La multiplicación de los panes

Muy posiblemente escrito durante sus Ejercicios Espirituales predicados por el P. Pierre Charles, del 24 de febrero al 3 de marzo de 1944, en Calera de Tango.

Introducción

La pusilanimidad es la gran dificultad en el plan de cooperación. Pensamos: “yo no valgo nada”, y viene el desaliento: “¡Lo mismo da que actúe o que no actúe! Nuestros poderes de acción son tan estrechos. ¿Vale la pena mi modesto trabajo? ¿Qué significa mi abstención? Si yo no me sacrifico, ¡nada se cambia! No hago falta a nadie… ¿Una vocación más o menos?”. Cuántas vocaciones perdidas. Es el consejo del diablo, que tiene parte de verdad. Hay que encarar la dificultad.

La solución

5.000 hombres, más las mujeres y niños, ya 3 días hambrientos… ¿Comida? se necesitan 200 denarios: el sueldo de un año de un obrero y, ¡en el desierto! “¡Diles que se vayan!”. Pero Andrés, con buen ojo dice: “hay 5 panes y 2 peces pero, ¡para qué va a servir esta miseria!”. Es nuestro mismo problema: la desproporción.

¡Y qué panes! De cebada, duros como piedra (los judíos comían de trigo). ¡Y qué peces! De lago, blandos, chicos, llevados en un saco por un muchacho, ya 3 días, con ese calor y en esa apretura… ¡eso sí que era poca cosa!

¿Desprecia el Señor esa oblación? No, con su bendición alimenta a todos y sobra. Ni siquiera desprecia las sobras: 12 canastos, de los peces sobraban cabezas y espinas, y hasta eso lo estima.

El muchacho accedió a dar a Cristo su pobre don, ignorando que iba a alimentar toda esa muchedumbre. Él creyó perder su bien, pero lo halló sobrado, y cooperó al bien de los demás.

Yo… como esos peces (menos que esos panes) machucados, quizás descompuestos; pero en manos de Cristo mi acción puede tener alcance divino.

Recuerde a Ignacio, Agustín, Camilo Lellis, Talbot, ruines pecadores que fueron convertidos en alimento para millares, y que seguirán alimentándose de ellos.

Mi acción, y deseos pueden tener alcance divino y puedo cambiar la faz de la tierra. No lo sabré, los peces tampoco lo supieron. Puedo mucho si estoy en Cristo; puedo mucho si coopero con Cristo

 

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La meditación del Reino

Extractos de los puntos de un retiro a jóvenes en 1946.

Ayer decíamos que queríamos vivir, plenamente, valientemente, para siempre ¡Qué magnífico programa! Pero ¿Cómo? Vivir: Yo soy la Vida. ¿Rumbo? Yo soy el Camino y la Verdad.

El cristianismo no es una doctrina abstracta: un conjunto de dogmas que creer, preceptos y mandamientos…. ¡El cristianismo es Él! Ese fue el gran escándalo que no pudieron soportar los judíos: “¡El Padre y Yo somos uno!”; “Quién me ve a Mí ve al Padre”; “Venid a Mí todos los que están cansados…”; “Quién quiera venir en pos de Mí niéguese a sí mismo…”. “Mi cuerpo es verdadera comida…”. “¿Quién dicen los hombres que soy yo?… Tú eres el Cristo… Bienaventurado Simón…”. Persuadámonos bien; Cristo en el cristianismo no es una devoción. No es la primera devoción, ni la más grande. Verdad básica: el cristianismo es Cristo.

La perfección sobrenatural, y aún natural, consiste en incorporarse más y más vitalmente a Cristo; en dejar que la Gracia que viene de Él se apodere de mí; que mis pensamientos, deseos y aspiraciones sean las suyas, que pueda yo decir con San Pablo: “Mi vivir es Cristo”; “Vivo yo, ya no yo, sino Cristo en mí” o como Santo Tomás, “Señor mío y Dios mío”. “Mi Dios y mi todo” San Francisco.

