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Reforma de las estructuras sociales

Extracto de un documento más largo.

Desorden de las estructuras

Cada cierto número de años una crisis hace estragos en el mundo. Recordemos la enorme crisis de los años 30 y siguientes con millones de cesantes en todos los grandes países. Las fábricas cierran sus puertas; las casas de comercio se ven obligadas a liquidar; la cesantía cunde.

Nosotros podemos multiplicarnos cuanto queramos, pero no podemos dar abasto para tantas obras de caridad… no tenemos bastante pan para los pobres, ni bastantes vestidos para los cesantes, ni bastante tiempo para todas las diligencias que hay que hacer. Nuestra misericordia no basta, porque este mundo está basado sobre la injusticia. Nos damos cuenta, poco a poco, que nuestro mundo necesita ser rehecho, que nuestra sociedad materialista no tiene vigor suficiente para levantarse, que las conciencias han perdido el sentido del deber.

Las empresas económicas no están fundadas para el bien común… Este mundo está construido bajo el signo del dinero. El dinero tiene todos los derechos, y sus poseedores son los poderosos. Las grandes empresas económicas no se regulan ante nada, ni ante las compras de las conciencias, ni ante el dolor humano.

El Estado toma un sitio preponderante, pero desgraciadamente muchos de los que entran en la carrera política, más que buscar el bien de la nación, buscan el suyo propio, el mantenerse en el poder. Los favores son para los amigos. La justicia distributiva parece haber perdido todo sentido.

La moral individual es insuficiente. Muchos no quieren oír hablar de moral. Hacer morales a los hombres es una gran tarea, pero mientras la sociedad en su contextura misma no sea moral tal tarea está condenada al fracaso.

Una sociedad que no hace su sitio a la familia es inmoral. Predicamos a los esposos que tengan hijos, pero en realidad deben ser heroicos para poder tenerlos. Hay un problema de moral social que es aun más grave que el problema de moral individual que predicamos. Más que a los esposos, hay que predicar a los legisladores, a las instituciones; hacer sitio a una familia que pueda vivir según el plan de Dios… de lo contrario, todo nuestro esfuerzo está condenado al fracaso, como lo vemos constantemente. Y creo que en esto no hemos insistido bastante ni los moralistas, ni los sacerdotes en general. Buscamos soluciones individuales a problemas que son sociales; como buscamos soluciones nacionales a problemas que son internacionales.

Una sociedad que no respeta al débil contra el fuerte, al trabajador contra el especulador, que no se reajusta constantemente, para repartir las utilidades y el trabajo entre todos, y que no permite al hombre corriente una vida moral, tal sociedad está en pecado mortal. No basta llamar a algunos amigos de buena voluntad para tratar de solucionar algunos problemas, hay que cambiar los cuadros sociales.

Revolución indispensable

Con claridad meridiana aparece que si queremos una acción benéfica, hay que atacar en primer lugar la reforma misma de la estructura social, para hacerla moral.

No podemos aceptar una sociedad en que todo esfuerzo de generosidad, de abnegación tenga que dirigirse a socorrer a seres miserables. Dándole a la sociedad una estructura adaptada al hombre, a sus dimensiones reales, las miserias serán menos frecuentes. Dolores siempre habrá en el mundo, pero suprimir la miseria no es imposible y debemos esperarlo y trabajar para conseguirlo.

Porque nosotros no hemos pensado a tiempo en estas reformas, otros han pensado antes que nosotros, y en sus planes se sacrifican valores fundamentales.

Tres formas entusiasman a los hombres hoy: marxismo, nacionalismo, derecho del dinero a fructificar y dominar. ¿Qué vamos a hacer en esta lucha? ¿Combatir a los tres grupos, o bien presentar un sistema positivo que incorpore lo que hay de justicia en cada uno de ellos?

Las exigencias de nuestra doctrina son más realistas, más razonables. Respetan más derechos, y exigen más de cada uno.

La familia, ¿no nos aparece como una célula social en que todo está en común, célula de vida común, en que se participan las alegrías y los sufrimientos, como los vestidos y el pan?

¿No se podría pensar en la empresa construida en forma de comunidad, gran familia, como hay ensayos verdaderamente interesantes, en que la propiedad no pertenece ni al individuo, ni al estado, sino a la comunidad del trabajo?

