Testigos de la fe y el amor

Extracto de un discurso en el aniversario de la Congregación de los Sagrados Corazones el 14 de diciembre de 1946.

Testigos de la fe

Es erróneo pensar que el cristianismo es antes que nada una fuerza moral, una filosofía de la vida, una sociología. El cristianismo es antes que todo un credo, un dogma, una aceptación de la revelación divina, aceptación que, claro está, ha de traducirse en vida. Hay quienes quieren un cristianismo trunco: su moral, su concepto de la autoridad, de la propiedad, sus reformas sociales, pero eso, sin la aceptación íntegra por la fe de la revelación, no es catolicismo.

Fe antes que nada en Dios de quien vengo y a quien voy, en Dios, cuyo nombre está escrito por las estrellas del cielo, por las flores de los campos, por la risa de los niños, por la creación entera. Si miro hacia atrás en la historia del mundo, antes que el hombre existiera, antes que los astros brillaran, está Él, principio de todo que ha creado el mundo por amor, por deseo de comunicar al hombre su felicidad, de hacerme feliz a mí, y a mis hermanos los hombres. Verdad tan atrevida, tan audaz, que si Dios no la hubiera revelado jamás hombre alguno se hubiera atrevido a soñarla.

Si miro hacia el futuro me encuentro también con Él, con Dios que me aguarda, me espera, me tiene preparada una mansión en los cielos. No quiero engañarlos, nos dice Jesús: en la casa de mi Padre hay muchas habitaciones y voy a prepararles un lugar, a ustedes a quienes no llamaré siervos, sino amigos, hijos, hijitos muy amados, llega a decirnos.

Dios es amor, eso significa que sus designios al llamarme a esta vida son designios de amor. Dios es Padre, Padre de verdad pues me ha comunicado su naturaleza. La paternidad humana es muy débil para indicar hasta dónde Dios es Padre respecto a mí. Un Padre tal, que para hacernos en realidad sus hijos no temió sacrificar a su Hijo eterno, al Hijo de Dios. Así amó Dios al mundo que nos dio a su único Hijo. El Hijo de Dios se hizo hombre, para hacer a los hombres hijos de Dios. Para que nos llamemos hijos de Dios, y lo seamos de verdad, hecho central de toda la revelación cristiana.

Jesucristo Nuestro Señor hizo consistir gran parte de su enseñanza en hacernos comprender esta verdad, que somos sus hermanos, hijos del mismo Padre Dios, a quien nos enseña a orar diciéndole ¡Padre nuestro! Mil parábolas como las del hijo pródigo, la oveja perdida, nos descubren sus sentimientos que son los sentimientos que sólo un Padre puede albergar. ¿Agotamos esta idea? ¿Descansamos en el pecho de nuestro Padre Dios, como un hijo que sabe que su padre lo ama, lo quiere apoyar, consolar, hacer feliz? Dulcemente repitamos esta palabra ¡Padre nuestro! Sintámonos hijos de Dios.

Nuestra sociedad moderna ha perdido el sentido de la fe: es la más trágica de sus pérdidas. Lo sobrenatural ha llegado a serle incomprensible. Sólo cree en el poder, en la fuerza, en el dinero, en el confort, en el placer… Pero el poder se derrumba en el momento menos pensado como lo hemos visto en estos años hasta el cansancio; la fuerza es empleada más para matar que para proteger; el dinero y el confort son de pocos y no llenan el inmenso vacío del alma. De aquí que nuestra sociedad sin fe, sea una sociedad triste. Necesita creer en algo e inventa mitos que no pueden resistir ni satisfacer. Sólo nosotros podemos dar a los hombres nuestros hermanos la fe que tanto necesitan. Dársela, no con palabras, ni con prácticas superficiales, sino con ese sentido de lo divino que llene nuestras vidas, con esa visión de eternidad que guíe nuestros actos, con el sentimiento de la presencia de Dios que da solemnidad a todas nuestras acciones.

