El primado de la santidad

Extracto de un documento redactado en París en Noviembre de 1947 y titulado de la misma manera.

Un apostolado racionalizado, una acción eficaz, requiere en primer lugar un hombre entregado a Dios, un alma apostólica, completamente ganada por el deseo de comunicar a Dios, de hacer conocer a Cristo; almas capaces de abnegación, de olvido de sí mismas, con espíritu de conquista, almas para las cuales el grito de San Pablo sea siempre actual ¡con tal que Cristo sea glorificado, en esto me gozo y me gozaré siempre!

La racionalización del apostolado, precisamente exige, que lo supraracional esté en primer lugar. ¡Que sea un santo! En definitiva, no va a apoyarse sobre los medios de su acción humana, sino sobre Dios. Lo demás vendrá después: que trabaje no como guerrillero sino como miembro del Cuerpo místico, en unión con todos los demás, aprovechándose de todos los medios para que Cristo pueda crecer en los demás, pero que primero la llama esté muy viva en él.

Que sea un hombre

Un santo es imposible si no es un hombre, no digo un genio, pero un hombre completo dentro de sus propias dimensiones. Hay tan pocos hombres completos. Los profesores nos preocupamos tan poco de formarlos; y pocos toman en serio el llegar a serlo.

Entre los funcionarios, los maestros, los eclesiásticos… hay tan pocos que me den la idea de “un hombre”. Más los hay entre la gente sencilla, obreros, campesinos; también entre los ingenieros, dirigentes de sindicato…

El hombre tiene dentro de sí su luz y su fuerza. No es el eco de un libro, el doble de otro, el esclavo de un grupo. Juzga las cosas mismas; quiere espontáneamente, no por fuerza, se someta sin esfuerzo a lo real, al objeto, y nadie es más libre que él.

Si se marcha más despacio que los acontecimientos; si se ve las cosas más chicas de lo que son; si se prescinde de los medios indispensables, se fracasa. Y no puede sernos indiferente fracasar, porque mi fracaso lo es para la Iglesia y para la humanidad. Dios no me ha hecho para que busque el fracaso. Cuando he agotado todos los medios, entonces tengo derecho a consolarme y a apelar a la resignación.

Muchos trabajan por ocuparse; pocos por construir; se satisfacen porque han hecho un esfuerzo. Eso no basta. Hay que querer eficazmente.

Guardar su equilibro

El equilibrio es un elemento precioso para un trabajo racional. Vale más un hombre equilibrado que un genio sin él, al menos para realizar el trabajo de cada día.

Equilibrio no quiere decir en ninguna manera, un buen conjunto de cualidades mediocres. Se trata de un crecimiento armónico que puede ser propio del hombre genial, o de una salud enfermiza, o una especialización muy avanzada. No se trata de destruir la convergencia de los poderes que se tiene, sino de sobrepasarlos por una adhesión más firme a la verdad, de completarse en Dios por el amor.

El cristianismo bien comprendido es un maravilloso fermento de equilibrio. El desequilibrio contemporáneo resulta de un crecimiento desordenado del poder material y de las capacidades de gozo. Se abusa de una y otras, en lugar de dominarlas. La vida social es tan compleja, que en lugar de liberar al hombre lo aplasta y lo determina.

La moral cristiana permite armonizarlo todo, jerarquizarlo todo, por más inteligente, ardiente, vigoroso que uno sea. La humildad viene a temperar el éxito; la prudencia frena la precipitación; la misericordia dulcifica la autoridad; la equidad tempera la justicia; la fe suple las deficiencias de la razón; la esperanza mantiene las razones para vivir; la caridad sincera impide el repliegue sobre sí mismo; la insatisfacción del amor humano deja siempre sitio para el amor fraternal de Cristo, la evasión estéril está reemplazada por la aspiración de Dios, cargada de oración, y de insaciable deseo.

El hombre no puede equilibrarse sino por un dinamismo, por una aspiración de los más altos valores de que él es capaz.

El equilibrio no se decreta; no se impone del exterior. Es un asunto personal, del cual cada uno es el primer responsable. Si el equilibrio viene a turbarse por estructuras enfermizas, impuestas desde afuera, será necesario un esfuerzo mayor para recobrarlo, pero será un equilibrio también superior.

