Testimonios

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Me provocó una transformación muy profunda

Testimonio de Marta Cruz-Coke:

Conoció al Padre Hurtado siendo aún una niña. Alejada en ese tiempo de la Iglesia, bastó una conversación para acercarla a la misión social que más tarde compartiría con el Santo.

Cuando niña acostumbraba ver al Padre Hurtado conversando con su madre en casa. Ya mayor y cuando acababa de salir del colegio, Marta Cruz-Coke -actualmente profesora de filosofía, con un extenso curriculum que incluye el puesto de embajadora cultural de la OEA- fue invitada a un retiro espiritual de tres días.

En ese retiro escuchó la primera charla del Padre Hurtado y de inmediato, algo cambió en ella. “Antes de esa charla yo no tenía mucha fe, no tenía esa profundidad de meterme en Cristo como lo hice en ese minuto ¡Con decirle que en mi casa tenían la preocupación de que me metiera a monja! Fue una transformación muy completa”.

A pesar del impacto que causó ese primer encuentro, no fue sino hasta sus años en la universidad cuando Marta Cruz-Coke y el Padre Hurtado se acercaron. Mientras ella era presidenta de la Juventud Católica, compartieron una visión más bien social de la misión eclesial, basada en hechos concretos. “Lo más importante para nosotros eran los hechos, la entrega de amor a través de éstos”, reflexiona.

Las críticas que recibió por su renovada labor misionera, calaron hondo entre los jóvenes que seguían al Padre Hurtado. “De alguna manera lo miraron como un revolucionario por la gran cantidad de ideas que aportaba, de un día para otro leímos en los diarios que el Padre ya no era asesor de la Juventud Católica, lo que provocó una tremenda ira en los jóvenes de la juventud católica. No recuerdo lo que nos dijo el Padre, parece que no dijo nada, sólo nos calmó con su paz personal”, recuerda Marta.

Sobre el carácter del Padre Hurtado, destaca la incondicionalidad que presentaba para resolver los problemas, su abnegación y la capacidad de darles a todas las personas un espacio y comprenderlas. Cuenta que fue él quien oficializó la misa de su matrimonio y la persona que la motivó a luchar por tener a su primer hijo, pese a que los médicos no le daban mucha esperanza de poder ser madre.

Recuerda la especial preocupación que tenía por los pobres y las constantes invitaciones que le hacía para compartir con ellos. “Se preocupaba de ricos y pobres por igual, pensaba que no todo era tan fácil para los ricos: sufrían y tenían problemas, en cambio los pobres, decía que eran ricos de corazón”.

Aunque no asistió al funeral del Padre Hurtado, Marta asegura que todo lo que reportaron los medios sobre su adiós fue poco para lo que allí ocurrió. Señala que por ese entonces ya se pensaba en su santidad. “Cuando estaba vivo se hablaba de la posibilidad de que fuera un Santo porque era una persona que tenía todas las condiciones, era carismático, y era capaz de transmitir valores sin palabras”, afirma.

 

 

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El milagro más grande del Padre Hurtado es el Hogar de Cristo

Testimonio del P. Albino Schnettler S.J.:

Un joven novicio iba rezando el rosario y con un gesto humilde inclinó su cabeza y le sonrió. Así recordaba el padre Albino Schnettler su primer encuentro con el Padre Hurtado, un hombre que se preocupó de atender a todo el que se le acercara, tranquilizando al impaciente con un amigable “lueguito Patroncito lo voy a atender”.

El primer encuentro con el padre Hurtado fue en el Seminario de Chillán en 1924. Con una lucidez que sorprendía a sus 95 años -al momento de entregar este testimonio-, el padre Albino Schnettler seguía teniendo en su memoria la imagen del joven novicio que iba rezando el rosario y que con un gesto humilde inclinó su cabeza y le sonrió. “Fue una sonrisa que me quedó grabada hasta el día de hoy”, señaló. Un sello “único” que recordaba cada vez que le preguntaban por el padre Hurtado, “aquel hombre chistoso, trabajador, atento, caballero, fervoroso y extremadamente obediente”, como él señaló.

Fue el primer novicio que el padre Albino encontró en su periodo de estudiante, “un favor especial de la providencia”, según señaló este jesuita de hablar pausado. Destacó su “espíritu de sumisión y obediencia”, principalmente cuando fue alejado del cargo de asesor de las juventudes católicas. “Fue una persona tremendamente obediente a las decisiones de la Iglesia”, dijo.

Una sumisión que practicó incluso cuando fue acusado de comunista por algunas esferas eclesiásticas. “Al padre Hurtado le preocuparon siempre los problemas sociales. Esto generó que muchos creyeran que era una persona comunista. Fueron tantas las acusaciones que le recomendaron que saliera del país”, recordó el padre Albino.

Al contrario, decidió quedarse en Chile motivado en hacer realidad un sueño que lo persiguió día y noche. “Tenía un gran aprecio y cariño por los pobres. Un día me llevó a visitar el Hogar de Cristo, que en ese tiempo recién comenzaba, y pude apreciar todo el cariño que sentía hacia esas personas”, señaló. Un cariño que se hacía palpable con todo quien se acercara a conversar con él. “Jamás le escuché decir ‘no puedo’. Siempre tuvo tiempo para todos. Era habitual escucharlo decir ‘lueguito patroncito lo voy a atender’”, comentó.