En todos nuestros acontecimientos y actos darnos cuenta que el sentido de nuestra vida no es otro que buscar a Dios. La muerte el momento de hallarlo; la eternidad, la posesión dichosa de lo que tanto hemos ansiado. El testigo de la fe estará arraigado en Dios y dirigido hacia Dios. Podrán venir fuertes vendavales que sacudirán el tronco, harán gemir sus ramas, pero pasada la tormenta sus raíces se habrán arraigado más en la tierra, su copa se dirigirá más atrevida hacia el cielo, sus hojas estarán más limpias y brillantes. En cambio esos árboles que no están firmemente arraigados en la fe, al primer ventarrón son derribados y sólo sirven para el fuego.

Dos grandes contradicciones sufrirá nuestra fe en la época en que vivimos: una viene del placer y otra del dolor.

El placer que nos lleva a encorvarnos hacia la tierra, a adherir a este suelo como si fuese la patria definitiva, y cuando se cede a sus insinuaciones se muere para todo lo sobrenatural: no queda tiempo ni corazón, ni cabeza para pensar seriamente en Dios. Se pueden guardar las prácticas, pero la fe honda, profunda, la que inspira los grandes sacrificios está muerta del todo.

Nuestra época sufre la horrenda tentación del placer sin tasa ni medida. Se busca gozar a cualquier hora, a cualquier precio, aun al de la honra de la mujer, de la vida de los hijos que son infamemente sacrificados por una hora de goce, el abandono de los deberes cívicos y familiares, la pérdida de los ideales. Cuando el hambre de gozo se apodera de un hombre deja de ser hombre: se cierra a los clamores de su fe y al dolor de sus hermanos.

Si los cristianos se amarran a esta tierra y no guardan ojos sino para lo terreno: para divertirse en las playas, casino, tabernas, fiestas que se suceden una tras otra como en los tiempos de mayor prosperidad a pesar que hay tanto dolor en el mundo, que tantos hermanos nuestros agonizan de hambre, sin hogar, sin abrigo, sin trabajo… el mundo tendrá derecho a pensar que su fe es vacía, que su creencia en el cielo, patria de todos los bienes, no es más que una palabra vana, que su doctrina de la fraternidad no es más que una palabra vacía de sentido, y los que no creen al ver a cristianos tan desteñidos, a hombres de fe tan superficial rechazarán una fe en la que no encuentran ningún valor que los entusiasme. Los cristianos que ante la tentación del placer sin medida sucumben en estos momentos de supremo dolor dan sin quererlo testimonio contra la fe que pretenden profesar.

Por eso el Santo Padre no cesa de clamar: “Sobriedad de vida; moderación en el uso de los bienes de este mundo; austeridad de costumbres”. Esos hombres austeros, sencillos, fuertes son los únicos que pueden dar testimonio sincero de su fe.

La segunda contradicción de la fe viene del dolor. El sufrimiento no encorva sino que es como un huracán arrasador. El dolor comprendido lleva a Dios; pero el dolor incomprendido y rechazado aleja a los hombres de Dios.

La humanidad sufre hoy un dolor sin precedentes. Apenas resteñadas las heridas de la pasada guerra; pasamos por la más horrenda de las hecatombes que en 6 años costó 50.000.000 de cadáveres… otros 50.000.000 de exiliados… Las ciudades en ruinas. Los hombres sin hogares hacinados en las calles; desnutridos, hechos pedazos sus nervios… Algunos lo han perdido todo: padre, madre, hijos, hogar, salud y aun mutilados no saben hoy como ganarse la vida. Y ante el terremoto del dolor algunos llegan a preguntarse si hay Dios; otros lo enjuician y lo hacen responsable de todas las calamidades.

El auténtico católico, el verdadero testigo de Cristo sufre por su dolor y por el de su hermano, hace cuanto puede por remediar los males pero sabe que en el dolor hay un misterio.

Ya Jesús el hijo de Dios, lo sufrió, tomó sobre sí todo el dolor del mundo. María su madre, es llamada la Madre de los Dolores; los santos han sido hechos partícipes de la Cruz que Jesús prometió a los que los siguieran: El que quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga… No es el discípulo más que el Maestro. Si a Mí me persiguieron también los perseguirán a ustedes… Si el grano de trigo no muere no da fruto.

Por eso los auténticos cristianos saben repetir como san Pablo: Estoy crucificado con Cristo. Y no conozco sino a Cristo. Esta es, mis hermanos, nuestra primera misión: ser testigos de Cristo dando el espléndido testimonio de fe.