Tan pronto como se siente comprometido el equilibrio hay que hacer todo lo posible por ponerse en condiciones de recobrarlo.

Influyen poderosamente en el equilibrio factores del ritmo diario, semanal, de estaciones. Hay que analizarlos con cuidado y corregirlos. El ritmo cotidiano debe armonizarse entre reposo, trabajo difícil, trabajo fácil, comidas, descansos. El ritmo semanal o mensual debe prevenir paradas, detenciones. El ritmo de estaciones y anual debe prever y armonizar períodos de estabilidad y de viajes; trabajo intensivo, trabajo moderado, vacaciones. La buena distinción entre trabajos materiales y espirituales, trabajo manual y esfuerzo intelectual es también muy importante. Es bueno recordar que en muchos casos se descansa de un trabajo pasando a otro trabajo, no al ocio.

A qué paso caminar

Una vez que se han tomado las precauciones necesarias para salvaguardar el equilibrio, hay que darse sin medirse para suprimir, en la medida de lo posible, las causas del dolor humano.

Se trabaja casi al límite de sus fuerzas, pero se encuentra en la totalidad de su donación y en la intensidad de su esfuerzo una energía como inagotable. Los que se dan a medias están pronto gastados, cualquier esfuerzo los cansa. Los que se han dado del todo se mantienen en la línea bajo el impulso de su vitalidad profunda.

Al paso de Dios

Con todo no hay que exagerar y disipar sus fuerzas en un exceso de tensión conquistadora. El hombre generoso tiende a marchar demasiado a prisa: querría instaurar el bien y pulverizar la injusticia, pero hay una inercia de los hombres y de las cosas con la cual hay que contar. Hay lo deseable y lo posible.

Es necesario adquirir el sentido de lo posible, dado lo que somos y lo que tenemos que emprender. Místicamente se trata de caminar al paso de Dios, de tomar su sitio justo en el plan de Dios. Todo esfuerzo que vaya más lejos es inútil, más aún es nocivo. A la actividad la reemplazará el activismo que se sube como el champaña, que pretende objetos inalcanzables, quita todo tiempo para la contemplación; y el hombre deja de ver el diseño de su vida.

Descansos en el camino

Al partir en la vida del espíritu se adquiere una actitud de tensión extrema que niega todo descanso, pero como ni el cuerpo ni el alma están hechos para este juego, viene luego el desequilibro, la ruptura. Se va hasta el extremo en la potencialidad de esfuerzo, sobrepasándose por nuevos esfuerzos de la voluntad, entonces viene el cansancio, el agotamiento…

Hay pues que detenerse humildemente en el camino y descansar bajo los árboles y recrearse con el panorama, podríamos decir, poner una zona de fantasía en la vida.

Peligro del exceso de acción: la compensación

Un hombre agotado busca fácilmente la compensación. Este momento es tanto más peligroso, cuanto que se ha perdido una parte del control de sí mismo, el cuerpo está cansado, los nervios agitados, la voluntad vacilante. Las mayores tonterías son posibles en estos momentos.

Entonces hay sencillamente que relajar; volver a encontrar la calma entre amigos bondadosos, recitar maquinalmente su rosario, dormitar dulcemente en Dios.
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Álvaro Lavín SJ
El Padre Hurtado, Su espiritualidad
Páginas 253-259

San Alberto Hurtado S.J.

 

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El éxito de los fracasos

Meditación del Padre Hurtado sobre la resurrección en los Ejercicios Espirituales del Clero de Temuco, en la última semana de febrero de 1939.

No todo es Viernes Santo. ¡Resucitó Cristo, mi esperanza! “Yo soy la Resurrección” (Jn 11,25). Está el Domingo, y esta idea nos debe de dominar. En medio de dolores y pruebas… optimismo, confianza y alegría. Siempre alegres: Porque Cristo resucitó venciendo la muerte y está sentado a la diestra del Padre. Y es Cristo, mi bien, el que resucitó. Él, mi Padre, mi Amigo, ya no muere. ¡Qué gloria! Así también yo resucitaré “en Cristo Jesús”… y tras estos días de nubarrones veré a Cristo.

