¡Sacerdote del Señor!

Carta al Padre Sergio Hurtado S.J., Lovaina, del 8 de octubre de 1933, después de haber sido ordenado sacerdote.

Mi querido P. Sergio:

Dios le pague sus cartas, que le he agradecido con toda el alma por ser tan espontáneas, fraternales y llenas de caridad. Yo quisiera tener mucho tiempo para conversar con usted sobre la mar de cosas, pues creo que estas charlas son no sólo sabrosas sino también muy provechosas, pero aquí siempre andamos alcanzados de tiempo, lo que no deja de ser una bendición de Dios.

Y ¡ya me tiene sacerdote del Señor! Bien comprenderá mi felicidad inmensa y con toda sinceridad puedo decirle que soy plenamente feliz. Dios me ha concedido la gran gracia de vivir contento en todas las casas por donde he pasado y con todos los compañeros que he tenido. Y considero esto una gran gracia. Pero ahora al recibir in aeternum la ordenación sacerdotal, mi alegría llega a su colmo, pues como decíamos en filosofía, la potencia ha llegado al acto. Ahora ya no deseo más que ejercer mi ministerio con la mayor plenitud posible de vida interior y de actividad exterior compatible con la primera.

El secreto de esta adaptación y del éxito está en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, esto es al Amor de Nuestro Señor desbordante, el Amor que Jesús como Dios y como hombre nos tiene y que resplandece en toda su vida. Si pudiéramos nosotros en la vida realizar esta idea: ¿qué piensa de esto el Corazón de Jesús, qué siente de tal cosa…? y procurásemos pensar y sentir como Él, ¡cómo se agrandaría nuestro corazón y se transformaría nuestra vida!

Pequeñeces y miserias que cometemos nosotros y que vemos se cometen a nuestro lado desaparecerían, y en nuestras comunidades reinaría una felicidad más sobrenatural y también natural, mayor comprensión, un respeto mayor de cada uno de nuestros hermanos, pues hasta el último merece que nos tomemos alguna pena por él y que no lo pasemos por alto. Es ésta una idea que me ocurre con frecuencia y que la pienso mucho, porque desearía realizarla más y más.

Yo creo que la devoción al Sagrado Corazón hemos de vivirla a base de una caridad sin límites, de una caridad exquisita bajo todo punto de vista, que haga que nuestros hermanos se sientan bien en compañía de sus hermanos y que los seglares se sientan movidos no por nuestras palabras, que la mayor parte de las veces los dejará fríos, sino por nuestra vida de caridad humano-divina para con ellos.

Pero esta caridad ha de ser también humana, si quiere ser divina. En este ambiente de escepticismo que reina ahora yo no creo que haya otro medio, humanamente hablando, de predicar a Jesucristo entre los que no creen sino éste del ejemplo de una caridad como la de Cristo.

Aquí estoy contentísimo con el P. [Francisco] Delpiano. Nos entendemos a las mil maravillas y creo que su compañía será para mí una gracia, pues podremos cambiar ideas sobre tantas cosas que nos interesan y criticar nuestras maneras de ver, de él y mías, y adaptar mejor lo que vemos a nuestras necesidades. ¡Cuántas veces hemos hablado del P. Sergio!

Adiós, mi querido Hermano Sergio. No me olvide delante del Señor.

Alberto Hurtado C. S.J.

 

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