La empresa, desde que existe, es la propiedad común de todos los que en ella participan. A cada uno corresponde sacrificarse por el bien de todos, poner a la disposición de los demás sus propias capacidades: inteligencia, dirección, esfuerzo, dinero. Habrá desigualdades sociales, es natural, como hay desigualdades de condiciones, pero que cuanto cada una de estas diferencias sociales encierra de bueno sea puesto al servicio de la comunidad, para el bien de todos.

La fuerza de un poder nacional

A los que quieren restaurar el poder de la autoridad podemos decirles sin dificultad, que conocemos el valor de la autoridad y su necesidad absoluta en una sociedad ordenada. Mientras no haya en el mundo una autoridad suprema, que Dios quiere lleguemos pronto a ella, que exista en cada nación una autoridad con fuerza para imponer el bien común.

Para poner el mundo en equilibrio, es claro, que hay que poner en equilibrio cada país en primer lugar. Abandonando utopías, el gobierno procurará estabilizar los intercambios entre países, para estabilizar la situación de su propio país. Una estabilidad internacional es más fácil cuando se apoya sobre países internamente estables.

Al proceso presente bajo la presión del dinero, hay que oponer un proceso racional, dirigido por inteligencias y voluntades, que consideren el valor de cada hombre y tengan en cuenta su vida familiar. Y los dirigentes, cuando hayan asegurado a los suyos la paz pública y la vida familiar, cuando los cuerpos intermedios, entre el estado y los individuos, estén cumpliendo su función social, será posible sobre la base de equilibrios nacionales estabilizados, estabilizar en justicia y caridad los intercambios entre naciones, para que todo hombre pueda vivir, pues la familia humana no muere en la frontera de un país. Por tanto autoridad sí, pero para el bien común.

El capital tiene su importancia, pero en último lugar. Antes que nada es necesario que el hombre viva con su familia: es el primer principio de toda sociología humana. Para favorecer esta vida humana, para aumentar la seguridad y la alegría para dar libertad al trabajador, para permitirle una educación, una cultura, el dinero vendrá en su apoyo. Tiene su sitio, después del trabajo y de todos los que trabajan con la inteligencia o con las manos. Pero no tiene derecho de entrometerse libremente a perturbar el juego de las instituciones.

El crédito, como se comienza a comprender, es un arma de dos filos: puede servir para construir, o para destruir arruinando por una superproducción la vida normal. Que en ningún caso el dinero prescinda de las necesidades humanas y de la seguridad social de los trabajadores. El dinero no tiene la primacía sobre el hombre; la banca no está sobre la empresa.

Las empresas y sus jefes deben mirar por el bien común. Estas limitaciones son necesarias para que el capital ocupe su sitio, para que el crédito sirva para el bien y no para el mal. Las economías tienen sus derechos, pero no para la sola utilidad del individuo, sino al servicio de la comunidad.

Nuestra acción

Los espíritus están desorientados a más no poder. Es nuestra hora si sabemos aprovecharla. Si después de haber estudiado los problemas fundamentales en plena vida humana y social, tenemos el valor de hablar en el momento oportuno; si sabemos influenciar la opción de la prensa y por los libros, si nuestras intervenciones sucesivas ante los poderes ayudan a la humanidad a recordar su equilibrio en el respeto de los valores morales, podemos encauzar el mundo en el camino de la justicia.

Las muchedumbres que nos rodean son lentas en comprender, pero después de tantos desengaños, ¿no estarán dispuestas mañana a seguirnos, como seguían ayer a Cristo? El espectáculo de nuestra caridad, el valor y la seguridad de nuestras apreciaciones deben llevar al pueblo a creer nuevamente en los cristianos. Nosotros debemos aparecer en este caos y en esta corrupción como la luz, como la lealtad, como la pureza, como la sal de la tierra.

El discípulo de Cristo que ve las cosas en una mirada de fe cargada de amor se coloca en tal altura que es el único capaz de conciliar en la verdad a los hombres separados por profundas divergencias.

