaba aprisionada. La religión griega de misterios se proponía como una conquista de liberación, conseguida por esta iniciación cumplida en etapas jerárquicamente organizadas, que iban de la purificación a la participación en el gozo de la felicidad celeste. De modo semejante, también la filosofía y la misma educación griega (paideía) fueron concebidas como una actividad “mística”. Prácticamente todos los filósofos fueron iniciados en los misterios. Platón llevó al extremo el desarrollo de la una filosofía que debía salvar su propia civilización, mediante una auténtica mistagoría del alma en la dialéctica de ocultamiento y revelación de las ideas divinas y verdaderas, de las cuales este mundo no tenía más que una pálida sombre. En el caso de Platón y de tantos otros filósofos griegos, el misterio de Dios nada tenía que ver con el de un creador del mundo, pues la materia era considerada el principio del mal y la perfección del Dios griego se vinculaba a una Bondad y Belleza inmateriales e intelectivas. No extraña, en consecuencia, que para los estoicos y epicúreos las mayores virtudes fueran respectivamente la apatía y la ataraxia.

El término “mística” es griego, pero la experiencia a la que alude, no obstante las grandes diferencias que han de establecerse, es bastante universal. En todas las religiones se dan experiencias místicas. Por esta razón, el concepto de “mística” ha llegado a ser polisemántico. En el Nuevo Testamento, tienen carácter místico el bautismo en Cristo de San Pablo y la visión de Cristo como el enviado del Padre de San Juan. Aquello que en definitiva permite reconocer si una experiencia mística es cristiana o no, es el modo mismo de la Revelación de Dios. Dietmar Mieth afirma que la inmediatez de la experiencia de Dios que la mística reclama, depende en el cristianismo de “un Dios que se da El mismo y que tiene, en relación al hombre, una proximidad más grande que la que el hombre puede tener de sí mismo” [2] . En otras palabras, los criterios para discernir en la ambigüedad de la experiencia mística sus notas más auténticas no son capricho humano, sino que provienen de lo alto, han sido revelados. Lo que tipifica a la mística cristiana no es la forma, sino el contenido: la experiencia de Dios en Cristo. El resto es secundario [3]. En última instancia, Jesucristo es el Mystérion (sacramento) de Dios, un Dios que, a diferencia de la divinidad griega, ha creado y redimido el mundo por amor. En consecuencia, en el cristianismo poco importa la intensidad o magnificencia de las visiones extáticas: la mística cristiana se traduce en un cambio de vida, en una conversión [4].

A nuestro parecer, lo que distingue a la mística cristiana es ser participación en el amor de Dios. Dicho de otra forma, lo típico del cristianismo es amar a Dios amando lo que Dios ama: a su Hijo y, en Él, la creación por cuya salvación su Hijo se encarnó y dio su vida. Porque en el cristianismo la unión del hombre con Dios se cumple en la unión de Dios con el hombre Jesucristo, la mística cristiana verifica en la historia el destino soteriológico del Hijo de Dios; de la vida del Hijo deriva su virtud, su modalidad y su orientación. El místico cristiano se nutre de Jesucristo desde su Encarnación, por la cual el hombre y el mundo son asumidos, hasta el Misterio Pascual, principio escatológico de juicio, purificación y reconciliación de toda la creación con el Creador. En consecuencia, hay experiencia mística cristiana allí donde hay rechazo del mundo como pecado y amor del mundo como creatura de Dios; donde liberarse del mundo consiste en salvar el mundo, y no en desentenderse de él. Por esto, el mundo no es un estorbo para la unión con Dios: es una mediación positiva y obligada. Al contrario, constituye pecado precisamente pretender una unión con Dios, al margen de la historia, huyendo de la vida. Así se entiende que nada exprese mejor la mística cristiana que la indisolubilidad del amor a Dios y al prójimo, más aún si es enemigo. Conoce a Dios el que ama lo que Dios ama: a Jesucristo y, en Él, la creación y al hombre, inocente o pecador.

Teológicamente, el cristianismo asume el término griego “mística”, pero modifica el concepto: una experiencia de Dios diversa podrá ser mística, pero no cristiana. Históricamente, sin embargo, de hecho, por mucho tiempo y con perjuicio de su originalidad, el cristianismo ha tomado prestado del helenismo el término y el concepto. Hasta nuestros días hemos de lamentar una desviación de la mística cristiana, que no podemos analizar aquí con detención, pero que es necesario delinear en sus trazos más significativos.

En sus inicios, el cristianismo -tanto para defenderse como para anunciar positivamente el Evangelio-, tuvo que enfrentarse a la cultura helénica y al Imperio romano. En esta lucha, venció y fue vencido. A partir de la conversión del Emperador (año 314), la búsqueda de la unidad teológica de la nueva religión y de la unidad política del Imperio, convinieron a la Iglesia y al Imperio. Pero el precio pagado fue alto. La nueva religión oficial avaló el mismo abuso de la fuerza (contra judíos, paganos y herejes) que con tanta crueldad ella había debido padecer. La Iglesia entregó la edificación del Reino de Dios al “décimotercero de los apóstoles”, Constantino, reservándose para sí la tarea espiritual de la salvación eterna de las almas [5]. Si el helenismo platónico subyacente a la cultura de la época indujo a semejante reducción de la salvación cristiana, esta misma influencia pudo inspirar soterráneamente a que las fuerzas más vivas del cristianismo dieran un paso heroico, pero errático, éste fue, haber traducido el rechazo del pecado del mundo de raigambre bíblica en una fabulosa fuga mundi sociológica. Así se inició la vida eremítica, el monacato y el cristianismo puramente contemplativo. Los cristianos más ardorosos partieron al desierto y al cenobio, espiritualizaron la profecía y el martirio, y restablecieron, en un contexto artificial, el combate con un mundo que partió tras de ellos como su sombra. En este combate, con este mundo abstracto y raro, se elaboró una noción de espiritualidad cristiana predominante por siglos e influyente hasta nuestros días.

Esto no obstante, desde los primeros tiempos hasta ahora, la Iglesia ha trasmitido fielmente el Evangelio toda vez que ha experimentado y ha promovido la salus carnis, el amor a la creación y la caridad con los pobres. Vale la pena recordar a padres y santos como Ireneo de Lyon, Juan Crisóstomo, León Magno, Hilario de Poitiers, Francisco de Asís, Domingo de Guzmán, Tomás de Aquino, Pedro Nolasco, Juan de Dios y sus hospitalarios, Francisco de Sales, Vicente de Paul, Juan Bosco y Damián de Veuster. La madre Teresa representa en nuestra época a tantísimas mujeres consagradas a Cristo en el servicio de los pobres. Recientemente, la Doctrina Social de los papas del último siglo y el Concilio Vaticano II entroncan con esta tradición. Una Iglesia que goza de mayor libertad política, pero no por esta razón, revalora el mundo como creación de Dios, dialoga con él en vez de condenarlo a priori y otra vez propone la santidad como vocación común de todos los fieles, y no más como don exclusivo de alguna casta, estado o clase social particular.

Tal vez todavía en ciertos ambientes eclesiales sea un contrasentido hablar de una “mística social”, como si esta expresión remitiera a realidades excluyentes entre sí. La más auténtica Tradición de la Iglesia nos lleva a plantear la cuestión en términos inversos: ¿es posible una mística cristiana que no sea social? ¿Puede la espiritualidad hacer vista gorda de la miseria de la inmensa mayoría de la humanidad y oídos sordos a su clamor de justicia, para mejor concentrarse en la oración y contemplar los misterios divinos?

No para Alberto Hurtado. Para él, el abandono de los pobres y la urgencia de edificar una sociedad justa no son una distracción a su oración, sino que constituyen el contenido preciso de su experiencia íntima de Dios en Cristo. No hay dos padres Hurtado, el que rezaba y el que se ocupaba de los pobres. Hay uno solo: el jesuita “contemplativo en la acción”, que alaba a Dios con su colaboración en la misma misión de Jesucristo, a la que ha sido llamado, no obstante sus limitaciones y pecados.

La mística cristiana admite innumerables versiones, pero, en cuanto todas dependen de Cristo, el amor de Cristo por el mundo no puede ser en ellas un aspecto ausente o secundario. En tanto la mística cristiana verdadera se caracteriza por procurar que toda la creación sea transfigurada por Dios, la mística del P. Hurtado es social, porque es cristiana.

b) La vocación social de Alberto Hurtado

El Padre Álvaro Lavín, habiendo sido Superior religioso de Alberto Hurtado y su gran amigo, distingue en su vocación a la Compañía de Jesús una vocación particular:

“Todos los que estuvieron más cerca de él, lo acompañaron y mejor lo conocieron en su breve, pero intenso apostolado, están de acuerdo en afirmar que esta vocación especial fue la social”[6].

Mons. Larraín, otro amigo suyo íntimo, en la oración que le tocó elevar el día de su funeral afirmaba: “Y he dejado para el último lo que caracteriza su vida: su honda y trascendente misión social” [7].

Alberto Hurtado fue conocido por la multiplicidad de actividades a las cuales dedicó su vida, pero el apostolado social fue, entre todas, su inquietud más acendrada. Como joven supo traducir su adhesión a la naciente Doctrina Social de la Iglesia en acciones concretas de solidaridad en los conventillos de Santiago. Terminó su carrera de Leyes con sendos estudios en cuestiones sociales [8]. Siendo estudiante jesuita cultivó la amistad con los PP. Vives y Fernández Pradel, formándose según esta inspiración de cara a los grandes problemas sociales de su siglo. De vuelta a Chile como sacerdote, estimuló por doquier la sensibilidad social, fundó el Hogar de Cristo, la revista Mensaje y la Acción Sindical Chilena [9]. Tres de sus principales publicaciones tratan el tema [10]. En plena adultez, deseó ardientemente dedicar un período de su vida a trabajar como sacerdote obrero [11].

A modo de precisión, en esta investigación se entiende por “mística social” tanto la caridad directa de Alberto Hurtado con los pobres, como sobre todo su búsqueda de un Orden Social Cristiano, mediante la conversión a Cristo y la reforma de la sociedad en sus estructuras injustas generadoras de miseria. En este sentido, el Padre Hurtado es un “místico social”. El mismo promueve lo que llama “una mística del sentido social” [12]. Esta es la novedad que él y una pléyade de hombres espirituales, introdujeron en el Chile de su época [13]. Por esto se distinguió y por esto fue resistido.

  1. Fundamentos teológicos de la “mística social” de Alberto Hurtado

El Padre Hurtado fue un hombre de acción, más que un teólogo. Los fundamentos teológicos de su “mística social” es preciso rastrearlos en los testimonios acerca de él, su vida y sus escritos. Aquí nos limitamos a sus escritos. En ellos recuperamos su experiencia íntima de Dios y la teología que la provoca o que de ella proviene [14].

a) Dios en Cristo

Bien podría decirse que la del P. Hurtado es mística de la obediencia. Como hijo de Ignacio de Loyola, él busca a Dios en todo, lejos incluso de lo religioso estricto. Más precisamente, busca la voluntad de Dios [15]. Si la adoración de Dios es la más alta de las actividades, él destaca que la mayor de las alabanzas es hacer la voluntad de Dios.

¿Cómo saber cuál es esa voluntad? ¿Cómo no extraviarse? La respuesta es Cristo: “Aquí está la clave: crecer en Cristo… Viviendo la vida de Cristo, imitando a Cristo, siendo como Cristo”[16].

A propósito de su enseñanza de Cristo, llama la atención que en una época en que se predica predominantemente al Cristo paciente -de lo cual se sigue que los pobres no deben rebelarse ante el sufrimiento, que deben resignarse-, el Padre Hurtado anuncia al Cristo del Reino y de la acción [17]. Por otra parte, insistirá -contra una catequesis teorizante- que el conocimiento de los muchos misterios de la vida del Señor debe internalizarse, hasta constituir un saber de primera mano, personal de Jesucristo [18]. En conclusión y brevemente, alaba a Dios el que sigue a Jesucristo.

b) Cristo y el prójimo

Al centro de la vida cristiana, Alberto Hurtado pone el “amor al prójimo”. Seguimos a continuación Humanismo Social, donde desarrolla con extensión el fundamento cristológico de este precepto evangélico.

1.La enseñanza de Jesús

Jesús enseñó el amor al prójimo como un buen samaritano, practicándolo con hechos de caridad, acogiendo nuestros dolores, sanando, multiplicando los panes, haciendo el bien material. Proclamó que este amor es inseparable del mandamiento de amor a Dios, de modo que queda al descubierto la falsedad del que pretende amar a Dios sin amar al hermano (1 Jn 4, 20). Jesús definió este amor como “desear para el otro lo que yo deseo para mí” [19]. Esta caridad, que constituye “la esencia misma del dogma cristiano”, es la primera de las obligaciones morales [20].

Muy antes de la Conferencia Episcopal de Puebla, el P. Hurtado destaca que Jesús anunció el Evangelio preferencialmente a los pobres [21]. Recuerda que Cristo advirtió que pobres habría siempre, como desafío perenne a la justicia y caridad, no como razón para su sometimiento. Por el contrario, trae a la memoria la severidad de Jesús contra los ricos. A ellos se aplica la “pobreza en espíritu”, en la medida que sean generosos. Pero lamenta: “¡Cuántas riquezas amasadas con la sangre de los trabajadores…!” [22].

El P. Hurtado, sin embargo, desvirtúa la ilusión de un cristianismo inspirado en la pura actividad filantrópica de Jesús. La acción redentora de Cristo es perfeccionada en su pasión. Sólo de ésta es posible esperar la superación completa del mal del mundo.

2. El influjo de Cristo

La acción redentora de Cristo se prolonga por los cristianos en el mundo. Cristo es el arquitecto de la nueva ciudad cristiana. Él es la razón última de la ley de la caridad y de la gracia para cumplirla [23].

Alberto Hurtado recuerda que la unidad del amor a Dios y a los hombres ha sido una constante en la práctica y la enseñanza de la Iglesia. Desde Pedro, todos los Papas, “no hay uno que haya dejado de recordarnos el mandamiento del Maestro, el mandamiento nuevo del amor de los unos a los otros como Cristo nos ha amado” [24]. Muchos han sido los santos que han dado testimonio de esta caridad. Últimamente, la Juventud Obrera Católica ha seguido el ejemplo de Jesús y promete “devolver a Cristo a la clase obrera” [25].

El amor de los cristianos ha de ser universal como el deseo de Cristo. Por el amor juzgarán al cristianismo nuestros contemporáneos. Este amor habrá de ser, ante todo, amor de caridad, que es “don de sí al prójimo por amor a Cristo”[26].

3. La doctrina del Cuerpo Místico de Cristo

La mística del P. Hurtado proviene del Cristo del Nuevo Testamento también cuando depende de la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, que orienta permanentemente su concepción cristiana de las relaciones sociales [27]. Esta doctrina asegura la solidaridad en la salvación de todos los hombres por su pertenencia al Cuerpo de Cristo. En virtud de ella, el P. Hurtado ve a Cristo incluso más allá de las fronteras visibles de la Iglesia, en los hombres que han sido llamados a formar parte suya [28]. La unión de todos los hombres en Cristo constituye el núcleo de la revelación [29].

Esta unión de todos en Cristo, sin embargo, es de carácter decisivo. Implica el juicio de Cristo sobre la historia humana (cf. Mt 25, 31-46), y acontece en nuestra historia en la medida que reconocemos al mismo Cristo en los últimos, los más desvalidos de los hombres [30].

En fin, Alberto Hurtado asocia la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo con el dogma de la Comunión de los Santos, para asegurar que “todos los hombres somos solidarios” [31] , no sólo en la participación de los bienes sobrenaturales, sino en la “disposición a hacer todos los sacrificios que el bien de los demás exija” [32].

  1. La “mística social” del Padre Hurtado

La “mística social” del P. Hurtado apunta a la transformación de la sociedad en su conjunto, como expresión de amor a Cristo-prójimo. Por esta razón, la lucha por estructuras sociales justas que Alberto Hurtado urge una y otra vez, en ningún caso podría realizarse en perjuicio de personas concretas, como sucede con los totalitarismos que él critica, y de modo alguno posterga el deber de caridad inmediata con los más necesitados, que él simultáneamente promueve.

Distinguimos, por esto, dos aspectos en la “mística social” del P. Hurtado: la “mística del prójimo” y la “utopía social”; dos aspectos que se exigen recíprocamente.

a) La “mística del prójimo”

Todo místico cristiano halla a Dios en Cristo y a Cristo en el prójimo. A Alberto Hurtado, es el amor a Dios en Cristo lo que lo lleva a hacerse cargo del prójimo. En otras palabras, para él lo ético no se da fuera de lo espiritual. Por el contrario, podemos decir que el compromiso ético-activo, que podemos llamar el “ser Cristo para el prójimo” son dos aspectos de una sola experiencia en la que lo ético, por una parte, depende de lo contemplativo y, por otra, lo manifiesta.

1.Ver a Cristo en el prójimo

Si Alberto Hurtado encuentra a Dios en Cristo, en el prójimo encuentra a Cristo. La razón última del amor al prójimo es que “el prójimo es Cristo”. Siendo novicio jesuita se propone “…servir a todos como si fueran otros Cristos” [33] ; aun como estudiante, determina fijarse en las virtudes de sus compañeros en cuyos pechos ve al Sagrado Corazón “obrando por ellos, viviendo y reinando en su interior, sirviéndome, amándome, probándome por ellos” [34]. Ofender al prójimo le parece una blasfemia.

No se trata de ningún panteísmo. El prójimo representa a Cristo, desde que Cristo mismo ha querido ser reconocido en él. El P. Hurtado asegura también la distancia infinita entre Cristo y nosotros [35] . Para él, Cristo vive en el prójimo, pero especialmente en el pobre:

“Tanto dolor que remediar: Cristo vaga por nuestras calles en la persona de tantos pobres dolientes, enfermos, desalojados de su mísero conventillo. Cristo, acurrucado bajo los puentes en la persona de tantos niños que no tienen a quién llamar padre, que carecen ha muchos años del beso de una madre sobre su frente. Bajo los mesones de las pérgolas en que venden flores, en medio de las hojas secas que caen de los árboles, allí tienen que acurrucarse tantos pobres en los cuales vive Jesús. ¡Cristo no tiene hogar!” [36].

A los miembros de la Fraternidad del Hogar de Cristo, les pide un voto de obediencia religiosa al Director, “pero sobre todo obediencia al pobre; sentir sus angustias como propias, no descansando mientras esté en nuestras manos ayudarlos. Desear el contacto con el pobre, sentir dolor de no ver a un pobre que representa para nosotros a Cristo” [37].

2. Ser Cristo para el prójimo

El aspecto activo, ético, de esta “mística del prójimo”, es distinguible pero no separable del aspecto contemplativo, ya que consiste en ser “cristo” para otros “cristos”. Para el P. Hurtado, el cristiano es “otro Cristo” [38]; pero no en el mero nombre y la exterioridad, sino por una gracia y convicción interior, poseyendo el criterio de Cristo. En otras palabras, ha de vivir según el Espíritu de Cristo y no de acuerdo a la mentalidad pagana, propia de la sociedad circundante; ha de cargar la cruz de Cristo, seguirlo en pobreza, a ejemplo del Cordero manso y humilde, inflexible en la verdad y abundante en benevolencia.