Aquí está la verdadera grandeza, la suprema ambición que puede tener un hombre: Llegar a ser como Dios. Dios, porque la gracia diviniza, y si la gracia no encuentra obstáculos, a qué profundidades penetra, a qué altura eleva… Llega un hombre a guardar la naturaleza y la apariencia de hombre, pero en el fondo es un divinizado. Piénsese en almas como Don Bosco: “Dame almas y quítame todo”; Francisco Javier: “Basta Señor”; San Ignacio: “A mayor gloria de Dios”; San Luis, San Estanislao, San Juan Bautista, Santa Teresita, San Francisco… ¿Qué ha producido la humanidad de más grande? Son en realidad granos de trigo muertos, de ello se ha apoderado la vida y han dado fruto en abundancia.

Si hay una empresa que valga la pena es ciertamente ésta. Inmensamente más grande que el descubrimiento de la bomba atómica, que llena de pavor a la humanidad; que todas las campañas y empresas que ha habido en el mundo. Asimilarse vitalmente a la divinidad, ¡dar valor divino a cada una de sus acciones! Pero esto requiere visión de fe, porque la grandeza divina es tan distinta de la humana. “No mis caminos”. “¡Enséñanos, Señor, tus caminos!”.

Fe, pedir esa fe, para que sea la fe la que nos oriente; no el brillo de lo visible, sino la fe inflamada por la caridad, animada por la esperanza. Fe que me haga hambrear lo sobrenatural. Ser Cristo. “Yo no me glorío de otra cosa que de Cristo, ¡y Cristo crucificado!” (1Co 2,2). “El Mundo como basura…”.

Él llama…

Vino a este mundo no para hacer una obra solo sino con nosotros, con todos nosotros, para ser la cabeza de un gran cuerpo cuyas células vivas, libres, activas, somos nosotros. Todos estamos llamados a estar incorporados en Él, es el grado básico de la vida cristiana… Pero a otros… llamados más altos. A entregarse a Él; a ser sólo para Él; a hacerlo norma de su inteligencia, a considerarlo, en cada una de sus acciones, a seguirlo en sus empresas, más aun, ¡a hacer de su vida la empresa de Cristo! A hacer de su vida la empresa de Cristo. Para el marino su vida es el mar, para el soldado el ejército, para la enfermera el hospital, para el agricultor el campo, para el alma generosa, ¡su vida es la empresa de Cristo!

Así llamó a los Apóstoles: A Mateo que estaba junto a la mesa de los impuestos; a Pedro y Andrés junto a sus redes… Uno a uno de los Doce… A Ignacio que era un soldado carnal y lleno de gloria humana, en el sillón de convalecencia; a Javier chicoquín inteligente, social, simpático hambriento de fama, de gloria, por la voz de Ignacio, y lo convirtió, en el Divino Impaciente; a Mateo Talbot borrachín desocupado, y lo convirtió en el santo cargador de camiones; a Pier Giorgio Frassatti, alpinista enamorado de las cumbres y de la belleza femenina, y lo ha hecho el modelo del joven de sociedad; a Vico Necchi; a Thonet de la fábrica para hacerlo el primer presidente mártir de la JOC en el campo de Dachau, que muere cantando y ofreciendo su vida por la clase obrera; a José Cardijn de la bohardilla de su Padre para hacerlo el padre de los pobres… a Teresita de la casita de los Buissonets, modelo del amor abnegado y simple…

Y así, ayer a… a… que tú y yo conocemos del Colegio, del Liceo, de la Universidad, para fundar un hogar santo, para consagrarse al apostolado de la Acción Católica, al apostolado social… ¡sin tasa, sin medida, sin jubilación!

Esto es lo esencial del llamamiento de Cristo. ¿Quisieras consagrarme tu vida? ¡No es problema de pecado! ¡Es problema de consagración! ¿A qué? A la santidad personal y al apostolado. Santidad personal que ha de ir calcada por la santidad de Cristo. No hay dos almas iguales, ni menos dos santos, pero sí las leyes fundamentales son las mismas.