Nada grande nos escapa. No hay mística más realista, más idealista, más humana que la nuestra. Y para encontrarla no hay más que ir a la doctrina cristiana, liberada de clichés y disminuciones. Ella se nos ofrece en el cristianismo puro y simple, que hay que presentar a nuestros contemporáneos en su desnudez y su riqueza, con todas sus exigencias y sus expansiones.

Si hay tan pocos que la encuentran es porque hay que buscarla en Cristo, y Cristo crucificado; hay que buscar en el pensamiento de Cristo el plan de Dios sobre el universo y sobre nuestra humanidad, sobre nuestra nación, sobre nuestras profesiones y empresas, sobre nuestras familias y sobre nosotros mismos. Nuestra mística es contemplativa como toda sabiduría. A nosotros nos toca entrar en el plan de Dios y realizarlo según nuestras fuerzas, y lo que no podemos realizar, que lo deseemos intensamente. Nuestra acción no ha de ser más que la prolongación de nuestra contemplación.

Nuestra vida espiritual sería una mentira, si nuestra perspectiva no se ajustara a la de Cristo, si nuestra contemplación no generara fraternidad afectiva, si Dios a quien dirigimos nuestra mirada de fe, no fuera Padre de todos nuestros compañeros de esfuerzo y sufrimiento; si Cristo, que nos transforma cada día en Él, no dilatara nuestro corazón a las proporciones mismas de la humanidad.

Así pues, nosotros con Cristo, en Él y por Él. Y si no tenemos sino un éxito parcial, nuestro éxito tendrá, con todo, gran importancia. Nosotros damos un sentido a todo, y vemos todo en función de Dios, dándonos continuamente a nuestros hermanos como Cristo.

San Alberto Hurtado S.J.

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La sangre del amor

Tres palabras parecen remover el mundo contemporáneo y están en el fondo de todos los sistemas que se ofrecen como solución a los males de nuestra época: colectividad, solidaridad, justicia social. Nuestra Santa Madre Iglesia no desprecia esas palabras, sino muy por el contrario las supera con infinita mayor riqueza y con un contenido inmensamente más revolucionario y elevándose sobre ellas habla de unidad, fraternidad, amor.

Estas tres palabras son el fondo de toda la enseñanza de la Iglesia, de su enseñanza de siempre, pero especialmente renovada en nuestros días que han presenciado un desarrollo insospechado en la riqueza de sus aplicaciones de las doctrinas más sociales y revolucionarias que jamás se hayan pronunciado sobre la tierra. ¡Cristianos no sois máquinas, no sois bestias de carga, sois hijos de Dios! Amados por Cristo, herederos del Cielo… Auténticamente hijos de Dios; sois uno en Cristo; en Cristo no hay ricos ni pobres, burgueses ni proletarios; ni arios ni sajones; ni mongoles ni latinos, sino que Cristo es la vida de quienes quieren aceptar la divinización de su ser.

Las grandes devociones que llenan nuestro siglo, las que brillan como el sol y la luna en nuestro firmamento son la fe honda en Cristo, camino para el Padre; y la ternura filial para María, nuestra dulce Madre camino para Cristo. El amor a María hace crecer en los fieles la comprensión de que María es lo que es por Cristo, su Hijo. “¡Id a Jesús!” es la palabra ininterrumpida de María, es el consejo que cada noche resuena en el mes de María. Y los fieles van a Jesús.

Y este ha sido el sabio designio de nuestro Venerado Pastor al congregar a este Congreso de los Sagrados Corazones. En este momento en que el mundo se desangra, cuando estamos en vísperas no diría yo de celebrar, sino de lamentar que durante seis Navidades consecutivas no pueda resonar con verdad la palabra Paz sobre los hombres, y aún quizás durante cuánto tiempo tronará el cañón y los hermanos seguirán despedazándose y odiándose; en estos momentos en que vemos a nuestra Patria penetrar en una de las etapas más difíciles de la historia cuando la cesantía está rondando nuestros grandes centros industriales y comenzamos a ver fábricas que paran y obreros que se sumen en la desesperación de la miseria, en estos momentos en que naturalmente se agudizarán las palabras de odio, fruto de la amargura y del hambre, quiere nuestro Obispo que levantemos los ojos a ese símbolo de un amor que no perece, de un amor que no se burla de nosotros, de un amor que si prueba es por nuestro bien, de un amor que nos ofrece fuerzas en la desesperación, de un amor que nos incita a amarnos de verdad, y nos urge a hacer efectivo este amor con obras de justicia primero, pero de justicia superada y coronada por la caridad.