La regla de oro que de la vida religiosa y moral de los cristianos consiste en preguntarse, en toda circunstancia, “¿qué haría Cristo en mi lugar”?, y actuar en consecuencia, de acuerdo a las indicaciones creativas del Espíritu:

“…supuesta la gracia santificante, que mi actuación externa sea la de Cristo, no la que tuvo, sino la que tendría si estuviese en mi lugar. Hacer yo lo que pienso ante El, iluminado por su Espíritu que haría Cristo en mi lugar. Ante cada problema, ante los grandes de la tierra, ante los problemas políticos de nuestro tiempo, ante los pobres, ante sus dolores y miserias, ante la defección de colaboradores, ante la escasez de operarios, ante la insuficiencia de nuestras obras. ¿Qué haría Cristo si estuviese en mi lugar?… Y lo que yo entiendo que Cristo haría, eso hacer yo en el momento presente” [39].

Por todo esto, el P. Hurtado muestra verdadera indignación contra los malos católicos, “los más violentos agitadores sociales” [40]; esos cristianos “nominales” forman parte del mundo burgués: “… ese conjunto de máximas, de modos de vivir fáciles, muelles, en que el dinero y el placer son los ídolos…” [41]. Según él, este “paganismo con un manto social de cristianismo” es “una de las causas más profundas de la apostasía de las masas” [42] . Si “el gran pecado del mundo moderno fue no haber querido a un Cristo Social”, Alberto Hurtado alaba el propósito de la Juventud Obrera Católica de querer “abolir este pecado” [43].

Por el contrario, se duele de la clase media en tanto carece de los medios para educarse y llevar una vida moral adecuada [44]. Todavía más lamenta la situación moral de los que viven hacinados en la miseria:

“¿Podrá haber moralidad? ¿Qué no habrán visto esos niños habituados a esa comunidad absoluta desde tan temprano? ¿Qué moral puede haber en esa amalgama de personas extrañas que pasan la mayor parte del día juntos, estimulados a veces por el alcohol? Todas las más bajas y repugnantes miserias que pueden describirse son realidad, realidad viviente en nuestro mundo obrero. ¿Hasta dónde hay culpa? O mejor, ¿de quién es la culpa de esta horrible situación…?” [45] .

3. Compenetración de mística y ética

Alberto Hurtado establece una estrecha relación entre la mística y la ética, como requisito de una devoción cristiana auténtica. Él se empeña en romper un concepto de vida espiritual que reduce el examen de conciencia al cuidado de la pureza; el espacio religioso, a la capilla; y la piedad, a los sacramentos y a unas cuantas prácticas devotas:

“La verdadera devoción, por tanto, no consistirá solamente en buscar a Dios en el cielo o a Cristo en la Eucaristía, sino también en verlo y servirlo en la persona de cada uno de nuestros hermanos. ¿Cómo podríamos decir que ha comulgado sacramentalmente con sinceridad el cuerpo eucarístico de Cristo si después permanece duro, terco, cerrado frente al Cuerpo Místico de Jesús? ¿Cómo puede ser fiel a Jesús a cuyo sacrificio ha asistido en el templo quien al salir de él destroza la fama de Cristo encarnado en sus hermanos?”[46] .

Aún más, concibe incluso la posibilidad que los no cristianos lleguen a Cristo, por medio de la colaboración en la caridad con los cristianos, pues la verdad de Cristo se revela a los que la hacen [47] .

b) La utopía social

La “mística social” del P. Hurtado ansía cambiar las estructuras de la sociedad a partir de un cambio interior en los cristianos, y viceversa. Para él, todos los aspectos de la vida humana deben ser transfigurados por Cristo.

1.El Orden Social Cristiano

El concepto que mejor expresa su utopía cristiana es el de orden social cristiano [48]. Éste reproduce el Reino de Dios del Evangelio [49]. Como el Reino, ya está en gestación “entre sacudimientos y conflictos” [50].

El orden social existente, según el P. Hurtado, “tiene poco de cristiano” [51]. Es imperativo cambiarlo. “El orden social actual no responde al plan de la Providencia” [52] . No puede ser “orden” la conservación del statu quo; el “‘orden económico’ implica gravísimo desorden”[53].

Por el contrario, el Orden social cristiano, no se reduce al respeto por la Iglesia; en él, las instituciones y las leyes, el mismo Estado, se inspiran en el Evangelio [54].

Este orden no puede ser impuesto a la fuerza. Debe consistir en un “equilibrio interior que se realiza por el cumplimiento de la justicia y de la caridad” [55]. Estas son las dos virtudes fundamentales que estructuran la sociedad humana. El P. Hurtado combate la ilusión de quienes se vanaglorian de su benevolencia, saltándose las obligaciones de justicia. “La caridad verdadera comienza donde termina la justicia” [56]. Por ello, fustiga a quienes “están dispuestos a dar limosnas, pero no a pagar el salario justo” [57]. Es ésta una “combinación del servicio de Dios con el de mammona” [58], cuya consecuencia práctica es que “la injusticia causa enormemente más males que los que puede reparar la caridad” [59]. Pero, Alberto Hurtado también recuerda que “ha sido la caridad la que ha hecho progresar la justicia” [60]. Ambas se requieren y complementan [61].

El orden social cristiano, no obstante exigir del Estado y de los políticos la configuración de una sociedad justa, debe respetar el principio de subsidariedad, no puede asfixiar la iniciativa de los cuerpos sociales intermedios. Tampoco puede ser meramente asistencialista. Los asalariados son responsables de su propia redención social. El P. Hurtado supedita la construcción del orden social principalmente a la acción sindical.

La construcción de este orden exige como condición la reforma espiritual de acuerdo al modelo de Cristo [62]. Pero, por otra parte, la misma santificación no tendrá lugar a menos que se efectúe “una profunda reforma social” [63]. Dirá también:

“Esta reforma (de estructuras) es uno de los problemas más importantes de nuestro tiempo. Sin ella la reforma de conciencia que es el problema más importante es imposible” [64].

En conclusión, Alberto Hurtado exige avanzar simultáneamente con el cambio del corazón y el cambio de las estructuras, ya que recíprocamente uno es condición del otro.

2. Cristianismo integral

Hay otra expresión que el P. Hurtado utiliza para designar su utopía social. Esta es, la de “cristianismo integral”: la necesidad de una fe en Cristo manifestada en todos los aspectos de la vida, no sólo en ocasiones religiosas [65]; pero tampoco en un mero cambio de estructuras[66].

Es imposible ser exhaustivo para enumerar el cúmulo de áreas y ángulos de la vida humana, que el P. Hurtado quiere evangelizar en una perspectiva social. Baste recordar su preocupación por la educación, la alimentación, la salud, la vivienda, el trabajo, la empresa, los salarios, la familia, la propiedad, las clases sociales. Es notable verlo hacer una lectura de la historia de Chile desde la perspectiva de los indios tratados como bestias. Critica a su propia Iglesia por la negligencia y culpa en la pérdida de los obreros. Está atento a lo nacional e internacional. De todos espera su contribución propia y responsable, de acuerdo a su oficio o profesión; los desafía a pasar a la acción (acción política, cívica, económica-social, intelectual, Acción Católica; acciones escondidas [67]). Así como ausculta los signos de los tiempos, se interesa por el gesto cristiano pequeño: urge ponerse en el punto de vista ajeno o alegrarle la vida a los demás.

Conclusión

La santidad tiene que ver más con Dios -que ama, purifica y transforma- que con los patrones teológico-espirituales en los cuales los santos se santifican. Pero así como las diversas religiones poseen distintas imágenes de Dios, así como dentro de la misma tradición cristiana estas diferencias son posibles y se dan, los patrones espirituales promueven experiencias de Dios más cercanas o más lejanas a Jesucristo, en beneficio o en perjuicio de los fieles. Una experiencia parcial de Jesucristo, basada en una imagen suya reductiva, lesiona al discípulo del mismo modo como una experiencia del Cristo total lo libera y plenifica en todas las dimensiones de su humanidad.

Distinguir la mística cristiana del origen griego del concepto “mística” y de su experiencia espiritual subyacente, ha sido necesario, porque, de lo contrario y paradójicamente, no se entiende que el Padre Hurtado sea un místico, siéndolo. De lo contrario, se dirá que el Padre Hurtado ha sido beatificado porque fue un hombre “espiritual”, no porque haya dedicado su vida a liberar a los pobres de la miseria; como si este aspecto de su vida fuera secundario, inesencial a su santidad. La enorme tradición de hombres y mujeres que se han santificado en la Iglesia por su amor a la creación y a los pobres, tradición que el Padre Hurtado continúa, no siempre ha contrarrestado la influencia platónica que merma soterráneamente a la espiritualidad cristiana, como desprecio de un mundo que Dios ha querido salvar. No es posible negar que haya habido santidad en la tradición monástica. La hubo y, tal vez, como en ninguna otra versión del cristianismo, integrando, en todo caso, la máxima de Jesús de la unidad del amor a Dios y a los hermanos. Pero la raíz de tal experiencia de Dios se dio en una fuga mundi que, a nuestro juicio, no fue cristiana en todos sus aspectos y que ha marcado hasta el día de hoy la espiritualidad, en desmedro de otras experiencias que reclaman el título de cristianas con no menor legitimidad.

La mística cristiana se especifica como una experiencia trinitaria de Dios. La fe trinitaria enseña que Dios-Padre ama al hombre y su creación al precio de su Hijo. Como consecuencia de la efusión del Espíritu después de la Pascua, el hombre ama a Dios con el amor con que Dios lo ha amado en Cristo; a saber, con el mismo Espíritu que en un principio obraba las maravillas de la creación y en los últimos días, por piedad con los pobres, actuó en María la Encarnación para reivindicar, primero, a las víctimas de la pobreza y, por ellas, a sus culpables. De aquí que los hombres sólo podamos amar a Dios amando al hombre Jesucristo y, en Él, a la creación entera y al prójimo en particular. La mística cristiana se distingue de otras místicas y las juzga, porque en ella el mundo y el prójimo sólo constituyen una distracción a la contemplación en tanto mueven a pecado. Pero, incluso en este caso, el místico cristiano no puede excluir de su oración la obligación de hacerse cargo de la redención del mundo. En el cristianismo mística y ética son distinguibles, pero no separables: el cristianismo es amor responsable por la creación entera, como respuesta amorosa al amor creador y liberador de Dios manifestado en Cristo.

Alberto Hurtado es un místico cristiano. Su “mística social” es una hebra de su espiritualidad, la espiritualidad ignaciana, su hebra más poderosa. En este trabajo hemos aislado este aspecto espiritual suyo para conocer mejor el cristianismo que lo distinguió y por el cual fue repudiado. La intimidad de su relación con Dios ya entonces era inefable y hoy sólo es recuperable en los testimonios de lo que constituyó la voluntad de Dios para su vida: la edificación de una orden social más justo y caritativo, como expresión de amor a un Cristo que él contempla en el pobre y en el pobre que él quiere servir. Entendemos que parte importante de la enemistad que el Padre Hurtado padeció tuvo que ver directamente con el “espiritualismo desencarnado”, que socava la fe cristiana desde sus orígenes. Pero su “mística social”, ya como expresión de una experiencia espiritual más amplia (la de Ignacio de Loyola y la suya propia), es sólo una versión de una mística cristiana que, a lo largo de la historia de la Iglesia, se ha expresado en muchas formas distintas y que esperamos verifique todavía innumerables maneras de amar a Dios en Cristo.

Citas

[1] Florencio I. Sebastián Yarza Diccionario Griego-Español, Barcelona, 1954, p. 921.

[2] Dictionnaire de Théologie, o.c., p. 449.

[3] “Sin duda hay numerosas similitudes de estructura entre las místicas de las diferentes religiones, pero, en el cristianismo, el contenido tiene preeminencia sobre la forma” (o.c., p. 445).

[4] Según Giovanni Moioli, para el Nuevo Testamento el cristiano “no tiene el problema de ser místico, sino el de llevar una existencia que ‘conozca’ al Dios de la alianza realizada en Cristo Jesús y que manifieste o demuestre qué es ese ‘conocimiento’” (cf., “Mística cristiana”, en Nuevo Diccionario de Espiritualidad, Ed. Paulinas, Madrid, 1983, p. 937).

[5] J. Moltmann, El camino de Jesucristo, Salamanca, 1993, p. 85.

[6] A. Lavín, La vocación social del Padre Alberto Hurtado SJ, Santiago, 1979, p. 9.

[7] Mensaje, Ed. especial, agosto 1992 (corregida y aumentada), p. 133.

[8] Se graduó de Bachiller en Leyes y Ciencias Políticas con la memoria titulada “La reglamentación del trabajo de los niños” y se tituló con la memoria sobre “El trabajo a domicilio” (Cf., T. Aldunate, S. Valdés, Alberto Hurtado Cruchaga S.J. Un abogado santo para Chile, Facultad de Derecho, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, 1993, pp. 76 y 88).

[9] De la que diría: “es el más difícil y talvez el más importante de todos los trabajos” que su Provincial le encargó (A. Lavín, o.c., p. 71).

[10] El Orden Social Cristiano (1947), Humanismo Social (1947), Sindicalismo (1950).

[11] A. Lavín, o.c., pp. 53, 121ss.

[12] Humanismo Social, Editorial Salesiana, Santiago, 1984, p. 118. El uso de la palabra “mística” en esta obra se aplica también a la Doctrina del Cuerpo Místico de Cristo (7 veces), doctrina que inspira el sentido de la solidaridad entre los hombres; a la “mística del trabajo y del respeto a la persona del trabajador”, creada por el comunismo, el nacismo, el fascismo y los movimientos de acción católica obrera; a una “mística del trabajo escolar, manual, profesional”, que incorpore el sentido social en cada trabajo; a “la gran mística española”, Santa Teresa de Jesús, para recordarnos que en el cristianismo amor a Dios y al prójimo son una sola cosa, que la prueba del amor a Dios es el amor al prójimo, que el amor de Dios por nosotros crecerá en la medida que amemos al prójimo. (pp. 101, 103, 24).

[13] Cf., Marciano Barrios, La espiritualidad en tiempos del Padre Hurtado 1931-1961, U.C. Blas Cañas, 1995, pp. 86.

[14] Cf., J. Costadoat S.J., “El talante social de la espiritualidad del P. Hurtado”, Persona y Sociedad, V. III, nº 3, 1994, 120-146; Cuadernos de Espiritualidad, nº 93, 1995.

[15] “¡Deus Optimus Maximus! La Grandeza inmensa de Dios dominando los mundos todos, los hombres, mi vida, y tratando de tener los oídos abiertos para conocer su Santísima Voluntad, norma de toda mi vida. Para el sacerdote, lo mismo que para el seglar, esta voluntad divina es la suprema realidad” (Archivo del Padre Hurtado, 52,12,5).

[16] A. Lavín, Espiritualidad del Padre Hurtado S.J., Santiago, 1977, p. 24.

[17] El mismo P. Hurtado resume en carta al padre Raúl Silva Silva, las críticas que se le hicieran en una visita al Seminario de Santiago: “La exaltación de Cristo Jefe, Cristo Rey en lugar del Cristo Paciente y humilde constituye un peligro para los jóvenes, pues, infiltra en sus almas el orgullo y desvirtúa la esencia del cristianismo que está en la Redención dolorosa…” (Archivo…, 68,18,1-2).

[18] Cf., Puntos de Educación, en Obras Completas, Ed. Dolmen, Tomo I, p. 449, Santiago, 1994.

[19] Humanismo Social, o.c., p. 31.

[20] Cf., o.c., p. 25.

[21] Cf., o.c., p. 67.

[22]Cf., o.c., p. 125.

[23] “La ley de la caridad no es para nosotros una ley muerta, tiene un modelo vivo que nos dio ejemplos de ella desde el primer acto de su existencia hasta su muerte y continúa dándonos pruebas de su amor en su vida gloriosa: ese es Jesucristo” (o.c., p. 30).

[24] O.c., p. 23.

[25] O.c., p. 113; cf., 90.

[26] O.c., p. 29.

[27] La encíclica de Pío XII lo ha impresionado. También ha conocido esta doctrina por K. Adam (cf. o.c., pp. 23, 27, 179).

[28] “Al buscar a Cristo es menester buscarlo completo. El ha venido a ser la cabeza de un cuerpo, el Cuerpo Místico cuyos miembros somos o estamos llamados a serlo nosotros los hombres, sin limitación alguna de razas, cualidades naturales, fortuna, simpatías… Basta ser hombre para poder ser miembro del Cuerpo Místico de Cristo, esto es para poder ser Cristo. El que acepta la encarnación la ha de aceptar con todas sus consecuencias y extender su don no sólo a Jesucristo sino también a su Cuerpo Místico” (o.c., p. 26).

[29] “El núcleo fundamental de la revelación de Jesús, ‘la buena nueva’, es pues nuestra unión, la de los hombres todos con Cristo. Luego no amar a los que pertenecen, o pueden pertenecer a Cristo, por la gracia, es no aceptar y no amar al propio Cristo” (o.c., pp. 26-27).

[30] “Cristo se ha hecho nuestro prójimo, o mejor nuestro prójimo es Cristo que se presenta a nosotros bajo una u otra forma; preso en los encarcelados, herido en un hospital, mendigo en las calles, durmiendo con la forma de un pobre bajo los puentes de un río. Por la fe debemos ver en los pobres a Cristo y si no lo vemos es porque nuestra fe es tibia y nuestro amor imperfecto” (o.c., p. 27; cf., 21). Más adelante: “El Hijo de Dios al descender del cielo a la tierra se hizo como uno de los obreros, más semejante en sus condiciones de vida a ellos que a mí. Quien a los pobres desprecia, a Cristo desprecia” (o.c., p. 70).

[31] O.c., p. 27.

[32] O.c., p. 70. [33] Archivo, o.c., 12,3,27.

[34] O.c., 18,2,3.

[35] Cf., A. Lavín, La espiritualidad del P. Hurtado, Santiago, ed. 1977, p. 29.

[36] Archivo, o.c., p. 9,7,1-2.

[37] O.c., 64,62,3. Al momento de su muerte, dice: “Al partir, volviendo a mi Padre Dios, me permito confiarles un último anhelo: el que se trabaje por crear un clima de verdadero amor y respeto al pobre, porque el pobre es Cristo” (Positio super virtutibus, p. 338).

[38] Cf., Humanismo Social, o.c., p. 84.

[39] Lavín, o.c., 24-25; cf., J. Costadoat, o.c., 129-131.

[40] Humanismo Social, o.c., p. 68.

[41] O.c., p. 65; cf., 87.

[42] O.c., p. 65.

[43] O.c., p. 113.

