Última predicación del Padre Hurtado

Pronunciada por el Padre Hurtado en las bodas de plata sacerdotales de Mons. Manuel Larraín.

Hoy, en torno a su pastor,  se reúnen jubilosos sus diocesanos
y a ellos se asocian venerables prelados,
los familiares y amigos del Excelentísimo  Señor Obispo
para, juntos, dar gracias a Dios por sus veinticinco años de sacerdocio,
por el honor insigne a él
y por los favores de él recibidos mediante su sacerdocio.
Por esto me ha parecido,
amados, hermanos,
que nada (resultaría) más grato al Excelentísimo Obispo y a
vosotros,
que repasar agradecidos ante el Señor
la grandeza del sacerdocio al que el Señor se sirvió llamarlo.
La única luz a la cual el cristiano mira todo,
es la luz de la eternidad:
la luz de la Resurrección bendita, cuya octava estamos celebrando,
símbolo de nuestro triunfo definitivo,
en cuanto nuestra misión es reunirnos a Jesucristo,
y unir a Él las almas que Él ha venido a redimir.
Él, nuestro único mediador, nuestro Salvador:
Cristo, centro de la vida toda
y el sacerdote (es) participante del ministerio de Cristo
dado de lo alto por Dios,
llamado desde la tierra por el amor de la miseria humana,
para ser, en la Iglesia,
con el Espíritu Santo, la fuente permanente de su Vida.

Sacerdote de Cristo

Qué sea el sacerdote católico, no es algo que podamos  nosotros inventarlo:
es algo que nos ha sido dado desde lo alto.
Ser sacerdote significará continuar a través del tiempo,
por la gracia de Dios, al único sacerdote
en su cuerpo místico que es la Iglesia;
guardar inmutable su imagen
a través de la movilidad de la historia;
guardar identidad con El,
a pesar de las formas tan diversas de su vida en sociedad.

Para muchos, hablar de Cristo es hablar de una nueva devoción.
(Pero no es así): se trata de algo esencial en su vida.
Cristo no fue sólo sacerdote en el Cenáculo y en el Calvario,
sino (durante) toda su vida y en todos sus actos.
Para rehacer su plan de amor,
Dios envía a su Hijo único a los hombres
como constructor de puente “Pontífice”.
Será el que unirá Dios a los hombres.  Ego sum via.
Él es el único mediador,
el único camino entre el Creador y sus criaturas,
porque Él es el único sacerdote.

El sacerdote de Cristo arranca de su Encarnación,
de su unión hipostática.
San Agustín lo dice:
En (el Hijo) unigénito del Padre, Dios es Dios pero no es sacerdote.
¡Es sacerdote a causa de la carne que ha asumido,
a causa de la víctima que puede ofrecer
y que nosotros le hemos dado!
Y es formalmente sacerdote por su naturaleza humana,
porque  el sacerdocio supone sumisión a Dios,
porque su naturaleza humana no posee la dignidad sacerdotal
sino porque subsiste en la persona del Verbo,
de la cual saca su dignidad,
su poder,
su superioridad.
Recibir la naturaleza humana  significó para Cristo una verdadera consagración sacerdotal que le fue  conferida en la hora de la encarnación
en el seno de la Virgen María;
y como esa unión es indisoluble,
Cristo es sacerdote por toda la eternidad (Hebreos 7).
(Desde) el día de la encarnación,
Cristo pudo humillarse, adorar, orar,
El Sacerdote de Cristo no es una depuración de la muchedumbre
es la propia personalidad.
Es ungido porque es el hombre Dios.
No hay, por lo tanto, más que un sacerdocio: el de Cristo.
Él es todo el sacerdocio…
No es Él (meramente) el más augusto de los sacerdotes.
Él agota en (sí/Él) todo el sacerdocio.
Y este sacerdocio no es fruto de un gesto nuestro,
es una donación de lo alto.
Y sin embargo, por su naturaleza (es) algo nuestro.
Cristo no es sólo el Mediador de los justos,
sino también de los pecadores:
de todos los que tienen su misma naturaleza,
aunque hayan dicho: “No queremos que reine sobre  nosotros…”

La mediación de Cristo sobrepasa el pecado.
Cristo está llamado a salvar a todo el que tiene, como Él, naturaleza
Humana,
Cristo no es sacerdote solamente por el Calvario y la Encarnación,
que son el coronamiento de su vida sacerdotal,
sino por todo lo que Él es,
por todo su ser,
por todas sus acciones.
Asimismo el sacerdote no está llamado a ser tan sólo ministro
del culto;
su sacerdocio no será solamente por esos actos intermitentes,
sino por todo su ser,
por todo lo que es,
en cada hora de su vida,
en la más modesta ocupación,
como en la más solemne.
Consagrará porque ha sido consagrado,
siempre pronto a santificar los valores humanos.