En medio de tanta sangre que derrama el odio humano, la codicia de poseer, la pasión del honor, quiere nuestra Madre la Iglesia que miremos esa otra sangre, sangre divina derramada por el amor, por el ansia de darse, por la suprema ambición de hacernos felices. La sangre del odio lavada por la sangre del amor.

En estos momentos hermanos, nuestra primera misión ha de ser que nos convenzamos a fondo que Dios nos ama. Hombres todos de la tierra, pobres y ricos, Dios nos ama; su amor no ha perecido, pues, somos sus hijos. Este grito simple pero mensaje de esperanza no ha de helarse jamás en nuestros labios: Dios nos ama; somos sus hijos… ¡Somos sus hijos! ¡Oh vosotros los 50.000.000 de hombres que vagáis ahora fuera de vuestra Patria, arrojados de vuestro hogar por el odio de la guerra, ¡Dios os ama! ¡Tened fe! ¡Dios os ama! ¡Jesús también quiso conocer vuestro dolor y tuvo que huir de su Patria y comer pan del destierro! Vosotros obreros los que estáis sumergidos en el fondo de las minas arrancando el carbón, a veces debajo del mar para ganar un trozo de pan, ¡Dios os ama! ¡Sois sus hijos! ¡El Hijo de Dios fue también obrero! Vosotros enfermos, que yacéis en lecho de dolor devorados por atroz enfermedad ¡sois hijos de Dios! Dios os ama, Jesús vuestro hermano comprende vuestro sufrimiento, el que tomó sobre sí el dolor del mundo. Vosotros mendigos, vosotros los que carecéis de todo, hasta de un techo que os cubra, los que vivís debajo de estos puentes o acurrucados en miserables chozas… ¡Dios os ama! ¡Sois hijos de Dios! Los pájaros tenían nido, las zorras una madriguera, pero Jesús vuestro hermano no tenía donde reclinar su cabeza.

Vosotros los que valientemente defendéis los derechos de los oprimidos, los que pedís que se dé al trabajador un salario que concuerde con su dignidad de hombre, vosotros los que clamáis, a veces como Juan en el desierto, que haya más igualdad en el trabajo, más equidad en el reparto de las cargas y en el goce de los beneficios, que la palabra amor deje de ser una palabra vacía para cargarse de profundo sentido divino y humano, no ceséis, no temáis; no estáis haciendo obra revolucionaria, sino profundamente humana, más aún, divina, pues Dios ama a sus hijos y quiere verlos tratados como hijos y no como parias. Si padecéis persecución por la justicia, no os desalentéis, Él la padeció primero, Él murió por dar testimonio de la verdad y del amor, pero tened confianza, Él es el vencedor del mundo y vosotros venceréis si no os separáis de sus enseñanzas y de sus ejemplos.

Si Dios nos ama ¿Cómo no amarlo? y si lo amamos cumplamos su mandamiento grande, su mandamiento por excelencia: Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros como yo os he amado; en esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros. La devoción a los Sagrados Corazones, no puede contentarse con saborear el amor de Dios, sino que ha de retribuirlo con un amor efectivo. Y la razón magnífica que eleva nuestro amor al prójimo a una altura nunca sospechada por sistema humano alguno, es que nuestro prójimo es Cristo.

Que el respeto del prójimo tome el lugar de las suspicacias: que en cada hombre por más pobre que sea veamos la imagen de Cristo y lo tratemos con espíritu de justicia y de amor, dándole sobre todo la confianza de su persona que es lo que el hombre más aprecia, la estima debida al hermano más que la fría limosna; que el salario le sea entregado entero y cabal, tal que baste para una vida en verdad humana, como yo la quisiera para mí si tuviera que trabajar en su lugar; que el salario venga envuelto en el gesto de respeto y agradecimiento de quien comprende que jamás trabajo humano alguno puede ser suficientemente compensado con dinero y que en este sentido quedamos siempre deudores de los obreros que riegan con sus sudores nuestros campos y arrancan de la tierra los bienes que nos traen comodidad y bienestar.