Para este jesuita, es el Hogar de Cristo la prueba más concreta del milagro del padre Hurtado. “Uno ve que el Hogar de Cristo es una obra de Dios y que el padre Hurtado fue el instrumento para llevar a cabo dicha obra. Muchas veces, cuando muere el fundador de una obra desaparece también la obra. Aquí fue al revés. Falleció el Padre Hurtado y el Hogar de Cristo siguió creciendo con más fuerza hasta el día de hoy.

“Para canonizar al padre Hurtado no se necesita ningún milagro… ¿Qué más milagro que el Hogar de Cristo?” concluyó enfático.

El padre Albino Schnettler SJ murió el 22 de junio de 2004.

 

 

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Recordando al Padre Hurtado

Testimonio de Esteban Gumucio:

Él iba adelante sin ostentación, siempre caminante. Hombre de mirada alerta, abierto al Espíritu, que sopla adonde quiere, en todo tiempo y lugar. Iba caminando con seriedad de un profeta, con la responsabilidad de un Pastor, con la sonrisa mansa de un niño.

Yo lo conocí más detenidamente en un viaje a Roma, el año 1947. Viajaba junto con el Padre Hurtado y Don Manuel Larraín, dos hombres de Iglesia, dos corazones llenos de amor divino a este mundo tan amado de Dios. En el aeropuerto, unos periodistas tomaron fotografías de estos tres eclesiásticos vestidos de clerygman con cuello romano y calañé negro. En la foto aparecida al día siguiente en el Diario Ilustrado, aparecía como titular el nombre de una novela en boga: “Tres Monjes Rebeldes”.

Durante el viaje yo, sacerdote joven, les escuchaba sin perder una sílaba. Era un privilegio oír a estos dos hombres santos, que representaban el pensamiento de avanzada en la pastoral de la Iglesia. Conversaban animadamente. Sin saberlo, preparaban el Concilio Vaticano II. Caminaban y caminaban, por caminos recién trazados. Soñaban amorosamente nuestra Iglesia servidora del mundo, temerosos de sus tardanzas, pero confiados en el Buen Pastor que conoce a sus ovejas.

El corazón apasionado del Padre Hurtado caminaba sin descanso urgido por la condición de los trabajadores y su lejanía con nuestra Iglesia. Pensaba que no teníamos derecho a dormir un minuto más de lo indispensable…Mira, que ya viene el esposo y los pobres del mundo necesitan Jesucristo, necesitan a una Iglesia de lámparas encendidas.

Caminaban, conversando, por los libros más señeros del momento: De Lubac, Congar, Rahner, Guardino, P. Longay, Grandmaison, Schilebec, Haring, Durwell, el P. Liegè, etc… Recordaban al P. Fernando Vives, mi tío abuelo. Se paseaban por la Historia y los acontecimientos de nivel mundial y nacional. Nada les era indiferente. Las Encíclicas sociales encendían luces impacientes sobre la política mundial y sobre nuestra pequeña y pujante política de rincón del mundo.

Eran tiempos de encontradas tendencias, no menos apasionadas que las de ahora, y contradicciones entre grupos de laicos católicos y simpatizantes de obispos de ambos bandos. Eran tiempos de pioneros juveniles con voz ante la opinión pública, líderes de la Acción Católica y de renovadores aires en la política de partidos. Iban y venían cartas y acusaciones Chile-Vaticano y viceversa.

El Padre Alberto caminaba, libre, firme y sonriente. Su pasión era Jesucristo, Jesucristo inseparable de su pueblo, Jesucristo justicia y amor, Jesucristo y los pobres del mundo, Jesucristo y su Iglesia santa y pecadora…

Caminaba agradecido, agradeciendo, muy conscientes del sorprendente realismo de la fe. Era un hombre alegremente convencido de que es Dios quien invita a caminar, el que camina contigo, el que toma las iniciativas, el que te provoca el amor, el que despierta los dones e instrumentos que él mismo ha puesto en tus manos. Esta es la llave de la paradoja de su personalidad.

Era fuerte, podría haber sido dominante y avasallador; su fe lo hizo humilde y manso. Podría haber sido un activista, un enfermo de activismo; fue un verdadero hombre de acción, de aquellos que lo dan todo, pero desde la fuente pacífica y ardiente de la ración. Sin perder el encanto de su fogoso amor y de su temperamento lleno de energía, poseía una bondadosa paz alegre que le venía del temple de su fe viva. Él sabía con esa sabiduría honda de cristiano verdadero que sólo a Dios le pertenece la gloria y que sin su Voluntad, todo es vanidad y aflicción del espíritu. En el Padre Hurtado, la grandiosidad pacífica del lago interior alimentaba incesantemente el flujo de sus cascadas y dinamizaba todas las turbinas de su creatividad poderosa.

Él poseía la sabiduría propia de los limpios de corazón: ellos saben encarnar los ideales de caridad solidaria en obras concretas oportunas, que responden a las urgencias del corazón del amigo Jesús en sus necesitados. Es la sabiduría de quienes tienen bien conectada la cabeza con el corazón y las manos. Cabeza bien puesta, corazón amante, manos disponibles y eficientes. Sabía aterrizar los sueños y hacerlos pan, techo, camioneta recolectora de niños vagos, fogosa predicación de retiros en que el Evangelio programado arrasaba con joyas del auditorio para convertirlas en Hogar de Cristo, en Noviciado, en templo, en asilo para niños y viejos. Todo cuanto sabía cosechar de la madura mies de Cristo iba a parar a la olla y corazón de los que tienen hambre.

