Sacrificio de la Cruz

1. La vida de Cristo tiende esencialmente al sacrificio; y la vida del Cristo moderno no puede ser otra que la del Cristo histórico, y ha de tender por eso también hacia el sacrificio.

2. Las dificultades debieran ser motivo para intensificar más la vida sobrenatural a fin de tener fuerzas para cargar con una cruz que a veces se luce más pesada que la de nuestros padres.

3. Nosotros no lograremos imponer nuestra concepción cristiana de la vida sin sangre, pero a diferencia de otras ideologías nosotros no queremos sangre ajena, sino que debemos estar dispuestos a derramar la propia, si ello fuese necesario, para que Cristo reine en el mundo. No es el nuestro un programa de odio, sino de amor. El odio y el amor están frente a frente: son las pasiones más fuertes, pero vencerá el amor, el amor es más fuerte que el odio, y no olvidemos que Dios es amor, y Dios está con nosotros.

4. En los momentos de mayor angustia muestra al que sufre a Cristo en cruz, que venció al mundo, al dolor y a la muerte muriendo aparentemente vencido en lo alto del madero. Al que ha perdido a un ser querido le hace vislumbrar la vida de eternidad y alegría en unión de la fuente de toda alegría que es Dios: allí veremos, descansaremos, contemplaremos, amaremos sin sombra de dudas ni temor de términos.

5. Los fracasos conducen al apóstol hacia Cristo. Todos ellos son un eco del fracaso grande de la Cruz, cuando fariseos, saduceos y los poderes establecidos triunfaron visiblemente de Jesús. ¿No fue acaso Él vestido de blanco y de púrpura, coronado de espinas y desnudo crucificado con el título de Rey de los Judíos? Los suyos lo habían traicionado o huido. Era el hundimiento de su obra y en ese mismo momento Jesús comenzaba su triunfo. Aceptando la muerte, Jesús la dominaba. Al dejarse elevar sobre la cruz, elevaba la humanidad hasta el Padre, realizaba su vocación y cumplía su oficio de Salvador. En esa línea van también nuestros fracasos…”.

6. Los fracasos de que no somos responsables son el eco de la crucifixión de Cristo en nosotros. Nos hacen semejantes en nuestra alma espiritual y en nuestra sensibilidad a Cristo. Los otros fracasos, los que hemos merecido por imprevisión, por precipitación, por mediocridad o por orgullo, lejos de abatirnos deben estimularnos. Y como Cristo fue objetivo, fuerte, perseverante, magnánimo, así también nosotros. Esta reflexión, prudencia, fuerza que nos faltaba nos la enseñarán nuestros fracasos que nos harán así semejantes a Cristo.

7. Un alma permanece superficial mientras que no ha sufrido. En el misterio de Cristo existen profundidades divinas donde no penetran por afinidad sino las almas crucificadas. La auténtica santidad se consuma siempre en la cruz.

8. La última palabra de la doctrina de Cristo se la recibe cuando uno se decide a poner sus pasos tras los pasos de Jesús condenado a muerte y marchando inocente al suplicio (…) Cristo reinó desde la cruz. Desde la cruz venció el pecado, la muerte, el infierno. El reino de Cristo se fundó en el Calvario y se mantiene sobre todo en la prolongación del Calvario que es la Eucaristía (…).

9. Considera los dolores y Pasión del Señor para tener fuerzas para una donación total que (es) la que exige de cada uno de nosotros: Cristo por mí dejó su bienestar material y humano: nació pobre. Señor, qué vergüenza me da, cómo sufres Tú por mí, y yo sigo con mis comodidades…

10. La muerte para el cristiano es el momento de hallar a Dios, a Dios a quien ha buscado durante toda su vida. Es el encuentro del hijo con el Padre; es la inteligencia que halla la suprema verdad, la inteligencia que se apodera del sumo bien. En la Gloria lo veremos a Él cara a cara, a nuestra Madre la Virgen María, a los Santos; hallaremos a nuestros padres, parientes y a aquellos seres cuya partida nos precedió.

11. Amar es sacrificio, abnegación para hacer felices a los demás, para que ellos tengan lo que yo deseo para la mía. Cristiano egoísta no es cristiano.

12. Amor, ¡Sin un gran amor es inconcebible un gran sacrificio!

13. Cuando uno ama, con qué gusto se sacrifica.

14. El cristiano, cuando quiere hacer una cosa con seriedad, no desprecia nunca la cruz.

15. La cruz nos enseñará el misterio de la cooperación.

16. La gran obra de Cristo que vino a realizar al descender a este mundo fue la redención de la humanidad. Y esta redención en forma concreta se hizo mediante un sacrificio. Toda la vida del Cristo histórico es un sacrificio y una preparación a la culminación de ese sacrificio por su inmolación cruenta en el Calvario. Toda la vida del Cristo místico no puede ser otra que la del Cristo histórico y ha de tender también hacia el sacrificio, a renovar ese gran momento de la historia de la humanidad que fue la primera misa celebrada durante veinte horas iniciada en el Cenáculo y culminada en el Calvario.

17. La señal del cristiano no es la de la espada, símbolo de la fuerza; ni de la balanza, símbolo de la justicia; sino la de la cruz, símbolo del amor.

18. Las dificultades debieran ser motivo para intensificar más la vida sobrenatural a fin de tener fuerzas para cargar con una cruz que a veces se luce más pesada que la de nuestros padres.

19. Mi espíritu de sacrificio, ¡cómo no se va alimentar de esa palabra! Sacrificio para cooperar, sé la finalidad de mis dolores y eso me alienta. El hombre no rehúsa el dolor cuando hay un amor y ve que ese dolor sirve a ese amor. Escapa al dolor cuando no ama, o no ve para qué sirve ese dolor.

20. Y mientras vemos jóvenes generosos que parten a los campos de batallas a pelear batallas temporales por la que creen su causa… vemos hoy a otros que parten a una guerra más cruel, más prolongada, más sacrificada a combatir las batallas de Cristo, para dar al mundo el sentido cristiano.

 

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