Milagros

El Padre Alberto Hurtado fue beatificado por el Papa Juan Pablo II el 16 de octubre de 1994 en la Plaza de San Pedro, Ciudad del Vaticano. A la celebración asistieron miles de chilenos, encabezados por el Presidente de la República de ese período, Eduardo Frei, y los presidentes de ambas cámaras del poder Legislativo, Gabriel Valdés y Vicente Sotta, ambos ex alumnos de Hurtado en el Colegio San Ignacio.

El 23 de octubre de 2005, Alberto Hurtado fue declarado Santo de la Iglesia Católica, por Benedicto XVI. La ceremonia contó con la presencia de más de siete mil peregrinos chilenos de un total de quince mil ubicados en la Plaza de San Pedro. Además, diversas autoridades del país participaron de la ceremonia, siendo encabezados por el Presidente Ricardo Lagos Escobar. Al mismo tiempo, en Chile, miles de personas realizaron vigilias hasta altas horas de la madrugada en espera de la transmisión de la ceremonia de canonización.

El milagro que permitió que el Padre Hurtado fuese santo

Cuando no tenemos explicaciones, cuando la ciencia médica dice hasta aquí llegamos, cuando buscamos palabras para tratar de entender que algo extraordinario ha ocurrido, hablamos de un milagro.

Eso ocurrió con Viviana Marcela Galleguillos Fuentes. Una joven que estudió arquitectura y que en 1996 estaba en el colegio. Ese año fue crucial en su vida. Un accidente automovilístico junto a un grupo de amigos, pudo haber truncado su vida. Sin embargo, eso no ocurrió.

Las consecuencias del accidente

El accidente ocurrido cerca de Papudo la dejó con un problema cerebral de extrema gravedad, que durante varios días parecía insalvable. En el hospital de Valparaíso los médicos le advirtieron a sus padres que no se hiciera grandes ilusiones, pues la situación clínica no daba esperanzas.

Su padre se vino a Santiago al santuario del Padre Hurtado y aunque era de madrugada, él rezó y esperó hasta que se abriera para poner su caso en la tumba de este gran hombre. Sería él quien haría de intermediario frente a Dios todopoderoso para volver a la vida a su única hija. El padre hizo su oración de petición y la dejó estampada en el libro que hay en la tumba.

Su madre y sus abuelos hicieron otro tanto con cadenas de oración.

Sin explicación

A los 12 días, ella despertó como de una gran siesta, sin explicarse por qué se encontraba ahí. No tenía vestigios de nada, no había secuelas de ninguna especie. Los médicos no tenían explicación.

A los dos días se había retirado del hospital por sus propios medios. Entonces vinieron a dar gracias a la casa del Padre Hurtado y describieron su caso nuevamente en el libro.

Este hecho sirvió para que se iniciara la investigación por parte de la comisión médica chilena y luego lo hicieran en Roma. El proceso fue largo, pero finalmente se reconoció que la intercesión de Alberto Hurtado, había permitido que Vivi, como la llaman todos, pudiera encontrarse en medio de nosotros gozosa y agradecida de la nueva vida que el Señor le regalaba.

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EL MILAGRO QUE LLEVÓ AL PADRE HURTADO A LA BEATIFICACIÓN

El 9 de noviembre de 1993, la Sagrada Congregación para la Causa de los Santos, en el Vaticano, ratificó en sesión solemne de Cardenales y Obispos, la existencia de un auténtico milagro, en la persona de doña María Alicia Cabezas Urrutia, realizado por intercesión del Padre Alberto Hurtado Cruchaga, S.J.

El milagro consistió en una súbita e inesperada recuperación de una paciente, que fue más allá del tratamiento médico, en contra del pronóstico de su inminente muerte. En menos de un mes, entre julio y agosto de 1990, María Alicia sufrió tres hemorragias cerebrales masivas, de las que nadie sobrevive, y dos infartos cerebrales, que incluso le dejaron muerta, para siempre, una parte del cerebro. Sin embargo, ella actualmente vive y trabaja en forma normal, sin secuela alguna.

El camino de la cruz

María Alicia, de 34 años, trabajaba como asesora del hogar en casa de doña María de los Ángeles Amenábar de Cruz, secretaria del colegio San Ignacio de El Bosque. El 25 de julio de 1990, sufrió una hemorragia subaracnoídea, por rotura de un aneurisma cerebral. En estado de coma, fue trasladada al instituto de neurocirugía de Santiago, donde ingresó con el peor diagnóstico médico, “Glasgow 3”. La mitad de los pacientes muere en esas condiciones. A los sobrevivientes hay que operarlos rápidamente, para salvarles la vida, aunque queden con lesiones, pues estas hemorragias suelen repetirse, y según las estadísticas médicas, en una segunda hemorragia muere el cien por ciento de los pacientes.

A María Alicia no se la pudo operar por estar muy mal. De intentarlo moriría.

El 2 de agosto le sobrevino una segunda hemorragia, también masiva, y debió morir. El 4 de agosto, le sobrevino un tercer episodio hemorrágico, también masivo, ¡Y no murió! Extrañados los médicos tratantes, Felipe Valdivia, y Freddy Ayach, aunque la paciente estaba en coma, la sometieron a un tratamiento nuclear que demostró una falta de flujo sanguíneo en el cerebro, si esta situación se mantenía, la paciente moriría en unos quince minutos. Según los médicos, María Alicia estuvo así muchas horas. Ella, hasta el día de hoy tiene partes de su cerebro muertas, y sobrevive sin secuelas.

Entretanto, ella seguía en coma con altísima fiebre y varias infecciones. El director del instituto, doctor Reinaldo Poblete, era partidario de desconectar a la paciente de los aparatos que la mantenían con vida. “Hay muerte clínica”, sentenció.

El Señor de la vida se hace presente

Desde el 25 de julio, día de la primera hemorragia, en el hogar de la señora María de los Ángeles se hicieron oraciones al Padre Hurtado pidiéndole un milagro para salvar la vida de María Alicia. El 17 de agosto, víspera del día del Padre Hurtado, unas 400 personas peregrinaron a su tumba y celebraron la eucaristía, rogándole especialmente por ella, dejando expresa constancia en el libro de peticiones.

Entretanto, la doctora jefe de la UTI, en el instituto de neurocirugía, hacía su visita rutinaria a la paciente. Con enorme sorpresa, notó que la alta fiebre había desaparecido, y que María Alicia había recuperado la conciencia. Podía hablar, e incluso mover sus dedos y extremidades, lo que antes no podía hacer, y reconocía nombres y caras. Tanto así, que esa tarde se la envió a la sala común.

Esa súbita recuperación, inesperada e inexplicable a la ciencia médica, permitió prepararla para una ulterior operación, que previniera nuevas hemorragias. El 25 de septiembre la operó durante siete horas, pero ya sin riesgo, para suturar el lugar de las hemorragias. Fue entonces, cuando el doctor Valdivia vio -según lo declarado después- las muestras evidentes del infarto cerebral.

El 8 de octubre de ese año, María Alicia estaba de vuelta en su casa, completamente sana.

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