Padre de los pobres

Artículo escrito por Jorge Costadoat S.J. que destaca la visión del Padre Hurtado hacia los pobres y su trabajo hacia ellos.

Unos dicen que hay que desconfiar de los pobres…. Otros menosprecian a los pobres para arrimarse a los ricos y parecerse a ellos. No falta quien, de vergüenza, oculta sus orígenes humildes y reniega de su propia familia. ¿Qué pobre se siente cómodo en una iglesia elegante si el resto de la gente lo mira con mala cara? Ser pobre parece una maldición.

Pero, desde que Dios “se hizo pobre” en Belén, la pobreza no es más una pura fatalidad. Jesús anunció el Reino a los que la sociedad de su época marginaba por pobres y pecadores. Para el Juicio Final, Jesús prometió el Reino a los que lo ayudaran a él en los hambrientos, los sedientos, los forasteros, los desnudos, los enfermos y los encarcelados. Jesús nació pobre, vivió pobre, compartió con los pobres y murió despojado en la cruz. Jesús bendijo a los pobres de espíritu que, como él, empobrecen para enriquecer a los demás.

El Padre Hurtado fue un cristiano al modo de Cristo. Salió a las calles, se metió en los conventillos más miserables, vio, preguntó, escuchó y conoció en persona el sufrimiento inmenso de sus compatriotas. Lamentó que su Iglesia se hubiera olvidado de los pobres. Llegó a decir: “La gran amargura que nuestra época trae a la Iglesia es el alejamiento de los pobres, a quienes Cristo vino a evangelizar de preferencia”.

El Padre Hurtado vio a Cristo en el pobre y él mismo fue otro Cristo para el pobre. Después de ver a Cristo en la calle creó un hogar para Cristo. Decía: “Tanto dolor que remediar: Cristo vaga por nuestras calles en la persona de tantos pobres dolientes, enfermos, desalojados de su mísero conventillo. Cristo, acurrucado bajo los puentes en la persona de tantos niños que no tienen a quién llamar padre, que carecen hace muchos años del beso de una madre sobre su frente. Bajo los mesones de las pérgolas en que venden flores, en medio de las hojas secas que caen de los árboles, allí tienen que acurrucarse tantos pobres en los cuales vive Jesús. ¡Cristo no tiene hogar!”. Al fundar el Hogar de Cristo, Alberto Hurtado hizo lo que creyó que Jesús habría hecho en su lugar.

En el Hogar, el P. Hurtado comió con los pobres, pasó la noche con ellos, les pidió perdón por no poder atenderlos mejor. Sobre todo, quiso que fueran tratados con dignidad. Poco antes de morir expresó un último deseo: “Que se trabaje por crear un clima de verdadero amor y respeto al pobre, porque el pobre es Cristo”. Poniéndose a la altura de los pobres, inspirándoles confianza, instruyéndolos con dulzura, el P. Hurtado esperó que algún día ellos salieran adelante por sus propios medios y ocuparan en la sociedad el lugar que les corresponde.

Hacia el final de su vida, Alberto Hurtado creyó que el cristianismo se jugaba en su cercanía a los pobres. Comentaba: “espero escribir este verano (¿o comenzar?) algo sobre el sentido del pobre, yo creo que allí está el núcleo del cristianismo y cada día hay más resistencia e incomprensión a todo lo que dice pobreza”. Treinta años después los obispos de Latinoamérica proclamaron la “opción preferencial por los pobres”: los pobres merecen una atención especial de la Iglesia y, a su vez, la evangelizan.

 

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