El sacerdote de hoy, nuestro sacerdocio

Esto se prolonga entre nosotros.
El Resucitado no se contenta con ejercitar su sacerdocio en el cielo,
donde interpela por nosotros,
sino también en la tierra
y hasta el fin de los siglos
y de una manera visible.
¿Cómo? Por su Iglesia.
No podemos figurarnos al sacerdote como una persona aparte,
al cual Cristo le confía individual y directamente su misión…
Separado de la Iglesia, el sacerdote no puede ser concebido: es algo
absurdo.

Es la Iglesia la que prolonga y continúa a Cristo sobre la tierra;
ella es la única mediadora.
Por eso decimos: fuera de la Iglesia no hay salvación.
Con el bautismo pasamos a incorporarnos al  sacerdocio de la Iglesia,
en un grado ínfimo, es cierto,
pero  ya cada bautizado pasa a formar parte de la Raza Real,
y pasa  a ser delegado al “culto divino”.
Esta consagración real no confiere poder de representar a la Iglesia,
sino de ser representado por ella.
Para llegar a tener el poder enseñatorio se necesita otro sacramento
que es el del orden.

Signos visibles

Los cristianos sabemos que hay un solo sacerdote
en quien reside la plenitud del sacerdocio.
Pero Él sabe que nosotros necesitamos signos palpables
y ¿qué signos más palpables que las personas humanas?
Y por eso, Él que se dejó ver y tocar por los habitantes de Palestina,
ha querido continuarse en todos los puntos del espacio y del tiempo
por sacerdotes, hombres sujetos a un hombre,
¡a quienes los cristianos miren como los ministros de Cristo
y dispensadores de los misterios de Dios!

Mediador

La verdadera grandeza del sacerdote, es la de ser mediador
entre Dios y el pueblo en lo que concierne a las realidades divinas.
Naturaleza de este mediador: idea falsa: usa escalones: Dios, sacerdote,
hombres;
como si el sacerdote fuera un ser aparte, ni Dios ni hombre.
¿No es un ángel?
Experimenta hambre, frío, peso de la dead,
carga pasiones,  y la del pecado.
Su santidad, si se puede hablar  de ella, es en marcha: un esfuerzo,
un combate.

Viene de Dios, pero sacado de entre nosotros.
Cuando él ora, oramos con él,
De profundis clamavi ad Te Domine!
Nuestra miseria las conoce por propia experiencia
No (es) un superhombre.
Cristo juntó en sí lo infinito y lo finito,
es mediador porque es a la vez Dios y hombre.
El sacerdote ha de juntar en sí como dos naturalezas,
Dios y los hombres.
No puede contentarse con comunicar los dones y la palabra de Dios, ni  (contentarse con) transmitir correctamente la oración de los
hombres,
pero (=sino que) debe hacer suya su salvación
a tal punto que la angustia de su Redención
le sea más sensible que a ellos.
Y de aquí el misterio del sacerdocio.
Lo que él quiere crucificar (¿lapsus por “unificar”?) es lo que crucifica.
En cada momento de su vida debe responder a dos llamados,
satisfacer a uno sin renunciar jamás al otro.
Estas dos tendencias parecen contradictorias.
Al menos una se opone a la otra
e imprime a la naturaleza una especie de tensión violenta y dolorosa
que no puede terminarse sino con la muerte.
El sacerdote es martirio.

Hebreos V 1-4.  “Todo sacerdote, tomado de entre los hombres ha
sido establecido por los hombres en lo que concierne a las cosas de
Dios, a fin de ofrecer oblaciones y sacrificios por los pecados. Es
capaz  de ser indulgente con los que pecan por ignorancia y por error,
ya que él mismo está rodeado de debilidad y nadie se arrogue esta
dignidad sino ha sido llamado como Aarón”. (Cita casi textual, tal
vez anotada de memoria.)

Separado por Dios, marcado por el “carácter sacerdotal” (hombre
de Dios)…
Por su consagración,
el sacerdote se convierte en el hombre de Dios,
su cosa,
su bien,
su servidor,
en su herencia.
Domine pars hereditaris meae.  (Cf. Salmo 15,6)

El mundo crucificado para mí
y yo para el mundo.
Si se da a las almas, es para llevarlas a Dios.
Se puede decir de él lo de San Pablo:
lo que hace… ¡A gloria de Dios (CF. 1 Co. 10,31)
El sacerdote en su misma íntima realidad es algo solitario, hombre
del  Sinai:
aunque combate en el llano, algo de él queda siempre en lo alto!
Será siempre el hombre del ministerio.

Profeta de Dios:

“La palabra de Dios no es menos que el cuerpo de Cristo”.
El que es hombre de Cristo al creer,
al predicar se hace su madre, si logra dar a luz en el corazón de sus
oyentes,
madre si por su voz, el amor del Señor es engendrado en el alma del
prójimo”.

Testigo de la verdad

Uno de sus mayores servicios: decir la verdad al mundo.
Entre las propagandas, ¡su voz al servicio de la verdad!
Porque Dios lo ha juzgado digno de confiarle el Evangelio,
sabrá hablar no por agradar a los hombres,
sino a Dios que escruta los corazones.