La mirada que dirigiremos estos días al Corazón Sagrado de quien nos mandó amarnos como hermanos nos hará avergonzarnos si nos sorprendemos con demasiada comodidad y regalo mientras muchos de nuestros hermanos carecen de lo más indispensable: ¿qué hacéis por mis pequeñuelos?, oiremos de labios del Maestro. Al levantar nuestros ojos y encontrarnos con los de María nuestra Madre, nos mostrará Ella a tantos hijos suyos, predilectos de su corazón que sufren la ignorancia más total y absoluta; nos enseñará sus condiciones de vida en las cuales es imposible la práctica de la virtud, y nos dirá: hijos, si me amáis de veras como Madre haced cuanto podáis por estos mis hijos los que más sufren, por tanto los más amados de mi corazón.

Vosotros, cristianos, los que tenéis una posición desahogada mirad aquellos que se ahogan en su posición; los que tenéis, dad a los desheredados: dadles justicia, dadles servicios, el servicio de vuestro tiempo, poned al servicio de ellos vuestra educación, poned el servicio de vuestro ejemplo, de vuestros medios. Que el fruto de este Congreso sea un incendiarse nuestra alma en deseos de amar, de amar con obras, y que esta noche al retirarnos a nuestros hogares nos preguntemos ¿qué he hecho yo por mi prójimo? ¿qué estoy haciendo por él? ¿qué me pide Cristo que haga por él?

El cristianismo se resume entero en la palabra amor: es un deseo ardiente de felicidad para nuestros hermanos, no sólo de la felicidad eterna del cielo, sino también de todo cuanto pueda hacerle mejor y más feliz esta vida, que ha de ser digna de un hijo de Dios. Todo cuanto encierran de justo los programas más avanzados el cristianismo lo reclama como suyo, por más audaz que parezca, y si rechaza ciertos programas de reivindicaciones no es porque ofrezcan demasiado, sino porque en realidad han de dar demasiado poco a nuestros hermanos, porque ignoran la verdadera naturaleza humana, y porque sacrifican lo que el hombre necesita más aún que los bienes materiales, los del espíritu, sin los cuales no puede ser feliz quien ha sido creado para el infinito.

El hombre necesita pan, pero ante todo necesita fe; necesita bienes materiales, pero más aún necesita el rayo de luz que viene de arriba y alienta y orienta nuestra peregrinación terrena: y esa fe y esa luz, sólo Cristo y su Iglesia pueden darla. Cuando esa luz se comprende, la vida adquiere otro sentido, se ama el trabajo, se lucha con valentía y sobre todo se lucha con amor. El amor de Cristo ya prendió en esos corazones… Ellos hablarán de Jesús en todas partes y contagiarán a otras almas en el fuego del amor.

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Urgido por la justicia y animado por el amor

Documento redactado por el Padre Hurtado en París, en noviembre de 1947.

Grandeza del hombre: poderse dejar formar por el amor. El verdadero secreto de la grandeza: siempre avanzar y jamás retroceder en el amor. ¡Estar animado por un inmenso amor! ¡Guardar siempre intacto su amor! He aquí consignas fundamentales para un cristiano.

¿A quiénes amar?

A todos mis hermanos de humanidad. Sufrir con sus fracasos, con sus miserias, con la opresión de que son víctimas. Alegrarme de sus alegrías.

Comenzar por traer de nuevo a mi espíritu todos aquellos a quienes he encontrado en mi camino: aquellos de quienes he recibido la vida, quienes me han dado la luz y el pan. Aquellos con los cuales he compartido techo y pan. Los que he conocido en mi barrio, en mi colegio, en la Universidad, en el cuartel, en mis años de estudio, en mi apostolado… Aquellos a quienes he combatido, a quienes he causado dolor, amargura, daño. A todos aquellos a quienes he socorrido, ayudado, sacado de un apuro… Los que me han contrastado, me han despreciado, me han hecho daño. Aquellos que he visto en los conventillos, en los ranchos, debajo de los puentes. Todos ésos cuya desgracia he podido adivinar, vislumbrar su inquietud. Todos esos niños pálidos, de caritas hundidas… Esos tísicos de San José, los leprosos de Fontilles… Todos los jóvenes que he encontrado en un círculo de estudios… Aquellos que han enseñado con los libros que han escrito, con la palabra que me han dirigido. Todos los de mi ciudad, los de mi país, los que he encontrado en Europa, en América… Todos los del mundo: son mis hermanos.