Porque cada día que paso estoy más cerca de Cristo. Las canas… El cielo está muy cerca. Cuando este débil lazo se acabe de romper… “deseo morir y estar con Cristo” (Flp 1,23). Porque Cristo triunfó y la Iglesia triunfará. La piedra del sepulcro y los guardias creyeron haberlo pisoteado. Así sucederá también con nuestra obra cristiana. ¡Triunfará! No son los mayores apóstoles los de más fachada; ni los mejores éxitos los de más apariencia. En la acción cristiana hay ¡el éxito de los fracasos! ¡Los triunfos tardíos! En el mundo de lo invisible, lo que en apariencia no sirve, es lo que sirve más. Un fracaso completo aceptado de buen grado, más éxito sobrenatural que todos los triunfos.

Sembrar sin preocuparse de lo que saldrá. No cansarse de sembrar. Dar gracias a Dios de los frutos apostólicos de mis fracasos. Cuando Cristo habló al joven rico del Evangelio, fracasó, pero, cuántos han escuchado la lección; y ante la Eucaristía, huyeron, pero ¡cuántos han venido después! ¡Trabajarás!, tu celo parecerá muerto, pero ¡cuántos vivirán gracias a ti!

Nuestro Señor después de la Resurrección no se contentó con gozar su propia felicidad. Como la alegría del profesor es el conocimiento de sus alumnos… su esperanza no es completa hasta que todos aprenden; como el Capitán del buque no tiene su esperanza completa hasta que se salva el último… ¡Sería pésimo si se contentara con su propia salvación!

Todo el cielo es la gran esperanza vuelta hacia la tierra. San Ignacio tiene gran esperanza en nosotros y no la colmará sino cuando haya entrado el último jesuita. La esperanza es el lazo que une el cielo y la tierra. No nos imaginemos el cielo con sillones tranquilos. San Pedro está mirando el Vaticano todo el día. La tierra es el periódico del cielo. Por eso podemos gritar: ¡Eh, sálvanos que perecemos! Acuérdate que es tu obra la que arde. ¡Eh, santos, miren su obra! ¡Recen por nosotros! ¡La Iglesia lo hace en forma imperativa!

El cielo todavía no está acabado: falta parte de la Iglesia. Y cuando llega un pobre hombre cubierto del polvo de la tierra, ¡la alegría que habrá en el cielo! El Señor lo dice: habrá más alegría en el cielo… (Lc 15,7).

¡Todo el cielo interesándose por la tierra! Y por eso Nuestro Señor se aparece a su Madre… Se interesa por todo, hasta en la pesca de sus apóstoles; en lo que comen ellos: ¿Os queda algo de comer? Comió y distribuyó los pedazos (cf. Jn 21,1–14). Para mostrarnos que más que su propia felicidad eterna, le interesa su obra en la tierra.

 

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¿Cómo vivir la vida?

Escrito del Padre Hurtado.

Buscamos una orientación consistente y nos sentimos desorientados; la desorientación es tan profunda que nos alcanza a nosotros mismos, educadores.

Razón de esta desorientación: el mundo en que vivimos, dominado por problemas materiales formidables. En unos el problema es cómo ganarse la vida cuando la lucha por la existencia ha llegado a términos formidables; la desocupación que al terminar la guerra pasada inmovilizó a 10.000.000 hombres y que ahora se asoma como espectro en muchos hogares; en otros, la competencia económica de empresas nacionales o extranjeras que concentra todas las energías en una mejor producción y a un menor costo; en el estudiante, su carrera universitaria llena de exigencias en la que teme ver a veces puertas que se le cierran por temor de los que ahora son profesionales, a la competencia de los que vienen detrás de ellos, y al término de sus esfuerzos no sabe qué logrará después de tanto sacrificio… Situación de profesionales jóvenes que andan a la caza de trabajitos minúsculos porque no hay más. Empleados amargados en su, trabajo sin horizontes, mecánico, incapaz de despertar un entusiasmo y cuyo sueldo no le permite afrontar el problema de su matrimonio… Políticos, asqueados de su propio vocabulario de promesas huecas que se dan cuenta que no afrontan los problemas reales, que no saben cómo solucionarlos.

