Un solo Señor

Sobre la Eucaristía.

Por la Eucaristía tenemos la Iglesia y por la Iglesia llegamos a Dios. Cada hombre se salvará no por sí mismo, no por sus propios méritos, sino por la sociedad en la que vive, por la Iglesia, fuente de todos sus bienes. Sin la Eucaristía, la Iglesia de la tierra estaría sin Cristo. La razón, los sentidos, nada ven en la Eucaristía, sino pan y vino, pero la fe nos garantiza la infalible certeza de la revelación divina; las palabras de Jesús son claras: “Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre” y la Iglesia las entiende al pie de la letra y no como puros símbolos. Con toda nuestra mente, con todas nuestras fuerzas creemos los católicos, que “el cuerpo, la sangre, y la divinidad del Verbo Encarnado” están real y verdaderamente presentes en el altar en virtud de la omnipotencia de Dios.

El Cristo Eucarístico se identifica con el Cristo de la historia y de la eternidad. No hay dos Cristos sino uno solo. Nosotros poseemos en la Hostia al Cristo del sermón de la montaña, al Cristo de la Magdalena, al que descansa junto al pozo de Jacob con la samaritana, al Cristo del Tabor y de Getsemaní, al Cristo resucitado de entre los muertos y sentado a la diestra del Padre. No es un Cristo el que posee la Iglesia de la tierra y otro el que contemplan los bienaventurados en el cielo: ¡una sola Iglesia, un solo Cristo!

Esta maravillosa presencia de Cristo en medio de nosotros debería revolucionar nuestra vida. No tenemos nada que envidiar a los apóstoles y a los discípulos de Jesús que andaban con Él en Judea y en Galilea. Todavía está aquí con nosotros. En cada ciudad, en cada pueblo, en cada uno de nuestros templos; nos visita en nuestras casas, lo lleva el sacerdote sobre su pecho, lo recibimos cada vez que nos acercamos al sacramento del Altar. El Crucificado está aquí y nos espera y nos espera.

La misma sangre redentora fluye sobre todas las generaciones que pasan. El alma de Cristo está en la Hostia. Nada escapa a la mirada comprensiva de Cristo. La vida Eucarística de Jesús es una vida de amor. Del corazón de Cristo, sin cesar suben al Padre los ardores de una caridad infinita. La Trinidad encuentra en el Cristo de la Hostia una gloria sin medida y sin fin.

De la Eucaristía espera la Iglesia para sí y para cada uno de sus fieles fuerza victoriosa para todas las situaciones.

Más aún al acercarnos al Cristo del altar como al Cristo en la cruz sentiremos desarrollarse en nosotros el espíritu de sacrificio, esencia del Evangelio: “Si alguno quiere venir en pos de Mí que tome su cruz todos los días y que me siga”. Un alma permanece superficial mientras que no ha sufrido. En el misterio de Cristo existen profundidades divinas donde no penetran por afinidad sino las almas crucificadas. La auténtica santidad se consuma siempre en la cruz. Muchos cristianos se quejan de la tibieza de sus comuniones, del poco fruto que obtienen de su contacto con Cristo. Olvidan que la verdadera preparación a la Comunión no se reduce a simples actos de fervor, sino que consiste principalmente en una comunión de sufrimientos con Jesús.

Hermanos, he aquí el inmenso don que Jesús dejó al alcance de nuestras almas. Es la gran palanca para nuestra santificación, el medio más eficaz para realizar la divinización de nuestras vidas.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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