Pero, el hombre de acción no era prisionero del tiempo. Había escogido ser atento servidor de cuantos cruzasen por su camino. Era caminante a manera de Jesús, co-peregrino de los discípulos de Emmaus. Tenía siempre tiempo y espacio interior para escuchar. Me edificaba ver a este hombre tan ocupado en empresas cristianas de gran calibre, hacerse accesible, ponerse a escuchar sin reloj, con la misma dedicación y apertura, a un niño del colegio o de debajo de los puentes y a un personaje de la política nacional. Era siempre el mismo acogedor hombre sencillo, a quien se le asomaba el corazón de amigo compasivo. Parecía que él te daba las gracias por haber venido y que, por él, el mismo Jesús te preguntaba “¿qué venías conversando por el camino?” y tú mismo te hacías preguntas y encontrabas tus respuestas atinadas. “¿No es cierto que nuestro corazón ardía cuando caminaba con nosotros por nuestro camino?” …Muchas personas, a través de ese sacerdote a la escucha han reconocido a Cristo en la fracción del pan y a su vez, se han convertido en pan para otros.

Durante los días de viaje en Londres, París y Roma, teníamos también tranquilos tiempos de oración. El Señor era siempre el primer servido. En el avión, yo lo observaba por el rabillo del ojo en esos tiempos de silencio mayor que de común acuerdo nos dábamos. Comenzaba por la liturgia de las horas; desembocaba en la lectura de la Biblia y por fin navegaba en silencio hasta la quietud del hombre en contemplación. Otros momentos eran de estudio, reflexión y prolijos apuntes. Pasado un buen tiempo, él y don Manuel compartían algo de sendas lecturas y recomenzaban el vuelo de sus inquietudes y reflexiones. Aludían a documentos y revistas de estudio que ambos poseían en profundidad, con una prodigiosa frescura de memoria. El amor a la Iglesia condimentaba todas esas búsquedas. Con qué convicción aparecían en sus vehementes alegatos los documentos de la Santa Sede. Ambos los llevaban en el corazón y, a veces, los esgrimían con estocadas certeras. Eran amigos en entrañable amor común a esta nuestra Iglesia de Cristo. Podían criticar posturas e ideas, pero nunca faltar el respeto fraterno.

Espero otro día poder continuar estos recuerdos, que son para mí visitas de Dios con el rostro de Alberto Hurtado.

El padre Esteban Gumucio ss.cc. murió el 6 de mayo de 2011.

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Fragmentos de discurso de Monseñor Manuel Larraín en los funerales del Padre Hurtado

Testimonio de Monseñor Manuel Larraín:

“El Padre Alberto Hurtado tenía ciertamente todas las características de esos hombres que Dios suscita, para ser en cada época los enviados que testimonian la trascendencia de lo eterno y captan, para orientarlas, las angustias y las inquietudes de su generación.” (Pág. 8)

“Por eso, el apóstol es, sobre todo, el hombre del amor: el que no da su corazón a nadie, para ofrecerlo a todos; el que se olvida de sí mismo para ofrecerse a los demás; el que cada dolor lo hace suyo y cada gemido humano encuentra un eco en su corazón: El apóstol es el hombre que bajo el amor de Padre de los Cielos realiza, en el amor universal de sus hermanos, el hondo sentido cristiano de la fraternidad El apóstol es un cáliz que rebosa caridad. Y ésa fue la vida del Padre Alberto Hurtado”. (Pág. 10)

“A través de Chile entero, la juventud sintió la mano firme de un timonel que decía: “avanzar mar adentro”; y en su Asesor Nacional vio al Jefe que aguardaba.

Sobre todas las dificultades les enseñó la lección que formaba el corazón del joven: generosidad. Los quería fuertemente hombres y profundamente cristianos. Inquietos a todas las angustias y prontos a toda donación. Mirada abierta, frente alta, mano que sabe darse con sinceridad sonrisa fresca en los labios y, sobre todo, auténtico sentido cristiano de su misión. Para ello tuvo una sola pedagogía y un solo secreto: amar y servir.” (Pág. 19)

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El Padre Hurtado fue un adelantado a su tiempo

Testimonio de Lucía Gumucio:

Como un “visionario que reparó en las necesidades de los más pobres”. Así recuerda esta ex dirigente democratacristiana al Padre Hurtado.

Su padre fue el nexo para que Lucía Gumucio conociera a Alberto Hurtado. En 1945, Rafael Gumucio –uno de los fundadores de la Democracia Cristiana- invitó a su amigo, el Padre Hurtado, a conocer a su familia. “Fue entonces cuando nos motivó a mí y a mi hermano a trabajar en un negocio para juntar plata para el Hogar de Cristo. Nos instalamos en una casa vieja frente al colegio San Ignacio, arreglamos un sucuchito donde vendíamos artículos de regalo y dulces”, recuerda Lucía.

La ex dirigente democratacristiana asegura que de joven era tímida y no siempre sobresalía, pero que su cercanía con el padre Hurtado le permitió encariñarse con las cosas simples de la vida y adquirir el compromiso de ayudar a los más necesitados. Sin embargo, su más vívido recuerdo es otro. “Me enseñó sobre metodología de trabajo. Eso me sirvió muchísimo cuando fui designada para trabajar en una población, fue ahí cuando todo el entusiasmo y la organización que me transmitió el Padre Hurtado, dio sus frutos”, asegura. Esta misma metodología de trabajo era la que el Padre Hurtado aplicaba con sus niños y sus ancianos en las casas de acogida y que lo distinguía como un maestro simple y muy fácil de tratar.

