Querer grande… realizar grande

Columna de Monseñor Alejandro Goic, Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile, enviada a los medios con motivo del celebrar el segundo aniversario de la canonización de San Alberto Hurtado en octubre de 2007.

† Alejandro Goic Karmelic
Obispo de Rancagua
Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile

“Contento, Señor, contento”. “¿Qué haría Cristo en mi lugar?” “El verdadero cristiano da y da hasta que duela”. Estas palabras del padre Alberto Hurtado, como tantas otras de nuestro santo válidas hoy como ayer, forman parte ya de la memoria de Chile. Recientemente las evocábamos en las reflexiones y plenarios de la Primera Asamblea Eclesial, una jornada que marca un hito en la historia de nuestra Iglesia, al congregar a más de 500 personas representantes de la rica diversidad del pueblo de Dios, en un ejercicio de comunión y fraternidad que nos ayudará en la preparación de nuestras próximas Orientaciones Pastorales.

¿Qué hemos recibido los obispos en esta Asamblea Eclesial? Ante todo, la gracia del Señor que se manifiesta en el testimonio de tantas personas de nuestro Chile que se levantan todas las mañanas con el firme propósito de vivir el Evangelio y anunciar con alegría a Jesucristo para que nuestros pueblos tengan vida plena. Hemos revisado nuestro caminar como Iglesia en medio de la realidad social, política y cultural que vivimos. Hemos agradecido al Señor los dones que hemos recibido en este tiempo, también hemos meditado sobre nuestras flaquezas, las tareas pendientes y los desafíos que nos interpelan. Todo en un hermoso clima marcado por el diálogo franco y la fraternidad, animados por el común anhelo de crecer juntos, en el mismo espíritu que nos animaba el padre Alberto: “Mirar grande, querer grande, pensar grande, realizar grande. En los combates de hoy, todo se trata a la escala del hombre y a la escala del mundo. Disponerse a realizar grande”.

La comunión eclesial que en esta Asamblea hemos vivido y celebrado brota y se hace posible desde la persona de Jesucristo. El Padre Hurtado nos mostró que Él es el camino, el “principio y raíz de toda la vida, de la gracia, de la luz, de la fuerza, de la fecundidad, de la felicidad, del amor. Fuera de Jesús todo es muerte, esterilidad, desolación”. En la identificación con Jesucristo se afianza la común unidad (comunidad) de sus discípulos misioneros. Pero nuestra comunión no puede agotarse al interior de nuestras parroquias. Por el contrario, busca siempre extenderse hacia ámbitos de nuestra vida personal y social donde aún reinan el egoísmo, la mentira y la muerte. Se preguntaba el padre Hurtado en 1950: “Sufrimos ante el dolor de los miembros de nuestra familia, ¿pero sufrimos acaso ante el dolor de los mineros tratados como bestia de carga, ante el sufrimiento de miles y miles de seres que, como animalitos, duermen botados en la calle, expuestos a las inclemencias del tiempo? ¿Sufrimos acaso ante esos miles de cesantes que se trasladan de punto a punto sin tener otra fortuna que un saquito al hombro donde llevan toda su riqueza?”. Junto con él, nos preguntamos hoy: ¿Nos parte el alma el dolor humano? ¿Se conmueve nuestro corazón al percibir que el pobre es Cristo, que el hermano sufriente, enfermo, angustiado, ellos mismos son Cristo?

Los pastores de América Latina nos invitan desde Aparecida a “concretar en signos solidarios” nuestro compromiso social, con toda “la imaginación de la caridad”. No podemos ser ajenos a los grandes sufrimientos que vive la mayoría de nuestra gente y que, con mucha frecuencia, son pobrezas escondidas como las que describía san Alberto: “esas pobrezas que tienen que disimularse y que no declaran huelga, ni presentan pliegos de peticiones; el de tanta gente que vive de unos cuantos bonos que se han depreciado hasta no valer casi nada, de una jubilación suficiente hace diez años, misérrima ahora, el de los empleados atascados a un sueldo del todo insuficiente que no pueden celebrar matrimonio porque no pueden afrontar esa nueva vida (…), que no pueden dar educación cristiana a sus hijos porque no pueden pagarla (…)¡Cuántos dolores ocultos de esta especie que quienes viven en la abundancia no sospechan!.

En camino hacia el Bicentenario, creemos que los líderes sociales, los constructores de la sociedad, lo serán de verdad en la medida en que sean capaces de interpretar los dolores, las esperanzas y los anhelos de la gente. A días de celebrar el segundo aniversario de su canonización, las palabras de san Alberto resuenan con una fuerza que nos conmueve: “La Patria necesita un nuevo tipo de hombre. No se puede tallar la efigie del Chile nuevo en madera podrida (…) esto engendra en nosotros, cristianos, una responsabilidad formidable, como pocas veces la hubo en la historia”.

 

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