Encerrarlos en mi corazón, todos a la vez. Cada uno en su sitio, porque naturalmente hay sitios diferentes en el corazón del hombre. Ser plenamente consciente de mi inmenso tesoro y con ofrecimiento vigoroso y generoso, ofrecerlos a Dios.

Hacer en Cristo la unidad de mis amores: riqueza inmensa de almas plenamente en la luz, y las de otros, como la mía en la luz y en tinieblas. Todo esto en mí como una ofrenda, como un don que revienta el pecho: movimiento de Cristo en mi interior que despierta y aviva caridad, movimiento de la humanidad, por mí hacia Cristo. ¡Eso es ser sacerdote!

Mi alma jamás se había sentido más rica, jamás había sido arrastrada por un viento tan fuerte, y que partía de lo más profundo de ella misma; jamás había reunido en sí misma tantos valores para elevarse con ellos hacia el Padre.

¿A quiénes más amar?

Pero entre todos los hombres hay algunos a quienes me ligan vínculos más particulares, son mis más próximos prójimos, aquellos a quienes por voluntad divina he de consagrar más especialmente mi vida.

Mi primera misión, conocerlos exactamente, saber quiénes son. Me debo a todos sí, pero hay quienes lo esperan todo, o mucho de mí: el hijo para su madre, el discípulo para su maestro, el amigo para el amigo, el obrero para su patrón, el compañero para el compañero. ¿Cuál es el campo de trabajo que Dios me ha confiado? Delimitarlo en forma bien precisa; no para excluir a los demás, pero si para saber la misión concreta que Dios me ha confiado, para ayudarlos a pensar su vida humana. En pleno sentido ellos serán mis hermanos, mis hijos.

¿Qué significa amar?

Amar no es vana palabra. Amar es salvar y expansionar al hombre. Todo el hombre y toda la humanidad.

Entregarme a esta empresa, empresa de misericordia, urgido por la justicia y animado por amor. No tanto atacar los efectos, cuanto sus causas. ¿Qué sacamos con gemir y lamentarnos? Luchar contra el mal cuerpo a cuerpo.

Meditar y volver a meditar el evangelio del camino de Jericó (Lc 10, 29-37). El agonizante del camino es el desgraciado que encuentro cada día, pero es también el proletariado oprimido, el rico materializado, el hombre sin grandeza, el poderoso sin horizonte, toda la humanidad de nuestro tiempo en todos sus sectores.

La miseria, toda la miseria humana, toda la miseria de las habitaciones, de los vestidos, de los cuerpos, de la sangre, de las voluntades, de los espíritus; la miseria de los que están fuera de ambiente, de los proletarios, de los proletarios, de los banqueros, de los ricos, de los nobles, de los príncipes, de las familias, de los sindicatos, del mundo…

Tomar en primer lugar la miseria del pueblo. Es la menos merecida, la más tenaz, la que más me oprime, la más fatal. Y el pueblo no tiene a nadie para que lo preserve, para que lo saque de su estado. Algunos se compadecen de él, otros lamentan sus males, pero ¿quién se consagra cuerpo y alma a atacar las causas profundas de sus males? De aquí la ineficacia de la filantropía, de la mera asistencia, que es un parche a la herida, pero no el remedio profundo. La miseria del pueblo es de cuerpo y alma a la vez. Proveer a las necesidades inmediatas es necesario, pero cambia poco su situación mientras no se abren las inteligencias, mientras no rectifica y afirma las voluntades, mientras no se anima a los mejores con un gran ideal, mientras que no se llega a suprimir o al menos a atenuar las opresiones y las injusticias, mientras no se asocia a los humildes a la conquista progresiva de su felicidad.

Tomar en su corazón y sobre sus espaldas la miseria del pueblo, pero no como un extraño, sino como uno de ellos, unido a ellos, todos juntos en el mismo combate de liberación.

Desde que uno se lance seriamente, eficazmente, a preocuparse de la miseria, ella lloverá alrededor de uno; o bien, es como una marea que sube y lo sumerge. Quien quiera muchos amigos no tiene más que ponerse al servicio de los abandonados, de los oprimidos, y que no espere mucho reconocimiento.