Soldados que han peleado una guerra… sin saber por qué, ni qué ha ganado el mundo después de ella. Militares que lucen uniforme y limpian armamento que nunca han de usar… preocupados con el porvenir y con el ascenso…

Solteros que no saben cuándo se podrán casar; y casados, con mil problemas de corazón, de dinero, de conciencia atropellada a diario y que los hace vivir una vida doble…

Una amargura está oculta en medio de la trama de la vida, debajo de la máscara de aparentes alegrías, y se acude a diversiones ininterrumpidas, precisamente para desechar ese microbio que, como el de la tisis, está allí limando, royendo el alma. En algunos esa amargura los consume materialmente, a muchos los vence con las mil formas de perturbaciones psíquicas, a algunos incluso los lleva al suicidio.

Si somos sinceros nos daremos cuenta que éste es también en parte nuestro caso; y si aún no ha llegado esa hora… es muy de temer que llegue pronto.

¿Alrededor de qué idea orientarnos? ¿En qué terreno firme edificar una casa que no echen abajo las tormentas?

¿La religión? Para muchos es una bella canción de cuna de pueblos primitivos; un ideal del corazón, pero que no soporta el test de la edad adulta: una emoción sana, hermosa, pero irrealizable en su forma integral: un ideal que se ve hermoso en unos ejercicios pero que es incompatible en su forma integral con la vida real que hay que vivir ahora.

Y este último aspecto es el que temo sea nuestro enemigo preciso: peligroso a más no poder como esas heladas intempestivas que matan el fruto aun en flor… Y se guardan las prácticas de la religión… pero no se le entrega lo único que puede satisfacerla: la donación completa de la voluntad decidida a vivir su Fe, a vivirla en cada momento del día y de la noche… con más o menos prácticas, si fuera necesario con menos, pero a vivir por un motivo de fe, a tener los ideales de su fe y a guiarse por ellos, aunque me estén aunque me matasen.

Por otra parte al mirar la vida religiosa ya con ojos de adulto, encuentra uno tanto de que escandalizarse.

Primero: la enorme división de religiones… sectores inmensos que no conocen siquiera a Cristo…

Dentro de la familia cristiana, tantos millones de protestantes fervientes, generosos, correctos, más morales quizás, que muchos católicos…

Entre los católicos, tantos motivos de escándalo: la ignorancia, vicios… superstición de la masa popular, la falta horrenda de caridad de parte de tanta gente culta que parecen contentarse con quererse asegurar un cielo en la otra vida con su dinero, y tomar para sí toda la felicidad en esta tierra.

Los problemas sociales sin solución, sin interesar siquiera a los más…

Las complicidades aparentes de los eclesiásticos con este egoísmo, a los cuales no siempre se les ve del lado del pueblo oprimido… ni tampoco dando testimonio en sus vidas de la doctrina que profesan…

La mezcla irritante de religión y política para cubrir con aquella, tantas atrocidades en nombre del orden.

Por un lado una fuerza brutal que lleva al hombre a lo material, que centra su alma, sus preocupaciones en lo terreno, en lo terreno que necesita, en exigencias que no puede postergar y que se hacen presentes a cada hora, hasta en el sueño de la noche, y tan pronto despierta, allí están ellas.

Y por otro lado al querer asirse de la religión le parece algo tan etéreo, tan poco consistente, tan incierto. Problemas que no sabe resolver y que están allí, a pesar de todo, pidiendo una solución.