Si Él te llamara ¿Qué harías?… Quisiera que lo pensaras a fondo, porque esto es lo esencial de los ejercicios. Los ejercicios son un llamado a fondo a la generosidad. No se mueven por temor, ¡no se trata de asustar! Recuerdan los mandamientos porque no pueden menos de recordarlos. Los mandamientos son la base, el cimiento para toda construcción, porque son la voluntad de Dios obligatoria… Pero no son más que los cimientos, y no se vive en los cimientos, no hay hermosura en los cimientos…

En la casa de la Iglesia, la santidad, el apostolado, son la obra de la generosidad de los fieles, que si quieren dar pueden dar, y si quieren negar pueden negar; y al hacerlo no atropellan ningún derecho, no cometen ningún pecado, no merecen ningún reproche, porque están en su derecho. Los ejercicios no son para almas que quieran reclamar derechos y constituir defensa frente a Dios; son para almas que quieran subir, y mientras más arriba mejor; son para quienes han entendido qué significa Amar, y que el cristianismo es amor, que el mandamiento grande por excelencia es el del amor, y que la característica del amor es dar, darse, fusionarse, perderse, no dos, ¡uno en el que ama!

Eso es amor y a eso es a lo que aspiran las almas grandes que son las que construyen la Iglesia, las que la hacen vivir, ¡las que han tomado en serio su misión! Ser sal de la tierra, si la sal se desvanece, ¿quién dará sabor? Ser luz del mundo, si la luz titila ¿quién alumbrará?, testigos de Cristo, si los testigos se alejan ¿cómo se reconocerá a Cristo? La Iglesia no se funda ni existiría sin el amor generoso.

La prueba de la fe es el amor, amor heroico, y el heroísmo no es obligatorio. El sacerdocio, las misiones, las obras de Caridad no son materia de obligaciones, de pecado, son absolutamente necesarias para la Iglesia y son obra de la generosidad. El día que no haya sacerdotes no habrá sacramentos y el sacerdocio no es obligatorio. El día que no haya misioneros, no avanzará la fe, y las misiones no son obligatorias. El día que no haya quienes cuiden a los leprosos, a los pobres… no habrá el testimonio distintivo de Cristo, y esas obras no son obligatorias… El día que no haya santos, no habrá Iglesia y la santidad no es obligatoria. ¡Qué grande es esta idea! ¡La Iglesia no vive del cumplimiento del deber, sino de la generosidad de sus fieles! ¡Qué grande es la confianza que Dios nos ha hecho al fiarse de nuestra nobleza, de nuestra generosidad y esperar que le respondamos!

Si Él te llamara, ¿qué le dirías? ¿En qué disposición estas? ¡Pide, ruega estar en la mejor! San Ignacio pide al que entra en ejercicios: ¡Grande ánimo y liberalidad para con Dios Nuestro Señor! ¡Querer afectarse y entregarse enteros! Invocación al Espíritu Santo ¡Se trata de algo tan grande!

Oye a Jesús. Un llamado que se repite cada año, cada día, ¡y que a cada hora deberíamos ir a escuchar! Yo he venido a traer la vida divina y ¿cómo quiero que arda? ¡Yo he venido para inaugurar un Reino de justicia, santidad y paz! Basado en la fe. Nuestros bienes son la pobreza, la humillación, el dolor. ¡Esto es lo que he tomado sobre mí! y este ejemplo quiero que sea fecundo. Mi Iglesia no se funda en la fuerza, en los ejércitos, en las combinaciones políticas; mi armada no es la invencible de cañones y tribunales inquisitoriales… no, mi armada es la de los pobres voluntarios. Esa es la primera pieza del uniforme de mis seguidores: ¡pobreza con Cristo pobre! Para vencer la riqueza y los pecados de la riqueza; no la riqueza, sino la pobreza, voluntaria, espontáneamente amada en todos los estados de la vida. En lugar de la honra, la humillación: No el ojo por ojo y diente por diente, sino la mejilla izquierda al que golpea la derecha; la túnica, al que pide la capa; 2.000 pasos al que mil…, Francisco Javier predicando a los japoneses, escupido en su cara; Ignacio yendo a curar al amigo que lo robó; Francisco de Asís predicando la paz y el bien, y dándolo todo… En lugar del confort, la aceptación voluntaria del dolor. El dolor acompañó a Cristo desde la cuna hasta la cruz y los que son de Cristo aman el dolor cuando el Señor lo manda (no que hagan un culto del dolor por el dolor), pero lo aman cuando el Señor lo manda, toman empresas generosas sin desistir de ellas porque traen dolor, y más aún para completar la pasión de Cristo, algunos llegan a padecer o morir, pati non mori, et contemni pro te.