A pesar de lo incomprendida de su labor en un comienzo, de las criticas provenientes de algunos sectores de la Iglesia, y de los inconvenientes de salud –uno de ellos, el cáncer, que lo llevó a la muerte- el Padre Hurtado no decaía, y su ánimo y energía alcanzaban para los demás. “Fue un hombre avanzando para su tiempo, que ocupó un puesto importante en la Iglesia y fue criticado. Aunque provenía de una familia adinerada, el Padre Hurtado hizo cambiar las prioridades de la Iglesia hacia los más pobres. Siento que tiene que haber sufrido mucho por las críticas, pero él no se entristecía para nada, al contrario, daba ánimo a quienes lo rodeábamos”, señala Lucia.

Destaca, además, el carácter sencillo y modesto del Padre Hurtado pero, sobre todo, su contagiosa alegría. “Yo gocé con el Padre Hurtado, uno podía sentir su alegría interior”, agrega. Y recuerda su generosidad: “un día unos niños del barrio entraron a robar la camioneta del Padre, mi hermano y yo salimos enfurecidos, pero él dijo ‘déjenlos, no hagan nada’”.

Y en su último adiós, Lucía Gumucio, fue testigo del legado del Padre Hurtado. “A su funeral asistieron personas de todos los estratos sociales: había gran cantidad de personas que vivían en la calle y que pertenecían al Hogar de Cristo, pero también había dirigentes sindicales y muchas autoridades”, afirma. Un día que esta mujer recuerda como especial. “El día del entierro fue maravilloso. Estaba en la iglesia y salimos afuera y vimos en el cielo una cruz clara. Fue una cosa muy linda, que me llena de emoción”, señala Gumucio.

 

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Era el Padre Hurtado una especie de franciscano natural

Testimonio de Gabriela Mistral:

Era el Padre Hurtado una especie de franciscano natural. Yo no sé si él rondó en torno de la llama dulce del franciscanismo, pero su naturaleza era cierto franciscanismo trajinador y este trajín puede llamarse un correteo por los niños pobres.

Del Santo de Asís tenía también el hablar con gracia, la expresión a la vez donosa y llana. Este don de su conversación más su llaneza le ganaba a todos y le servía a maravilla para limosnear en bien de sus pobres y de sus niños.

Cuando, en esta casa de Nápoles que tiene un jardincito -a Dios gracias- yo sigo el ajetreo de dos o tres pájaros que saquean cuanto pueden en la floración, no puedo sino acordarme del “género Padre Hurtado”, o sea de los que buscan, no entre plantas floridas, sino en la espesura del egoísmo humano, las sombras de los hartos: ropas, objetos y…dineros.

Con esta misma gracia del pájaro él circulaba por Santiago en este menester duro para alma delicadísima.

Con gracia pedía con la gracia humana y con la otra.

Su ejemplo planeará siempre sobre aquellos que le conocimos y muchas veces sentiremos que el empujón del apresurado nos saca de nuestro estupor.

Honra y dicha fue tenerlo y es tristeza no mirarle más en la fila de su Orden y en la falange de la chilenidad.

Sigamos dando, sí, porque su mano tal vez siga extendida allá abajo, lo mismo que antes y debemos sosegarla cumpliendo por él.

Sabemos oír a los muertos; en cuanto se hace un silencio en nuestros ajetreos mundanos se les oye y distintamente, oír al P. Hurtado será una obligación de responsable. Y la respuesta única que hay que dar a su alma atenta y a su bulto sólo entredormido es la ayuda de sus obras, un socorro igual al de antes, porque la miseria, la bizca y cenicienta miseria, sigue corriendo por los suburbios manchando la clara luz de Chile y rayando con su uñeteada de carbón infernal la honra y el decoro de las aldeas.

Duerma el que mucho trabajó. No durmamos nosotros, no, como grandes deudores huidizos que no vuelven la cara hacia lo que nos rodea, nos ciñe y nos urge casi como un grito. Si, duerma dulcemente él, trotador de la diestra extendida, y golpee con ella a nuestros corazones para sacarnos del colapso cuando nos volvamos sordos y ciegos.

Y alguna mano fiel ponga por mí unas cuantas ramas de aromo o de “pluma Silesta” sobre la sepultura de este dormido que tal vez será un desvelado y un afligido mientras nosotros no paguemos las deudas contraídas con el pueblo chileno, viejo acreedor silencioso y paciente. Démosle al Padre Hurtado un dormir sin sobresalto y una memoria sin angustia de la chilenidad, criatura suya y ansiedad suya todavía.

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El padre era un torbellino

Testimonio de William Thayer:

Los retiros espirituales de finales de los años ‘30 e inicios de los ‘40 fueron la oportunidad que tuvieron muchas personas para conocer al Padre Alberto Hurtado. Es el caso de William Thayer, que después de vivir la inolvidable experiencia del primer retiro espiritual, mantuvo una relación de amistad que, según él, ha traspasado las barreras del tiempo.

