Una santidad que cuestiona

Columna de Tony Mifsud SJ, publicada el 22 de enero de 2006 por el diario El Mercurio, con motivo del aniversario de nacimiento 105 de San Alberto Hurtado.

Un día 22 de enero de 1901 nació Alberto Hurtado Cruchaga en la ciudad de Viña del Mar. Sin embargo, a pesar de su apellido aristocrático, Alberto vivió su infancia como huérfano (a los cuatro años), como allegado (sólo a los veinte años pudo vivir con su madre y hermano menor Miguel en una casa propia), y como becado para poder estudiar en el Colegio San Ignacio de Santiago. Sin embargo también aprendió muy temprano de su madre que es bueno tener “las manos juntas para orar, pero abiertas para dar”.

Lamentablemente, la memoria histórica suele reducir sólo a una todas las obras fundadas por el Padre Hurtado, olvidándose de la Asociación Sindical Chilena (1947) y la revista Mensaje (1951). Además, ha pasado al olvido la dimensión intelectual de este gran hombre, cuando de hecho publicó once libros, tres de los cuales tuvieron tres ediciones y uno cuatro.

La lectura de las obras escritas por el Padre Hurtado resulta ser un camino privilegiado para adentrarse en su corazón, descubrir sus grandes ideales y sueños, encontrarse con las motivaciones más profundas que le animaron a trabajar con tanta pasión y abnegación, hasta, a veces, en medio de fuertes críticas e incomprensiones.

Alberto Hurtado SJ fue un hombre profundamente enamorado de la Persona de Jesús, un apasionado por la construcción del Reinado del Padre en su querida patria. “El que ha mirado profundamente, una vez siquiera, a los ojos de Jesús no lo olvidará jamás”. Por consiguiente, “mi idea central es ser otro Cristo, obrar como Él, dar a cada problema Su solución”. Su anhelo más profundo era “toda la vida entera y siempre para vivir la vida de Cristo”.

Este Jesús reveló a la humanidad la paternidad de Dios. Esta es la Buena Noticia del Evangelio. Sin embargo, se lamenta el Padre Hurtado, “estamos tan acostumbrados a esta revelación de la paternidad divina que no nos extraña. Dios, Señor, sí; pero ¿Padre? ¿Padre de verdad? Y de verdad, tan verdad es Padre: para que nos llamemos y seamos hijos de Dios”. Este mismo Dios Padre “nos recibe con sus brazos abiertos cuando hemos fallado a nuestra naturaleza de hijos y pecamos”.

La fe en Dios Padre conlleva el compromiso de tratar a los otros como hermanos. Creer de verdad en la paternidad de Dios significa entender la vida como un servicio a los demás. En palabras de San Pablo, la auténtica fe se hace caridad para con el otro (cf. Gál 5, 6). Por ello, el Padre Hurtado escribe que “Cristo se ha hecho nuestro prójimo” y “si no vemos a Cristo en el hombre que codeamos a cada momento es porque nuestra fe es tibia y nuestro amor es imperfecto”. Es que, citando la Primera Carta de San Juan, “si no amamos al prójimo a quien vemos, ¿cómo podremos amar a Dios a quien no vemos?” (1 Jn 4, 20).

El Padre Hurtado toma en serio el Evangelio e invita a los cristianos a ser consecuentes con la fe que profesan. “El cristiano es cristiano en todas partes o no lo es en ninguna”. Esto significa que hay que traducir la fe en obras concretas. “El mundo está cansado de palabras, quiere hechos; quiere ver a los cristianos cumpliendo los dogmas que profesan”.

Por ello, San Alberto nos desafía hasta el día de hoy con la pregunta: “Ahora bien, con sinceridad, ¿reflejamos nosotros la bondad, caridad, amor de Cristo? Tal vez nos hemos forjado otro Cristo: un Cristo puritano que no roba, no mata, no miente, pero tampoco ama. Que no hace obras malas, pero tampoco hace obras buenas. (…). No miremos a los otros, miremos a nosotros mismos”.

No se trata de un amor platónico sino uno real que se traduce en obras concretas. Una auténtica vocación al amor se convierte en un profundo compromiso con la construcción de una sociedad siempre más humana y más solidaria donde todos y todas tengan cabida digna. Por ello, advierte el santo, “el que practica la caridad pero desconoce la justicia se hace ilusión de ser generoso”. Aún más, “se engaña si pretende ser cristiano quien acude frecuentemente al templo, pero no cuida de aliviar las miserias del pobre. Se engaña quien piensa con frecuencia en el cielo, pero se olvida de las miserias de la tierra en que vive”.

Una honesta lectura de los escritos del Padre Hurtado no deja indiferente. Como verdadero Padre de la Patria nos convoca a hacer de Chile un hogar digno y acogedor para todos y todas sus ciudadanos. Gabriela Mistral escribió en la misma revista fundada por Alberto Hurtado (Mensaje): “Duerma el que mucho trabajó. No durmamos nosotros. (…) Sí, duerma dulcemente él, trotador de la diestra extendida, y golpea con ella a nuestros corazones para sacarnos del colapso cuando nos volvamos sordos y ciegos”.

 

 

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