[44] “Estas condiciones, por distintos motivos, no son menos favorables en la clase media, que encuentra dificultades enormes para poder recibir una educación cristiana y para llevar una vida conforme a la moral de Cristo, dada la insuficiencia de sus recursos económicos. ¿Cómo tener los hijos que Dios quiera enviar, cómo pagar un colegio católico, cuando no hay los medios suficientes para afrontar esos gastos en conformidad a un mediano estándar de vida en el que quieren mantenerse?” (o.c., p. 89).

[45] O.c., p. 51.

[46] O.c., p. 28.

[47] “En estas obras trabajan abnegadamente los católicos y colaboran fraternalmente con personas de ‘buena voluntad’; este trabajo en común ha de servir para acortar distancias, para unir en la práctica de la caridad y, para muchos, ha de ser el camino para Cristo. El que hace la verdad llega a la luz”. Dirá aún: “Una sociedad que se ha ido alejando de su Dios, porque no ha visto en la moral de sus fieles la divina irradiación de su fe, volverá a Cristo por el esplendor de la caridad” (o.c., p. 183).

[48] El concepto lo extrae de la Doctrina Social de la Iglesia y lo aplica especialmente al mundo sindical. Con este nombre titula su compilación de documentos magisteriales: El Orden Social Cristiano. En los documentos de la Jerarquía Católica, Dos tomos, Ed. Club de lectores, Santiago, 1947.

[49] Cf., Humanismo Social, o.c., pp. 177-178.

[50] Cf., Sindicalismo, Editorial del Pacífico S.A., Santiago de Chile, 1950, p. 9.

[51] Humanismo Social, o.c., p. 83.

[52]O.c., p. 89.

[53] Sindicalismo, o.c., p. 40.

[54] “Hemos de desear un orden social cristiano. Este supone el respeto a la Iglesia, a su misión de santificar, enseñar, de dirigir a sus fieles, y supone también algo tan importante como esto: que el espíritu del Evangelio penetre en las instituciones, y que las leyes se inspiren en la justicia social y sean animadas por la caridad. Un Estado es cristiano no sólo cuando establece el nombre de Dios en sus juramentos, sino cuando el sentido del Evangelio domina su espíritu” (Humanismo Social, o.c., p. 181).

[55] O.c., p. 83.

[56] A. Lavín, La vocación social, o.c., p. 19; Humanismo Social, p. 94.

[57] A. Lavín, o.c., p. 19.

[58] Humanismo Social, o.c., p. 94.

[59] O.c., p. 94.

[60] A. Lavín, o.c., p. 22.

[61] “Los que no comprenden el espíritu cristiano desconocen el valor de la caridad y todo lo reducen a la práctica de la justicia. Un cristiano sabe que la justicia sin caridad es insuficiente, ‘pues nunca podrá unir los corazones y enlazar los ánimos’ (Q.A. 56, esc. 178). Pero la caridad nunca será verdadera caridad si no tiene en cuenta la justicia” (A. Lavín, o.c., p. 21).

[62] Cf., Humanismo Social, o.c., p. 179.

[63] O.c., p. 89.

[64] A. Lavín, o.c., 100. La cita continúa con una ejemplo que estremece: “Una sociedad que no hace un sitio a la familia es inmoral. Predicamos a los esposos: tened hijos, pero en realidad deben ser heroicos para poder tenerlos. Hay un problema moral social que es más grave que el problema de moral individual: La vida debe estar organizada en tal forma que los niños puedan llegar; debe haber habitaciones, salarios, higiene, seguridad social tal que los niños puedan…”.

[65] Como primera tarea de la Acción Católica, afirma: “Inculcar a sus militantes el ideal de una vida integralmente cristiana que se viva no sólo en el templo, sino también en el baile, en la playa, en el costo de los trajes, en todos los pormenores de la vida” (Humanismo Social, o.c., p. 154).

[66] “Los escándalos sociales no se corregirán con leyes, que son burladas tan pronto han sido dictadas, sino con una purificación de la conciencia y una elevación del hombre a la vida cristiana en sentido integral” (o.c., p. 71).

[67] Cf., o.c., p. 177ss.

Leer más

El talante social en la espiritualidad del Padre Hurtado

Artículo escrito por Jorge Costadoat S.J. Publicado en Persona y Sociedad, nº 3 (1994) 120-146; y en Cuadernos de Espiritualidad, nº 93, 1995.

La vocación social del Padre Hurtado tipifica su modo de vivir y de concebir la misma espiritualidad que él comparte con los jesuitas desde San Ignacio hasta nuestros días. Por una parte el talante social de la espiritualidad del Padre Hurtado es expresión de la espiritualidad ignaciana pero, dada su raigambre evangélica y en la medida que es acento original suyo, Alberto Hurtado hace también avanzar la tradición ignaciana.

Preámbulo

Creemos que el Bienaventurado Alberto Hurtado es un santo de nuestra época, y así esperamos que un día lo reconozca la Iglesia Jerárquica. Santo, en el sentido fuerte de la palabra: al modo como Cristo fue santo y del modo como Cristo lo santificó. Pero, además, porque pensamos que su santidad es indisociable de la época en que vivió y esto tiene directamente que ver con una santidad auténticamente cristiana que se inscribe en el dinamismo de la Encarnación del Hijo de Dios en un tiempo y lugar determinado de la historia, en vista a la salvación de los hombres. Su manera original de concebir el cristianismo como amor a Dios y a los hombres que transforma la vida humana y social en su integridad no es, pues, adjetivo, sino esencial a su santidad. Cuando el Cristo total es el analogatum princeps de la santidad -y no una idea abstracta e individualista de ella-, la solicitud del Padre Hurtado por los pobres en una época en que la miseria amenaza a inmensos sectores de la humanidad no hace del Padre Hurtado menos santo, sino más santo.

El estudio de la espiritualidad de un hombre es complejo, más todavía tratándose de un hombre tan completo. En definitiva, sólo Dios conoce el “espíritu” de Alberto Hurtado. A esto se añade el hecho que el autor de este estudio no ha conocido al Padre más que de oídas y por sus escritos. Pero, como dice el Señor, “por sus frutos los conoceréis” y, en otra ocasión: “en esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros”. La espiritualidad del Padre Hurtado es accesible a nosotros por el testimonio de sus obras y sus palabras. Es no obstante, una investigación a fondo de este tema queda pendiente. Este estudio se presenta con carácter de ensayo. Queremos sobre todo hacer ver dónde está la originalidad del místico Alberto Hurtado, destacando lo más sobresaliente de su experiencia de Dios. Muchos aspectos de su rica espiritualidad aparecerán como menos importantes, sin serlo, y algunos quedarán inevitablemente en el olvido.

  1. Presupuestos de su espiritualidad

1. La historia

Si nadie más que Dios puede dar razón del origen de la santidad de Alberto Hurtado, la historia que lo precede, su familia, su Iglesia, su país también son antecedentes próximos de su santidad porque el mismo Dios se ha manifestado en ellos desde hace tiempo. Es hermoso caer en la cuenta de que nuestra tierra ha sido capaz de parir un santo. Teresita de los Andes y Laura Vicuña tampoco son una casualidad.

Alberto Hurtado Cruchaga recibió la mejor formación que Chile podía ofrecerle. Nació y fue educado en una familia aristocrática y empobrecida. Por raigambre familiar heredó una cultura riquísima en valores humanos y religiosos. En su caso, las penurias económicas no lo dañaron más de lo que lo acendraron en su estatura espiritual. Los estudios realizados en el Colegio San Ignacio -uno de los mejores de su tiempo- completaron significativamente su formación. El padre Fernando Vives -predicador incansable de la Doctrina Social de la Iglesia- dejó una huella profunda en su alma. Los estudios de leyes en la Facultad de Derecho de la Universidad Católica, amén de orientarse al sustentamiento de su familia, fortalecieron su vocación de servicio al bien común de su patria.

Pero Alberto se formó también en la calle y en la plaza. Atento a los acontecimientos sociales del Chile de su época, Alberto Hurtado salió al encuentro de las necesidades de los pobres que en ese tiempo colmaban los conventillos de Santiago y participó en política. No obstante sus obligaciones de estudiante, se dio tiempo para ocuparse de las obras sociales del Patronato de Andacollo y ser prosecretario del Partido Conservador. Además de la educación formal, la acción social fue su maestra. El contacto de primera mano con la dramática realidad de su país, y su afán por transformarla cara a Dios, es la fragua espiritual de lo que el Padre Hurtado llegó a ser y de todo lo que hizo.

2. La doctrina del Cuerpo Místico, la Doctrina Social de la Iglesia y la devoción al Sagrado Corazón

En segundo lugar, recordamos como presupuesto de la espiritualidad de Alberto Hurtado la importancia que para él tuvo la teología del Cuerpo Místico, la Doctrina Social de la Iglesia y la devoción al Sagrado Corazón, que él supo combinar en una misma dirección. De la primera, el mismo Padre nos dice:

“En este amor a nuestros hermanos que nos exige el Maestro nos precedió El. Por amor nos creó; caídos en culpa, por amor -lo que parece a muchos aún ahora una inmensa locura- el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos a nosotros hijos de Dios. El Verbo se unió místicamente al encarnarse a toda la naturaleza humana. Cristo ha querido ser el primogénito de una multitud de hermanos a quienes hace participantes de su naturaleza divina y con quienes quiere compartir su propia vida divina. Los hombres, por gracia, pasan a ser lo que Jesús por naturaleza, hijos de Dios. Aquí tenemos la razón íntima de lo que Jesús llama su mandamiento: desde la Encarnación y por la Encarnación los hombres están de derecho al menos unidos a Cristo, llamados a ser uno con El en la unidad de su Cuerpo Místico. De esta unión no está excluido ningún viviente, que si no está unido a Cristo puede estarlo: sólo los condenados quedan excluidos de esta unión” (19,27,1).

Con estas palabras, su autor asegura en una charla dada a unos 10.000 jóvenes de la AC (1943) que “ser católicos equivale a ser sociales”.

Otra vertiente de inspiración perenne del Padre Hurtado es la Doctrina Social de la Iglesia, de la que se considera apóstol, en particular las encíclicas Rerum Novarum de León XIII y Cuadragessimo Anno de Pío IX. En ella fundamentará sus reflexiones sobre la propiedad y del trabajo de los obreros, la necesidad de reformas estructurales de la sociedad chilena.

Por último, también influye en su espiritualidad la devoción al Sagrado Corazón de Jesús (y al de María) a la que el joven estudiante de Sarriá quiere consagrar su vida apostólica con la perfección del beato, hoy santo, P. La Colombière. Para él esta devoción es “el Amor de Nuestro Señor desbordante, que el Amor que Jesús como Dios y como hombre nos tiene y que resplandece en toda su vida” (62,96). Ella constituye la clave de su felicidad, pues “si Jesús me ama, ¿qué me importa, pues, de lo demás?” (34,4,4-5). De acuerdo a su devoción al Sagrado Corazón se pregunta cómo amar. La convicción profunda de que Dios lo ama provoca en Alberto el deseo de hacer la voluntad de Dios amando a su vez a sus compañeros:

“Leer cada día en una visita… un trozo del S. Evangelio y procure ver en él al S. Corazón. Gustar de preguntar y hacer hablar sobre el S. Corazón… Ver al S. Corazón en el pecho de mis hermanos (pues están en gracia) obrando por ellos, viviendo y reinando en su interior, sirviéndome, amándome, probándome por ellos. Pero en El, mi amigo divino, el que me ama, sirve y prueba. ¡Con qué amor he de responder!” (18,2,3).

Y se propone propagar esta devoción.

3. La espiritualidad ignaciana

La vida y la obra de Alberto Hurtado es la de un sacerdote de la Compañía de Jesús. En esta tradición espiritual, él perfeccionó su amor a Dios y al hombre, su servicio incondicional a la Iglesia, su devoción a María, su piedad y su oración. Alberto Hurtado fue un jesuita hecho y derecho, un jesuita sobresaliente. Su espiritualidad es la espiritualidad ignaciana realizada a la perfección. Cualquier miembro de la Compañía de Jesús podría imaginar al mismo San Ignacio ocupándose de lo que al Padre Hurtado desvelaba.

Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio son, por cierto, la matriz teológica y espiritual más determinante de su santidad. Alberto Hurtado entiende su vida entre Dios y los hombres, gracias a la clave de los Ejercicios Espirituales ignacianos. Toda su predicación, toda su actividad, son expresión y recreación de estos ejercicios: su deseo de la mayor gloria de Dios expresado en la búsqueda de su voluntad; su amor a Jesucristo y sus ansias de ser otro Cristo; la pasión por la salvación de los hombres de carne y hueso, y no sólo de sus almas; su apertura a las inspiraciones nuevas del Espíritu; su devoción a María, Madre de Jesús en su propio corazón; su respecto y amor por la Jerarquía de la Iglesia, el saberse colaborador en el apostolado de la Iglesia; su conciencia de pecado y su deseo de la santidad; su mortificación, su humildad y su alegría; la fortaleza de su voluntad y su paz interior; la búsqueda de una oración personal y afectiva. Tantas otras características de su modo de seguir a Jesucristo el Padre Hurtado las hizo suyas de los Ejercicios Espirituales, particularmente, y de la espiritualidad ignaciana en general.

De muestra, dos botones. A la base de la vida de Alberto Hurtado, y como explicación de toda su obra, hayamos el amor gratuito de Dios y por Dios. En su mes de Ejercicios Espirituales, recién entrado al noviciado, el joven Alberto glosó la explicación del llamado “Principio y Fundamento” en términos tan radicales que merece recordarse.

“He sido creado y para conocer y amar a Dios; no para salvar mi alma; esto es consecuencia y don gratuito. Mi fin, pues es amar y servir a Dios. Debo ser todo de Dios; no seré de Dios si retengo algo para mí” (12,3,9).

El texto ignaciano dice lo mismo, pero en otros términos:

“El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima” (EE 23).

Este es en pocas líneas el proyecto ignaciano de la santificación: el amor y servicio de Dios gratuito y desinteresado. La santidad no se busca in recto, sino que es pura obra de Dios en los que se dedican a su alabanza. Y, en tanto es buscada, no es ella el bien último:

“Egoísmo en mis ideales sobrenaturales: no debo buscar mi perfección ni santificación por serme provechosas sino porque es el medio más seguro de glorificar a Dios y el que más le glorifica” (12,3,31).

De esto resulta que, si esta alabanza de Dios el Padre Hurtado la hizo realidad dignificando a los obreros y a los pobres, la exaltación de los obreros y los pobres no es un medio “para salvar mí alma”, sino un fin buscado por sí mismo y gratuitamente. ¡Cuán contrario fue el Padre Hurtado a dar como limosna lo que se debía por justicia! Pero ni el amor ni la justicia hacia los pobres pueden ser para él medios para alcanzar la propia santidad, más que cuando se ama y se es justo con el Cristo que nos sale al encuentro en los pobres y por puro deseo de servirlo.

En los Ejercicios de 1926, una anotación similar ancla su actividad de servicio a la voluntad de Dios en el amor antecedente de Dios, lo que equivale a fundar la ética en la mística:

“He sido creado PARA SERVIR. Esto es consecuencia del conocimiento y amor de Dios. Es algo ACTIVO: cumplir la voluntad de Dios” (12,3,15).

Otro ejemplo de la influencia decisiva de los Ejercicios Espirituales en Alberto Hurtado es la postura que él exige de un cristiano ante el mismo Jesucristo. En un Congreso de los Sagrados Corazones de Jesús y de María (1944), luego de acicatear a los jóvenes para acudir en socorro de los desheredados con justicia y caridad, al modo de la triple pregunta ignaciana ante Cristo crucificado (EE 53), los interroga:

“¿Qué he hecho yo por mi prójimo? ¿Qué estoy haciendo por él? ¿Qué me pide Cristo que haga por él?” (19,28,4).

En este caso interesa notar cómo donde en los Ejercicios dice “Cristo nuestro Señor delante y puesto en Cruz”, aquí dice “mi prójimo”. Desarrollaremos esta idea capital más adelante. Baste insistir una vez más en que la espiritualidad ignaciana suministra las vigas maestras de la espiritualidad del Padre Hurtado.

       2. Espiritualidad del Padre Hurtado

1.Una mística esencialmente cristiana

Toda mística tiene en común la pretensión de ser experiencia de Dios. Se podrá discutir si la experiencia religiosa es mística en tanto fenómeno excepcional, reservado a un pequeño número de hombres, o si se trata sólo de una cuestión de grados de intensidad en la experiencia de Dios. En todo caso, lo que especifica la “mística cristiana” es la experiencia de Cristo caracterizada ya sea por la visión contemplativa, ya sea por el nacimiento de Dios en el corazón. “Todo lo demás es secundario. Sin duda hay numerosas similitudes de estructura entre las místicas de las diferentes religiones, pero en el cristianismo el contenido tiene preeminencia sobre la forma” [Dicctionnaire de Théologie, dirigido por Peter Eicher, Paris, 1988, p. 445]. Aún más, “la mística cristiana no es esotérica…; lo que prueba que hay ‘mística’ en el sentido de visión extática particular, no es la intensidad del sentimiento experimentado, ni tampoco la magnificencia de la visión, sino el cambio práctico de vida: sin una conversión de hecho, no hay mística cristiana” (Urs von Balthasar) [Id…, p. 445].

Místicas cristianas ha habido muchas; no a pocas de ellas las ha acosado una desviación respectiva. Por ejemplo, los dualismos del cuerpo y del espíritu, de la fe y de la política, de los ministros y del pueblo, amenazan hasta hoy día la espiritualidad cristiana auténtica que, desde el Nuevo Testamento, ha intentado vincular el escuchar con el hacer, la oración con la acción, el conocer con el amar, la persona con la comunidad. Lo mismo habría que decir de místicas “revolucionarias” que, al valorar la dimensión libertaria del cristianismo en perjuicio de su gratuidad, reducen la experiencia religiosa a la práctica de cambio social y político.

En el Padre Hurtado hallamos una mística esencialmente cristiana por un doble título. Porque en Cristo Alberto Hurtado encuentra a Dios y porque la comprensión que el Padre Hurtado tiene de Cristo es -con perdón de la tautología- íntegramente “cristiana”. Cristo es para él el Hijo eterno del Padre en el seno de la Trinidad, el Verbo que hecho carne asume para siempre la humanidad y el Cordero de Dios por su muerte y resurrección redime al mundo. Por mediación de Cristo, el Padre Hurtado ha visto a Dios en el prójimo, particularmente en el pobre. Al a concebir la transformación del mundo a partir de los que a los ojos del mundo nada valen, los miserables, el Padre Hurtado ha puesto las bases de una nueva y más cristiana forma de ser Iglesia y de ser nación que aún está por verificarse en todo su alcance evangélico.

a) Aspectos teológicos de su espiritualidad

Todo lo dicho arriba acerca de los presupuestos de la espiritualidad ignaciana no basta, sin embargo, para comprender su espiritualidad. El Padre Hurtado no fue un teólogo, pero con su práctica y su reflexión hizo teología o, al menos, creó en su ambiente las bases para una más profunda manera de comprender a Dios.