Era el año 1937 y William Thayer cursaba el primer año de la carrera de Leyes. Apegado a la fe católica, el joven estudiante formaba parte de la Acción Católica, por lo que ese año aceptó gustoso la invitación a un retiro espiritual que daba el Padre Hurtado en Valparaíso. Éste fue quizás el comienzo de una amistad que ha traspasado las barreras del tiempo: “Mi amistad con el Padre Hurtado se mantuvo muy estrecha después de que murió. Antes, había que pedir audiencia, después ha estado con nosotros”

Después de ese primer encuentro, Thayer comienza a vivir una etapa espiritual importante, que es guiada por el Padre Hurtado. La fe y la amistad unen a estos dos personajes que pronto deberán trabajar en las Juventudes Católicas. Thayer recuerda al Padre Hurtado como “un torbellino, de una eficiencia y capacidad enorme”. Características suficientes que llevaron al beato, en el año 1941, a ocupar el cargo de Asesor Nacional de las Juventudes Católicas. Una designación importante para Thayer que, en ese mismo año, fue nombrado Presidente Nacional de las Juventudes Católicas. “Él como asesor procuraba ser el alma que no se veía y nos orientaba. Nos daba el mayor vuelo posible”, es lo que más recuerda William de aquellos tiempos, en donde el enorme apoyo que recibió del Padre Hurtado a través de sus orientaciones y sus motivaciones, marcaron profundamente su vida.

Lo marcaron como aquel día en que comenzó a nacer la idea de fundar el Hogar de Cristo en la mente del Padre Hurtado. “Él venía de hablar con la superiora de los protestantes, a quien estimaba mucho el Padre Hurtado y dijo ‘es una vergüenza que los protestantes tengan un Hogar para los pobres y la Iglesia Católica no’”. Este hecho, más la idea de que “el pobre es Cristo y hay que atenderlo”, fueron las bases sobre las cuales se fundó el Hogar de Cristo en 1944. “Este padre iba todas las noches a recoger chiquillos y les llevaba pan”, recuerda Thayer. “Eso era una obra de Dios” recalca.

El contacto con el beato se mantiene hasta 1951, principalmente por su trabajo como jefe de capacitación de la Agrupación Sindical Chilena (ASICH). Thayer destaca en el Padre Hurtado su modestia, su libertad y su increíble sentido de caridad.

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Nos enseñó que a Cristo no se le puede servir comida en platos rotos

Testimonio del P. José Donoso S.J.:

Una conversación con el Padre Hurtado ayudó a este sacerdote jesuita a descubrir su vocación. El sacrificio y el respeto por los más necesitados son los legados que conserva de su estrecha amistad.

Nervioso y esperando su turno en una larga fila para confesarse. Así recuerda José Donoso los momentos previos a una de las conversaciones más importantes que tuvo con el Padre Hurtado. El Padre Donoso, en ese entonces integrante del noviciado jesuita, se impresionó por lo que encontró: profunda calidez enmarcada en un rostro pálido y amable. “Y fue en ese momento cuando me atreví a preguntarle ¿usted piensa que yo tenga vocación?… sí!!!!!!!! me dijo él. Desde ese instante yo no he dudado”. Aunque reconoce que no tenía muchas ganas de sentir su vocación siendo tan joven, no pudo rehuir a su tarea.

Mientras el mundo estaba convulsionado por la Segunda Guerra Mundial y la crisis económica, el padre Donoso, que se encontraba en el noviciado, trabajó estrechamente con el Padre Hurtado en el Hogar de Cristo. “Venía el Padre Hurtado feliz con su gente y decía: ‘miren vienen 40 personas, ¿tendremos almuerzo para 40?’”, pero milagrosamente el alimento alcanzaba para todos, “era tan extraordinario que era como que Dios entraba a la cocina”.

Lo recuerda como un hombre de oración intensa. Siempre meditando, de preferencia en la playa durante la puesta de sol, sentado casi en la orilla de las olas repitiendo una larga oración que terminaba cuando ya se oscurecía.

Destaca además, que era un hombre culto, seguro de sí mismo y de gran carisma. “Sabía muy bien llegar a la gente, con respeto, sobre todo a los más pobres. Nos decía que él no quería ni un plato roto para la gente, que a Cristo no se le podía servir comida en platos cortados”.

Tras dejar su cargo en las juventudes católicas, el Padre Hurtado concentró sus esfuerzos en la creación del Hogar de Cristo. “Fue como una lección para él, yo sabía que su camino era otro y cuando vio a ese hombre pobre caminando bajo la lluvia se inspiró”.

Recuerda que hablaba a los noviciados con mucha fuerza y convicción: “era un profeta al que no podían callar. Este hombre visionario también tuvo que sufrir y como Jesús terminó en la cruz, pero continúa inspirando a las personas que trabajan en el Hogar de Cristo”.

El Padre Donoso nunca se imaginó que en marzo de 1951 vería por última vez al Padre Hurtado. Muchos de los novicios viajaron al extranjero y el Padre Hurtado los fue a despedir. “Esa fue la última vez que lo vi en la Tierra, despidiéndose hasta que el tren se perdió, fue la última imagen de él. Al año siguiente murió”.

A la distancia supo del dolor que sufría el Padre Hurtado y cómo su enfermedad lo iba deteriorando. Sin embargo, también se enteró de la gracia que significaba su presencia. “Uno de los novicios que lo estuvo acompañando hasta la última noche, me confesó que esos dos meses junto al Padre Hurtado habían sido los más felices de su vida”. Y es que el legado de generosidad y preocupación hacia quienes más necesitan, todavía impresiona. “Cuando la gente escucha que uno ha conocido al Padre Hurtado no pueden creerlo, sé que es un privilegio”, asegura.