Hambre de Santidad, de santidad a imitación de Cristo… de santidad pobre, humilde y dolorosa; siervos de Cristo, ¡Redentor crucificado! Y con estos hombres “ser crucificado para el mundo”, como pedía San Ignacio, que no buscan sus comodidades, en honra, ni la fortuna, con estos hombres ir a la conquista del mundo, conquista que más que el fruto de sus palabras, será el fruto de la Gracia de Dios que se transparentará en estas vidas que no tienen nada de lo que el mundo ama y abraza, sino de lo que Cristo amó y abrazó. ¡E1 mundo creerá a sus obras, lo que dudaría ante sus solas palabras! “Realizadores de la Palabra y no sólo oyentes” (Sant 1,22).

Señor si en nuestro atribulado siglo XX, que viene saliendo de esta horrenda carnicería, campos de concentración, deportaciones, bombardeos, que guarda por un lado y trabajó afanosamente por matar con armas mil veces peor, que se despedazan por poseer más, por más negocios, más confort, más honras, menos dolor; si en este mundo del siglo XX, una generación comprendiese su misión y quisiera dar testimonio del Cristo en que cree, no sólo con gritos que nada significan de Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera… ¿Dónde?, sino en la ofrenda humilde, silenciosa de sus vidas, para hacerlo reinar por los caminos en que Cristo quiere reinar: en su pobreza, mansedumbre, humillación, en sus dolores, en su oración, ¡en su caridad humilde y abnegada!

¡Si Cristo encontrara esa generación! Si Cristo encontrara uno… ¿querrás ser tú?, el más humilde. El más inútil a los ojos del mundo, puede ser el más útil a los ojos de Dios… Yo, Señor, nada valgo… pero confuso con temor y temblor, yo te ofrezco mi propio corazón. El Señor entró a Jerusalén el día de su triunfo en un asno, y sigue fiel a esa su práctica, entra en las almas de los asnos de buena voluntad, pobres, mansos, humildes. ¿Quieres ser el asno de Cristo? Cristo no me quiere engañar, me precisa la empresa… Es difícil, bien difícil. Hay que luchar contra las pasiones propias, que apetecen lo contrario de su programa ¡No estarán muertas de una vez para siempre, sino que habrán de ir muriendo cada día!

Hay que luchar contra el ambiente: amigos, familia, mundo, atracciones… todo parecerá levantarse escandalizado ante quienes pretendan, con tal ejemplo, por más modestamente que se dé, señalar su error. ¡Si me aman querrán darme lo que llaman bienes! y librarme de exageraciones ridículas, pasadas de moda, “que hacen más mal que bien…”. ¿A qué esas exageraciones? ¿Por qué no hacer como todos? Luchar contra los escándalos… luchar contra los desalientos de la empresa, el cansancio de la edad, la sequedad del espíritu, el tedio, la fatiga, la monotonía… Sí, hay que luchar, pero allí estoy Yo. Tened confianza en Mí, Yo he vencido al mundo. Mi yugo es suave y mi carga ligera…Venid a Mí los que estáis trabajados y cargados y Yo os aliviaré… El que tenga sed, venga a Mí y beba. ¡Yo haré brotar en él una fuente que brota hasta la vida eterna!.

El que quiera seguir a Cristo, ármese con la armadura de la fe, con el casco. “Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe” (1Jn 5,4). “¡Señor, en tu nombre echaré la red!” (Lc 5,5). Palabra magnífica de los que aman a Cristo y por la fe en su palabra se resuelven a seguirle.

