Sueldo mínimo… ¿Y sueldo máximo?

Gran revuelo han causado las declaraciones de monseñor Alejandro Goic, obispo de Rancagua, quien la semana pasada propuso un aumento del 60% del sueldo ético, es decir, pasar de $250.000 a $400.000, si bien el 1 de enero comenzó a regir en Chile la primera cifra como sueldo mínimo.
Hace nueve años el vicepresidente de la Conferencia Episcopal ya había puesto el tema sobre la mesa, cuando el sueldo mínimo era de $140.000. En esa época, propuso un sueldo ético de $250.000. “Con el alza de la vida en estos cerca de diez años (…) Insisto, ese es un cálculo que hay que hacer con cuánto dinero puede vivir una familia con dignidad, pero sin duda que $250 mil ya es muy poco”, afirmó en una entrevista dada al periódico Encuentro, del Arzobispado de Santiago.
Quien apoyó públicamente esta propuesta fue el cardenal arzobispo de Santiago, Ricardo Ezzati. “En un país tan desarrollado como el nuestro, necesitamos equilibrar nuestros ingresos, para que todos podamos tener una vida digna”, señaló.
A la luz de estas declaraciones, conversamos con monseñor Goic respecto a su planteamiento. Para contextualizarnos en sus dichos, recordó las reflexiones de San Alberto Hurtado, cuando se preguntaba si Chile era un país católico. “Muchos empresarios católicos pagan muy bien a sus trabajadores, pero hay otros que no pagan tan bien. Sería bueno releer al Padre Hurtado sobre estos temas, y otro gallo cantaría. Falta mucho todavía para ser un país equitativo”, comentó.
Si bien esta propuesta ha provocado las más diversas reacciones, el provincial de la Compañía de Jesús, Cristián Del Campo S.J., cree que es una meta que el país podría alcanzar. “Cuando se hizo la misma propuesta, diez años atrás, no se llegó de la noche a la mañana a la cifra, pero lentamente se logró. Cuando se ponen metas desafiantes y justas, son acogidas y nos movemos más rápido, por lo que creo que pasará lo mismo”, argumentó.
¿Pero qué pasaría si no sólo se hablara de sueldo mínimo, sino que también se propusiera un sueldo máximo? El Provincial piensa que si bien es una idea más difícil de establecer legalmente, esa pregunta ética está muy vigente en Chile. “En un país donde cerca del 80% de la gente tiene ingresos mensuales menores a $600.000 -teniendo un ingreso per cápita anual de 23 mil dólares- significa que un porcentaje muy menor concentra desproporcionadamente los ingresos. El problema, entonces, no es con los que ganan mucho, sino que la gran mayoría de personas de ese mismo país recibe muy poco, por lo que ese cuestionamiento no se puede obviar”, agregó.
En esa misma línea, San Alberto Hurtado, iba más allá. “Cuando la situación de la empresa es próspera, los salarios deben aumentar en proporción a las utilidades de la empresa. Si la situación de la empresa es desfavorable, el salario disminuirá hasta el límite del salario vital familiar”, proponía. Claramente, este planteamiento está basado en un gran sentido de solidaridad, pero que en nuestra sociedad no funcionaría, como admitió Del Campo: “Los empresarios dicen que es fundamental retomar la senda del crecimiento, pero cuando la torta crece y sigue estando tan mal repartida, ¿qué beneficio verdadero puede tener para los que tienen menos, el seguir creciendo? Es muy difícil que este tipo de reflexiones las aterrice por sí solo un modelo económico basado en la acumulación del capital. Por eso las preguntas que nos hacen monseñor Goic y el Padre Hurtado son las que pueden ayudar a organizarnos socialmente y aspirar éticamente a unos estándares más humanos”.
“En Chile tendemos a creer que este modo de organizarnos económicamente es el único como se debe ordenar la economía de mercado. No creamos que este es el único modo, nosotros hemos decidido organizarnos así y mantener una sociedad con estos niveles de desigualdad”, finalizó.

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