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El Padre Hurtado es un símbolo de solidaridad para todos los chilenos

Testimonio del P. Renato Poblete S.J:

El padre “pobrete” como le llamaban muchos que lo conocieron, fue uno de los grandes continuadores de la obra del Padre Hurtado. Estuvo a la cabeza del Hogar de Cristo durante casi veinte años y siempre se la jugó por este hombre inspirador de su vocación.

Fue en 1941, cuando cursaba su último año de colegio, que conoce al Padre Hurtado y comienza a ayudarlo activamente en la Acción Católica, llegando a presidir a cinco mil estudiantes de liceos fiscales a lo largo del país. Así comenzó su “run-run”, como le llamaba el padre Hurtado al despertar de la vocación religiosa.

“Yo en esa época le había planteado al padre mi llamado, pero estaba indeciso, no sabía qué hacer. Un día le dije que me casaría y formaría una familia. Él me respondió; muy bien, será un gran laico y un gran padre de familia. Me dejó sin habla, pensé que me diría que lo pensara mejor, que no lo hiciera; pero en fin, eso me remeció” relató el padre Renato Poblete.

Cuando tenía 20 años, cursando tercer año de Ingeniería Química en la Universidad Católica, decide ingresar a la Compañía de Jesús. Para mí el Padre Hurtado siempre fue “un apóstol de Jesucristo, una persona enormemente enamorada de Jesús, que trataba de vivir de acuerdo a los principios que nos había enseñado y trataba de actuar de forma en que la palabra no fuera una mera palabra, sino se convirtiera en obra”.

En los últimos años de su vida el Padre Renato Poblete dirigió la Fundación Padre Hurtado y fervientemente difundió el mensaje que este hombre santo nos dejó. “Representa un símbolo de solidaridad para todos los chilenos”, concluyó.

El Padre Renato Poblete SJ falleció el 18 de febrero de 2010.

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Nos hizo chiflarnos de amor por Cristo

Testimonio del P. Víctor Risopatrón S.J.

Presidente de las juventudes católicas en sus tiempos de estudiante, comenzó su relación con el Padre Hurtado en el colegio San Ignacio. La energía y el entusiasmo que le trasmitía su director espiritual, hizo a este ignaciano -como a muchos otros- consagrar su vida a Dios.

Dos hitos fundamentales formaron al sacerdote Víctor Risopatrón: Los retiros espirituales del colegio San Ignacio y el estímulo constante de quien era el alma de las reuniones en las casas de ejercicios espirituales, el Padre Hurtado. “Formarnos con un hombre que vibraba con Jesucristo de manera distinta y que para nosotros era admirable, nos hizo seguir a Jesucristo y… ¿cómo lo íbamos a seguir?, bueno, a través de la persona que mejor lo representaba en ese tiempo”, asegura.

Su estrecha relación se inició cuando el Padre Hurtado le ofreció a él y a unos amigos ser su guía espiritual. “Al principio nos atendía en una pieza chiquita, después trasladó su cama a otro lugar y transformó esa pieza en oficina, es que en la antesala normalmente se juntaban más de 10 chiquillos que esperaban conversar con él”, señala.

Cuando terminó el colegio, el Padre Risopatrón dudó sobre su vocación sacerdotal, pues se sentía atraído por la profesión de abogado. Fue así como postuló a la Escuela de Derecho de la Universidad Católica, sin sospechar que al interior de ésta se volvería a encontrar con el Padre Hurtado. “Un día nos encontramos en la micro, los dos íbamos a la universidad, él a hacer clases y yo como alumno. Entonces, como que no se aguantó más y cuando ya nos bajábamos, me dijo: ‘Bueno pos patroncito y cuándo nos decidimos’. Le surgió de manera natural el deseo de ayudarme a tomar una decisión”. Asegura que el Padre Hurtado quería que sus jóvenes se comprometieran con Cristo a través de la Iglesia, pero que era muy prudente y nunca los forzó a seguir la vida religiosa.

Mientras estudiaba, el Padre Risopatrón no quiso abandonar la Iglesia y se integró a la Acción Católica, conformada por jóvenes que no sólo compartían las ganas de trabajar, sino la misma formación y dirección espiritual a cargo del Padre Hurtado. La energía y el entusiasmo que el grupo desplegaba en sus actividades los hizo apodarse los “Chiflados por Cristo”. Algunos participaban además en las Juventudes Católicas que el Padre Hurtado había refundado mientras era asesor nacional. El Padre Risopatrón llegó a ser presidente nacional de los jóvenes católicos.

“Salíamos a recorrer el país, no solamente visitábamos las parroquias del Gran Santiago, íbamos al norte y al sur buscando jóvenes comprometidos con la Iglesia. La mayoría de las veces el compromiso que tenían era vago, no se concretaba en organización, entonces nosotros les dábamos organización y el entusiasmo de chiflarse por Cristo”, recuerda.

Para el Padre Risopatrón la figura de Alberto Hurtado ha crecido. “A pesar de que sigue siendo el mismo Padre Hurtado, creo que su influencia en la Iglesia ha crecido después de su muerte. En los últimos cinco años, se ha ganado un lugar en este país”. Esa misma figura lo inspiró hasta tal punto que Víctor Rispatrón, después de cursar estudios eclesiásticos en Argentina, Colombia y Francia, no pudo negarse a seguir la vida religiosa, desempeñándose actualmente como asesor y confesor del Santuario del Padre Hurtado.