Necesito de ti… No te obligo, pero necesito de ti para realizar mis planes de amor. Si tú no vienes, una obra quedará sin hacerse que tú, sólo tú puedes realizar. Nadie pude tomar esa obra, porque cada uno tiene su parte de bien que realizar. Mira el mundo; los campos cómo amarillean cuánta hambre, cuánta sed en el mundo. Mira cómo me buscan a mí, incluso cuando se me persigue… Hay un hambre ardiente, atormentadora de justicia, de honradez, de respeto a la persona; una voluntad resuelta a hacer saltar el mundo con tal que terminen explotaciones vergonzosas; hay gentes, entre los que se llaman mis enemigos, que practican por odio lo que enseño por amor… Hay un hambre en muchos de Religión, de espíritu, de confianza, de sentido de la vida.

Lo que dice Papa. ¡Las conversaciones espirituales en el Illapel! Las misiones… países inmensos que se abren y que juegan su porvenir. Hoy es fácil la entrada, la desean, la piden, es un árbol al que se aplica el hacha, del lado que caiga caerá… Japón abre sus puertas… y si Cristo y la Iglesia entra en esa Nación nos dará Santos como los 4 Santos Jesuitas crucificados y como nuestros otros santos, los franciscanos y los seglares. La China, dice José Cifuentes: nos piden sólo que los queramos…

La acción social desinteresada, realista, sincera; a hacerse pobre de Cristo, a ligar su vida a la elevación del proletariado, elemento sustancial del orden nuevo. Labor de formación modesta, entregada…

La Acción Católica, en consagración a ella. No por un día o un año, con jubilación: “Ya he hecho bastante, me retiro”. No, a firme, toda una vida: en humildad en el puesto que se me dé, no sólo en el brillo de las asambleas, sino en el secreto de la secretaría, en el puesto humilde del centro, pobre, humilde, con abnegación.

La profesión con ese criterio de entrega social, como medio de testimonio de Cristo… Las aplicaciones, ya las veremos.

La familia: la que Dios quiera darme, no necesariamente en un gran standard social, no para mantener una tradición, en lo que tiene de profano, sino en lo que tiene de cristiano, de espíritu de cristiano… Si fuere necesario en el campo o en la provincia, donde sea, en espíritu de Cristo.

Y hay en la Universidad, en la oficina, en la fábrica no sólo observando los mandamientos sino afectándome a vivir en otro estado: en plano de santidad por mi espíritu de oración. En espíritu de jerarquía de valores: los sobrenaturales primero, de preparación científica sí, pero no con espíritu egoísta, sino con amor a mis compañeros y sacrificio por ellos, con abnegación de mi vida al servicio de la Iglesia.

¿Difícil? ¡Sí! El mundo no lo comprenderá… Se burlará… Dirá: ¡exageraciones! ¡Que se ha vuelto loco! De Jesús se dijo que estaba loco, se le vistió loco, se le acusó de endemoniado… y finalmente se le crucificó. Y si Cristo viniera hoy a la tierra, horror me da pensarlo, no sería crucificado pero sería fusilado. Si viniera a Chile… se levantaría una sedición en su contra, ¿de quiénes? ¿Qué se diría contra Él en la prensa, en las Cátedras? ¿Quiénes hablarían? Dios quiera que nosotros no formáramos parte del coro de sus acusadores, ni de los que lo fusilaran.

¿Difícil? ¡Sí! Pero aquí, sólo aquí, reside la vida. El heroísmo, ¿se ha acabado? No. La guerra lo ha demostrado. Convivo con héroes. Traté de cerca a O’Coblahan The honest man I ever met, y él no era el único, muchos lo secundaban con igual heroísmo que iban a la guerra con la sonrisa en los labios. Japón ¡Qué pasta de hombres encierra para cristianos! China, Alemania, Rusia, Chile…

En la gran obra de Cristo todos tenemos un sitio; distinto para cada uno, pero un sitio en el plano de la santidad. En la cadena de la gracia que Dios destina a la bondad. ¡Yo estoy llamado a ser un eslabón! Puedo serlo, puedo rechazar ¿Qué haré? La repuesta: Plantearme este problema a fondo, ¡y responder con seriedad!