Para los hombres

Tomado entre los hombres.
Uno de ellos… Sabe lo que hay en el hombre,
salido de todos los medios sociales,
conoce sus deficiencias en sus mismas debilidades.
Semejante en todo a sus hermanos:
experimenta  con ellos la fatiga, la alegría, el descorazonamiento.
Capaz de ser indulgente él mismo está rodeado de debilidades.

Tentación:

Emplearse con criterio humano:
campeón de lo establecido o de lo rutinario.
Le hará falta toda su lucidez para quedar sordo a estos llamados.
Se le querrá arrastrar a muchos sitios,
se le dirá que es por el bien de la Patria y por el bien de los hermanos…
Sí, ¡pero no así!
Cristo hizo milagros por vencer el mal,
no lo aniquiló, lo tomó todo sobre sí
Quiso introducir a los hombres (personas, sociedad)
a (en) el Reino de Dios.

Deber de adaptación

Judío con los judíos,
débil con los débiles,
para ganar  a todos los hombres (Cf.  1 Co. 9, 19-22).

Ministerio de inquietud:

Fuego… para que arda.
Como Cristo, beneficio sin igual;
inquietud a los hombres,
dispensador de una  nueva hambre y sed.
No se trata de que venga a sembrar pánico entre gente ya tan
atemorizada.
Sino ser santo,
inconformismo,
ese temor de Dios,
el tormento del infinito.

La revuelta que predica es la insurrección…
el  orden que viene a turbar, el que cubre injusticias y  odios.
Como el héroe y (= ,?) el santo no es ciudadano dócil:
el eterno insatisfecho,
no turbar la paz social,
sino para preparar, a cada momento, su realización más alta.

Testigo:

No solo por la palabra sino por la vida.
Su sacramento: su signo eficaz entre los hombres.
Cristo comunicado.
Consagrado en todo su ser,
en cada uno de sus miembros,
todo lo que toca queda exorcizado, bendecido
debe dar sentido de lo sagrado en todo lo que hace.
Por su sola presencia pone en este mundo,
que lo desconoce y combate,
la existencia de un orden de valores invisible.
Primero la oración:
el hombre de oración, el ministro.
Oración que ofrece a Dios la substancia de la  adoración de los
hombres,
Bondad,
Intrascendencia (¿?) que les devuelve gracia y perdón.
Testigo en su carne de la locura de la cruz:
pobreza, castidad, obediencia,
virtudes que escandalizaron al mundo pagano.
Los (=las?) observa cada día.

Pobreza:

Renuncia al dinero.
Defiende al menesteroso contra la idolatría de los valores humanos;
signos de la Providencia del Padre a quien confía su porvenir.

Obediencia:

Sentido, ponerse en espíritu bajo la mano de Dios.

Castidad:

La castidad es amor y signo de amor,
amor a Dios que se reserva algo de sus hijos,
amor exclusivo a Él.
No hay sino una fuerza en el mundo capaz de vencer el amor
y es otro amor más fuerte.
Por su renunciamiento a la ternura humana,
el sacerdote da a las almas la pruebe de un descubrimiento sin igual,
de una felicidad: Dios uno y todas las cosas.
La castidad sacerdotal no es pura ascética orientada hacia el
rendimiento apostólico:
es el anticipo de un Reino futuro en que Dios será todo en todos,
la anticipación de una humanidad espiritualizada:
es el signo de la alianza que une a los hombres a Dios
por desposorios místicos, lo que significa el anillo pastoral del Obispo.

Signos de contradicción:

Aparece y las pasiones se cristalizan.
Piedra de toque de las conciencias.
Primero porque los integra:
Mezclado a los demás se les parece en todo y no los penetra.

Adversario

 

Para muchos:
no se le perdona de evocar de generación en generación a Cristo,
a quien creían suprimido para siempre.
Es una piedra angular.[1]

Servidor ungido en el Señor:

La verdad engendra el odio.
Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado primero…
Si me ha perseguido, os perseguirán.
Sabe que a él, antes que a otros, le ha sido confiada la Redención,
Y que ésta no se opera sin la Cruz.
Mediador, se ofrecerá como Cristo como víctima expiatoria.
Verdaderamente ha tomado sobre sí nuestros dolores
Y cargas nuestras enfermedades, (Isaías)
… ha sido traspasado  por nuestros pecados
Y es por sus heridas que somos curados.  (Cf. Isaias 53, 4-5)
Hacedor de la paz.  El hombre universal…Canal de gracias.

Ministro del sacrificio:

Poder divino de bautizar,
(de) remitir pecados;
pero, sobre todo, (de) ofrecer el sacrificio por excelencia,
la inmolación incruenta es realizada por las palabras de la consagración
por el solo sacerdote en cuanto representa  la persona de Cristo.

Termina brevemente con un sentido homenaje a su querido amigo y
Obispo por el constante testimonio de su vida y acción sacerdotal.

Nota del editor:

[1] Evoca, seguramente el texto “La piedra que desecharon los arquitectos. En piedra angular se ha convertido”.  Todo el que caiga sobre esa piedra, se destrozará y a aquel sobre quien ella caiga, le aplastará. Lucas 20, 17b-18.

 

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