Hoy en día conviene recordar que no toda noción de Dios es cristiana, aun cuando se presente bajo este título. Toda vez que en un discurso religioso Jesucristo nada nuevo aporta a la noción de Dios, es decir, cuando una idea previa de la divinidad modifica hasta anular la revelación que Dios ha hecho de sí en su Hijo Jesús, no estamos ante el Dios de nuestra fe, sino ante “otro dios”. Muchas veces sucede que en el hablar de Dios da lo mismo decir “Padre” o “Jesucristo”. Unas veces este hecho es inocuo, pero si la no diferencia entre el “Padre” y el “Hijo” se hace en perjuicio de este último sucederá que “en el nombre de Dios” se justificarán las conductas más diversas e incluso contrarias como de hecho ha ocurrido en Chile y en la historia del cristianismo desde sus orígenes. Bajo el amparo del nombre de Dios, de su Providencia y del cristianismo se han cometido los crímenes más terribles [Según el Padre Hurtado, “los malos cristianos son los más violentos agitadores sociales” (HS, p. 68)].

Posiblemente el Padre Hurtado no reparó teóricamente en este tipo de distinciones. Es corriente encontrar en su predicación la identificación entre Dios y Jesucristo, pero de lo que no se puede dudar es que para Alberto Hurtado Dios es Dios al modo como en Jesucristo nos ha sido revelado. Para él, conocemos a Dios en Cristo. Corrobora de paso lo anterior la molestia que él experimentaba ante un tipo de religiosidad meramente exterior e inculta, opuesta al cristianismo verdadero. A propósito de la educación religiosa, el Padre se lamenta:

“Hoy, por desgracia, los jóvenes, con mucha frecuencia, ignoran completamente los misterios centrales del cristianismo y hasta las oraciones más comunes. Los pocos rezos que logran rezar, muchos hasta la mitad…son deformados horriblemente, lo que demuestra que no han captado su sentido: ‘Señor mío Jesucristo, yo soy hombre verdadero, Criador del padre…’ o bien: ‘Dios pecador me confieso…’ Estas expresiones no las oye uno todos los días en esa forma burda, pero sí se descubre el fondo de ignorancia que es demasiado frecuente” [Humanismo Social, Santiago, 1984, p. 59].

Pero tampoco es suficiente que Jesucristo revele cuál es el Dios verdadero. Tampoco basta decir “Cristo”: es necesario confesar al Cristo total. La predicación unilateral del misterio pascual a menudo anula la racionalidad de la imitación del Jesús terreno que pasó por el mundo haciendo el bien. Y, por el contrario, una imitación de Jesucristo que no extrae su fuerza del misterio pascual deriva en la ilusión ingenua de creer que el hombre puede alcanzar la salvación sin Dios, por sus propios medios.

Para el Padre Hurtado Jesucristo es el Cristo total. Pero en una época en que se predica la resignación ante el sufrimiento humano bajo la inspiración del Cristo Paciente, a él se le acusa de favorecer la imitación del Jesús del Reino y de la acción. En una carta de él mismo al presbítero Don Raúl Silva Silva expone una de las muchas críticas que se le hicieron en el Seminario de Santiago, con motivo de una charla sobre la Acción Católica:

“La exaltación de Cristo Jefe, Cristo Rey en lugar del Cristo Paciente y humilde constituye un peligro para los jóvenes, pues, infiltra en sus almas el orgullo y desvirtúa la esencia del cristianismo que está en la Redención dolorosa. La predicación de las virtudes ‘heroicas’ que hace el Asesor Nacional, ese llamado al heroísmo de la juventud, debiera reemplazarse por el llamamiento a la humildad y mansedumbre…” (68,18,1-2).

Alberto Hurtado, empero, no desconoce el “hondo misterio del mal cuya razón última no acabaremos nunca de penetrar”. Se pregunta: “¿no será acaso la causa más profunda del sufrimiento ‘completar lo que falta a la pasión de Cristo’, colaborar con Jesús en la redención de la humanidad?” [HS, p. 32]. Pero así como rechaza el “pelagianismo”, rechaza sobre todo desconocer el mal del mundo y no hacer nada por suprimirlo:

“Esta certeza de la perennidad del dolor en el mundo no nos autoriza a contentarnos con predicar la resignación y el quietismo. La resignación sólo es legítima cuando se ha quemado el último cartucho en defensa de la verdad, cuando se ha dado hasta el último paso que nos es posible por obtener el triunfo de la justicia” [HS, p. 32].

Alberto Hurtado da incluso otro paso adelante. En tanto educador, subraya la importancia del conocimiento “personal” de Jesucristo, y su imitación, en vez de un conocimiento meramente teórico. En Puntos de Educación (1942) señala:

“El alma humana es un templo vivo de Dios en la cual nunca ha de faltar el cuadro de Cristo y su mirada ha de penetrar hasta el fondo de su ser moldéandolo con las virtudes propias del Redentor. El alma del joven al irse fortaleciendo ha de ir precisando también más y más la verdadera figura de Jesús. Del Jesús Niño ha de ir pasando al Jesús Adolescente, al Jesús Jefe, al Jesús Paciente. Ha de conocer un Cristo enérgico y varonil, el del sermón de la montaña, el que arroja a los mercaderes del Templo, el que calma las tempestades, el que invita a los hombres a seguirlo dejándolo todo para poseerlo a Él. Y al mismo tiempo ese Cristo es el Dios bueno que acaricia al prójimo, busca la ovejita perdida, perdona a la Magdalena, defiende a la adúltera y sale en busca de Zaqueo. ¡Qué fuerzas sentirá el joven que puede dialogar diariamente con este Cristo en la Eucaristía! El director espiritual ha de procurar que los adolescentes y jóvenes conozcan la figura de Cristo no solamente de segunda mano sino directamente por medio de la Sagrada Escritura. El fin de toda dirección espiritual ha de ser sembrar el amor a Jesucristo en el corazón de los jóvenes, hacer que traben verdadera amistad con Cristo: un contacto vivo, sincero, entre Él y ellos. Que se acostumbren a buscar siempre y en todo a Cristo. Jesús no ha de ser para los jóvenes un mero recuerdo, un cuadro pálido, sino una realidad viva y grande a quien someten todos sus planes, a quien descubran todas sus esperanzas y todos sus deseos, alguien que viva muy cerquita de ellos alegrándose de sus triunfos y sufriendo con ellos en sus caídas” (PE, 212-213).

El Padre Hurtado no acostumbra a teorizar sobre el Espíritu Santo, incluso lo menciona poco, mucho menos que al “Padre” y a “Cristo”. Esto no obstante, el Espíritu Santo está presente en toda su concepción práctica de Dios, tal vez incluso más allá de las posibilidades teóricas de la doctrina del Cuerpo Místico. La verdadera obsesión del Padre Hurtado por descubrir la voluntad de Dios en los acontecimientos históricos y la inmensa creatividad con que responde a ella a lo largo de toda su vida, no pueden sino ser reconocidas como obra del Espíritu. Una vez al menos, él mismo confiesa:

“Nunca he tenido una cosa menos mía que el Hogar de Cristo y la Fraternidad. El Espíritu Santo lo ha hecho todo” (64,62).

En suma, para Alberto Hurtado Dios es Amor. Pero no un amor que salva al hombre sin el hombre, sino que por el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios penetra la historia humana, como hombre vive, enseña, cura, perdona y sufre, y resucitado de la muerte continúa su misma acción redentora en los cristianos por la fuerza del Espíritu Santo. El designio último de Dios es que los hombres tengan la vida en abundancia, la vida en todos sus aspectos, que es la Vida divina: “Ego veni ut vitam habeant et abundatius habeant” (52,14,3).

b) El corazón de su espiritualidad

1.- Búsqueda de la voluntad de Dios Padre

Para Alberto Hurtado todo viene de Dios y todo se dirige a Dios. Así ve él su propia vida y cree que un cristiano debe ver la suya. La razón de ser del hombre es -según declara el Principio y Fundamento ignaciano- la alabanza y el servicio de Dios. Pero el Dios del Padre Hurtado es inseparable de su voluntad [“¡Deus Optimus Maximus! La Grandeza inmensa de Dios dominando los mundos todos, los hombres, mi vida, y tratando de tener los oídos abiertos para conocer su Santísima Voluntad, norma de toda mi vida. Para el sacerdote, lo mismo que para el seglar, esta voluntad divina es la suprema realidad” (52,12,5)]. Por ello, confiesa verdaderamente a Dios quien se dispone a buscar la voluntad de Dios hasta en los acontecimientos más pequeños o tristes de la vida. En este sentido, y no otro, la búsqueda de Dios constituye la finalidad de la vida humana. En una plática a la Conferencia Episcopal (1940), afirma:

“Esa finalidad de nuestras vidas es buscar a Dios. Buscarlo en todo, buscarlo para darnos cuenta de que es El realmente el dueño soberano, el amigo, el Padre. Quiere que lo busquemos y que lo hallemos; que lo conozcamos aquí abajo con el conocimiento obscuro de la fe; allí arriba en la luz de la gloria. Quiere que lo poseamos por el amor”.

Pero esta búsqueda de Dios y de su voluntad ha de ser radical y desinteresada:

“Pero esta búsqueda de Dios para que satisfaga el alma, ha de ser una búsqueda de Dios solo, de nada más que Él. Dios solo, no sus dones, sus consuelos, los éxitos del apostolado, las almas salvadas, sino Dios y su santísima voluntad: y nada más. Buscar una criatura es buscar a Dios y algo que no es Dios, como si Dios solo no fuese suficiente” [A. Lavín, Espiritualidad del Padre Hurtado S.J., 1977, p. 22]

Por esta razón, la adoración es la mayor de las virtudes, en tanto el que adora renuncia a cualquier provecho y honor personal, para alabar a un Dios que sólo se lo honra cumpliendo su voluntad. Esta es la eucaristía. Para nuestro santo, existe una profunda relación entre la gratuidad de la alabanza de Dios y el empeño ético por hacer su voluntad. Una realidad es la contracara de la otra. Pero la gratuidad de la alabanza de Dios funda la segunda y no al revés, de modo que la acción humana sólo prospera en la confianza de la eficacia sobrenatural divina.

En este marco hay que entender la búsqueda apasionada de la santidad del Padre Hurtado:

“La voluntad de Dios. La realización en concreto de lo que Dios quiere… Todo el trabajo de la vida santa, consiste en esto: en conocer la voluntad de mi Señor y Padre. Trabajar en conocerla, trabajo serio, obra de toda la vida, de cada día, de cada mañana, ¿qué quieres, Señor de mí, de mis ejercicios muy en especial? Trabajar en realizarla, en servirle en cada momento. Esta es mi gran misión, mayor que hacer milagros” (31,10,6).

Pero el horizonte de su pasión por Dios es amplísimo, se extiende a toda la historia de su época, más allá incluso de su querido Chile. En carta a Hugo Montes B. dice:

“El olvido de Dios, tan característico de nuestro siglo, creo que es el error más grave, mucho más grave aún, que el olvido de lo social” [A. Lavín, Espiritualidad del Padre Hurtado S.J., 1977, p. 28].

En uno de sus últimos artículos en la revista Mensaje titulado “La búsqueda de Dios”, el Padre Hurtado lamenta profundamente los males del siglo cuyo origen -a su entender- consiste en el reemplazo del sentido del Dios por el sentido del hombre: una auténtica inversión de los valores fundamentales de la vida, no ajena a los cristianos, que se traduce en múltiples aberraciones. Dice:

“El sentido DEL HOMBRE ha reemplazado al sentido de Dios. En otros tiempos se atacó un dogma: fueron las herejías, trinitarias o cristológicas. En la época del renacimiento, el protestantismo atacó la Iglesia; el siglo XIX impugnó la divinidad de Cristo. Pero estaba reservada a nuestro siglo una negación más radical: la negación de Dios y su reemplazo por el hombre. El pecado del mundo actual, es, como en tiempos antiguos, la idolatría, ¡la idolatría del hombre!”.

Y continúa:

“Los grandes ídolos de nuestro tiempo son el dinero, la salud, el placer, la comodidad: lo que sirve al hombre. Y si pensamos en Dios, siempre hacemos de Él un medio al servicio del hombre: le pedimos cuentas, juzgamos sus actos, nos quejamos cuando no satisface nuestros caprichos” [A. Lavín, La espiritualidad del Padre Hurtado S.j., Santiago, 1977, p. 14].

Pero el fundador de la revista Mensaje no se queda en la queja crónica de los que sólo tienen ojos para condenar el mundo moderno. Imprimiendo estilo a la revista, descubre en este mismo mundo signos promisorios de búsqueda de Dios y de su presencia. “En el hambre y sed de justicia que devora muchos espíritus, en el deseo de grandeza, en el espíritu de fraternidad universal, está latente el deseo de Dios”. El Padre Hurtado se admira de los trapenses que rezan en los conventos y de las religiosas del Padre Voillaume “que unen su vida de obreros en una fábrica a una profunda vida contemplativa”; de jóvenes que estudian para glorificar al Creador, de obreros de la JOC que aprenden a rezar y de intelectuales y artistas que hacen de Dios el valor supremo de sus vidas [A. Lavín, o.c., p. 17-18].

A la base de su visión sobrenatural del mundo hay en el Padre Hurtado una profunda experiencia del amor de Dios, una inmensa felicidad y un deseo por llevar a Dios a los demás:

“Qué grande es mi vida! ¡Qué plena de sentido! Con muchos, rumbo al cielo. Darles a los hombres lo más precioso que hay: Dios. Dar a Dios lo que más ama, aquello por lo cual dio a su hijo: los hombres! Señor, ayúdame…”.

Los testimonios acerca de cómo el Padre Hurtado enfrentó su enfermedad y muerte son sobrecogedores. Todo ello él lo vive como un encuentro con su Padre.

Con todo, Alberto Hurtado es conciente que no basta confesar a Dios, que aun buscándolo es posible extraviarse. Se interroga:

“¿Cómo podemos estar ciertos de buscar realmente a Dios, de no adherir a las creaturas en medio de las cuales tenemos sin embargo que vivir? ¿Cómo saber que no nos buscamos a nosotros mismos, siendo así que tenemos en tantas cosas que tener en cuenta con nuestros intereses, nuestra salud, nuestra persona, la persona de los otros…?” .

La respuesta es Cristo:

“Aquí está la clave: crecer en Cristo… Viviendo la vida de Cristo, imitando a Cristo, siendo como Cristo” [O.c., p. 24].

2.- La asimilación íntima a Jesucristo

El Padre Hurtado encuentra a Dios en Cristo. Pero no sólo como criterio de aquello que verdaderamente conduce a Dios. Ante todo, Cristo es el amor mismo de Dios por él y por todos los hombres, su pasión más querida, el motivo ardiente de todo su apostolado. Por esto decimos que su espiritualidad es esencialmente cristiana. José Correa S.J. da testimonio de esta intimidad y de su irradiación:

“Como en Ignacio, en el Padre Hurtado esa experiencia de Dios adquiría una connotación especial en el amor y el seguimiento de Jesucristo. Amaba a Cristo, vivía de Cristo, hablaba de Cristo. En los retiros contagiaba a Cristo; recuerdo que decía que había que ‘chiflarse por Cristo’” [“Rasgos ignacianos del Padre Hurtado”, Mensaje, 411, p. 325].

Con sus propias palabras, el Padre nos permite asomarnos a a sus propósitos espirituales:

“…mi vida cristiana esté llena de celo apostólico, del deseo de ayudar a los demás, de dar más alegría, de hacer más feliz este mundo. No sólo ‘nota’ apostólica: Consagración entera en mi espíritu y en las obras… una vida sin compartimentos, sin jubilación, sin jornadas de 8 ó 12 horas. Toda la vida entera y siempre para vivir la vida de Cristo” (52,12,7).

Si el valor supremo de la vida humana es cumplir la voluntad divina, para el Padre este valor se realiza por una entrega completa a Cristo. Esta es la verdadera santificación que él busca determinadamente: la imitación de Jesucristo constituye el centro organizador de su piedad religiosa y de su vida moral. Para él, toda otra religiosidad que no se integre a partir del seguimiento personal de Cristo, aunque se diga cristiana, es insuficiente y en definitiva no sirve. Dirá:

“Oración continua, meditación diaria, vida sacramental intensa, fervor tierno a la Madre del Amor Hermoso: sin esta vida de íntima unión con Cristo para resucitar en nosotros la responsabilidad de su misión, nada se hará” [A. Lavín, o.c., p. 41].

Ahora bien, el mismo Padre Hurtado plantea la pregunta: ¿qué significa imitar a Jesucristo? En una charla a los profesores de la Universidad Católica (1940), el Padre desecha cuatro posibilidades [Cf., A. Lavín, o.c., p. 30ss]. Primero, la de aquellos que se dedican al estudio del Jesús histórico e intentan repetir literalmente la vida de Cristo. Pero “el espíritu vivifica, la letra mata”. Segundo, la de los que se aproximan especulativamente a Jesús, “pero no mudan su vida ante él”. Una aceptación intelectual o sólo afectiva de Cristo empero “no es imitar a Cristo”. Un tercer grupo de personas “creen imitar a Cristo preocupándose… únicamente de la observancia de sus mandamientos, siendo fieles observadores de las leyes divinas y eclesiásticas, escrupulosos en la hora de llegada a los oficios divinos, en la práctica de los ayunos y abstinencias”. En este caso el cristianismo deriva en el fariseísmo. Pero esta tampoco es imitación de Jesucristo: “el rigorismo y el fariseísmo no son la esencia del catolicismo”. Por último, hay quienes caen en el activismo apostólico y triunfalista que no tiene cuenta de la virtud oculta de Cristo en los fracasos humanos.

Para Alberto Hurtado, por el contrario, imitar a Cristo es obrar como si Cristo tuviera que obrar en su lugar. Este es el corazón de su espiritualidad en su versión activa. En su aspecto pasivo -lo veremos- su espiritualidad consiste en ver a Cristo en el prójimo, particularmente en el pobre. Esta experiencia de Dios que se traba en el Cristo que somos y el Cristo que encontramos en los demás se articula la Iglesia que en el mundo es principio de unión de todos los hombres en Dios. Sorprende cuántas veces en su predicación el Padre Hurtado insiste en proponer la pregunta “qué haría Cristo en mi lugar”. El cristiano es otro Cristo. Tomamos sólo un ejemplo:

“…supuesta la gracia santificante, que mi actuación externa sea la de Cristo, no la que tuvo, sino la que tendría si estuviese en mi lugar. Hacer yo lo que pienso ante El, iluminado por su Espíritu que haría Cristo en mi lugar. Ante cada problema, ante los grandes de la tierra, ante los problemas políticos de nuestro tiempo, ante los pobres, ante sus dolores y miserias, ante la defección de colaboradores, ante la escasez de operarios, ante la insuficiencia de nuestras obras. ¿Qué haría Cristo si estuviese en mi lugar?… Y lo que yo entiendo que Cristo haría, eso hacer yo en el momento presente” [A. Lavín, o.c., p. 24-25. En otra ocasión afirma: “Y con inmenso valor -eso es tener fe- arrojar la red, lanzarme a realizar el plan de Cristo, por más difícil que me parezca… por más que me asalten temores… Seguir a Cristo y realizar sus designios sobre mí. Ser otro Cristo y obrar como El, dar a cada problema SU SOLUCIÓN… Cayendo en la cuenta que Cristo y yo somos UNO: QUE TRABAJAMOS” (52,12,6-7)].

