Nos enseñó que a Cristo no se le puede servir comida en platos rotos

Testimonio del P. José Donoso S.J.:

Una conversación con el Padre Hurtado ayudó a este sacerdote jesuita a descubrir su vocación. El sacrificio y el respeto por los más necesitados son los legados que conserva de su estrecha amistad.

Nervioso y esperando su turno en una larga fila para confesarse. Así recuerda José Donoso los momentos previos a una de las conversaciones más importantes que tuvo con el Padre Hurtado. El Padre Donoso, en ese entonces integrante del noviciado jesuita, se impresionó por lo que encontró: profunda calidez enmarcada en un rostro pálido y amable. “Y fue en ese momento cuando me atreví a preguntarle ¿usted piensa que yo tenga vocación?… sí!!!!!!!! me dijo él. Desde ese instante yo no he dudado”. Aunque reconoce que no tenía muchas ganas de sentir su vocación siendo tan joven, no pudo rehuir a su tarea.

Mientras el mundo estaba convulsionado por la Segunda Guerra Mundial y la crisis económica, el padre Donoso, que se encontraba en el noviciado, trabajó estrechamente con el Padre Hurtado en el Hogar de Cristo. “Venía el Padre Hurtado feliz con su gente y decía: ‘miren vienen 40 personas, ¿tendremos almuerzo para 40?’”, pero milagrosamente el alimento alcanzaba para todos, “era tan extraordinario que era como que Dios entraba a la cocina”.

Lo recuerda como un hombre de oración intensa. Siempre meditando, de preferencia en la playa durante la puesta de sol, sentado casi en la orilla de las olas repitiendo una larga oración que terminaba cuando ya se oscurecía.

Destaca además, que era un hombre culto, seguro de sí mismo y de gran carisma. “Sabía muy bien llegar a la gente, con respeto, sobre todo a los más pobres. Nos decía que él no quería ni un plato roto para la gente, que a Cristo no se le podía servir comida en platos cortados”.

Tras dejar su cargo en las juventudes católicas, el Padre Hurtado concentró sus esfuerzos en la creación del Hogar de Cristo. “Fue como una lección para él, yo sabía que su camino era otro y cuando vio a ese hombre pobre caminando bajo la lluvia se inspiró”.

Recuerda que hablaba a los noviciados con mucha fuerza y convicción: “era un profeta al que no podían callar. Este hombre visionario también tuvo que sufrir y como Jesús terminó en la cruz, pero continúa inspirando a las personas que trabajan en el Hogar de Cristo”.

El Padre Donoso nunca se imaginó que en marzo de 1951 vería por última vez al Padre Hurtado. Muchos de los novicios viajaron al extranjero y el Padre Hurtado los fue a despedir. “Esa fue la última vez que lo vi en la Tierra, despidiéndose hasta que el tren se perdió, fue la última imagen de él. Al año siguiente murió”.

A la distancia supo del dolor que sufría el Padre Hurtado y cómo su enfermedad lo iba deteriorando. Sin embargo, también se enteró de la gracia que significaba su presencia. “Uno de los novicios que lo estuvo acompañando hasta la última noche, me confesó que esos dos meses junto al Padre Hurtado habían sido los más felices de su vida”. Y es que el legado de generosidad y preocupación hacia quienes más necesitan, todavía impresiona. “Cuando la gente escucha que uno ha conocido al Padre Hurtado no pueden creerlo, sé que es un privilegio”, asegura.

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