Y no hemos dicho nada del ambiente del placer, de la atracción de los sentidos que punza su carne con vehemencia en un mundo todo organizado para gozar. La prensa, la radio, la música, el cine, las mujeres en la calle, las conversaciones, todo habla de esa juventud que se vive una vez, y que él está malogrando, tontamente…

¿Qué sucederá en el alma del joven? En el que está llamado a ser jefe no puede menos de presentarse este problema. ¿Qué será de su vida religiosa? ¿De su fe misma? En muchos sucumbirá… en otros pasara una crisis más o menos duradera, en otros saldrá airosa y afianzada y a semejanza de esos árboles plantados, en lo alto del monte: los que resisten quedan más firmemente arraigados y con sus hojas limpias, purificadas de polvo, mientras a su lado yacen muchos tumbados… Pero los más, me temo, harán un compromiso: guardarán su fe, sus prácticas -muchas al menos-, pero no le darán lo único que a la fe puede contentar: una voluntad entera, pronta, toda ella entregada a Cristo para vivir de fe, para hacer en todo la voluntad divina. Esta vida de fe supone un gran amor, un inmenso amor y una renunciación entera: es el holocausto, el sacrificio completo. Pero si no se concibe así, en los que son capaces de concebirla, no durará… se irá extinguiendo y terminará por no brillar; como con tanta pena lo podernos constatar en quienes un tiempo brillaron externamente, pero sin realizar jamás la entrega completa de sus vidas.

¿Cómo vivir, por tanto, mi vida?

En espíritu de fe. Lo que supone antes que nada comprensión de que Dios es Dios y yo soy yo. Que él lo es todo, la primera, la grande, la inmensa realidad nunca pasada de moda. El primer sitio es el suyo: a su luz deberá mirar todas las demás cosas.

La grandeza inmensa de Dios dominando los mundos todos, los hombres, mi vida y tratando de tener los oídos abiertos para conocer su santísima voluntad, norma de toda mi vida. Para el sacerdote lo mismo que para el seglar esta voluntad divina es la suprema realidad.

1.- La voluntad de Dios es nuestra santificación. Hambre y sed de justicia, de santidad. En la jerarquía de amores o valores, lo primero mi santificación, a velas desplegadas, a pesar de vivir en el siglo XX, o mejor santificándome en el siglo XX y santificando el siglo XX. Y esto no es problema de prácticas, más o menos: es problema de pedir, suplicar, clamar al Señor, el serle fiel en lo grande y en lo chico y la resolución de poner por obra sus inspiraciones y de organizar mi vida en forma que mi santificación sea una gran realidad.

2.- Un gran amor a Cristo, autor y modelo de nuestra santificación. Contemplar con amor su vida para copiar en la mía sus rasgos, para seguir sus consejos, que son dados para el siglo XX, para mí. Y con inmenso valor -eso es tener fe- arrojar la red, lanzarme a realizar el plan de Cristo por más difícil que me parezca… por más que me asisten temores…. con la consulta prudente para determinadas resoluciones. Seguir a Cristo y realizar sus designios sobre mí.

Mi ideal central es ser otro Cristo, obrar como él, dar a cada problema su solución. El cuadro de mi vida será aquél en que la Divina Providencia me ha colocado, con mis deberes de estado, pero todo realizado cayendo en la cuenta de que Cristo y yo somos uno: que trabajamos.

Entre los deseos más queridos de Cristo está el de que amemos a nuestros hermanos con el mismo amor que él demostró por ellos. Por eso mi vida cristiana, ha de estar llena de celo apostólico, del deseo de ayudar a los demás, de dar más alegría, de hacer más feliz este mundo. No sólo “nota” apostólica sino consagración entera en mi espíritu y en las obras. Una vida sin compartimentos, sin jubilación, sin jornada de ocho o doce horas. Toda la vida entera y siempre para vivir la vida de Cristo. Al avanzar en años disminuye el ritmo vital, el idealismo primero es menos intenso, pero por la fe no disminuirá en nada la consagración de mi vida a Cristo.

Y esto en cualquier género de trabajo. Lo normal en la vida cristiana, al contrario del Ejército, es que al avanzar en años se ocupan puestos secundarios… Eso no influye en nada. ¡Para lo que Cristo quiera servirse de mí!

3.- Y esta vida de fe, que es sustancialmente un amor alimentado por una intensa vida interior: vida de oración, vida de meditación, vida de sacramentos, vida de ejercicios, vida de lectura espiritual, de amistades espirituales, de ambiente espiritual para poder, sin salir del mundo, ser sal del mundo y su luz.

4.- Así tendremos el cristiano que el siglo XX necesita, realista y santo. Una legión de éstos salvará la humanidad.

San Alberto Hurtado S.J.

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