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Más que una persona, es una obra, la llegada de la caridad verdadera

Testimonio del P. José Ignacio Cifuentes S.J.

Muchos fueron los momentos compartidos por el padre José Ignacio Cifuentes y el Padre Hurtado. La amistad comenzó a surgir cuando el Padre Cifuentes lo ayudaba en las misas, sin ser todavía su guía espiritual. Además participó junto a él en la Revista Mensaje y en los recorridos que el beato realizaba constantemente para recoger a niños de la calle.

José Ignacio Cifuentes conoció al Padre Hurtado en 1923, en el Colegio San Ignacio. Cuando el padre Cifuentes estaba estudiando filosofía en el Seminario San Miguel, el Padre Hurtado regresó de Europa y empezaron a hacerse cada vez más amigos. Su capacidad de atención y sencillez eran unas de sus mayores cualidades, sostiene.

A pesar que en el año 1938 el Padre Cifuentes viajó a China como misionero, nunca perdió el contacto con el Padre Hurtado. Mientras permaneció en este país se enviaron correspondencia frecuentemente.

Una de las experiencias que más recuerda del padre Hurtado fue cuando el beato le pidió que lo acompañara a recoger niños a la orilla del Mapocho, “sus patroncitos” y por quién se desvelaba día y noche. “Aunque sólo algunos aceptaban compartir con él, el padre Hurtado no se desanimaba. Era una persona tremendamente afectiva con estos niños”, afirma.

Su compromiso hacia estos niños y quienes vivían en condiciones de pobreza se mantuvo durante toda su vida, incluso cuando se enfermó de cáncer. Cuando ya estaba grave y hospitalizado, el padre Cifuentes lo ayudó con la Revista Mensaje, una obra que al igual que el Hogar de Cristo estuvo seguro que continuaría.

Dicha seguridad lo acompañó hasta el día de su muerte, un momento que en donde según el padre Cifuentes, el padre Hurtado se vio “alegre, íntegro y confiado en que ambas obras se mantendría a lo largo de los años. Y no se equivocó.

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Testimonio de Jorge “pollito” Alarcón

Vivió en el Hogar de Cristo por mucho tiempo. Fue allí donde aprendió valores que hoy lo motivan a ayudar a los otros y a salir adelante. El Padre Hurtado lo sacó de la cárcel una vez que los carabineros, injustamente, se lo llevaron detenido. Es el testimonio de Jorge Alarcón o como muchos lo llaman el “Pollito” quien recuerda al Padre como un hombre noble y lleno de amor.

El Puente de Avenida La Paz en la comuna de Independencia, fue durante años su refugio y el de otros niños que vivían en las calles. Fue ahí donde él y sus amigos conocieron al Padre Hurtado, quien iba a verlos y persuadirlos para que fueran al Hogar, un lugar donde podían encontrar cama, ropa y comida. Jorge, aburrido de vivir en la calle y dormir en el suelo, aceptó irse con el Padre junto a otros amigos. “Empezamos a ver la felicidad de a poquito” cuenta Alarcón refiriéndose a sus primeros días en el Hogar.

Poco a poco el Hogar de Cristo, en donde se encontraba el “Pollito”, comenzó a llenarse de gente. Aquí el Padre Hurtado se dio cuenta que no sólo con comida y vestuario se mejoraba la calidad de vida de estos niños, sino que también la educación era de vital importancia. Una inquietud que transmitió al Colegio San Ignacio, establecimiento que comenzó a acoger a los niños del Hogar de Cristo. Orgulloso de asistir al Colegio San Ignacio, el Pollito recuerda que un principio le costó pensar que tendría que compartir con niños “cuicos”, sin embargo, hoy valora la educación y el trato que recibió en ese establecimiento.

Para Jorge, el Padre Hurtado fue el único padre que tuvo, ya que nunca vivió con su padre o su madre. Lo que más recuerda el Pollito del beato es “esa sonrisa a flor de labios” y esa bondad “que nos dominaba”. Gestos como esos, hicieron a niños como el Pollito comprender todo el amor que el “padrecito” les tenía. Un amor que los hizo salir de las calles y comprender que no estaban solos en este mundo.

Hoy se siente un hombre completo y agradecido del Padre Hurtado. “Ese fue un milagro: por el Padre Hurtado dejamos de ser malos para siempre y nos hicimos hombres de la vida y trabajadores”, confiesa Araya. Es por eso, que trabaja gustoso como nochero en el Hogar de Cristo y coopera en el área de deportes para los adultos mayores.

Respecto a la canonización del Padre Hurtado, el Pollito afirma que con el sólo hecho de ayudar a la gente en situación de pobreza y fundar el Hogar de Cristo, el Padre Hurtado es un santo. “El milagro más grande que ha hecho es darle comida a tanta gente”, afirma Jorge.

El atletismo y el deporte en general, son parte importante de su vida y él se siente orgulloso de eso, pues cree representar a los adultos mayores que viven en situación de pobreza o que enfrentan discapacidad física. Hoy, el Pollito confiesa estar vivo gracias al milagro del Padre Hurtado, no sólo porque le dio una casa o educación, sino porque le da las fuerzas para seguir viviendo a pesar del grave cuadro pulmonar que hoy lo aqueja.

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El padre Hurtado no es un santo milagroso, sino un Santo para Chile

Testimonio del P. Jaime Correa S.J.