Muchos no tendrán el valor de planteárselo. Superior a sus fuerzas pero, ¿si pensaran en las fuerzas de Cristo? Si pensaran que con Cristo, ellos, él también podría ser un santo. ¡Que no se refugien en la cobardía del puro deber!

Otros: la limosna de algo. ¡Algo es! Peor sería nada. ¡Pero no es eso lo que Cristo pide! No hay que ofrecer otra cosa insistiendo que es buena, cuando Cristo pide otra mejor: La voluntad de Dios única y sola.

Los tesoros: los generosos que se entregan y afectan, y para estar seguros de hacer la voluntad del Señor, “haciendo contra su sensualidad” abrazan lo más difícil en espíritu, lo piden, lo suplican les sea concedido… y sólo dejarán aquellas donaciones si el Señor les muestra su camino en terreno más suave. Pero en cuanto de su parte, ¡a aquello van! Ejemplo Doyle, Longhaye, San Ignacio de Antioquía, Brébeuf.

Terminar con el Eterno Señor.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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Instrumentos en las manos de Dios

Extracto de “Medios divinos y medios humanos”.

Para ser santo no se requiere pues sólo el ser instrumento de Dios, sino el ser instrumento dócil: el querer hacer la voluntad de Dios. La actividad humana se hace santa mientras está unida al querer divino. Lo único que impediría nuestra santificación en el obrar es la independencia del querer divino. Este sería el camino de la esterilidad, como el de la dependencia será el de santificación.

Supuesta la voluntad de Dios, todas las criaturas son igualmente aptas para llevarnos al mismo Dios: riqueza o pobreza, salud o enfermedad, acción o contemplación, evangelio, liturgia, prácticas ascéticas: lo que Dios quiera de nosotros. Entre las manos de Dios cualquiera acción puede ser instrumento de bien como el barro en manos de Cristo sirvió para curar al ciego.

Cualquiera de nuestras acciones por más material que parezca, con tal que sea una colaboración con Dios, hace crecer la vida divina en nuestras almas. ¿Hay un criterio para poder distinguir las acciones nuestras que son una colaboración con Dios de las que no lo son? Sí. La unión de nuestra voluntad con la de Dios. La voluntad de Dios es la llave de la santidad: aceptar esta voluntad, adherir a ella es santificarnos.

Pensar en Dios, meditar su palabra son ocupaciones excelentes pero no pueden considerarse como exclusivas, pues no menos excelente fue María Santísima cumpliendo sus deberes de madre, de esposa, haciendo los deberes domésticos de su casa. Esta tendencia establece un divorcio entre la religión y la vida y puede llegar hasta hacer despreciar el cumplimiento de los deberes de estado aun los más elementales. El miedo de la acción, la convicción que la actividad humana aleja de Dios arrojan estas almas en la mediocridad y en la rareza; no pocos se vuelven orgullosos y testarudos.

No es raro que estas personas ilusionadas no tengan sino desprecio por la cosas de este mundo. No consideran a Dios como causa de su obrar y como alma de sus operaciones sino como un fin al cual hay que tender y este fin situado más allá de lo creado se alcanza por una elevación intelectual que ellos creen mística. Se desinteresan éstos de los progresos terrestres y de las calamidades que pesan sobre la sociedad humana. Allí no está Dios. Dios está en el cielo. De aquí una concepción de la vida espiritual sentada alrededor de algunas virtudes pasivas y secretas que ellos entienden a su manera.

Toda esta concepción de la vida nace de un desconocimiento de la doctrina de la colaboración del hombre con Dios. Si Dios no actúa en este mundo sino que únicamente nos aguarda en el otro es evidente que es una locura detenerse a considerar esta vida mortal y preocuparse en algo de las cosas finitas que nos alejan del infinito. Pero al que considera esta vida como la obra amorosa de un padre que nos la ha dado para su gloria; que nos la ha dado hasta el punto de enviar a su Hijo único a esta tierra a revestirse de nuestra carne mortal y tomar nuestra sangre e incorporar en sí como en un resumen todas las realidades humanas: para el que esto piensa este mundo tiene un valor casi infinito. Este mundo sin embargo lo mira no como el estado definitivo de su acción, sino como la preparación para la consumación de su amor con el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Mientras tanto con su sacrificio de oraciones se une al Verbo Encarnado y agrega en lo que falta a la pasión de Cristo para salvar otras almas y dar gloria a Dios.