Para nuestro Padre, ésta es la perfección y la santidad cristiana. Si la santidad consiste en la adoración, se adora con una “disposición a ser instrumento de Cristo” [A. Lavín, o.c., p. 29]. Estamos ante una auténtica “mística de la acción” que, en tanto se alimenta del amor al Cristo total, sabe también ser contemplativa en el sufrimiento, la enfermedad y la muerte [En el momento de su muerte, el Padre pide a Mons. Carlos González que le lea el texto paulino: “Para mí, vivir es Cristo. Todo lo considero basura comparado con el amor de mi Señor” (Positio, p. 490)]. Alberto Hurtado, como San Ignacio, es un “contemplativo en la acción”. En él no están disociadas la oración y su trabajo apostólico. No sucede como en otras espiritualidades en que la vida espiritual se distingue de la vida activa. Sin perjuicio de la necesidad de un contacto íntimo con Jesús, toda su actividad en Cristo es contemplación; su espiritualidad es su apostolado. Aún más, en la medida que la imitación de Cristo se nutre de las sugerencias del Espíritu Santo la acción cristiana es capaz de crear una historia nueva y mejor.

En definitiva, la santidad es vida que proviene de Cristo. El camino es sacrificado, pero el fruto es sabroso:

“Vida rica, plena, fecunda, generosa. A ésta nos llama Cristo: es la santidad. Y Cristo quiere cristianos plenamente tales, que no cierren su alma a ninguna invitación de la gracia; que se dejen poseer por ese torrente invasor, que se dejen tomar por Cristo, penetrar de Él. La vida es Vida en la medida en que se posee a Cristo, en la medida en que se es Cristo, por el conocimiento, por el amor, por el servicio”.

Pero esta vida de Cristo ha de manifestarse en todas las dimensiones de la vida humana, incluida la social, la económica y la política. En una época en que se habla de revolución, la propuesta del Padre Hurtado es aún más revolucionaria porque retrotrae a la experiencia de Cristo el origen de todos los cambios sociales que es preciso realizar. En un discurso de 1941, llama a los jóvenes a “transformar cristianamente el mundo que nos rodea”, los llama a “operar la gran revolución”, pero no la de “motines armados, de sabotajes, de cañones”, sino “la revolución de las conciencias que se orientarán hacia Cristo”. La “gran revolución” no se dará sin la “pequeña revolución, la revolución de nuestra vida orientándola totalmente hacia Cristo” (19,22,1-2).

Con estas palabras el Padre Hurtado se adelantaba a los intentos de muchos cristianos que en los años sesenta quisieron vincular su fe al proceso de transformación social del continente, pero, a la vez los superaba por la radicalidad crítica de su proyecto.

3.- Una mística del prójimo

Si Alberto Hurtado encuentra a Dios en Cristo, encuentra a su vez a Cristo en el prójimo. Toda su espiritualidad se distingue por su amor a los demás, al punto que bien puede llamarse una “mística del prójimo”. Desde que Jesús ha anunciado que el mandamiento principal de la Ley es amar a Dios y al prójimo como a sí mismo, después que San Pablo ha declarado que el que ama ha cumplido la Ley y que San Juan ha declarado mentiroso al que dice amar a Dios pero no ama a su hermano, el amor desinteresado por el prójimo tipifica al cristianismo y deviene criterio ineludible de toda mística auténtica.

La convicción de que se sirve a Cristo amando al prójimo es antigua en nuestro Padre. Desde antes de entrar en la Compañía la supo poner en práctica. Un compañero suyo dice de él: “tenía una bondad inmensa y muy delicada con los hermanos enfermos o tristes. Una mamá no lo habría hecho mejor” [A. Lavín, Lo dicho después de su muerte, Santiago, 1980, p. 431]. Como estudiante jesuita fue conocido por su compañerismo. En sus escritos espirituales él mismo se propone evitar juicios interiores contra sus compañeros, para fijarse mejor en sus virtudes. En el pecho de sus hermanos él ve al Sagrado Corazón “obrando por ellos, viviendo y reinando en su interior, sirviéndome, amándome, probándome por ellos” (18,2,3). Incluso la abnegación la entiende como servicio a los demás, y no como mera virtud abstracta (recordar viaje en tren en que el Padre Hurtado ocupa el peor asiento). Cientos de personas lo recuerdan como un hombre encantador que sabía dar oído a todos, no obstante su escasez tiempo. Una fina manifestación de su caridad la constituye su respeto por los que pensaban distinto, como ser protestantes y comunistas. Cuando fue incomprendido y criticado por sus hermanos jesuitas o por autoridades de la Iglesia, sufrió, pero al considerar a los demás como hermanos en Cristo supo decir “Contento, Señor, contento” y procuró siempre conservar la amistad.

La razón honda de este amor por el prójimo estriba en que “el prójimo es Cristo”. Ya en 1926, como novicio, escribe: “…servir a todos como si fueran otros Cristos” (12,3,27). Es decir, no sólo actuar como si Cristo lo hiciera en el propio lugar, sino servir al prójimo como si éste fuera Cristo. Esta es la voluntad de Dios, ésta la santidad. El trasfondo evangélico de esta perspectiva son la parábola de Buen Samaritano (Lc 10,29-37) y la del Juicio Final (Mt 25,31-46) a las que el Padre recurre con insistencia.

Esta identificación del prójimo con Cristo, sin embargo, conviene precisarla teológicamente. Todo su vigor reside en sostener que el servicio de Dios se cumple en “el otro” como si en éste se jugara lo Absoluto. En este sentido, “el otro” nunca puede ser “medio” de la propia santificación, tentación perenne de las espiritualidades individualistas pseudo-cristianas. Pero al prójimo se lo ama en Dios, no como criatura a secas. El Padre Hurtado advierte contra este peligro contrario, que no es sino el pecado de la modernidad. Entre nosotros los hombres y Cristo debe afirmarse tanto una asimilación en virtud del Cuerpo Místico de Cristo, como una inmensa distancia y diferencia: “Es absolutamente necesario el intimar con Cristo, el sentido de una fraternidad con El, pero que nada nos haga olvidar la distancia infinita que nos separa” [A. Lavín, o.c., p. 29] . El “como si” de la afirmación de la identidad entre el prójimo y Cristo corrige precisamente toda lamentable confusión.

En todo caso, el aparecer de Cristo en el prójimo es el motivo que desencadena en el Padre Hurtado todo su amor y deseo de servir a los demás, porque en el prójimo como en él lo que mueve siempre es el amor universal de Dios por todos los hombres, sin exclusión:

“Los demás hombres son amados por Dios como yo. ¡Cuánto ha hecho Jesús por salvarlos! ¿Qué será razón que haga yo por ellos? Todo sacrificio, toda oración, todo, todo hecho con amor tiene importancia y es de valor para salvar las almas” (32,4,5) [En un folleto sobre el Hogar de Cristo, dirá: “Cristo vive en la persona de nuestros prójimos. Nada más grande que ponerse a su servicio. Nada más noble que sacrificarse por El y por ellos” (9,7,28)].

4.- “El pobre es Cristo”

La gratuidad de la espiritualidad del Padre Hurtado se expresa por completo en su amor por los pobres. Si el amor al prójimo en más de un caso puede ser visto como un acto interesado, el servicio a los pobres nada más puede aparecer como un acto eminentemente gratuito. Interesarse por los pobres sólo tiene valor a los ojos de un Dios que ama lo que el mundo desprecia. Si lo que mueve a nuestro Padre es el puro deseo de la gloria de Dios, su alabanza y su servicio de Dios prueban su veracidad cuando él dedica su vida a los pobres.

Para Alberto Hurtado Cristo vive en el prójimo, pero especialmente en el pobre:

“Tanto dolor que remediar: Cristo vaga por nuestras calles en la persona de tantos pobres dolientes, enfermos, desalojados de su mísero conventillo. Cristo, acurrucado bajo los puentes en la persona de tantos niños que no tienen a quién llamar padre, que carecen ha muchos años del beso de una madre sobre su frente. Bajo los mesones de las pérgolas en que venden flores, en medio de las hojas secas que caen de los árboles, allí tienen que acurrucarse tantos pobres en los cuales vive Jesús. ¡Cristo no tiene hogar!” (9,7,1-2).

Para el Padre Hurtado “el pobre es Cristo”. Pero no es ésta una afirmación rara, delirante, en su predicación: es común, determinada, provocativa. Su espiritualidad es una “mística del pobre”. Valga aquí todo lo dicho anteriormente acerca de la identificación entre Cristo y el prójimo. Por medio de la identificación de Cristo con el pobre, inspirada una y otra vez por la parábola evangélica del Juicio Final, el Padre Hurtado se anticipa proféticamente a la “opción por los pobres” de la Iglesia latinoamericana en sus conferencias de Medellín, Puebla y Santo Domingo. Quienes aman a los pobres y se abocan a sacarlos de la miseria sirven a Cristo; quienes, por el contrario, son injustos con los pobres o nada hacen por ellos, es a Cristo que desprecian. Por lo mismo, no es de extrañar que así como ha sido combatido el magisterio de la Iglesia latinoamericana por su preferencia por los pobres también lo fuera Alberto Hurtado.

Al fundar el Hogar de Cristo, el Padre Hurtado sale en socorro de los miserables que colmaban el Santiago de la época ante la pasividad y desidia del resto de sus conciudadanos. Urgía entonces dar techo, abrigo y comida caliente a niños y adultos que carecían de todo. Pero eso no bastaba. El fundador del Hogar quería para ellos un trato digno, una educación para que salieran adelante por sus propios medios, “es importante que las cosas no se regalen”, decía. A los miembros de la Fraternidad del Hogar les pedía un voto de obediencia religiosa al Director, “pero sobre todo obediencia al pobre; sentir sus angustias como propias, no descansando mientras esté en nuestras manos ayudarlos. Desear el contacto con el pobre, sentir dolor de no ver a un pobre que representa para nosotros a Cristo” (64,62,3). El fundador del Hogar de Cristo es el mismo que pide justicia, lo veremos adelante.

Nuestro Padre, sin embargo, no se quedaba en palabras. El mismo bajaba los puentes del Mapocho en busca de los niños abandonados para llevarlos al Hogar. A veces le respondieron a peñascazos. El Padre se ponía a la altura de los pobres. Los abrazaba. Se quedaba a dormir con ellos. Les pedía perdón por no poder atenderlos mejor.

Al momento de su muerte, Alberto Hurtado dice: “Al partir, volviendo a mi Padre Dios, me permito confiarles un último anhelo: el que se trabaje por crear un clima de VERDADERO AMOR Y RESPETO AL POBRE, porque el pobre es Cristo” [Positio, p. 338].

Hacia el final de su vida, en una carta al P. Arturo Gaete, expresa una intención que según parece no alcanzó a llevar a efecto, pero que -según decíamos- ha pasado a constituir el corazón del magisterio de los obispos latinoamericanos:

“Espero escribir este verano (¿o comenzar?) algo sobre el sentido del pobre, yo creo que allí está el núcleo del cristianismo y cada día hay más resistencia e incomprensión a todo lo que dice pobreza” (62,93).

5.- “Contento, Señor, contento”

Pero, a diferencia de tantos defensores de los pobres que hacen de su amargura la fuerza de su lucha social, el Padre Hurtado, con el mismo corazón con que sufrió los males de su patria, el desprecio a su persona y su enfermedad, supo alegrarse en Dios en todo tiempo. Como joven se exigió a sí mismo la alegría, como adulto la estimuló en los demás; de los jefes de la Acción Católica, la urgió. Por el contrario, el Padre deploró la queja, especialmente cuando ésta consiste en lamentaciones por las fallas ajenas.

Lo característico de su alegría, sin embargo, no es su carácter psicológico. La alegría que a él sale tan espontánea y que pide a los cristianos es la que nace de la fe. Dice: “la gran receta para tener alegría es vivir de fe” [Positio, p. 381. En otra ocasión dice: “La alegría no depende de fuera, sino de dentro. El católico que medita su fe, nunca puede estar triste. ¿El pasado? Pertenece a la misericordia de Dios. ¿El presente? A su buena voluntad ayudada por la gracia abundante de Cristo. ¿El porvenir? Al inmenso amor de su Padre celestial” (HS, p. 166)]. Para los que tienen fe no hay razón alguna para estar tristes. Si en el momento presente se sufre, en el mismo momento hay una razón para estar contentos, pues por la fe sabemos que todo depende de Dios. Su alegría es Cristo y hacer felices a los demás. Incluso la alegría tiene en Alberto Hurtado un sentido social:

“No basta sonreír para vivir contentos nosotros. Es necesario que creemos un clima de alegría en torno nuestro. Nuestra sonrisa franca, acogedora será también de un inmenso valor para los demás. ¿Sabes el valor de una sonrisa? No cuesta nada pero vale mucho. Enriquece al que la recibe, sin empobrecer al que la da” [HS, p. 167].

Aún en los peores momentos, el Padre exclama “contento, Señor, contento”. Ante la noticia de su muerte, el Dr. Armas afirma:

“Lo hallé muy tranquilo, con esa misma tranquilidad que le conocí siempre y cuando me acerqué a saludarlo, me dijo: ‘El Patrón me llama y aquí estoy listo y feliz…” [Positio, p. 488].

  1. Una mística apostólica y social

El Padre Hurtado se considera a sí mismo un apóstol de Jesucristo enviado al mundo de su época, a su país.

Al Padre lo desvela la lamentable situación del catolicismo chileno y pretende elevarlo. Pero su actitud nada tiene de sectaria: lo que directamente le importa es elevar a Chile a la vida sobrenatural. Jamás podríamos imaginar que su amor a los pobres haya sido un “medio” para el crecimiento de la Iglesia. Al contrario, de acuerdo a la gratuidad del Principio y Fundamento ignaciano hemos de imaginar que el Padre concibe a la Iglesia al servicio de la gloria de Dios que se verifica a su vez en el servicio a la salvación integral de los hombres y, en especial, de los más postergados. Pero así como el Padre Hurtado no entiende a Dios separa de su voluntad salvífica, tampoco lo entiende sin un Cuerpo del que Cristo es su Cabeza y de acuerdo al cual todos los hombres somos y debemos ser solidarios. La Iglesia es en la sociedad principio de integración de los aspectos más diversos de la vida humana según los criterios de Cristo. La del Padre Hurtado es sin duda una mística profundamente eclesial y social. La Iglesia es para él, como María, una Madre, una realidad sobrenatural y no un ente meramente sociológico. Su misión es conformar las personas y la sociedad a Cristo.

a) Apóstol de Jesucristo y de la Iglesia

El Padre Hurtado fue un sacerdote jesuita al servicio de la Iglesia. El mismo se consideró un apóstol de Jesucristo, colaborador y partícipe en el trabajo pastoral de su Iglesia, en estricta obediencia de su Jerarquía. Por esta razón, nada lo hizo sufrir más que la acusación que con ocasión de su abandono de la Acción Católica le hicieron de “falta de respeto y sumisión a la Jerarquía”. Tanto en su teología como en su espiritualidad, el Padre nunca concibió su relación con Dios sin la mediación de su Iglesia y de sus pastores.

1.- “La Iglesia es Cristo”

Tal es el amor de Alberto Hurtado por su Iglesia que llega a identificarla con Cristo a un grado, al menos hoy, teológicamente exagerado. Alguna vez el Padre, hablando de la “responsabilidad frente a la Iglesia”, aserta: “La Iglesia es Cristo”. Y, más adelante precisa:

“La Iglesia es Jesús, pero Jesús no es Jesús completo considerado independientemente de nosotros. Él vino para unirnos a Él, y formar Él y nosotros un solo gran cuerpo, el Cuerpo Místico de que nos habla San Pablo…” [A. Lavín, o.c., p. 37].

Pero a la espiritualidad y a la predicación se conceden derechos que a la teología no se le otorgan. El Padre Hurtado no es un teólogo: es un apóstol y un profeta. La parcialidad de sus afirmaciones no tiene por objeto asegurar una doctrina teológica determinada, sino llegar al corazón de personas concretas y convencerlas de que no hay cristianismo auténtico sin la Iglesia y que la suerte de la Iglesia depende de “nosotros”. Con todas las salvedades con que aceptamos la afirmación “el pobre es Cristo, aceptamos que “la Iglesia es Cristo”. Pero, sobre todo, acogemos las palabras de nuestro Padre en toda su fuerza. “¿Qué es la Iglesia?”, se pregunta. Responde:

“Lo más grande que tiene el mundo, es la Santa Iglesia, Católica, Apostólica, Romana, nuestra Madre, como nos gloriamos en llamarla. ¿Qué sería del mundo sin ella? Porque es nuestra Madre, tenemos también frente a ella una responsabilidad filial: ella está a cargo de sus hijos, confiada a su responsabilidad, dependiente de sus cuidados… Ella será lo que queramos que sea…” [A. Lavín, o.c, p. 36-37].

Por la encarnación, Dios unió a sí la naturaleza humana de tal modo que “Dios pudo decir con absoluta verdad: tengo cuerpo, tengo alma, sufro, padezco… y un hombre que caminaba por las calles y tenía hambre, sed, dolor, podía decir: Soy Dios!” [O.c, p. 38]. Esta profunda unidad de Cristo con la humanidad tuvo, sin embargo, por objeto una unidad aún mayor: la unidad nuestra con el Padre, por la cual llegamos a ser hijos de Dios. Por el bautismo pasamos a ser miembros del Cuerpo de Cristo, “en cierto sentido pasamos a ser Cristo” [O.c, p. 38]. Luego de estas clarificaciones doctrinales, el Padre Hurtado va a lo quiere decir:

“La Iglesia no es algo respetable, al servicio nuestro, pero extraño a nosotros mismos como la Cruz Roja o la Asistencia Pública, no, la Iglesia somos nosotros. Cristo y yo, y Uds. el GRAN NOSOTROS” [O.c, p. 38].

De esto extrae el Padre una serie de consecuencias, como la necesidad de la unión con Cristo, la solidaridad humana y la responsabilidad en el crecimiento numérico y de vida cristiana de la Iglesia.

Según el Padre Hurtado, la misión de la Iglesia es la santificación del mundo:

“La razón de ser de la Iglesia es santificar al mundo. Quiere extenderse para extender en ellos la santidad. No es otra la misión de la Iglesia: no es el dominio político, la construcción de soberbios edificios, la celebración de grandes congresos… todo eso en tanto cuanto ayude a la santificación de las almas, que es el único fin propio de la Iglesia” [A. Lavín, o.c, p. 40].