Lo contrario de la miseria no es la abundancia, sino el valor. La primera preocupación no es tanto producir riqueza, cuanto valorar el hombre, la humanidad, el universo.

¿A quiénes consagrarme especialmente?

Amarlos a todos, al pueblo especialmente, pero mis fuerzas son tan limitadas, mi campo de influencias es estrecho. Si mi amor ha de ser eficaz, delimitar el campo -no de afecto- pero sí de mis influencias. Delimitarlo bien: tal sector, tal barrio, tal profesión, tal curso, tal obra, tales compañeros. Ellos serán mi parroquia, mi campo de acción, los hombres que Dios me ha confiado para que los ayude a ver sus problemas, para que los ayude a desarrollarse como hombres.

Lo primero, amarlos

Amar el bien que se encuentra en ellos. Su simplicidad, su rudeza, su audacia, su fuerza, su franqueza, sus cualidades de luchador, sus cualidades humanas, su alegría, la misión que realizan ante sus familias…

Amarlos hasta no poder soportar sus desgracias… Prevenir las causas de sus desastres, alejar de sus hogares el alcoholismo, las enfermedades venéreas, la tuberculosis. Mi misión no puede ser solamente consolarlos con hermosas palabras y dejarlos en su miseria, mientras yo como tranquilamente y mientras nada me falta. Su dolor debe hacerme mal: la falta de higiene de sus casas, su alimentación deficiente, la falta de educación de sus hijos, la tragedia de sus hijas: que todo lo que los disminuye, me desgarre a mí también.

Amarlos para hacerlos vivir, para que la vida humana se expansione en ellos, para que se abra su inteligencia y no queden retrasados; que sepan usar correctamente de su razón, discernir el bien del mal, rechazar la mentira, reconocer la grandeza de la obra de Dios, comprender la naturaleza, gozar de la belleza; para que sean hombres.

Que los errores anclados en su corazón me pinchen continuamente. Que las mentiras o las ilusiones con que los embriagan, me atormenten; que los periódicos materialistas con que los ilustran, me irriten; que sus prejuicios me estimulen a mostrarles la verdad.

Y esto no es más que la traducción de la palabra “amor”. Los he puesto en mi corazón para que vivan como hombres en la luz, y la luz no es sino Cristo, verdadera luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1,9).

Pero Cristo les trae otra luz, una luz que orienta sus vidas hacia lo esencial, que les ofrece una respuesta a sus preguntas más angustiosas. ¿Por qué viven? ¿A qué destino han sido llamados? Sabemos que hay un gran llamamiento de Dios sobre cada uno de ellos, para hacerlos felices en la visión de Él mismo, cara a cara (1Cor 13,12). Sabemos que han sido llamados a ensanchar su mirada hasta saciarse del mismo Dios.

Y este llamamiento es para cada uno de ellos, para los más miserables, para los más ignorantes, para los más descuidados, para los más depravados entre ellos. La luz de Cristo brilla entre las tinieblas para ellos todos. Necesitan de esta luz. Sin esta luz serán profundamente desgraciados.

Amarlos para que adquieran conciencia de su destino, para que se estimen en su valor de hombres llamados por Dios al más alto conocimiento, para que estimen a Dios en su valor divino, para que estimen cada cosa según su valor frente al plan de Dios.

Amarlos apasionadamente en Cristo, para que el parecido divino progrese en ellos, para que se rectifiquen en su interior, para que tengan horror de destruirse o de disminuirse, para que tengan respeto de su propia grandeza y de la grandeza de toda criatura humana, para que respeten el derecho y la verdad, para que todo su ser espiritual se expansione en Dios, para que encuentren a Cristo como la coronación de su actividad y de su amor, para que el sufrimiento de Cristo les sea útil, para que su sufrimiento complete el sufrimiento de Cristo.

Amarlos apasionadamente. Si los amamos, sabremos lo que tendremos que hacer por ellos. ¿Responderán ellos? Sí, en parte. Dios quiere sobre todo mi esfuerzo, y nada se pierde de lo que se hace en el amor.

San Alberto Hurtado S.J.

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