El que ha comprendido la espiritualidad de la colaboración toma en serio la lección de Jesucristo de ser misericordioso como el Padre Celestial es misericordioso, procura como el Padre Celestial dar a su vida la máxima fecundidad posible. El Padre Celestial comunica a sus creaturas sus riquezas con máxima generosidad. El verdadero cristiano, incluso el legítimo contemplativo, para semejar a su padre se esfuerza también por ser una fuente de bienes lo más abundante posible. Quiere colaborar con la mayor plenitud a la acción de Dios en El. Nunca cree que hace bastante. Nunca disminuye su esfuerzo. Nunca piensa que su misión está terminada. Tiene un celo más ardiente que la ambición de los grandes conquistadores. El trabajo no es para Él un dolor, un gasto vago de energías humanas, ni siquiera un puro medio de progreso cultural. Es más que algo humano. Es algo divino. Es el trabajo de Dios en el hombre y por el hombre. Por esto se gasta sin límites. Quisiera que los colaboradores no faltasen a Dios. Sabe que Dios está dispuesto a obrar mucho más de lo que lo hace, pero está encadenado por la inercia de los hombres que deberían colaborar con El. Como San Ignacio, piensa “que hay muy pocas personas, si es que hay algunas, que comprendan perfectamente cuánto estorbamos a Dios cuando Él quiere obrar en nosotros y todo lo que haría en nuestro favor si no lo estorbáramos”.

Frente al error que acabamos de señalar hay otro no menos grave que deriva también de una incomprensión de la espiritualidad de la colaboración. Hay personas, como se ve a diario que están de tal manera obsesionadas con el bien de las almas, la gloria de Dios, que olvidan casi completamente la causa invisible de este bien. Su celo es admirable. No tienen más que una idea: hacer avanzar el reino de Dios y combatir por el triunfo de la Iglesia; son leales y rectos en sus intenciones. Sin embargo no se santifican o se santifican muy poco; ganan partidarios a la Iglesia pero en realidad ni ellos se asemejan más a Cristo, ni hacen a nadie más semejante al Maestro. No colaboran con Dios, por tanto su acción es estéril.

Tienen un inmenso celo de la perfección de los otros pero poco celo de su propia perfección. Semejan al artista que preocupado de la función teatral que prepara no guarda tiempo para prepararse él mismo para ella. La realización de sus proyectos los absorbe en tal forma que no tienen tiempo ni fuerza ni gusto para pensar en su alma. Están devorados por la acción. A solas con Dios se aburren; están pensando en la acción que los aguarda y dan como excusa las necesidades del apostolado. Algunos para remediar a su mediocridad introducen en su vida algunos ejercicios de piedad pero su remedio es insuficiente y demasiado exterior a la misma actividad. Algunos llegan a extrañarse que se les pida otra cosa que una abnegación total en la acción. Desprecian secretamente la contemplación, la paz y el silencio.

El motivo de “la voluntad de Dios” es el lema para estar seguro de cumplir nuestra misión sobrenatural, mejor aún que el de la “gloria de Dios”, pues a veces el lema de la gloria de Dios encubre nuestra voluntad bajo pretextos especiosos. En resumen la gran ilusión de los activistas está en gastar demasiados esfuerzos en producir frutos y de hacer demasiado pocos esfuerzos por vivir en Cristo. De esta falta de vida en Cristo se sigue la esterilidad real de su apostolado ya que, como dijo Jesús, “sin mí no podéis nada”; y en cambio, el que cree en El hará las obras de Cristo y aún mayores; pero creer en Cristo es estar incorporado en El por una fe viva que supone la caridad. El sarmiento que no está incorporado a la vid no puede dar frutos, nosotros tampoco si no permanecemos en Cristo.

San Alberto Hurtado S.J.

 

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