Por ello, “…al católico la suerte de ningún hombre le puede ser extraña. El mundo entero es interesante para él, porque a cada uno de los hombres se extiende el amor de Cristo…” [A. Lavín, o.c., p. 39]. Por amor a la salvación de los hombres, la Iglesia está abierta a reconocer la verdad más allá de sus fronteras, incluso en los que atacan a la Iglesia [“Esta (la Iglesia) nunca rechaza la menor partícula de verdad que encuentra en el mundo. ¿No ha hablado acaso León XIII del alma de verdad que esconde todo error? Todo lo que es verdadero interesa a la Iglesia, ella lo reconoce como suyo y se apresura a darle un lugar en la síntesis de su doctrina. Poco importa que estas doctrinas vengan de campos opuestos y aun que ellas hayan sido elaboradas con intención de dañarla” (Positio, 104)]. Este modo de ver la Iglesia en relación con el mundo, muy típica del Padre, será la que años más tarde asumirá el Concilio Vaticano II: con una aproximación crítica a los acontecimientos y problemas del siglo, la Iglesia del Concilio prefiere entrar en diálogo con el mundo moderno en vez de condenarlo sin más. He aquí la novedad del Padre Hurtado y del Concilio.

2.- Preocupación por la Iglesia

La fogosidad de la predicación de Alberto Hurtado se explica en parte por la magnitud del desastre que él advierte en el cristianismo vivido. La ignorancia religiosa, peor aún, la falta de amor a Dios y al prójimo dominan por doquier. Muy antes del Concilio Vaticano II, nuestro Padre clama ante una verdadera “apostasía de masas” o “paganización de las masas” que está teniendo lugar en el siglo XX. La pérdida casi completa para la fe de la clase obrera lo desvela desde sus años de juventud.

La causa de tales males la atribuye él al pésimo ejemplo que dan de Cristo los mismos católicos, especialmente aquellos que lo han tenido todo en la vida, riquezas, educación, seguridades, en relación a los que no tienen nada. Dirá: “los malos cristianos son los más violentos agitadores sociales” [HS, p. 68]. Pero, también, es causa un incorrecto modo de enseñar la fe y la escasez de sacerdotes. Hay un modo de educación religiosa formal, memorística y moralizante que, donde no estimula el fariseísmo, tampoco suscita cristianismo, especialmente entre los jóvenes. Este tipo de educación no sirve. Que todos los chilenos estén bautizados no es suficiente. Por otra parte, la escasez en Chile de sacerdotes impide mejorar esta educación religiosa y, sobre todo, hace magra la posibilidad de que los cristianos accedan a la gracia. En su obra ¿Es Chile un país católico? (1941), el Padre Hurtado sostiene que la falta de sacerdotes es el principal de los problemas, pues el sacerdote es simplemente esencial en la vida de la Iglesia [“La misión del sacerdote engloba la del maestro, confidente, amigo, abogado, defensor de los débiles, apoyo de los pobres. Al sacerdote se le pide todo: la formación de la piedad, la solución de los problemas más difíciles de la vida, organizar obras sociales y, sobre todo, comunicar a las almas, mediante los sacramentos, la gracia que ennoblece y eleva al hombre al plano divino. Sin sacerdotes, no hay sacramentos; sin sacramentos, no hay gracia, no hay divinización del hombre, no hay cielo. Por eso se ha dicho con razón que nada hay tan necesario como la Iglesia y en la Iglesia nada necesario como los sacerdotes” (p. 128-129). Esta última tesis teológica es muy discutible, pero que en ese entonces era común y que explica el fervor con que el Padre promovió las vocaciones sacerdotales.].

Pero el Padre no se queda en la queja ni en la crítica. A él no lo mueven los “anti”. En un ambiente “antiprotestante” como era el suyo, él se atreve a decir:

“Más que campañas contra los protestantes, lo que necesitamos es una campaña positiva de cristianismo; ir al pueblo, darle a conocer nuestra santa religión, hacérsela gustar y amar para que la viva intensamente” [O.c, p. 127].

Tratándose de la educación de los jóvenes, él propone ante todo “hacer cristianos, imágenes de Jesucristo” (22,17,1), “…no omitir medio de formar ‘Cristo con sus almas’” (ibid., 2); y, por otra parte, que sean formados para la acción. En suma, una imitación personal y activa de Jesucristo. En vez de una religión de temores y de mojigatos, el Padre Hurtado desafía a una religión de libertad, que inspira hacer grandes cosas por Cristo (Puntos de Educación, 59-60). El Padre llama a los jóvenes a considerar la posibilidad del sacerdocio porque él cree en el sacerdocio, en particular en el de sacerdotes santos. Pero, también los llama a un laicado de grandes ideales, de heroísmo, nutrido por la vida sacramental y de la gracia y orientado al bien común: bien puede un abogado, un médico, un ingeniero, un obrero, un empleado, cualquiera, ser un santo en el lugar que le toca en la sociedad. A los jóvenes de la Acción Católica les pide de un modo especial colaborar en el apostolado de la Jerarquía de la Iglesia y en obediencia a ella. De todos espera que comprendan que “ser católicos equivale a ser sociales” y que se comprometan a su modo en la transformación de la sociedad.

No obstante lo anterior, y de acuerdo con el Magisterio episcopal, el Padre Hurtado supo mantenerse lejos de la política de partidos, en contra del parecer de miembros y simpatizantes del Partido Conservador que consideraban que la Iglesia debía seguir respaldándolos y que la neutralidad del Padre sólo favorecía a la naciente Democracia Cristiana.

3.- Sumisión a la Jerarquía

Prueba de su amor a la Iglesia la dio el Padre Hurtado con su alejamiento del cargo de Asesor de la juventud de la Acción Católica. El episodio fue triste, pero fue también ocasión de que se revelara en la práctica cuán grande era la adhesión del Padre a la Jerarquía de la Iglesia.

Con la renuncia a su cargo culminó una serie de dificultades e incomprensiones que se fueron dando entre el Padre Hurtado y el Asesor General de la Acción Católica Mons. Salinas, viejo amigo suyo desde los tiempos del colegio. Pero el conflicto personal no fue sino expresión de las tensiones mayores que afligían a la sociedad y a la Iglesia.

En poco tiempo de Asesor Nacional, el Padre Hurtado hizo crecer considerablemente la Acción Católica en número y en entusiasmo. Su nueva manera de hablar de Jesucristo a los jóvenes, su preocupación por hacer conocer la Doctrina Social de la Iglesia y por exigir de la juventud un compromiso activo en la transformación de su país, amén de la fascinación personal que el Padre irradiaba por la fuerza de sus convicciones, suscitaron en torno a él múltiples suspicacias. Se le acusó por sus ideas sociales “avanzas”, por su modo de entender la obediencia a la Jerarquía (en sentido activo y no meramente pasivo), por favorecer a la Falange Nacional o por su apoliticidad, por predicar la acción y no la oración, y otras cosas. Mons. Salinas se sintió pasado a llevar por la franqueza con que el Padre Hurtado le hacía saber sus opiniones.

Cuando el conflicto entre ambos se hizo insoportable, el Padre dejó su cargo preocupándose admirablemente de no exacerbar entre los jóvenes la animosidad contra la Jerarquía, antes bien los instó a respetarla y someterse en obediencia a ella, pero, además, cuidó que su amistad con Mons. Salinas no se rompiera.

Poco después de su alejamiento de la Acción Católica, escribió al mismo Mons. Salinas:

“En cuanto a mí he revisado repetidas veces mi actitud en este punto y en resumen puedo decirte lo siguiente… Mi estima interior sobre la Jerarquía es profunda. Nuestros Prelados son los representantes de Cristo y es esto lo que debemos ver en ellos: es Su voz la que por nuestros Prelados habla, ordena, aconseja. Otra actitud no es cristiana, y, siendo ésta nuestra mirada ¿cómo no tener un profundo respeto por quienes nos gobiernan en nombre de Cristo?” [A. Lavín, o.c., p. 46].

Antes de la muerte del Padre Hurtado, Mons. Salinas se reconcilió con él; después de su muerte, ha dado testimonio de la santidad de su inquieto colaborador.

4.- La Compañía de Jesús

Alberto Hurtado fue un jesuita. El mejor jesuita que ha producido Chile. Uno de los jesuitas más grandes que ha tenido la Compañía de Jesús. El Padre Hurtado es un verdadero fundador de la Compañía de Jesús en Chile y esperamos que su espíritu inspire en el futuro a la Compañía universal.

Recién entrado al Noviciado, escribió a su amigo del alma Mons. Manuel Larraín:

“Por fin me tienes de jesuita, feliz y contento como no se puede ser más en esta tierra, reboso de alegría y no me canso de dar gracias a Nuestro Señor porque me ha traído a este verdadero paraíso, donde uno puede dedicarse a El las 24 horas del día, sirviéndolo y amándolo a todas horas y donde toda acción tiene el fruto de ser hecha por obediencia. Tú puedes comprender mi estado de ánimo en estos días, con decirte que casi he llorado de gozo” [A. Lavín, o.c., p. 82].

Alberto Hurtado quiso a la Compañía con un profundo sentido de pertenencia, con un amor al mismo tiempo agradecido y creativo. En carta a su Provincial, el P. Lavín, le dice:

“Creo que si alguna vez debiera dar Ejercicios a los Nuestros una plática sería consagrada a ‘sentirnos de la Compañía’; esto es a no considerar la Compañía como algo extrínseco a nosotros, de lo cual uno se queja o se alegra, sino como algo que formamos parte íntima: una especie de Cuerpo Místico en pequeño. Esta idea yo la creo y la vivo a fondo, por eso no se extrañe si me permito exponerle algunas ideas que se me ocurren a propósito de nuestros trabajos en la Vice-Provincia. Se las sugiero filialmente” (62,33).

En una plática sobre “Nuestra vocación de jesuitas”, exhorta a sus hermanos a hacer de su vocación a la Compañía de Jesús el lugar de su santificación, amándola santamente. Al Padre Hurtado resulta admirable cómo la Compañía ha sabido amoldar su espíritu a las más diversas culturas, “sin empequeñerse y sin achatar a la gente” (59,2). Es posible ser jesuitas de las maneras más diversas.

El Padre da cuatro razones para amar a la Compañía. Primero, porque gracias a su extraordinaria tradición es de esperar en el futuro jesuitas aún mejores que los que hubo en el pasado. Segundo, porque la Compañía “vive en contacto con la realidad, sabiendo hacia dónde se marcha” (59,2). Tercera razón, porque hay en ella mucho trabajo. Por último, porque “la Compañía de Jesús no envejece” ya que “no tiene nada que la ate: su finalidad es ‘estar lista a acudir a todas las necesidades de la Iglesia’” (59,3).

También dentro de la Compañía el Padre sufrió la las tensiones de su época y la incomprensión a su modo de ser y de actuar. Pero sus compañeros, incluso sus contrarios, lo recuerdan como un tipo encantador: alegre, preocupado por los demás, como un santo.

Al recibir la noticia de su muerte, el Padre Hurtado responde sonriendo: “Era lo que quería saber, doy gracias a Dios de morir en la Compañía y desde el cielo los seguiré ayudando…” [Positio, p. 487].

b) Una mística del sentido y de la integración social

La espiritualidad de un hombre tan completo como el Padre Hurtado es compleja, difícil de definir en pocas palabras. Nuestro educador y padre espiritual pretende incesantemente integrar a la persona, a la sociedad a partir de la persona, en la perspectiva de la fe entendida ésta como imitación del Cristo total en quien el amor a Dios se verifica como amor y servicio al prójimo. Nada hay más contrario a su noción de cristianismo que las versiones individualistas, superficiales y supersticiosas de la piedad. Él quiere que Cristo reine en todos los aspectos de la vida humana (la sexualidad, la vida familiar, económica, social, política, cultural), por la caridad y la justicia (en medio de los conflictos más significativos de su tiempo). Prueba de esto es la enorme diversidad de actividades a las que dedicó su interés y la pluralidad de temas de que trataron sus homilías y discursos. Para Alberto Hurtado, en una época de crisis de catolicismo integral como la suya, se debe afirmar que el cristianismo tiene que ver con todos los aspectos de la vida humana:

“El cristianismo es una actitud total del alma que requiere mirar todas las cosas con los ojos y el corazón de Cristo. Los bienes de este mundo, las riquezas, los placeres, la pobreza, el tiempo, todo debe ser estimado por su valor sobrenatural, por su carácter de medio para el fin último de la vida humana, el servicio de Dios. La gran crisis religiosa en Chile es ante todo una crisis de catolicismo integral: los hombres no ven en los que se dicen católicos al testigo de Cristo, al hombre que ama a Dios por sobre todas las cosas y a sus hermanos los hombres como a sí mismos, por amor de Dios” [La crisis sacerdotal en Chile, p. 12. En otra ocasión, afirma: “La espiritualidad cristiana en nuestro siglo se caracteriza por un deseo ardiente de volver a las fuentes, de ser cada día, más genuinamente evangélica, más simple y más unificada en torno al severo mensaje de Jesús. La espiritualidad contemporánea se caracteriza también por la irradiación de sus principios sobrenaturales a todos los aspectos de la vida, de modo que la fe repercute y eleva no sólo las actividades llamadas religiosas, sino también las llamadas profanas. Por haber redescubierto, o la menos por haber acentuado con fuerza extraordinaria el mensaje gozoso de nuestra incorporación a Cristo con la consiguiente divinización de nuestra vida y de todas sus acciones, nada es profano sino profundamente religioso en la vida del cristiano” (Conferencia sobre el “Cuerpo Místico: distribución y uso de la riqueza”, 24,9)].

De la Acción Católica, el Padre esperaba lo siguiente:

“…modificar la actitud de una persona y de la sociedad con respecto a Cristo. A los que se han acercado mediante campañas públicas, o a los que la Acción Católica ha ido a buscar, ha de darles una formación integral e intensamente cristiana” [¿Es Chile un país católico? o.c., p. 177-178].

En otro lugar hemos usado la expresión “mística del prójimo” para caracterizar su espiritualidad; la expresión “mística del sentido social” fue acuñada por el Padre Hurtado [HS, 118]. Entre las principales dimensiones de esta mística tan cristiana y profética, mencionamos las siguientes.

1.- Una mística de la acción

El Padre Hurtado fue un hombre de oración, nadie lo duda. En la intimidad de la capilla, supo encontrar fervorosamente a Dios en la Eucaristía, la meditación de la Palabra de Dios, la práctica de sus Ejercicios Espirituales, la devoción a los sagrados corazones de Jesús y de María, la oración vocal, mental y contemplativa. En especial, buscó cultivar una oración afectiva y amorosa con su Señor. El Padre Hurtado fue un piadoso ejemplar, aun cuando posiblemente otros jesuitas lo aventajaron en sus prácticas religiosas.

Pero esta piedad tuvo relación directa con toda su actividad apostólica. Es más, lo propio y distintivo suyo, es haber hecho de todo su apostolado su oración. No hay dos “padres Hurtado”: el que rezaba y el que actuaba. Hay uno solo, el jesuita que es “contemplativo en la acción”. Para él, toda la vida tiene una dimensión sobrenatural y no sólo la de la sacristía. Con sus propias palabras nos advierte: “adoración sobre todo en la acción (brevemente en la oración)” [Positio, p. 88], pues “nuestro fin es la mayor gloria de Dios por la acción, i.e., hacer aquellas obras que sean de mayor gloria de Dios” [O.c., p. 88].

Esto, sin embargo, no significa que cualquiera acción es contemplación: “nuestra obras deben proceder del amor de Dios y deben tender a unir más estrechamente las almas con Dios. Las obras que no realicen directa o indirectamente este fin no son jesuitas” [O.c., p. 88]. Ante el dolor de la humanidad, Alberto Hurtado deplora a los que predican la resignación y el quietismo, pero también a quienes que, por remediar esos males, caen en el activismo.

A propósito del uso de los medios divinos y humanos, el Padre invoca el clásico “como si” ignaciano, que explica con sus propias palabras:

“Antes de determinarnos, es necesario ponernos del todo en Dios como si sólo El debiese llevar las cosas al resultado deseado, y por otra parte no hay que descuidar nada de lo que puede contribuir al feliz éxito, y en el uso de los medios debemos poner todo por obra como si el éxito dependiese exclusivamente de nuestro trabajo y de nuestra industria” [Positio, p. 199].

El Padre Hurtado en toda actividad confió por completo en la Providencia. Aún más, la provocó. Dice un testigo:

“El padre se lanzaba, temerariamente nos parecía a nosotros los que trabajábamos con él, en nuevas y mayores empresas, confiando en la generosa respuesta de la Divina Providencia, que nunca le faltó” [Positio, p. 323].

En sus últimos años, el Padre Hurtado sufrió los efectos del trabajo excesivo que llevaba. Lo cuenta a su Provincial en estos términos:

“Esta acumulación de trabajos distintos me obliga a improvisar, terminar por dar el fastidio del trabajo y por desacreditar al operario. La irregularidad en las horas de acostarme y levantarme ha significado gran desmedro para mis ejercicios espirituales, que han andado muy mal: acortar la meditación, supresión de puntos, exámenes y breviario del que tengo conmutación…estoy reducido a correr y hablar” (62,35).

El Padre ve este desgaste como una situación para nada ideal, pero ella es parte de la espiritualidad de un hombre que se ha dado a los demás hasta el extremo. No se puede decir que su “menor oración” sea “menor santidad”. Los que lo conocieron dicen que no lo mató el cáncer, sino el exceso de trabajo. Esta es su manera de entender el cristianismo. Esta es su santidad.

Por el contrario, la vida del Padre Hurtado nos pone en guardia contra la falsa mística de los que rezan mucho por su salvación, pero no mueven un dedo por aliviar las penurias de sus prójimos.

2.- Una mística de la reforma social

Una de las características más originales de la espiritualidad del Padre Hurtado es que, como apóstol de la Doctrina Social de la Iglesia, él se dio por entero a la transformación de la sociedad. Acudir a socorrer las necesidades inmediatas de los pobres era urgente, el dolor que le producía en el alma la miseria de los pobres lo llevó a fundar el Hogar de Cristo. Pero esto no era suficiente. Simultáneamente, y desde joven, Alberto Hurtado quiso que terminara en su patria la injusticia social, causa de esta pobreza y del alejamiento de los obreros de la Iglesia. La urgencia de realizar en Chile un orden social verdaderamente cristiano lo impulsó a crear la Asich (Asociación Sindical Chilena), “el más difícil y tal vez el más importante de todos los trabajos” (62,42,6) que se le pidieron, y la revista Mensaje para la orientación religiosa, social y filosófica de los católicos en el mundo contemporáneo.