Los católicos en nuestro siglo tenemos que ser testigos del amor de Cristo. La fe que no se traduce en amor es una fe muerta. No hay fe sin amor. Por eso valientemente dijo San Juan: Si tú dices que amas a Dios y no amas a tu hermano, mientes. Y Santa Teresa llegó a decir, la medida de tu amor a Dios, es la medida de tu amor al prójimo.

Testigos del amor de Cristo

Todas las obras que pudiéramos hacer para extender el Reino de Cristo si no nacen y van acompañadas del amor verdadero de nada valen. En cambio el verdadero amor, él sólo, aun sin construcciones, sin ayuda material, es la mejor apología de nuestra fe. Por algo dijo el Maestro: En esto conocerá el mundo que son mis discípulos, si se aman unos a otros.

Hoy en lugar del amor fraternal hay en el mundo una intensa lucha, es un hecho que no necesita demostraciones. Hemos salido de las dos más horrendas guerras que ha conocido la humanidad y los países están amontonando febrilmente armas para una tercera, armas inmensamente más mortíferas que todo lo que hemos conocido, capaces de acabar con la especie humana, y sin embargo no se trepida ni aun ante estos horrores con tal de llevar adelante los propios intereses. La lucha social es un hecho trágico que paraliza la industria, destroza el trabajo y ha marcado con ríos de sangre países de Europa y Asia y ha salpicado también la nuestra con sangre de hermanos. La lucha familiar: la ruptura de los vínculos del hogar, el odio entre hermanos y aún entre padres e hijos; el recelo entre patrones y trabajadores son hechos muy tristes pero demasiado reales.

Ante esta situación caben distintas actitudes. Hay quienes fomentan la contienda y hacen de la lucha un arma. Tal actitud no es católica. Los hombres no podemos odiarnos, somos hermanos. Otros se despreocupan del conflicto. Hay quienes llegan a erigir en sistema su indiferencia: se cruzan de brazos; nada les interesa la justicia social, ni el bien común. ¿Quién les ha ordenado preocuparse de sus hermanos? Y si después de ellos viene el diluvio ¡qué importa! Esta actitud es criminal: es un eco de la respuesta de Caín cuando Dios le preguntó por su hermano: ¿Acaso soy guardián de mi hermano? ¿Qué me importa su suerte?

Los que han comprendido el mensaje de Jesucristo recuerdan continuamente el ámense unos a otros, el mandamiento central del Salvador. Ser testigos de Cristo significa tomar en serio, profundamente en serio, con todas sus consecuencias este mandamiento de amor. Cada prójimo, rico o pobre, por más elevado que éste, o por más miserable que sea, cada prójimo es mi hermano, mi auténtico hermano, más aun, es Cristo: Lo que hagan al más pequeño de mis hermanos a Mi me lo hacen. Dios es tan Padre suyo como mío; ambos somos hijos de María, llamados al mismo cielo y a ayudarnos en esta vida como hermanos que se aman. Sus dolores son mis dolores; las injusticias que él sufre las sufro yo.

Ser testigo de Cristo significa cumplir con todas mis obligaciones de justicia frente al prójimo, de justicia en primer lugar y luego superarlas con un espléndido amor que vaya a llenar lo que la justicia no ha podido colmar. Justicia que el cristiano debe amarla casi diría con rabia. Jesús dijo, con hambre y sed, que son las pasiones más devoradoras. Ser testigo de Cristo significa respetar su persona y las intenciones de mi prójimo: jamás poner mi lengua en su fama; no gozarme en comentar sus defectos, ni menos en sospechar sus intenciones. Ser testigo de Cristo significa tratar con inmenso respeto cada hombre en quien veo mi igual, mi hermano, otro Cristo.

Con nuestra mirada fija en el Corazón de Cristo, pidámosle fuerzas, entereza, santidad, para realizar en el mundo una gran revolución, la revolución del Amor que El vino a predicarnos y enseñarnos con su vida y su muerte; que seamos dignos de encender en la tierra una gran hoguera, la hoguera de un ardiente amor. Que el mundo viendo nuestras obras glorifique al Padre que está en los cielos y por nosotros llegue a reconocer el amor infinito de nuestro Padre Dios.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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