El Padre Jaime Correa ha dedicado toda su vida a estudiar la trayectoria de personas ilustres. Una de ellas ha sido la del Padre Hurtado, un hombre que lo marcó profundamente no sólo por el vínculo de amistad estrechado con él en su juventud, sino también, porque gracias al Padre Hurtado este jesuita descubrió su vocación sacerdotal. Actualmente, el padre Jaime Correa es quién lleva la causa del proceso de canonización del Padre Hurtado en nuestro país.

“Jaimillo vamos a ser muy buenos amigos”, esas fueron las primeras palabras que el Padre Jaime Correa –quién lleva la causa del proceso de canonización del Padre Hurtado en Chile- escuchó del Padre Hurtado. Era el año 1940, cuando un grupo de estudiantes del Colegio San Ignacio los presentó en Papudo.

Estudioso de su vida y obra, el padre Correa define al beato como un hombre auténtico, “muy de Dios” y profundamente convencido de su vida religiosa. Para el jesuita, uno de los rasgos más característicos del Padre Hurtado es que hablaba desde el corazón, “porque si hablaba de economía, política, arte o literatura siempre lo hacía de forma espiritual, comunicando las cosas de manera muy entretenida”, señala.

En esos momentos, el Padre Jaime tenía muchas dudas con respecto a la religión, pero el Padre Alberto -como su padre espiritual y profesor de apología y ética- despertó en él la creencia que Jesucristo es Dios. Esta orientación, además de las conversaciones personales que el padre Correa sostuvo con el Padre Hurtado permanentemente, lo llevaron a tomar la decisión de comenzar su vocación sacerdotal. Una decisión que fue realizada con la mayor libertad: “Nunca nos sentimos presionados por el Padre Hurtado”, sostuvo.

De esta manera, en junio del año 1941 el padre Correa toma la decisión de ser sacerdote, ingresando a la orden jesuita, la misma en la que estuvo toda su vida el Padre Hurtado.

Recuerda cada momento vivido junto al Padre Hurtado. Como aquella etapa en que fue criticado por algunos sectores de la Iglesia que no “veían con buenos ojos que no estuviera vinculado al partido conservador”, posición política fuertemente identificada a la iglesia católica de esos años. Por otra parte, difícilmente podrá olvidar la “magia” que el Padre Hurtado generaba en cada retiro o misa que realizaba. “La pobreza era uno de los temas fundamentales de sus prédicas. Después de escucharlo, las mujeres salían regalando joyas para ayudar en lo que sería su obra, el Hogar de Cristo”, señala.

Para el Padre Jaime Correa el mayor milagro del Padre Hurtado es haber fundado el Hogar de Cristo. Al referirse a esta gran obra, el jesuita asegura que al canonizar al Padre Hurtado, de alguna forma, también se está canonizando este lugar. Sobre la posible santificación del padre Hurtado el padre Correa señala, “No es bueno asociar la figura del Padre Hurtado a un santo milagrero, sino a un santo para Chile, amigo de los pobres, de los jóvenes”, afirma.

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Fue una visita de Dios a la Tierra

Testimonio de Elsa Maffei

Pionera en el trabajo voluntario del Hogar de Cristo, Elsa Maffei se constituye en una de las primeras colaboradoras activas del Padre Hurtado para reunir dinero que, entre otras cosas, permitió financiar los inicios del Hogar de Cristo. Esta es la imagen que hoy guarda en su memoria, acerca del hombre que la hizo y la hace feliz: el Padre Hurtado.

Su primer encuentro con el Padre Hurtado fue en un retiro espiritual. Una experiencia que la marcó profundamente, no sólo por el hecho de conocer a un hombre “muy correcto y muy humilde”, sino porque descubrió que podía ayudar a los demás a través del Hogar de Cristo. Conmovida por la situación de pobreza que vivían algunas personas y siguiendo de cerca los pasos del beato, Elsa decidió trabajar arduamente en el Hogar, lugar del cual sólo tiene buenos recuerdos.

“El padre era reverenciado, llegaba y era como que llegara Dios”, recuerda Maffei. A su vez, reconoce que es uno de los hombres que más ha influenciado su vida: “a mi me dejó como otra persona”. Se siente privilegiada por haber trabajado con el beato, a quien conoció en distintas facetas “uno lo veía en todas sus maneras de pensar, de dirigir y demostrar respeto por todo el mundo.”

Maffei comenta que no fue complicado para ella trabajar en el Hogar de Cristo y que lo mismo sucedió con quienes colaboraban en ese tiempo en la obra, “uno estaba dispuesto a hacer lo imposible por lo que pidiera el padre”.

Lo que más destaca Elsa Maffei, es el trato que el Padre Hurtado tenía con quienes vivían en situación de pobreza. “Era tan sencillo, tan humilde, porque no era un señor que se creyera, no era cachiporro”. Para el Padre Hurtado todo el mundo era igual, por lo que a todos les decía “patroncito”, manera cariñosa con la que solía hablarle a la gente independiente de su estrato social o situación económica. Gestos como estos, son los que hicieron a Elsa cambiar su opinión y trato frente a los más pobres.

Para Elsa, la vida del Padre Hurtado se asemeja a la de un Santo y califica la existencia de este hombre, como una de “las visitas que hace Dios de repente” y de la cual ella tuvo la gracia de compartir el camino con el beato. “Bendito sea Dios que conocí al Padre Hurtado, sino sería una pobre vieja que pierde el tiempo.”

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