En su obra Humanismo Social (1947), el Padre sostiene que “la lucha social es un hecho que no necesita demostraciones” [Humanismo Social, Santiago, 1984, p. 15]. Frente a él se dan tres actitudes. La de los que “fomentan esa contienda y hacen de la lucha un instrumento de reforma social”, a saber, la de los que ven a los otros como enemigos y no como hermanos. Segundo, “la de los que se abstienen en la pelea, más aún, se despreocupan de ella… quienes llegar a erigir en sistema su indiferencia”. Por último, la actitud católica “que no es de lucha ni de abstención, sino de sincera colaboración social; su meta es realizar en la práctica la verdadera y auténtica fraternidad humana” [O.c., p. 16].

A la base de esta actitud hallamos nuevamente la mística del prójimo que consiste en ver a Cristo en el pobre y actuar en su favor como Cristo lo haría en lugar nuestro, y considerar a todos los hombres como hermanos de un mismo Padre. Alberto Hurtado fundamenta su pensamiento con el Evangelio, la enseñanza de los Padres de la Iglesia y el Magisterio reciente de los últimos Papas. Todo esto, en orden a crear una “actitud social”, sin la cual será inútil hablar de los problemas y de las reformas sociales.

El Padre dirige su mirada a la realidad amarga del sufrimiento humano. Se fija en el dolor de los pobres, pero no sólo en el de los pobres. Para ello se sirve del auxilio de las ciencias sociales, de las estadísticas. Baja a detalles increíbles, se duele de todo. La guerra europea. “¡El hambre! ¿Quién de nosotros ha tenido hambre? A lo más algunas veces apetito…” [HS, p. 34]. La corrupción moral. La apostasía de masas. “Tenemos aún en Chile un 25% de la población adulta analfabeta…” [HS, p. 37]. “De 420.000 obreros que hay en Santiago, 100.000 viven en conventillos, y 320.000 en piezas, pocilgas y mediaguas”. “La falta de leche en cantidad suficiente trae trastornos que producen la sordera” [HS, p. 44]. “La Inspección General del Trabajo estimaba a fines de 1938, en 828.000 el número de obreros que ganaban menos de $ 10 diarios” [HS, p. 45-46]. Ante la miserable situación en que viven las familias más pobres, se pregunta:

“¿Podrá haber moralidad? ¿Qué no habrán visto esos niños habituados a esa comunidad absoluta desde tan temprano? ¿Qué moral puede haber en esa amalgama de personas extrañas que pasan la mayor parte del día juntos, estimulados a veces por el alcohol? Todas las más bajas y repugnantes miserias que pueden describirse son realidad, realidad viviente en nuestro mundo obrero. ¿Hasta dónde hay culpa? O mejor, ¿de quién es la culpa de esta horrible situación…?” [HS, p. 51].

Todos estos problemas se agravan por factores espirituales: “la tremenda crisis de valores morales y religiosos por que atraviesa nuestra patria” [HS, p. 53]. Algunos siguen pensando que la fe está fuerte: se equivocan. “La fe cristiana…se va debilitando casi hasta desaparecer en algunas regiones” [HS, p. 53]. La educación religiosa no sirve. Mientras no se enseñe la religión del amor al Padre y a nuestros hermanos los hombres todo será inútil. Muchos cristianos pudientes son cristianos “solamente de nombre”. Rara vez van a misa y se lo pasan en fiestas: “paganismo con un manto social de cristianismo”. Las disoluciones matrimoniales abundan y aumentan. Las masas vuelven al paganismo. Dice: “La gran amargura que nuestra época trae a la Iglesia es el alejamiento de los pobres, a quienes Cristo vino a evangelizar de preferencia” [HS, 67]. Frente al comunismo, la actitud del Padre es crítica, para nada ingenua, pero leal:

“Aun al atacar al comunismo lo hemos de hacer con criterio cristiano, no por lo que perjudica nuestros intereses, sino por lo que contradice nuestros principios, por su concepción del hombre, de la vida y del más allá. Aun a este adversario que no respeta al catolicismo, lo hemos de juzgar con inmensa lealtad. Nada más contrario al cristianismo que ese ataque cerrado a todo lo que sea elevación del proletariado” [HS, p. 69].

Según el Padre Hurtado, el más grave de los problemas es la escasez de sacerdotes de la Iglesia chilena, ya que sin sacerdotes no se puede configurar la patria a Cristo.

De todo lo anterior, concluye el Padre que el orden social existente tiene poco de cristiano. Queriendo Dios nuestra santificación, “¿cómo santificarse en el ambiente actual si no se realiza una profunda reforma social?” [HS, p. 89]. Esta reforma debe proceder de una vida interior intensa que “lejos de excluir la actividad social” la haga “más urgente”. “La fidelidad a Dios si es verdadera debe traducirse en justicia frente a los hombres” [HS, 82].

En adelante, el Padre Hurtado, tal vez sin mucho orden, trata de diversos temas atingentes a la reforma social que él auspicia: la práctica de la justicia, el aprecio del trabajo y del trabajador, el sentido social y el sentido de responsabilidad, la riqueza y la pobreza, la sobriedad de vida y la vida social, el trato de amistad, el primado del amor, la acción social (Acción Católica, acción política, acción cívica, acción profesional, acciones escondidas…), la vida escolar como medio de formación social y el espíritu de iniciativa y sentido social. En suma, una infinidad de aspectos que van desde los más simples modos de la buena educación a la reforma política de las estructuras de posesión y distribución de los bienes de la tierra, todo en vista a crear un orden social cristiano.

3.- Una mística para el alma de Chile

De San Francisco dicen que es el más santo de los santos y el más italiano de los italianos. De modo semejante, la santidad de Alberto Hurtado creció en proporción directa con su amor cada vez más intenso por Chile. Él fue un chileno de tomo y lomo, un jesuita enamorado perdido de su patria. En alguno de sus escritos el poeta Vicente Huidobro afirma que lo que a Chile le falta es “un alma”. De la justicia de esta sentencia, Dios dirá. Pero nuestra intuición más querida es que el Padre Hurtado ha dado a este país “un alma”, la suya propia, que, descartado todo nacionalismo enfermizo, todavía está por configurar nuestro genio entre las naciones, según la inspiración de Cristo.

Es admirable como Alberto Hurtado se hace Padre niños más pobres de su patria:

“¡Pobres seres humanos tan hijos de Dios como nosotros, tan chilenos como nosotros! ¡Hermanos nuestros en la última miseria! Bajo esos harapos y bajo esa capa de suciedad que los desfigura por completo se esconden cuerpos que pueden llegar a ser robustos y se esconden almas tan hermosas como un diamante. Hay en sus corazones un hambre de cariño inmenso, y quien llegue a ellos por la puerta del corazón puede adueñarse de sus almas” (10,9).

En la fe en Cristo, el Padre Hurtado descubre una fuerza integradora de su país. Por el contrario, el debilitamiento de la fe es visto como una amenaza contra la patria:

“Todo lo que tienda a disminuir esa fe, da fuerzas a la gran bestia que ruge en el fondo de nosotros y que hace del hombre el lobo del hombre. Todo lo que debilite la fe, debilita la Patria. Luchar contra Cristo es luchar contra Chile” (19,27,4).

Pero la fe en Cristo verifica su autenticidad en la medida que se traduce en sacrificios de caridad y justicia hacia los demás compatriotas. La tarea es urgente, el peligro es inminente:

“Querámoslo o no, en esta hora del mundo ha estallado una revolución social, la más violenta de la historia. Antes que explote en Chile, anticipémonos nosotros a quitar todo pretexto a esas querellas. Hagamos voluntariamente los sacrificios necesarios, y que los niños de hoy sean educados en un ambiente de mayor sobriedad, con un criterio de justicia social y caridad que los capacite para hacerlos constructores del mundo nuevo edificado sobre la fe de Jesucristo” (HS, 148).

Estas palabras del Padre fueron proféticas. La revolución estalló y fue sofocada. No sabemos cuán violenta pudo haber sido de haber triunfado, pero sí conocemos la violencia con que fue reprimida y el dolor e la injusticia enormes que padecen hasta nuestros días los que la perdieron.

Pero estas palabras siguen siendo proféticas. Hoy Chile se encuentra en una situación privilegiada para superar la pobreza, tal vez como nunca antes en su historia. Y, sin embargo, todavía hay millones de hijos de Dios que la sufren, mientras otros, hermanos suyos, viven para hacerse cada vez más ricos. Los que han consagrado su alma al dinero no tienen nada que ofrecer a Chile. En la fe sabemos que el Padre Hurtado sigue vivo, ayudando a Chile a salir de la miseria; aún más, dando su alma profundamente cristiana a la patria. Esta fue su santidad:
“Dios quiere hacer de mí un santo…
quiere tener santos estilo siglo XX…
estilo Chile, estilo abogado, pero que reflejen plenamente su vida” (52,14,5).

Por nuestra parte, hemos de soñar un país de hermanos a partir del amor y la justicia con el pobre. Hemos de soñar a nuestra propia patria viviendo en justicia, paz y colaboración con las naciones vecinas y hermanas. Es preciso apostar por la hermandad universal, aunque todos los pronósticos nos digan que es dato seguro hacerlo por una clase, raza o cultura determinada. Esto no se ha hecho, no lo suficiente. Chile es un país clasista y discriminador. Inspirados en la mística del Padre Hurtado, podemos hacer de Chile un país cristiano, porque hasta ahora no lo ha sido más que de nombre o muy poco, casi nada.

Hacemos nuestros las palabras de Gabriela Mistral: “Démosle al Padre Hurtado un dormir sin sobresalto y una memoria sin angustia de la chilenidad, criatura suya y ansiedad suya todavía” [Mensaje, 411, 1992, p. 308].

A modo de conclusión: la lucha de las interpretaciones

El Padre Hurtado no fue comprendido en su época, muchos no comprenden hoy día su santidad y otro tanto sucederá en el futuro. Su santificación tuvo relación directa con las encrucijadas sociales de su tiempo y los ataques que sufrió tuvieron como causa la originalidad de su concepción del cristianismo en una época cristiana sólo en apariencia. Se dijo que sus ideas eran demasiado “avanzadas”; se le acusó de “comunista”. En nuestros días, unos conjuran su figura reduciendo su santidad a prácticas devotas que sin duda otros cumplieron mejor que él. En el futuro, muchos levantarán su retrato en los Ministerios para asegurarse el puesto. Si en dos mil años la imagen de Cristo ha sido manipulada en las direcciones más inverosímiles, no será raro que suceda lo mismo con uno de sus discípulos.

El estudio realizado permite excluir una serie de interpretaciones equivocadas de su espiritualidad. El Padre Hurtado no fue un “dominico” (con todo el respeto y amor que nos merecen los que proceden “de la contemplación al apostolado”): él contempló a Dios en los pobres y su apostolado fue su contemplación más típica. El Padre Hurtado no fue un “limosnero” que ocultó la injusticia de su sociedad con obras de una caridad hipócrita. El Padre Hurtado no hizo más “milagros” que los que proceden de la caridad sin límites a todas las personas sin distinción. El Padre Hurtado no fue un “revolucionario” que pretende subvertir la sociedad por la eficacia de la fuerza armada. El Padre Hurtado no fue un “comunista”. El Padre Hurtado no fue un “beato” en el sentido corriente del término, pero sí reprodujo en su vida las Bienaventuranzas de Jesús.

Los que siguen pensando que la pobreza es un elemento integrante de la Providencia divina, no comprenderán al Padre Hurtado. Para los que no ven a Cristo en el pobre, su espiritualidad seguirá siendo una herejía.

Pero, los que creemos que el Padre Hurtado fue una visita de Dios a nuestra tierra sabemos que él es un santo de los grandes, un gigante espiritual, un místico radicalmente cristiano. Su modo de entender el cristiano cuestiona a fondo todo lo que hasta ahora se ha entendido por espiritualidad, mística y santidad entre nosotros. Esperamos que Chile y su Iglesia se atrevan a reconocerlo con obras más que con palabras.

 

 

 

 

 

 

Leer más

Discípulo y misionero de Cristo pobre

Artículo escrito por Jorge Costadoat S.J. que presenta la figura de San Alberto Hurtado como un discípulo y misionero de Cristo pobre ante la V Conferencia General del CELAM.

La convocatoria a una V Conferencia General del CELAM a una gran misión del continente, tiene lugar cuando surgen algunas dudas sobre el futuro católico de Latinoamérica.

Nuevas formas de religiosidad seducen a los cristianos. Se acentúa la diferencia y la incomunicación entre distintos modos de ser católico. Los pastores pierden autoridad entre los fieles. Y, desde un punto de vista social, nuevas formas de opresión ni siquiera son reconocidas como injustas porque se las atribuye a un sistema económico capitalista y planetario que -se dice- se reproduce independientemente del querer de las personas. En suma, la Iglesia Católica no logra evangelizar el mundo moderno y post-moderno.

  1. Discípulos para una misión

La misión que se espera hacer a partir del 2007 obliga, por cierto, a preguntarse quién será el “sujeto” que la llevará a cabo: ¿quién será el “misionero”?

Afirma Mons. Errázuriz en la presentación del Documento: “Son tantos los desafíos al inicio del tercer milenio que marcan nuestra vida personal, familiar, pastoral, comunitaria y social, que queremos descender hasta llegar con profundidad al sujeto que les dará respuesta, después de encontrarse con el Señor”.

Los cambios que tienen hoy lugar son tan profundos que no debiéramos contentarnos con respuestas retóricas. ¿Qué está pasando en el corazón del católico que saldrá a anunciar a Jesucristo? ¿Qué entiende por creer en Él? ¿Es cuestión de un sentimiento? ¿De una doctrina sexual, social, psicológica o teológica? ¿De una militancia? ¿O de capacidad para imponerse políticamente a los demás o con presiones en el fuero interno? Si nadie se ocupa de estas preguntas, lo que se entienda por misionar irá a parar al mercado ya bastante competitivo del fundamentalismo.

Independientemente de la calidad del Documento de Participación, los obispos han arriesgado respuestas a algunas de estas preguntas. Y, además, nos ofrecen como ejemplo a nuestros propios santos latinoamericanos.

¿Quién será el misionero de Jesucristo en el futuro próximo de América Latina y el Caribe? Alguien que sea en primer lugar discípulo de Jesucristo, al modo como lo han sido hombres y mujeres de Dios, entre ellos, el Padre Hurtado.

No corresponde aquí objetar la estampa que el Documento de Participación ofrece del Padre Hurtado. Todavía es tiempo para corregirla y, sobre todo, para presentar a los hermanos latinoamericanos al santo chileno como profeta de la justicia social. Alberto Hurtado representa lo mejor del catolicismo social latinoamericano. Este constituyó la aventura misionera más importante de los católicos del siglo XX. Fue el empeño más serio de la Iglesia Católica por responder a la voluntad de Dios como había que hacerlo, escrutándola en los “signos de los tiempos” y en diálogo con la modernidad.

Acerca de la evangelización del continente durante el siglo XX, otras figuras merecerían recordarse: Hélder Camara, Leônidas Proaño y Oscar Romero. Y de los nuestros, a Fernando Vives y sus discípulos Manuel Larraín y Clotario Blest. Y los más cercanos Raúl Silva Enríquez, Enrique Alvear y Fernando Aristía. Muchas mujeres y laicos debieran añadirse a esta lista.

  1. Discípulo y misionero del pobre

Para reconocer en Alberto Hurtado un discípulo y un misionero, es necesario recordar la centralidad que tuvo Cristo en su vida.

Aquí solo quisiera traer a la memoria aquel impacto social que Cristo produjo en la vida y el apostolado del Padre Hurtado. Lo que lo distinguió fue la experiencia de un “Cristo social”. Toda su originalidad espiritual podría resumirse en su “mística social”. Una unión con Dios cumplida en una experiencia de Cristo en el pobre y en una acción social de Cristo, realizada por Hurtado, en favor del pobre.

Esta mística típicamente cristiana, mística de la acción y mística del prójimo puede discernirse en base a dos expresiones del P. Hurtado de enorme densidad espiritual. Estas son: “el pobre es Cristo” y preguntarse ante cada pobre “qué haría Cristo en mi lugar”. Se lo puede decir también así: en virtud de Cristo el pobre es “sujeto” para nosotros y en virtud de Cristo nosotros somos “sujetos” para el pobre.

Para Hurtado la acción ética-social no se da al margen de lo espiritual. Para él el compromiso ético-activo, que podemos llamar el “ser Cristo para el prójimo”, y la dimensión contemplativa-pasiva, que advertimos al asegurar que “el pobre es Cristo”, son dos aspectos de una sola experiencia en la que lo ético, por una parte, depende de lo contemplativo y, por otra, lo manifiesta.

Para él, Cristo vive en el prójimo, especialmente en el pobre. Por esto urge a los miembros de la Fraternidad del Hogar de Cristo a hacer un voto de “obediencia al pobre”. Les pide: “sentir sus angustias como propias, no descansando mientras esté en nuestras manos ayudarlos. Desear el contacto con el pobre, sentir dolor de no ver a un pobre que representa para nosotros a Cristo”.

Para Hurtado, sin embargo, la acción nutre a la contemplación y esta, a su vez, fecunda la acción. Lo plantea como pregunta que exige una respuesta práctica: “¿qué haría Cristo en mi lugar”? En diversas ocasiones hace exhortaciones como la siguiente: “…supuesta la gracia santificante, que mi actuación externa sea la de Cristo, no la que tuvo, sino la que tendría si estuviese en mi lugar. Hacer yo lo que pienso ante El, iluminado por su Espíritu que haría Cristo en mi lugar. Ante cada problema, ante los grandes de la tierra, ante los problemas políticos de nuestro tiempo, ante los pobres, ante sus dolores y miserias, ante la defección de colaboradores, ante la escasez de operarios, ante la insuficiencia de nuestras obras. ¿Qué haría Cristo si estuviese en mi lugar?… Y lo que yo entiendo que Cristo haría, eso hacer yo en el momento presente”.

Probablemente el P. Hurtado habría compartido la convicción profunda de la Teología de la Liberación de acuerdo a la cual es preciso estar dispuestos a “ser evangelizados” por los pobres si es que se quiere “evangelizar a los pobres”. Bien podemos imaginar al P. Hurtado hoy diciéndonos que para “misionar a los pobres” es preciso primero ser “discípulos de los pobres”. Si Cristo está en el misionero y está en el misionado –experiencia extraordinaria que tantos hemos tenido cuando misionamos-, la relación entre ambos debe estar realmente abierta a cualquier posibilidad porque no puede sino ser gratuita y libre. Es que Cristo es el Pobre. Solo en él es posible un encuentro auténticamente humano. En él, el Pobre, Dios y el hombre se encuentran: el hombre en su precariedad milenaria y Dios en su eterna generosidad. Por esto, si en el pobre podemos encontrar a Cristo que nos enseña con su miseria, su deseo de justicia, su amor por la vida y su fe en Dios, el paternalismo y la caridad vulgar que convierte al pobre en “objeto” de ayuda sin reconocerle su condición de “sujeto” que nos puede afectar y convertir, saltan por los aires.

El P. Hurtado se atrevió a encontrar a Dios en el Pobre, el Cristo obrero y huérfano. Amó también a los “ricos”. Él quiso, como todo sacerdote quiere, la reconciliación del mundo con Dios. Pero la procuró de la única manera que Cristo la consiguió, tomando el lugar de las víctimas del pecado personal y social.

Y frente a un mal social, Dios lo llamó a una acción social. Dios actuó en él para cambiar la sociedad que causaba la miseria. En esto consiste la santidad por la cual fue resistido por la burguesía, la santidad que la Iglesia ha reconocido en su caso. Por su afán de emancipar, por liberar a los pobres de las estructuras de injusticia social, el jesuita chileno fue santo y fue moderno. Fue un católico moderno y santo. Creyó, en primer lugar, que Dios ni causa ni desea la pobreza. Segundo, fue un convencido de que la organización de semejante sociedad, al ser producto de la libertad humana, podía también ser cambiada por la misma libertad. Esta comprensión moderna de la persona y de la sociedad, animó a Hurtado a luchar por un mundo mejor. Se contactó con el “sujeto” de su tiempo, el Pobre, y, a la vez, usó las ciencias sociales para entender la realidad de los pobres e imaginar las vías de la superación de la miseria. En este sentido podemos decir que hizo todo lo posible por articular fe y justicia, con el auxilio de las otras dos articulaciones fundamentales, la de la fe y la razón, y la de fe y la ciencia moderna.

Alberto Hurtado todavía nos lleva la delantera. Para ser misionero del Cristo de los pobres, fue discípulo del Cristo pobre no solo socorriéndolo con caridad, sino luchando por la justicia y con la ayuda de las herramientas científicas que su sociedad le ofrecía. Hurtado fue un misionero moderno para un mundo moderno.

  1. El apostolado social hoy

En vista de la misión que la Iglesia latinoamericana emprenderá en 2007 y a la luz de la enseñanza de Alberto Hurtado, tenemos la tarea de repensar el Apostolado Social, esta acción personal y colectiva que caracterizó al Catolicismo Social del siglo pasado.

Los tiempos han cambiado. Prevalece entre nosotros la idea de que es imposible sustraerse a una globalización económica que socava a las naciones y excluye a millones de seres humanos. Muy importantes pensadores nos dirían que el funcionamiento autónomo de diversos subsistemas impide hoy por hoy llamar injusticia al “costo social”, al migrar de los capitales, a las patentes intelectuales o al trato hacia los extracomunitarios indocumentados. Las ideas sociales del tiempo del P. Hurtado, parecerán a estos expertos obsoletas: la sociedad sigue cursos mecánicos, “naturales”, no puede ser cambiada a voluntad; los modelos de desarrollo operan por autoreferencia, en consecuencia, lo único que cabe a las personas es adaptarse.

Este modo de ver las cosas, sin embargo, es teóricamente discutible y, en todo caso, juega a favor de los más poderosos, dejando a las inmensas mayorías expuestas a todo tipo de abusos. Pobres en nuestra actual sociedad, también son los empleados e incluso los gerentes que viven con enorme inseguridad la posibilidad de ser despedidos en cualquier momento y sin mayor explicación. Para los más pobres de los pobres -los que suman a su pobreza material, las enfermedades, la falta de contactos y la ignorancia-, un mundo con piloto automático les quita incluso la fuerza ética para tratar de cambiarlo. Ellos, y la Iglesia con ellos, no pueden sino apostar a lo contrario. Un profeta como Hurtado pondría entre paréntesis las ideologías que se alimentan de teorías semejantes y apostaría a la necesidad ética de dar rumbo a la historia, aun cuando esto sea posible solo a escala menor. ¿Cómo puede ser tolerable que el sistema se ocupe de los pobres para corregir su funcionamiento? ¿De qué ética empresarial se puede hablar cuando la justicia con los trabajadores de parte de los empresarios resulta, a la larga, un buen negocio? El único modo de probar que se puede ponerle el cascabel al gato, es poniéndoselo.

Pensemos, en otras palabras, que en esta historia son posibles los “sujetos”. El P. Hurtado promovió la condición de “sujetos” de los obreros y contribuyó a su organización sindical. Es cierto que ya no se puede esperar, como se esperó en los setenta, que los pobres por sí solos cambien las estructuras por otras más justas. Pero en algún grado los pobres sí pueden cambiar algo. Y asociados entre ellos y con otros, con pastores dispuestos a enemistarse con los poderosos por su causa y con el auxilio de las ciencias modernas, al menos pueden defenderse o poner obstáculos a modelos de desarrollo impersonalizantes.

Hoy el P. Hurtado nos recordaría que cada ser humano es “persona”. Alguien que merece ser tratado como hijo de Dios, único, irrepetible y libre; y alguien que vive entre hermanos, que a ellos debe la existencia y a ellos también debe tratar fraternalmente, responsabilizándose comunitariamente de su suerte.

El Apostolado Social no ha cambiado en lo fundamental: toda su fuerza estriba en que, para Dios, los pobres son “personas”. Nuestro mundo debiera ser un mundo de “personas” y no simplemente una red de funciones impersonales y, en consecuencia, irresponsables. El Cristo pobre de Alberto Hurtado nos enseña como ninguno el carácter de “persona” de cada ser humano. Porque el pobre más que nadie nos acerca a la persona humana de Cristo: humana pues Cristo comparte la condición de los que “hacen” la historia, pero también la de los que la “padecen”; humana, porque Él tiene una individualidad irrepetible y porque, al vivir en plena comunión con el Padre en el Espíritu, genera y restituye la comunidad entre los hombres. Así cambia nuestro corazón e impulsa a cambiar la sociedad en cuanto tal, con los instrumentos que los hombres han creado con la inteligencia que el Creador les dio y a partir de los pobres, los “sujetos” fundamentales del Apostolado Social.

 

 

Leer más

Defensor de la dignidad humana

Artículo escrito por Jorge Costadoat S.J. que destaca la lucha del Padre Hurtado por la dignidad de las personas.

¿Hay personas más dignas que otras? Parece que sí: a las personas famosas se los trata con reverencia; mientras unos esperan su turno a otros se les permite “saltarse la cola”; algunos hombres creen que tienen derecho a pegarle a su mujer; los ancianos son mirados en menos… Pero, que la sociedad funcione así no significa que deba ser así.

Para el Padre Hurtado cualquier hombre o mujer tiene una dignidad superior, la dignidad de ser “hijo de Dios”, porque Dios ha amado a toda persona de un modo singular. Decía: “¡Nada como la religión da al hombre conciencia de su dignidad y le revela los valores que están ocultos en él!”. No hay personas más dignas que otras. Todos somos igualmente dignos de amor y de justicia. Alberto Hurtado quería que a cada uno se diera un trato digno y que, a su vez, cada cual viviera de acuerdo a su dignidad, haciendo valer sus derechos y llevando una vida virtuosa y no viciosa.

¿De dónde sacó el P. Hurtado esta manera de pensar? La Iglesia ha trasmitido hace dos mil años la predilección de Jesús por las personas despreciadas. Jesús nos ha enseñado que Dios ama a los pobres y a los pecadores. Dios ama y dignifica a los humildes, a los que no tienen razones para despreciar a los demás, pero sí razones para proclamar la misericordia divina y para ponerla en práctica.

El P. Hurtado desafió a los jóvenes a vivir conforme a su dignidad, sirviendo a grandes ideales, en vez de desperdiciar la vida en fiestas y libertinaje. Consideró la pobreza indigna de la humanidad e hizo lo todo posible por superarla. Sobre todo, luchó por la dignificación de los obreros, el reconocimiento de la dignidad de todo trabajo humano y de las organizaciones sindicales. Llamó a los cristianos a disputarle al marxismo la causa de la justicia popular, mediante la construcción de una sociedad que “eleve al hombre” y que “satisfaga sus aspiraciones de justicia, de vida humana, de dignidad”.

Poco después de la Segunda Guerra mundial, el P. Hurtado lamentaba los crímenes cometidos. Decía: “De indignos de vivir se ha calificado a millones de ancianos, a enemigos políticos, a hombres de raza diferente ahogados en cámaras de gases, muertos de hambre, expuestos a torturas que Dante no concibió posibles en su infierno”. Y llamaba a los chilenos a estar alerta: “Países como el nuestro que no tienen sus manos manchadas con esos crímenes ¿podrán permanecer tranquilos?”.

Esta última advertencia del Padre Hurtado nos interpela: ¿qué hemos hecho, qué hicimos los cristianos desde entonces para evitar los atropellos a la dignidad humana? ¿Qué debemos hacer hoy para que nuestros compatriotas sean tratados con respeto?

 

 

Leer más

Centrar la vida para una santidad

Columna editorial de Renato Poblete SJ, ex secretario Ejecutivo de la Fundación Padre Hurtado, enviada a los medios con motivo del celebrar el tercer aniversario de la canonización de San Alberto Hurtado en octubre de 2008.

Estamos cercanos a celebrar el Tercer aniversario de la canonización de nuestro Padre Hurtado y quisiera a través de esta editorial invitarlos a reflexionar sobre centrar nuestras vidas hoy en día para obrar en santidad; pero lo quiero hacer a través de sus propias palabras.

“En nuestra época hay muchos que tienen una concepción bien definida de la vida y que viven en conformidad a esa concepción, por más errónea que ella sea, pero ante sus conciencias es la única que vale; y estos hombres, por más grave que sea su error merecen todo el respeto de la humanidad. Son caballeros de la verdad subjetiva, son consecuentes consigo mismo, tienen una hermosa virtud: la sinceridad, la lealtad.

Hay también otro grupo de hombres plenamente convencidos de su causa, que han centrado su vida. Los santos; los santos con mayúscula que están en los altares y los innumerables santos anónimos, que podríamos llamar santos con minúscula, que se debaten en la vida cotidiana contra el mal que los cerca y realizan su vida en la pureza y en la caridad. Santos, o si queremos para no espantar con la palabra, cristianos simplemente, católicos integrales los hay en todas las condiciones, edades, situaciones, regiones.

Otros hay que no tienen centrada su vida, que no han definido propiamente su posición. Son hombres que hablan del cielo y piensan en el suelo; hombres que profesan una fe con la palabra y una vida diferente con los actos o que reducen su fe a las raras actuaciones religiosas del año, o del día si se quiere, pero que el resto de su vida actúan en disconformidad con esa fe. Son los burgueses del espíritu… los que quieren gozar aquí y allá; no renuncian al cielo, pero con tal que les dejen poseer la tierra. Son los hombres que no tienen el valor de mirar la verdad y sacar sus consecuencias…

¿Qué les falta a estos hombres para tener centrada su vida? Fe y carácter. Más luz en la inteligencia; más fuerza en la voluntad… No les falta gracia, porque ésta se derrama con abundancia excesiva sobre todos nosotros pero es necesario que le abramos las puertas del alma ya que “con gran respeto nos trata el Señor” y solicita nuestro concurso hasta para que admitamos sus dones.

El primer elemento para centrar una vida es: ver, y casi anterior a éste, querer ver, ya que se trata de una certeza libre. Muchas veces no vemos porque no queremos ver y no hay peor ciego que el que no quiere ver. La luz de la verdad requiere que le abramos bien amplias las puertas del alma, que quitemos los obstáculos conscientes e inconscientes, las complicidades de nuestro amor propio, que hagamos a un lado los temores de lo que tendríamos que dejar, de lo que deberíamos abrazar… y ¡hay tan pocos hombres que tengan el valor de mirar de frente estas verdades y sacar todas sus consecuencias!

Sin un ideal claramente visto es imposible construir una vida humana de verdadero valer, ya que toda acción no es más que la proyección de un ideal. De la naturaleza de mi ideal dependerá el carácter de mi obrar. Y en nuestro siglo de agitación y de ruido los grandes ideales no brillan: se confunden con las miles lucecitas que se encienden artificialmente todos los días. No se niega el gran ideal, pero no se lo toma más en serio que otra aspiración cualquiera que es necesario satisfacer. En otras palabras el ideal central a dejado de ser central; no hay el valor de negarlo, pero no hay tampoco el valor de sacrificarle los ideales que se le oponen, y viene a resultar el servicio de dos, o de múltiples señores a la vez”.

Sin duda que estas palabras que San Alberto Hurtado expresó hace más de 60 años siguen teniendo plena vigencia. Ideales claros, consecuentes, fe, carácter, voluntad son elementos esenciales que a los hombres de hoy nos pueden ayudar para ser cristianos, católicos integrales o santos sin estar necesariamente en los altares como él nos decía.

 

 

Leer más

Apóstol de la justicia

Artículo escrito por Jorge Costadoat S.J. donde relata el trabajo que realizó el Padre Hurtado por alcanzar la justicia en el Chile de su tiempo.

Hay pocas cosas que duelan más en la vida que la injusticia. La injusticia duele y hace daño. Nos duele que no se reconozca el valor de nuestro trabajo, que nos paguen una miseria. La injusticia hace daño. Humilla. Lesiona nuestros esfuerzos por vivir y por sobrevivir con dignidad. Injusticias hay de muy diversos tipos. Las injusticias familiares (violencia física y verbal), laborales (maltrato en el trabajo), sociales (falta de acceso al sistema de Salud y de oportunidades de Educación), judiciales (cárcel para los pobres e impunidad para los poderosos) y políticas (violación de derechos humanos y democracia “a medias”), cualquiera de ellas nos indigna. Pues, la injusticia causa pobreza y la pobreza destruye a las personas, el matrimonio y deteriora las posibilidades de desarrollo y paz social.

El Padre Hurtado, habiéndose preguntado qué haría Cristo en su país herido por la miseria, quiso ser un apóstol de la justicia. No sólo consiguió recursos para socorrer a los más pobres de los pobres: los niños sin hogar y los vagabundos. Luchó contra la injusticia, rescató la dignidad pisoteada de los pobres, denunció el abuso de los malos patrones y procuró la asociación sindical de los obreros para la defensa de sus derechos. Escribió libros, creó la Asociación Sindical Chilena, fundó la revista Mensaje y el Hogar de Cristo, todo para hacer de Chile un país católico no sólo de nombre, sino de verdad.

Alberto Hurtado se dio cuenta de los grandes peligros de su época. En contra del capitalismo explotador y de la revolución comunista en curso en varios países del planeta, él, inspirándose en la enseñanza social de la Iglesia, promovió un camino distinto: un Orden Social Cristiano, basado en las dos grandes virtudes del amor y la justicia. Pero no quiso caridad sin justicia. Decía: “Muchas obras de caridad puede ostentar nuestra sociedad, pero todo ese inmenso esfuerzo de generosidad, muy de alabar, no logra reparar los estragos de la injusticia. La injusticia causa enormemente más males que los que puede reparar la caridad”.

El Padre Hurtado tuvo la esperanza de que los hombres de su tiempo alcanzarían la paz social, uniendo la benevolencia a la justicia. Eso sí, le parecía una hipocresía limosnear a los pobres, pero no pagarles un sueldo justo. En su obra Humanismo Social concluye: “Los hombres son muy comprensivos para saber esperar la aplicación gradual de lo que no puede obtenerse de repente, pero lo que no están dispuestos a seguir tolerando es que se les niegue la justicia y se les otorgue con aparente misericordia en nombre de la caridad lo que les corresponde por derecho propio. Debemos ser justos antes de ser generosos”.

 

 

 

 

 

 

 

Leer más

Abogado de la persona humana

Artículo escrito por Jorge Costadoat S.J. que destaca aspectos de la vida del Padre Hurtado y su lucha por los derechos humanos.

Como hombre de su tiempo, el Padre Hurtado supo valorar la dignidad y los derechos que cada persona humana tiene, según él, por ser hombre e hijo de Dios. Abogó porque las relaciones humanas fueran regidas de acuerdo al derecho y la justicia. Proclamó el derecho de todos “a vivir, a educarse, a llevar una existencia digna”. Pero, así como exigió que el Estado respetara los derechos de las personas, recordó también “los derechos de la sociedad sobre cada uno de los ciudadanos y las obligaciones recíprocas de éstos a colaborar al bien común, por el sufragio, contribuciones, aporte de su persona, de su talento, en ciertos casos de la vida misma…”.

El Padre Hurtado tuvo especial sensibilidad por los derechos de los trabajadores. Reclamó para ellos un sueldo digno y justo. Quiso que ellos pudieran “ir guardando algo para la vejez o para descansar algún día después de su vida de trabajo”. Levantó su voz en favor de la justicia. Decía: “pero el hombre, el obrero particularmente, no quiere benevolencia, sino justicia, reconocimiento de sus derechos, de su igualdad de persona. Ningún otro substitutivo lo puede satisfacer”. Recordó a los patrones que su derecho a los beneficios es correlativo al de sus inquilinos: “tienen ellos derecho, no menos que él, a llevar una vida en verdad humana: habitación higiénica y alegre, salario familiar suficiente, cultura, descanso y distracciones. El agricultor con mentalidad social debe preparar a sus trabajadores para que puedan llegar a ser propietarios de un sitio conveniente. Los frutos de su campo han de proporcionar bienestar al patrón y también a sus colaboradores”. Aun antes de hacerse jesuita, terminó sus estudios de derechos con sendas tesis que se ocupaban de la reglamentación del trabajo de los niños y del trabajo a domicilio de las asesoras del hogar.

En tiempos de auge del comunismo, Alberto Hurtado proclamó el derecho natural a la propiedad privada, pero repudió el “abuso de la propiedad privada”. Decía: “un sistema de propiedad que no sirve al bien común no está respaldado por el derecho natural y ha perdido su razón de ser como sistema jurídico, lo cual no quiere decir que el propietario pierda su derecho por el mero mal uso de su propiedad, pero sí que el régimen debe ser corregido por los poderes públicos para hacer imposible la repetición de tales abusos, y para orientar la propiedad hacia el bien común, suprema norma de vida social”. La razón de ser del sentido social de la propiedad privada lo hallaba en la misma voluntad de Dios: “el plan de Dios sobre la distribución de los bienes no es que éstos estén en manos de pocos, sino a ser posible, en las manos de todos. La propiedad es de derecho natural, lo que quiere decir que todos están llamados a ser propietarios y que el régimen jurídico ha de ser tal que sea fácil a los hombres llegar a la propiedad”.

Poco antes de la muerte del Padre Hurtado, la ONU aprobó en 1948 la Declaración Universal de Derechos Humanos. Después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, terminada el año 1945, las naciones de la tierra decidieron trabajar juntas por promover y defender los que en adelante serían considerados derechos que toda persona tiene por el hecho de ser tal, no importando su origen, raza o condición de ningún tipo. Por entonces el P. Hurtado ya enseñaba: “todas las tentativas que se hagan por… la creación de un derecho e instituciones internacionales deben encontrar en los católicos sus más ardientes partidarios”.

A Alberto Hurtado no le tocó ver las atroces violaciones de los derechos humanos cometidas en Chile en los años posteriores a su muerte, pero podemos imaginar que, al igual que la Iglesia de esos años, las habría denunciado enérgicamente, con riesgo incluso de su propia vida.

Leer más